Publicados por primera vez en español, este libro recoge cuarenta y dos relatos escogidos por el propio autor, historias que posteriormente se convertirían en




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—¿Cómo te llamas, chico? —dijo el juez.

—Coronel Sartoris Snopes —murmuró el chico.

—¿Eh? —dijo el juez—. Habla más alto, anda. ¿Coronel Sartoris, dices? Pues digo yo que todo el que en este condado lleve el nombre del Coronel Sartoris a la fuerza tiene que decir la verdad, ¿no? —el chiquillo no dijo nada. «¡Enemigo! ¡Enemigo!», pensó; hubo un instante en el que ni siquiera acertó a ver nada, y no pudo ver que el juez lo miraba con semblante amable, ni acertó a discernir que interpeló con voz contrariada al hombre que llamaban Harris—: ¿Desea interrogar a este chiquillo?

En cambio, sí acertó a oír, y oyó, durante los largos segundos que siguieron, mientras no se oyó absolutamente nada más en el reducido espacio del almacén, atestado como estaba de gente, el sonido de un respirar reposado y atento, tan quedo que fue como si se hubiera columpiado al extremo de la cuerda, en lo más alto de un barranco, sujeto a los zarcillos de una parra, y como si en el punto más elevado del arco que trazaba el columpio quedase atrapado en un detenido instante de hipnótica gravitación, ingrávido en el tiempo.[3]

—¡No! —dijo Harris con violencia, con explosiva exasperación—. ¡Condena…! ¡Mándelo fuera de aquí!

El tiempo, el mundo de la fluidez, apretó entonces su discurrir de nuevo bajo sus pies, y las voces volvieron a llegarle claras, confusas, en medio del olor a queso y a carne sellada, en medio del miedo y la desesperanza y la antigua tristeza de la sangre:

—Se desestima el caso. Nada puedo probar en contra de usted, Snopes, pero sí puedo y debo darle un consejo. Márchese del condado y no se le ocurra volver.

Tomó la palabra su padre por vez primera, con voz fría y áspera, sin alterarse, sin cargar las tintas.

—Ésa es mi intención. No se me ocurriría quedarme en un condado, entre gentuza que… —y dijo algo que no es posible poner por impreso, algo vil y rastrero, que no dirigió a nadie en particular.

—Con eso es más que suficiente —dijo el juez—. Tome su carreta y lárguese del condado antes de que anochezca. Se desestima la demanda.

Su padre se volvió en redondo y él siguió la levita envarada, la figura nervuda que caminaba con rigidez debido a la bala de mosquete con que le alcanzó un confederado, uno de los hombres del sheriff, nada más robar un caballo, más de treinta años antes, y siguió más bien las dos espaldas, puesto que su hermano mayor acababa de aparecer en medio del gentío, no más alto que el padre, pero sí más grueso, mascando tabaco sin descanso, entre las dos hileras de individuos malencarados que formaban la calle que desembocaba en salida del almacén, para atravesar el porche desgastado y bajar los peldaños combados y pasar entre los perros y los chicos que se habían juntado en medio de la polvareda de un mayo ya caluroso, por donde oyó al pasar un susurro mascullado:

—¡Quemaestablos!

Tampoco acertó a ver nada, pese a volverse sobre los talones; había una cara en medio de una bruma roja, como el halo de la luna, mayor que la luna llena, cuyo dueño de nuevo tenía la mitad de su tamaño, y saltó en medio de la bruma roja hacia ese rostro y no sintió el golpe, no sintió nada al darse de cabeza contra la tierra, levantándose veloz, de un salto, sin sentir tampoco entonces el golpe, sin sentir el sabor de la sangre en la boca, levantándose veloz, justo a tiempo de ver al otro muchacho, que se dio a la fuga a la vez que emprendía él la persecución y toparse con que la mano de su padre le impedía el paso, la voz fría, áspera, resonante por encima de él.

—Anda y sube a la carreta.

La carreta estaba en medio de las acacias y las moreras, al otro lado de la calle. Sus dos hermanas, grandullonas, endomingadas, así como su madre y la hermana de su madre, con sus vestidos de percal y sus capotas para guarecerse del sol, esperaban sentadas en la carreta, entre los penosos residuos de la docena de mudanzas, o acaso más, que hasta el chiquillo recordaba; el fogón destartalado, las camas y las sillas medio rotas, el reloj con incrustaciones de madreperla, que no funcionaba, parado a unos catorce minutos después de las dos de un día y una época apagados, olvidados, que formó parte de la dote de su madre. La madre lloraba, aunque en el momento en que lo vio se pasó la manga sobre la cara y empezó a bajar de la carreta.

—Estate quieta —dijo el padre.

—Se ha lastimado. Tengo que ir a por agua para lavarle…

—He dicho que te quedes quieta en la carreta —dijo el padre. También él subió, pero pasando por la trasera. Su padre se encaramó al pescante, en donde su hermano mayor ya estaba instalado, y arreó a las mulas flacas un par de fustazos salvajes con una vara de sauce pelada, aunque sin encono. Ni siquiera fue sádico; lo hizo exactamente con esa misma cualidad que en años venideros habría de provocar que sus descendientes revolucionasen el motor en exceso antes de poner el coche en marcha, acelerando y frenando al mismo tiempo. Arrancó la carreta mientras todos los presentes en el almacén, callados, salieron a mirar malencarados su partida y pronto quedaron atrás, hasta que los ocultó una curva del camino. «Para siempre —pensó—. A lo mejor ahora se da por contento, ahora que ya ha…» e interrumpió el pensamiento, que no llegó a formular del todo ni siquiera para sus adentros. Notó la mano de su madre en el hombro.

—¿Te duele? —le dijo.

—No, no es nada —dijo él—. Déjame en paz.

—Anda, límpiate un poco la sangre antes de que se seque.

—Ya me lavaré por la noche —dijo—. Déjame en paz. No es nada, en serio.

La carreta seguía la marcha. El chiquillo no sabía adónde se dirigían. Ninguno de ellos lo supo nunca, ni lo preguntó, siempre al final una casa, por llamarla de algún modo, que los esperaba al cabo de uno, dos e incluso tres días de viaje. Era probable que su padre ya hubiera acordado un empleo de aparcero en otra propiedad antes de… Tuvo que interrumpirse de nuevo. Él (el padre) siempre obraba igual. Algo tenía en su independencia e incluso en su valentía lobuna, al menos cuando la situación era si acaso paritaria, e incluso neutral, algo que impresionaba a los desconocidos, como si de su latente ferocidad de voraz depredador extrajeran no tanto una sensación de confianza cuanto, más bien, la percepción de que su feroz convicción en la rectitud de sus propios actos había de ser ventajosa para todo el que concurriese con sus intereses.

Acamparon esa noche en una arboleda, entre robles y hayas, por donde corría un arroyo. Las noches aún eran frescas y armaron una fogata para defenderse del frío, con una barandilla arrancada de una cerca que vieron en las inmediaciones y que cortaron en dos tramos, para armar una fogata pequeña, precisa, casi cicatera, una fogata ladina; esas fogatas eran las que su padre tenía por hábito y costumbre armar siempre, incluso cuando más inclemente era el frío. De haber sido mayor, el chiquillo podría haber reparado en ello y haberse preguntado por qué no armaba una fogata más grande, por qué un hombre que no sólo había presenciado el despilfarro y la extravagancia de la guerra, sino que también llevaba en la sangre una prodigalidad voraz e inherente a todo lo que fuera material, máxime si no era de su propiedad, no había echado al fuego todo lo que tuviera a la vista. Luego podría haber ido un paso más allá y haber pensado que ésa era la razón, que esa hoguera mísera era el fruto viviente de las noches que había pasado al raso durante aquellos cuatro años, en los bosques, escondiéndose de todos los hombres por igual, los de uniforme gris y los de uniforme azul, con sus reatas de caballos (caballos capturados, los llamaba él). Y de haber sido aún mayor acaso hubiese adivinado la razón: que el elemento del fuego hablaba y llegaba a tocar en lo más vivo algún resorte ubicado en lo más profundo del ser de su padre, tal como el elemento del acero o de la pólvora hablaba y llegaba a otros hombres, por ser el arma para la preservación de la integridad, sin la cual no valdría la pena seguir respirando, conservar el aliento, y que por tanto era preciso contemplar con respeto y utilizar con discreción.

Pero en esto no pensaba en esos momentos; había visto esas míseras fogatas durante toda su vida. Se limitó a zamparse la cena junto al fuego y casi se había adormilado ante la escudilla de peltre cuando su padre lo llamó y una vez más hubo de seguir la espalda envarada, la cojera implacable y envarada, y subir por la cuesta y llegar al camino que iluminaban las estrellas, donde al darse la vuelta vio la silueta de su padre recortada sobre las estrellas, sin rostro, sin profundidad, una silueta negra, plana, sin sangre en las venas, como si estuviese recortada en hojalata en los pliegues de hierro de la levita que no se había hecho para él, áspera la voz como la hojalata y sin calor ninguno, como la hojalata:

—A punto estuviste de soltarlo delante de todos ellos. A punto estuviste de decírselo —él no contestó. Su padre le soltó un sopapo con la palma de la mano en toda la mejilla, con fuerza, pero sin acalorarse, exactamente igual que había golpeado a las dos mulas delante del almacén, exactamente igual que golpearía a cualquiera de las dos para matar o espantar a una mosca, la voz áspera como la hojalata, y sin calor, como la hojalata—: Te estás haciendo un hombre. Tienes que ir aprendiendo. Has de aprender a ser fiel a los tuyos, a la sangre, porque si no te quedarás sin sangre a la que ser fiel. ¿Tú crees que alguno de ellos, alguno de los hombres que estaban allí esta mañana, es fiel a su sangre? ¿No te das cuenta de que lo único que querían era tener la posibilidad de pillarme, porque ya les había ganado yo por la mano? ¿No te enteras, o qué? —más adelante, veinte años más adelante, habría de decirse: «De haberle dicho yo que sólo querían justicia, que sólo querían saber la verdad, me hubiera vuelto a abofetear». Pero no dijo nada. Ni siquiera lloró. Se quedó en donde estaba—. Contéstame —dijo su padre.

—Sí —murmuró. Su padre se dio la vuelta.

—Vete a la cama. Mañana llegamos.

Y al día siguiente llegaron. A primera hora de la tarde, la carreta se detuvo ante una casa de dos habitaciones, sin pintar por fuera ni por dentro, casi idéntica a la docena de casas en las que se habían detenido antes, en los diez años de vida que tenía el chiquillo, y una vez más, como en esa docena de ocasiones, su madre y su tía bajaron y comenzaron a descargar la carreta, aunque las dos hermanas, como el padre y el hermano, no se habían movido.

—Seguramente, ni para criar cochinos vale —dijo una de las hermanas.

—Da igual —dijo su padre—. Tú la pones como debe estar, y ya veras cómo crecen los cochinos y hasta termina por gustarte. Sacad las sillas, ayudad a vuestra madre a descargar las cosas.

Bajaron las dos hermanas, grandullonas, bovinas, un remolino de adornos y cintas baratos; una de las dos sacó de la desordenada trasera de la carreta un farol abollado, y la otra una escoba vieja. Su padre dio las riendas al hijo mayor y comenzó a subir envarado a la rueda de la carreta.

—Cuando hayan descargado, te llevas a las mulas al establo y les das el heno —y siguió hablando, y al principio el chiquillo pensó que hablaba con su hermano—. Ven conmigo.

—¿Yo? —dijo.

—Sí —dijo su padre—. Tú.

—Abner —dijo su madre. Su padre se detuvo y se volvió a mirarla con ojos duros, planos, bajo las cejas boscosas, canosas, irascibles.

—Me parece que voy a tener que hablar un momento con el hombre que a partir de mañana, y durante ocho meses, va a ser dueño y señor de mi cuerpo y de mi alma.

Echaron a andar por el camino. Una semana antes, o en todo caso antes de la noche anterior, claro, le hubiera preguntado adónde iban, pero en ese momento no se lo preguntó. Su padre le había abofeteado con anterioridad, pero nunca, en ninguna ocasión se paró a explicarle el porqué. Era como si la bofetada y la voz que la sucedió en calma, aunque irritada, todavía resonasen, como si aún repercutiesen, por más que a él no le hablase de nada más que de la desventaja de ser joven, del peso escaso de sus pocos años, peso a lo sumo suficiente para impedir que volase y se librase del mundo, pero no tanto que le diese un sólido arraigo en ese mismo mundo, un lugar donde resistirse al mundo, donde fuera posible empeñarse en cambiar fuera como fuese el curso de los acontecimientos.

Vio entonces el robledal y los pocos cedros y los otros árboles en flor, los matojos tras los cuales habría de estar la casa, aunque la casa aún no la vio. Caminaban junto a un lado de la cerca, al otro lado de la cual se apiñaban la madreselva y las rosas silvestres, y así llegaron a una cancela abierta, entre dos pilares de ladrillo, y al cabo de una corta avenida vio por vez primera la casa, y en ese instante olvidó a su padre y olvidó a la vez el terror y la desesperanza, y ni siquiera al acordarse otra vez de su padre (que no se había parado) volvieron a hacer mella en él el terror y la desesperanza. Y es que a lo largo de las doce mudanzas previas habían residido en tierras pobres, en tierras de cultivos escasos, de campos pequeños, con pocos sembradíos, pocas casas, y jamás había visto una casa como aquélla. «Es más grande que un juzgado», pensó en silencio, con un repunte de paz, de alegría, cuya razón nunca hubiera sido capaz de traducir en palabras, pues era demasiado joven: Están a salvo de él. Las gentes cuyas vidas formen parte de esta paz, de esta dignidad, están fuera de su alcance; no pasará de ser él más que una avispa zumbona: capaz como mucho de picar un momento, pero nada más; el embrujo de esta paz y de esta dignidad da incluso a los graneros, a los establos, a los pesebres, algo que los protegerá de todas las malvadas llamas que sea él capaz de prender… todo lo cual, la paz, la alegría, se difuminó un instante cuando volvió a mirar la espalda envarada, la cojera envarada e implacable de la figura que no se había empequeñecido ante la casa, por la sencilla razón de que tampoco había sido mayor en ninguna otra parte, recortada sobre el fondo de las columnas serenas, y que ahora más que nunca tenía la cualidad inmune de algo cortado de forma despiadada en un trozo de hojalata, algo carente de hondura, como si, de costado al sol, ni siquiera sombra proyectase. Viéndolo, el chiquillo reparó en el rumbo absolutamente preciso que había tomado su padre, y vio su pie envarado plantarse en una bosta reciente, un cagallón que un caballo había dejado en la avenida, y que su padre podría haber esquivado con un simple cambio de paso. Pero se difuminó tan sólo un momento, por más que eso tampoco pudiera haberlo formulado él con palabras, al adentrarse en el embrujo de la casa, que pudo codiciar sólo sin envidia, sin pesar, nunca, desde luego, con esa ira rabiosa y celosa que, sin que él la conociera, caminaba enfundada en la levita negra, férrea, que avanzaba pocos pasos por delante de él: «Es posible que a él también le llegue. Es posible que ahora cambie y deje de ser el que tal vez no puede no ser».

Cruzaron el pórtico de entrada. Oyó entonces los pasos envarados de su padre, sus pisadas sobre la tarima, con una determinación de reloj, con una resonancia despareja de toda proporción con el desplazamiento del cuerpo que portaban, y que tampoco se empequeñecieron ante la puerta blanca que tenía delante, como si hubiese alcanzado una suerte de mínimo emponzoñado y rabioso, la resolución de no empequeñecerse jamás ante nada, el sombrero plano, de ala ancha, negro, la levita de paño que fue negra una vez, pero que ya tenía esos visos lustrados por la fricción, verdosos, que asoman en los cuerpos de las moscas comunes, la manga recogida, demasiado larga, la mano en alto, como una garra curvada. Se abrió la puerta tan pronto que el chiquillo comprendió que el negro seguramente los estuvo mirando en todo momento, un negro ya mayor, con el cabello crespo, bien cortado, con una chaqueta de lino, que les impedía el paso plantado en la puerta.

—Límpiense los zapatos, señores blancos, antes de entrar. El comandante ahora no está en la casa para nada.
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