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EL CISMA



Ante tantas contradicciones, la iglesia evolucionista sufrió una especie de cisma larvado, por cuanto muchos de los antropólogos fósiles dijeron –muy correctamente por cierto– que la semejanza molecular no tiene la menor significación desde el punto de vista evolutivo, y continúan aferrados a sus huesos (a los fósiles, me refiero). Los moleculares en cambio replicaron –también correctamente– que el estudio de los fósiles no es ciencia rigurosa por el alto grado de subjetividad que subyace a toda interpretación de un fósil.

Los descreídos, por nuestra parte, sostenemos salomónicamente que ambos grupos tienen absoluta razón en lo que impugnan, más allá de que estén equivocados en lo que defienden, y por ello afirmamos, que ni las semejanzas óseas (por las razones de los antropólogos moleculares) ni las semejanzas moleculares (por las razones de los antropólogos fósiles), prueban absolutamente nada relativo al parentesco.

Al fin y al cabo, todos los seres vivos estamos constituidos por estructuras y moléculas semejantes, por la muy sencilla razón de que los mecanismos vitales así lo exigen. Con la obvia salvedad de que no pueden ser iguales las estructuras y moléculas de un pez, por ejemplo –que vive en el agua– que las de un ser que vive sobre la tierra.

Por ello es que el mundo de los seres vivientes, no tiene nada que ver con “árboles genealógicos” (esto es pura fantasía). El mundo de los seres vivientes es un mosaico, en el cual, componentes semejantes (estructuras, moléculas, funciones, etc.), se entremezclan para formar los distintos géneros o especies, sin que esto signifique que deriven unos de otros. A la manera de un cuadro, en que el artista no necesita utilizar un color diferente para cada figura, sino que variando las proporciones y las formas, puede –con relativamente pocos colores– representar muchas figuras.

Así, en el mundo de los seres vivos, las moléculas, al igual que las estructuras y funciones, se disponen en un patrón mosaico o modular y no en un patrón arbóreo.

El modelo mosaico se limita a constatar que los componentes materiales –o funcionales– se repiten en muchos seres vivos, sin intentar establecer parentescos descabellados. El modelo árbol genealógico, en cambio, pretende establecer supuestos parentescos, en base a determinadas semejanzas, y termina fatalmente en el absurdo.

El patrón mosaico es ciencia. Los árboles genealógicos son fantasías.

Por ello es que en la naturaleza puede existir una multitud de seres vivientes, con relativamente pocos componentes materiales. Pero por la proporción y la forma en que están dispuestos, originan seres esencialmente distintos, a pesar de las semejanzas.

Por eso es que –repito– semejanza no prueba parentesco.

LAS SEMEJANZAS EN EL ADN41



De todos modos, hace ya varios años, los autores darwinistas comenzaron a proclamar triunfalmente lo que según ellos constituiría el argumento definitivo para demostrar nuestro origen simiesco, a saber, ¡el ADN del hombre tiene un 99% de semejanza con el del chimpancé!, con lo cual quedaría cerrada la cuestión.

Y en efecto, quedaría cerrada. Pero no en el sentido que suponen los darwinistas, sino, en todo caso, en el sentido contrario, ya que si seres tan distintos como un hombre y un chimpancé tienen estas semejanzas en su ADN, entonces la única conclusión sensata es que el ADN –o al menos lo que conocemos del ADN– no es lo decisivo en la conformación de una especie42.

También compartimos cerca del 50% de nuestro ADN con las bananas y eso no nos hace mitad bananas, ya sea de la cintura para arriba o de la cintura para abajo. Y atención que estas no son palabras mías, sino –textuales– del destacado genetista Steve Jones, profesor de la Universidad de Londres43. Quien además agrega que «El ADN no viene al caso…Los chimpancés pueden asemejarse al homo sapiens en un sentido tedioso y literal, pero en todo lo que nos hace ser lo que somos, el Homo Sapiens es ciertamente único. La Biología, con su demostración de nuestras semejanzas físicas con otros primates, sólo subraya su propia irrelevancia»44. Lo cual, también ya lo sabíamos, desde la primera vez que fuimos al zoológico.

Pero analicemos un poco más este argumento, sólo para ver la manera decididamente tendenciosa en que se manipula la información.

Ante todo es necesario aclarar que lo de la «semejanza del 99%» entre nuestro ADN y el del chimpancé, es simplemente un MITO. Como ya lo llaman ahora hasta los propios autores darwinistas45.

El que parece que tiene un 99% de semejanza en su ADN con el Homo Sapiens no es el chimpancé sino el ratón46. Que además tiene casi la misma cantidad de genes que nosotros. También tiene aproximadamente la misma cantidad de genes y semejantes en un 75% a los nuestros, el Caenorhabditis elegans, un pequeño gusanito redondo, de 1mm de longitud, que está constituido por unas 1.000 células y que tiene un período de vida de dos o tres semanas47.

¿Qué conclusiones relativas al parentesco se supone que debemos sacar en estos casos?

Como según el evolucionismo nuestro antepasado es el mono y no el ratón –o el gusano– entonces, las semejanzas genéticas no tienen importancia en estos casos. Vale decir, que las semejanzas genéticas sólo tienen significación “genealógica”, si están de acuerdo con la hipótesis darwinista. Si no, son sólo “hallazgos curiosos”, que no se publicitan.

No debemos olvidar tampoco que el ADN sólo tiene cuatro tipos de nucleótidos48, de manera que en cualquier secuencia que se dispongan dos cadenas de ADN de distintas especies, va a ocurrir por lo menos un apareamiento cada cuatro nucleótidos, esto es, 25 apareamientos cada 100 nucleótidos. Lo cual significa que la “semejanza cero”, no equivale al 0% de apareamiento, sino al 25% del mismo49.

Vale decir que, de entrada nomás, tenemos un 25% de semejanza genética con todo ser viviente, ya sea bacteria, protozoario, hongo, vegetal o animal. Pero volvamos a la semejanza genética entre el ser humano y el chimpancé. Nuevos estudios han demostrado que esta semejanza sería en realidad del 96%50. Y digo sería, pues las cifras varían en diferentes autores. Así, hay trabajos que demuestran una semejanza del 94%51 y otros del 86,7%52.

¿Y cómo se explican tales diferencias en las “semejanzas”?

Pues por la enorme complejidad del tema.

Debemos tener presente que nunca se compara todo el genoma –lo que es imposible– sino fragmentos del mismo. Y con diferentes métodos y criterios. Así, algunos comparan los genes que tienen que ver con los aspectos inmunológicos; otros con la elaboración de determinadas enzimas, o con ciertas enfermedades; unos tienen en cuenta los «indels» (inserciones/deleciones de nucleótidos), y otros no. Los métodos pueden ser por apareamiento o por secuenciación, los cuales no tienen la misma precisión. Además los resultados finales se elaboran en base a proyecciones realizadas con computadoras, y estos resultados pueden variar de acuerdo a las técnicas computacionales utilizadas. Todo lo cual contribuye, por cierto, a que estas comparaciones posean un no despreciable margen de error.

Se está comenzando a descubrir, por otra parte, que los genes no son, como se pensaba, segmentos definidos y aislados del ADN, sino que están fragmentados y entrelazados con otros genes y dispersos a todo lo largo del genoma53.

Lo cual aumenta a niveles insospechados la complejidad del tema y explica las diferencias en los porcentajes.

Pero aceptemos, a los fines del argumento, la mayor de las cifras que se nos proponen, esto es, que la semejanza genética entre el hombre y el chimpancé fuera del 96%, vale decir que apenas tendríamos un 4% de diferencia con estos simios. Con la condición de no olvidar que la totalidad del ADN humano estaría compuesto por alrededor de 3 mil millones de pares de nucleótidos. De manera que este “apenas” 4% de diferencia, incluiría unos 120 millones de pares de nucleótidos, que serían equivalentes a aproximadamente 12 millones de palabras, o a 40 libros grandes de información.

Como se ve, la cuestión no es tan simple, como se nos quiere hacer creer54.

Esto además de los problemas planteados por la pleiotropía (genes que controlan más de una característica) y la poligenia (características controladas por más de un gen), que parece ser el caso de la mayoría de los genes.

Pero además, los porcentajes pueden ser sumamente engañosos, según las realidades a que apliquemos esos porcentajes y el criterio que utilicemos.

A manera de ejemplo, compare lector las siguientes dos frases:

La inmensa mayoría de los científicos en el mundo aceptan actualmente el evolucionismo darwinista”

La inmensa mayoría de los científicos en el mundo no aceptan actualmente el evolucionismo darwinista

Fíjese que desde el punto de vista de las letras y las palabras, estas dos frases sólo difieren en un 2%, y sin embargo ¡su sentido es diametralmente opuesto!, esto es, transmiten una información completamente distinta.

La semejanza del 98% que existe entre los símbolos de estas dos frases, no implica una semejanza del 98% en la información que transmiten. De la misma manera, un mínimo cambio en las moléculas del ADN puede representar una enorme diferencia en el mensaje transmitido. Y esto es así por la sencilla razón de que no hay una relación porcentual directa entre símbolos e información.

La información biológica –al igual que la de un lenguaje– es altamente específica, y es por ello que la relación entre símbolos e información no es porcentual sino individual, ya que los porcentajes nunca se aplican a los casos individuales.

Los porcentajes sólo dan una información directa cuando se aplican a un sistema homogéneo, es decir, compuesto por partes iguales, pero nunca a un sistema heterogéneo, compuesto por partes distintas. Es por ello que sabemos con exactitud qué significa el 4% de 100 pesos ($) –porque todos los pesos son de igual valor– pero, ¿qué significa el 4% de un ser humano? ¿O de los genes que especificarían al mismo?

Para dar un ejemplo: el cerebro representa aproximadamente el 2% del peso corporal humano, o sea, más o menos igual que un pie amputado por encima del tobillo, por lo que –según el criterio del peso corporal y desde el punto de vista estrictamente porcentual– podemos legítimamente decir que un hombre sin un pie es 98% “idéntico” a un hombre sin cerebro. Y desde el punto de vista del porcentaje del peso corporal ciertamente lo son.

Se me podrá objetar que el ejemplo no es pertinente, pues es infinitamente más importante el cerebro que un pie. ¡Pues ese es precisamente el punto! En un sistema heterogéneo, el porcentaje sólo puede tener significación a la luz de un criterio de valor previamente aceptado. De otra manera, hace desaparecer las diferencias cualitativas, ya que los porcentajes sólo pueden evaluar aspectos cuantitativos.

De manera que no es cuestión simplemente de comparar porcentajes. Todo depende de a qué partes del porcentaje le damos importancia, o sea, del criterio de valor que utilicemos. Y para ello deberíamos conocer con exactitud qué localización y función tienen todos y cada uno de los genes, lo cual no es ni remotamente el caso.

Pero cómo, ¿acaso no se ha descifrado ya en su totalidad el genoma humano?

Pues no, lector. Para nada.

A pesar de todo el despliegue mediático del año 2000, cuando Bill Clinton y Tony Blair proclamaron triunfalmente que se había decodificado todo el genoma humano y que este consistía de 100.000 genes, hoy sabemos que esas cifras eran totalmente erróneas.

La cantidad de genes que hoy se acepta constituyen el genoma humano codificante es de aproximadamente 20 a 21.00055 (¡80.000 genes de error!) y de ellos sólo se han descifrado, al día de la fecha, 13.77856, esto es, alrededor del 65%. 65% del 3% que conocemos, claro. O sea, menos del 2% del genoma total.

Y esto es así, no porque los científicos mientan –que lo hacen, por cierto, como cualquier hijo del “antecesor común”– sino porque la Genómica es una disciplina extremadamente compleja y que recién está en sus comienzos. De otra manera no pueden explicarse los errores arriba señalados.

Tan es esto así, que ya algunos de los mejores investigadores en este campo están tomando conciencia de la magnitud del problema y de las inmensas dificultades que este plantea. Se trata, al parecer, de una verdadera “jungla genética”, más profunda, más densa y más difícil de penetrar, de lo que nadie hubiera podido jamás imaginarse57. Tanto, que el mismísimo Dr. Francis Collins, director del Proyecto Genoma Humano, ha llegado a decir que «la comunidad científica tendrá que repensar qué son los genes, qué es lo que hacen y lo que no, y cómo los elementos funcionales del genoma han evolucionado». (!!)58.

¿Se da cuenta lector?

Los más destacados especialistas en el tema –como Francis Collins– no saben a ciencia cierta ni siquiera qué es y cómo actúa un gen, y ya las cacatúas darwinistas están sacando toda suerte de conclusiones relativas a nuestro parentesco con los simios, basándose precisamente en la genómica, que es una verdadera jungla, en la que los mismos “genómicos” están completamente perdidos.

Cabe agregar también, que algunos autores sostienen que lo importante no serían propiamente los genes (!), sino los mecanismos reguladores de la expresión de los mismos. Y como los mecanismos reguladores están íntimamente relacionados con el ARN, estos autores sugieren que tal vez la molécula clave de la herencia ¡no sería el ADN sino el ARN!59

No hay que olvidar tampoco, que no tenemos idea de las funciones del 97% de nuestro ADN, el así llamado “ADN basura”, y ya hay también científicos que piensan que gran parte de lo que realmente haría a un individuo o a una especie diferente de otras, estaría probablemente a nivel de este ADN “basura”60

Como se ve, lo único que está perfectamente claro, es que el tema es completamente oscuro, y lo que se desconoce es muchísimo más que lo que se sabe, razón por la cual habría que ser sobremanera prudentes a la hora de sacar conclusiones respecto de supuestos parentescos basados en semejanzas genéticas.

Pero es precisamente esta oscuridad y esta ignorancia, lo que les viene como anillo al dedo a los autores darwinistas para llevar agua a su molino, publicitando cifras descaradamente simplificadas y por consiguiente engañosas.

De todas maneras, ninguna “semejanza genética”, real o sesgada, nos hará vacilar en nuestra convicción –basada en el simple sentido común– acerca de la abismal diferencia que existe entre un hombre y un mono.

Y si el sentido común no coincide con la ciencia, no nos preocupemos. Ya llegará el día en que la ciencia coincida con él.

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