Las memorias de un ufólogo




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fecha de publicación20.02.2016
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Comentarios sobre curiosidades históricas con algo de filosofía

La observación de unos platos voladores por el hombre de negocios Kenneth Arnold a bordo de su avioneta en el año 1947 marcó dos hitos: la desafortunada descripción al llamarles “platos o platillos volantes” y la entrada en la moderna ufología.

Sin duda que sofisticados estímulos ejercitaron mi mente, por ejemplo el magnífico libro de Jacques Vallee, Pasaporte a Magonia. Algunos párrafos los sigo releyendo desde 1976: «Hemos tenido que observar cuidadosamente el carácter camaleónico que revisten las características secundarias de las observaciones: la forma de los objetos, el aspecto de sus ocupantes. Sus supuestas declaraciones varían en función del medio cultural sobre el que se proyectan». Tampoco olvido la opinión de Hynek, astrónomo, profesor y ufólogo: «O bien los humanoides son de origen extraterrestres, o bien las criaturas pertenecen al mismo orden de aquellos entes que según la tradición, la mitología, las leyendas y los relatos religiosos u ocultistas se han mostrado a los habitantes de la Tierra en todas la épocas».

La ufología se dividió, a grandes rasgos, en dos grandes hipótesis: la extraterrestre y otra que explica el misterio por la intervención del psiquismo; pero muchas más se entrecruzan e interfieren. Humanamente resulta comprensible el ansia por encontrar las causas de un enigma recurrente, insólito y en exceso extravagante. Pero solo poseemos la razón que, aun siendo tosca, es la única herramienta al son de los actuales avances que las ciencias nos aportan. El dejar sin ataduras a la imaginación resulta más placentero, aunque existe el peligro de que la demencia socave la cordura y el loco se adueñe del escenario. Sin embargo, el hombre es capaz de cuestionarse no solo lo que ve directamente, sino también lo que, a través de la lógica, intuye. Por lo cual, se plantea el origen del Universo y su metaorigen: su curiosidad lo lleva a ir más allá de lo obvio y cercano.

De Valencia nos llegaban ruegos para que completásemos algunos casos al no haber concretado el ángulo de observación, la hora exacta, el color, el tamaño comparativo, la altura…solo faltaba que contabilizáramos el número de remaches. No contestamos a los ruegos o dijimos claramente la inutilidad de enumerar tantos aspectos técnicos. ¿Cómo transmitir por escrito las sensaciones, experiencias vitales de un testigo que tartamudea, mira sobrecogido, muestra sus esquemas primarios de conducta, te invita a un café y pide que le tranquilicemos?

Miles de casos, aun definidos a grandes rasgos, no aportarían nada porque después del tiempo transcurrido difícilmente dejarán prueba tangible delatadora. Lo decía Einstein: «Las teorías no derivan de los datos, sino del lenguaje libre de la inteligencia». El fenómeno pertenece a la realidad o a mi realidad. Las ‘eternas’ preguntas: ¿quiénes son?,¿qué hay detrás?,¿de dónde vienen?,¿qué pretenden?, ¿por qué no se exhiben? encabezan capítulos en blanco. Ahora bien, iremos presurosos si nos enteramos que un vecino del “pentágono magnético” o de sus alrededores observó un objeto sin identificar. Pero la feliz y apasionante etapa del ‘coleccionismo’ durante la década de los años 70 pasó.

Estas entidades inteligentes realizan un teatral despliegue desinteresado –si bien la gratitud les resultó muy cara a muchos compatriotas–, quizá aleatorio, causando impactos emocionales para que, impresionados los testigos, transmitan sus experiencias. Salvo las agresiones sufridas a muchos, dígase por ejemplo las abducciones, a nivel general y hasta ahora, parece que no existe un propósito descarado de intervención, aunque tengan posibilidades dada la superioridad tecnológica exhibida.

Entonces, instalado en el absurdo, obligado terreno impuesto, nunca entenderé que este insignificante planeta situado en un extremo de una galaxia olvidada entre millones de ellas tenga el menor atractivo turístico para unos lejanos vecinos cosmológicos y, a fin de cuentas, para nada concreto. Pienso que a estas alturas el posible objetivo de mentalizarnos pudo quedar logrado dado el tiempo transcurrido. O nuestra capacidad intelectiva se encuentra en un primitivismo lamentable –nada disparatado, por cierto– o a pesar de sus alardes tecnológicos sus mentalidades tomaron otros derroteros evolutivos.

Una y otra vez terminamos estrellados contra la incertidumbre, duro bloque de hipótesis. De sobra sabemos que la ciencia tiene un alcance, sujeta a su método, llena de limitaciones, miserias y hasta ignorante por unas fronteras que ella misma se ha colocado, pero justo es reconocer sus grandes logros, incluidos los avances en los descubrimientos astronómicos. A través de los ojos del Hubble –por poner espectacular ejemplo– se han observado alrededor de un millón de cuerpos celestes. El ojo humano sólo puede ver unas 6.000 estrellas a simple vista.

Por ello, y aunque solo consistiera en una manera de pensar habría que acogerla con el abrazo más cálido, aunque a renglón seguido nos desesperemos al no entender algo tan ‘simple’ como el paso de la materia inerte a la viva. Pero que quede claro: la ciencia sirve para conocer parte de la realidad y para resolver algunos problemas. Ahora bien, ¿qué haríamos sin interiorizar un poema, preguntarnos sobre qué es la conciencia, las estructuras sociales, modos de gobernar, reparto de la riquezas, la conducta, la dignidad o la ética…?

En este sentido, y a bordo de nuestro rudimentario cerebro, un prodigio de una ingeniería neuronal en evolución, pero limitado por unos sentidos imperfectos que nublan aun más la realidad, la lógica –último paso de la física que escapa a la razón– me dice que dada la diversidad de los objetos volantes, las posibles civilizaciones son muy numerosas, actuando con un mismo patrón de conducta o bajo las órdenes de un implacable jefe cósmico. Y puesto a elucubrar, quizá las naves pertenezcan a otras dimensiones, carezcan de estructuras metálicas, ni sus ocupantes posean tejidos orgánicos. Cuando avancemos en el desarrollo práctico de la mecánica cuántica, repito, –apasionante posibilidad en la cual confío– algunas interrogantes puedan disiparse.

Ahora bien, ¿podemos afirmar que son objetos y vuelen? ¿instalados en nuestro subconsciente? ¿quién o quiénes son los directores del elaborado teatro cósmico bajo la orden de una elusividad recurrente e histórica? Pero la acumulación de cientos o miles de datos no resulta posible falsear en su totalidad, confirmando una distancia tecnológica apabullante. ¿Acaso dominan el arte del camuflaje con sistemas impensables? ¿qué ética poseen para entremeterse en nuestras vidas? ¿nos encontramos en la prehistoria del fenómeno o asistimos a sus finales antes de su definitiva presentación ante la ONU? ¿seremos nosotros los que nos interceptamos? Por teorías que no quede, ejercicio circense que pone en forma la totalidad de la musculatura neuronal.

Al decir esto, puede que los años te anclen en aquello de “Cualquier tiempo pasado…”. Creo que la ufología vive más de los tiempos remotos –paradojas de la modernidad– demolidos por Internet, lugar donde los fraudes proliferan en cantidad y sofisticación, que de un presente innovador. Ahora me da pereza ver los muchos vídeos, no solo por lo anteriormente dicho, sino por mi imposibilidad para comprobar su veracidad. Sin embargo, tienen algo o mucho de positivo al provocar preguntas a una parte de la juventud que inicia su caminar hacia tan peculiar enigma.

No obstante, manifiesto mi admiración por la gran cultura ufológica que poseen muchos jóvenes, sobrepasando con creces a aquellos albañiles –entre los cuales me incluyo– de los años cincuenta y sesenta. Los diseños arquitectónicos de los actuales ufólogos, sus planificaciones basadas en amplias culturas, los colocan a unos niveles impensables años atrás.

La literatura sobre ovnis comenzó a saturar las librerías, filón para que muchos escritores vertieran infinitas hipótesis, bien construidas, admirables por su originalidad, fruto de unas imaginaciones portentosas. Pero una imperturbable meta las acogía con una enigmática sonrisa y concretas palabras: Acéptalas, pero no las creas. O sea, nada de nada, como al principio pero aún peor.

Suele ocurrirle a muchos. Comencé con la certeza del origen extraterrestre pero otras hipótesis surgieron porque el teatral espectáculo dio paso a los intríngulis de lo oculto. Me llevó de la mano hacia el nuevo planteamiento mi querido amigo Ignacio Darnaude que, experto en el arte de la metáfora escribió: «Lo que diferencia al ovnílogo de un transufólogo es que el segundo les ha visto el ‘plumero’, sabe que se encuentra arrellanado en el patio de butacas contemplando la comedia alienígena representada en el escenario planetario».

Sin descartar nada, presidido por una postura recelosa pero provista de grandes dosis de aceptación, seguiré a la espera. Sé que la calma puede prolongarse hasta la eternidad, lugar donde otros ufólogos fallecidos dialogarán, quizá a la expectativa de la ilusión que marcó sus vidas. A lo mejor el asunto resulta mucho más simple y la complejidad se la proporcionemos nosotros, fruto de un ansia compulsiva.

Al escribir las permanentes conjeturas sonrío como aprendiz de filósofo, divertido, satisfecho y vanidoso porque, aunque ocurra lo esperado, moriré complacido por haber empleado parte de mi vida en pensar. Al decir esto, creo que la filosofía ha reducido tanto sus indagaciones en los últimos tiempos que solo nos va quedando conjeturar sobre su lenguaje. Hoy veo muy lejos a Aristóteles o a Kant. Los aficionados a preguntarnos lo muchos porqués, aprendices de filósofos, hemos quedado rezagados al paso de las teorías científicas. ¿Qué pensador podría explicarme que puede haber estrellas que son más viejas que el propio Universo?

Nunca me dio por el proselitismo, vulgar tentación enraizada en muchos. Pienso que la mejor pedagogía consiste en proponer con atractivo, aupando a la duda como trofeo a conquistar. Pues igual que un día, inexplicablemente, mi interés tomó un rumbo, otros seguirán sus propios senderos, tan intransferibles como la singularidad de cada cerebro.

Fenómeno provocador ante el cual conviene blindarse con grandes corazas de paciencia. Se exhiben sin recato, guiñen, y emprenden una huída veloz, quizá avergonzados ante la inocencia de unos terrícolas que llevan en su genética dirigir mágicas miradas a los cielos. Los ufólogos o terminamos en las consultas de los cirujanos maxilofaciales por las dilataciones de las mandíbulas o poniendo a prueba la salud mental de los psiquíatras. Solo hay un arma que conviene tener siempre a punto, más defensiva que atacante: la ironía, magnífico refugio para sobrevivir al arte de Melpómene. Me convencí: o me hacía otro Noé, no necesitado de mirar a brújula alguna, o solo me preocupaba por flotar en el mar de la especulación.

Los buscadores de los buscadores

Existen los buscadores de ovnis, un complejo mundo los rodea, y los buscadores de los que buscan ovnis. No recuerdo quién dijo, quizá con desesperación: «Por favor, dadme una idea que yo la desarrollaré». Una buena idea vale más que todo el producto resultante y si alguien lo duda que se lo pregunten a los profesionales de la industria o de cualquier actividad, incluida la política. A nuestro pequeño círculo llegaron en solicitud para obtener nuestros casos muchos divulgadores, dígase escritores. No dudo del arte de los elegantes y persuasivos barmans, siempre al hallazgo de sofisticadas mezclas de ingredientes: refrescos, leche, alcohol, frutas, jugos, especias… para mezclarlo en la coctelera y obtener sabores genuinos. Nosotros fuimos los ordeñadores, los recolectores de las frutas, los taberneros y demás oficios suministradores de materias primas para los barmans, los escribidores de libros.

Es verdad que ocultando los conocimientos te emparentas con los avaros –algo similar les pasó a los vikingos: que descubrieron América antes que Colón y solo mucho después nos enteramos– y, entonces, para evitar el resquemor del egoísmo dimos el total de lo hallado. El quid de la cuestión no solo estriba en los dividendos que proporciona la edición de libros, sino en el peligro de los dedicados exclusivamente porque la necesidad les obligará en ocasiones a batir contaminados brebajes. No obstante, certifico mi absoluto respeto y admiración por los libros buenos, alegrándome de que constituyan un medio para el vivir de sus autores.

No hace mucho comenté el asunto con Ignacio Darnanude; pero él, que no pertenece a este aldeano mundo, me decía que la generosidad lo apresó: «Todo lo que poseo está disponible. Siento una gran satisfacción dando, y sólo me entristece que a muchos, a los que les regalé elaborados trabajos, fruto de muchas horas, ni se acuerden para escucharles alguna que otra vez: «Ignacio, me alegro de saludarte, te recuerdo con permanente afecto».

En el mundo de la ufología brotaron personajes donde la condición humana quedó marcada: abundaron rencillas de alquimistas y surgieron conjuntos, subconjuntos y conjuntos de subconjuntos, donde los protagonismos hicieron de topos socavando la principal virtud: la sencillez. Conste que tampoco sería capaz de arrojar el primer proyectil.

La llegada de Ignacio Darnaude

Ignacio, Joaquín Mateos y yo nos citamos en un bar de la Avda. Reina Mercedes sobre los primeros años de la década de los ochenta. Tenía mucho interés en conocerlo y Joaquín me lo presentó. «Ignancio –le pregunté– ¿qué es eso de Ummo?». Y con su porte de caballero inglés, fuerte vocalización, catedrático de una asignatura imposible de aprobar, contestó. «Una cosa es la Ufología y otra Ummo con sus cartas. Los humanos, por muy cualificados que estén, no pueden elaborar tantos informes de tan alto nivel y lo más sorprendente: sobre materias muy diversas y con un inconfundible estilo literario. No pueden ser de aquí. Sólo sabemos que alguien tuvo que escribir el millar largo de páginas. Todo lo demás constituye una de las más inteligentes filigranas de incertidumbre tejidas en el escenario de la historia humana».

Recientemente, el inefable José Luis Jordán Peña le dijo a Ignacio que él fue el autor de la pesada broma ummita, algo que rechaza rotundamente: «Tú, a lo más, has podido escribir las 1.300 páginas como un simple oficinista y simular telefonazos falsos. Es imposible que un solo hombre posea tamaña genialidad».

Entonces andábamos experimentando detectores magnéticos para registrar el paso de ovnis pues hubo casos que alteraban brújulas, bloqueaban los motores de explosión o magnetizaron carrocerías, como la del coche de Adrián Sánchez. En otra ocasión, Ignacio nos presentó a un amigo ingeniero que nos proporcionó unos interruptores encapsulados y nos refirió que en Brasil un señor colocó en un taladro imanes, elevándose al alcanzar suficientes revoluciones. A partir del encuentro Ignacio constituyó un referente. Colaboramos durante años mandándoles informes que traducía al inglés y al francés para revistas especializadas. «Gerena –nos decía– es más conocida por los ovnis que por sus famosos adoquines de granito».

Estas memorias necesitarían muchas páginas para enumerar la extensa correspondencia mantenida entre ambos, a pesar de vivir cercanos, más intensa antes de la llegada de Internet. Un día lo visité en su antiguo domicilio y me quedé estupefacto ante la contemplación de su biblioteca. «Sé que la pregunta resulta tan indiscreta como la de preguntarle a un padre a qué hijo quiere más, pero ¿cúal de ellos es tu preferido?». Se dirigió hacia la derecha, bajó de altura y sacó un minúsculo libro de Gurdjíeff, el políglota armenio,titulado “¿Para qué vivimos?” , que hoy puede leerse completo en la página web de Ignacio.

Una de los primeros comentarios que le escuché fue: «A principios de los años cincuenta compré en una librería de Madrid un librito argentino titulado El misterio de los platos voladores, de Cristian Vogt, que trataba sobre los OVNIs, y desde entonces el mundo se convirtió en un pretexto para sondear quiénes eran y de dónde venían».

Repetidas veces le digo su influencia en mi estructuración mental, muchos de sus pensamientos necesitados de permanentes reflexiones. Provisto de un profundo sentido del humor, aliado de la inteligencia, de una paz de espíritu envidiable, sabe escuchar y motivar. Conservo con esmero sus incontables documentos que, encuadernados y colocados en un lugar privilegiado de una modesta biblioteca, conocen el tacto cariñoso de mis manos. De inigualable literatura, emplea palabras y expresiones tan originales que una pequeña frase lo identifica. Constituye un faro de la ufología mundial, generosa luz para el que solicita asesoramiento, documentación o amena charla en su acogedor piso en el corazón histórico de Sevilla. Su gran sencillez se resume en una frase: «Nunca he poseído discípulos. Si los hubiese tenido, el pretendido gurú habría aprendido en todo caso más de dicha interacción que el supuesto chela».

Tengo pendiente ampliar las primeras doscientas ideas que extraje de sus documentos, difícil pretensión que –no quiero pensarlo– pudiesen algún día desaparecer. Porque, aunque el caso no es remotamente comparable, al fallecer el inolvidable Antonio Ribera su enorme documentación terminó una parte en los contenedores y otra esparcida por las calles. Sus allegados, seguro, no valoraron el mérito del querido ufólogo catalán. Ignacio sintió profundamente su muerte y los últimos tiempos, transcurridos en circunstancias difíciles. Dijo una vez de él: « Cuando los platívolos eran el gran hazmerreír de España, tú, Antonio, sin temor al riesgo ni al ridículo, nos iniciaste en la vasta trascendencia de los aparatejos que merodeaban impúdicamente por la atmósfera, capaces de trastocar el curso de la historia humana, y tan providencial bautizo no lo olvidamos».

A sabiendas de la imposibilidad de resumir el pensamiento de tan polifacético ufólogo, recojo una pequeña reflexión: «Me inquietó el giro mesiánico. No escuché a nadie recomendar prudencia en el contacto, precaución en el encuentro o, al menos, resistirse a renunciar al propio criterio en el análisis de las informaciones».
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