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LA EXHIBICIÓN DE LOS ANTEPASADOS



Como todos estos datos comenzaron a ser divulgados hace ya varios años por una buena cantidad de investigadores que no adhieren a la fe evolutiva, el Sacro Colegio Cardenalicio Darwinista decidió, en 1984, organizar un evento de primera magnitud, para reavivar el fervor evolucionista, acallar definitivamente a los herejes y convertir a los infieles a la verdadera fe.

Para ello, el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York (que vendría a ser algo así como el Vaticano del evolucionismo), auspició la famosa «Exhibición de los Ancestros», para que la visión directa de las sublimes reliquias de los “homínidos” eliminara el descreimiento y las dudas al respecto.

Bajo medidas de extrema seguridad (escolta policial, cajas de cristal a prueba de balas, monitoreo electrónico, etc.), unos 40 fósiles originales de homínidos, de todo el mundo, fueron puestos en exhibición para la veneración de los fieles.

El clima de misticismo era palpable. Los asistentes, por ejemplo, hablaban en voz baja, porque aquello era como «hablar de teología en una catedral...». Un sociólogo presente en el Sínodo comentó que el ritual de la tribu darwinista le sonaba a «culto de los antepasados»29.

Pero gracias a ello nos enteramos, por ejemplo, de que para la inmensa mayoría de los antropólogos e investigadores, esta era la primera oportunidad que tenían de ver los restos originales de los homínidos, pues, como dice Donald Johanson –el descubridor de Lucy–: «sólo a aquéllos que están de acuerdo con la particular interpretación de un determinado investigador se les permite examinar los originales» (!)30.

Lo cual demuestra una vez más, cuán cierto es –como dice la Sagrada Escritura– aquello de que para “ver” primero hay que “creer”

De todas maneras, si la mayoría de los investigadores no trabaja con los originales, sino con modelos de yeso, o incluso con las descripciones de los modelos de yeso, esto nos da desde ya una idea bastante acabada acerca del rigor científico que pueden tener las investigaciones en este tema.

Es más. Para la exhibición de cada reliquia se había preparado una montura especial (un “ostensorio” digamos), tomando para ello minuciosamente las medidas de los modelos de yeso. Lamentablemente, cuando llegó el momento de colocar los fósiles originales sobre sus respectivas monturas, ¡la mayoría no encajaba! Es decir, que las medidas de los originales no se correspondían con las de los modelos de yeso31.

Tan poco serio es todo este asunto de los fósiles de homínidos, que incluso el Dr. Richard Lewontin, profesor de Biología y Zoología de la Universidad de Harvard, y convencido darwinista él, aclaro, ha dicho que: «A pesar de las entusiastas y optimistas afirmaciones que han sido hechas por algunos paleontólogos, ninguna especie de homínido fósil puede ser establecida como nuestro antecesor directo… No tenemos la más remota idea de cuál de estas especies está en la línea de los antecesores humanos…»32.

LA EVIDENCIA MOLECULAR



Como todo este asunto de los fósiles es tan endeble que no resiste el menor examen crítico, hace ya algún tiempo, varios de los creyentes en el dogma del origen simiesco del hombre decidieron buscar nuevos horizontes apologéticos para demostrar la hipótesis.

Y así apareció el argumento de las semejanzas moleculares, que se basa en comparar las semejanzas en las secuencias de aminoácidos entre las proteínas de diferentes especies para demostrar así el grado de parentesco. Cuanto mayor la semejanza, más cercano el parentesco. Los famosos “relojes moleculares” que les dicen.

Antes de proseguir, debo una vez más señalar que todos estos argumentos basados en semejanzas, para establecer parentescos, son sólo sofismas, pues parecido y parentesco, son dos cosas perfectamente distintas.

Sostener lo contrario, esto es, que la semejanza por sí misma constituya una prueba de parentesco, es una proposición infundada, ya que –como hemos visto– por el bien conocido fenómeno de la convergencia biológica, estructuras y funciones prácticamente idénticas pueden desarrollarse en individuos o especies no relacionadas. De manera que toda la argumentación basada en semejanzas, para establecer parentescos, carece de fundamento científico.

El hecho de que individuos emparentados tengan generalmente semejanzas –morfológicas o moleculares– no autoriza en modo alguno a concluir que individuos (o especies) con semejanzas, estén necesariamente emparentados.

Pero volvamos a las semejanzas moleculares.

Hace ya varios años, algunos científicos, en un éxtasis de estremecido arrobamiento, encontraron que existen algunas moléculas semejantes en el hombre y el chimpancé. Y el alborozo fue indescriptible.

Pero duró poco. Y en breve se transformó en una verdadera catástrofe, entre otras cosas, porque los árboles genealógicos propuestos por los biólogos, con base en las moléculas, estaban en franca contradicción con los árboles genealógicos propuestos por los paleontólogos, con base en los fósiles.

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