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La Ciencia Contra la Fe
Reflexiones sobre la relación entre la verdadera ciencia y la fe evolucionista

Raúl O. Leguizamón

Tercera edición revisada, actualizada y aprobada por el autor1.

Universidad Autónoma de Guadalajara, México, Diciembre de 2014.
Primera edición 1994, Revista Iesus Christus

Segunda edición 2001, Nueva Hispanidad, Argentina

Coordinación de edición y diseño de portada

Miguel Ángel Limón Ornelas

Coordinación de producción

Eduardo Miranda Ortega

Corrección

Ana Silvia Madrigal López

Diseño de interiores

Luis Antonio López García

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier forma, ya sea mecánica, eléctrica, electrónica u otro medio de almacenamiento de información sin la autorización previa por escrito del editor.

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Tercera edición

Octubre de 2007

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«Creo que algún día el mito darwinista será considerado como el más grande engaño en la historia de la ciencia». Soren Lovtrup
«La ciencia debe, pues, comenzar con la crítica de mitos» Karl Popper

INTRODUCCIÓN



Los dogmas de fe son muy difíciles, si no imposibles, de refutar con argumentos científicos, como la historia de la humanidad lo atestigua sobradamente.

Nuestro tiempo no escapa por cierto a esta regla ya que en la actualidad, como en todas las épocas, una buena cantidad de gente sigue obstinadamente creyendo cosas, no sólo desprovistas de todo fundamento racional, sino que están además en franca contradicción con el conocimiento científico que hoy poseemos.

Para dar un ejemplo entre cientos de lo expresado, me referiré a la insólita creencia actual de numerosas personas –curiosamente, muchos de ellos científicos– de que el hombre desciende del mono.

Sí, señor. Mono. Así como suena. Se diga esto francamente, o bien en forma velada, mediante el recurso dialéctico del famoso antecesor común, del mono y del hombre, que habría dado origen a ambos. Porque ha de saberse que, dentro del contexto de la hipótesis darwinista, el tan mentado como manoseado y jamás encontrado “antecesor común” del hombre y el mono, no es ni puede ser otra cosa que un mono.

«El antecesor común sería llamado ciertamente mono por cualquiera que lo viese», afirmaba el ilustre paleontólogo de la Universidad de Harvard, George G. Simpson. «Los antepasados del hombre eran monos…Es pusilánime, si no deshonesto decir otra cosa», agregaba Simpson2.

Es deshonesto, agrego yo.

El que habla del supuesto “antecesor común” como de algo que no fuera un mono, o no sabe lo que dice o no dice lo que sabe3.

De manera que todos los esfuerzos de numerosos antropólogos y otros investigadores en este tema, no se dirigen en absoluto a dilucidar –objetivamente y sin prejuicios– de qué modo se originó el hombre, sino de qué mono lo hizo. En otras palabras, el postulado de nuestro origen simiesco, es una convicción de la que se parte y no una conclusión a la que se arriba.

Ahora bien. Esta convicción, que numerosos científicos y divulgadores sostienen empecinadamente hasta el punto de mostrarla al público como un hecho científico demostrado (!) es –por definición– algo que está fuera del campo de la ciencia experimental, que se basa precisamente en la observación y reproducción experimental de los fenómenos bajo estudio. Cosas evidentemente imposibles en este caso.

De manera que, y a poco de respetar el significado elemental de las palabras y los conceptos, esta creencia en el origen del hombre a partir del mono, sólo puede ser una hipótesis de trabajo, una suposición, una conjetura. Más o menos razonable, más o menos disparatada, pero siempre de carácter hipotético.

No sólo no demostrada sino, aún más –por definición– indemostrable. Y la ciencia es demostración.

Lo que la ciencia puede legítimamente hacer a este respecto es abordar el tema en forma indirecta, esto es, examinando la supuesta evidencia científica que demostraría la transformación del mono en hombre y sobre todo el mecanismo que se propone para explicar esa transformación, para ver si dicho mecanismo está en coherencia o en contradicción con las leyes científicas bien establecidas. O al menos con la sensatez.

Si la evidencia y el mecanismo propuesto son científicamente válidos, esto no nos demuestra cómo fue el origen del hombre. Sólo como podría haber sido. Pero si tanto las evidencias como el mecanismo propuestos, carecen de base científica, estamos en condiciones de afirmar entonces que los hechos no pueden haber sido como los propone la hipótesis.

En otras palabras: si bien la ciencia no podrá decirnos jamás cómo fue realmente el origen del hombre –por ser esto metodológicamente imposible– sí puede decirnos, en cambio, cómo no podría haber sido dicho origen.

Aclarado este punto digamos que lo que hoy vemos (base primera del método científico), es que los hombres se originan de hombres y que los monos engendran monos. Por consiguiente, y en razón del principio científico del uniformismo metodológico –según el cual el presente explica el pasado– lo legítimo es suponer que los hombres siempre se originaron de hombres y nunca de monos.

Son los científicos que sostienen lo contrario, esto es, que alguna vez los monos engendraron hombres, o se transformaron en tales, los que llevan el peso de la prueba. Es decir, los que deberían llevarla, claro, si este tema fuese tratado con un mínimo de rigor y de honestidad científica.

Como no lo es, resulta que –paradójicamente– se acepta como un dogma de fe (¡en nombre de la ciencia!) que el hombre desciende del mono, y a partir de este dogma se interpretan y manipulan los datos científicos.

Pero, ¿y por qué –cabe preguntarse– esta convicción tan categórica sobre nuestro origen? ¿Cuáles son los fundamentos científicos para tamaña certeza?

Bueno, como expresé más arriba, fundamentos propiamente científicos no los hay. La razón determinante y fundamental por la cual muchos autores sostienen que el hombre se originó a partir del mono, se basa en la aceptación ciega e incondicional de la hipótesis evolucionista-darwinista que así lo afirma. Y punto.

No debemos olvidar que para muchos científicos, la evolución no es una simple hipótesis o teoría científica, sino una cosmovisión, con fuertes connotaciones religiosas, y de ahí su fervorosa adhesión a ella.

El Dr. Michael Ruse, por ejemplo, quien es uno de los más famosos filósofos de la ciencia de EE.UU. y apasionado darwinista, dice «Ciertamente, y no hay duda al respecto, que tanto en el pasado como, creo yo, también en el presente, para muchos evolucionistas, la evolución ha funcionado como algo con elementos que son, por así decir, semejantes a los de una religión secular...»4.

Hecho este que ya había sido notado, entre otros, por el Dr. Edwin Conklin, otrora profesor de Biología en la Universidad de Princeton, quien decía que «El concepto de la evolución orgánica es altamente apreciado por los biólogos, para muchos de los cuales es un objeto de genuina devoción religiosaÉsta es probablemente la razón de por qué, la rigurosa crítica metodológica empleada en otras áreas de la Biología, no ha sido aplicada todavía en las especulaciones evolucionistas”5.

Huelga destacar que estos autores se refieren a una “religión” naturalista, es decir a una antirreligión en el sentido cabal de la palabra. Pero sin duda que esta “religiosidad” explica muchas actitudes de los autores evolucionistas, que de otra manera no se pueden comprender.

No obstante, desde que numerosos científicos, divulgadores, charlatanes “cósmicos” de la tele, revistas “muy interesantes”, y trovadores diversos, nos saturan diariamente con las “evidencias científicas” que “demuestran” el origen simiesco del hombre, vale la pena que analicemos sucintamente estas supuestas evidencias.

“Abrumadoras”, según los más fervorosos creyentes en la hipótesis darwinista.

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