Identidad y patrimonio en los centros históricos en América Latina: Los nuevos paradigmas




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fecha de publicación12.03.2016
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Identidad y patrimonio en los centros históricos en América Latina: Los nuevos paradigmas
Rafael López Rangel*

Si bien desde la década de los setenta se desarrolla una conciencia de la problemática urbana latinoamericana, incluida la valoración del patrimonio y de los denominados Centros Históricos, que tiende a integrar un conjunto de procesos no tomados en cuenta de manera suficiente, como los ambientales y socioculturales, no es sino hasta en la segunda mitad de los ochenta cuando se empieza a generalizar un conjunto de prácticas distintas que apuntan a un salto cualitativo encaminado a enfrentar las consecuencias negativas de la tan llevada y traída globalización económica. Esto quiere decir que ahora es factible la realización y extensión de obras que, si bien paradigmáticas, se quedaban aisladas o incluso sin realizar, como el célebre proyecto de regeneración y revitalización del Barrio de Tepito en la Ciudad de México (finales de los años setenta), para formar ahora una tendencia que, aunque está lejos de ser dominante, cuenta ya como una propuesta para enfrentar las graves patologías urbanas que en los casos mas agudos, como el de las grandes metrópolis, nos hacen pensar en la posibilidad de catástrofes ecosistémicas y en formas de anomia capaces de romper vínculos identitarios entre los ciudadanos, junto al crecimiento incontenible de la pobreza y el, deterioro de la calidad de vida de innumerables sectores de la población. ( Centro Histórico de Panamá )


Hay ahora ejemplos –que algunos denominan la “otra arquitectura” – de esta nueva manera de hacer ciudad y edificación. Mencionemos unos cuantos:
La recuperación de los centros históricos de Lima (1996-1997) y de Quito (1992); la reconversión de Puerto Madero en Buenos Aires (1992-2000); la rehabilitación de favelas en Río (programa Favela-Barrio, 1997); la rehabilitación-reconstrucción del Centro Histórico de la Ciudad de México (1986-2000); las extensas acciones de gestión urbana en Montevideo (1994-2005); el plan urbano-productivo para la ciudad de Lota, en Chile (1997-), etc (Ramón Gutiérrez, 2000). ( Favela antes de rehabilitación ) ( Favela rehabilitada ) ( Tlatelolco antes de 1985 ) ( Tlatelolco, 1985 )
De lo señalado se desprende que no obstante la particularización y especificidad de las acciones en los centros y sectores históricos -algunos de ellos heridos gravemente y muchos, altamente vulnerables-, los enfoques y prácticas más eficaces se dirigen a la ciudad entera e incluso al territorio. También es evidente que cobran relevancia términos como rehabilitación, reciclaje, arqueología industrial, transdisciplina, sustentabilidad y otros que se van imponiendo, algunos trabajosamente. Pero evidentemente, la “frase dura” es “ participación ciudadana” vinculada al “desarrollo sustentable”. ( Proyecto Alameda, Ciudad de México )
Aunque es evidente, es necesario subrayar que esas nuevas prácticas y esos nuevos términos no han surgido arbitrariamente, sino constituyen, en medio de la polémica, una problemática, ahora pertinente. Pero, sobre todo, no cabe duda de que están preñados de futuro, sobre todo los que tienen carácter emancipatorio, como es concebido, entre otros por, Jürgen Habermas (1988) y como lo sugiere A. Touraine (1991).

¿Rebasamiento cognoscitivo?
Acercándonos más a nuestro objeto de reflexión, reconocemos que un buen número de estudiosos se ocupan ya de estas transformaciones de la disciplina urbanística y arquitectónica. Lo mismo acontece en el ámbito del conocimiento y prácticas de conservación de los centros históricos. Ante algo parecido al estupor que necesariamente causa el surgimiento de lo no esperado - y por ello no comprendido y asumido - los de mayor sensatez reconocen la necesidad de la construcción de la teorización pertinente.
Naturalmente estamos frente a un proceso abarcante que comprende e integra un conjunto de disciplinas dentro de una estrategia “ecuménica”, como lo afirmó en su momento, refiriéndose a la sociología, Gilberto Giménez (1992) y que en el pensamiento complejo y transdiciplinar toca a las urbanísticas. Por su parte, Enrique Leff advirtió la necesidad de buscar la correspondencia entre ciencias sociales, la actividad cognoscitiva con la emergente problemática ambiental (E. Leff, 1992).
Ya directamente en nuestro campo, nos referiremos a lo planteado en dos reuniones de expertos. Se trata, en primer lugar, de la IX Conferencia del Consejo Académico Iberoamericano (CAI), que dentro de la problemática de la Conservación de Centros Históricos y del Patrimonio Edificado, se especificó en la vinculación de territorio y patrimonio. Ese evento se realizó en Valladolid, España, en 1997. En segundo lugar, haremos referencia al Seminario de ICOMOS realizado en la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Xochimilco, México, en 1996.
En relación con la reunión del CAI, nos basaremos en la publicación que se hizo al respecto por parte del Instituto de Urbanística de la Universidad de Valladolid, en 1998. En ella se informa que el CAI está constituido por “una cuarentena de universidades iberoamericanas bajo el común objetivo de ofrecer alternativas – desde los planos de la investigación y de la enseñanza- para la conservación e intervención del patrimonio edificado”. (Ciudades, 1998).
En la parte introductoria a la reseña de la conferencia, las arquitectas María Castrillo R. Y Cristina Treviño subrayaron que en esa reunión se señaló insistentemente el carácter histórico de las transformaciones del patrimonio edificado, y que ahora se amplía al territorio:
La concepción de patrimonio edificado ha estado sujeta históricamente a diferentes delimitaciones según el momento que se considere. Su comprensión originaria sólo alcanzaba al patrimonio arquitectónico de mayor antigüedad y riqueza, esto es, a los edificios históricos más representativos y reconocibles. En la segunda mitad del siglo XX se incorporaron como elementos patrimoniales edificados, los cascos urbanos históricos y, con ello, la edificación no monumental que los conformaba, singularmente la residencia tradicional. Tras sucesivas ampliaciones conceptuales, la actual delimitación apuesta por una consideración amplia y se extiende al territorio en tanto que construcción histórica (Ortega Valcárcel).
Giusseppe Campos Venuti, del Politécnico de Milán, situó la problemática ecológica en el centro de los cambios de la disciplina:
El urbanismo, como lo consideramos y lo practicamos en Europa en el umbral del año 2000, está atravesando una etapa de profunda evolución disciplinaria y su evolución está centrada, principalmente, alrededor de los procesos ecológicos (G.C. Venuti, 1998).
Otras propuestas se dirigieron a la adopción, tanto de la sustentabilidad como de la teoría regulacionista como salidas a la problemática. En ese sentido, Castrillo y Tremiño apuntaron:
En este caso hay ya quien expresa (refriéndose a Fernando Roch. Aclaración nuestra) que “deberíamos estar preparando una nueva cultura urbanística”, al tiempo que se apresura a observar la escasez de aproximaciones válidas para la elaboración de un “marco comprensivo de urbanización y construcción del territorio en curso”. A la luz de las aportaciones a la IX Conferencia Internacional sobre Conservación de Centros Históricos y Patrimonio Edificado, pueden destacarse dos líneas de aproximación en tal sentido.
Una de esas vías estaría protagonizada por la asunción disciplinar del concepto de sostenibilidad, que en su acepción fuerte retoma criterios de la termodinámica y la ecología para establecer un puente entre economía y ecología en forma de una nueva racionalidad productiva.
En cuanto a la segunda línea, se asevera más adelante:
... se hace pertinente una segunda aproximación válida para la reorientación futura de la Urbanística: la revisión de las teorías del Urban Regime y de la Máquina de Crecimiento a la luz de la teoría regulacionista y de las aportaciones neogramscianas a la teoría del Estado...
Más adelante nos ocuparemos de comentar esas líneas, con hincapié en la de la sustentabilidad. Por el momento y como un comentario conclusivo de lo acontecido en ese evento, conviene observar que:
... alguna de las más interesantes aportaciones de la IX Conferencia Internacional de los Centros Históricos y del Patrimonio Edificado han girado en torno a la delimitación operativa del patrimonio territorial como todo aquello edificado o natural que tenga un valor cultural reconocible socialmente e identificable en el territorio en el que se integra. No es un patrimonio de orientación museística sino que es objeto de consenso
Y, finalmente:
La dispersión propiciada por la amplitud de variedad de temas y matices que se genera en la intersección de los dos amplísimos campos conceptuales del territorio y el patrimonio empuja a considerar que la IX Conferencia no se inscribe en una fase conclusiva de discursos habidos, sino que por el contrario, parece situarse en un momento inaugural en el que conceptos y criterios no están definitivamente fijados y en el que la líneas de reflexión permanecen abiertas. Por ello quizá la aportación más novedosa de esta conferencia que perfiló el estado actual de la disciplina urbanística a uno y otro lado del Atlántico.
Es significativo, indudablemente, que en el evento se haya reconocido que aunque no se tenga por ahora una conceptualización consolidad, las necesidades de la práctica hayan asumido diversas formas de operación:
La falta de un aparato analítico consolidado coherente con el nuevo marco conceptual ha forzado que algunas experiencias en marcha hayan ensayado instrumentos específicos adecuados en cada caso a la consideración patrimonial de sus territorios concretos de referencia. Tal caso muestra, cuando menos, la necesidad de búsqueda de la teorización correspondiente a las condiciones emergentes.
En este punto, juzgamos conveniente plantear la reflexión siguiente:
Cada vez es más evidente que el conocimiento y las prácticas de conservación de los centros históricos están pasando por un proceso de transformación aún más radical que sus saltos cualitativos precedentes. Este destino implica también la problemática del denominado patrimonio edificado. En ambos casos los cambios han sido tales que podemos afirmar que nos encontramos frente a un verdadero rebasamiento cognoscitivo y descentramiento epistemológico; de tal naturaleza que los objetos de estudio y de transformación nos están llevando a rebasar ampliamente los límites en que se movían tanto el interés por los edificios como el de las aglomeraciones urbanas considerados patrimoniales por el pensamiento “clásico”, para ir conformando simultáneamente dos líneas; una que se extiende a la ciudad entera y su entorno territorial, engulléndose la idea misma del paisaje, y otra que transita con rapidez del campo de la estética y la sacralización de las piezas únicas – y aisladas- para involucrarnos en la abarcadora y aún polémica concepción del desarrollo sustentable. Junto a esta concepción se están dando otras –que más adelante esbozaremos- como la denominada Urban Regime y la de la “Máquina de Crecimiento”, para controlar la dinámica urbana actual. Ambas, naturalmente abarcan al territorio en su conjunto en una visión y con prácticas simultáneas macro-micro.
Si bien la extensión del patrimonio al territorio ocupó de manera central el evento de Valladolid, en la mencionada reunión del ICOMOS realizada en la Ciudad de México el tema principal fue, ni más ni menos, el del establecimiento de criterios de valoración del patrimonio arquitectónico del siglo XX. No es mera coincidencia que la atención, ya de por sí saturada de polémica, condujera también a la búsqueda de “nuevos paradigmas”.
En el caso del seminario de México, ese paradigma, si nos atenemos a las Conclusiones Generales, fue el de la sustentabilidad del desarrollo.
En efecto:
... Las consideraciones sobre la herencia cultural construida del siglo XX apuntan a una definición dinámica del concepto de Patrimonio, que debe referirse al presente y futuro de la vida social, en la perspectiva de un desarrollo sustentable. Este concepto debe situar las obras dentro del marco general de las expectativas de la comunidad, con especial atención al entorno, las actividades económicas y la vida cultural.
Patrimonio edificado, centros históricos y desarrollo sustentable.

Una aproximación teórico-epistemológica
Como se sabe, las referencias fundamentales para la consideración del desarrollo sustentable son, por una parte, el documento de la Comisión Bruntland de las Naciones Unidas (1987), y para la sustentabilidad urbana los textos de la Conferencia sobre Asentamientos Humanos, realizada en Estambul en 1996. No vamos a acudir aquí a las “definiciones” ya clásicas, bastante conocidas, solamente diremos que la clave que dan esos documentos para poder construir los criterios aplicados al patrimonio, a la edificación en su conjunto y al territorio se puede sintetizar de la siguiente manera:
Partiendo del reconocimiento de que las formas de desarrollo dominantes en la construcción de la modernidad han provocado fuertes desequilibrios eco sistémicos y socioculturales, se trataría de:


  • Asegurar la existencia y disponibilidad de los recursos naturales y socioculturales para las generaciones futuras.

  • No rebasar la capacidad de carga de los ecosistemas.

  • No provocar el desequilibrio energético.

  • Pugnar por el mejoramiento continuo de la calidad de vida de la población.


Es evidente que si bien tocan cuestiones fundamentales para la vida en el planeta –ciertamente amenazada por la insustentabilidad del desarrollo seguido hasta ahora-, ha habido coincidencia acerca de la “imprecisión e inconsistencia” por su carácter tan general (entre otros, Naredo 1996). Sin embargo, su “diagnóstico-pronóstico” es tan certero que representa una línea y un reto formidables. Es más, supera la noción de “ecodesarrollo” al sugerir o implicar, aunque en ciernes, una visión integral. Por lo demás, la extensión que ha tenido ya, las aplicaciones realizadas y el cúmulo de inquietudes académicas e investigativas revelan su vocación de persistencia. Parafraseándo, se trata de una categoría sustentable, ¿posmoderna?, ¿de fin de siglo?
Paradójicamente, lo impresionante de esa categoría es que “ por sí sola” no es suficiente, requiere de una estrategia epistemológica y lógicamente de transdiciplina, de conjunción de expertos. Por eso no pocos de éstos, afirman que no ven la pertinencia ecuménica, integradora o como quiera llamársele, y han dicho, “que no es necesaria”. Sin embargo, lo que está aconteciendo ahora, su planetarización, está mostrando que, si bien condicionada, sí lo es. Una condición básica es reconocer que la sustentabilidad es un proceso que hay que construir y no un estado, estático e imperturbable (Tudela, 1992). Otra condición básica es no verla y aplicarla unilateralmente sin tomar en cuenta el conjunto de procesos que intervienen en el problema planteado. Es decir, respetar la necesidad transdiciplinaria.
Respecto a la estrategia epistemológica, también es cada vez más aceptado que para construir las “realidades” y los procesos que concurren en el territorio, múltiples y diversos, el medioambiente, la edificación, los sistemas constructivos, las técnicas, la estética, etc., se requiere la construcción de sistemas complejos disipativos y la epistemología adecuada a ello: la genética y constructivista (Piaget, Rolando García, 1982, 1986, 1994) (Prigogine, 1975).
En la construcción del objeto de transformación, conservación, rehabilitación –dentro de una estrategia de sustentabilidad- la estrategia requiere oscilar de lo macro a lo micro, de la estructura a la acción, de lo normativo a la libertad de los actores, del “sistema” al “mundo de la vida” (Gilberto Jiménez, 1992).
El análisis del patrimonio y el de su conversación, restauración, rehabilitación, revitalización e incluso renovación, extendido a la ciudad y el territorio, requieren ahora de un tratamiento de sustentabilidad en el cual la identidad, y en consecuencia la participación ciudadana, funjan como el cemento aglutinador.
Estamos totalmente de acuerdo con el tratamiento simultáneo –cosa que sólo puede realizarse con la participación del conjunto social en unión con los expertos- de edificios, sectores, ciudades y territorio. Por ello, la conservación aislada en sus múltiples variantes (restauración, reconstrucción, rehabilitación, revitalización, etc.) sólo se mostrará “sustentable “ –mejor dicho “en camino a la sustentabilidad”- dentro de un conjunto de proyectos urbanos que se ocupen de los sectores en cuestión, vinculados con un “proyecto de ciudad” y con acciones de planificación urbano-regional estratégica, no en el sentido empresarial sino porque tome en cuenta la consecución de los objetivos planteados con base en el conocimiento y participación de los actores sociales.
Una cuestión fundamental de la epistemología constructivista y genética es, antes que nada, proceder con base en problemas y preguntas conductoras. Esto constituye la base para construir el objeto de estudio y de “conservación”. Con lo que hemos dicho se comprende que nuestro “objeto” esta constituido por la vinculación a través de intercambios mutuos, del o de los edificios, la ciudad y el territorio no urbano. La problemática de partida tiene que estar directamente relacionada con los procesos patrimoniales en esos tres “sistemas”, mismos que se interdefinen. Los énfasis de definición y abordamiento de esa problemática estarán definidos por el tipo de sistema a abordar de manera particular: un edificio o un conjunto, un sector, el centro histórico, etcétera.
Se tiene así un objeto problematizado. Ahora bien, para definir ese conjunto de problemas y para concretar las líneas investigativas se tienen que plantear las preguntas que van a conducir la investigación: ¿qué es lo que queremos saber de nuestro objeto, en función de sus características patrimoniales y en términos de la sustentabilidad? Sería, por así decirlo, la “pregunta matriz o clave”.
Las líneas investigativas se van constituyendo en el proceso de respuesta a esa pregunta y sus derivadas y por medio de aproximaciones sucesivas el conocimiento del objeto se va construyendo. A partir de ahí se generan las estrategias para organizar las acciones de conservación del patrimonio. Habría que marcar, sin embargo, que cuando se contempla y se “vive” el espacio urbano-territorial de las ciudades modernas latinoamericanas con sus grandes extensiones en deterioro, e incluso cuando vemos cómo se ha depredado la naturaleza en sus diversas formas de contaminación, la reducción de la biodiversidad, etc., todo una categoría cobra relevancia: la de rehabilitación. Incluso hay estudiosos, como Tartarini, que opinan que la rehabilitación es una de las formas dominantes de la transformación de las ciudades latinoamericanas. En lo que respecta a los ecosistemas, es sabido que se está desarrollando la disciplina de “restauración ecológica”, para detener y restituir el “estado original” de los ecosistemas (PUMA, 1994-2000).
De cualquier manera, desde la perspectiva de la epistemología constructivista y genética, la identificación de las acciones a realizar se obtiene en términos de las respuestas a las preguntas conductoras y con base en la problemática identificada.
Sin embargo, sin la construcción de un marco epistémico no es posible un conocimiento y una práctica que nos lleve a lo que buscamos en última instancia cuando nos ocupamos del territorio. En rigor, los contenidos hemos estado planteándolos en desarrollo de este texto. Digamos ahora y sintetizando, que tiene múltiples niveles, pero sin duda los fundamentales- que no excluyen los otros, sino que se interdefinen- son: calidad de vida, desarrollo sustentable integral, identidad, sistemas complejos, proyecto urbano.
Desarrollo sustentable urbano integral
Entendemos por desarrollo urbano sustentable integral el planteamiento y puesta en práctica de un proceso urbano territorial que integre los diversos procesos que concurren en la conformación y transformación del territorio urbano metropolitano: productivos, ambientales, socioculturales (aquí se comprenden los patrimoniales e identitarios), políticos y tecnológicos, con la finalidad de lograr una nueva racionalidad en el manejo de los recursos materiales, naturales y sociales, de tal manera que el metabolismo urbano ( intercambio de materia, energía e información) tienda a equilibrarse para no provocar la incertidumbre acerca de la satisfacción de las necesidades futuras y que se expresan en la calidad de vida de la población: a)Desarrollo sustentable es aquel que no compromete la satisfacción de las necesidades de las generaciones futuras al cubrir las del presente. (C. Bruntland, 1987); b) Desarrollo sustentable es aquel que tiende al mejoramiento de la calidad de vida de la población, sin rebasar la capacidad de carga de los ecosistemas. Abundaríamos en los procesos socioculturales para reconocer que sin cohesión social y consenso entre los diversos grupos que la protagonizan no pude haber continuidad y aseguramiento del futuro.
La construcción de un objeto de estudio y de intervención de naturaleza sistémica y compleja como la hemos esbozado, pudiera llevarnos a un “holismo incontrolado” en el que todo importa porque cualquier proceso “tiene que ver con todos”. Para no entrar en esa condición de inaccesibilidad, se parte, en el caso que estamos tratando, de tomar como el proceso principal o matriz el edificio o conjunto de edificios a tratar como patrimonio construido. Los intercambios con el resto de los procesos se establecen a través de las problemáticas particulares.
Identidad y patrimonio
Nos extenderemos un poco más en esto ya que representa ahora una categoría polémica en nuestro medio y en esta etapa de la globalización.
En lo que concierne a la preocupación por nuestra identidad cultural latinoamericana, incluida la arquitectura y patrimonio, nos encontramos en un proceso encontrado y ambivalente, de posiciones simultáneas: por una parte, una tendencia, cada vez más intensa, de disminución, incentivada por quienes pugnan por una globalización indiscriminada. Por la otra, se está dando no sólo una intensificación sino una revaloración y diversificación de concepciones, búsquedas y prácticas identitarias. Esta revaloración y diversificación emanan de los grupos sociales e individuos más sensibles y naturalmente más afectados por las contundencias globalizadoras. Esta situación representa, vista en términos generales, una de las facetas más hondas de las vicisitudes en el proceso de implantación y desarrollo de la modernidad en nuestros países y que en algunos círculos se caracteriza como el advenimiento de la posmodernidad. Para éstos lo que hay ahora es un proceso identitario posmoderno y, naturalmente, un proceso “universalizante” de la posmodernidad.
De manera más simple podemos afirmar que la “búsqueda o impulso a la identidad” si bien parece disminuir en esta azarosa etapa del mundo y latinoamérica, ahora cobra dimensiones distintas, y que para aclararlas, y sobre todo, en nuestro caso dirigirlas a la cuestión del patrimonio cultural arquitectónico, se requiere de una amplia observación reflexiva, analítica y científica de los términos, lo cual por cierto sólo podemos tratar aquí de manera sucinta.
La cuestión teórica de la identidad. Identidad individual, social y objetual
Es ahora evidente que, en términos académicos, la identidad es enfrentada desde diversos ámbitos disciplinarios: desde los análisis sociológicos, antropológicos, psicológicos, y desde los que se ocupan los procesos espaciales-territoriales, incluidos los estéticos, semiológicos, urbano-arquitectónicos e incluso paisajísticos. Esto podría llevarnos a la conclusión trivial de que no se tiene una sola concepción de la identidad, sino “muchas”. No es tanto así ya que el “conjunto de identidades” forman un sistema complejo aunque con intercambios disipativos. Esto nos indica que para poder definir o al menos acercarnos con pie firme a la determinación de la identidad del patrimonio, o más precisamente el vínculo entre identidad y patrimonio, se pasa por manejar ese sistema complejo, a lo cual habría que agregar –como lo haremos aquí mismo- una concepción “moderna no-clásica” de patrimonio.
Diversas concepciones de identidad que hoy se retoman como contribuidoras a una visión que busca la explicación de las sociedades y la cultura de fines de siglo y de inicios del XXI
Durkheim (1858-1917). Desde el funcionalismo estructural, este autor plantea el concepto de anomia, implicado en la “teoría de los conflictos” y vinculado a la idea de identidad de los grupos sociales.
Cierto, el concepto de anomia fue manejado con cierta frecuencia para caracterizar el pensamiento y sentimiento de los grupos marginales latinoamericanos. Al respecto, Richard Morse se refiere a ella y la vincula con la pérdida del sentido de identidad y solidaridad.
Larson y Bergman (1969) detectan una conducta anómica en los habitantes de los barrios bajos de Lima que fracasan en el logro de una movilidad ascendente y llevan una vida “sin el apoyo de la solidaridad del grupo o de las identidades tradicionales.
Más adelante, afirma:
En Colombia, Cardona (1968) imputa la anomia individual a los campesinos pobres y a los migrantes urbanos recientes que no perciben sus problemas como compartidos y la anomia colectiva a los campesinos pobres y a los migrantes que han adoptado los valores urbanos, que han identificado los canales de movilidad, han experimentado una solidaridad de grupo como ocupantes precarios y no han logrado participar en el sistema ni lo han aceptado. (Morse, 1970).
Por su parte y desde la psicología social, George H. Mead, autor del Self (1862-1931), vinculado al “interaccionismo simbólico”:
La identidad es un proceso constante formado por la construcción del yo a través de la relación del ello y del super-yo. Esto es, un yo producto de las experiencias personales de los individuos en su devenir histórico particular, en su interacción social y en la interacción de los estímulos externos, que son asimilados, sumidos y modificados por el individuo.
Sergio Tamayo observa:
La óptica de Mead se organiza desde la psicología social, pero es posible desde ahí explicar formas socialmente definidas. La identidad se obtiene, por un lado, a través de la acumulación dialéctica de experiencias individuales y colectivas, que forman el stock de la persona, ya que se apropian y modifican por medio de las relaciones sociales y, por otro lado, de aquellos aspectos externos que podríamos clasificar como aspectos precipitantes y creencias generalizadas, que impactan desde fuera (Tamayo, 1998).
Según Habermas, Mead contribuye a la comprensión del Mundo de la Vida.
Andre Greren, en un seminario sobre la identidad organizado por Levi Strauss en (1981), define tres características de la identidad: a) Noción de permanenecia, de referencia de puntos fijos y constantes; b) La identidad permite la demarcación del grupo o del individuo; c) La identidad puede ser entendida como relación entre elementos presentes en distintos grupos sociales y que permiten establecer semejanzas entre esos grupos. (Ma. Dolores Paris Pombo, Anuario de estudios urbanos, 1995).
Las reflexiones actuales de la identidad


  1. Touraine habla de identidad social.


... después de una profunda crítica a la sociología clásica reiterada en términos casi constantes a lo largo de todas sus obras, este autor vuelve a tomar los términos de aquella sociología, para hablar de dos formas de acción social basadas en dos identidades de corte distinto: el movimiento social con base en una identidad amplia y de tendencia universal (de clase, de género, de etnia o de generación), y las conductas comunitarias con base en una identidad local particular, local amenazadas por el proceso de modernización (Ma. Dolores Pombo, 1995).
Pero es J. Habermas quien plantea una concepción de identidad que tiende un puente entre la identidad social y la cultural, dando pié, en el desarrollo de su teoría de la acción comunicativa, para ubicar el “mundo de los objetos” e incluso de la arquitectura, el urbanismo y la conservación del patrimonio, ¿por qué?
Habermas afirma que:
Las identidades del plexo de la vida lingüístico-cultural que se hacen presentes en términos capaces de formar sentido. El cemento que da cuerpo a la identidad colectiva es el discurso, las construcciones simbólicas y míticas, las estructuras de conciencia que permiten la autoafirmación de los grupos sociales.
Asimismo,
Las identidades colectivas se construyen en el mundo de la vida, que el propio Habermas define como los patrones culturales de interpretación, de valoración y de expresión así como los procesos de reproducción simbólica. El mundo de la vida es un acervo de sentidos e interpretaciones. Los actores sociales (o los participantes en la interacción) se nutren con ese acervo para confirmar su pertenencia a los grupos sociales y asegurar con ello su solidaridad.
Finalmente, “las identidades fundan así un sentido de pertenencia a un colectivo y circunscribe el conjunto de situaciones en las que los miembros de ese colectivo pueden decir ‘nosotros’ en un sentido enfático” (Habermas, 1989).
No nos cabe la menor duda que patrimonio e identidad son consustanciales y de que forman parte de esos patrones culturales de interpretación, valoración y expresión. Asumimos que como parte de la denominada cultura tangible, la arquitectura y la forma de las ciudades constituyen una forma de lenguaje objetual, en el que se expresan, con sus propios medios, ideas y pensamientos polisémicos. Nos preguntamos entonces ¿qué más social y colectivo que un centro histórico, que más colectivo que una ciudad y su territorio?
Ahora bien, el término identidad no es neutral, ni social ni políticamente. Existen dentro de las identidades colectivas formas diferenciadas de identidad de grupos sociales, que construyen un “nosotros” diverso a otros. En nuestro campo, recordemos la polémica en torno a la conservación del Centro Histórico de la Ciudad de México en el sexenio de Adolfo López Mateos, cuando llegó a plantear por parte de grupos sociales conservadores “que la ciudad tendría que ser devuelta a sus verdaderos propietarios”, para proponer el regreso a la “casa casta” y conformar ese sector tan significativo de la capital de la República como una expresión de la identidad mexicana criolla (Tamayo, 1998).
Epilogo:

Cómo manejaríamos la estructura sistémica en el ámbito del patrimonio y los centros históricos
Aquí sólo podemos tratar este asunto sintéticamente. El problema fundamental reside en determinar los intercambios y las vinculaciones de los diversos niveles del territorio. Para ello partimos de un reconocimiento: concebimos que un edificio para ser “sustentable” debe formar parte de la sustentabilidad de su entorno, su ciudad y su territorio. Un ejemplo negativo de este reconocimiento, al parecer trivial, pero que es muy frecuente en nuestras ciudades, sería que en un medio urbano y urbanoregional de fuerte escasez de agua se llegará a la decisión de instalar en un edificio o conjunto de edificios sistemas o procedimientos derrochadores de la misma. Otro sería, de mayor calado, que en una ciudad que ha sufrido destrozos en su cultura edificatoria se implantarán edificios que contribuyeran a crear una modernidad indiferente a los valores locales. Cabe decir que no estamos cerrando el paso ciegamente a la modernidad y a la denominada cultura global, sino pugnando por una modernidad que, siendo tal, sea respetuosa de esos valores. Utilizar en estos casos la nueva categoría de lo glocal.
Las actuales propuestas para los centros históricos
En 1990, Ramón Gutiérrez publicó en Centros Históricos para América Latina sus “Veinte puntos para actuar en los Centros Históricos”. En ese momento su propuesta recogía el pensamiento más comprometido de los especialistas e interesados del continente. En virtud de ello, a poco más de diez años consideramos que es retomable a la luz del surgimiento de los nuevos paradigmas, en algunos de los cuales el autor ha contribuido a construir. Como segmento conclusorio reformularemos los más significativos, con la intención de poner nuestro “grano de arena” en el avance de nuestra disciplina:


  1. Toda política de conservación de un centro histórico debe incorporarse a una estructura sistemática compleja que enfrente la problemática a través de la vinculación de sus diversos niveles, desde el edificio hasta el territorio.

  2. La preservación de un centro histórico requiere de un conjunto de acciones particularizadas y de conjunto que tome en cuenta acciones de rehabilitación del parque construido, dentro de proyectos urbanos de los sectores que componen la estructura de la ciudad. Los planes de renovación se incorporan de tal modo que sean respetuosos con la continuidad formal de la ciudad. Sin embargo, se asume que la ciudad, cuya característica es la mixidad y heterogeneidad, debe mostrar con claridad sus procesos de transformación histórica.

  3. La mejoría de la calidad de vida de la población es el objetivo en última instancia de las acciones en el territorio.

  4. El centro histórico no debe considerarse en términos museísticos y para ello no debe desprenderse de ser un sector de vivienda popular, de barrios y no sólo de actividades terciarias.

  5. Por lo anterior, la conservación de un centro histórico trasciende las acciones únicas y aisladas en los “monumentos” para dirigirse a la edificación en su conjunto.

  6. La atención a la imagen urbana y el seguimiento y construcción de las normas formales y constructivas debe combinar el lenguaje y los materiales, sistemas y procedimientos modernos aunque adecuándolos a la continuidad formal de la ciudad dentro de la diversidad de los sectores y asegurando la “acción libre” de los habitantes del mismo.

  7. El enfrentamiento a la tugurización de los sectores del centro histórico debe estar implicado en el mejoramiento y revitalización general de la ciudad y el territorio.

  8. Los programas y planes de vivienda deben incorporarse igualmente a proyectos urbanos para eludir la sectorización como acción institucional, misma que sólo ha disgregado acciones que debieran ser unitarias.

  9. El mejoramiento, conservación, rehabilitación, etc., de un centro histórico debe reunir y consensar los diversos grupos sociales.

10.La identidad de un centro histórico debe mostrar el conjunto de identidades colectivas de los grupos urbanos que lo protagonizan, y no tender a exclusivizar los grupos dominantes y privilegiados, intentando contribuir sin forzamientos a una identidad cultural latinoamericana.
Finalmente nos preguntamos ahora, retomando una pregunta crucial de Ramón Gutiérrez en una obra posterior: ¿Para quién o para quienes conservamos o restauramos los centros históricos? (R. Gutiérrez, 2000).
BIBLIOGRAFÍA
Gilberto Jiménez, “En torno a la crisis de la sociología”, en Sociológica, Perspectivas y problemas teóricos de hoy, año7, No. 20, UAM-Az, México, septiembre-diciembre, 1992.
Enrique Leff, (coordinador), Los problemas del conocimiento y la perspectiva ambiental del desarrollo, Ed. Siglo XXI, México, 1986.
Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa, Taurus, Madrid, 1988.

Instituto de Urbanística de la Universidad de Valladolid, Territorio y Patrimonio”, en Ciudades, 4, Universidad de Valladolid, 1998.
Giuseppe Campos Venuti, “Urbanismo, ecología y ciudad consolidada”, en Ciudades, 4.

José Ortega Valcárcel, “El patrimonio territorial: el territorio como recurso cultural y económico”, en Ciudades, 4.
J. M. Naredo, “Sobre el origen, el uso y el contenido del término sostenible”, en Primer catálogo español de buenas prácticas, Madrid, Ministerio de Fomento, 1996.
Fernando Tudela, Hacia un nuevo pacto internacional para el desarrollo sustentable: Perspectivas de América Latina y el Caribe, BID, Washington, DC, febrero, 1992.
Jean Piaget, Rolando García, Psicogénesis e historia de la ciencia, Siglo XXI, sexta edición, México, 1994.
Rolando García, “Introducción al estudio de los sistemas complejos”, Enrique Leff (coordinador), 1984, op.cit.
Prigogine, Connaissance scientifuque et philosophie, Bruselas. 1975
Programa Universitario del Medio Ambiente (PUMA-UNAM), Curso de Restauración Ecológica, UNAM, 994, en Xerox.
Ramón Gutiérrez, La otra arquitectura”, CONACULTA, México, 2000.


* Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

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