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EVIDENCIAS CIENTÍFICAS

LAS SEMEJANZAS



Pues bien lector, aunque usted como buen profano en el tema nunca se haya dado cuenta o, lo que es más probable, jamás le haya otorgado la menor importancia, es un hecho incuestionable que entre los monos y el hombre… ¡hay semejanzas!

De acuerdo a este sensacional descubrimiento –que corta el aliento realmente y del cual jamás nos hubiéramos percatado de no ser por la revelación darwinista– existen sin lugar a dudas semejanzas entre los monos y los hombres.

En efecto. Tenemos ojos como los monos, cuatro extremidades, estómago, hígado, pulmones, corazón de cuatro cavidades, sangre caliente (depende...), etc.

Si usted sigue, obstinada y escépticamente, creyendo que todo esto no significa absolutamente nada, y que existe –a pesar de las semejanzas– un abismo sideral entre el hombre y el mono, créame que está en muy buena compañía, ya que miles de científicos de primer calibre en el mundo, opinan exactamente lo mismo6.

Pero además, lo que especifica a todos los entes son precisamente las diferencias y no las semejanzas.

Decir que una silla y una mesa son semejantes porque ambas están hechas de madera y tienen patas, es tan idiota como insistir en las semejanzas entre los monos y el hombre, omitiendo o minimizando las diferencias.

Como decía hace ya muchos años Wilfrid Le Gros Clark, famoso antropólogo de la Universidad de Oxford: «En la evaluación de las afinidades genéticas las diferencias anatómicas son más importantes como evidencia negativa, que las semejanzas lo son como evidencia positiva»7.

Y atención que este autor se está refiriendo sólo a las semejanzas y diferencias anatómicas. Pero ya los griegos habían definido al ser humano como un “animal racional”, de manera que ninguna semejanza anatómica puede explicarnos el segundo término de la definición. Es por ello que hasta el Dr. Theodosius Dobzhansky, famoso genetista y uno de los líderes del neodarwinismo, sostenía que «Si la clasificación zoológica se basara en rasgos psicológicos en lugar de morfológicos, el hombre debería ser considerado un phylum (tipo mayor de organización) o incluso un reino diferente»8.

El Reino Hominal, vamos, como quería el gran antropólogo francés del siglo XIX, Luis Armando de Quatrefages.

Pero los creyentes en la hipótesis del origen simiesco del hombre, que son además los que tienen el poder –político, financiero y académico– insisten, con místico fervor, en las semejanzas. Semejanza implica parentesco, sostienen enfáticamente, sin darse cuenta al parecer de que esta es una aseveración claramente anticientífica, ya que en muchísimos casos, la semejanza es producto de una misma convergencia y no de una misma descendencia9.

LOS FÓSILES10



No obstante esto, los autores darwinistas insisten, no sólo en las semejanzas actuales, sino y sobre todo en las semejanzas fósiles, que demostrarían la existencia del sedicente “antecesor común”, esto es, un mono en vías de hacerse hombre. El celebérrimo “eslabón perdido” que le llaman, quien ya no existe –según dicen– pero que en un tiempo, allá, hace muchos años, parece que sí.

Este mítico “eslabón perdido”, luego de engendrar al hombre habría desaparecido y nadie tiene la más remota idea de por qué. Pero mucho me temo que el pobre lo habrá hecho para no cargar con la tremenda responsabilidad de haber engendrado algo tan peligroso e inadaptado como lo que le endilgan haber engendrado: la oveja negra de la familia verdaderamente.

De todas maneras, la excelsa dignidad de esta sublime reliquia (el “eslabón perdido”) ha suscitado tanto fervor entre muchos científicos, que desde hace más de un siglo se han emprendido innumerables peregrinaciones para hallarlo.

La búsqueda del “antecesor común” ha sido y es, el alfa y la omega de la antropología. Algo así –con perdón de la irreverencia– como los caballeros del Rey Arturo con el Santo Grial.

¿Y cuál sería entonces el criterio para decidir si un fósil es el famoso “eslabón perdido”?

Pues muy fácil. Todo fósil de mono que tenga semejanzas con el hombre es, hasta que se demuestre lo contrario, el “antecesor común”.

Y aunque usted no lo crea lector, existen –definitivamente– fósiles de monos que muestran semejanzas con el hombre. Así es. Algunos fósiles de monos, por ejemplo, tienen incisivos y caninos más pequeños que otros monos, en forma semejante a los del hombre.

Esto constituye, para muchos investigadores, una demostración de que estos monos habrían sido nuestros antepasados, sin tener en cuenta, al parecer, que existen monos actuales (el babuino Gelada, sin ir más lejos), que también tienen incisivos y caninos pequeños –como el hombre– sin dejar por eso de ser un pelo menos mono que sus congéneres11.

Otros restos fósiles de monos parecen indicar que dichos seres caminaban en forma aproximadamente erecta (bípeda), con lo cual se concluye –triunfalmente– que dichos monos estaban en vías de hacerse hombres.

Lo que generalmente muchos autores se olvidan de aclararle al público, es que varios monos actuales pueden caminar en forma aproximadamente erecta, pero que yo sepa, ninguno de estos simpáticos primates ha manifestado el más mínimo sentimiento de asombro ni de júbilo, ¡ni de consternación! tan siquiera –que sería mucho más lógico– ante la apasionante aventura de estar transformándose en seres humanos.

Pero, me dirán ustedes, ¿y qué pasa con el famoso Hombre de Neandertal, el Pitecantropus Erectus, los Australopitecos africanos? ¿No son éstos verdaderos «homínidos», antepasados del hombre? Vayamos por partes.

Para comenzar, digamos que el Hombre de Neandertal no es ciertamente un «homínido».

A pesar de la agresiva campaña de «difamación antropológica darwinista» (la expresión es del famoso antropólogo americano Ashley Montagu)12, que lo mostró durante cien años (¡y aún hoy día!) como un bruto semiencorvado, de aspecto feroz y estúpido, garrote al hombro y guarecido en su caverna, hoy es un hecho universalmente aceptado que el Hombre de Neandertal era completamente Sapiens. Aunque con algunos rasgos degenerativos producidos por enfermedades como el raquitismo y la artritis y por circunstancias ambientales adversas, que le dieron cierta tosquedad a algunos de sus restos óseos13.

Respecto de los así llamados «Homo Erectus», el asunto es por demás opinable.

Este grupo taxonómico es tan, pero tan poco definido, que puede incluir desde fraudes lisos y llanos (como el Hombre de Pekín); inventos (como el Pitecantropus Erectus, de Dubois); Neandertales (esto es, Sapiens), como los descubiertos en 1984 por Leakey y Walker en Africa, ¡hasta seres que han coexistido con nosotros!, como lo demuestran los sensacionales hallazgos de 1972 en Kow Swamp, Australia, de restos fósiles de Pitecantropus Erectus ¡¡más recientes que los Neandertales y contemporáneos nuestros!!14

Como este hallazgo –por sí mismo– tira por el suelo absolutamente todo el catecismo darwinista de la evolución humana, los científicos evolucionistas, como así también los medios de comunicación, han mantenido un riguroso silencio al respecto15.

En cuanto a los tan mentados Australopitecos de Africa –incluida Lucy– desde ya debo aclarar que estos seres eran definitivamente monos. No hay discusión al respecto: un metro de estatura; capacidad craneal entre 500 y 600cc., (como la del chimpancé, por ejemplo; la del hombre es de alrededor de 1300 a 1500cc.); forma del cráneo “abrumadoramente simiesca”16; capacidad para columpiarse de las ramas “igual o mejor que la del orangután”17, pies con capacidad prensil18, hábitos de vida parcial o totalmente arbóreos19

Toda esa otra variedad de nombres que uno lee o escucha (Ramapiteco, Dryopiteco, Kenyapiteco, Sivapiteco, etc.), son todos –sin excepción– perfectos monos.

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