Las memorias de un ufólogo




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fecha de publicación20.02.2016
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La ufología y mis alumnos

Cuando en el temario tocaba desarrollar el Sistema Solar, aprovechaba la ocasión para sondear a mis alumnos sobre la posible vida extraterrestre, ocasionándome agradables sorpresas. Surgían muchas preguntas que ponían de manifiesto la apertura mental de la mayoría. Quedaban sobrecogidos cuando, a duras penas, trataba de hacerles comprender la magnitud del Universo conocido.

Calculábamos la distancia en kilómetros del año-luz, a Alfa Centauri, al Sol… renunciando cuando les proponía calcular el diámetro de nuestra Galaxia, 100.000 años-luz; les comentaba la tendencia “antisocial” de las galaxias, formando la nuestra un grupo triangular formado por Andrómeda y la galaxia del Triágulo; las comparaciones: si nuestra galaxia tuviese el tamaño de un campo de fútbol la distancia del Sol a Próxima Centauri tendría la longitud de una hormiga… Pude comprobar la idoneidad de estos temas para poner a prueba sus capacidades, presentándome a su vez cuestiones que también me colocaban en difíciles tesituras. Las caras de algunos evocaban poemas.

Reconozco que entonces manifestaba sin ambages mis debilidades ufológicas, a riesgo de que algún padre –abundaban los quisquillosos– lo reprochase. Adquirí una no pretendida fama de investigador que, curiosamente, transcurridos los años, cuando alguna vez me encuentro con alguno, comenta: «¡Cuánto me acuerdo de usted por los ovnis!». Entonces no puedo evitar la sonrisa y una contestación: «Hombre, en primer lugar recibo la alegría de un recuerdo favorable, pero ¿es posible que precisamente los ufos activen tu memoria asociativa?». Deduzco que a pesar de mi autocensura me brotaba el entusiasmo o que la natural tendencia hacia el misterio calaba más en unas mentes vírgenes que otras connotaciones, digamos ortodoxas o, quizá, aburridas.

Me comentó un alumno que cuando hacía el servicio militar en Tablada como miembro de la policía militar, observó junto a otros compañeros el despegue de madrugada de un ‘Hércules’. Cuando llegó al fin de la pista una luz se le situó en la cola, alejándose hasta que desaparecieron. Un brigada los llamó: «Si me entero que algunos cuentan lo sucedido estad seguros que un ejemplar castigo les espera». A mi querido alumno le presté un bloc con una amplia documentación recogida durante años y al no devolvérmela a pesar de mi insistencia, terminó por darme una excusa banal. Las cosas que pasan. Desde entonces sigo reacio a prestar documentos originales.

El casino de Olivares

Paseaba un día por el gran patio colegial cuando me saludó un muchacho muy agradable. «Acabo de ingresar como profesor de inglés. Sé que usted está muy interesado por los ovnis y desde hace algún tiempo le doy vueltas al tema, ¿sería tan amable de comentarme sus experiencias con la posibilidad de acompañarle para hacer algunas observaciones?». A partir de aquel día tuvimos muchas charlas, dándome cuenta de que José Luis Hermida poseía brillantez intelectual, dominio de la oratoria y dotes extraordinarias de persuasión, entre otras cualidades.

A partir de aquel encuentro le dedicó gran parte de su vida. Pertenece a una elite de los investigadores y, algo sorprendente: no ha escrito libro alguno. Hace poco lo animaba para que escribiese sus memorias o algún tema más concreto porque, seguro, tendrían mucho más contenido que las presentes letras. No lo descartaba, pero al necesitar tiempo prefería esperar a la ansiada jubilación. Pasamos ratos inolvidables en el casino de Olivares, de rancio sabor a pueblo, en animadas charlas con un grupo de amigos de la localidad, excelentes personas y entusiastas aficionados. Observábamos en los depósitos de agua de dicha localidad, magnífica atalaya para ver Sevilla y el cielo circundante. Una noche divisamos con los prismáticos una luz que se dirigía directamente hacia un avión de pasajeros, haciéndole el piloto repetidas señales con los focos de aterrizaje. Cuando la colisión parecía inevitable se apagó y el reactor siguió su trayectoria. Quedamos sin palabras.

En el recordado casino mantuvimos charlas entrañables y decidimos formar un grupo compuesto por los amigos de Gerena y Olivares, llamándole GEO, dándole un cierto carácter formal, adquiriendo compromisos para funcionar con rigor. Ello implicaba el vernos con regularidad en Olivares pero tanto Joaquín como yo teníamos problemas de asistencia y llegó la decisión de mantener cada colectivo su dinámica.

Allí conocí a Miguel Peyró, un joven ufólogo –años después escribió un libro, ¿Ovnis? Sí, pero…– al que le escuché por vez primera asegurar que la mente es capaz de crear tras un intenso deseo. Las controversias surgieron porque le argumentaba: «Sabemos que inmensas muchedumbres pasan hambre, quieren y necesitan intensamente llevar algo a sus estómagos, ¿cómo no crean panes para satisfacerla?». Aseguraba Miguel que solo para determinadas cuestiones la creación resultaba posible.

El recordado locutor Alfonso Contreras, hacia finales de 1976, en su programa No estamos solos dijo que un bar sevillano estaba regentado por un muchacho de nombre Antonio que tenía cuatro falanges en el dedo meñique, de supuesto origen extraterrestre, característica común de otros habitantes del Cosmos. Según parece, una muchacha con igual anomalía le confesó su origen extraterrestre. Antonio también conoce a un hermano de Marcos Pinel –inventor de un revolucionario motor magnético capaz de lograr energía sin límite – que presenta el mismo rasgo anatómico, al que, asegura, le dictó las características del invento.

Fuimos en varias ocasiones para charlar largo tiempo con un hombre de personalidad difícil que ofrecía cucharaditas de miel y otras de hiel, originando partidarios y detractores. Nos contó una rocambolesca historia: «Tendría unos 13 años cuando fui a torear una noche, raptándome una nave llevándole por regiones cósmicas hasta llegar a un planeta de cielos multicolores, de habitantes en plena juventud, rubios, con cabellos hasta los hombros...». Creo recordar que lo invitaron a torear de salón en una improvisada plaza… por la ausencia de astados, claro. Al regresar después de una semana ausente, su padre le dio una paliza.

Estando así las cosas, a mí sí que me llevaban los demonios por considerarlo desde el primer momento un farsante, prototipo del clásico e inmortal pícaro español. Sin embargo, otros no querían precipitarse en juicios tan demoledores y aguantaron. A veces, el deseo –con el amor ocurre– concede oportunidades para el reencuentro en contra de los fríos criterios de quiénes observan como espectadores manifiestas frivolidades.

Antonio, de notoria fluidez verbal, posee una filosofía llena de loas al amor universal, sorprendiendo sus dotes adivinatorias como el calcular el número exacto de gajos de una naranja. Alude a sus “amigos”, capaces de actuar a sus ruegos tanto para castigar como para premiar a los que él considere.

Un día se presentó en Olivares, y con cierta solemnidad aseguró la necesidad de colocarnos una capa y escudo para, en el campo, de madrugada, presenciar la llegada de ”sus amigos”. También resultaba necesario experimentar la sensación de volar. Entonces, sintiendo que la indignación agotaba mi ya maltratada paciencia, le dije por derecho que se acabó, que comprasen el disfraz otros, que un servidor se iba a Gerena. «Antonio –recuerdo que le dije– debido a los avances técnicos el volar en un avión comercial no produce sensación especial alguna, lo he comentado muchas veces con un piloto de Iberia.

Cualquiera imaginará el diálogo mantenido con Joaquín. Algunos siguieron esperanzados algún tiempo, pero uno continuó en solitario frecuentando su compañía –un tal Javier– que destacaba por su bondad y pertenencia a una familia adinerada, poseedora de una señorial casa en la plaza más céntrica de la localidad. Desconozco el final, pero aventuro que algo crematístico debió olfatear el astuto sujeto. Nos enteramos, pasados los años, que el “torero de capa y espada” compró una modesta casa en los alrededores de Gerena donde acudían visitantes, no sabría decir si incautos o afines a su filosofía. Menos mal que no llamó a “sus amigos” para atacarme con sofisticados métodos que, según aseguraba, poseían.

Me he extendido con amplitud porque la ufología arrastra la pesada carga de episodios como el narrado. Al vivirlo tan directamente lo considero un paradigma, pernicioso para muchos que huyeron desencantados al tratar a personajes como el descrito.

Me dirigía desde Gerena hacia Olivares en mi coche cuando observé una luz anaranjada del tamaño aparente de una pelotita de tenis que con velocidad constante y moderada pasaba por mi vertical a unos quinientos metros de altura. Salí, haciéndole señales con una linterna polarizada pero sin resultados, siguiendo su rumbo hasta perderse en el horizonte. Otra noche, cerca de una torre llamada San Antonio, popularmente “Mocha” colocamos en la cámara fotográfica una película infrarroja y tiramos unas cuantas enfocadas hacia un lugar del cielo. Cuando la revelamos apareció un foco luminoso con una larga estela de luz y, hasta el día de hoy, seguimos sin encontrar una explicación razonable.

El grupo de Olivares tuvo muchas experiencias. Me contaron que una noche, en una concentración nocturna en el campo observaron la llegada de una luz, colocándose en la vertical, proyectando un intenso rayo de luz coherente, viéndose las hormigas y los pequeños objetos. La emoción atrapó una muchacha que comenzó a gritar histéricamente. Al instante el objeto inició una veloz trayectoria y desapareció en la lejanía. Los integrantes del grupo desarrollaron una intensa pero prudente labor de investigación y divulgativa, hasta el punto de que compraron una casa e instalaron una gran cristalera para las observaciones nocturnas, obteniendo logros notables.

El pasado verano, gracias al dinamismo de Moisés Garrido, nos dimos cita en Gerena un numeroso grupo de ufólogos entre los que se encontraban Darnaude, Mateos, Moisés, Hermida, Ortiz, Llamas, más otros, algunos muy jóvenes. Nos reunimos en torno a la Torre San Antonio y pasamos una horas nocturnas de agradable tertulia, unos al final de la vida y otros comenzando, pero todos a cuestas con un afán: conseguir desentrañar el misterio de los ovnis.

La mentalidad de algunos ufólogos

Comentaba lo deslabazados que resultarían estos recuerdos al saltar de unos a otros: sin orden y escaso concierto.

Si bien todos los humanos necesitamos encontrar comprensión para no sentirnos diferentes y aislados, los ufólogos, que generalmente tendemos al perfeccionismo –la propia cimentación resbaladiza del tema lo requiere– nos lleva a la inseguridad y ésta a la necesidad de la protección a través de los afectos. Al que suscribe, que no posee estudios psicológicos, le sorprenden las guerras fraticidas entre los grupos y a niveles personales. Recientemente, un terrorista informático le quemó el disco duro a un amigo ufólogo por las susceptibilidades descritas. Los insultos y otras lindezas rebotan en Internet con una saña impropia de personas que comparten intereses comunes. Si no sabemos qué había hace 13.700 millones de años y tampoco qué habrá dentro de poco, si todo es consecuencia de la nada ¿vamos a entablar batallas con lo mucho que ignoramos? ¿Alguien pude pretender acercarse a la verdad tratando de imponer la suya?

Los excesos de protagonismos sustentados sin criterios objetivos y sin la humildad debida, constituyen una patología. Una sana terapia consistiría en reflexionar, aceptando que lo aprovechable puede encontrarse en los lugares más insospechados. La moderación y los juicios ponderados deberían eclipsar los apasionamientos, más propios de adolescentes que de personas maduras. Una permanente actualización, sin olvidar la perspectiva histórica, podría atemperar los mencionados desequilibrios. En definitiva: más correcto sería proponer y exponer que dogmatizar, y menos con frágiles criterios.

Es inapelable que las divinidades pueden hacer revelaciones a los que consideren elegidos durante cualquier etapa histórica, sin condicionamientos culturales, sociales o económicos. Algunas entidades me recuerdan a los idílicos ángeles, portadores de mensajes de paz y amor. La rareza radica en que algunos depositarios presenten exclusividades o que pertenezcan a una pléyade; aunque –lo admito– me sorprende el que sigan canalizando información seria sobre la realidad cosmosférica y las leyes naturales desde 1952 en que aparecen los pioneros. Ahora bien, el asunto se complica desde el momento en que las creencias arraigan sin verificación, y más al tratar de dilucidar en tan ingente cantidad de documentos lo verdadero, abrumadora cuestión, regalito envenenado para los psiquiatras. Otro peligro estriba en que todo creyente tiende a la exageración, igual que lo hicieron los autores de los apócrifos, por ejemplo.

El reto lo tienen los afortunados receptores porque para afirmar cuestiones importantes se requieren pruebas de la misma índole. En el fondo, a veces, ante la incapacidad de llegar a lo concreto recurrimos a explicaciones sin fundamento. Jung acertó cuando pronosticó la proliferación de ‘sectas cósmicas’ que sustituirían a las religiones para convertirse en un fenómeno de masas.

Inmensa la literatura sobre los abducidos. ¡Qué impacto me causó el secuestro del matrimonio Hill, y el mapa estelar donde, al aparecer, sus raptores procedían de Zeta Reticuli! Al principio, las víctimas eran conducidas sin violencia, aunque después llegaron unos humanoides cabezones, de grandes ojos y grises cuerpos, forzándolas. Ahora están de moda los visitantes de dormitorios, secuestradores que osan llevárselas desde las propias viviendas a través de ventanas e ¡incluso paredes!.

A finales de los años 70 se hicieron famosas las “alertas OVNI” organizadas por Antonio José Alés, irrazonables, condenadas a un espectacular fracaso, pero aglutinaron y sirvieron para que algunos se mentalizaran y cambiaran impresiones bajo la bóveda celestial. Y, claro queda, para que Alés mantuviese el programa. Las Cañadas del Teide y El Garraf en Barcelona fueron escenarios fallidos donde ávidas multitudes confiaron en ver ovnis a granel. Mi admirado Gómez Marín acertaba: «El hombre consume mito como consume oxígeno –es un animal mítico, decía Emst Cassirer, y no me cansaré de repetir–, alimenta la grisura de su cotidianeidad con el flamboyán abrasador de la maravilla».

Suele criticarse duramente a los gobiernos por su secretismo o por facilitar informaciones tergiversadas. En muchas ocasiones he tratado de ponerme en el lugar de los informadores, subido en una tarima y dando una conferencia de prensa: «Señores, el 30 de abril de 1964 en la base de la Fuerza Aérea de Holloman (N. México) el gobierno de los EE.UU. mantuvo una primera reunión con varios EBEs. Hicimos un trato: a cambio de darnos tecnología, ignoraríamos sus actividades, los secuestros, fecundación de mujeres, extracción de fetos, mutilaciones de ganado… Pero el asunto, lamentamos el reconocerlo, escapó a nuestro control». Dicho lo anterior, espectacular ejemplo, el cataclismo social a escala mundial estaría garantizado: en absoluto estamos preparados. Entonces, ¿no sería más sensato dar la callada y ridiculizar los rumores? Porque nunca la verdad se puede mostrar desnuda, una camisita, por lo menos, le sienta muy bien.

Termino. Es muy posible que el Cosmos esté poblado por seres inteligentes, pero Darwin aseguró que somos una especie única, resultado de cambios aleatorios, imposibles de encontrar en otro hábitat al cambiar mínimamente un factor. Por consiguiente, ¿cabe algún entendimiento biunívoco en cerebros desarrollados en ambientes tan distintos?

Ojalá nunca encontremos respuestas a tantas preguntas, porque si algún quedásemos sin ellas, algo grave tendría nuestro kilo y medio que protege nuestro calcáreo casco.

Acabo de leer estas memorias o narración llena de conjeturas que quedarán incompletas al desconocer las de mis posibles lectores. Puede que más adelante las amplíe, pero en algún momento resultaba necesario ponerles el final.

Manuel Filpo Cabana

Sevilla 26.04.12


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