Publicados por primera vez en español, este libro recoge cuarenta y dos relatos escogidos por el propio autor, historias que posteriormente se convertirían en




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—Quítate de en medio, negro —dijo su padre sin acalorarse, abriendo la puerta del todo, apartando al negro, entrando, sin haberse quitado el sombrero. Y el chiquillo vio entonces las huellas que había dejado el pie cojo del padre junto a la jamba y las vio reaparecer en la pálida alfombra de la entrada, tras la maquinal resolución del pie, que parecía soportar (o transmitir) el doble del peso que desplazaba el cuerpo. El negro se puso a gritar a sus espaldas.

—¡Señorita Lula! ¡Señorita Lula!

Y entonces el chiquillo, como si lo inundase del todo una cálida acometida, la suave curvatura de una escalera alfombrada, el rebrillo de las arañas que colgaban del techo, el relumbre opaco de los marcos dorados, oyó la agilidad de los pasos y también la vio, una señora como tal vez jamás hubiese visto, enfundada en un vestido gris, liso, con encajes en el cuello, y un delantal atado a la cintura, remangada, limpiándose las manos de los restos de masa pastelera, con un trapo, a la vez que entraba en el vestíbulo, sin mirar a su padre, atenta e incrédula a las huellas que había dejado en la rubia alfombra, con una expresión de asombro, de incredulidad.

—Traté de impedirle… —exclamó el negro—. Ya le dije que no…

—¿Tendrá usted la bondad de marcharse? —dijo ella con voz temblorosa—. El comandante De Spain no se encuentra en la casa. ¿Quiere hacer el favor de marcharse?

Su padre no había vuelto a decir nada. No volvió a decir nada. Ni siquiera la miró. Se quedó envarado en medio de la alfombra, con el sombrero puesto, las cejas boscosas, entrecanas, levemente agitadas sobre los ojos de color guijarro, al tiempo que parecía examinar la casa con breve determinación. Con esa misma determinación se dio la vuelta; el chiquillo lo vio girar en redondo sobre su pierna buena y vio el pie cojo trazar el arco del giro, dejando un último y desdibujado manchurrón en la alfombra. Su padre no lo llegó a mirar, no bajó nunca los ojos a la alfombra.

El negro sostuvo la puerta abierta. Se cerró tras ellos, sobre el histérico, indistinguible gemido de la mujer. Su padre se plantó en el primero de los peldaños, contra el canto del cual se limpió las suelas de las botas. En la cancela paró de nuevo. Se quedó quieto un momento, plantado, envarado, sobre el pie cojo, y miró a la casa.

—Qué blanquita, qué bonita, ¿no te parece? —dijo—. Eso sí es sudar. Sudar de negro, claro. A lo mejor todavía no es todo lo blanca que él quisiera. A lo mejor, lo que quiere es añadirle a la mezcla un poco de sudor de blanco.

Dos horas después, el chico estaba cortando leña detrás de la casa en la que su madre y su tía y las dos hermanas (la madre y la tía, no las dos hermanas; de eso estaba seguro; incluso a tanta distancia, y asordinadas por las paredes, las voces altas, llanas, de las dos chicas diseminaban la incorregible inercia de la pereza) estaban atizando el fogón para preparar una cena, y entonces oyó el ruido de los cascos y vio al hombre del traje de lino, que llegó a lomos de una yegua espléndida, alazana, y al cual reconoció antes de ver incluso la alfombra enrollada delante del negro joven que lo seguía en un caballo pinto, de tiro, un rostro colérico y colorado que se fue desvaneciendo a galope tendido al doblar la esquina de la casa en la que su padre y su hermano se habían sentado en las dos sillas cojas; pasado un instante, sin tiempo siquiera para dejar el hacha en el suelo, oyó de nuevo los cascos y vio a la yegua alazana salir del terreno, de nuevo a galope tendido. Su padre llamó entonces por su nombre de pila a una de las hermanas, que en ese momento salió de espaldas por la puerta de la cocina, arrastrando la alfombra enrollada por el suelo, tirando de una punta, mientras la otra hermana caminaba tras ella.

—Si no me vas a echar una mano, ve a poner la perola para lavar —dijo la primera.

—¡Eh, Sarty! —dijo la segunda—. ¡Ve a poner la perola para lavar!

Su padre apareció en la puerta, enmarcado por todo ese desaliño, tal como lo estuvo con la perfección blanda de la otra puerta, e impermeable a una y a la otra, la cara de la madre asomada, ansiosa, por encima de su hombro.

—Ve —dijo el padre—. Recógela.

Las dos hermanas se quedaron quietas, anchas las dos, aletargadas; agachándose, presentaron a sus ojos una increíble superficie de tela pálida, un aleteo de cintas de dudoso gusto.

—Si tuviera yo en tanta estima una alfombra y la hubiera traído desde Francia, no la pondría allí donde todo el mundo tiene que pisotearla —dijo la primera. Levantaron la alfombra entre las dos.

—Abner —dijo la madre—. Deja que yo me ocupe.

—Tú vete a preparar la cena —dijo su padre—. De esto me ocupo yo.

Desde donde se amontonaba la leña los miró el chiquillo durante el resto de la tarde, la alfombra extendida sobre el polvo, junto a la perola en la que hervía el agua para lavar, las dos hermanas trajinando alrededor del fuego con esa profunda, aletargada reticencia, mientras el padre se acercaba a la una y a la otra, implacable y malencarado, instándolas a que cumplieran la faena pendiente, aunque sin levantar nunca la voz. Le llegaba el olor de la tosca lejía casera que estaban empleando; vio a su madre salir a la puerta una vez, la vio mirarlas con una expresión no de angustia, aunque muy cercana a la desesperanza; vio a su padre darse la vuelta, y volvió a empuñar el hacha y por el rabillo del ojo vio a su padre tomar del suelo un fragmento plano de una piedra, lo vio examinarla y regresar a la perola, y esta vez fue su madre la que habló:

—Abner. Abner. Por favor, no lo hagas. Por favor te lo pido, Abner.

Y terminó entonces su cometido. Había empezado a anochecer; habían empezado a trinar los chotacabras. Le llegó el olor del café desde la habitación en la que poco después iban a terminarse los restos fríos de lo que habían comido a media tarde, aunque cuando entró en la casa se dio cuenta de que estaban tomando café otra vez seguramente porque había un fuego en el hogar, un fuego ante el cual estaba extendida la alfombra sobre los respaldos de las dos sillas. Habían desaparecido las huellas que dejó su padre. En su lugar eran visibles unas excoriaciones largas, como nubes de tormenta, que recordaban el trayecto esporádico de una segadora liliputiense.

Siguió allí colgada mientras despacharon los restos de comida fría, y cuando se fueron a la cama, dispersándose sin orden ni concierto por las dos habitaciones, su madre tendida en una de las camas, en la que había de dormir más tarde su padre, el hermano mayor en la otra, y la tía, las hermanas y él mismo repartidos en jergones, en el suelo. Pero su padre aún no se había acostado. Lo último que iba a recordar el chiquillo era la silueta sin hondura, tosca, con el sombrero y la levita, inclinándose sobre la alfombra, y le pareció que no había cerrado siquiera los ojos cuando la silueta se situó por encima de él, el fuego casi del todo apagado a su espalda, el pie envarado, azuzándole para que despertara.

—Ve a buscar la mula —dijo su padre.

Cuando volvió con el animal su padre estaba de pie en medio de la puerta a oscuras, la alfombra enrollada al hombro.

—¿No piensas montar? —dijo.

—No. Dame el pie.

Dobló la rodilla colocándola en la mano de su padre, y la fuerza nervuda, sorprendente, fluyó sin estorbos, alzándose y alzándose él con ella, hasta caer sobre el lomo sin ensillar de la mula (una vez tuvieron una silla de montar; el chiquillo lo recordaba bien, aunque no recordase ni cuándo ni dónde), y con la misma fuerza, sin mayor esfuerzo, su padre echó la alfombra delante de él. A la luz de las estrellas volvieron sobre los pasos que habían dado por la tarde, por una senda polvorienta y repleta de madreselvas, hasta atravesar la cancela y enfilar el negro túnel de la avenida que conducía a la casa sin iluminar, donde, a horcajadas de la mula, percibió la áspera curvatura de la alfombra pasar sobre sus muslos y desaparecer.

—¿No quieres que te eche una mano? —susurró. Su padre no respondió nada, y él oyó en ese momento los pasos envarados y secos en la oquedad del pórtico, los oyó resonar con esa intencionalidad de madera, como un reloj, la insultante exageración del peso que portaba. La alfombra, dejada caer a plomo, pero no arrojada de cualquier manera (el chiquillo se dio cuenta de que fue así a pesar de la oscuridad), cayó del hombro de su padre y golpeó el ángulo que formaban la pared y el suelo haciendo un ruido increíblemente atronador, ensordecedor, y luego oyó de nuevo los pasos, pasos sin prisa, descomunales; se encendió una luz en la casa y el chiquillo permaneció en tensión, respirando agitado, en silencio, presuroso, aunque no fue en aumento el ritmo de los pasos al descender ahora los peldaños, que fue cuando el chiquillo lo vio.

—¿No quieres montar ahora? —susurró—. Ahora podemos montar los dos —y la luz de la casa se alteró, ganando intensidad primero, mermando después. «Ahora está bajando las escaleras», pensó. Ya había llegado con la mula hasta pasar el poyo donde se ataban los caballos; en ese momento su padre se encontró tras él y dobló las riendas para azotar a la mula en el cuello, pero antes de que el animal pudiera arrancarse a trotar apareció tras él un brazo delgado, duro, una mano dura, nudosa, que sofrenó a la mula para que fuese al paso.

Con los primeros rayos rojizos del sol estaban ya en la parcela, enjaezando con los aperos de labrar a las mulas. Esta vez la yegua alazana llegó antes de que la oyese, el jinete sin cuello de la camisa e incluso sin sombrero, tembloroso, hablando con una voz estremecida, como hizo la mujer de la casa, mientras su padre se limitaba a mirarlo una sola vez antes de inclinarse de nuevo sobre la collera de la mula que estaba sujetando, de modo que el hombre montado en la yegua le habló a la espalda:

—Más le vale entender que ha echado a perder esa alfombra. ¿Es que no había aquí nadie, ninguna de sus mujeres, que…? —pero calló, tembloroso aún, mientras el chiquillo lo miraba y el hermano mayor se apoyaba en el quicio de la puerta del establo, mascando tabaco, parpadeando despacio, sin cesar, sin mirar aparentemente nada de lo que tuviera delante—. Costó cien dólares. Pero usted jamás ha tenido cien dólares juntos. Jamás los tendrá. Por eso le voy a cobrar veinte fanegas sobre lo que coseche. Lo añadiré a su contrato, y cuando se llegue al almacén a comprar sus cosas ya lo firmará. No creo que sirva para que se tranquilice del todo la señora De Spain, pero a lo mejor así aprende usted a limpiarse los zapatos antes de entrar en su casa.

Y se marchó. El chiquillo miró a su padre, que aún no había dicho ni palabra, tal como tampoco se volvió a mirar al otro, mientras seguía ajustando las correas en la collera.

—Papá —dijo. Su padre lo miró con rostro inescrutable, las cejas boscosas bajo las que brillaban con frialdad los ojos grises. De pronto, el chiquillo fue hacia él muy deprisa, deteniéndose con la misma brusquedad con que arrancó—. ¡Lo hiciste lo mejor que podías! —exclamó—. Si quería que se hiciera de otra forma, ¿por qué no esperó a decirte cómo tenía que ser? ¡No se va a llevar veinte fanegas! ¡No se va a llevar ninguna! ¡Cuando cosechemos, lo escondemos! Yo montaré guardia para…

—¿Has puesto el tajo en el arado tal como te dije?

—No, señor —dijo.

—Pues ve a hacerlo ahora.

Eso fue el miércoles. Durante el resto de la semana trabajó sin descanso en todo lo que estaba a su alcance y en algunas tareas a las que no alcanzaba, y trabajó con tanto afán que no fue menester azuzarle ni darle las órdenes dos veces; era algo que había heredado de su madre, con la sola diferencia de que al menos parte de lo que hacía sí le agradaba hacerlo, como era cortar la leña con el hacha de tamaño reducido que su madre y su tía le habían regalado por Navidad tras ahorrar el dinero a saber cómo o ganarlo de alguna manera. En compañía de las dos mujeres mayores (y una de las tardes también con una de las hermanas), construyó corrales para el lechón y la vaca que se les habían cedido de acuerdo con las estipulaciones del contrato que tenía su padre con el dueño de las tierras, y una tarde en que estaba ausente su padre, que se había marchado a alguna parte con una de las mulas, fue incluso al sembrado.

Estaban arando una franja de contención en el medio del sembrado, su hermano con el arado vertical mientras él llevaba las riendas y caminaba junto a la mula, que tiraba con fuerza del apero, la tierra negra, fértil, fresca y húmeda en los tobillos, que llevaba sin proteger, y entonces pensó: «A lo mejor esto es el final. A lo mejor hasta esas veinte fanegas que parecen un precio excesivo por una simple alfombra, y difíciles de ganar además, sean poca cosa si sirven para que él deje de ser de una vez por todas lo que ha sido hasta ahora»; pensaba, soñaba, tanto que su hermano tuvo que llamarle la atención desde detrás de la mula, para que no se distrajera: «A lo mejor ni siquiera recoge esas veinte fanegas. A lo mejor todo se suma y todo cuadra y termina por no contar: el maíz, la alfombra, el fuego; el terror y el pesar, el andar desgarrado por un lado y por otro, como si tirasen por su cuenta dos yuntas… a lo mejor desaparece todo y todo acaba de una vez por todas».

Llegó entonces el sábado; miró desde detrás de la mula que tenía aparejada y vio a su padre con la levita negra y el sombrero.

—No, ésa no —dijo su padre—. Los aparejos de la carreta.

Y dos horas más tarde, sentado en la carreta a espaldas de su padre y de su hermano, que iban en el pescante, vio a las mulas trazar una última curva y vio el almacén maltratado por el tiempo, de madera sin pintar, con sus carteles andrajosos, anuncios de medicamentos, de tabaco, y las carretas y los animales ensillados y atados ante el porche. Subió los carcomidos peldaños detrás de su padre y su hermano y volvió a encontrarse con la calle que formaban los rostros callados y atentos, la calle por la cual tuvieron que caminar los tres. Vio al hombre de las gafas sentado ante una mesa sin desbastar y no tuvo necesidad de que nadie le dijera que era el juez de paz; dedicó una mirada desafiante, feroz, exultante, enconada, al hombre que esta vez vestía con cuello duro y corbata de lazo, el hombre al que había visto tan sólo dos veces en toda su vida, y al que montaba un caballo al galope, que ahora aparecía con una expresión no de rabia, sino de pasmada incredulidad, del cual jamás pudiera haber sabido el chiquillo que se encontraba en la inverosímil situación de verse denunciado por uno de sus arrendatarios, y se plantó junto a su padre antes de gritarle a la cara al juez:

—¡Él no ha sido! ¡Él no ha quemado…!

—Vuelve a la carreta —dijo su padre.

—¿Quemar? —dijo el juez—. ¿Debo entender que la alfombra también se quemó?

—¿Hay alguien aquí que lo afirme? —dijo su padre—. Vuelve a la carreta.

Pero no lo hizo, y tan sólo se retiró a la parte posterior del almacén, tan atestado de gente como lo estuvo en su día aquel otro, sólo que esta vez no se sentó, prefiriendo en cambio permanecer de pie entre los cuerpos inmóviles de los presentes, atento a las voces:

—¿Y afirma usted que veinte fanegas de maíz son un precio demasiado elevado por los daños que causó usted en esa alfombra?

—Él me trajo la alfombra y dijo que quería que lavara las huellas. Yo lavé las huellas y le devolví la alfombra.

—Pero no le llevó la alfombra en las mismas condiciones en que se encontraba antes de ensuciarla con sus huellas.

Su padre no respondió, y acaso durante medio minuto no se oyó un solo ruido, salvo las respiraciones, algún suspiro tenue, de total y absoluta atención.

—¿Declina usted responder a esto último, señor Snopes?

Su padre tampoco contestó.

—Encontraré pruebas que lo condenen, señor Snopes. Encontraré lo que haga falta para demostrar que es usted responsable de los destrozos causados en la alfombra del comandante De Spain, y que debe usted responder de esos perjuicios. Pero entiendo que veinte fanegas de maíz son un precio algo excesivo si lo ha de pagar un hombre que se encuentre en sus circunstancias. El comandante De Spain afirma que la alfombra costó cien dólares. El maíz cosechado en octubre tendrá un valor en torno a los cincuenta centavos. Considero que si el comandante De Spain es capaz de afrontar la pérdida de noventa y cinco dólares por algo que pagó en dinero contante y sonante, usted es capaz de afrontar una pérdida de cinco dólares que todavía no ha ganado. Le tengo a usted por causante de los perjuicios sufridos por el comandante De Spain y le condeno a pagar la cantidad de diez fanegas de maíz por encima de la cantidad estipulada en el contrato que a usted lo vincula con él, y que dicha cantidad se le abone en la época de la cosecha. Se aplaza la vista.
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