Las memorias de un ufólogo




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Manuel Osuna

Ignacio me presentó a Osuna en Sevilla –ya tenía problemas de salud– y, con cierto lamento nos dijo con su potente voz de maestro: «¡A que me voy al otro mundo sin saber gran cosa de los ovnis…!». Fue un pionero que en aquellos años 50 soportó los envites de los sensatos. Hace un par de años estuve en su pueblo, Umbrete, y entrada la noche le pregunté a un anciano, solitario lugareño, por la casa donde vivió, diciéndome que sus hijas apenas iban, recordándolo, como no, por su dedicación a la Ufología y al magisterio que ejerció durante muchos años. Estuve un rato en su puerta,situada en una calle umbreteña que en la actualidad se denomina “Manuel Osuna Llorente” , en silencioso homenaje a quien en sus buenos tiempos constituyó un centro de atracción. Tenía ‘corresponsales’ distribuidos por el Aljarafe, entre los cuales estaba Joaquín Mateos, pero después de un periodo de colaboración, dadas las puntualizaciones que le exigía, con alguna que otra riña –deformación profesional de todo maestro– Joaquín decidió emprender su propio camino.

Precisamente en Umbrete, cuando un grupo de ufólogos degustábamos una noche su famoso mosto, entre los cuales se encontraba Benítez, surgió el tema de Ummo y el libro de Urantia, fuentes que le sirvieron de base para escribir sus Caballos de Troya, motivo por el que le denunciaron los urantianos por plagio. ¡Quién nos iba a decir que escribiría nueve volúmenes! Con una habilidad innegable, Benítez plasmó datos fantásticos para enmarcar la vida de Jesús para darle un aliciente misterioso, casi esotérico. Y bien que lo consiguió. Conozco a personas universitarias, incluso religiosas, que han disfrutado leyéndolos, aunque incapaces de leer un Ricciotti ─libro que leía Mussolini antes de morir─ a Lagrange, o Fulton Sheen. Tiene su explicación: el hombre de hoy necesita más una atractiva historia de Jesús que la exactitud de los hechos. Esto no agrada a los intelectuales pero ellos no aciertan a describir con el necesario atractivo ese personaje histórico del cual apenas sabemos nada.

A mediados de los años setenta saltó el caso de El Condesito, investigado por Osuna y Marvizón –últimamente publicado en un libro escrito por el famoso meteorólogo–, probable contacto tecnológico con seres extraterrestres. Asistí a una charla de ambos y al terminar le pregunté a Marvizón por su hipótesis, diciéndome: «Ninguna».

Cualquiera que lea los casos originales de don Manuel Osuna comprobará sus originales formas de expresión empleadas para describir los muchos incidentes que investigó. Ignacio me animó para que recompusiese unos cuantos, fotografiados de los originales, ampliados después en la fotocopiadora. En pro de la síntesis recogí, cual amanuense provisto de lupa y paciencia, lo fundamental. Resultó una experiencia porque disfruté de su peculiar forma de escribir, de un barroquismo exuberante, muy acorde con una personalidad arrolladora, pendular, única, de exigente fidelidades. Comprendí la enorme dificultad para editar sus numerosos escritos –loable intención de su amigo Laffitte– al presentárselos a Alianza Editorial. Su amigo Ignacio tiene escrita una insuperable semblanza titulada: “Manuel Osuna en la Ufología española”.

Amigos y conocidos por la ufología

Un día le dije a un alumno, sobrino de don Julio Marvizón: «Dile a tu tío que deseo saludarle, tenemos amigos comunes». Como pasaba el tiempo y el chico callaba le manifesté mi extrañeza: «Don Manuel, dice que busca informes suyos». Quedé estupefacto. Los dos amigos comunes eran un ingeniero industrial que estudió en el mismo colegio y después en Madrid la ingeniería, y otro que trabajaba en el Aeropuerto de San Pablo; más el ser yo, precisamente, profesor de su sobrino. Al parecer, o no consiguió ampliar mis referencias o quedó insatisfecho, algo que me alegró porque evitó mi decidida negativa por sentir una cierta humillación. No hace mucho lo saludé en compañía de otro amigo y me saludó amistosamente, sabiendo sobradamente quién era. Pude aclarar el asunto, pero al llegar a ciertas edades la pereza o el sentido práctico socaban orgullos de antaño.

Sobre mediados de los años 1970 hicimos una gran amistad con Juan Doblado y su hermano Tomás. Durante mucho tiempo fueron a los alrededores de Gerena para observar. Pasaban los días previos con ansiedad, ilusionados y confiados en ver algún fenómeno anómalo. Y, rara era la ocasión en que no presenciaban el paso de alguna esfera luminosa, deteniéndose o haciendo movimientos extraños. Entablamos amistad y durante una época hicimos observaciones comunes, pero sin resultados.

El 5 de abril de 1979 estuvieron los dos solos y ¡vaya casualidad! vieron un espectáculo. Una luz rosa que pasó a blanca, intensísima, descendió a unos 50 metros de donde se encontraban, iluminando el campo como si fuese pleno día. Perdieron la serenidad y, al no encontrar un refugio se metieron debajo del coche. Cuando la oscuridad volvió y recobraron el ánimo se dirigieron al lugar donde la vieron descender, pero sin resultados. A la mañana siguiente volvieron al lugar, rastreándolo con detenimiento, sin el menor logro.

En muchas ocasiones lo he comentado. Cuando la mentalización presentaba un grado alto, concentrados en la soledad de la noche, el porcentaje de avistamientos resultaba alto. En cambio, al estar en un grupo numeroso donde la inevitable dispersión se producía dejaron de ver. ¿Acaso los procesos mentales fueron los agentes cebadores? Tomás dirigió programas de radio sobre estos misterios en una emisora que desapareció.

Hacía tiempo que Joaquín Mateos hablaba elogiosamente de Moisés Garrido, hasta que llegué a conocerlo personalmente. Constituyó una agradable sorpresa comprobar su ‘doctorado’, no solo en la Ufología sino en otros muchos aspectos: fenomenología religiosa, grupos sectarios, fenómenos paranormales... La mayoría de las revistas especializadas han puesto sus páginas para plasmar sus excelentes artículos, igual que muchas emisoras emitieron la oratoria del amigo. Su largo caminar –era un niño cuando se interesó– lo llevaron a un optimista escepticismo, postura que comparto.

No recuerdo el comienzo de mi amistad con un señor, controlador de aviación, padre de un alumno. Tuvo experiencias con objetos volantes sin identificar desde su privilegiado lugar profesional. Pero, al hacerle unas declaraciones a un periodista, publicadas en ABC, el jefe lo llamó: «Don Ramón, ¿cómo se le ha ocurrido? ¿acaso desconoce la prudencia que debemos tener ante unos asuntos que alarman? Puede que le abra un expediente». El pobre lo pasó mal, argumentándole la habilidad del periodista para sonsacarle.

Un brigada de aviación, residente en Gerena, destinado al puesto de control de El Judío, nos dijo a Joaquín y a mí que resultaba muy frecuente ver en las pantallas del radar las enormes velocidades de algunos ecos metálicos. Ni le prestan atención, dicen: «¡Bah!, otro ovni».

Hubo una época en que José Antonio Gallardo, nacido en Bolivia, venía desde Málaga para observar en el entorno de Gerena. Teníamos largas charlas nocturnas en el campo, disfrutando de su amplia cultura. Nos aseguró que los ovnis pasaban a intervalos definidos, quedándonos sorprendidos. En otra ocasión dijo que eran muy curiosos, acudiendo a lugares modificados por algún elemento: la construcción de una carretera, la poda de unos árboles… Afirmó que su brújula quedó desorientada una noche, desmagnetizada, sin causa aparente. Recuerdo una de sus frases: «Manolo, todo consiste en las vibraciones».

Mi hermano me presentó a un compañero que tenía mucho interés por los ovnis, Antonio Moya. Le presenté a Joaquín y a Ignacio Darnaude, llegando a tener con éste una estrecha amistad. Aprendió con suma rapidez, ilustrando muchos casos como experto dibujante. Al dominar el francés leyó el libro de Urantia, tratado cosmológico de considerable extensión. Tuvo la feliz ocurrencia de emplear el concepto elusividad para sintetizar un principio: los protagonistas de los misterios (pido disculpas por la ambigüedad) practican el arte de aparecer esporádicamente para que permanezcamos en una vigilia permanente. El hallazgo le permitió a Darnaude un desarrollo con tal extensión que escribió un libro, más otros muchos artículos.

A los hermanos Francisco y Manuel Borrero los conocía desde muchos años atrás, pero hasta hace poco desconocía su interés por la ufología. Persisten en el interés y permanecen perplejos por la ausencia de noticias en los últimos tiempos. «La ufología –me comentaban– está pasando por una depauperada situación. Antaño los incidentes que llegaban a las redacciones eran publicados más o menos mal. Pero hoy día los muy abundantes visitantes interplanetarios han desaparecido de los medios de comunicación». Sigue en mí el grato recuerdo de una tarde en casa de su hermano José –lamentablemente fallecido– en compañía de Darnaude donde le dimos un amplio repaso a la situación. Son muy amigos de Antonio Petit, al que Osuna le dio la totalidad de su documentación. También de Ruesga Montiel, autor del Proyecto Catares, incansable investigador, divulgador y persistente en su objetivo de integrar la ufología andaluza.

No conozco personalmente a Ramón Navia, aunque estudiamos en el mismo colegio hace muchos años. Comentaba: «Cuando leí los primeros artículos de Francisco Silva ─que había sido agente de la inteligencia argentina─ comencé a comprender las abducciones en los EE.UU.». A raíz de solicitarme un vídeo sobre los ‘chupacabras’ o depredadores de animales mantuvimos una correspondencia, agradeciendo en exceso el envío. Seguidor pertinaz, acude con frecuencia a Hispanoamérica para investigar algún caso. Me ha mandado en muchas ocasiones una revista por Internet con interesantes artículos. Algún día la comunidad ufológica apreciará su concienzuda labor divulgativa centrada en esas extrañas entidades exobiológicas.

Hace poco conocí a Lourdes Gómez, joven periodista enamorada de los ovnis. Posee una cultura ufológica sobresaliente, produciéndome una grata sorpresa, no solo por ser la primera ufóloga que conozco, sino por otras cualidades como la simpatía, inteligente conversación, saber estar... Pasamos un rato inolvidable en el cumpleaños de Ignacio Darnaude junto a otros amigos. Acaba de publicar su primer artículo en la revista Más Allá titulado El pentágono magnético de Extremadura. Deseo que su vocación encuentre sus máximas aspiraciones, dándole un testigo simbólico junto al de mis veteranos amigos.

No tuve ocasión de conocerle en persona, pero sus escritos me produjeron un lazo afectivo. El 24 de febrero de 2012 falleció –y mucho que lo sentí– don Manuel Barrios, insobornable intelectual, autor de unos 70 libros y con unos 40 premios. Sensible hacia el mundo del misterio, redactó algunos trabajos sobre ovnis. Escribía en ABC en el año 1999: «Gracias al informe de noventa páginas que el Servicio de Inteligencia francés ha remitido al presidente Chirac y al ministro Jospin, en el que científicos y militares, pertenecientes al Instituto de Altos Estudios para la Defensa Nacional (Ihedn), se manifiestan abiertamente a favor de la existencia del fenómeno OVNI, e incluso sus autores agrupados bajo las siglas de Cometa, no descartan la procedencia extraterrestre de tal fenómeno». Terminaba: «¿Son, como se dice, seres superiores que han alcanzado un altísimo grado en la cadena de la evolución? ¿O son, simplemente, especies dominadoras de la técnica más avanzada, pero ignorantes de todo lo demás? Pregunto a mis buenos amigos Ignacio Darnaude, Julio Marvizón, Enrique Vila, Juan G. Atienza y Fernando Jiménez del Oso: ¿Pueden ser superiores unos seres embusteros, engañadores, desconsiderados, sin filosofía, literatura, artes plásticas, religión, historia, música, que fingen, manipulan y matan?

Algunas declaraciones sensacionales

Me parece que los amantes del tema deberíamos recurrir a la prudencia como compañera de aventuras para no quejarnos después de ser tachados de visionarios o dementes. Si a muchos de los que deambulamos por esta ufología y ramificaciones afines nos rechinan algunas cosas, ¿cuánto no le espantarán a otros que por una curiosidad inicial se aproximen?

Un lejano día llegaron a Gerena un grupo de jóvenes interesados por la fama de Joaquín y, después de una larga tertulia en su casa, marchamos al campo para una experiencia psíquica. Nos sentamos en círculo y permanecimos con un pensamiento común: visualizar un fenómeno paranormal. Al cabo de un rato oímos un clic metálico del tubo de escape de un coche aparcado a escasa distancia. De inmediato, uno de los muchachos dijo: «¿Habéis oído? ¡Ya están aquí, es una señal…!». Con la benevolencia que el asunto requería le convencimos para que admitiese que el enfriamiento de los metales produce dichos sonidos. La vehemencia, ilusión o pura sugestión han ocasionado, a veces pícaramente o ingenuamente en muchas otras, conclusiones no deseadas.

Por un principio elemental educativo, ante la contundencia al expresar algunas aseveraciones, unas veces en la televisión y otras en periódicos o emisoras, uno, que no tenía acceso a informaciones tan secretas, terminaba en un respetuoso silencioso. Recuerdo una mesa redonda en el Colegio de Médicos de Sevilla, el 27 de marzo de 2000, formada por Benítez, J. del Oso, Marvizón y E. Villa en la que el primero dijo: «Un ochenta por ciento tiene aspecto humano. Hay más de tres mil tipos diferentes. Nosotros solo accedemos a un diez por ciento. El éxito para los investigadores tiene un incierto futuro. Los que dicen estar seguros o tener pruebas engañan: nada se sabe con certeza», entre otras afirmaciones. Seguro que muchos de los presentes quedarían tan perplejos como yo ante la estadística de las cifras, vamos, que mi amigo tenía acceso a una fuente que ya quisieran la CIA o la KGB. Para a continuación afirmar: «Nada se sabe con certeza». Siguió: «De un gigantesco ovni que aterrizó en los alrededores de la capital de Méjico salieron cientos de coches de una conocida marca japonesa y se internaron en la superpoblada ciudad».

Una nave metálica capaz de albergar cientos de coche debería tener un tamaño tan colosal que su presencia hubiese llamado la atención de miles de personas, no digamos la activación que produciría en los radares. Los conductores cósmicos tendrían un plano detallado de la ciudad para tomar diversificaciones porque de hacerlo caravanescamente los mejicanos hubiesen quedado sorprendido por el colosal despliegue propagandístico de la marca.

El doctor don Enrique Vila dijo: «El gran reto de la psiquiatría era el llegar al fenómeno transpersonal, salir de la mente y dirigirse en un viaje mental a donde se quisiera. Se podrían aclarar muchas cosas, como lo hacen los faquires…». Menos mal que sus palabras entraron en lo desiderativo, un baratísimo medio, totalmente ecológico para viajar al fin del Universo pero de enormes dificultades intelectuales. Ante un científico, de grandes cualidades humanas y de reputada fama sus declaraciones me colocaron o, mejor dicho, descolocaron mi razón: sin duda que me falta mucho por saber.

De momento, la mente del que suscribe no logró desprenderse de sus ataduras, quizá porque su cerebro todavía funciona a bajas vueltas, como un diesel de la primera generación. Me cuesta aceptar y mucho menos creer en los “tulpas”, por ejemplo, seres de apariencia física concebidos por la mente, alimentados por la energía de su creador y de vida independiente. Porque cualquiera de nosotros podría crear aquello que quisiera. Si tuviésemos intención de contactar con un extraterrestre, solo con concentrarnos podríamos darle vida propia y después mantener una conversación.

Me parece que Javier Sierra afirmó en una ocasión que desde 1947 hasta 1992 se estimaba en 100 millones los avistamientos registrados. Considero una exagerada cifra pues daría más de seis mil casos diarios: una alarma mundial sería imposible de evitar.

Reconozco que sigo como un ufólogo que milita en una división secundaria, sorprendido una y otra vez por las afirmaciones de personas a las cuales admiro, mucho más documentadas y versadas, tanto por sus muchos viajes como por sus brillantes inteligencias. Mi escollo estriba –y no me canso de repetirlo– en mi falta de evolución mental, prisionero de unos esquemas en exceso lógicos o, quizá, carezca de fuertes experiencias.

Me comentaba un amigo, poseedor de dos licenciaturas, destacado ejecutivo de una importante industria sevillana, creyente y practicante católico, que un joven se sintió poseído por el Diablo. Acababa de leer unas lecturas bíblicas en una ceremonia religiosa y al terminar entró en el característico trance. «Aquel –me decía conmovido– que haya presenciado una transformación tan completa en una persona normal, nunca lo olvidará». Cuando le comenté la posibilidad de que la posesión diabólica obedeciese a otras causas, comprendí que le resultaba imposible contemplar otros supuestos. Y es que a todos nos cuesta desprendernos de unas ideas primarias o principios fundamentales: los procesos deconstructivos presentan una dificultad extrema.
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