Publicados por primera vez en español, este libro recoge cuarenta y dos relatos escogidos por el propio autor, historias que posteriormente se convertirían en




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La verdad es que apenas había transcurrido el tiempo, la mañana casi ni siquiera había empezado. Pensó que iban a regresar a la casa y tal vez a la parcela, puesto que iban bastante atrasados, muy por detrás de otros agricultores en las faenas propias de la estación. Pero su padre en cambio pasó por detrás de la carreta, indicando con un solo gesto de la mano que el hermano mayor lo siguiera, y cruzó la calle para ir a la herrería de enfrente, y él fue detrás de su padre, lo alcanzó y le habló dirigiéndose al semblante áspero, en calma, bajo el sombrero ajado por la intemperie:

—Tampoco se quedará con las diez fanegas. Ni siquiera con una se quedará. Ya verás… —hasta que su padre lo miró durante un instante, el rostro absolutamente en calma, las cejas boscosas y enmarañadas sobre los ojos fríos, la voz casi agradable, casi amable:

—¿A ti te lo parece? Bueno. De todos modos, habrá que esperar a octubre.

La cuestión de la carreta —había que reparar un par de radios y había que reforzar alguna de las llantas— tampoco llevó apenas tiempo; el asunto de las llantas se resolvió llevando la carreta a la fuente que había detrás de la herrería y dejándola allí mientras las mulas hocicaban el agua de cuando en cuando y el chiquillo permanecía en el pescante con las riendas en la mano, mirando la rampa de ascenso y el túnel lleno de hollín del cobertizo, en el que resonaba el lento martillar del herrero, sentado su padre en un tocón de ciprés, charlando o escuchando, sentado aún cuando el chiquillo sacó la carreta empapada de la fuente y la detuvo ante la puerta.

—Llévate a las mulas a la sombra y las amarras —dijo su padre.

Él así lo hizo y regresó con él. Su padre, el herrero y un tercer hombre estaban acuclillados al otro lado de la puerta y hablaban de cosechas y animales; el chiquillo, acuclillado también sobre el polvo que desprendía un olor a amoníaco, entre los recortes de los cascos al herrar y las escamas de herrumbre, oyó a su padre contar una larga historia, sin ninguna prisa, sobre los tiempos anteriores a que naciera el hermano mayor, antes incluso de la época en que fue tratante profesional de caballos. Y entonces su padre se acercó a donde estaba él sentado, bajo un andrajoso cartel que anunciaba el circo del año anterior, al otro lado del almacén, mirando embelesado los caballos de color escarlata, las increíbles poses y evoluciones de muslos y tules, las muecas pintarrajeadas de los payasos.

—Es hora de comer —le dijo.

Pero no había de ser en casa. Sentado junto a su hermano, contra la pared de la entrada, vio a su padre salir del almacén con una bolsa de papel y sacar de ella un trozo de queso que con ayuda de su navaja de bolsillo dividió con detenimiento, con todo cuidado, en tres partes; después, sacó unas galletas saladas de la misma bolsa. Los tres tomaron asiento en el porche y comieron despacio, sin hablar de nada; de vuelta al almacén bebieron con una taza de peltre un agua tibia que olía a la madera de cedro del pozal y a los abedules. Y tampoco entonces emprendieron el camino de vuelta a la casa. Esta vez acudieron a un cercado donde había unos caballos, una cerca alta, a lo largo de la cual los hombres estaban o de pie o sentados, y por cuya cancela iban sacando uno a uno los caballos para que anduvieran primero al paso y luego al trote, y después con un trote largo por el camino, mientras se sucedían despacio los regateos y las compraventas y el sol comenzaba a caer sesgado por el oeste, atentos los tres a lo que estaba ocurriendo, el hermano mayor con los ojos enturbiados y la constante masticación con el tabaco en la boca, el padre comentando de cuando en cuando algún detalle sobre alguno de los animales, aunque sin dirigirse a nadie en particular.

Fue después de ponerse el sol cuando llegaron a la casa. Se tomaron la cena a la luz de un farol, y sentándose después en el quicio de la puerta el chiquillo contempló cómo llegaba la noche a su plenitud sin dejar de escuchar los trinos de los chotacabras y el croar de las ranas, cuando de pronto oyó la voz de su madre:

—¡Abner! ¡No! ¡No! Oh, Dios mío… Dios mío… ¡Abner! —y se puso en pie, se volvió en redondo y vio la luz alterada por la puerta, en donde el cabo de una vela ardía en el cuello de una botella, sobre la mesa, y su padre, todavía con la levita y el sombrero, a un tiempo serio y burlón, como si se hubiera vestido con todo esmero para la comisión de un acto de violencia tan torpe como ceremonial, vaciaba el resto del combustible del farol en la lata de queroseno, de cinco galones, con la cual lo había llenado, al tiempo que la madre le tiraba del brazo y él se cambió el farol de mano y la apartó de un empellón, no con maldad, no con encono, sólo con fuerza, contra la pared, donde fue a dar con las manos bien separadas para paliar el golpe y no perder el equilibrio, la boca abierta, en el rostro la misma expresión de desesperanza que había resonado en su hilillo de voz. Entonces su padre lo vio de pie en la puerta.

—Ve al establo y vuelve con esa lata de aceite con la que engrasamos la carreta —dijo. El chiquillo no se movió. Tardó unos segundos en sentirse capaz de hablar.

—¿Qué…? —gritó—. ¿Qué estás pens…?

—He dicho que vayas a buscar esa lata de aceite —dijo su padre—. Ahora mismo.

Y empezó a moverse, echó a correr, alejándose de la casa, hacia el establo: por puro hábito contraído desde antiguo, por la sangre que desde antiguo corría por sus venas y que nunca se le permitió elegir, la sangre que le fue legada velis nolis, y que durante tantos años había corrido (y a saber por dónde, cebándose a saber cómo y en qué ultrajes, salvajadas y lujurias) antes de llegar a él. «Podría seguir adelante —pensó—. Podría seguir corriendo y no dejar de correr y nunca más volver a mirar atrás y no verle la cara jamás. Sólo que no puedo. No puedo», ya con la lata oxidada en la mano, meneándose el líquido en su interior cuando volvió corriendo a la casa y entró, se encontró con el soniquete de los sollozos de su madre en la habitación de al lado, y entregó la lata a su padre.

—¿Y ni siquiera vas a mandar a un negro? —exclamó—. ¡Al menos la última vez mandaste a un negro!

Esta vez su padre no le soltó una bofetada. La mano llegó aún antes que aquella bofetada, la misma mano con la que había dejado la lata en la mesa con un cuidado casi exquisito, que en un visto y no visto voló de la lata hacia él, tan veloz que ni siquiera la siguió, sujetándolo por el pescuezo, por el cuello de la camisa, y poniéndolo de puntillas antes de que le viese dejar la lata, el rostro inclinado sobre él con una ferocidad helada, sin aliento, la voz fría, muerta, hablando por encima de él con el hermano mayor, que estaba apoyado sobre la mesa, mascando tabaco con ese curioso movimiento constante y lateral con que rumian las vacas:

—Vierte lo que hay en la lata grande y vámonos. Yo te alcanzo.

—Mejor sería atarlo a los pies de la cama —dijo el hermano.

—Haz lo que te he dicho —dijo el padre.

El chiquillo empezó a moverse entonces, la camisa arrugada y la mano dura y huesuda entre las paletillas, rozando el suelo con los pies al atravesar la habitación y entrar en la otra, pasando por delante de las hermanas que estaban sentadas con los muslos robustos y gruesos, y bien separados, en las dos sillas, frente al hogar donde se había enfriado la ceniza, y llegar a donde estaban la madre y la tía sentadas una junto a la otra, en la cama, la tía rodeando con ambos brazos los hombros de la madre.

—Sujétalo —dijo el padre. La tía hizo un gesto de sobresalto—. Tú no —dijo el padre—. Sujétalo tú, Lennie. Que no se mueva. Quiero que lo sujetes ahora mismo —su madre lo tomó por la muñeca—. No, así no. Tiene que estar mucho mejor sujeto. Si se suelta, ¿no sabes lo que va a hacer? Seguro que va para allá —y señaló con un gesto de la cabeza la senda de la casa—. A lo mejor más me vale atarlo.

—Yo lo sujeto —susurró su madre.

—Pues que yo te vea hacerlo.

El padre desapareció acto seguido, la pierna envarada en la que cargaba todo su peso y más incluso en los tablones de la entrada, hasta que por fin cesó. Él comenzó a resistirse. Su madre lo cogió con ambos brazos mientras él se debatía y se resistía. Al final terminaría por ser más fuerte él, eso lo sabía de sobra, pero tampoco tenía tiempo que perder esperando al final.

—¡Suéltame! —gritó—. ¡No me obligues a pegarte!

—Suéltalo —dijo la tía—. Si no va él, por Dios te juro que terminaré yendo yo.

—¿No ves que no puedo? —exclamó su madre—. ¡Sarty! ¡Sarty! ¡No! ¡No! ¡Ayúdame, Lizzie!

Y se soltó en ese momento. La tía lo sujetó en el último instante, pero ya era demasiado tarde. Se volvió en redondo, inició la carrera, su madre trastabilló y cayó de rodillas delante de él, gritando a la hermana más cercana de las dos:

—¡Píllalo, Net! ¡No dejes que se vaya!

Pero también eso llegó demasiado tarde, pues la hermana (las dos hermanas eran gemelas, habían nacido a la vez, aunque ninguna de las dos dio en ese momento la impresión de serlo, pues abarcaban tanta carne viviente, tanto volumen, tanto peso como cualesquiera otros dos miembros de la familia) ni siquiera había empezado a levantarse de la silla, la cabeza, la cara tan sólo vuelta hacia allá, atenta a él en ese fugaz instante de asombro y presentándole una asombrosa amplitud de rasgos de juventud y de mujerío, impertérritos ante cualquier sorpresa, con una expresión a lo sumo de interés bovino por lo que acontecía. Así salió de la habitación y salió de la casa, en medio del polvo y del calor escaso de la senda que iluminaban las estrellas, en la pesadumbre con que maduraba la madreselva, la pálida cinta del camino devanándose con terrible lentitud bajo sus pies veloces, hasta alcanzar por fin la cancela y entrar veloz, a todo correr, con el martilleo de la cabeza y de los pulmones, por la avenida que conducía a la casa iluminada, a la puerta iluminada. No llamó, sino que entró de sopetón, jadeando y sin aliento, incapaz de decir nada; vio la cara del negro de la chaqueta de lino, sus rasgos en los que se pintaba el asombro, sin saber siquiera en qué momento había entrado el negro.

—¡De Spain! —gritó jadeando—. ¿Dónde es…? —y vio que el blanco salía al vestíbulo por una puerta blanca—. ¡El establo! —gritó—. ¡El establo!

—¿Cómo? —dijo el blanco—. ¿El establo?

—¡Sí! —exclamó el chiquillo—. ¡El establo!

—¡Atrápalo! —gritó el blanco.

Pero también esta vez fue demasiado tarde. El negro lo sujetó por la camisa, pero la manga entera, podrida de tantos lavados, se desprendió del todo y salió por la puerta y se encontró de nuevo en la avenida, y en realidad nunca dejó de correr, ni siquiera cuando se hartó de gritarle a la cara al blanco.

A su espalda oyó los gritos del blanco:

—¡Mi caballo! ¡Que me traigan el caballo! —y por un instante pensó en alcorzar por la parcela y saltar la cerca para salir a la senda, pero desconocía cómo era la parcela, desconocía si la cerca, con toda la maleza que se hubiese acumulado, podría tener una altura asequible, y no quiso correr el riesgo. Así pues, echó a correr por la avenida, oyendo el rugir constante de su sangre, de su respiración; llegó entonces a la senda, aunque no acertó a verla. Tampoco oyó nada: la yegua al galope lo alcanzó antes de que la oyese, y a pesar de todo mantuvo el rumbo de su carrera, como si la urgencia misma de su pena y su necesidad desbocadas en cualquier momento pudiera darle alas, esperando hasta el ultimísimo instante para hacerse a un lado y lanzarse a la cuneta, llena de zarzas, cuando el caballo pasó atronador a su lado y siguió de largo, silueteado durante un solo momento sobre las estrellas, el tranquilo cielo de comienzos del verano en plena noche, que antes incluso de que se desvanecieran del todo la forma del caballo y su jinete se manchó bruscamente, violentamente, hacia arriba: un rugido prolongado, arremolinado, increíble, insonoro, que tapó del todo las estrellas cuando él saltó de nuevo a la senda y echó a correr de nuevo, sabedor de que ya era demasiado tarde, si bien siguió corriendo, hasta después incluso de haber oído el disparo y, al cabo de un momento, otros dos disparos, deteniéndose entonces sin saber si había parado o no.

—¡Papá! ¡Papá! —gritó echando a correr de nuevo antes de saber si había echado a correr o no, tropezando con algo, levantándose a duras penas, reanudando la carrera que no había interrumpido, mirando atrás, por encima del hombro, hacia el resplandor, corriendo como un poseso entre los árboles invisibles, entre jadeos, entre sollozos—. ¡Padre! ¡Padre!

A medianoche estaba sentado en la loma de un cerro. No supo que era medianoche y no supo hasta dónde había llegado. Pero ya no había ningún resplandor tras él, y se sentó de espaldas hacia aquello que había llamado su hogar desde cuatro días antes, la cara vuelta hacia la oscuridad del bosque en el que iba a adentrarse cuando recobrase el aliento, menudo, tembloroso en la fría oscuridad, abrazándose al resto de su camisa fina, podrida, la tristeza y la desesperanza ya sin ser terror ni miedo, sólo tristeza y desesperanza. «Padre. Mi padre», pensó.

—¡Era un valiente! —exclamó de pronto en voz alta, pero apenas poco más que un susurro—: ¡Era un valiente! ¡Estuvo en la guerra! ¡Estuvo con la caballería del coronel Sartoris! —sin saber que su padre había ido a aquella guerra en calidad de soldado particular, en el viejo y hermoso sentido que la palabra tenía en Europa, sin llevar uniforme, sin admitir autoridad ninguna, sin prestar lealtad a nadie, ni ejército ni bandera, yendo a la guerra como fue Mambrú, pues el botín nada significaba para él, así fuera arrancado al enemigo o suyo.

Las lentas constelaciones giraban según su curso. Había de amanecer y aún había de ascender el sol y tendría hambre. Pero eso sería al día siguiente, y en ese momento tan sólo tenía frío, y apretar a caminar sería buen remedio. Su respiración era más sosegada, y decidió ponerse en pie y seguir adelante, y descubrió entonces que se había dormido, porque supo que pronto iba a rayar el alba, ya casi terminada la noche. Lo supo por el trino de los chotacabras. Se les oía por doquier entre los árboles oscuros, abajo, constantes y sin flexiones y sin descanso, de manera que, al acercarse el instante en que cederían ante las aves diurnas, ya no había intervalos entre los trinos. Se puso en pie. Estaba entumecido, pero apretar a caminar sería buen remedio, como lo sería para el frío, y pronto habría de salir el sol. Bajó por la cuesta hacia la oscuridad del bosque dentro de la cual las voces líquidas y argentinas de las aves llamaban sin cesar al rápido y apremiante palpitar de la mañana en el corazón apremiante y coral de la noche de primavera que ya terminaba. No volvió la vista atrás.[*]

Un tejado para la casa del Señor

Papá se levantó más de una hora antes de que fuese de día y agarró la mula y bajó hasta casa de Killegrew a pedirle prestado el escoplo y el mazo. Tendría que haber estado de vuelta, con todo, en tres cuartos de hora. Pero había salido el sol y ya había ordeñado yo a las vacas y les había echado el pienso y me estaba desayunando cuando él volvió, con la mula no sólo babeando espuma, sino a punto de derrengarse.

—La caza del zorro —dijo—. La dichosa caza del zorro, hay que ver. Un hombre de setenta años, con los dos pies metidos en la tumba, y una de las dos piernas hasta el corvejón, que va y se pasa la noche entera acuclillado en el monte y haciendo como que de lejos oye las carreras de los demás en pos de un zorro que no acertaría a oír a menos que se plantasen justo en el mismo tronco en que estuviera sentado y se lo dijeran a gritos por la trompetilla. Anda, dame el desayuno —le dijo a mamá—. Whitfield está ahí plantado justo ahora mismo, a horcajadas del árbol que han talado para hacer tablones y tejas, con el reloj en la mano.

Y vaya si estaba. Pasamos de largo por delante de la iglesia y no sólo estaba aparcado el autobús del colegio que conducía Solon Quick, sino también la yegua vieja del reverendo Whitfield. Amarramos la mula a un retoño y colgamos la lonchera de una rama, y mientras papá llevaba el escoplo y el mazo y las cuñas de Killegrew y yo llevaba el hacha, bajamos hasta el árbol talado para hacer tablones o tejas, donde Solon y Homer Bookwright, con los escoplos y los mazos y las cuñas, se habían sentado en dos tocones, y Whitfield estaba allí plantado como un pasmarote, ya lo dijo papá, con la camisa almidonada, el sombrero negro, los pantalones negros, la corbata negra, con el reloj en la mano. Era un reloj de oro, y con el sol de la mañana parecía grande como un calabacín maduro.
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