Publicados por primera vez en español, este libro recoge cuarenta y dos relatos escogidos por el propio autor, historias que posteriormente se convertirían en




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—Llegas tarde —dijo.

Así que papá volvió a contar que el Viejo Killegrew se había pasado la noche entera liado con lo de la caza del zorro, y que no encontró en su casa a nadie que le prestara el escoplo, pues sólo estaban la señora Killegrew y la cocinera. Como es natural, la cocinera no quiso prestarle ninguna de las herramientas de Killegrew, y la señora Killegrew estaba aún más sorda que el Viejo Killegrew. Si uno entrase a todo correr y le dijera que ardía la casa, se quedaría como estaba, en la mecedora, y diría que ya se lo parecía a ella, a menos que le diera por hartarse a pegar gritos a la cocinera para que soltase a los perros sin darte siquiera tiempo de abrir la boca.

—Podrías haber ido ayer a pedir prestado el escoplo —dijo Whitfield—. Sabes desde hace más de un mes que nos tienes prometido este día, un día en todo el verano, para poner el tejado nuevo en la casa del Señor.

—Pero si no llegamos ni con dos horas de retraso… —dijo papá—. Digo yo que el Señor podrá perdonárnoslo. Al Señor, además, el tiempo no le importa. Lo que le importa es la salvación.

Whitfield ni siquiera esperó a que papá terminase. A mí me pareció que de pronto era más alto aun cuando se dirigió a papá con voz atronadora, como una nube de tormenta que acabara de descargar.

—¡Al Señor no le interesa ni lo uno ni lo otro, hombre! ¿Cómo le iban a interesar, eh, si resulta que ya es dueño de las dos cosas? ¿Y por qué tendrá que andar de acá para allá tras las almas de los pobres hombres, de los miserables, de los que ni siquiera saben pedir a tiempo una herramienta para cambiar las tejas de Su iglesia? Eso a mí no me lo preguntes. A lo mejor es porque Él los ha creado. A lo mejor se dijo: «Yo los he creado, y no sé por qué. Pero como Yo los he creado, ¡por Dios bendito que me voy a remangar con tal de llevarlos a la gloria eterna, tanto si quieren como si no!».

Pero esto no vino al caso en ese momento, y a mí me parece que él se dio cuenta, tal como se daba cuenta de que no pasaría nada en absoluto mientras siguiera allí plantado. Así que se guardó el reloj en el chaleco e indicó a Solon y a Homer que se acercasen, y todos nos quitamos el sombrero, menos él, allí plantado de cara al sol, con los ojos cerrados, y las cejas como si fuesen una enorme oruga gris al borde de un precipicio.

—Señor —dijo—, haz que las tejas y tablones de este árbol salgan bien derechos, haz que se laminen fácil, que son para Ti y para Tu casa —y abrió los ojos y nos volvió a mirar, sobre todo a papá, y fue a desatar su yegua y montó despacio, envarado, como hacen los viejos, antes de ponerla al paso y marchar.

Papá dejó el escoplo y el mazo en el suelo, con las tres cuñas en fila, para empuñar el hacha.

—En fin, señores —dijo—, manos a la obra, que ya va siendo tarde.

—Para mí y para Homer no es tarde —dijo Solon—. Que por algo estábamos aquí esperando.

Esta vez, Homer y él no se sentaron en los tocones. Se acuclillaron. Vi entonces que Homer sacaba punta a un palo. Antes no me había dado cuenta.

—Creo que son dos horas, poco más o menos —dijo Solon.

Papá aún estaba medio agachado, con el hacha en la mano.

—Más bien será una —dijo—. Pero digamos que son dos, no vayamos a discutir. ¿Y qué?

—¿Discutir? ¿Por qué vamos a discutir? —dijo Homer.

—De acuerdo —dijo papá—. Sean dos horas. ¿Y qué?

—En total salen tres unidades por hombre y hora, multiplicado por dos horas —dijo Solon—. Es decir, un total de seis unidades de trabajo.

Cuando la Administración del Progreso de las Obras Públicas se instaló en el condado de Yoknapatawpha y comenzó a dar trabajo a la gente, y comida, y colchones, Solon fue a Jefferson a meter la cuchara en el lío. Todas las mañanas se ponía al volante del autobús del colegio y recorría las veintidós millas que había hasta la ciudad, y volvía de noche. Lo estuvo haciendo durante casi toda una semana antes de descubrir no sólo que iba a tener que poner su parcela a nombre de otro, sino que ni siquiera podría ser el dueño y conductor del autobús del colegio, que él mismo había construido. Así que aquella noche volvió y ya no se le ocurrió ir a meter la cuchara nunca más, y desde entonces a nadie se le ocurría ni hablar de la Administración del Progreso de las Obras Públicas delante de él, a no ser que pretendiera armar una trifulca, aunque a él de vez en cuando se le ocurrían esos cálculos, en horas de trabajo por hombre, como acababa de hacer en ese momento.

—Nos faltan seis unidades.

—Cuatro de las cuales ya las podíais haber trabajado Homer y tú mientras me estabais esperando mano sobre mano —dijo papá.

—Pero no lo hicimos —dijo Solon—. Prometimos a Whitfield dos unidades de doce horas de tres unidades cada una para poner las tejas nuevas en el tejado de la iglesia. Aquí estamos desde que amaneció, esperando a que aparezca la tercera unidad. Por eso no podíamos empezar. Pero tú me parece que no tienes muy en cuenta estas ideas, estas moderneces sobre el trabajo, que han inundado y han enaltecido el campo en estos últimos años.

—Pero… ¿qué moderneces ni qué niño muerto? —dijo papá—. No sabía yo que hubiera más que una idea cuando es cosa de trabajo, y es que mientras no se acaba no está hecho, y cuando se acaba hecho está.

Homer sacó otra viruta alargada del palo que estaba afilando. La navaja cortaba más que una navaja de barbero.

Solon sacó la cajita del rape y llenó la tapa y se volcó el rape en el labio inferior y le pasó la cajita a Homer, que negó con un gesto, y Solon volvió a poner la tapa y se guardó la cajita en el bolsillo.

—Total —dijo papá—, que como tuve que esperar un par de horas a que un anciano de setenta años volviese de su dichosa caza del zorro, en la que no se le había perdido nada, y menos para pasar la noche en vela en el bosque, tal como tampoco se le habría perdido nada en un tugurio de carretera, nosotros tres vamos a tener que volver mañana a terminar lo que tú y Homer…

—Yo no —dijo Solon—. De Homer no sé nada. Yo a Whitfield le prometí un día. Y aquí estaba para ponerme manos a la obra cuando salió el sol. Cuando se ponga el sol, daré por supuesto que he terminado.

—Entiendo —dijo papá—, entiendo. Voy a tener que volver yo mañana. Por mi cuenta. Voy a tener que meterme una mañana entera entre pecho y espalda para compensar las dos horas que Homer y tú habéis pasado tumbados a la bartola. Voy a tener que echar mañana otras dos horas para compensar por las dos horas en las que ni Homer ni tú habéis dado un palo al agua.

—Va a ser cosa de meterse más de una mañana —dijo Solon—. Va a ser como echarla a perder. Quedan aún seis unidades. Seis unidades por hora y hombre. A lo mejor tú eres capaz de trabajar el doble que Homer y yo juntos para terminar con esto en cuatro horas, pero no creo que puedas trabajar el triple y terminar sólo en dos.

Papá se había puesto en pie. Jadeaba. Lo oíamos.

—Vaya —dijo—. Vaya —blandió el hacha e hincó la hoja en uno de los tajos, agarrándolo por el extremo plano, que estaba a punto de partirse—. Así que se me va a penalizar con medio día de mi propio tiempo, del trabajo que ahora mismo me espera en casa, para que haga otras seis horas más que vosotros dos, y todo porque os han faltado dos horas que habéis pasado sin dar palo al agua, lisa y llanamente porque sólo soy un agricultor medio, que trabaja de firme y que intenta hacer las cosas lo mejor que puede, en vez de ser un millonario que encima es dueño de las herramientas y para colmo se apellida Quick o Bookwright.

Se pusieron entonces manos a la obra, cortando los tajos en tacos y partiendo los tacos en láminas con las que hacer las tejas, para que Tull y Snopes y todos los demás, los que habían prometido echar una mano al día siguiente, empezasen a clavar las tejas en el tejado de la iglesia en cuanto acabasen de arrancar las tejas viejas. Se sentaron en el suelo formando una especie de corro, con las piernas estiradas a cada lado del taco que habían puesto de pie, Solon y Homer a la ligera, como si tal cosa, con la facilidad de dos relojes que marcan las horas, mientras papá calzaba cada golpe de hacha como si quisiera asegurarse de haber matado a una serpiente de mocasín. Si diese con el mazo a la mitad de velocidad y con menos fuerza, habría sacado del taco tantas tejas como Solon y Homer juntos, levantando el mazo bien por encima de la cabeza y sujetándolo durante lo que a veces parecía un minuto entero antes de descargarlo en el escoplo, y sin que saliera disparada cada teja, puesto que el escoplo lo encajaba contra el suelo y lo metía hasta la mitad de la hoja, y papá faenaba despacio, tan despacio y tan fuerte como si quisiera encajar el escoplo en una raíz, o en una piedra, y que allí se quedase hincado.

—Venga, vamos —dijo Solon—. Si no vas con cuidado te vas a quedar sin nada que hacer durante esas seis unidades adicionales de trabajo. Nada, claro, que no sea descansar.

Papá ni siquiera levantó los ojos.

—Sal de ahí en medio —dijo.

Y Solon le hizo caso. Si no hubiese cambiado de sitio el pozal del agua, papá también lo habría partido en dos, seguro, encima de su taco, y esa vez toda la teja salió volando y pasó muy cerca de una de las canillas de Solon, como si fuera la hoja de una guadaña.

—Tú lo que tienes que hacer es contratar a alguien para que te haga el trabajo en las unidades adicionales —dijo Solon.

—¿Con qué? —dijo papá—. Yo no he tenido experiencia con la Administración del Progreso de las Obras Públicas, y menos en cuestiones laborales. Anda, sal de ahí en medio.

Pero esta vez Solon ya se había apartado. Papá habría tenido que cambiar de posición por completo, o bien la siguiente lámina le habría salido curva. Así que ésa tampoco dio en Solon, y papá tardó en soltar el escoplo del taco, haciéndolo despacio, con fuerza, para sacarlo del suelo.

—A lo mejor alguna cosa más puedes hacer. No sólo con el dinero se comercia —dijo Solon—. Podrías aprovechar ese perro que tú sabes.

Ahí fue donde papá se paró del todo. Yo ni me di cuenta, pero lo entendí mucho antes que Solon. Papá se quedó parado con el mazo encima de la cabeza y la hoja del escoplo apoyada en el tajo, para desprender la siguiente lámina, mirando a Solon.

—¿El perro? —dijo.

Era una especie de perdiguero, un mestizo de mil razas, con algo de lebrel y algo de collie y a lo mejor algo, no sé, una parte considerable de casi cualquier otra, pero que sabía ventear una presa por el bosque sin hacer ruido, como un fantasma, y daba con el rastro de una ardilla por el suelo y ladraba una sola vez, nada más, a no ser que supiera que estaba uno en donde podía verla bien, y entonces seguía el rastro como un hombre y no volvía a hacer ningún ruido hasta que la ardilla se encaramaba al árbol, y sólo entonces, cuando supiera que no había seguido uno el recorrido del animal con la vista, ladraba una vez. Era de papá y de Vernon Tull, lo tenían a medias. Will Varner se lo dio a Tull cuando era un cachorro, y papá lo crió porque sí; entre él y yo lo adiestramos, y el perro dormía en mi cama hasta que se hizo tan grande que mamá terminó por echarlo de la casa, y durante los últimos seis meses Solon se había empeñado en comprárselo. Ya se había puesto de acuerdo con Tull, a quien pagaría dos dólares por la mitad que le pertenecía, pero Solon y papá aún estaban a seis dólares de acordar el precio de nuestra mitad, porque papá decía que bien valía diez dólares, pagase quien pagase, y si Tull no pensaba quedarse con su mitad, él mismo la cobraría por él.

—Así que ésas tenemos —dijo papá—. Así que la cosa no está en unidades de trabajo, qué va. Está en unidades de perro.

—No era más que una sugerencia —dijo Solon—. Una oferta amistosa para evitar que estas tejas te echen a perder tus asuntos particulares mañana por la mañana, durante seis horas. Tú me vendes tu parte de ese chucho grandullón y yo te termino las tejas encantado.

—Naturalmente, incluyendo seis unidades adicionales de un dólar cada una —dijo papá.

—No, no —dijo Solon—. Yo te pago los dos dólares por tu mitad del perro, lo mismo que hemos acordado Tull y yo por su mitad. Mañana por la mañana vienes aquí mismo con el perro y te puedes ir a casa, o a tus asuntos particulares más urgentes, y olvidarte del tejado de la iglesia.

Durante otros diez segundos papá se quedó como estaba, con el mazo en alto, mirando a Solon. Luego, durante tres segundos más ya no miraba a Solon ni a nada. Luego miró de nuevo a Solon. Fue como si exactamente al cabo de dos segundos y nueve décimas se diese cuenta de que no estaba mirando a Solon, así que volvió a mirarlo tan deprisa como pudo.

—Ja —dijo. Y se echó a reír. Fue una risa con todas las de la ley, porque se le quedó la boca abierta y aquello que salió de su boca sonó a risa. Pero no llegó a ir más allá de sus dientes y ni siquiera creo que le alcanzase a los ojos. Y tampoco esta vez dijo «Anda con cuidado». Cambió rápidamente de postura, un movimiento de cadera, y asestó un mazazo en el escoplo, que ya tenía clavado en el taco, y lo dejó hincado en el suelo cuando la teja salió volando hasta alcanzar a Solon en la canilla.

Entonces volvieron al tajo. Hasta ese momento supe distinguir los golpes que daba papá de los que daban Solon y Homer incluso vuelto de espaldas, no porque fuesen más sonoros, ni más secos, porque Solon y Homer también trabajaban de firme, y el escoplo no hacía un ruido especial al hincarse en el suelo, sino porque los golpes que ellos daban eran más infrecuentes; se oían cinco o seis golpecitos corteses, los que daban Solon o Homer, abriendo la veta del taco, antes de oír el golpe seco que daba papá en el escoplo —¡zac!— y darte cuenta de que otra teja había salido volando a saber adónde. Pero a partir de ese momento los golpes de papá empezaron a sonar tan livianos y veloces y corteses como los de Solon o los de Homer, y si acaso un poquitín más rápidos, amontonándose las tejas tan deprisa que ni tiempo me daba casi a ponerlas en una pila; iban a juntarse tejas más que de sobra para que Tull y los demás retecharan la iglesia al día siguiente, a mediodía, cuando oímos entonces la campana de la granja de Armstid y Solon dejó en el suelo el mazo y el escoplo y consultó su reloj. Y yo no estaba demasiado lejos, pero para el momento en que alcancé a papá ya tenía la mula desatada del retoño y ya se había montado. Y a lo mejor Solon y Homer creyeron que habían podido con papá, y a lo mejor también yo lo pensé durante un minuto, aunque ojalá le hubiesen visto la cara. Alcanzó la lonchera de la rama y me la pasó a mí.

—Anda, ve a comer algo —dijo—. No me esperes. Mira que ese liante y sus unidades de trabajo… Si le da por preguntar adónde he ido, le dices que se me olvidó algo y que he ido a casa a buscarlo. Dile que he tenido que ir a por un par de cucharas para que comamos los dos. No, no le digas eso. Si se entera de que he ido a donde sea, en busca de algo que me hace falta, aunque sea un utensilio para comer, no se querrá creer que sólo he ido a casa, porque allí no tengo nada que no pueda pedir prestado —volvió la grupa de la mula y le hincó los talones en los flancos. Y la sujetó por las riendas—. Y cuando vuelva yo, igual da lo que yo diga, tú no prestes ninguna atención. Pase lo que pase, tú no digas nada. Ni se te ocurra abrir la boca. ¿Me has entendido?

Entonces se marchó y yo volví a donde estaban Solon y Homer, sentados ya en el estribo del autobús del colegio que tenía Solon, comiendo, y va y resulta que Solon dice exactamente lo que dijo papá que iba a decir.

—Su optimismo es de admirar, pero está en un error. Si lo que necesita es algo con lo que no pueda servirse de sus manos y sus pies, seguro que ha ido a otra parte, no a su casa.

Habíamos vuelto a las tejas cuando papá regresó en la mula y la amarró al retoño y vino y empuñó el hacha y metió la hoja en el tajo siguiente.

—En fin, señores —dijo—. He estado pensándolo. Sigo pensando que no es lo correcto, pero de momento no se me ha ocurrido qué hacer. Claro que alguien tendrá que compensar las dos horas durante las que ninguno de los dos disteis un palo al agua esta mañana, y como se da el caso de que los dos estáis contra mí, me parece que tendré que ser yo quien las compense. Pero es que mañana me espera trabajo en casa. El maíz me está llamando a gritos. O a lo mejor eso es mentira. A lo mejor todo es mentira, no me importa reconocer aquí en privado que entre los dos me ganáis de largo, pero a mí que me cuelguen: seré un perro si mañana me planto aquí y lo reconozco en público. Sea como sea, de perro no tengo un pelo. Así que haré un trato contigo, Solon. Te puedes quedar con el perro.
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