Objetos viajeros e imágenes espaciales: las relaciones de intercambio y la producción del espacio social en el Formativo temprano del no argentino




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títuloObjetos viajeros e imágenes espaciales: las relaciones de intercambio y la producción del espacio social en el Formativo temprano del no argentino
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fecha de publicación09.03.2016
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*Marisa Lazzari

Objetos viajeros e imágenes espaciales: las relaciones de intercambio y la producción del espacio social.

Los estudios sobre el intercambio en Arqueología suelen considerar al espacio como un costo que hay que minimizar y a la distancia física como la fuente objetiva de valor de los objetos de intercambio. Sin embargo, todas las escalas espaciales son construidas a través de redes sociales por lo que las mismas son, no sólo el resultado, sino también los medios que estructuran las prácticas sociales. La circulación de cultura material es central para responder cómo y por qué ciertas sociedades crean escalas sociales particularmente grandes. En el Formativo del Noroeste argentino (600 AC-1000 AD) el intercambio de bienes ha sido considerado como el mecanismo para superar los límites impuestos por el medioambiente y garantizar la reproducción social. Para explorar esta “complementariedad ecológica” como espacio socialmente construido, debemos revisar algunos conceptos teóricos empleados hasta el momento, tales como intercambio, espacio, valor y reciprocidad.
Palabras clave: intercambio - espacialidad - valor - imágenes espaciales - Formativo

Travelling objects and spatial images: exchange relationships and the production of social space.

The circulation of goods is intimately related to the social production of space. Traditionally, assumptions about exchange in archaeology have always considered space as a cost to minimise and physical distance as the objective source of value for exchange objects. However, all spatial scales are socially constructed, and societies are, consequently, highly dependent on the spatial images of themselves that they create. The circulation of material culture is central to the question of how and why certain societies create particularly large spatial scales. So far, the exchange of material things in Formative societies in NW Argentina (600 BC-1000 AD) has been considered as a mechanism to overcome the limits imposed by the environment and achieving social reproduction. Exploring this “ecologic complementarity” as socially constructed space implies reviewing some theoretical concepts employed until now, such as exchange, space, value and reciprocity.
Key words: exchange- spatiality- value- spatial images-Formative


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*Instituto de Cs. Antropológicas, Sección Arqueología, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. 25 de Mayo 217 3º (1002), Buenos Aires, Argentina.


Objetos viajeros e imágenes espaciales: las relaciones de intercambio y la producción del espacio social en el Formativo temprano del NO argentino.

En Antropología, el “descubrimiento” del don (Mauss 1925) significó reconocer que las personas intercambian cosas que no son necesarias desde el punto de vista de la subsistencia básica, y en consecuencia, explorar los principios por los cuales la gente necesita intercambiar ha sido una búsqueda de importancia central desde entonces. La respuesta ha sido a menudo que la gente necesita llevar una vida socialmente integrada , y que estas transacciones ayudan a la integración (Strathern 1992:169). Sin embargo, la teoría de intercambio ha sido reconfigurada en Antropología, focalizando el debate en las ambigüedades y heterogeneidades en el intercambio más que en los aspectos normativos u homogéneos (Weiner 1992:17). Siguiendo esta línea, explorar si la integración social está en las raíces de las relaciones de intercambio requiere la re-evaluación de algunos conceptos, tales como espacio, valor y reciprocidad.
Por otra parte, las sociedades raramente pueden ser reducidas a una sola estructura espacial (Gregory 1989). Los seres humanos construyen sus redes personales de relaciones sociales, y la cultura material es un campo poderoso de negociación de valores personales y sociales. Como consecuencia de esto, una variedad de redes flexibles puede ser esperada, algunas relacionadas con la legitimación de relaciones de poder, otras con la construcción de identidades personales, otras con la resistencia. Estas redes crean una serie de imágenes espaciales que a su turno se vuelven de importancia central para la reproducción de valores individuales y comunales. El espacio, entonces, no puede ser reducido ni al dominio físico ni al cognitivo. El espacio es el resultado de ambos dominios, dándoles forma a su vez. Las escalas espaciales entonces, no son neutrales sino que están construidas socialmente y de este modo, son centrales en el proceso de creación de valores y su reproducción.
En mi perspectiva, el intercambio de bienes puede ser visto como una práctica de dos caras, donde el trabajo y la reproducción social -y la construcción de identidades pueden fundirse. Al mismo tiempo, es una manera mediante la cual tanto los individuos como las sociedades pueden construir enormes escalas espaciales. Así, el intercambio de bienes resulta muy útil para ver al espacio, no como un abismo que hay que sobreponer, sino como algo intencionalmente manipulado que al mismo tiempo construye a las sociedades y a los individuos. El espacio puede ser visto como construido a través de la circulación de cultura material, a la vez que con un rol activo en la conformación de estas redes de circulación. Por lo tanto, podemos preguntarnos: ¿cuáles fueron las intenciones al establecer conexiones a larga distancia? ¿qué tipo de imágenes de sí misma construye una sociedad a través de la manipulación de estas imágenes? ¿pueden estas distribuciones de cultura material ser vistas como un lenguaje espacial de poder?
La creación del valor y la reproducción social.
¿Qué hace que algo tenga valor de intercambio? Lo más común es considerar a la distancia geográfica como fuente de valor para un objeto de intercambio. Cuanto más lejano su origen, más exótico se lo considera y así mayor es su valor de intercambio en función del rol que éste puede llegar a tener a nivel interno en un grupo. El trabajo invertido en su producción u obtención suele ser otra medida, dado que a mayor inversión de energía para obtener o producir un determinado bien, se supone que mayor es su costo y por lo tanto, mayor es su valor. En perspectivas marxistas incluso se mantiene este criterio dado que es la igualdad en la mano de obra empleada en la producción de los bienes lo que vuelve a los objetos intercambiables. Sin embargo, a diferencia de posturas económicas neoclásicas, todos los términos económicos están entrelazados con las relaciones sociales de producción (Miller y Tilley 1984).
Tanto a través del movimiento de objetos que crea, como por medio de los objetos o conocimientos foráneos que obtiene a cambio de sus productos, el trabajo se entrelaza con otros paisajes sociales más allá de lo local. Aún en intercambios ceremoniales estrictos, el proceso de trabajo está presente, dado que en estos los objetos materiales son exhibidos como la objetificación del rendimiento natural de la mano de obra de los distintos sectores (Battaglia 1990). A pesar de que en economías no capitalistas la equivalencia abstracta de mano de obra no es transformada en dinero, los procesos generales de trabajo -mucho más que la división de tareas1- están involucrados en la generación de valor. Sin embargo, deberíamos recordar aquí que lo que es considerado una cantidad “equivalente” de mano de obra utilizada no es fácilmente reducible a las inversiones de tiempo o energía. La equivalencia de los objetos intercambiados puede implicar ciertas consideraciones del trabajo involucrado o los esfuerzos realizados para obtenerlos como la tasa mínima posible de intercambio, pero como todos los casos etnográficos muestran, es la necesidad social la que determina su rareza y juega un rol central en definir el valor de un objeto determinado (Godelier 1977:149, 1981).
Pero ¿cuál es el rol del espacio en la reproducción social2? Las relaciones sociales tienen una doble dimensión: forman espacios a la vez que dependen de los espacios para reproducirse, por lo que las sociedades son los agentes creadores de sus propias imágenes espaciales. Este proceso está en el corazón de la creación de valor, así como también es central en las tensiones acarreadas por los valores sociales en competencia. Esto sugiere que la “distancia” es un tema clave, ya que como toda dimensión espacial, es construida con un propósito (Helms 1988), el cual puede ser muy distinto de su rol resultante. Las distancias no son un abismo que hay que superar, un costo a minimizar exclusivamente, sino un recurso de autoridad creado para ser disputado (Gregory 1989).
Los objetos exóticos suelen ser considerados como contenedores de poder y de símbolos de las regiones distantes sólo controladas por aquellos que las conocen. Los especialistas político-religiosos, tienden a estar interesados en y mejor informados sobre estos mundos más allá de sus tierras de origen, y suelen buscar evidencias tangibles de estas asociaciones (Helms 1988:164). Abarcando desde artesanías y animales o seres humanos hasta técnicas, habilidades o conocimiento, estas evidencias tangibles pueden presentarse en una gran variedad de formas. El problema es ¿puede la distancia ser siempre considerada como una medida del poder? ¿Podemos asumir cada vez que encontramos objetos “exóticos” que éstos tuvieron este rol en el pasado? ¿Todos los objetos exóticos significaron lo mismo en la vida cotidiana de una sociedad? Además de los problemas que surgen de cómo definir qué es exótico (ver Gamble 1993), hay otros que derivan del supuesto de que la distancia es un costo a minimizar a través de las redes de intercambio (para maximizar beneficios políticos esta vez). El punto no es negar esto, pero tomarlo como una entre las tantas posibilidades y estar así abiertos al hecho de que los objetos exóticos pueden ser usados para negociar muchas relaciones diferentes en distintas redes de interacción social.
Cualquiera de estas “medidas” no debería ignorar que el valor de algo no es una medida objetiva y universal, sino que se construye en relación a procesos de reproducción social particulares. En estudios antropológicos, la reproducción de una comunidad ha sido considerada al enmarcar el intercambio de dones en un marco más amplio de intercambios: de comida, de objetos cotidianos, de alianzas, matrimonios, incluso de la vida y de la muerte (Battaglia 1990, 1994, Godelier 1977, Helms 1988, Humphrey y Hugh-Jones 1989, Munn 1992, Strathern 1992, Weiner 1992). Las comunidades crean los valores que contemplan como esenciales para su viabilidad como tal. Este es un proceso dialéctico ya que supone un aspecto positivo de creación de valores (vistos como “positivos”), además de un intento de controlar lo que la comunidad piensa que socava dicho valor o define cómo no podría realizarse (valores negativos) (Munn 1992). Consecuentemente, cada relación es una manera de recordar qué podría arruinarla, cómo podría dejar de funcionar. De esta manera, la circulación de dones está inmersa en y crea un sistema intrincado de tiempo-espacio-persona (Munn 1992:3). Esta perspectiva implica agregar una nueva dimensión al análisis del intercambio: los intercambios materiales no deberían ser vistos como apartados de otros intercambios. Sin embargo, aunque diferentes prácticas sociales (intercambios) pueden ser parte del mismo sistema simbólico, la tensión que pueda existir entre ellas en términos de las demandas que éstas plantean sobre los procesos de trabajo, nos permite pensar en la posibilidad de que redes sociales diferentes en competencia coexistían. Esto da lugar para algo que no suele ser considerado en los estudios etnográficos, que es la tensión en términos de resistencia. Los conflictos pueden ser resueltos por medio de la construcción de un “todo” simbólico, sin embargo, podemos usar la perspectiva temporal de la arqueología para comprender los cambios en estas resoluciones simbólicas de las tensiones sociales y su legitimidad. Así, los intercambios deberían ser vistos como parte fundamental de la constitución tanto de las personas como de las sociedades, dado que participan en la creación del valor que estos consideran esenciales para la reproducción social. En la dialéctica de la creación del valor, cada relación establecida que implica una circulación de objetos también es una manera de recordar cómo podría no resultar bien, dado que implica una serie de supuestos sobre su funcionamiento adecuado y significación, los cuales son compartidos por aquellos que participan en el intercambio.
Cualquier acto3 tiene un determinado valor, el cual se manifiesta a través de sus capacidades esenciales o consecuencias posibles. El valor puede ser medido como la capacidad relativa de un acto de expandir el espacio-tiempo de una relación “yo-otro” formada en y a través de prácticas sociales (el espacio-tiempo intersubjetivo)4. En consecuencia, cada acto o práctica tiene un nivel de potencialidad, dado que el espacio-tiempo que forma tiene capacidades expansivas relativas (Munn 1992:6-9). Dicho nivel de potencialidad, implica la capacidad de desarrollar las relaciones espaciotemporales que van más allá de sí mismo, y así, expandir el control espaciotemporal de un actor. La potencialidad entonces, refiere a la capacidad de ciertas prácticas de crear un presente que se experimenta como implicando un acto deseado o retorno posterior (Munn 1992: 11)
Los intercambios de larga distancia crean un intrincado sistema de tiempo-espacio-persona, por lo que constituyen prácticas de alto nivel de potencialidad de importancia central para la producción de valores sociales (Munn 1992:3). Estos intercambios crean mayores extensiones personales que los intercambios intra-comunales. En este contexto, la circulación de cultura material no crea tan sólo senderos o rutas que expanden el espacio y el tiempo personal y social, sino que también los objetos se convierten en artefactos especialmente únicos, al desarrollar propiedades históricas que los hacen recordables incluso mucho tiempo después de haber dejado de circular (memorability) (Munn 1992: 12, Weiner 1992). La cultura material en estos intercambios es el medio que corporiza una serie de cualidades que son consideradas como significantes de extensión espaciotemporal. A través de las mismas, un actor produce un grado determinado de extensión espaciotemporal de sí mismo, y de esta manera, produce su propio valor. El nivel de valor de un individuo en términos de los retornos recíprocos potenciales que pueda obtener en el futuro, se expresa en términos de un producto de valor, que puede ser fama o cualquier otra forma de reconocimiento social. En este proceso, la comunidad o grupo social al que pertenece adquiere valor - y posee un rol en la circulación regional de bienes - a través de sus miembros renombrados o prestigiosos (Munn 1992). A través de la capacidad de ser recordados (memorability), y los objetos materiales que la corporizan, la extensión temporal es posible y la presencia de otra gente y otros lugares se vuelve disponible. Otros mundos, otros valores, se enredan de esta manera en la vida cotidiana y en consecuencia, rutinizan cualquier reclamo que puedan ayudar a sostener, ya sea comunal, individual o sectario. Podríamos decir entonces, que la cultura material puede ayudar a dibujar representaciones espaciales, mapas mentales del universo al cual una persona pertenece o del cual está excluida.
La distancia física es tan sólo otra forma de espacio, y su construcción y percepción estarán relacionadas directamente con la construcción de espacios de menor escala, más cotidianos. Los espacios cotidianos están relacionados con las prácticas rutinarias, y es en estos espacios cotidianos, en la interacción cotidiana, donde los intercambios ocurren (Barrett 1989). Podríamos argumentar entonces que los intercambios están entremezclados con las prácticas de trabajo y su forma y lugar dependen de los senderos o caminos rutinarios de distintos agentes.
Así, estas dimensiones no son separables de las instalaciones concretas de poder en el espacio, su materialidad, pero tampoco son meros reflejos de las mismas: por el contrario estas dimensiones, más cognitivas si se quiere, también ayudan a construir el distanciamiento espaciotemporal de la vida social (Gregory 1989:206, Soja 1989, 1997). Esto significa que las demandas que se establecen sobre los procesos de trabajo de una sociedad pueden venir de diversos lugares o cadenas de autoridad. Esto puede ser particularmente conflictivo cuando el proceso de trabajo no está tan diversificado como en las sociedades occidentales de hoy en día. La espacialidad (la estructuración espaciotemporal de la vida social) está entremezclada con la espacialidad de los procesos de trabajo, la cual provee a la primera de su materialidad (Soja 1989). La espacialidad entonces, en un sentido general, se constituye tanto a través de las pequeñas tácticas de la vida cotidiana como por medio de las estrategias políticas mayores. Al ser la arena conflictiva que constituye a la vez que es consecuencia de la acción social, la espacialidad puede desarrollar diferentes formas y niveles. Concentrándonos en el espacio creado de la organización social y la producción podemos descubrir las relaciones sociales que están tanto inscriptas en él como constituidas a través de sus formas variadas y producciones (Soja 1997).
El proceso de expansión del espacio-tiempo intersubjetivo5 mencionado anteriormente implica un proceso de jerarquización. El desarrollo de diferentes extensiones espaciotemporales, implica diferentes niveles espaciotemporales de control, y estos niveles son categorías relativas: el control espaciotemporal que un actor puede ejercer es siempre mayor y/o menor que el que puede ejercer otra persona (Munn 1992). Los intercambios, y los espacios-tiempos intersubjetivos que son creados a partir de ellos, intentan mediar las tensiones creadas por principios antitéticos, tales como los principios de autonomía individual y los de inclusión social. En relación a esto, diferentes prácticas serán consideradas como poseedoras de valores positivos o negativos, según los supuestos sociales sobre el tipo de relaciones de poder que son posibles y aceptables para la sociedad (Munn 1992:19-20). Esto puede ser considerado como un juego particular de redes, resultante en un modo de dominación6 (sensu Bourdieu 1994) particular. Otra clase de principios antitéticos (o eje de contradicción, Giddens 1984) podría ser aquella de jerarquía/ igualdad, la cual además de ser una contradicción estructural de una sociedad, puede ser el punto alrededor del cual se produzca el conflicto social7 (ya sea latente o manifiesto, sin que implique necesariamente guerra o lucha armada). Cada red de interacción, junto a las cadenas de autoridad asociadas a éstas y cada juego de principios contradictorios podrían ser descriptas también como un campo. Un campo es un espacio social entendido tanto como un juego de fuerzas que se imponen a aquellos involucrados en él, como una serie de luchas en las cuales los agentes se encuentran, cada uno con diferentes significados y objetivos según su posición en el campo por lo que contribuirán a reproducir o a subvertir las estructuras sociales (Bourdieu 1994:55, mi traducción).
Retomando el punto inicial de esta sección, podríamos decir que todos los intercambios tienen una dimensión de intercambio de dones8, dado que ninguna medición de valor ocurre en un contexto vacío de significado social. No hay manera posible de establecer el valor de intercambio de algo fuera de la relación involucrada. La evaluación es más cualitativa que cuantitativa y absoluta. La causa del intercambio yace en la deuda establecida con anterioridad, y la vida política consiste en personas forzando a otros a ser la causa de la propia acción (Strathern 1992:180). En este proceso, tanto las cosas como las personas son creadas, dado que una persona será visible socialmente a través de los efectos que provoque en otras personas (Strathern 1992). Más aún, incluso en el intercambio de artículos de trueque, la aparente igualdad de los socios no es más que el acuerdo formal de intercambiar (Humphrey y Hugh-Jones 1989, Liep 1990, Strathern 1992), dado que la coerción ejercida a fin de comprometer al otro en el intercambio es parte constitutiva del proceso en progreso. Por otra parte, todos los intercambios tienen también una dimensión de intercambio de mercancías, al ser muchas veces el interés personal en el juego político el motor de los mismos (Bourdieu 1977, 1994, Appadurai 1991).
Lo que agrega valor a un objeto, producto o servicio, no es tan sólo la distancia de origen en sí misma.. Más bien, es el ser adquiridos a través de determinados canales de intercambio - cualquiera sea su naturaleza - lo que les confiere valor. Como mencioné al comienzo de esta sección, un hecho que sostiene esto es la muy bien documentada costumbre de buscar a través del trueque bienes que están disponibles localmente (McBryde 1989, Taçon 1991, Godelier 1977). El objeto exótico importado es valorado porque está inserto en un modo transaccional (trueque, intercambio de mercancías, o cualquier otro tipo) el cual está valorado positivamente, y de este modo da valor a los bienes involucrados (Gell 1992:148). Los objetos no tienen valor social hasta que entran en estrategias de reproducción social (Barrett 1989).
Más aún, como Bourdieu destacó (1977:64):
‘the homogeneity of the production of habitus produces a homogenisation of dispositions and interests that far from excluding competition engenders it by inclining those who are the product of the same conditions of production to pursue the same goods, whose rarity may arise entirely from their competition’ (énfasis mío).
En los estudios de intercambio, tanto arqueológicos como antropológicos, la medida del valor de un objeto en ausencia de dinero suelen ser consideraciones abstractas del trabajo o tiempo invertido en la producción u obtención de un objeto (Strathern 1992) mientras que la reciprocidad suele ser tomada como la regla natural que ordena todos los intercambios no monetarios. En relación a esto y a partir de lo expuesto hasta ahora, podríamos aseverar que: 1) la existencia de una medida objetiva - al menos aparentemente - de valor es un producto histórico propio de sistemas sociales particulares como el capitalista por lo que no deberíamos buscar equivalentes en la naturaleza para estudiar intercambios no monetarios de otras sociedades; y 2) la reciprocidad nunca es una regla en el sentido de un plan de acción seguido conscientemente, así como tampoco es un molde universal que da forma y cohesión a las sociedades humanas, como una suerte de pegamento social. Siguiendo a Weiner la reciprocidad es ‘..an unbounded arena where combative forces are subtly or aggressively engaged’ (1992: 41). El intercambio de bienes es mejor comprendido como compuesto por diferentes niveles, un laberinto de juegos y estrategias, las cuales deben ser constantemente construidas a través del tiempo por los actores y cuyos pasos y cambios no deben ser perdidos de vista por ellos. Tanto la “jerarquía” como la “diferencia”, más que la “igualdad” y la “cohesión” son los principios estructurantes de las redes de intercambio. Los intercambios materiales son negaciones corporizadas de la estabilidad social, puesto que el riesgo de que fallen está siempre presente (Battaglia 1994:641, Bourdieu 1977, Strathern 1992, Weiner 1992).
Uniendo todos estos aspectos, podríamos postular que la circulación de cultura material puede crear imágenes espaciales muy amplias de una sociedad, por lo que me refiero a la estructuración de un paisaje social de exclusión y/o pertenencia, un universo relacional que se aprende a través de la experiencia directa con aquella cultura material que pueda “extender” el espacio-tiempo. Las imágenes espaciales son múltiples redes socioespaciales de poder que se entrecruzan y se superponen, las cuales deberían ser analizadas en términos de “discurso y representación de relaciones de poder” (Battaglia 1994) que además deberían integrarse con los aspectos materiales de las relaciones de poder: los procesos de trabajo. Es esperable que la circulación de diferentes clases de materiales creen diferentes imágenes espaciales, las cuales pueden por supuesto ser contradictorias.
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