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CUENTOS REUNIDOS

William Faulkner

Publicados por primera vez en español, este libro recoge cuarenta y dos relatos escogidos por el propio autor, historias que posteriormente se convertirían en algunas de sus más destacadas novelas, cuentos que evocan el mítico territorio de Yoknapatawpha, pero también Beverly Hills y la Francia de la Primera Guerra Mundial. Una aproximación a la crueldad, brutalidad y ternura del ser humano, una muestra más de la genialidad de William Faulkner, un maestro indiscutible de la literatura moderna norteamericana.

William Faulkner

Cuentos reunidos

Título original: Collected Stories

William Faulkner, 1934

Traducción: Miguel Martínez-Lage

Introducción y notas: Miguel Martínez-Lage

Imagen de cubierta: William Faulkner, Corbis

Introducción

En agosto de 1950, dos meses antes de recibir la buena nueva de Estocolmo, William Faulkner publicó esta colección de relatos, sus Cuentos reunidos, tal y como él quiso disponerlos de acuerdo con una división concienzuda de toda su producción cuentística, que no recogió íntegramente. Con anterioridad había publicado tres volúmenes de cuentos: These 13 y Doctor Martino, que forman parte de éste en su totalidad, aunque en un orden muy distinto, y Gambito de caballo, que quedó expresamente fuera de esta selección personal por ser más bien producto de una serie de descartes en la configuración de este volumen, pues contiene los cuentos más detectivescos. En esta minuciosa y armónica selección tampoco reunió por cierto aquellos cuentos recogidos en un volumen que el lector hispanohablante acaso conozca, y que lleva un título un tanto engañoso, Relatos, pues son en verdad los Uncollected Stories, no reunidos hasta mucho después de su muerte, hasta 1979, por mediación de su biógrafo, Joseph Blottner, y de acuerdo con su hija y heredera, Jill Faulkner. Además de los no recogidos en volumen y algunos inéditos, esa recopilación póstuma contiene los cuentos que pasaron a formar parte (o están tomados) de novelas como Desciende, Moisés y Los invictos entre otras. Fuera de todo ello aún queda una gavilla de inéditos y raros, además de los inacabados, que se han ido publicando de forma aislada.

Así se explica que este volumen no contenga los cuentos «completos» del prodigioso William Faulkner, titánico en su producción, revolucionario en las cotas alcanzadas en tantas ocasiones. Sus cuentos completos precisarían tal vez de tres volúmenes como éste.

Pero es que nunca fue ésa la intención que animó a su editor, Robert Haas, que es quien propuso al autor un primer índice puramente provisional en marzo de 1948, que Faulkner fue completando con infinito esmero a lo largo de un par de años, con la asesoría de un crítico de la talla de Malcolm Cowley —que en 1946 ya diera a luz, de común acuerdo con el autor, una antología proverbial, titulada The Portable Faulkner— y con el concurso de otro editor y buen amigo de Faulkner, Saxe Commins. De todo ello hallará cumplida cuenta el lector en las presentaciones que dan noticia de cada uno de los relatos aquí reunidos, al final de este volumen, y que anteceden a las notas propiamente aclaratorias. Se ha querido reducir al mínimo indispensable este elemental aparato crítico, además de presentarlo de la forma más discreta, con el menor grado de injerencia en el disfrute del lector.

El volumen resultante de la iniciativa editorial de Robert Haas, que tiene el lector en las manos, fue galardonado en 1951, cuando Faulkner ya trabajaba sin descanso en Réquiem por una monja, con el National Book Award. Pero este reconocimiento le llegó, en efecto, después del Nobel, distinción que guarda un curioso parentesco con esta colección de relatos, como se expone más abajo al amparo de una hermosa conjetura de Malcolm Cowley, que es desde el punto de vista crítico la persona que más conoció y mejor entendió el funcionamiento de la máquina Faulkner.

A la propuesta inicial de Robert Haas respondió Faulkner con una carta ya en septiembre de 1948 —al parecer, extravió la carta primera de Haas—, diciendo que deseaba «meditar la idea y tratar de dar a este volumen una forma integrada que le sea propia, como en el libro de Moisés si es posible». Varias semanas después escribió a Haas una larga carta, una de las más intrigantes que Faulkner escribió nunca, por contener una muy precisa valoración de muchos de sus relatos, descartando unos y reafirmando la necesidad de que otros se incluyeran en el volumen proyectado. El criterio fundamental que maneja Faulkner es la aspiración a que la colección sea «muy extensa y comprenda todos los relatos previamente publicados, salvo aquéllos ya asignados a una serie de volúmenes futuros». Además de la extraordinaria percepción crítica de su propia obra, Faulkner iba en busca de un ordenamiento del material que diera al volumen la modulación que hubiese llegado a tener una novela, una entidad propia, una integración en forma de contrapunto, tendente a un único fin, a una sola finalidad (según señaló él mismo en otra carta semejante, pero escrita a Cowley el 1 de noviembre de 1948, en la que realiza una primera tentativa de ordenación de un material amplísimo y dispar). Y es apasionante comprobar, aunque detallarlo sería largo, cómo de la lista de relatos que propuso Haas a Faulkner no se cayó ninguno, si bien Faulkner fue defendiendo la inclusión de otros a veces con gran vehemencia, como es el caso de «Allén», y aun de otros incluidos en la última de las partes del volumen, además de cambiar de ubicación algunos, en pos de esa tensión dinámica que permitiera leer el volumen precisamente como Desciende, Moisés, una novela formada por una serie de relatos dotados de plena independencia, o Las palmeras salvajes (novela a la que habría que dar su verdadero título, Si yo te olvidara, Jerusalén), compuesta por dos narraciones autónomas que se van alternando.

Apunta Michael Millgate que los Cuentos reunidos son «un tomo que ocupa un lugar muy importante entre las grandes obras de Faulkner», con lo que rebate la extendida idea de que los cuentos son un producto menor de un novelista mayor donde los haya. «Es cierto —prosigue Millgate en The Achievement of William Faulkner, p. 390— que los cuarenta y dos cuentos ya habían sido publicados con anterioridad, aunque diecisiete se reunían por vez primera. (…) El mero hecho de reunir los relatos por primera vez hizo posible un examen de los logros de Faulkner en el género del relato breve, y su organización de los cuentos en seis secciones diferenciadas, cada una con su título [y sus remisiones internas, sus factores de cohesión, sus disonancias, sus modulaciones anímicas, su muestrario de técnicas], hizo que fuera necesario leerlos en un nuevo contexto».

Es cierto y no es menos conocido que Faulkner escribió una cantidad ingente de relatos por pura necesidad pecuniaria. Durante toda su trayectoria, el mercado de las revistas de circulación más o menos masiva en nada se parecía a la depauperada situación que hoy presenta. El universo lector era mucho más concurrido, y en él había sitio para toda clase de esfuerzos: los escritores de entonces podían entregar un libro cuando lo tuvieran listo, pero entre tanto era posible que pagaran sus facturas dando salida a sus textos por medio de la publicación en revistas populares y especializadas en obras de ficción. Este hecho da a los relatos de Faulkner —en muchos casos— un grado de asequibilidad que no tienen algunas de sus novelas, por lo que los Cuentos reunidos son una puerta de acceso perfecta al universo Faulkner, al tiempo que son muy a menudo perlas de especial rareza para el conocedor de ese ancho mundo que se centra en el condado de Yoknapatawpha, pero que muchas veces se extiende más allá de las fronteras de ese terruño del tamaño, según dijo él mismo, de «un sello de correos». En muchas ocasiones, los relatos están directamente emparentados con las novelas, e incluso algunos tendrán una futura versión en otro contexto narrativo, así como mantienen vínculos de hermandad entre sí.

Estos Cuentos reunidos son como una antología que hubiera hecho por ejemplo Bob Dylan a partir de toda su producción, pero no confeccionada por su discográfica, sino hecha íntegramente por el artista, si bien de pleno acuerdo y por petición expresa de uno de sus editores, y en tres CDs, naturalmente. La confección del repertorio obedece a la búsqueda de una armonía en la que tales piezas no descuellen, no desentonen, alternando en su naturaleza representativa y cohesionada. No es lo mejor de sí lo que el artista recoge: recoge lo que es, y es uno de los mejores, uno de los más grandes. Y lo que se pretende es realzar cada una de las canciones por contigüidad con otras, tal como a Faulkner le interesaba ante todo urdir un buen cuento, dejándose de cronologías y de dictados didácticos sobre su propia obra. Claro está que una antología así se puede leer como una crónica.

En la composición de este muestrario de su arte narrativa, engarzando cuento a cuento y engastando parte a parte en un todo que más suma que la suma de sus partes, Faulkner —antes del reconocimiento mundial que iba a llegar a los pocos meses desde ese imán y emisora para grandes escritores que es Estocolmo en octubre— ensambló los pedacitos que componen su mundo, ese universo que, con inevitables excursiones a la ciudad de Nueva York, o a Hollywood, o al golfo de México, o a la Primera Guerra Mundial, y a la Segunda, pero sin salir del terruño, presenta un compendio geográfico y temático que es cifra y señal del pequeño mundo del hombre, en el que los engarces entre los relatos por contigüidad, la colocación de cada uno en un lugar estratégico de cada una de las partes, el funcionamiento de las mismas, son determinantes en la hechura de un libro que poco se parece a otros por el estilo. Fruto de la fértil colaboración entre la partera o comadrona y la madre que con ayuda de la primera —y con sus trabajos y dolores de parto— da a sus hijos al mundo ancho y hostil —fácil no es que el escritor alumbre sin el concurso o la tracción de su editor—, los Cuentos reunidos de Faulkner son en su totalidad un homenaje al concurso del ser humano con el ser humano y una constatación clara del díctum de Pablo de Tarso: sin ti no soy nada. Pero esto es algo que aclaran mejor los propios participantes en la elaboración de un libro capital en el canon faulkneriano.

Es de ley reseñar que Faulkner anunció a Cowley en la carta antes citada (The Faulkner-Cowley File, Letters and Memoirs, 1944-1962, pp. 119-120) su intención de anteponer un prefacio a sus Cuentos reunidos. El propio Cowley consigna su decepción al ver que «[Faulkner] había abandonado la idea de escribir dicho prefacio, a resultas de lo cual el tema sobre el que podría haber versado dicho texto, si lo hubiera escrito, quedó en el cajón, disponible para otros usos».

Faulkner, que acaba de pasar una breve temporada con Cowley, le escribe nada más llegar a su casa de Oxford, Mississippi, y le describe el lento viaje hacia el sur en un avión que hizo escala en infinidad de lugares intermedios:

No me aburrí demasiado, porque pasé el tiempo pensando en la colección de relatos, y cuanto más pienso en ella más me gusta. El único prefacio que recuerdo es uno que leí cuando tenía dieciséis años, en un libro de Sienkiewicz donde decía, aunque no con estas palabras, algo así como que «este libro ha sido escrito con esfuerzo (podría haber dicho agonía o sacrificio) para enaltecer el corazón de los hombres». Y ésa me parece que es la única finalidad meritoria de un libro, de modo que también en una colección de relatos la forma y la integración son tan importantes como en una novela.

Y continúa Cowley diciendo que «estoy casi seguro de que hay ecos de esa frase, amplificada y remota como un trueno en los montes, al comienzo y al final del discurso de recepción del Premio Nobel que pronunció Faulkner». Al principio de ese brevísimo texto dice Faulkner que «entiendo que este premio no se me otorga a mí en persona, sino a mi obra, que es producto de una vida vivida en la agonía y el esfuerzo del espíritu humano. (…) Por tanto, este premio sólo es mío en depósito». Y al final apunta que «es privilegio del escritor ayudar al hombre a resistir mediante el enaltecimiento de su corazón, recordándole la valentía y el honor y la esperanza y el orgullo y la compasión y la piedad y el sacrificio que han sido gloria de su pasado». Y es que en Faulkner, según se dice en Réquiem por una monja, es imprescindible tener presente que «el pasado no ha muerto: ni siquiera ha pasado».

MIGUEL MARTÍNEZ-LAGE

Pamplona, 8 de septiembre de 2009

I

EL CAMPO

Incendiar establos

El almacén en el que tuvo lugar la vista celebrada por el juez de paz apestaba bastante a queso. El chiquillo, acuclillado sobre el barril de los clavos, al fondo de un local atestado de gente, era sabedor de que olía a queso, y a unas cuantas cosas más: desde el asiento al que se había encaramado alcanzaba a ver las estanterías alineadas en las que se apilaban bien apretadas las formas sólidas, chaparras, dinámicas, de aquellas latas cuyas etiquetas leyó con el estómago, sin recurrir a unos rótulos que para su caletre nada significaban, fijándose en cambio en los diablos rojos y en la curvatura argentina de los peces,[1] todo lo cual, el queso de cuyo olor era consciente y la carne hermética, enlatada, cuyo olor creían percibir sus intestinos, le llegaba en rachas intermitentes y efímeras en medio de un constante efluvio, el olor y la sensación de tener un poco de miedo, más que nada por la desesperanza y por la tristeza, la vieja y feroz pulsión de la sangre. No alcanzaba a ver la mesa tras la que se había sentado el juez, frente al cual se encontraban de pie su padre y el enemigo de su padre («nuestro enemigo —pensó con la misma desesperanza—, ¡nuestro de los dos! ¡Tan suyo como mío! ¡Es mi padre!»), aunque sí los oía, u oyó más bien a los dos, porque su padre aún no había dicho ni palabra:

—¿Y qué pruebas tiene, señor Harris?

—Ya se lo he dicho. El cochino se me metió en el maizal. Le eché el guante y se lo mandé. No tenía él una cerca con la que tenerlo bien sujeto. Yo ya se lo dije, ya iba avisado. La siguiente vez metí al cochino en mi corral. Cuando vino a recogerlo, le di alambre de sobra para que cercase bien su corral. A la vez siguiente, recogí al cochino y lo metí en mi corral. Fui a caballo hasta su casa y vi todo el alambre que le había dado yo enrollado y arrinconado en su parcela. Le dije que podía pasar a llevarse el cochino cuando me pagase una tasa de un dólar.[2] Esa misma noche vino un negro con un dólar y se llevó el cochino. Era un negro un poco raro. Forastero, a lo mejor. Va y me dice: «Dice que le diga que la madera con el heno arde fácil». ¿Cómo dices?, le digo yo. «Pues eso, que madicho que le diga que la madera con el heno arde fácil.» Esa misma noche me pegaron fuego al establo. Pude sacar lo que tenía dentro, aperos y animales, pero perdí el establo.

—¿Qué ha sido del negro? ¿No le ha echado el guante?

—Era un negro un poco raro, ya le digo. No sé qué habrá sido de él.

—Pero eso no prueba nada. ¿No entiende que eso no es una prueba?

—Que venga el chiquillo. Él sí que lo sabe —durante unos instantes, el chiquillo pensó que el hombre se refería a su hermano mayor, hasta que Harris dijo—: No, ése no. El pequeño. El chiquillo —y, acuclillado como estaba, pequeñajo para su edad como era, menudo y nervudo como su padre, con unos vaqueros descoloridos y remendados, demasiado pequeños incluso para él, con el cabello castaño, lacio, sin peinar, y los ojos grises, despavoridos como nubes de tormenta, vio separarse a los hombres que se interponían entre aquella mesa y él, y los vio convertirse en una calleja de rostros malencarados, al fondo de la cual acertó a ver al juez, un hombre desaliñado, sin cuello de camisa, canoso, con gafas, que le hacía gestos para que se acercara. No sintió el suelo bajo las plantas de los pies, le pareció que caminase bajo el peso palpable de los rostros malencarados que se iban volviendo a su paso. Su padre, envarado, con la levita negra que sólo se ponía los domingos, y que no se había puesto por el juicio, sino por la mudanza, ni siquiera le miró. «Él lo que quiere es que mienta —pensó, y volvió a sentir el mismo frenesí de tristeza y desesperanza—. Y voy a tener que hacerlo».
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