IntroduccióN




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MÁS SEMEJANZAS



Esto nos demuestra una vez más que las semejanzas entre el mono y el hombre en las que tanto se insiste, son semejanzas seleccionadas de acuerdo a la hipótesis darwinista. Las semejanzas que no encajan en dicha hipótesis se silencian.

Así, como acabamos de ver, en la capacidad de emitir sonidos articulados –característica altísimamente peculiar del hombre– somos semejantes al loro. En cuanto a la forma y disposición de las vísceras y la composición química de la insulina, el animal más parecido al hombre no es ciertamente el mono sino el cerdo. (En otros aspectos también...) De acuerdo a la estructura del pie, el animal más parecido al hombre es el oso polar. Con base en la composición química de la leche –un líquido tan complejo y fundamental como la sangre– el animal más cercano al hombre es el burro87.

Si tomamos en cuenta el tamaño y la forma del cerebro, no sólo más grande, sino con un grado de cefalización –esto es, franco predominio del lóbulo frontal, asiento de las actividades psíquicas superiores– muchísimo más desarrollado que los simios, el animal más parecido al hombre es, por lejos, el delfín.

En nuestros hábitos alimenticios (omnívoros), somos, nuevamente, mucho más semejantes al cerdo y a la rata (sin suspicacias, por favor) que a los chimpancés, la mayoría de los cuales son frugívoros.

Y así, una larga lista de etcéteras.

Todo lo cual no hace sino corroborar lo que vengo diciendo: semejanza no demuestra parentesco.


¿Y SI LOS MONOS FUERAN NUESTROS DESCENDIENTES?



El problema es que los científicos que insisten con el tema del parentesco entre el mono y el hombre –basado en las semejanzas que, como vimos, no prueban nada– equiparan, debido a su fe darwinista, pariente con antepasado. Pero esto, insisto, sólo en razón de la fe darwinista que nos revela que venimos del mono, ya que aun aceptando –a los fines del argumento– que somos parientes del mono, ¿no podrían los monos ser nuestros descendientes?

Si esto le suena a disparate lector, le aclaro que comparto su postura. Pero créame que es mucho menos disparatado que lo contrario. De hecho, el mono recién nacido tiene mucho más semejanzas al recién nacido humano, que a los monos adultos. Es decir, que los rasgos típicos del mono, se van acentuando con el tiempo. Desde luego que esto tampoco prueba nada. Pero si le damos importancia al argumento del parecido, seamos por lo menos coherentes y apliquémoslo siempre y no sólo cuando favorece la hipótesis que queremos demostrar.

Personalmente, no me cabe la menor duda de que si el recién nacido humano tuviera rasgos simiescos, esto sería proclamado clamorosamente como una demostración “contundente” de nuestro origen a partir del mono.

Que el mono sea nuestro descendiente es, como dije, un disparate. Pero muchísimo menor que sostener que es nuestro antecesor, por la muy sencilla razón de que es infinitamente más lógico y científico, hacer derivar –al menos idealmente– una forma especializada a partir de una generalizada que no al revés.

Me explico. La teoría de la evolución sostiene que los hombres y los monos venimos de un antecesor común no especializado, pues sólo de esa manera podría este antecesor común haber dado origen a dos especies diferentes, es decir a dos formas taxonómicas que difieren en su especialización.

Ahora bien, los monos, al igual que todos los animales y vegetales, son altamente especializados, ya que de otra forma no podrían sobrevivir.

De toda la infinita variedad de seres vivos que conocemos, ¡el único no especializado es el hombre!

De manera que si el camino evolutivo es desde una forma no especializada, a una especializada, entonces sin duda que el antecesor común tendría que haber sido el Homo Sapiens. O algo parecido.

De hecho, ha habido y hay destacados antropólogos y primatólogos (Otto Schindewolff, Van der Horst Westenhöfer, de Snoo, Wood Jones, Geoffrey Bourne, Jeremy Cherfas y varios más) que aproximadamente sostuvieron y sostienen esta postura. Esto es, que el “antecesor común” habría sido un ser mucho más parecido al hombre que al mono y que de él habrían derivado, más o menos horizontalmente, el hombre y –por degeneración– los monos actuales.

Es decir que la “evolución” produciría “involución”…

Por cierto que estos antropólogos, no tienen la menor idea respecto del origen de este supuesto antecesor común –casi idéntico al hombre– pero, en este sentido ¿están en mejor posición los antropólogos darwinistas? ¿Tienen ellos acaso la más remota noción de dónde se originó el mono ancestral?

En absoluto no. Más allá de alguna estrafalaria –y ya no aceptada– especulación sobre la musaraña (!) como supuesto antecesor de los monos, la verdad es que ¡nadie tiene la más remota idea de dónde se originaron los monos!88

Lo cual llama ciertamente la atención, pues ¿cómo puede ser que todos los buscadores de fósiles que viven encontrando restos de monos –supuestamente antepasados del hombre– ¡nunca encuentren antepasados del mono!?

¿Es que éste se originó por generación espontánea?; ¿o vino de otro planeta?

¿Cómo puede ser que todo resto de mono encontrado, sea “antepasado” del hombre? ¿Es que el mono no tiene antepasados?

No, lector. No los tiene89. Lo mismo que el hombre. Cuando aparecen los monos son eso, perfectos monos. Cuando aparece el hombre, es tan hombre como nosotros.

Esto es lo que demuestra el estudio serio y sin prejuicios de los restos fósiles: aparición súbita y con plena perfección del hombre, del mono y de todas las especies animales o vegetales.

Me apresuro a aclarar que el consenso es unánime en este sentido.

Ningún paleontólogo serio en el mundo puede mostrar un solo ejemplo de “eslabón intermedio”, de los cientos o miles que harían falta para dar forma a los imaginarios “árboles genealógicos” evolucionistas.

A lo sumo se limitan a expresar su convicción darwinista, de que serán encontrados en el futuro. O sea, lo mismo que decía Darwin hace más de un siglo.

Todo es cuestión de seguir cavando...

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