Competencias a desarrollar




descargar 267.86 Kb.
títuloCompetencias a desarrollar
página4/6
fecha de publicación29.01.2016
tamaño267.86 Kb.
tipoCompetencia
b.se-todo.com > Biología > Competencia
1   2   3   4   5   6

4. El desarrollo social de los medios
La televisión no ha sido el primer medio de comunicación que trasmite la ideología del grupo de poder de manera masiva. Antes existieron los edictos, publicaciones hechas en avenidas principales con el fin de comunicar leyes y ordenanzas de los gobernantes. Este instrumento de comunicación fue usado en Roma desde el siglo IV antes de nuestra era. De la suma de edictos nacerían los edictum perpetum, que más tarde conformarían la constitución del Estado romano.
Otro medio de comunicación entre el soberano y la población lo constituyeron las monedas. A través de estas se trasmiten las imágenes de los tótems sagrados, administrados por el Estado. Este ordena acuñar imágenes de personas, animales o cosas que se consideran de importancia. Garth Joweth nos informa en su ensayo Imágenes de largo alcance (Historia de la comunicación, vol. II) que los atenienses imprimían imágenes de animales sagrados como el búho (representación de Atenas), el águila (Zeus) o la Abeja (Éfeso). Más adelante, en el año 306 a. C. se grabaría en las monedas la imagen de Carlo Magno. De esta manera, la población sabría quién era su soberano. El que esté representado en una moneda adquiere una significación de poder efectivo. Su imagen se vuelve totémica, venerada.
La autoridad representada en la moneda suele ser estilizada, embellecida y presentada de modo digno y solemne. Los usuarios-receptores de las mismas admiran la moneda no solo por su valor de compra sino por su estilo y el valor cívico. La moneda se convierte en un paradigma. Así, las imágenes de santos, héroes, animales totémicos, presidentes o reyes que están representados en las monedas adquieren valor económico, estético y ético. Apreciados de muchas maneras, aquello que sea representado en las monedas será prácticamente una deidad.
El libro ha sido otro de los medios de comunicación más importantes a lo largo de la historia. De acuerdo con Karl Popper, Pisístrato dio inicio a la difusión del libro en Grecia. Fue este gobernante quien mandó a transcribir la Iliada y la Odisea de Homero. Atenas fue uno de los primeros espacios donde el libro tuvo mucho valor y difusión, no solo como fuente de conocimiento, sino también de diversión. Los textos homéricos, recopilados el 550 a.C. se vendían en la Orquesta a un módico precio. Popper (1994: 136) llega a afirmar que en Atenas “surgió el primer mercado del libro Europeo”.

El libro ha sido el poderoso innovador del pensamiento en el mundo entero. Estas modificaciones de la mentalidad no han sido del agrado de muchos gobernantes que optaron por imponer duras penas a quienes osaban poner en duda algún dogma oficial. Ya Anaxágoras había sido acusado de impiedad. Salvó de un duro castigo gracias a su relación con el gobernante Pericles. Nicolás Copérnico fue duramente resistido por la publicación de su tratado De hypothesibus motuum coelestium a se constitutis commentariolus (1507-1515) en que sentaba las bases sobre la rotación de los planetas alrededor del sol. Más tarde, Galileo Galilei sería condenado a prisión perpetua por haber profundizado algunas posturas del astrónomo polaco Nicolás Copérnico en libros como Diálogo sobre las mareas (1630). Más adelante, en 1538, el Gobierno inglés estableció una censura por medio de licencias –arma vigente contra las nuevas ideas– para frenar a los peligrosos libros.
Otro medio que ha tenido gran influencia en la sociedad ha sido el cine. Este genera en el espectador afinidad emocional con respecto a los hechos y personajes representados. El espectador se identifica con lo sucedido, lo que le puede despertar serios disturbios psicológicos como querer emular a sus héroes o, incluso, a los villanos. Más allá de eso, las sociedades se han transformado por influencia del cine. La música, la vestimenta, las modas se han visto trastocadas por los modelos presentados a través de los filmes. El cineasta Michael Haneke, reconocido con el premio Príncipe de Asturias, ha manifestado su preocupación por el modelo que viene adoptando el cine actual. Este se ensimisma en sus propios objetivos: vender y manipular. No tiene en cuenta al receptor, no considera los problemas que puede causar en él. Con el monopolio de las películas no se ofrecen grandes alternativas a los distintos tipos de públicos, quienes escasamente se ven reflejados en la pantalla. Las nuevas modas impuestas en el cine son asumidas como propias por los espectadores. Esto hace que se pierdan costumbres locales y se asuma lo extranjero como propio. A esto se suma la transmisión de valores que pueden resultar perniciosos, como el culto a las drogas o la valoración de la violencia. A menudo vemos películas que elogian la destrucción y la muerte de enemigos previamente estereotipados, presentados como seres salvajes que quieren acabar con la civilización occidental.
La concepción del cine como industria ha generado grandes películas que han sintetizado lo mejor de la ética y la estética en un filme; sin embargo, también ha sometido los intereses del arte –libre en sí– a los requisitos del mercado que, básicamente, busca la difusión de paradigmas en cuanto al vestido, transporte y consumo de muy diversas mercancías y servicios. Así, de manera sutil o explícita, el cine vende muchas mercancías y poco arte.
De acuerdo con autores como Zygmunt Bauman, actualmente vivimos en una sociedad de consumo. Esta procura que las cosas sean pasajeras y caduquen, aunque bien podrían tener uso. Así no requieran productos nuevos, las personas consumen cosas y servicios inducidos por la publicidad. De esta manera, las relaciones entre las personas y las cosas se vuelven efímeras y sin afecto. Lo mismo está ocurriendo en las relaciones personales. Los matrimonios y noviazgos se han hecho efímeros. En consecuencia, en la sociedad de consumo las cosas y los seres tienen fecha de caducidad. Es por esto que las personas se ven impelidas a forjar nuevas maneras de su personalidad. En las redes sociales (poderosos medios de comunicación), los usuarios están constantemente “actualizando su estado” para poder comunicar su existencia y tener aceptación por parte de sus receptores.
Al mostrar en las redes sociales aspectos que antes eran territorio de lo privado, hoy en día las personas naturalizan la violación de la intimidad: mediante las redes se dan a conocer declaraciones amorosas, solicitudes de matrimonio, riñas personales y hasta anuncios de suicidios. Todo es válido en estos medios con tal de “estar de moda”. Si los usuarios no tienen “likes” en sus páginas de inicio, se sienten mal, privados de algo vital. Es por esto que se recurren a muchas maneras de llamar la atención: fotos de paseos en lugares exóticos, comentarios ácidos o picantes, imágenes sensacionalistas, semidesnudos, etcétera. Esto constituye el “márketing de uno mismo” (BAUMAN, 2007).
Nuestras imágenes –que nos significan y hasta representan– son consumibles. Los usuarios caemos en un círculo vicioso que nos obliga a mostrarnos de distintas formas, cada vez más novedosas, es decir, más consumibles. Así, este tipo de medios de comunicación se ha convertido en un factor perturbador en la vida de las personas. Nunca como ahora el ser humano había sido noticia, había contado la historia de su vida en fotos o videos. Si bien las redes sociales procuran cierto bienestar al permitir la comunicación en tiempo real, el saldo resulta negativo, en especial en personas que carecen de formación suficiente para evaluar los riesgos de la exposición de lo privado. El diario digital RT (Russia Today) informó en 2011 que, según la Academia Americana de Abogados Matrimoniales, el 80 % de pruebas de infidelidad presentadas en demandas de divorcio proviene de redes como Facebook. Asimismo, se manifestó que uno de cada cinco divorcios es provocado en EEUU por el contacto entre casados y otras personas.


5. La cultura de masas
Desde el surgimiento de la sociedad industrial, los medios de comunicación masiva han tenido distintas funciones. La primera es brindar una “imagen” compuesta por un conjunto de signos y valores, según los cuales los ciudadanos (constituidos por un conjunto de personas de costumbres y tradiciones plurales y hasta antagónicas) se representan a sí mismos como una totalidad relativamente armoniosa.
Los hechos y las cosas no son comunicables por sí mismos. Requerimos un conjunto de signos (código) que seleccionan ciertas partes del mundo real (desde una perspectiva que obedece a ideologías e intereses particulares) para trasmitir un restringidísimo aspecto del mundo. Los códigos que se enseñan a través de las distintas instituciones de la sociedad son los oficiales. Quien determina qué código es oficial y qué otro queda relegado es el Estado.
Uno de los principales medios de comunicación es la televisión que tiene entre sus funciones representar la realidad. Y lo hace a través de determinadas imágenes que captan ciertos aspectos del mundo, según un código visual. En las series televisivas se presentan personajes paradigmáticos que orientan al ciudadano cómo debería desenvolverse en la sociedad. Estos paradigmas tienen un comportamiento legitimado, correcto según el rol que le tocó ejercer en la realidad. Así, el abogado verá en la pantalla una imagen de sí mismo y actuará conforme su modelo. Usualmente, la televisión coloca paradigmas neutrales en cuanto a la organización de la sociedad. Esto porque se anhela mantener el orden. Cualquier forma que se aleje del paradigma es sancionado, deslegitimado, y colocado como un hecho o persona anormal (delincuente, drogadicto, ocioso, enfermo mental, degenerado).
Uno de los paradigmas que refleja la televisión es el de raza. La pantalla suele reflejar a seres de determinados colores y culturas cumpliendo sendos roles vistiendo, usando uniformes “apropiados” y situados en determinadas circunstancias. Esto forma parte de la normalidad y lo racionalmente correcto. Lo que llama la atención son los roles que se les asigna a las denominadas “minorías”. Suelen ser sirvientes, delincuentes, obreros y ocasionalmente profesionales y hasta ricos. Mientras estas minorías estén en su lugar las acciones son representadas de manera armoniosa. El problema surge cuando “las minorías” desean ejercer otros roles. A partir de esta situación se desencadena un caos que será resuelto con la vuelta a la “normalidad” o la fantástica alianza entre razas distintas.
El rol adjudicado a determinados tipos raciales en el cine o la televisión es destinado a ser interpretado según oposiciones, parciales o totales, que parten de las pequeñas diferencias que hay entre una raza y otra. Estas pequeñas diferencias, como el color de la piel, la forma del cabello o de la nariz, la extensión de los brazos, entre otros, son usadas para el etiquetamiento de oposiciones como bello/feo, presentable/impresentable o atractivo/repulsivo. A partir de estas diferencias físicas surgen otras diferencias abstractas como bueno/malo, héroe/villano, noble/innoble, valiente/cobarde, bárbaro/civilizado, victorioso/derrotado, etcétera.
Por otro lado, la Internet surge como un medio que otorga productos especializados para sectores plurales. Esto supondría el fin de la comunicación de masas, pues hay una gran cantidad de productores de opinión y un grupo de consumidores deseosos de aprender o confirmar lo que ya saben o creen saber. No obstante, la Internet también tiene productos para las masas. En la red continúa la idea del prestigio por la cantidad. Cuantas más visitas tengan una página, más exitosa será. A esto se suma el hecho de que el homo videns ha sido formado por los códigos usados en la televisión: es un hombre más sensible que racional. Nuevamente, la incultura se impone en el medio que prometía la difusión de la cultura en todas sus expresiones más elevadas.
Un mundo ideal, desde el punto de vista de la comunicación, sería aquel en el que las personas sean libres. Gianni Vattimo ha definido a la sociedad libre como “aquella en la que el hombre puede hacerse consciente de sí mismo en una ‘esfera pública’: la de la opinión pública libre… no estorbada por dogmas, prejuicios o supersticiones” (VATTIMO, 1990: 97). Vale decir que para tener una verdadera libertad de comunicación, es necesario que primero abandonemos los prejuicios, dogmas y estereotipos difundidos por distintos medios masivos. Un hombre libre no aceptaría la presentación de un grupo de hombres como “turbas enardecidas” o “vándalos desadaptados”. Ese hombre, liberado por el conocimiento, evaluaría la situación de aquellas personas y trataría de interpretar el porqué de su conducta, y evaluaría la forma como solucionar los problemas que les aquejan.
Los valores adjudicados a los símbolos son aquellos que obstaculizan la correcta interpretación de los mensajes. Los estereotipos, dogmas y prejuicios son aquellos que opacan la información. Una buena comunicación transparente está, en la medida de lo posible, libre de esas unidades valorativas adjudicadas arbitrariamente a los referentes de los cuales se informa. Gianni Vattimo (1990) afirma que para que los medios de comunicación sean transparentes tienen que asociarse necesariamente con las ciencias humanas.
Raymond Williams (1978) plantea su disconformidad con la cultura de masas, porque esta configura a las personas como “consumidores”. Los medios masivos buscan homogenizar las preferencias de las personas; difícilmente crean programas variados para técnicos, profesionales y obreros de las más distintas especialidades. Casi siempre buscan colocar al receptor en un estado tal que pueda atender lo esencial para el medio: la publicidad. Ante estas acusaciones, los medios se defienden con un débil argumento: “les damos a la gente lo que les gusta”. Ya nos hemos ocupado de este tema: los medios ofrecen unos pocos productos y no le dejan escoger realmente al receptor. Los distintos noticieros periodísticos y televisivos informan prácticamente lo mismo; los diversos canales de cable repiten las películas “de moda”. Al acostumbrarse a las estructuras discursivas y a los contenidos, se crea una tradición en el receptor. De modo que ofrecerle lo que “le gusta” al espectador es ofrecerle lo que se le ha impuesto. La cultura de masas se anuncia como democratizadora de la cultura, pero resulta una tirana por su imposición de paradigmas a medida y conveniencia del emisor.
Otro argumento en contra de la cultura de masas es que hace poco o nada por difundir las ciencias y las humanidades. Han creado programas cada vez más sencillos e intensos, que no le demandan gran esfuerzo al espectador, lo deleitan con la simplicidad de sus historias. Difícilmente encontramos en la televisión la transmisión de alguna obra de teatro de Shakespeare o de Moliere, y si lo hacen, las presentan resumidas, en breves antologías, simplificadas (recordemos las novelas en historietas) para no demandarle esfuerzo mental al espectador. No hay en los diarios masivos grandes secciones dedicadas a difundir con profundidad los últimos avances científicos. ¿Acaso encontraremos en el programa radial de más sintonía la discusión sobre las últimas posturas filosóficas en torno a la libertad o al poder? Definitivamente, no. Williams (1978) afirma que lo que diferencia la cultura de masas de la cultura tradicional es que esta última produce emoción intensa, concentración y una nueva actitud a partir de la transmisión de una nueva manera de pensar con respecto a un tema en particular.
Si los medios masivos no atienden la “alta” cultura, tampoco atiende a las culturas de las “minorías”. A excepción de los canales estatales, los medios privados de los distintos países latinoamericanos difunden los modelos –los peores– de las grandes metrópolis (Nueva York, Londres, París). De este modo, el lector de diarios, televidente o radioyente poco conoce de los pobladores del interior del país: se emocionarán más por el Balón de Oro del presente año que por las carencias y abandono de los guaraníes, los shipibos, los nahualt o los mapuches.
Quizás el problema en los medios de comunicación masiva –al menos en los comerciales– es que conciben a los contenidos de sus programas como mercancías. Según este principio, hay que vender a como dé lugar los productos; esto genera que cada vez se venzan más los límites morales de la sociedad en afán de ganar en una competencia que no conoce de reglas. De acuerdo con este tipo de racionalidad, lo que cuentan son los ingresos que se consiguen mediante la venta del producto a cualquier costo. Por ejemplo, es dicho común en los periódicos de la capital “La verdad no debe ser ningún obstáculo para un buen titular”.
Otro aspecto sumamente negativo de la cultura de masas es que los medios le brindan más importancia a la forma que al contenido. Existe una exageración por el impacto visual y se deja de lado el lado profundo del mensaje, el cual constituye uno de los pilares de la comunicación. Esto nos hace deducir que lo que los medios anhelan no es trasmitir un mensaje coherente, sino causar impacto y, a través de él, poder vender sus productos. En muchos casos, se ha dejado de lado la publicidad argumentativa (que convence con razones) para dar prioridad a la publicidad emocional: una estrategia que asocia imágenes de animales tiernos, niños felices, actores famosos, hombres y mujeres esculturales (a menudo con escasa vestimenta) con distintas clases de productos. No importa si no hay conexión entre uno y otro; lo importante es conmover y seducir al receptor-comprador.

Umberto Eco (1984) ha discutido la visión enteramente negativa de los medios de comunicación masiva. El intelectual italiano manifiesta que las quejas con respecto a la cultura de masas es un acto egoísta de los que evalúan a la sociedad moderna como si se tratase de la época renacentista. Los que reaccionan contra la cultura de masas, en realidad lo estarían haciendo contra las masas mismas, pues parten de la idea de que la única cultura posible es la tradicional, privilegio de la aristocracia.
Eco plantea una serie de argumentos en favor de la cultura de masas. Entre ellas, el hecho de que la industria ha producido millares de libros para el público poco adinerado, y lo ha incorporado a una “alta” tradición. Otro argumento en favor es que antes de la cultura de masas, la población no tenía acceso a otra cultura que no fuera la propia, y estaba aislada en términos de comunicación. Un campesino del siglo XIX ignoraba totalmente qué ocurría en el resto del mundo y la razón por la cual debía ir a la guerra en ciertas circunstancias. Hoy en día, las personas creen tener una idea de lo que ocurre en el mundo y se forman una opinión, la cual defenderán en protestas que serán difundidas “democráticamente” por los medios.
En favor de los medios hay que decir que algunas instituciones, en determinadas épocas, han tenido énfasis en difundir la cultura a bajo costo. En nuestro país es constante la promoción (en especial de los medios escritos), un tanto simplificada, de literatura, música, pintura y ciencia. No obstante, los recursos destinados a la publicidad y producción de programas sin contenido educativo exceden por mucho a los magros intentos por masificar una cultura de calidad.
Los medios serán útiles para la sociedad cuando los ciudadanos, libres y cultos, decidan qué tipo de contenido debe trasmitirse. Con una cultura avanzada no sería necesaria la intervención “salvadora” del Estado; bastaría la creación de medios alternativos (semanarios, blogs, webs) y el abandono de los medios tradicionales para echar abajo los malos medios de comunicación. Al parecer Internet ofrece esta posibilidad. No obstante, la censura y espionaje por parte de los que desean ser dueños de la red nos alejan de este sueño. Los medios masivos han generado pasividad en parte de la población. A pesar de ello, un grupo de personas rebasa los límites ideológicos que difunden los medios: ante los problemas que manifiesta, algunos plantean nuevas posibilidades de pensamiento y acción en busca de una sociedad mejor. Los medios utilizados convenientemente generarán nuevas formas de pensar, alentarán la investigación científica, promoverá cambios sociales en favor de las “minorías”, difundirá más el amor y la paz, y menos la violencia y la guerra. Esos medios llegarán cuando los planes de difusión de noticias y cultura sean elaborados por personas que se dediquen enteramente al plano de la cultura. Entonces se considerará que la cultura es un asunto supremo que sobrepasa cualquier interés económico y de corto plazo.
1   2   3   4   5   6

similar:

Competencias a desarrollar iconCompetencias a desarrollar

Competencias a desarrollar iconCompetencias a Desarrollar

Competencias a desarrollar iconCompetencias a desarrollar

Competencias a desarrollar iconCompetencias a desarrollar

Competencias a desarrollar iconCompetencias a desarrollar

Competencias a desarrollar iconCompetencias a desarrollar

Competencias a desarrollar iconCompetencias a desarrollar

Competencias a desarrollar iconCompetencias a desarrollar

Competencias a desarrollar iconCompetencias a desarrollar en el módulo 3

Competencias a desarrollar iconCompetencias a desarrollar en la unidad 7




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com