Guillermo O. Martin (h) y Sofía N. Agüero




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LOS PASTIZALES Y EL DETERIORO AMBIENTAL

Guillermo O. MARTIN (h) y Sofía N. AGÜERO

Serie Didáctica
Fac. de Agronomía y Zootecnia - U.N.T.

LOS PASTIZALES Y EL DETERIORO AMBIENTAL
Guillermo O. MARTIN (h) y Sofía N. AGÜERO*

INTRODUCCIÓN
A través de la historia, el hombre ha sentido la necesidad de conocer primero y dominar después, la Naturaleza que lo circunda. El fuego constituyó desde la antigüedad, uno de los medios primitivos que lo ayudaron a modelar el paisaje. La paulatina transformación de comunidades nómades en sedentarias, el uso del hacha para la conquista de las áreas boscosas, el establecimiento de grandes rebaños de herbívoros en áreas peridomésticas, la modificación de tierras vírgenes para su incorporación al proceso agrícola y la introducción no planificada de plantas y animales exóticos, fueron algunos desencadenantes de los serios problemas ecológicos y finalmente económico - sociales, que experimenta hoy nuestro planeta.
Ninguna de las prácticas mencionadas es por sí misma inconveniente para los ecosistemas, siempre que estén acompañadas por el sentido común y el pleno conocimiento previo de los impactos que pueden provocar en el ambiente y sus poblaciones animales y vegetales.
Para cuantificar con cierto grado de certeza estos impactos, es aconsejable conocer la amplia gama de factores que determinan la estructura de la vegetación, su composición florística y el funcionamiento de los sistemas biológicos.

DESARROLLO
Es bien conocido que cualquier modificación introducida accidental o premeditadamente en un organismo o ecosistema, provoca una reacción del mismo, cuya magnitud, depende del grado del impacto provocado. Esta reacción desencadena a su vez una serie de fenómenos, que actuando a través del tiempo sobre organismos y/o sistemas relacionados al receptor del estímulo, producen los grandes o pequeños cambios ecológicos, económicos o sociales, que experimentamos día tras día.
Uno de los ecosistemas que se presenta con características propias en distintos lugares del mundo, es el de “pastizales naturales”, sean estos praderas, estepas, arbustales, sabanas, parques, montes, bosques o selvas (Figuras 1 a 4). Los pastizales naturales son comunidades vegetales compuestas generalmente por una diversidad importante de especies nativas del lugar (herbáceas y/o leñosas), que conviven e interactúan entre sí y con el ambiente en que se encuentran. Las interacciones tienen que ver con la competencia que se establece entre las distintas especies y los diferentes individuos de cada una de ellas, por el espacio, la luz, el agua y los nutrientes.
Cuando los pastizales naturales son utilizados irracionalmente, responden con la ruptura de su equilibrio de funcionamiento y esto se expresa a través de procesos de degradación que van instalándose en estos ambientes. Los disturbios que el hombre, a través del proceso de apacentamiento fundamentalmente, produce en estos ecosistemas con su irracional utilización, dan origen a muchas de las penurias de pobreza y hambre que padecen hoy vastas regiones del mundo.

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*Profesor Titular de la Cátedra de Forrajicultura y Cerealicultura y Jefe de Trabajos Prácticos de la Cátedra de Climatología y Fenología Agrícolas de la Fac. de Agron. y Zootecnia de la U.N.T., respectivamente. Av. Kirchner 1900, C.C. 125, C.P. 4000, S.M. de Tucumán.



Figura 1: Pradera



Figura 2: Monte



Figura 3: Estepa



Figura 4: Savana

Es también el hombre, quien con el adecuado conocimiento de las leyes que rigen el comportamiento de los sistemas naturales y la aplicación de tecnologías sustentables, debe emprender el camino de la conservación y/o recuperación de estos ambientes, para asegurar la calidad de vida de las futuras generaciones.
A lo largo del desarrollo de esta publicación, se abordarán las problemáticas que se derivan de dos importantísimas acciones antrópicas que determinan el grado de racionalidad y eficiencia con que el hombre utiliza los ecosistemas pastoriles: el manejo de los pastizales naturales y el proceso de herbivoría. El primero nos orienta acerca de cuales deben ser las normas adecuadas de aprovechamiento de los recursos por parte de los herbívoros, para permitir la sustentabilidad del sistema pastoril; el segundo nos habla del rol que cumplen los herbívoros pastoreadores sobre el sistema pastizal; entre ambos procesos y sus múltiples interacciones, se debe encontrar la justa medida que permita la conservación y progresivo mejoramiento de la cantidad y calidad de forraje disponible, con la consiguiente planificación por parte del hombre, para conseguir el adecuado uso de los recursos naturales por los animales, maximizando dentro de lo posible, las eficiencias de consumo, digestibilidad y conversión de los insumos pastoreados.
La importancia de abordar las temáticas mencionadas, radica en la toma de conciencia de que está en juego gran parte del futuro de la humanidad, tanto desde el punto de vista productivo como desde el punto de vista ambiental. El hombre se diferencia del resto de los seres vivos, por su creciente capacidad (con el transcurso de los siglos y el avance de la tecnología) de intervención y modificación de los ecosistemas naturales. La idea que postula que el hombre primitivo vivía en equilibrio y armonía con la naturaleza y el ambiente, es un mito; lo que es cierto, es que la escasa población y tecnología de entonces, le impedía realizar grandes modificaciones a su entorno y de allí deriva esa percepción.
Podría decirse que la historia de la agricultura, es la historia de la civilización. El incremento progresivo e incontrolado (en muchos casos), de las intervenciones antrópicas en el área agropecuaria, a sido una de las principales causas que han desencadenado a lo largo del tiempo, que los países desarrollados tengan actualmente severos problemas ambientales; aún mayores que los de los países en desarrollo (Love, 1982).
Esto comienza con lo que Hardin (1968) denomina “la tragedia de las tierras comunitarias”, donde los recursos pastoriles eran compartidos por las familias integrantes de todo un pueblo o comunidad. Mientras cada familia mantenía una cantidad adecuada de animales a su cargo, el ecosistema podía absorber la demanda de forraje. La natural ambición humana de mejorar su calidad de vida, llevaba a algunas familias a incrementar el número de sus animales. Que dos o tres familias lo hicieran, no afectaba demasiado la productividad del pastizal, pero es casi imposible que viendo el progreso de unos, el resto de las familias no desearan lo mismo para sí. Resultado: todas las familias de la comunidad se sentían con derecho a tener también más animales y este comportamiento determinaba inexorablemente la sobrecarga y posterior destrucción del pastizal. Este esquema repetido a través del tiempo y el espacio, mediante la cultura del nomadismo, es lo que ha provocado finalmente, el deterioro ambiental, en muchos casos irreversible, de grandes superficies del planeta.
Hoy, a comienzos del siglo XXI, el hombre se encuentra frente a uno de los problemas que con mayor seriedad deberá abordar de aquí en adelante: el impacto de las actividades humanas sobre los sistemas naturales. La mayor parte de las actividades humanas afecta en mayor o menor medida al ambiente y este grado de afectación puede variar tanto en la escala espacial (efecto local a global) como en la escala temporal (efecto circunstancial o episódico a crónico). Como los ecosistemas naturales proveen una serie de servicios ecológicos esenciales para el sostenimiento de la vida humana y el desarrollo de emprendimientos productivos, el deterioro de estos ambientes afecta significativamente su capacidad para seguir manteniendo estos servicios. La escasa toma de conciencia acerca de esto, se debe fundamentalmente a que los servicios ecológicos referidos no poseen un valor comercial tangible, pero hacen intrínsecamente a la calidad de vida en la Tierra; los más destacados son el mantenimiento de la biodiversidad, la moderación de los fenómenos meteorológicos, el ciclado de nutrientes y materiales, la purificación del agua y el aire, la regulación de la composición atmosférica, la detoxificación y descomposición de residuos, el control de la erosión y la recreación o estímulo intelectual del ser humano (Paruelo y Aguiar, 2003).
Es entonces donde adquiere extrema importancia el concepto de “desertificación”, que es el fenómeno que está ocurriendo en vastas superficies de nuestro planeta, por el erróneo manejo de los ecosistemas naturales por parte del hombre. Este término no sólo hace referencia a la degradación de suelos en áreas con alguna limitación hídrica, sino también contempla la extinción local de especies, la modificación de la estructura de la vegetación y la reducción de la productividad biológica del ecosistema. La posibilidad de llegar a la conservación y manejo adecuado de los recursos naturales renovables, debe centrarse entonces, en la factibilidad de poder reconocer a tiempo un proceso de desertificación en progreso.
Al respecto, la Comisión de las Naciones Unidas para la Protección del Ambiente reunida en Kenia en 1977, define a la desertificación como una “reducción de la producción potencial de la tierra en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas, que puede dar en última instancia, lugar a condiciones de desierto”. Esta definición se modifica en la Convención de Río de Janeiro de 1992, durante la cual se conceptualiza a la desertificación como “la degradación de tierras en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, que resulta de la acción de diversos factores que incluyen al clima y a las actividades humanas”.
Paruelo y Aguiar (2003), indican que estos conceptos disimulan un alto grado de imprecisión e incertidumbre que no permite actuar eficientemente sobre el problema. Los mismos autores establecen que para entender el proceso de desertificación se lo debe diferenciar claramente del concepto de aridez; esta última hace referencia a una condición ambiental promedio, mientras que la desertificación corresponde a un proceso de cambio direccional con una definida dimensión temporal.
Si una región árida, semiárida o subhúmeda seca es aquella donde la precipitación media anual no supera el 65 % de la demanda atmosférica promedio anual, para afirmar la ocurrencia de un proceso de desertificación, debemos poder trazar la dinámica en el tiempo, de uno o más cambios asociados al deterioro del ecosistema en cualquiera de los parámetros citados precedentemente: extinción local de especies, modificación de la estructura de la vegetación y/o reducción de la productividad biológica del ecosistema (Paruelo y Aguiar, 2003).
La importancia de detectar a tiempo un proceso de desertificación en evolución, es la de poder detener o evitar la pérdida de ciertos atributos o servicios ecológicos de los ecosistemas naturales (ya antes mencionados) que carecen de valor comercial pero que hacen intrínsecamente a la calidad de vida sobre la Tierra, tales como el mantenimiento de la biodiversidad, la moderación de fenómenos meteorológicos, el ciclado de nutrientes y minerales, la purificación del agua y el aire, la regulación de la composición atmosférica, la detoxificación y descomposición de residuos, el control de la erosión y la recreación o el estímulo intelectual del ser humano (Paruelo y Aguiar, 2003):

La agricultura, que en su sentido amplio abarca cultivos, ganadería, forestación, manejo de cuencas y áreas silvestres, etc., es el mecanismo que puede desencadenar el proceso de desertificación. Las prácticas agrícolas llevadas a cabo en ambientes áridos y frágiles, sin estrategias de conservación o en intensidades excesivas de intervención o cosecha de recursos, son las causas más importantes del proceso de reducción de la productividad (Gastó, 1991). Si este comportamiento se mantiene a través de los años, se abren las puertas a la desertificación.
La agricultura ha sido definida como la artificialización del ecosistema, lo que significa reemplazar o modificar los elementos o componentes naturales, por otros artificiales generados por la tecnología humana (Prado, 1983). En este proceso puede perderse información relevante, lo que conduce a dejar algunos nichos ecológicos desocupados, necesarios para mantener los niveles de productividad y sostenibilidad del sistema. La introducción de tecnologías inadecuadas, su aplicación a niveles exagerados o el abuso de prácticas agrícolas en ambientes inestables o frágiles, degrada el sistema desencadenando el proceso de desertificación (Gastó, 1991).
El término desertificación fue utilizado por primera vez por Aubreville (1949), en un estudio sobre las regiones húmedas de África Occidental; con posterioridad, reconocidos autores en temas ecológicos lo emplearon indistintamente como sinónimo de “desertización”. En la Reunión Latinoamericana celebrada en la sede de las Naciones Unidas en Santiago de Chile en 1977, se acordó, según lo ya aceptado en otras lenguas, utilizar en idioma castellano el término desertificación para caracterizar los procesos de degradación resultantes de acciones antrópicas (Figuras 5 y 6) y el término desertización para caracterizar los procesos de degradación resultantes de eventos naturales de origen climático y/o geológico.
Margalef (1958), establece que los ecosistemas incoherentemente organizados o inestables, se modifican o destruyen fácilmente. La selección en favor de una organización coherente aporta información al sistema; aquellos sistemas que en la naturaleza son más diversos y con mayor información, son más estables.



Figura 5: Proceso de desertificación
La desertificación se produce como consecuencia del inadecuado manejo y de la cosecha indiscriminada de recursos, lo que genera una pérdida masiva de la información del ecosistema en términos de especies animales, vegetales, compuestos químicos y estructura del suelo, lo que se traduce en disturbios progresivos que reducen cada vez más su productividad y estabilidad.



Figura 6: Proceso de desertificación

Lo antes expresado, exige el acabado conocimiento de las consecuencias que un manejo irracional de los recursos naturales, puede ocasionar al ambiente. En Argentina, en general todas las áreas cubiertas con pastizales naturales experimentan algún grado de degradación respecto del potencial forrajero y la situación de equilibrio en que se encontraban hace más de 500 años, antes de la llegada de los colonizadores. En el mundo la tendencia es similar. Esta degradación significa alteraciones negativas en los niveles de productividad forrajera, motivadas fundamentalmente por variaciones en la estructura y en la composición florística de las especies vegetales que integran esos pastizales. Se producen así extinciones de forrajeras valiosas, que en un primer momento son reemplazadas por otras de escaso potencial nutricional para los herbívoros pastoreadores. En muchos casos la extinción de forrajeras valiosas abarca grandes superficies, lo que hace casi imposible su recuperación; esto se denomina “erosión genética”. En general los procesos degradativos en pastizales son consecuencia directa de la implementación de hábitos de pastoreo inadecuados (altas cargas animales, escaso o nulo tiempo de descanso de los potreros, consumo selectivo del ganado, etc.), a lo que suele sumarse en sitios con especies arbóreas de valor forestal, la tala irracional de las mismas (Figuras 7 y 8). Todo ello termina con pérdida de cobertura del suelo, erosión y una muy escasa productividad. La culpa de esto no debe atribuirse a los animales pastoreadores, sino al hombre que no utiliza estos ambientes con criterios racionales de manejo. El desafío es tender a frenar y/o revertir estos procesos, mediante normas de utilización que estén basadas en un amplio conocimiento del funcionamiento de los pastizales naturales.
Para lograrlo y poder hablar de conservación y manejo de los recursos naturales renovables, es importante conocer cuáles eran estos al principio de la civilización. Shantz (1955), estima la magnitud de la distribución de la vegetación terrestre y reconoce tres grandes biotipos: Bosques, con 5.670 millones de hectáreas; Pastizales, con 3.300 millones de hectáreas y Tierras Desérticas, con 4.430 millones de hectáreas.


Figura 7: Sobrepastoreo; una de las causas de desertificación



Figura 8: Fuego indiscriminado; una de las causas de desertificación


La Tabla 1 discrimina la superficie de los subtipos de pastizales naturales mundiales, dentro de los tres biotipos mencionados.
A lo largo de la historia, puede hacerse una muy larga lista de intervenciones antrópicas sobre los diferentes ecosistemas, alterando su composición y potencial; entre ellas, sin duda que la deforestación tiene un lugar preferencial.
Según un informe de la FAO, sólo entre los años 1990 y 1995, la pérdida neta de superficie de bosques a nivel mundial ha sido de 56,3 millones de hectáreas; es importante recordar que en los países en vías de desarrollo, donde se está produciendo la deforestación más acuciante, entre 1980 y 1990 se deforestaron 15,5 millones de hectáreas por año. En la actualidad, se mantiene estable una tasa de deforestación mundial de 14 millones de hectáreas por año (en la Provincia de Salta, Argentina, sólo entre Febrero y Mayo de 2007, 150.000 hectáreas de bosque nativo fueron taladas para incorporarlas al cultivo de soja) (Nizzero, 2007).


TABLA 1: SUBTIPOS Y SUPERFICIE MUNDIAL DE PASTIZALES NATURALES


(Adaptado de Shantz, 1955)

Subtipos de bosque


Millones de has.

Tropicales

984

Regionales Templados

142

De Especies de Hojas Caducas

1.680

De Coníferas

1.970

De Regiones Áridas

518

De Especies Espinosas

85

De Vegetación Arbustiva Esclerófila

285



Subtipos de pastizales





Sabana de Pastos Altos

725

Estepa de Pastos Altos

1.010

Pastos Altos

414

Pastos Cortos

311

Sabana de Pastos Desérticos

596

De Regiones Montañosas

205

De Regiones Pantanosas

26



Subtipos de tierras desérticas





De Arbustos y Pastos

2.590

Salitrosas y Desérticas de Arbustos

78

Desierto

626

Tundra

1.140
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