Aristóteles: Obra biológica




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El tratado Sobre las partes de los animales46
PA sólo con muchos matices puede ser tenido por un tratado de anatomía comparada, pues hay que reparar en que su problema central es la explicación causal de las diferentes partes de los animales, conciliando los aspectos teleológico y eficiente.

El tratado consta de cuatro libros, cuya autenticidad no ha sido puesta en duda. Su cronología es objeto de disputa. Existe consenso en situar su redacción en época anterior a la de GA y quizá posterior a HA, salvo Balme que entiende que HA es posterior a PA. De los cuatro libros, el primero, como suele suceder con las introducciones, fue el último en ser redactado. Existen indicios de que Aristóteles colocaba PA al comienzo de la serie de sus obras biológicas; por tanto, el libro I puede constituir una introducción general a toda la zoología del autor. Consta de una serie de discusiones metodológicas acerca de:

(1) La explicación. Ésta debe ser causal, atendiendo a la causa final y a la forma, pero sin descuidar el estudio de los elementos materiales y fuerzas eficientes que, aunque subordinados a la finalidad, no dejan de ser importantes.

(2) La dicotomía. La taxonomía dicotómica, tal y como se practicaba en la Academia, es duramente criticada por Aristóteles, por artificiosa e inútil para la investigación empírica47. Se inclina por la clasificación ordinaria como punto de partida (la que utiliza habitualmente tiene sus raíces ya en Homero), pero a veces se refiere incluso a grupos de animales que ni siquiera tienen nombre. La clasificación ordinaria atiende a constelaciones de caracteres, mientras que la dicotómica sólo puede tomar uno cada vez (hábitat terrestre, por ejemplo), colocando a un lado a los individuos que lo poseen (terrestres), y a otro a los que carecen de él (acuáticos), y subdividiendo cada clase así obtenida en otras dos en función de un segundo carácter (los terrestres en voladores y no voladores). El elemental ejemplo que aparece entre paréntesis nos permite ya inferir ciertas consecuencias poco deseables: habríamos colocado al avestruz junto con el escorpión (terrestres, no voladores), y separado del águila (terrestre, volador); la jirafa junto con la mosca (terrestres) y separada del delfín (acuático)... La clasificación, como apoyo para la investigación biológica, debe tener mayor flexibilidad y riqueza de lo que permite el mero proceso de bipartición de géneros48.

(3) La investigación zoológica. Ésta debe conducirse por los siguientes pasos: en primer lugar constatación de hechos y tras ello búsqueda de las causas, examinando primero las funciones y partes comunes a una determinada clase de animales y después las específicas de las subclases.

Estos aspectos metodológicos poseen, en realidad, una enorme una carga filosófica. Hasta tal punto es así, que en estas líneas se puede detectar una de las más acabadas elaboraciones aristotélicas sobre la cuestión de la sustancia y la noción de diferencia.

Además de los aspectos metodológicos, aparece en este libro I una auténtica vindicación de la biología como ciencia, tan digna como puedan serlo la astronomía o la matemática. Este pasaje (PA, I, 5, 644b 22 - 645a 24) constituye toda una invitación al estudio de los seres vivos y suele ser citado tanto por su contenido como por su inspirado estilo.

El libro II comienza exponiendo la composición material de los seres vivos a través de tres síntesis:

(1) por combinación de las cualidades primarias o propiedades más elementales (frío, calor, sequedad y humedad) se obtienen los elementos simples (tierra, agua, aire, fuego).

(2) Una segunda síntesis nos permite obtener, mezclando adecuadamente los elementos, las partes homeómeras (tejidos) de los animales.

(3) los tejidos correctamente estructurados componen órganos y miembros, o lo que es casi igual, partes no homeómeras.

Tras ello, principia el estudio de las partes de los animales sanguíneos; primero las homeómeras, yendo de las más blandas y fluidas (sangre, grasa, sebo, médula, esperma, bilis, leche, carne) a las más duras y sólidas (hueso, espina, cartílago, tendón, pared de los vasos).

Desde el capítulo 10 del libro II, Aristóteles emprende el estudio de las partes internas no homeómeras de los animales sanguíneos, tomando como guía la estructura del cuerpo humano y procediendo desde arriba hacia abajo: primero, cabeza (hasta III, 3), donde incluye los estudios de ojos, nariz, oído y boca, que son internos sólo en parte; después el resto del cuerpo (hasta IV, 4). En cada caso atiende primero a lo que es común (posesión de cuernos en general, por ejemplo) y más tarde a lo específico (posesión de uno o bien de dos cuernos). IV, 5 está dedicado a las partes internas de los no sanguíneos. IV, 6 da comienzo al estudio de las partes externas, en primer lugar de los no sanguíneos y por último de los sanguíneos.

A lo largo de todo el tratado se intenta la generalización y explicación causal de las partes de los animales y de sus funciones.

Se puede afirmar que, en líneas generales, Aristóteles adopta una concepción "termodinámica" del funcionamiento del organismo. El ser vivo consta de un polo caliente, el corazón, centro también de la sensación, y dos sistemas de refrigeración que mantienen el equilibrio térmico: la respiración y la acción refrigerante del cerebro.

Tras convertir los nutrientes en sangre, mediante un proceso de cocción alimentado por el calor que se origina en el corazón y llevado a cabo en el estómago, ésta se transforma, también mediante algo parecido a la cocción, en los diversos tejidos que forman los órganos y miembros. También el semen es visto como un residuo elaborado mediante procesos de cocción a partir de la sangre. El flujo menstrual responde a semejante origen pero tras una cocción realizada a más bajas temperaturas, dado que, según Aristóteles, el corazón de la hembra es más frío.

De esta concepción fisiológica afirma Jesús Mosterín que

es totalmente falsa, pero no es irracional. No contiene elementos misteriosos o sobrenaturales, ni apela a otros conceptos o principios que los habituales en el estudio de los fenómenos empíricos49.

El tratado Sobre el movimiento de los animales
El tratado Sobre el movimiento de los animales es un escrito breve y difícil, pero de largas implicaciones. Las cuestiones que en él se abordan tienen conexiones con el resto de los tratados biológicos, pero también con los textos sobre cosmología, ética, física y metafísica. Incluso la utilización en MA del llamado silogismo práctico lo relaciona con la lógica y las referencias al motor inmóvil con la teología. No obstante, su ubicación más adecuada está dentro de la obra biológica, en las proximidades de PA, IA y DA, a cuya constelación de problemas se remite.

Su objeto de estudio propio es el movimiento de los animales y las causas del mismo. La noción de movimiento es aquí muy amplia: incluye cualquier tipo de alteración, crecimiento o desplazamiento sufrido o llevado a cabo por el animal. Quedan al margen los movimientos de generación y corrupción que no son llevados cabo en sentido propio por el animal, sino que son los que hacen que el animal venga al ser o deje de existir. Las causas del movimiento son tanto materiales y eficientes como formales y finales. Aristóteles estudia estas dos líneas causales y su engranaje. Nos hallamos quizá ante el primer escrito que puede ubicarse con justicia dentro de lo que hoy llamamos teoría de la acción50.

La auntenticidad de MA ha sido puesta en duda por diversos estudiosos, como Rose o Zeller. La razón es que MA51 parece contener una referencia al tratado pseudoaristotélico Sobre el pneuma. Sin embargo, los estudio posteriores de Torraca (1958, 1959), Louis (1973) o Nussbaum (1978) establecen con claridad que tal referencia no remite específicamente al tratado Sobre el pneuma, sino en general a textos sobre tal tema, como pueden ser los contenidos en el escrito aristotélico Sobre la respiración52. MA según estos estudios más recientes puede ser considerado, fuera de toda duda razonable, como obra del propio Aristóteles: las ideas que en él se exponen son acordes con las que se registran en otras partes de la obra aristotélica; los catálogos antiguos de obras de Aristóteles incluyen el MA; el estilo, con frases cortas, concisas y a veces incompletas, el vocabulario, los términos técnicos, todo ello concuerda, como establece Pierre Louis53, con los textos más claramente aristotélicos. Habría que añadir también que el modo en que se utiliza el apoyo gráfico recuerda otras partes de la obra biológica de Aristóteles54.

En cuanto a la cronología, todo parece indicar que estamos ante uno de los últimos escritos del autor, cuya redacción se situaría entre la del DA y la del que casi todos los autores consideran como el último escrito de Aristóteles, el GA. Nussbaum55 señala como época probable de su redacción los últimos años de la segunda estancia de Aristóteles en Atenas. Louis56 arriesga incluso unas fechas tentativas para la redacción del MA que se habría producido, según él, entre el 330 y el 323.

El mejor modo de acceder al núcleo de la cuestión tratada en MA es partiendo de la distinción entre movimiento voluntario, movimiento involuntario y movimiento no voluntario, aunque el mismo Aristóteles la presente hacia el final del tratado. Los movimientos involuntarios son los realizados por alguna parte del cuerpo de modo autónomo, como si de un ser vivo independiente se tratase57, al margen del control del animal (por ejemplo los movimientos del corazón o del pene). Los movimientos no voluntarios son del conjunto del animal o de algún sistema amplio del mismo, pero realizados de modo autónomo (como respirar, dormirse o despertarse, y en general una buena parte de los movimientos fisiológicos). Todos estos movimientos pueden tener explicación, es decir, se pueden señalar las causas de los mismos. Si queremos la explicación completa de cada movimiento tendremos que señalar sus causas material, eficiente, formal y final. La causa material vendrá dada por las partes intervinientes, la eficiente por el calor del corazón o del pneuma, la formal por la morfología del animal y la final58 por el bien del viviente en la circunstancia concreta (algo así como el valor adaptativo de la biología actual). Todo ello no requiere para nada la conciencia de los fines del movimiento, ni de los medios para obtenerlos, ni la voluntad expresa de conseguirlos.

El reto específico que asume Aristóteles en este tratado consiste en explicar como el propio animal, mediante la representación consciente59, puede tomar las riendas de algunos de sus movimientos, los que Aristóteles llama voluntarios. Estos movimientos desencadenados por el animal constituyen su acción60. La explicación de los mismos se basa en la explicación general del movimiento (en seres animados o no), en la explicación del movimiento animal (voluntario o no) y en la explicación de cómo algunos de estos movimientos pueden ser desencadenados o canalizados por el propio animal. El movimiento voluntario del animal no se produce contraviniendo los movimientos fisiológicos o los elementales, sino utilizando y guiando todos ellos. Esta es la razón profunda de que en MA convivan reflexiones de tan diverso jaez.

Toda acción consiste en movimientos, pero no todo movimiento es acción. Sólo cuando nos hallamos ante un movimiento de los que Aristóteles llama voluntario podemos hablar con precisión de acción. En el resto de los casos hay movimiento pero no hay acción. La explicación de los movimientos en cuanto tales requiere la exposición de sus causas, pero la acción tiene, además, su causa final propia.

Ahora nos hallamos ante una doble pregunta: en primer lugar tendríamos que investigar cómo se da el proceso de todo movimiento, y en particular del movimiento de los vivientes; en segundo término habría que establecer cómo puede este proceso caer bajo el control del propio animal en algunos casos.

Tanto por el razonamiento general como por la experiencia de los casos particulares y los hechos a los que podemos acceder por los sentidos61, se llega a la convicción de que todo movimiento requiere un motor y un punto de apoyo inmóvil. Esta conclusión afecta tanto al universo en su conjunto como a cada animal en particular. El movimiento es imposible si no hay algo que se mueva y algo que permanezca inmóvil. En el caso de las animales estas funciones pueden alternarse de modo que las partes que permanecen inmóviles en una fase del movimiento sean las móviles en otra y a la inversa. Pero, además de la alternancia de partes móviles e inmóviles dentro del animal, debe existir un punto fijo de apoyo exterior al mismo, sin esta resistencia ningún movimiento es posible.

Siguiendo esta línea y partiendo de la observación del movimiento animal aparece la conexión con cuestiones cosmológicas e incluso teológicas. Llegamos a la conclusión de que el universo en su conjunto requiere la presencia de un motor exterior que resulte a un tiempo punto de apoyo inmóvil. Cualquier motor actuando desde el interior del universo, sin un punto de apoyo externo, sería incapaz de mover el mismo, no podría hacerlo ni el propio Atlas de legendaria fuerza. Aristóteles, siempre partiendo de los datos que se ofrecen a nuestros sentidos sobre el movimiento de los animales, se embarca en la demostración de que no sólo el punto de apoyo para el movimiento de los cielos debe ser exterior al universo, sino que también debe serlo el propio motor62.

Si dividimos las entidades en animadas e inanimadas, tenemos que las primeras son capaces de moverse a sí mismas, tienen un principio de movimiento, un motor interno, mientras que las segundas son movidas por otras, animadas o inanimadas. A la larga, el movimiento de lo inanimado siempre será resultado del movimiento de los vivientes o del motor inmóvil63.

Los vivientes poseen un principio motor interno, son móviles y motores a un tiempo, se mueven. Cada uno de sus movimientos exige, además, un juego de partes del animal móviles e inmóviles y un punto de apoyo exterior fijo. La alternancia de partes móviles e inmóviles dentro del animal se ve posibilitada por las articulaciones, es decir, sin flexión no habría movimiento.

El movimiento se desencadena por la presencia de un objeto que es captado por alguno de los sentidos del animal, esta percepción va acompañada -afirma Aristóteles- de una variación del calor o del frío y, a consecuencia de la misma, de una alteración en el animal, concretamente en el corazón, que es para Aristóteles el centro de la sensación y origen de la motricidad. La alteración producida en corazón, aunque sea pequeña, puede tener efectos importantes en el movimiento del animal, puede sufrir una suerte de amplificación en el corazón de modo que acabe por afectar a muchas partes del organismo que obtienen la fuerza necesaria para moverse del pneuma64.

Se podría decir que el animal funciona hasta cierto punto como un autómata cuyos resortes fuesen disparados por la presencia de un objeto que de alguna forma pudiese afectarle. Esta comparación es explícitamente considerada por Aristóteles y no sólo en este texto, sino que también aparece en GA y en Metafísica. Mas la semejanza no es estricta: sucede que el animal vendría a ser un autómata de componentes alterables, una máquina que no sólo puede cambiar su configuración, sino que también puede sufrir variaciones en cada uno de sus componentes65.

Hasta aquí hemos formulado consideraciones que afectan a todo movimiento animal. Pero los movimientos voluntarios en especial se desencadenan por la representación mental de un objeto visto por el animal como deseable, es decir, como un bien. Y la conexión entre el objeto deseado y el repertorio de movimientos disponibles exige también una representación de los medios. En ambas operaciones interviene la imaginación, la fantasía o la reflexión. Si queremos podemos construir el proceso de modo silogístico, como un silogismo práctico: tenemos una primera premisa que enuncia el fin buscado, lo que se entiende como un bien; una segunda premisa que hace referencia a los medios disponibles para alcanzar el fin deseado, es decir, a los movimientos posibles; y una conlusión, que en el caso de este tipo de silogismos es una acción. Así, nos hallamos en presencia de una acción cuando una serie de movimientos son desencadenados por el deseo de algo que se capta como un bien y por la creencia de que este bien puede ser obtenido mediante dichos movimientos.

Aristóteles piensa que del mismo modo que ciertos movimientos no voluntarios o involuntarios pueden desencadenarse por la percepción de un objeto, la imaginación y la reflexión pueden disparar y guiar movimientos que entonces llamamos voluntarios y que se realizan por los mismos mecanismos que los anteriores66.
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