Aristóteles: Obra biológica




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Historia Animalium27, es un escrito en diez libros de los cuales los seis primeros y gran parte del VIII son obra del propio Aristóteles. El libro VII, la parte final del libro VIII y el IX parecen de autoría diversa, pero integrados en el cuerpo general del tratado por el mismo Aristóteles y el libro X es un añadido tardío.

Este esquema resulta una simplificación excesiva si no se advierte, en primer lugar, que existen fragmentos ajenos al autor interpolados aún en los libros primeros (por ejemplo, las descripciones minuciosas del camaleón y de los monos en el libro II capítulos 11 y 8 respectivamente) y material aristotélico en los últimos. En segundo lugar, hay que mencionar la falta de unanimidad con que se producen los especialistas, desde Düring que tiende a aceptar como aristotélicos sólo los libros I al VI y parte del VIII, hasta Balme que defiende la autoría aristotélica de todos menos el X28.

En cuanto a la estructura de la obra, se constata la existencia de un claro plan unitario. El libro I contiene una introducción en la que se enuncia la intención de exponer las diferencias (es decir, las caracteres o rasgos) en cuanto a las partes (diferencias morfológicas), vida (fisiológicas), carácter (psicológicas) y acciones (etológicas) de los seres vivos.

El estudio morfológico atenderá primero a las partes no homeómeras, en los libros I y II, y después a las partes homeómeras en el libro III. Las partes no homeómeras son aquéllas cuyas partes no son formalmente iguales al todo, por ejemplo, las partes de la cabeza no son, a su vez, cabezas. Las homeómeras son aquéllas cuyas partes son formalmente iguales al todo; una parte de sangre es sangre y una parte de carne es carne (por supuesto, hasta cierto límite de finura en la división). La distinción mencionada coincide sensiblemente con la que se hace hoy entre órganos y miembros, por una parte, y tejidos, por otra.

Aristóteles comienza la exposición, tanto de las partes homeómeras como de las no homeómeras, por el caso del hombre y procede desde ahí a través de las diferentes clases de animales sanguíneos (entre los que incluye los que hoy llamamos mamíferos29, reptiles, anfibios, aves, peces). A continuación aborda el estudio morfológico de los animales no sanguíneos o carentes de sangre roja, como cefalópodos (sepias, calamares...), crustáceos (langostas, gambas, cangrejos...), testáceos30 (mejillones, ostras y también erizos de mar...) e insectos (entre los que incluye también arácnidos). Todo ello ocupa la primera mitad del libro IV.

El orden adoptado se debe a que, según Aristóteles, el hombre es para nosotros el más conocido de todos los animales; de manera que, por analogía y comparación, puede ofrecernos la clave para el estudio del resto. La gran división aristotélica de los animales en sanguíneos y no sanguíneos equivale a la división, más familiar para nosotros, entre vertebrados e invertebrados.

La segunda mitad del libro IV atañe ya a cuestiones fisiológicas relacionadas con los sentidos y la voz de los animales.

El libro V da comienzo a un prolijo estudio de la generación de los animales que se prolonga en el libro VI. Pero esta vez empieza a recorrer la escala por el lado opuesto, desde los animales que supone que se reproducen sin necesidad de progenitores, como algunos insectos y testáceos, en un extremo, hasta los mamíferos o, en términos aristotélicos, cuadrúpedos vivíparos, en el otro. El libro VI, continuación del V también en cuanto al contenido, se interrumpe sin la acostumbrada recapitulación.

El libro VII, aunque de autoría dudosa, encaja perfectamente en la serie ya que contiene un estudio de la reproducción humana. Quizá haya sido tomado de un tratado hipocrático anterior e integrado en el conjunto de la obra por el mismo Aristóteles, aunque sobre este punto hay radicales discrepancias. Así, Balme estima que el libro VII contiene tesis incompatibles con doctrinas hipocráticas y que sólo está en deuda con GA.

El libro VIII atiende al estudio de la nutrición, con lo que se cierra la parte dedicada a la fisiología y se emprende la exposición de asuntos que tienen más que ver con el comportamiento y carácter. Esta investigación psicológica y etológica (e incluso vagamente ecológica) se continúa en el libro IX, de modo que ambos, VIII y IX, pueden ser vistos como parte integrante del plan original del tratado.

En vista de lo dicho, nadie podría sospechar la existencia de un décimo libro; menos aún su tema: las causas de la esterilidad en humanos. Pero esto es lo que hay. No es extraño, por tanto, que este libro X sea considerado como un añadido tardío.

Como enciclopedia, como colección de hechos, es un fracaso esta HA. Pero no lo es como tratado sobre las diferencias. Leído así, su estructura cobra sentido, deja de parecernos caótico y su intención puede ser captada: su objetivo es reunir, distinguir y describir las diferencias que requieren explicación así como investigar su dominio de aplicación, es decir, si son propias de alguno de los grandes géneros o específicas de un grupo menor.

Tras coleccionar las diferencias, habrá que mostrar sus agrupaciones, las constelaciones en que se arraciman (cuatro estómagos, cuernos, carencia de ciertos dientes y alimentación herbívora, por ejemplo). Con esta segunda operación, quedamos a un paso de la explicación causal (teleológica), pues las diferencias morfológicas, fisiológicas o etológicas, se encuentran agrupadas en relación a la forma de vida del animal y con vistas a su buena funcionalidad. Adaptación, llamamos hoy a este fenómeno.

En definitiva, HA no es un conjunto de meras descripciones, sino que su estructura expositiva constituye ya un paso hacia la explicación y pone de manifiesto importantes elementos teóricos de la biología aristotélica ya que supone, al menos, la crítica y reforma del sistema dicotómico empleado en la Academia.

En HA existe una promesa incumplida:

... antes que nada, [hay que] comprender las diferencias existentes y las concomitancias comunes a todos los animales. Tras esto, habrá que procurar descubrir las causas que las motivan31.

Düring, al citar este pasaje en que se formula el propósito de dar explicación causal de las diferencias, anota: "éste es el programa del escrito PA II-IV"32. Es decir, ante la ausencia de la parte explicativa en HA se ha tendido tradicionalmente a pensar que la promesa de explicación causal remite a PA y GA.

Una gran parte de HA está dedicada al estudio de la reproducción en los animales. Este tema parecía preocupar especialmente a Aristóteles, hasta el punto de dedicarle un extenso tratado en cinco libros, De Generatione Animalium33. Su autenticidad se estima bien establecida. La fecha de su composición, en opinión de la mayor parte de los estudiosos, debió de ser tardía (según Jesús Mosterín, Aristóteles aún trabajaba en él poco antes de morir). No obstante, en GA, según Pierre Louis, podemos encontrar material procedente de diversas épocas de la vida del autor. David Balme sugiere, incluso, que gran parte de HA es posterior a GA y que tanto GA como PA fueron compuestos durante la estancia del autor en la Academia. Como en el caso de las otras obras mencionadas, la conclusión que parece emerger de este disenso es que la cronología exacta es difícil de establecer, ya que según todos los indicios, las obras de Aristóteles estuvieron expuestas a sucesivas reelaboraciones, lo cual, por otra parte, rebaja el grado de interés de esa empresa.

La estructura de GA es como sigue: El libro I trata de la reproducción en general. Establece algunas precisiones sobre la teoría de la causalidad, necesarias dado que en general caracterizará al macho como causa formal y a la hembra como causa material en la reproducción. Tras ello se ocupa de los caracteres distintivos del macho y de la hembra en el nivel de los órganos y miembros (es decir, partes no homeómeras) relacionados con la reproducción, primero en sanguíneos y más tarde en no sanguíneos. A continuación aborda el estudio de las partes homeómeras relacionadas con la reproducción (esperma, leche, menstruos).

El libro II examina la reproducción de los animales vivíparos y el III de los ovíparos y los no sanguíneos (de entre ellos, a ciertos insectos y todos los testáceos se les atribuye generación espontánea).

El libro IV se centra en la embriología y la herencia. En él se alude a la diferenciación del sexo durante el desarrollo del embrión, a cuestiones relacionadas con la herencia y sus errores (monstruos) y otros asuntos próximos (gemelos, superfetación o formación de un segundo feto en una hembra que ya lleva uno vivo, nivel de desarrollo al nacer de distintos animales, leche y lactancia, duración de la gestación en relación a la longevidad).

El libro V trata de los caracteres congénitos. Muchos de ellos (color de los ojos, timbre de la voz o aspecto del pelo) pueden no responder a causa final discernible y deben ser explicados, en ese caso, únicamente conforme a la necesidad y eficiencia.

En líneas generales, la importancia y peso explicativo de los aspectos materiales y eficientes es mayor en GA que en el resto de las obras biológicas. El empirismo de GA también se acentúa en relación a obras anteriores; con frecuencia se hace alusión a la carencia de datos suficientes para resolver tal o cual problema y a la primacía de la observación ante la reflexión. Aristóteles llega a decir que hay que fiarse de los razonamientos sólo en la medida en que sus conclusiones coincidan con los datos observados34.

Tampoco nosotros deberíamos fiarnos en exceso de las declaraciones de principio, pues en el transcurso de esta obra, el propio Aristóteles utiliza principios especulativos que con frecuencia se imponen a las observaciones. Uno de los que más llamativos errores le lleva a cometer es la consideración de la hembra como un macho que no ha alcanzado pleno desarrollo35. Otro es la creencia en una diferencia axiológica entre las distintas direcciones del espacio, lo cual le obliga a establecer precisiones ad hoc: por ejemplo, el valiosísimo corazón36 se halla en el siniestro lado37. Claro está que esto sólo sucede para compensar la supuesta mayor frialdad de este costado38.

Por otra parte, el tratado no deja en ningún momento de ser teórico ni de utilizar los resortes conceptuales y metodológicos de la filosofía del autor. Ello, unido a un buen cúmulo de datos sobre el tema que aborda, le permite la obtención de valiosos aciertos explicativos (por ejemplo, sobre el funcionamiento de la placenta y el cordón umbilical) y distinciones (entre caracteres sexuales primarios y secundarios, de la que sólo se hallan precedentes en Empédocles), así como el rechazo de doctrinas erróneas sobre la procreación y la herencia (como la preformación, la pangénesis, la teoría seminal encéfalo-mielógena o la teoría derecha-izquierda para la distinción del sexo39).

Por último, creemos que se debe incluir dentro de los tratados biológicos el escrito aristotélico Acerca del Alma40, pues en él se intenta nada menos que una teoría general de la vida: ¿qué diferencia a un ser vivo de un cadáver? Para Aristóteles la respuesta es el alma, es decir, lo que permite al organismo realizar el conjunto de funciones que caracterizan al ser vivo, como la nutrición, crecimiento y reproducción, movimiento, sensación y percepción, emoción y pensamiento. La división más importante y general que se puede establecer entre seres vivos se fundamenta en las funciones de que son capaces: las plantas, tan sólo nutrición, crecimiento y reproducción; los animales, todas esas más el movimiento, la sensación y la percepción (y algún tipo de emoción); el ser humano, todas las arriba aludidas.

La realización de las funciones mencionadas constituye su modo de ser (su forma), al tiempo que garantiza su existencia (sirve a la forma tomada como fin). Fijémonos por ahora sólo en la primera parte de la frase: para una planta, ser es tanto como tener la posibilidad de nutrirse, crecer y reproducirse. Un animal es en la medida en que puede sentir y moverse (además de nutrirse, etc). Y para el hombre, ser es poder pensar (además de nutrirse y sentir, etc.). De otra forma: no existe una planta que sea incapaz de nutrirse, porque cualquier cosa así que exista no es una planta.

Retrocedamos un poco para captar un último aspecto del concepto aristotélico de alma. Habíamos dicho que el ejercicio de las funciones vitales garantizan la existencia de un ser vivo como tal. Y no de modo casual, es decir, la organización funcional del ser vivo es tal que permite, soporta, su vida. Demos un paso más: es así para posibilitar la vida, que es tanto como decir que es así para posibilitar la actualización de las capacidades que le son propias en virtud de su alma y para sostener vigente esta posibilidad. Desde este punto de vista el alma, además de principio formal del ser vivo y de su movimiento (como se ha presentado hasta aquí), puede ser vista como causa final del mismo. Esta duplicidad (y circularidad) se intuye ya en el doble sentido de nuestra expresión "funciones vitales": funciones que constituyen la vida y funciones imprescindibles para la vida.

De lo dicho se sigue que, tanto lo que es común a todos los seres vivos, como lo específico de cada una de las clases dichas, se explica y define tomando en consideración el alma que poseen (o mejor, el alma que son). Por ello, bien se puede afirmar que, en DA, Aristóteles intenta una teoría general de la vida.

No obstante, los conceptos de alma y vida no son directamente intercambiables, media entre ellos la distinción acto-potencia. El alma es plenitud primera de un cuerpo natural, es decir, capacidad de vivir. La vida es una segunda plenitud o actualización, es decir, el ejercicio de esa capacidad.

Aristóteles habría podido identificar el alma con las potencias del cuerpo en virtud de su orden, armonía, equilibrio o simplemente salud. De otro lado, habría podido identificar el alma con el ejercicio de estas potencialidades, con el acto de vivir. De ambos modos habría hecho desaparecer el alma como sustancia. Sin embargo mantiene la sustantividad del alma mediante esta distinción entre acto primero y segundo41.

El tratado está distribuido en tres libros. El libro I expone programáticamente las cuestiones con que habrá de enfrentarse:

Resulta, sin duda, necesario establecer en primer lugar a qué género pertenece y qué es el alma -quiero decir si se trata de una realidad individual, de una sustancia o si, al contrario, es cualidad, cantidad o incluso cualquier otra de las categorías que hemos distinguido- y, en segundo lugar, si se encuentra entre los seres en potencia o más bien constituye una cierta entelequia42.

Recorre y critica las opiniones de sus predecesores, la teoría platónica, la del alma como armonía, la del alma como constituida por elementos materiales, a la par que establece la posibilidad de la psicología (como saber acerca del alma).

En el libro II presenta Aristóteles su propia teoría del alma. Sobre las nociones de potencia y acto, de materia y forma, edifica la doctrina del alma como sustancia y de su unidad con el cuerpo:

El alma es la entelequia primera de un cuerpo natural que en potencia tiene vida43.

Tras ello comienza el estudio de las facultades del alma, la nutritiva, el conocimiento sensible y los cinco sentidos.

El libro III trata de la sensibilidad común, de la imaginación, memoria y de la facultad pensante. Establece en este libro la famosa distinción entre los dos intelectos, activo y pasivo, y su conexión con la imaginación y la sensación. Trata también del movimiento y la voluntad e introduce observaciones suplementarias sobre nutrición y percepción.

Por lo que hace a la separabilidad del alma humana y a su inmortalidad Aristóteles afirma que una parte (o tal vez función) del alma humana es separable e inmortal, se trata del entendimiento agente44. También es cierto que parece concebir la existencia de vida sin materia corruptible45. De todos modos, este punto ha resultado siempre especialmente controvertido por la voluntad expresa de Aristóteles de situarse lejos, tanto del corporeísmo, como del dualismo.

Si bien parece cierto que DA fue escrito de dos veces, como en dos estratos, un primero más centrado en las funciones vegetativas y sensitivas y un segundo que incorpora las funciones intelectuales, precisamente, lo que intenta Aristóteles es integrar las funciones intelectuales y emocionales dentro de un concepto general de vida. Es más, el DA en su conjunto constituye una de las claves para comprender la estructura general de la biología aristotélica.
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