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¿PERO TODO ESTÁ EN LOS GENES?



Hasta aquí he desarrollado el tema aceptando, a los fines del argumento, la teoría (neo) darwinista, según la cual todo el organismo se explicaría a partir de sus genes, para demostrar que aun así, sus pretensiones carecen de fundamento científico.

Pero permítame lector que haga un paréntesis, para decirle que hay numerosos científicos que no aceptan este reduccionismo genético, este genocentrismo –creado en gran medida por la hipótesis neodarwinista– según el cual todo el organismo se explicaría simplemente como consecuencia de la acción de sus genes, y sostienen que el tema es muchísimo más complejo.

El Dr. Brian Goodwin, por ejemplo, biólogo y matemático de renombre internacional, profesor de la Open University de Inglaterra y uno de los fundadores del Instituto para el Estudio de la Complejidad, de Santa Fe, Nuevo México, dice explícitamente que «la pretensión de que para explicar las propiedades de los organismos basta con comprender los genes y sus actividades… es simplemente falsa». Y también: «Los organismos no pueden reducirse a las propiedades de sus genes, sino que deben entenderse como sistemas dinámicos con propiedades distintivas que caracterizan al estado vivo». Y otra: «La morfología de los organismos no puede explicarse sólo por la acción de sus genes»61.

Lo que este y otros investigadores sostienen, es que los genes especificarían el tipo de proteínas que deben sintetizarse, pero no el plan general de construcción del organismo, que no estaría a nivel de los genes. Es decir que los genes proveerían la información para el tipo de “ladrillos” del edificio de un organismo, pero no el “plan arquitectural” del mismo, que nadie sabe donde está.

El eminente genetista italiano Giuseppe Sermonti niega también, rotundamente, el “genocentrismo” darwinista y cree que habría alguna suerte de “campo morfogenético” a nivel del huevo, que sería el responsable de la configuración de los organismos.

Para dar un ejemplo: los genes explicarían por qué una rosa es roja y otra blanca, pero no existe ninguna evidencia científica de que la información contenida en los genes pueda explicar la rosa en sí. Y docenas de ejemplos más que Sermonti expone en su libro, que por algo se llama (en su versión inglesa) Why is a Fly not a Horse?, o sea, ¿Por qué una mosca no es un caballo?

Sermonti confiesa que él no lo sabe62. Y si él no lo sabe, entonces nadie lo sabe, aunque no lo confiese.

Aclaro que hay otros varios autores que sostienen también esta postura63.

De más está decir que de acuerdo al criterio de estos autores, las tan publicitadas “semejanzas genéticas” carecerían absolutamente de toda significación genealógica.

Como se ve, esto representa una vez más el fin del evolucionismo y por ello estos autores son rigurosamente silenciados por el “establishment” académico, en manos hoy de la secta darwinista. Pero este pareciera ser el camino de la biología del futuro, que sólo podrá lograr verdaderos avances cuando se destruya, de una vez por todas, el mito pseudocientífico del evolucionismo darwinista.

LOS PATRONES DE COMPORTAMIENTO



Pero los autores evolucionistas, que aceptan ciegamente el dogma de nuestro origen simiesco y que parecen no entender que “parecido” no implica parentesco, insisten con las semejanzas, y puestos a buscarlas, algunos antropólogos se lanzaron intrépidamente a comparar patrones de comportamiento, que es sin duda tan “válido” como comparar huesos o moléculas.

El asunto tienen sus antecedentes allá por la década del 20 del siglo pasado, cuando un biólogo –Crookshank, darwinista por cierto– sugirió que los negros descendían del gorila, porque se sentaban en el suelo de la misma manera que lo hace este antropoide. Los mongoles, en cambio –y por la misma razón– descendían del orangután64. ¿Qué tal el razonamiento lector?

De más está decir que este argumento ya no es aceptado hoy por los antropólogos serios. Entre otras razones, porque los negros y los mongoles usan ahora sillas para sentarse.

En realidad, y digan lo que digan, la época de oro del darwinismo fueron aquellos dichosos años.

No sólo porque no se tenía la menor idea de genética, biología molecular y tantos otros adelantos científicos que han ido poco a poco ahogando el vuelo imaginativo de los investigadores darwinistas, sino también, porque en aquella época los darwinistas eran sinceros y tenían agallas para decir lo que pensaban, le cuadrase a quien le cuadrase.

Así, el biólogo Klaatsch, decía explícitamente que los negros descendían del gorila, los mongoles del orangután (coincidiendo en esto con Crookshank) y los caucásicos del chimpancé65.

Como ve, lector, nada de eufemismos respecto del “antecesor común”.

Es más, ¡oh hermosas épocas! en que se comparaban –según el orden evolutivo– el cráneo de un gorila; luego el del Hombre de Neandertal (que por esa época era considerado poco más que un mono erguido); luego el de un negro; luego el de un irlandés (!) y finalmente, de más está decirlo,... el de un inglés66.

La “Evolución” llegaba así a la perfección…

Parece que todos los nativos de los pueblos sometidos al dominio colonial británico eran “sub-hombres”, comentaba con su habitual ironía el ya fallecido antropólogo americano Loren Eiseley67.

Pero esto no es todo, lector. Recordemos el tristemente famoso caso de Ota Benga, un pigmeo africano encontrado en 1904, que fue considerado uno de nuestros “antecesores” y como tal exhibido a partir de 1906 –con el título de “el eslabón perdido”– en una jaula del zoológico del Bronx, en Nueva York, junto con algunos de nuestros otros parientes, esto es, unos monos, un gorila y un orangután. El Dr. William T. Hornaday, darwinista por cierto y director del zoológico, al parecer no veía mayores diferencias entre Ota Benga y el resto de nuestros antepasados...68

Y esto no es un simple error, o hecho aislado, por cierto. Esta es la consecuencia inexorable de la concepción bestializante y deshumanizadora del darwinismo, llevada hasta sus últimas y lógicas consecuencias. Por algo decía Bernard Shaw, el gran dramaturgo inglés (irlandés, en realidad) y un profundo conocedor del tema, que el darwinismo es una cosmovisión «asqueantemente inhumana»69.

Una cosmovisión que hizo posibles casos como el de Ota Benga, para no hablar de las atrocidades del “darwinismo social”, y que ahora pretende, con el Proyecto Gran Simio, darles a los monos antropoides “derechos fundamentales”, tales como libertad, derecho a la vida, no experimentación con ellos, etc., precisamente por su parentesco con nosotros70.

Pero no se crea lector que los disparates arriba descriptas pertenecen a la prehistoria de la Antropología. No.

El Dr. David Pilbeam, por ejemplo, actual profesor de Antropología en la Universidad de Harvard, cree ver en la conducta de los chimpancés, suficientes semejanzas con la del hombre, como para sugerir que estos primates son los seres más estrechamente relacionados con nosotros71. Jeffrey Schwartz, en cambio, profesor de la Universidad de Pittsburg, ve esas semejanzas claramente en el orangután72.

Esto de encontrar semejanzas en la conducta de los simios con la de los hombres, ha suscitado una profunda y legítima indignación entre los primeros, quienes se sienten torpemente calumniados por semejantes comparaciones. «Nosotros cumplimos fielmente la ley natural, al contrario de lo que hacen los atorrantes e impíos seres humanos», dicen justamente indignados los simios.

A este efecto, entiendo que se va a realizar, auspiciado por la MONESCO, un congreso internacional de monos –sin diferencias de sexo, raza ni religión– a los fines de negar explícita y formalmente cualquier parentesco con nosotros.

Mucho me temo que las conclusiones de los antropoides, serán más sensatas que las de los antropólogos.

Por nuestra parte –y sin temor a equivocarnos– creemos ver notables semejanzas en el comportamiento de muchos seres humanos, con ciertas especies de reptiles.

Las serpientes sobre todo.
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