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LAS MOLÉCULAS CONTRA LOS FÓSILES



Claro, los nuevos exegetas no se imaginaban ni remotamente en lo que se metían. Con ingenuidad propia de niños, se abalanzaron exultantes de regocijo a buscar semejanzas moleculares para demostrar –esta vez sí, “científicamente”– cómo había sido el tránsito del mono al hombre.

Cuando comenzaron a darse cuenta ya era tarde. Porque lo que encontraron tiraba por el suelo los supuestos “árboles genealógicos” construidos por los paleontólogos en años y años de esforzada e imaginativa labor. Una verdadera tragedia evolutiva.

Tantos años de coleccionar un huesito por aquí, otro más allá, algunos dientes acullá, para armar la “evidencia” de nuestro origen. Tantos años de fabricar modelos en yeso –totalmente imaginarios– de nuestros “antepasados” (vestimenta, corte del cabello, color de piel y hábitos laborales y matrimoniales incluidos). Tantos años de manipular los datos radiométricos; de hacer desaparecer los fósiles “heréticos”, es decir, que no encajaban en la hipótesis; tantos años de decirle a la gente, desde la cátedra universitaria hasta el libro de divulgación, cómo y cuándo el mono se había transformado en hombre, ahora resultaba… ¡que había que cambiarlo todo! No hay derecho.

Y no era para menos.

Para empezar, según los antropólogos moleculares (Vincent Sarich y Alan Wilson sobre todo), el mono y el hombre se habrían separado del “antecesor común” hace apenas unos cinco millones de años, mientras que los antropólogos fósiles (en más de un sentido) habían demostrado hasta el hartazgo que dicha separación habría ocurrido hace unos veinte o treinta millones de años (!)33.

Algunos, sobre todo entre los antropólogos fósiles, exclamaron: ¡herejía! Y comenzaron a blandir amenazadoramente sus huesos. Los moleculares, parapetados tras sus probetas, amenazaban con represalias a cargo de mutantes.

El problema es que para saber qué cosa es herejía, es imprescindible conocer primero qué cosa sea la ortodoxia. Vale decir, debe, necesariamente, existir una teoría sólidamente estructurada y una autoridad que la proclame. Pero si cada antropólogo se fabrica su propio árbol genealógico, según su propia imaginación, ¿en base a qué diantre va a censurar la imaginación de otro antropólogo?

Si cualquier cosa es “ortodoxia”, nada es “herejía”.

De todas maneras, los “moleculares” ganaron la primera batalla y la mayoría de los antropólogos fósiles terminaron aceptando las cifras propuestas por Sarich y Wilson. Como la hipótesis evolucionista –por no ser científica– es tan elástica que permite “explicar” cualquier cosa, la sangre no llegó al río.

Pero dale que darás a las moléculas, los más insólitos hallazgos comenzaron a aparecer.

La hemoglobina (proteína de los glóbulos rojos de la sangre), por ejemplo, y que es uno de los “relojes moleculares” más usados, planteó –de entrada nomás– un enigmático problema.

Es cierto que está presente –prácticamente idéntica– en el hombre y en el chimpancé, lo cual provocó un júbilo rayano en el trance místico.

Pero ¿qué significa exactamente este hallazgo en relación al parentesco?

En ciencia, como en otras disciplinas, para comprobar realmente la validez de un argumento, hay que desarrollarlo hasta sus últimas consecuencias, pues sólo de esta manera pueden eventualmente hacerse obvias las contradicciones ocultas en la formulación del mismo, permitiéndonos así evaluar su solidez y comprender el significado de los hallazgos.

¿DESCENDEMOS DE LA LAMPREA, DE LA SERPIENTE DE CASCABEL O DEL COBAYO?



Pues bien, se han comparado las semejanzas –o por mejor decir, las diferencias– entre las hemoglobinas de distintas especies, precisamente para ver las últimas consecuencias de este argumento, y los resultados han sido, entre otros, los siguientes: la hemoglobina de la lamprea (un pez “primitivo” de acuerdo a la hipótesis evolucionista), tiene 75 diferencias con la de la carpa (un pez “evolucionado”) y sólo 73 con la del hombre.

De manera que si las semejanzas moleculares demuestran necesariamente proximidad genealógica (como pretende el argumento darwinista), al menos desde el punto de vista de la hemoglobina, el ser humano (un mamífero) está tan cerca –más cerca en realidad– de la lamprea (un pez) que la lamprea lo está de la carpa (¡otro pez!)34.

Para da otro ejemplo. El citocromo C de la serpiente de cascabel (un reptil) tiene tiene 22 diferencias con el de la tortuga (otro reptil) y sólo 14 con el del hombre (!)35. Lo mismo sucede con la insulina del cobayo (un roedor) que tiene exactamente las mismas diferencias (18) con la del hombre que con la de la rata (otro roedor)36.

Como se ve, el argumento entra en manifiesta contradicción con los hallazgos y por consiguiente no puede tener la validez que se le pretende atribuir.

Ahora bien. Si en estos y en innumerables otros casos, las semejanzas moleculares obviamente no implican parentesco, ¿cómo hacemos para saber en qué caso sí lo hacen?

Resultados igualmente sorprendentes se obtuvieron en base a estudios más amplios, realizados, una vez más, con la proteína citocromo C, de la cadena de oxidación de las mitocondrias de distintas especies, ya que lo que se encontró es que ¡no existen secuencias “evolutivas” entre el citocromo C de algunas bacterias, y el resto de todos los seres vivientes!37.

Y así, todos los trabajos efectuados sobre diversas moléculas (insulina, mioglobina, factor liberador de la hormona luteinizante, relaxina, etc.), demostraron lo que ya habían demostrado los fósiles, esto es, que más allá de algunas semejanzas accidentales, los grupos taxonómicos básicos están completamente separados, sin nada en el medio que los conecte. Vale decir que de acuerdo a la biología molecular comparada, es imposible establecer una secuencia evolutiva que relacione las distintas especies (los famosos “árboles genealógicos” de la mitología darwinista), sino que todos los seres vivos forman grupos perfectamente definidos y aislados unos de otros.

Desde el punto de vista de la biología molecular comparada, tampoco existen “eslabones intermedios”, sino que los todos los seres vivos se agrupan en una forma circular y jerárquica, sin conexión entre ellos38.

Hecho este, por lo demás, que ya había sido advertido por Aristóteles, quien además de un gran filósofo («El filósofo») fue un no menos perspicaz biólogo.

«Esto representa el colapso de todo el concepto de la evolución», dice rotundamente el brillante biólogo molecular australiano (agnóstico él y no creacionista, aclaro) Michael Denton, en su estupendo libro Evolution: A Theory in Crisis39.

Frente a esta situación, los mismos autores darwinistas que antes habían exultado de gozo frente a las semejanzas entre la hemoglobina del hombre y la del chimpancé, cambiaron la argumentación y dijeron ahora que las semejanzas en una sola molécula, en distintas especies, no prueban nada…

Que habría que comparar muchas moléculas del hombre y el chimpancé, y que eso demostraría entonces que son prácticamente las mismas.

Pues bien, se hizo eso.

En el estudio con el mayor número de moléculas realizado hasta la fecha, sobre un total de 127 proteínas “ortólogas” (misma función) del hombre y el chimpancé, se encontró que ¡el 80% son diferentes!40

Lo cual no hace sino confirmar –a nivel de las moléculas– lo que ya sabíamos sobre el rechazo de los injertos de órganos o tejidos de chimpancé en el hombre.

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