Publicados por primera vez en español, este libro recoge cuarenta y dos relatos escogidos por el propio autor, historias que posteriormente se convertirían en




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Entonces volvió a suceder. Fue a finales de julio y fue un viernes. El Padre había ido temprano al pueblo en el camión del ganado de Homer Bookwright, y ya se ponía el sol. Acababa yo de volver del campo con la azada de menos peso y acababa de meter a la mula en el establo y ya salía del granero cuando el camión de Homer se detuvo delante del buzón y bajó el Padre y subió por la senda con un gran saco de harina cargado al hombro y un paquete bajo el brazo y el periódico doblado en la mano. Y me bastó con echar un vistazo al periódico y no me hizo falta nada más. Y es que me di cuenta a la primera, por más que trajera un periódico siempre que volvía de la ciudad. Y es que tenía que suceder tarde o temprano; no sólo íbamos a ser nosotros, los del condado de Yoknapatawpha, los que habíamos querido tanto a los nuestros que tuviésemos derecho exclusivo al penar. Así que salí a su encuentro y le alivié de parte de la carga y me planté a su lado y entramos juntos en la cocina, donde nos esperaba en la mesa la cena fría y la Madre sentada ante los últimos rayos de la puesta del sol, con la puerta abierta, la mano y el brazo fuertes, firmes, constantes, dale que te pego al manubrio de la mantequera.

Cuando llegó el recado con lo de Pete, el Padre ni siquiera la rozó. En ese momento tampoco lo hizo. Sólo dejó la harina en la mesa y fue a su silla y extendió el periódico que traía doblado.

—Es el chico del comandante De Spain —dijo—. De la ciudad. El aviador. El que estaba en su casa el pasado otoño con su uniforme de oficial. Reventó el avión que pilotaba contra un barco de guerra japonés y lo hizo saltar por los aires. Así supieron por fin qué se traía entre manos.

Y la Madre tampoco dejó de batir ni por un instante la mantequilla, y es que hasta yo mismo supe que la mantequilla ya estaba casi hecha del todo. Luego se levantó y fue a la pila y se lavó las manos y volvió a sentarse a la mesa.

—Léelo —dijo.

Así, el Padre y yo nos dimos cuenta de que la Madre no sólo supo en todo momento que iba a suceder otra vez, sino que también sabía qué iba a hacer ella cuando sucediera, no sólo esta vez sino también la vez siguiente, y la que viniera después, y aun la siguiente, hasta que llegara el día en que todos los afligidos de la tierra, todos los ricos y todos los pobres por igual, ya vivieran con diez criados negros en casas espléndidas, en la ciudad, ya subsistieran a duras penas con setenta acres de tierra no demasiado fértil, como nosotros, o si tan sólo eran dueños del derecho a sudar hoy a cambio de lo que pudieran cenar esta misma noche, por fin pudieran decir «Al menos algún sentido tenía el porqué de nuestra aflicción».

Dimos el pienso y ordeñamos a las vacas y volvimos y nos tomamos la cena fría y armé un fuego en el fogón y la Madre se puso a calentar el agua en la pava y todos los cacharros que sirvieran para calentar agua suficiente para dos, y yo traje el barreño del porche de atrás, y mientras la Madre fregaba los platos y recogía y limpiaba la cocina, el Padre y yo nos sentamos en los escalones de la entrada. Esto fue más o menos a la misma hora en que el pasado diciembre Pete y yo recorríamos a pie las millas que hay hasta la casa del Viejo Killegrew para escuchar la radio y enterarnos de lo que se contaba de Manila. Pero de un tiempo a esta parte han pasado más cosas que Pearl Harbor y Manila, y Pete ya no está para oír todo esto. Yo tampoco tengo ganas: es como si nadie supiera contarnos dónde estaba exactamente cuando dejó de ser es, en vez de pasar a ser fue en un determinado lugar de la tierra en el que sus seres queridos pudieran sujetarlo con el peso de una piedra, y como si por eso mismo Pete todavía fuese es en dondequiera que esté, en algún lugar de la tierra, uno más entre los combatientes que siguen luchando en la guerra, igual da si fue o si es. Por eso, a la Madre y al Padre y a mí ni falta nos hace la cajita de madera para oír las voces de los que presenciaron el valor y el sacrificio. La Madre me llamó entonces para que fuese a la cocina. El agua humeaba un poco en el barreño, junto a la pastilla de jabón y un camisón limpio y la toalla que había hecho la Madre con sacos desgastados de algodón, y me baño y vacío el barreño y se lo dejo preparado a ella y nos acostamos.

Luego amanece y nos levantamos. La Madre fue la primera, como siempre. Me estaban esperando la camisa limpia y los pantalones de los domingos, junto con los zapatos y los calcetines que no había vuelto a ver desde que la escarcha cubría la tierra. Pero aún con el pantalón de peto que vestía el día anterior llevé los zapatos a la cocina, donde estaba la Madre con el vestido del día anterior, ante el fogón, en donde no sólo preparaba nuestro desayuno, sino también la cena para el Padre, y dejé los zapatos junto a sus zapatos de domingo, contra la pared, y fui al establo, donde el Padre y yo dimos el pienso a las vacas y las ordeñamos, y volví a sentarme a desayunar mientras la Madre trajinaba entre la mesa y el fogón hasta que terminamos y ella también se sentó. Saqué entonces la caja de limpiar los zapatos, pero vino el Padre y me lo quitó todo, el betún y el trapo y el cepillo y los cuatro zapatos, uno tras otro.

—De Spain es rico —dijo—. Mira tú, si hasta tiene un negro vestido de mono de feria, con una chaqueta blanca, que le acerca la escupidera siempre que tiene ganas de escupir. Limpias todos los zapatos y les sacas brillo como si te los fueras a poner tú: sólo sacas brillo a las partes que se pueden ver desde arriba.

Entonces nos vestimos. Me puse la camisa de los domingos y el pantalón tan almidonado que se tenía en pie él solito, y llevé mis calcetines a la cocina cuando llegó la Madre con sus medias y se vistió y se puso incluso el sombrero, y me quitó los calcetines y los puso con sus medias en la mesa, junto a los zapatos lustrados, y bajó el bolso de la estantería de la alacena. Aún lo guardaba en la misma caja de cartón en la que vino, con la etiqueta de colores de la tienda de San Francisco en que Pete se lo compró, un bolso redondo, con las esquinas cuadradas, impermeable, con un asa, de modo que nada más verlo en la tienda Pete también tuvo que darse cuenta de que estaba hecho exactamente para el uso que íbamos a darle, por tener además un cierre de cremallera que la Madre no había visto nunca, ni el Padre tampoco. Es decir, que los tres habíamos visitado la tienda de baratillo que había en Jefferson, pero fui yo el único que tuvo curiosidad suficiente para averiguar cómo funcionaba aquello, aun cuando nunca llegara a soñar con que pudiésemos llegar a tener uno. Así que fui yo quien abrió la cremallera, y encontré dentro una pipa y una lata de tabaco para el Padre y una gorra de cazador con una lámpara de carburo para mí, y para la Madre el bolso mismo, y ella lo cerró y lo abrió de nuevo, y lo volvió a abrir y el Padre probó a hacerlo, corriendo de un lado a otro la pieza que se deslizaba por el carril con un chasquido continuo, hasta que pareció que lo fuese a desgastar, y ella guardó el bolso aún abierto en la caja y yo traje del establo un frasco de cristal, vacío, de medio litro, que una vez contuvo el líquido que dábamos a las vacas con el pienso para que no tuvieran parásitos, y ella puso a hervir la botella y el corcho y los guardó con una toalla limpia en el bolso y puso el bolso en la caja sin cerrar la cremallera para que cuando hiciera falta el bolso no hubiera que abrirla primero, con lo que nos ahorraríamos mucho desgaste de la cremallera. Tomó el bolso de la caja y llenó la botella de agua limpia y le puso el corcho y la guardó en el bolso con la toalla limpia y metió nuestros zapatos y calcetines con sus medias y cerró la cremallera y salimos a pie por el camino y esperamos con todo el calor de la mañana junto al buzón hasta que llegó el autobús y se detuvo.

Era el autobús escolar, el mismo que tomaba yo a la ida y a la vuelta del colegio de Frenchman’s Bend todo el invierno anterior, el mismo que Pete tomaba todas las mañanas y todas las tardes, hasta que se graduó, sólo que esta vez iba en dirección contraria, a Jefferson, cosa que sólo sucedía los sábados, y al que durante un tramo larguísimo se veía venir por la carretera del valle, donde otros lugareños que lo iban a tomar se asomaban a los buzones a la espera del momento en que parase. Nos tocó el turno a nosotros. La Madre dio los dos cuartos de dólar a Solon Quick, que era quien lo había construido y lo conducía y lo explotaba, y montamos y el autobús siguió su camino, y al cabo ya no hubo plazas libres para los que esperaban asomados a sus buzones y hacían indicaciones para que parase, y así fue ganando velocidad y recorrió veinte millas y luego diez y luego cinco y luego una, hasta subir por la última cuesta, por donde empezaban las calles de cemento, y al cabo bajamos del autobús y nos sentamos en el bordillo de la acera y la Madre abrió el bolso y sacó los zapatos y el frasco lleno de agua y la toalla y nos lavamos los pies y nos pusimos los calcetines y las medias y los zapatos y la Madre dejó el frasco y la toalla de nuevo en el bolso y cerró la cremallera.

Y caminamos junto a una verja de hierro tan larga que cercaba un algodonal, doblamos la esquina y entramos en un terreno más grande que todas las parcelas que hubiera visto yo, y seguimos por una avenida de grava más ancha y más lisa que todas las carreteras de Frenchman’s Bend, hasta llegar a una casa que a mí me pareció más grande incluso que el juzgado, y subimos la escalinata flanqueada por las columnas de piedra y cruzamos un pórtico en el que hubiese cabido nuestra casa entera, con las galerías y todo, y llamamos a la puerta. Y entonces lo mismo dio que llevásemos o no los zapatos bien limpios y abrillantados: el blanco de los ojos del negro vestido de mono de feria en el mismo instante en que nos abrió la puerta, y el blanco de su chaqueta en el mismo instante que tardó en desaparecer por el fondo del vestíbulo, sin hacer más ruido del que hubiera hecho un gato cuando nos dejó que encontrásemos la puerta por nuestros propios medios, caso de que supiésemos cómo. Y la encontramos, dimos con la sala del ricachón, una estancia que cualquier mujer de Frenchman’s Bend y digo yo que de cualquier otra parte del condado hubiera sabido describir al centímetro, pero que ni siquiera habían visto los hombres que acudían a visitar al comandante De Spain después de la hora de cierre del banco, o los domingos, para pedir que se les extendiese un documento firmado, con una lámpara que colgaba del techo y que tendría el tamaño de nuestro barreño repleto de hielo picado y un arpa del color del oro que hubiera taponado del todo la casa de nuestro establo y un espejo en el que un hombre montado en una mula se hubiera visto entero, además de ver entera a la mula, y una mesa en forma de ataúd en el medio de la sala, con la bandera de los confederados extendida como un mantel y la fotografía del hijo del comandante De Spain y el estuche abierto con la medalla dentro y el enorme pistolón automático cuyo peso sujetaba la bandera y el comandante De Spain de pie a la cabecera de la mesa con el sombrero puesto, hasta que pasado un rato pareció oír y entender el nombre que pronunció la Madre, y eso que no era comandante de verdad, sino que así se le llamaba sólo porque su padre sí que lo había sido en la guerra de los confederados, ya que era un banquero poderoso en el dinero y en la política por igual, dijo el Padre que había nombrado a su antojo gobernadores y senadores también del Estado de Mississippi; era un viejo tan reviejo que no parecía posible que tuviera un hijo de veintitrés años, demasiado viejo en todo caso para tener esa expresión en el semblante.

—Ja —dijo—. Ahora me acuerdo. A ustedes también se les notificó que su hijo había vertido su sangre en el altar de la impericia y la ineficacia. ¿Qué se les ofrece?

—Nada —dijo la Madre. Ni siquiera hizo un alto en la puerta. Siguió derecha hacia la mesa—. No tenemos nada que traerle. Y no creo que aquí haya nada, que yo vea, que pudiéramos querer llevarnos.

—Se equivoca —dijo él—. A usted aún le queda un hijo. Llévese el consejo que a mí me han dado: váyase a su casa y rece. No por el difunto: por el que de momento le han permitido conservar, rece para que algo, en donde sea, lo que sea, de un modo u otro le salve.

Ella ni siquiera lo estaba mirando. No lo había vuelto a mirar. Se limitó a atravesar la sala, que era del tamaño de un establo, exactamente igual que cuando la he visto colocar la tartera con el almuerzo del Padre y el mío en la esquina del cercado, cuando ni tiempo había para parar a comer, y volverse con la misma hacia la casa.

—Algo más sencillo le puedo decir yo —dijo—. Llore —cuando llegó hasta la mesa fue su cuerpo el que se detuvo, pues su mano salió disparada, tan veloz que la mano de él tuvo el tiempo justo de sujetarla por la muñeca, las dos manos unidas sobre el pistolón azulado, entre la fotografía enmarcada y el trocito de hierro de la medalla, con su cinta de colores, sobre la antigua bandera que un buen montón de gente que conozco no había visto jamás, y que otro buen montón no habría reconocido aun cuando la viera, y por encima de todo resonó la voz del viejo de una manera que tampoco tendría que haber resonado.

—¡Por su patria! Él no tenía patria: ésta también la repudio yo. Su patria, que es la mía, fue arrasada y destruida hace ochenta años, antes de que yo naciera. Sus antepasados lucharon por su patria y murieron por su patria, aun cuando lucharan por un sueño y perdieran por un sueño. Él ni siquiera tuvo un sueño. Murió por una vana ilusión, ¡por el interés de la usura, por la necedad y la rapacidad de los políticos, por la gloria y el engrandecimiento de la mano de obra organizada!

—Sí —dijo la Madre—, llore, llore usted.

—¡El miedo de los funcionarios electos por sus muchas prebendas! ¡La sumisión de los obreros engañados y mal guiados, la sumisión ante los demagogos que los engañan y los guían por mal camino! ¿Vergüenza? ¿Aflicción? ¿Cómo van a conocer la cobardía, el acoquinamiento, la rapacidad y la esclavitud voluntaria, cómo van a conocer la vergüenza o la aflicción?

—Todos los hombres son capaces de avergonzarse —dijo la Madre—. Igual que todos los hombres son capaces de mostrar valentía, honor, sacrificio. Y también son capaces todos de sentir la aflicción. Llevará su tiempo, seguro, pero aprenderán. Hará falta más aflicción que la suya de usted o más que la mía, y habrá mucha más. Pero será suficiente.

—¿Cuándo? ¿Cuando hayan muerto todos los jóvenes? ¿Qué quedará entonces, qué valdrá la pena salvar?

—Ya lo sé —dijo la Madre—, ya lo sé. Nuestro Pete era demasiado joven para morir —me di cuenta entonces de que ya no tenían las manos entrelazadas, de que él volvía a erguirse, de que la pistola se encontraba inerte, en la mano de la Madre, pegada a su costado, y por un instante pensé que iba a abrir la cremallera del bolso y a sacar la toalla, cuando lo que hizo fue dejar de nuevo la pistola en la mesa y dar un paso más hacia él y tomar el pañuelo que él tenía en el bolsillo de la pechera y ponérselo en la mano antes de dar un paso atrás—. Eso es, así está mejor —dijo—. Llore. Y no por él. Llore por nosotros.

Pero él no contestó nada. Ni siquiera se llevó el pañuelo a la cara. Permaneció en donde estaba con el pañuelo en la mano, como si no hubiese descubierto aún que lo tenía en la mano, ni menos aún que fue la Madre quien se lo había puesto en la mano.

—Por nosotros, por los viejos —dijo él—. Eso cree usted. Usted ha tenido tres meses para hacerse cargo, aprender de nuevo, entender el porqué. Lo mío sucedió ayer. Dígame.

—No sé —dijo la Madre—. Es posible que las mujeres no tengan por qué saber por qué sus hijos han de morir en la batalla; es posible que tan sólo tengan que afligirse por ellos y llorarlos. Pero mi hijo sí supo por qué. Y mi hermano fue a la guerra cuando yo era una niña, y nuestra madre tampoco supo por qué, pero él fue a pesar de todo. Y mi abuelo también tomó parte en aquélla, mucho más antigua, y digo yo que su madre tampoco supo el porqué, pero supongo que él sí lo supo. Y mi hijo supo por qué tenía que ir a ésta, y él supo que yo sabía que sí tenía que ir aun cuando yo no lo supiera, tal como supo que este niño y yo sabíamos que no iba a volver. Pero él sí supo el porqué, por más que yo no lo supiera, por más que no pudiera saberlo, porque jamás podría llegar a saberlo yo. Así que todo debe ser como es, por más que no pueda yo entenderlo. Porque en él no hay nada que no hayamos puesto en él su padre o yo. ¿Cómo se llama su criado negro?
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