Creemos que la capacidad de hablar en público es una equilibrada combinación entre lo innato y lo adquirido. No se puede negar que ciertas cualidades o dones




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fecha de publicación25.02.2016
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EL ORADOR
Creemos que la capacidad de hablar en público es una equilibrada combinación entre lo innato y lo adquirido. No se puede negar que ciertas cualidades o dones naturales facilitan la tarea de quien se propone aprender a hablar en público; pero no es menos cierto que esas cualidades pueden cultivarse con esfuerzo y dedicación. La historia y nuestra vida moderna constituyen elocuentes ejemplos de esta realidad que ya no se cuestiona. Cualquiera sea la condición natural que tenga, es posible aprender a hablar en público. Basta proponérselo con seriedad y dedicarle tiempo y preocupación.

PERSONALIDAD
El miedo oratorio
Nuestro sistema nervioso está preparado para enfrentar situaciones difíciles, de una manera siempre igual, estereotipada y comparable, tanto sea en una circunstancia de peligro físico, como de estrés emocional importante.
Un endocrinólogo norteamericano, el profesor Hans Selye, fue el primero en describir con detalle esta reacción orgánica y llamó estresores a los estímulos capaces de desencadenarlos. Mientras que deben llamarse eutresantes los estímulos que ponen en marcha mecanismos que favorecen el desarrollo de las capacidades de reacción positiva (desafío), se llamarán distresantes si generan una reacción negativa (amenaza).
Vamos a lo nuestro. Conozco pocas situaciones de estrés tan violentas o importantes como la de hablar en público. No analizaremos ahora el porqué, sino evaluaremos el estímulo y la respuesta. Frente a una situación de estrés la respuesta primera es automática e inconsciente por la descarga masiva de distintas sustancias activas por el sistema nervioso central y de la glándula suprarrenal: adrenalina, noradrenalina y dopamina. La traducción física de la reacción del organismo es por todos conocida:, se se acelera el pulso eleva la presión arterial, se manifiesta un temblor en los músculos manejados por la voluntad, se seca la boca, nos falta el aire y tenemos dificultades para articular la palabra. Al mismo tiempo, el organismo libera glucosa proporcionando una fuente de energía adicional de la que en el acto puede disponerse, y enciende todas las neuronas para imponer un alerta máximo.
Esta reacción es normal y necesaria. Si no la tuviéramos frente a una situación de estrés, tendríamos una marcada inferioridad en nuestras condiciones físicas e intelectuales. Cada sistema, cada órgano, cada célula, está preparada para rendir su mayor potencial. Su intensidad dependerá de la importancia de la reacción individual frente al estímulo, y es inmodificable.
El segundo paso, la conducta consciente del individuo, depende de la personalidad o de su estilo para afrontar el estrés, que se basa en sus características genéticas (genotipo) y sus experiencias personales (fenotipo).
Volvamos a nuestro ejemplo. Estamos frente al público para afrontar un serio compromiso. Si lo acepto como un desafío (eutres), me habré movilizado preparándome y conoceré mis reacciones para controlarlas y conducir el episodio hacia el éxito. Si lo tomo como una amenaza (distres), me inmovilizo, no me preparo y me descontrolo con el consiguiente fracaso en la experiencia. Es más, si la amenaza inmovilizante se repite puede llegar a desencadenar muchas patologías que afectan a casi todos los sistemas del organismo (úlcera gástrica, hipertensión, diabetes, etc.)
Es absolutamente necesario conocer nuestras reacciones para poder comprenderlas y dominarlas.

No nos equivoquemos, eso que sentimos al enfrentar un auditorio es la respuesta del organismo, automática e inconsciente. Es sólo el miedo natural frente a una situación de estrés emocional. Es el miedo saludable de asumir un compromiso en el que se juegan muchas cosas: nuestro prestigio y la responsabilidad de quien nos ha invitado.
Es miedo respetuoso del auditorio que nos escucha. Es miedo digno de una empresa que se nos ha confiado y que merece el alerta que nos impone nuestro cuerpo. Lograr que el miedo oratorio desaparezca es una utopía. Basta con poder controlarlo. Pero para logarlo usted debe aprender cómo se habla en público en la actualidad. Ese miedo controlable es el que padece toda persona en el momento que afronta la realidad de su profesión.
Es normal que le tiemble la mano al cirujano cuando comienza una operación difícil; es normal que se crispen los puños de un piloto apretando el volante a la hora de la largada; es normal que le flaqueen las piernas al boxeador cuando suena la campana. Es normal y saludable que nuestro pulso se acelere, nuestra boca se seque, cuando afrontamos el compromiso de hablar en público responsablemente.
Seguramente a medida que se concentra en lo suyo se afirman las manos del cirujano y del piloto, las piernas del boxeador y se serena el pulso del orador ni bien nota que lo escuchan con atención, que lo que dice tiene sentido y que está volcando sin contratiempos lo que preparó con esmero y dedicación para ese día.
Lo que ocurrió no fue otra cosa que la vibración natural del arco cuando se tensa con fuerza antes de partir la flecha. Después se ablanda, serenamente se cumple su destino.
La gracia -si sabe usarla- debe ser original, inofensiva e inocente.
Aquí no voy a decir nada que Ud. no sepa. Es más, de ese tema nadie sabe más que usted si es capaz de hacer reír, si sus anécdotas resultan divertidas, si sus chistes son graciosos. Pregúnteselo ahora y conteste con honestidad. Si la respuesta es afirmativa, tiene ya una gran ventaja en el tema que nos ocupa. Su gracia puede ayudarlo mucho en su tarea de convertirse en orador.
Algunos de los textos de oratoria consultados, especialmente los de origen norteamericano, admiten como dogma que hay que iniciar una conferencia -de cualquier tipo que sea- con algo de humor que alivie la tensión inicial del orador y del auditorio. Es cierto, puede ser valioso, resultar simpático. Pero ¡cuidado! Tome conciencia de sus limitaciones. Pronunciar una frase cómica, contar una anécdota, introducir un comentario ingenuo en un tema serio, son situaciones muy arriesgadas para un orador que no sea gracioso por naturaleza.
Y ser gracioso es un don. Se tiene o no se tiene. Y en consecuencia se usa o no se usa. No es un ingrediente necesario en una conferencia o un discurso. Es solo un instrumento para aquellos que saben emplearlo. Quizá el ejemplo más claro de elocuencia didáctica, con la aplicación de su excelente humor y con el resultado más eficaz, lo haya encontrado en la práctica, en las conferencias del Dr. Carlos Bruguera. Sus clases de diagnóstico por imágenes difícilmente puedan olvidarse. Su mejor auxiliar es su gracia natural. Tanto mal haría Bruguera si no la usara, como aquel que pretendiera usarla cuando nunca la tuvo.
El aspecto negativo del humor es que es muy difícil hacerlo bien. Sin embargo, es posible utilizar alguna pauta con relación al humor, que puede ser útil si Ud. se decide a usarla en su disertación.
El humor debe ser original. No sirven los chistes o las bromas. En cambio sí es útil una anécdota graciosa y pertinente a lo que acaba de afirmarse, siempre que sea suya y cierta. En la vida sobran episodios que recordamos con una sonrisa. Basta con bucear en nuestra memoria para sacarlos a la luz y compartirlos.
El humor debe ser inofensivo. Jamás debemos reírnos de alguien del público, pero sí podemos hacerlo con alguien del público, alentándolo especialmente si es gracioso por naturaleza. No hay curso que haya dictado con participación del auditorio en el que en algún momento surja la persona capaz de ayudarnos a compartir una carcajada, siempre muy oportuna y bienvenida. El humor debe ser inocente. Nunca utilice bromas o anécdotas groseras o vulgares. La mayoría de las personas se siente ofendida por el mal gusto. Nunca quiera hacer chistes raciales, políticos o religiosos. En cambio reírse de uno mismo es siempre una apuesta segura. Contar con buen humor nuestros errores, papelones o fracasos nos hace más humanos, y de este modo establecer una relación muy especial con el público.

VISUAL
El mejor audiovisual es el orador
Antes de hablar debe hacerse una cuidadosa inspección y resolver cuál es el mejor lugar desde donde hacerlo. La luz debe darnos sobre la cara. El público quiere ver al orador, y si es posible, de cuerpo entero. Personalmente me ocupo de que en mis conferencias no exista nada en la tribuna que pueda ocultarme: mesa, atril, sillas. Si la mesa no puede ser retirada, es conveniente desplazarla hacia el costado del estrado, para no tentarse de utilizarla como apoyo, y mucho menos como escondite frente al público.
Las minúsculas alteraciones de nuestro rostro son una parte muy importante del proceso de la expresión. Sin lugar a dudas la parte más visible de un mensaje es, por lo menos, tan importante como la audible. La comunicación no verbal es más que un simple sistema de señales estrechamente vinculadas entre sí. La vista y el oído están integrados en el mensaje que quiere trasmitirse. Y quien lo recibe, consciente o inconscientemente, integra las sensaciones y las interpreta mediante lo que se ha dado en llamar un "sexto sentido".
Usted debe saber mirar a su público
El comportamiento ocular es quizás la forma más sutil del lenguaje corporal. Se trata de un idioma mudo que posee sus propias reglas gramaticales, innatas y adquiridas, un código descifrable incluso por los niños antes de tener la posibilidad de hablar. Los pediatras bien sabemos de la importancia que tiene la mirada de su madre a su hijo prematuro en la incubadora, de una madre a su niño durante la lactancia. Allí se juega mucho más que un momento de ese encuentro tan íntimo. De la relación madre-hijo depende muchas veces la salud física y el equilibrio emocional futuro de un hombre. Desde nuestra primera infancia aprendemos inconscientemente a emitir y recibir mensajes con la vista. A través de los ojos, el individuo puede trasmitir actitudes y revela su propia personalidad y su vida interior.
Una mirada franca y directa es la señal más clara para expresar que se ha establecido contacto con el interlocutor y que complace el encuentro. Cuando formamos parte de un auditorio nos sentimos ofendidos y casi insultados cuando el orador no levanta los ojos de sus papeles, o mira obstinadamente las cosas, el techo, sus propios apoyos visuales, en lugar del auditorio.
Luzca de acuerdo a la circunstancias
El aspecto físico del expositor es la primera impresión que recibe el oyente, y debe ser agradable. Por lo tanto quien va exponer debe presentarse aseado, peinado, de buen semblante, denotando seguridad, optimismo, fuerza moral. El aseo incluye olores el evitar los malos.
Los problemas deben dejarse de lado, para concentrarse y hacer una buena exposición. Por lo demás, un expositor desaliñado, inseguro, apagado, proyecta una imagen poco agradable al oyente.
Inherente al aspecto físico esta la vestimenta. No hay vestimenta especial para exponer como afirma Ander Egg, sin embargo, ésta deberá de ser formal, acorde con el momento. No debe tomarse la vestimenta a la ligera ya que se refuerza la imagen del expositor. La ropa debe estar limpia y planchada, asegurándose que cuellos y puños no estén sucios, igual cuidado deberá tener con el calzado. Los colores y modelos deben estar de acuerdo con la estatura, edad, color y contextura de cada quien. Reitero que la vestimenta refuerza la imagen, en caso contrario, actuará como fuente distractor.

ESTILO
El vocablo estilo viene del latín stilus y del griego stylo, punzón para escribir en tablas enceradas. Excelente traducción a la actual acepción de la palabra. Cada persona que escribe tiene su propio estilo (punzón) para hacerlo. Como las impresiones digitales, nadie escribiría o hablaría sobre un tema de una manera idéntica a otro individuo. Su personal estilo es el fruto de la idiosincrasia, el estudio, las vivencias, los triunfos y los fracasos de toda una vida.
Es clásica sin embargo, una primera división del estilo oratorio, en cuanto a la cantidad de palabras y extensión de los pensamientos, y en cuanto al adorno. La primera viene de los atenienses: mensaje claro, conciso, breve. Estilo ático. Los pueblos del Asia empleaban muchas ideas, sinónimos, imágenes, frases ampulosas. Estilo asiático. Los habitantes de Rodas utilizaban un estilo intermedio, ni tan conciso, ni tan florido. Estilo rodio. Sin duda la oratoria ática es la que mejor se adapta a las características más buscadas en la oratoria moderna.
La palabra hablada, por naturaleza, está sujeta a condiciones distintas de la palabra escrita. No se habla como se escribe. Por esa razón el discurso escrito, para ser leído, debe componerse de acuerdo con las características del estilo hablado. El estilo oratorio tiene sus propias leyes, que no son las mismas de la lengua escrita. La lengua oral permite -más aún, necesita- suspensos, repeticiones, silencios, etc., que son desaconsejables en la composición escrita.
Desde que comencé a ocuparme de este tema, hace ya más de 25 años, no he dejado nunca de leer uno a uno cuanto libro, informe o artículo que se publique en una lengua accesible para mí, que tenga que ver con el arte de hablar en público. Siempre teniendo en cuenta los principios que dieron origen a nuestra inquietud, que desde el primer momento expresamos con toda claridad en el adjetivo que sumamos a la palabra Oratoria, tan rimbombante como antigua: Contemporánea.
Creo que el nombre que dimos a nuestro primer curso en el año 1980, está muy logrado. Da una idea clara de nuestro propósito, la contemporaneidad o "aggiornamiento" permanente. Lo que es actual o moderno, deja de serlo en poco tiempo.
El orador que no es contemporáneo, es fácil distinguirlo en esta disciplina. La grandilocuencia, el espectáculo, las palabras rebuscadas, los gestos estudiados, la gracia programada, los silencios teatrales, la articulación vocal exagerada y los apoyos visuales perimidos, ya "fueron" en forma definitiva.
Antes los cambios se notaban en centurias. Ahora un decenio en oratoria es muchísimo. Publiqué mi primer libro en 1990. En el 2000 vio la luz la segunda edición, revisada y corregida atento a los cambios en el estilo para hablar frente a un auditorio, que se registraban de manera sutil en todas las publicaciones sobre el tema, y en forma directa en la observación de las técnicas en oradores de nivel internacional.
Desde entonces pasaron solo 5 años y ya este segundo libro me parece viejo. Así lo expresé con tristeza en la reunión de la Academia de Oratoria de junio de 2004, que tuve a mi cargo. Allí con los miembros de APOC, sellamos el compromiso de una permanente revisión y actualización del estilo de la oratoria, para mantener la "contemporaneidad" que caracteriza a nuestra escuela.

Así entendido, con ese objetivo claro, es que reescribimos este capítulo sobre las cualidades que consideramos esenciales en el estilo de la oratoria contemporánea y que resumimos en: naturalidad, verdad, brevedad y entrega.
Naturalidad
El Toastmaster International lo dice con toda claridad: "El estilo de la disertación actual, se puede describir como una conversación extendida". Aunque pueda parecer extraño, es necesario practicar la naturalidad. La premisa es precisamente que no se note la preparación en oratoria.

Es curioso lo que ocurre. Un artista de cualquier disciplina (pintura, canto, música, etc.), se pasa su vida entera esperando ser reconocido como tal.
El buen orador hoy por el contrario debe esforzarse en ser natural, espontáneo, como si conversara de la misma forma, con el mismo idioma y con los mismos gestos que en un diálogo con amigos. Sólo hablará más alto para que todos lo escuchen y ampliará los gestos para que todos lo vean. Pero no hay motivo alguno para cambiar la personalidad por estar hablando en público o a través de un micrófono.
Viene al caso el relato de una vieja historia. Le preguntaron una vez a Miguel Ángel. ¿Cómo hizo usted el David? La respuesta es lo que aplica a nuestra intención "Muy sencillo -dijo Miguel Ángel- conseguí un bloque de mármol y le saqué todo lo que no era el David".
Esto es precisamente lo que debe lograrse. Sacar todo lo que no sea usted mismo cuando esté al frente de un auditorio. No debe buscar que lo admiren, sino que lo escuchen. No hay nada más distinto de un actor que un orador. No estoy actuando un personaje. Soy yo.
La mirada y el silencio, tan importantes en una tribuna, son sólo armas de los que dispone un orador contemporáneo. No debe usarlas si no es imprescindible. Miremos si es posible a cada uno de los que nos escuchan, pero no en forma ostensible o artificial como si estuviéramos actuando. La mirada será la misma que usamos al hablar con nuestros amigos, que eso y no otra cosa pretendemos que sea el auditorio.
El silencio puede ser muy útil al comienzo para atraer la atención del público, pero si ya la tenemos no tiene razón de ser. Lo mismo ocurre con las frases y premisas que, para resaltarlas, es común ponerlas entre silencios. La mayoría de las veces para destacarlas basta con disminuir la velocidad de nuestra palabra, de manera muy poco perceptible.
Y por último, al referirme a la naturalidad, quisiera que al orador ya formado en nuestros cursos le quedara muy claro: Nada está prohibido si favorece la comunicación con el auditorio.
Expresiones idiomáticas que no usaríamos en el lenguaje escrito, pero sí en la conversación diaria, gestos cordiales y amistosos como tocar el hombro de un amigo, sentarse o apoyarse en la mesa o escritorio para darle a nuestra participación un tono íntimo, poner una mano en el bolsillo o cualquier otra ocurrencia espontánea, respetando naturalmente el decoro y el buen gusto. Quien en oratoria ha llegado a maestro, sabe cuándo usar o prescindir de las reglas tradicionales. Esto es ni más ni menos lo que ocurre en cual­quier manifestación del arte y de la ciencia.

Es preciso aprender las reglas antes de crear (reemplazarlas por otras nuevas).
Verdad
Voy a tratar de no exagerar en este punto, pero no estoy seguro de poder lograrlo. Estoy muy sensibilizado por las circunstancias.
En nuestro país, ha sido la gran mayoría de los políticos, quienes más han descuidado este fundamental pilar de la oratoria contemporánea. Parecería ser que esa profesión -la de político- autoriza a quien la ejerce a decir cualquier cosa con tal de persuadir a quien lo escucha. No importa lo que diga, pero que caiga bien. Que sea mentira, injusticia, agravio, promesas incumplibles, propósitos irrealizables, distorsión de la realidad o cualquier "libertad política" (parafraseando la libertad poética).
Todo es lícito, todo vale con tal de lograr adhesión o aplauso. Movimientos grandilocuentes, voz potente o a veces solo gritos, abrazos y apretones de manos y un montoncito de consecuentes que sonrían y exterioricen entusiasmo, hacen que un político de nuestro medio se sienta realizado. ¿Cómo no se dan cuenta?
Ese estilo de político ya no convence a nadie. Hemos madurado a los porrazos. La nueva oratoria reclama imperativamente un cambio en todos los ambientes. El estilo contemporáneo debe ser escueto, mesurado, con entusiasmo, pero sin excesos ni gesticulaciones. Se acabó el teatro. Y sobre todo, decir la verdad y nada más que la verdad.
Rudolph Verderber es uno de los autores más respetados internacionalmente. En un capítulo de su libro "Comunicación oral efectiva", cuando habla de la responsabilidad ética del orador, resume su pensamiento en cuatro puntos.
1. Diga siempre la verdad. Es más que evitar mentiras

2. No distorsione la información. Ejemplo: manejar estadísticas

3. Evite enojarse con quien se opone a sus ideas. No abuse de su condición de privilegio.

4. Mencione la fuente de su información.
Esto es válido en toda oportunidad en que estemos al frente de un auditorio. Igual o más que nunca, para no abusar de esa condición de privilegio, debemos respetar la verdad.
El orador no es un actor que por su trabajo debe interpretar pena, ira, amor, fe, entusiasmo. El orador es un hombre que transmite con mayor o menor habilidad su pensamiento, pero siempre, en todos los casos, debe hacerlo con absoluta sinceridad. Por eso no debe fingir que sabe, si no sabe, que tiene entusiasmo o interés si no lo tiene; que existe acuerdo entre lo que piensa y lo que dice, si ésta no es la estricta verdad.
Un estilo que no sea verdadero no tiene ninguna probabilidad de imponerse, porque no tiene el fuego de la convicción, porque no tiene la fuerza interior ni el vigor de lo auténtico. Si no es cierto lo que decimos, tarde o temprano, el auditorio se va a dar cuenta.
Nadie puede dar lo que no tiene. Si sé, transmito seguridad. Si soy sincero, transmito confianza. Si tengo entusiasmo, transmito interés. Si tengo algo que decir, seguro soy elocuente.
Por último esto que pienso no lo leí en ningún lado, pero lo establecí como premisa para los alumnos de mis cursos, y lo sometí al juicio de mis pares en la Academia de Oratoria. "Está tan mal hablar cuando no se tiene nada que decir, como no hablar si se tiene algo que decir". Omitir por temor o pudor, expresar lo que pensamos que deberíamos decir, es también un fracaso.
Brevedad
Por fin ha comenzado una corriente de concientización internacional en el cuidado del tiempo ajeno. Pero muchos no lo saben, y continúan con la vieja práctica de hablar mucho, repetir conceptos, salirse del tema y descuidar la síntesis. Escucharse con deleite pero siendo escuchado con impaciencia. Dan ganas de interrumpirlo y decirle simplemente: Por favor, sea breve. Con el concepto claro de que breve quiere decir corto, no superficial.
Después de tantos años de vivir entre palabras, sé que cuando abundan es porque faltan ideas. Y muchas veces también por pereza o por descuido. Claro que es más fácil decir algo si se dispone de tiempo, que si se está muy acotado. La brevedad insume dedicación y esfuerzo.
A propósito de este tema, un periodista registró este diálogo con Woodrow Wilson, presidente de los EE.UU., reconocido como excelente orador:
¿Cuánto tarda Ud. en preparar un discurso de 10 minutos?

—Dos semanas -respondió.

— ¿Y para hacer uno de una hora?

—Una semana.

— ¿Y para uno de dos horas?

—Ya estoy listo.
Cuando uno comienza a escribir lo que va a decir en un discurso, es fácil divagar y multiplicar frases o conceptos. Después tiene que pasar por el cedazo que retenga lo que no sirve. Un discurso breve solo puede lograrse tachando y recortando uno mucho más largo.
Y ahora es el momento de la síntesis. El más complejo y laborioso. Estos son mis consejos.
1. Hable a no menos de 150 palabras por minuto.

2. Use palabras cortas y simples.

3. Entre cuanto antes en el tema central.

4. Concrete. No llene el tiempo con palabras.

5. Diga lo que tiene que decir y siéntese.

Entrega
Este es el pilar más importante de la oratoria contemporánea: la entrega que merece nuestro auditorio. No existe un público sin importancia. Si acepté el compromiso de hablarles, les debo a ellos todo mi respeto. En algún momento de mis cursos afirmo esta premisa: De una cosa pueden estar seguros, aquí se los considera y se los respeta.
Recuerde bien esto el día que asuma un compromiso de hablar en público. Las personas presentes han dejado su familia, su trabajo, sus horas de descanso, para ir a escucharlo. El compromiso es muy grande.
No escatime esfuerzo y dedicación. Para eso está hoy leyendo este libro, para entregar a su auditorio lo mejor que puede brindarles. El público, sin duda, sabe leer este mensaje secreto y transformarse entonces en un reconocido cómplice de su éxito.
Se han realizado estudios sobre la composición normal de una audiencia y se han obtenido los siguientes resultados:


  • El 20% es amistoso y cordial. Se muestran sonrientes, atentos y mueven la cabeza con gestos afirmativos, animándonos a continuar hablando.

  • Otro 20% del público es frío y hostil, parece que no lo convencen sus palabras y que tienen ganas de irse.

  • El resto (60%), está justamente en el medio de esos dos polos opuestos. Son personas educadas y correctas, que no manifiestan sus sentimientos o que están expectantes para resolver si serán positivos o negativos.


Estos estudios los confirma mi propia experiencia. Es habitual que al comenzar en un auditorio, se tenga la sensación de que la cosa no va muy bien. Hemos visto que solo el 20% del público es frío o indiferente. Sin embargo estos son los que más se notan cuando uno está frente a ellos. La duda cabe. ¿No seré yo? ¿Los estaré aburriendo? ¿Estoy diciendo algo que ya tienen bien sabido? ¿Qué puedo hacer para despertar más interés?
Ahora aprendí. Todas esas preguntas se disipan en pocos minutos. La práctica enseña a leer las reacciones de la audiencia. Si encuentran lo que vinieron a buscar, si captan su preocupación y su respeto, es muy rápido el cambio de actitud, entrando en el 60% de los más, y muchas veces aumentando el 20% de los que más nos alientan a continuar.

VOZ Y DICCIÓN
Todos deben escucharlo
Quizá si nuestra intención fuera dedicarnos al teatro, este capítulo tendría una importancia primordial. Es bien sabido que en las escuelas de actores la preocupación mayor de los profesores y de los alumnos es tratar de conseguir una buena articulación. Este preciosismo en la articulación es la base fundamental por la que el actor llega a todo el público, hasta las últimas filas del salón, sin necesidad de gritar en el escenario. Para ellos, vale.
En lo nuestro, hay que utilizar la voz de manera tal que no aturda a la primera fila ni que la última se esfuerce en percibirla.
Cuídese de tener errores de dicción
En general, en nuestros cursos, si la falla en más o en menos no es muy importante, tratamos de respetar las diferencias individuales, que finalmente ayudan a configurar la propia identidad, tan importante en un orador. Pero en repetidas ocasiones hemos escuchado conferencias cuyo mayor motivo de fracaso ha sido la falla en la dicción.
En la práctica muchos de nuestros alumnos tienen severos problemas en la articulación de sus palabras. El defecto principal es que hablan con los labios casi cerrados. A éstos si hay que inculcarles sin cansarse "articule". Solemos decirle: no se olvide que usted va a pronunciar una charla, un discurso, una conferencia. Pronuncie, abra la boca, proyecte su voz.
La buena pronunciación en nuestro medio es la del argentino culto medio. La Real Academia Española considera que el seseo, el equivalente de la s, c, y z (casa, caza, corazón, corasón) y el yeísmo, pronunciación similar de la 11 y la y (llave=yave, lluvia=lluvia) son sólo modalidades de pronunciación, y no vicios.
Pero hay ciertos errores de dicción que perturban involuntariamente la atención del auditorio. Uno no puede dejar de pensar si escuchó mal, o es realmente cierto que algunos oradores dicen "ocservar", "ginnasia", "esamen", o cualquier otro insólito exabrupto. Seguramente que el que habla sabe cómo se dice, pero descuida su dicción.
Varíe la velocidad de sus palabras
La mayor parte de los que hablan con excesiva velocidad, fatigan a quienes quieren escucharlo y acaban por perder el interés del público. Otros, en cambio, hablan con desesperante lentitud. ¿A qué velocidad debe hablarse?
En su mayoría, las personas hablan a una velocidad de 120 a 180 palabras por minuto, pero no es aconsejable hacerlo de manera uniforme. Lo correcto es ajustar la velocidad en esos límites de acuerdo con el tipo de pensamiento o sentimiento que el orador quiere trasmitir. Las variaciones en el ritmo, al igual que los contrastes en la modulación de la voz y del acento, tienen gran importancia para dar expresividad y sentido a nuestra palabra y para retener la atención del que escucha.
En general la oratoria contemporánea exige mayor velocidad. Todo se desplaza más rápido. Está demostrado que el cerebro puede absorber el significado de una frase cuando se pronuncia al ritmo de hasta 480 palabras por minuto.
La rapidez uniforme en el hablar es un obstáculo para mejorar la dicción y corregir sus defectos, pero la lentitud por sí sola no los resuelve.
Un frecuente cambio de ritmo y oportunos silencios, muchas veces dicen que más que las palabras.
Ponga en juego el silencio
Primer silencio: el del comienzo. Nunca debemos comenzar enseguida que se nos da la palabra. Esta quizá es la premisa que distingue de inmediato a un principiante de un orador experimentado. Si hay algún ruido o movimiento, espere que cese. La sala en silencio total. Observe a su público durante unos diez segundos. Mírelo a los ojos con actitud amable. Comience a hablar en voz baja. En el curso de una conferencia es por el silencio y en el silencio, el momento que el orador es más expresivo. El virtuoso del violín Isaac Stem, respondió a una pregunta sobre por qué si todos los músicos profesionales sabían ejecutar las notas correctas en el orden correcto, no todos eran brillantes, diciendo: "Lo importante no son las notas, sino los intervalos que hay entre ellas." Los mejores oradores, como los mejores músicos, son los que conocen el valor del silencio.
Considere el uso de la pausa como un arma de gran importancia en el arsenal que representa el dominio del ritmo. El espacio entre palabras, frases o pensamientos, no se debe “emborronar” con sonidos como "eee...". Utilizar "eee..." o "mmm...", es humano; pero utilizar la pausa, desnuda de todo sonido, es divino.


El elemento más difícil, de mayor utilidad y menos apreciado en el arte de la oratoria, es el silencio. La pausa correctamente medida, demuestra confianza y reflexión. A la inversa: los presentadores de cualquier medio que se despachan con demasiada velocidad, llegarán los últimos.
Las pausas son un excelente recurso para enfatizar. Permiten también mantener y controlar la atención.  
Su acento es identificatorio. Respételo.
Diferente es el enfoque para referirse a los oradores con acento regional o extranjero. Los acentos regionales nos recuerdan en forma placentera que cada uno de nosotros es un individuo, con un origen y una formación que se manifiesta, al menos parcialmente, en nuestra manera de hablar.
Muchas veces hemos escuchado conferencias de invitados extranjeros que en un esfuerzo encomiable, han tratado de traducir su pensamiento a nuestra lengua. También hay en nuestro medio excelentes profesionales de origen extranjero que tendrían mucho que ofrecer de su propia experiencia, pero se sienten limitados a manifestarse en público a causa de su acento y de sus naturales errores de dicción y pronunciación.
Nosotros insistimos en que el acento regional es identificatorio, y que no hay motivos para negar nuestra propia identidad frente al público. Su acento puede resultar extraño, pero también agradable. Ayuda a comunicarse con el auditorio, pues le otorga otro medio para conocer al orador.
Acepte su hándicap. Trate de ignorarlo
Finalmente están aquellos que ya tienen una falla fija y definitiva en su dicción (ceceosos, los que cambian la rr por la g, o fracasan al pronunciarla). Estos oradores tienen sin duda un "handicap". Lo mejor será aceptarlo así, sin más, como un hecho irreversible que no pretende ocultarse. El auditorio reconoce la falla y la olvida, por respeto al orador, a los pocos minutos, siempre que sus palabras sean también dignas de respeto.
Siempre pensé que un "handicap" insuperable era la tartamudez. Sin embargo hace muy poco tiempo, escuché una brillante conferencia por un docente y compositor musical tartamudo. Era tan interesante y entusiasta su palabra, que nadie parecía notarlo. Excelente ejemplo para nuestra premisa.

MOVIMIENTO
No toque su ropa ni su cuerpo
Desde el natural y frecuente gesto de ajustarse la corbata y abrocharse el saco en los hombres y tocarse reiteradamente el cabello o jugar con los aros en las damas, hay toda una gama de vicios, muy estudiados por los expertos en psicología oratoria, que no son más que gestos parásitos estereotipados que vuelven a repetirse a lo largo de una conferencia: mesarse el bigote o la barba, rascarse la cabeza, abrocharse y desabrocharse el saco, jugar con la lapicera o el marcador. Todo ello desluce y empobrece la conferencia mejor planeada.
No se escape del auditorio
No hay regla universal que nos diga cómo se debe permanecer mientras se pronuncia un discurso, pero sí pueden señalarse algunas prácticas viciosas que deben desterrarse.
Permanezca quieto en la tribuna, lo que no quiere decir estático o inmóvil. Sólo puede desplazarse cuando su exposición así lo requiera, para llegar al pizarrón, para señalar con el puntero láser, para leer una cita o simplemente para cambiar el momento por el que atraviesa su charla: Introducción, Cuerpo o Conclusiones.
Si se sienta, hágalo derecho y firme
El acto oratorio ideal se realiza de pie y sin guías escritas. Siempre que pueda, hágalo así. Si el protocolo lo exige se usará un texto escrito, y si la circunstancia lo impone (por ejemplo en una mesa redonda), diríjase al público sentado.
En este último caso es necesario hacerlo con naturalidad, pero con cuidado. No se derrumbe escondiéndose tras la mesa y el micrófono ni permanezca rígido en posición forzada. Cuando le toque hablar deje un espacio de unos veinte centímetros entre su pecho y la mesa e igual espacio entre la espalda y el respaldo de su asiento. Podrá de este modo avanzar y retroceder, dándole relativa movilidad a su cuerpo. Recuerde por último que sus pies están en exposición, evitando el cruce y descruce continuado de las piernas, y cuantos tics puedan provocar la distracción del público.
Olvídese de sus manos
Nosotros hemos reunido una nutrida biblioteca con libros de oratoria de todas las épocas. De todos ellos hemos consignado premisas de valor, que de un modo u otro filtramos con la experiencia y volcamos en nues­tros cursos y escritos. Pero invariablemente desechamos de los textos antiguos, el capítulo correspondiente a los gestos y los ademanes del orador.
Si consideramos que nuestra palabra debe brotar naturalmente con nuestro estilo personal, mal haríamos en someter nuestros gestos a normas aprendidas en manuales. Esto quizá pueda ser útil en una escuela de actores, nunca en un curso de elocuencia, cualquiera sea la especialización buscada.
El gesto está animado por el mundo afectivo de quien habla. El ademán debe nacer de un impulso interior, no aprendido, sino espontáneo y natural de un estado de ánimo.
¿Qué hacer con las manos? La respuesta es simple, olvidarnos de ellas. Déjelas que cuelguen con naturalidad al costado del cuerpo, crúcelas por detrás, y hasta en algunos casos no estaría mal apoyarse en los bolsillos. Un bolsillo, nunca los dos.
A medida que avanzamos en el tema, si sentimos en realidad lo que decimos, ya necesitaremos nuestras manos y nuestros brazos para apoyar y acompañar la palabra.
El mejor maestro es el corazón, la mente, el interés que pongamos en el tema. El deseo de hacer comprender lo que nosotros ya comprendimos. Los ademanes son algo tan personal como la risa. Sea usted mismo y usará los gestos correctos,-sin temor a equivocarse.

Sólo debemos recordar que no hay movimientos neutrales, y que todo ademán que no enriquezca nuestra presentación, la empobrece.

Bibliografía:

“Oratoria contemporánea” de Ignacio di Bártolo (2006)

“Saber hablar” de Antonio Briz (2008)

Apuntes de Cátedra: Comunicación Profesional

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