Publicados por primera vez en español, este libro recoge cuarenta y dos relatos escogidos por el propio autor, historias que posteriormente se convertirían en




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Solon miró a papá.

—No sé yo si ahora me apetece hacer el trato —dijo.

—Entiendo —dijo papá. El hacha aún estaba clavada en el tajo. Empezó a moverla de arriba abajo para extraerla de la madera.

—Un momento —dijo Solon—. Deja en paz esa maldita hacha.

Pero papá sostuvo el hacha en alto, para descargarla sobre el tajo, mirando a Solon y esperando.

—Me quieres cambiar medio perro por medio día de trabajo —dijo Solon—. Tu mitad del perro por medio día de trabajo, y eso que todavía debes todas estas tejas.

—Y los dos dólares —dijo papá—. Es lo acordado entre Tull y tú. Te vendo la mitad del perro por dos dólares y tú vienes aquí mañana a terminar con las tejas. Los dos dólares me los das ahora, y mañana por la mañana te veo aquí mismo con el perro. Y entonces ya me enseñarás el recibo de Tull por su mitad del perro.

—Tull y yo ya estamos de acuerdo —dijo Solon.

—De acuerdo —dijo papá—. Pues entonces le pagas a Tull sus dos dólares y te traes mañana el recibo. No creo que sea mucha molestia.

—Tull mañana estará en la iglesia colocando las tejas —dijo Solon.

—De acuerdo —dijo papá—. Pues seguro que no es molestia que te extienda un recibo. Pásate por la iglesia cuando vengas. Tull no se apellida Grier, como yo. No tendrá necesidad de ir a ninguna parte a pedir prestada una palanqueta.

Así que Solon sacó la cartera y le pagó a papá los dos dólares y volvieron a ponerse manos a la obra. Y entonces pareció que sí que intentaban terminar a toda costa aquella tarde, no sólo Solon, sino también Homer, que era como si todo le diese lo mismo, y papá, que ya había cambiado la mitad de un perro para ahorrarse todo el trabajo que dijera Solon que iba a quedarse aún por terminar. Dejé de estar pendiente de ellos; tuve que ir apilando todas las tejas.

Solon al cabo dejó el escoplo y el mazo.

—En fin, señores —dijo—. Yo no sé qué pensaréis, pero para mí que la jornada ha terminado.

—De acuerdo —dijo papá—. Eres tú quien decide cuándo lo dejamos, ya que las unidades de tajo que consideres que aún faltan para mañana te van a tocar todas a ti.

—Eso es así —dijo Solon—. Y como resulta que voy a dar yo un día y medio de mi trabajo a la iglesia, y no sólo un día, que es lo que pensábamos al principio, digo yo que lo mejor será ir a casa a ocuparme un poco de mis quehaceres.

Recogió el escoplo, el mazo y el hacha, y fue a su autobús, y esperó a que Homer fuese con él.

—Mañana por la mañana vengo con el perro —dijo papá.

—Seguro —dijo Solon. Lo dijo como si se hubiese olvidado del perro, o como si ya no tuviera la menor importancia. Pero se quedó en donde estaba y miró durante un segundo a papá, lo miró fijamente—. Y con un documento que autorice la venta de la mitad del perro que pertenece a Tull. Ya lo dices tú, no será molestia ninguna conseguirlo.

Homer y él se montaron en el autobús y arrancó el motor. Imposible saber qué pasaba. Fue casi como si Solon quisiera darse prisa para que papá no pudiera tener ninguna excusa para hacer o no hacer nada.

—Siempre he tenido entendido que el rayo no ha de caer dos veces en el mismo sitio, y que por eso le llaman rayo. Así que a cualquiera le puede ocurrir, es un error comprensible que a uno le parta un rayo. El error que por lo visto he cometido yo es no haberme dado cuenta a tiempo de que estaba viendo una nube de tormenta. Mañana por la mañana te veo.

—Con el perro —dijo papá.

—Desde luego —dijo Solon, otra vez como si se le hubiese olvidado por completo—. Con el perro.

Homer y él se marcharon. Papá se levantó.

—¿Cómo? —dije—. ¿Cómo puede ser? ¿Le has cambiado tu mitad del perro de Tull por medio día de trabajo? ¿Cómo has podido…?

—Sí —dijo papá—. Sólo que antes ya le había cambiado a Tull medio día de trabajo, arrancando las tejas viejas del tejado mañana mismo, por la mitad de ese perro. Sólo que no vamos a esperar a mañana. Vamos a arrancar las tejas viejas esta misma noche, y sin más jaleo del que haga falta. Mañana no pienso hacer otra cosa que mirar al señor Solon «Unidad de Trabajo» Quick empeñarse en conseguir un justificante de la venta por dos dólares, o por diez dólares, igual me da que me da lo mismo, que le autorice a ser dueño de la otra mitad de ese perro. Y lo haremos esta misma noche. No quiero que mañana cuando salga el sol se entere de que se le ha hecho tarde. Quiero que entonces se entere de que cuando se acostó esta noche ya era demasiado tarde.

Así que volvimos a casa y me ocupé yo de ordeñar y dar pienso a las vacas mientras papá bajaba a casa de Killegrew a devolver el escoplo y el mazo y a pedir prestada una palanqueta. Pero de todos los rincones del mundo y de todo lo que se puede hacer bajo el sol resultó que el Viejo Killegrew había ido a perder la palanqueta cuando se le cayó de una barca en un sitio con doce metros de fondo. Y papá dijo que había estado a punto de ir a ver a Solon para pedirle prestada la palanqueta, aunque fuera por pura justicia poética, sólo que Solon entonces se habría olido la tostada. Así que papá fue a ver a Armstid y le pidió prestada la suya y llegó a tiempo de cenar y limpiamos y llenamos el farol mientras mamá seguía sin entender qué se traía entre manos y por qué no podía esperar a la mañana.

La dejamos hablando por los codos, y eso que nos siguió hasta la cerca de la entrada, y volvimos a la iglesia esta vez a pie, con una cuerda y la palanqueta y un martillo para mí, con el farol aún apagado. Whitfield y Snopes estaban descargando una escalera del camión de Snopes cuando pasamos por delante de la iglesia al ir a casa antes de que se hiciera de noche, así que nos bastaría con colocarla pegada a la pared de la iglesia. Entonces papá subió al tejado con el farol y fue retirando las tejas viejas hasta que pudo colgar el farol dentro de la cubierta, desde donde le iluminaba las rendijas de las vigas, aunque no se alcanzaba a ver desde ningún sitio, a menos que uno pasara por la carretera, y a esas horas cualquiera ya nos habría oído. Subí yo con la cuerda y papá la pasó por debajo de la cubierta y la enlazó en una viga para atarnos luego los dos extremos alrededor de la cintura, y nos pusimos manos a la obra. De lleno. Las tejas viejas empezaron a caer a puñados, arrancándolas yo con el martillo de cabeza ganchuda y papá con la palanqueta, metiendo la barra entera bajo una hilera de tejas y, de una sola vez, apoyándose en la palanqueta con todo su peso, de un tirón o, caso de que la palanqueta se encontrase tan sólo un segundo con una resistencia inesperada, cargaba con toda el alma llevándose por delante el techo entero, como si fuese la tapadera de una caja sujeta con bisagras.

Eso es exactamente lo que hizo al final. Cargó todo su peso en la palanqueta, y esa vez encontró un buen punto de apoyo. No sólo se llevó las tejas de un buen trecho de tejado, sino que se llevó toda una sección de la cubierta, de forma que cuando tiró para atrás arrancó toda la sección de la cubierta en la que se encontraba sujeto el farol, igual que se arranca una mazorca a medio madurar. El farol colgaba de un clavo. Ni siquiera se movió el clavo, pues arrancó el tablón de cubierta en el que estaba, de modo que fue como si durante un minuto entero viese yo el farol y la palanqueta, suspendidos en el aire, en medio del desorden de las tejas que flotaban sueltas, con el clavo vacío que asomaba por el asa del farol, antes de que todo aquello cayese de golpe al interior de la iglesia. Dio contra el suelo y rebotó en el acto. Volvió a dar contra el suelo, y esta vez la iglesia entera reventó en un pozo de fuego amarillo que saltó al mismo tiempo, papá y yo colgados del brocal de ese pozo con dos cuerdas.

No tengo ni idea de qué se hizo de la cuerda, no tengo ni idea de cómo salimos de semejante embrollo. No recuerdo que nos descolgásemos. Sólo recuerdo que papá daba alaridos detrás de mí y me iba empujando a mitad de la escalera según bajábamos, y que el resto de la escalera lo bajé a resultas de un empujón, aunque me sujetó por el pantalón de peto, y que entonces acabamos los dos en el suelo, corriendo a la par a por el barril del agua. Estaba de costado donde la fuente, y allí estaba Armstid; por casualidad salió de su parcela una hora antes y vio el farol en el tejado de la iglesia, y aquello no se le fue de la cabeza hasta que resolvió ir a ver qué estaba pasando, con tanta suerte que llegó a tiempo de ponerse a dar alaridos con papá, uno a cada lado del barril del agua. Y sigo creyendo que lo podríamos haber apagado. Papá se dio la vuelta y se acuclilló cargando todo su peso contra el barril y se lo echó al hombro y se puso en pie con el barril en alto, y eso que estaba casi lleno, y volvió a todo correr y dobló la esquina y subió los peldaños de la entrada de la iglesia y plantó un pie en el último escalón y dejó caer el barril, o quizás se le cayó y echó a rodar y lo dejó sin sentido.

Así que antes que nada tuvimos que sacarlo a rastras, y allí ya estaba mamá, y a la vez más o menos llegó la señora Armstid, y entre Armstid y yo echamos a correr con los dos pozales contra incendios hasta la fuente, y cuando volvimos había montones de gente, incluido Whitfield, todos con más pozales, e hicimos lo que pudimos, pero la fuente estaba a un centenar de metros y los diez pozales se habían vaciado y tardaron cinco minutos en estar de nuevo llenos, así que al final nos quedamos todos mirando y así vimos que papá había recuperado el conocimiento y tenía un gran corte en la cabeza y así vimos cómo ardía. La iglesia era vieja, de madera reseca, y estaba llena de imágenes de colorines que Whitfield había acumulado a lo largo de los años, más de cincuenta años, pues el farol había prendido justo en medio cuando reventó. Había un clavo un tanto especial en el que colgaba un viejo camisón que se ponía para cristianar. Yo lo miraba a todas horas durante el servicio en la iglesia y durante la catequesis de los domingos, y junto con los demás chicos pasaba a veces por la iglesia sólo para echar un vistazo, porque para un chaval de diez años no era sólo una prenda de vestir, no era ni siquiera una armadura de hierro, sino que era el Arcángel San Miguel en persona, el que había peleado a brazo partido y había vencido al mal y lo había domeñado durante tanto tiempo que terminó por tener desprecio por los seres humanos, los seres humanos que volvían a pecar como los cerdos y los perros, el mismo desprecio que sin duda tuvo el arcángel.

Durante mucho tiempo aquello no ardía del todo, ni siquiera después de que todo lo demás se hubiese quemado. Lo vimos colgado en medio del fuego, no como si en sus tiempos hubiese visto demasiada agua para arder con facilidad, sino como si se hubiera empecinado en no quemarse, plantando batalla al demonio y a todas las huestes del infierno que desencadenó Res Grier al intentar imponerse a Solon Quick por el valor de medio perro. Pero al final también ardió, aunque no con premura, no todavía, sino de golpe, en una especie de rugido que ascendió y se extendió en medio de las estrellas y de los espacios más oscuros y más distantes. Y entonces no hubo nada más que papá, encharcado y aturdido, tendido en tierra, y todos los demás a su alrededor, y Whitfield como siempre con la camisa blanca y el sombrero negro y los pantalones negros, de pie con el sombrero puesto, como si durante demasiado tiempo se hubiera esforzado por salvar lo que en primer lugar no tendría que haberse creado, salvándolo de la condenación de la que ni siquiera quería escapar, molestarse en la necesidad de quitarse el sombrero en presencia de nadie. Nos miraba bajo el ala del sombrero; allí estábamos todos los que pertenecíamos a esa iglesia, todos los que nacían y se casaban y morían pasando por ella, y los Armstid y los Tull, y Bookwright y Quick y Snopes.

—Me equivoqué —dijo Whitfield—. Os dije que aquí nos íbamos a ver para retechar una iglesia. Y no: nos veremos aquí mañana para levantar una iglesia entera.

—Pues claro, tenemos que tener una iglesia —dijo papá—. Y la vamos a tener. Y la tendremos dentro de nada. Pero hay algunos que ya hemos dado un día o así de trabajo en lo que va de semana, a costa de nuestro propio trabajo. Lo cual es bueno y es de justicia, y aún daremos más y lo daremos de mil amores. Pero no creo que el Señor…

Whitfield no le dejó terminar. No se llegó a mover. Se limitó a seguir como estaba hasta que papá por fin se agotó de su propio impulso y terminó por callarse y siguió en donde estaba, sin mirar casi nada a mamá, antes de que Whitfield abriese la boca.

—Pero tú no —dijo Whitfield—. Tú eres un pirómano.

—¿Un pirómano? —dijo papá.

—Sí —dijo Whitfield—. Si hay tarea en la que puedas tomar parte sin llevar por doquiera inundaciones e incendios y destrucción y muerte a tu paso, adelante, no te prives. Pero ni una sola mano has de poner en esta nueva casa del Señor hasta que a todos nos demuestres que en ti se puede volver a confiar y que tienes el poder y la capacidad de un hombre —volvió a mirarnos de hito en hito—. Tull y Snopes y Armstid ya han prometido que estarán listos mañana. Entiendo que Quick tenía otro medio día que pensaba…

—Yo puedo dar otro día —dijo Snopes.

—Yo puedo dar el resto de la semana —dijo Homer.

—Yo tampoco tengo prisa —dijo Snopes.

—Pues para empezar es más que suficiente —dijo Whitfield—. Ahora ya es tarde. Vámonos todos a casa.

Fue el primero que se marchó. No se volvió a mirar ni una sola vez, ni a la iglesia ni a nosotros. Fue a donde había dejado su yegua vieja y se subió despacio y envarado y poderoso y se marchó, y también nos marchamos los demás, cada cual a lo suyo. Pero yo sí me volví a mirar. Todo era poco más que un cascarón, con un corazón rojo y a medias apagado, y unas veces lo odié y otras me dio miedo, y eso que debiera haberme dado por contento. Pero hubo algo que ni siquiera aquel incendio llegó a tocar. Quizás eso era todo lo que era: indestructibilidad, resistencia, el viejo que planeaba reconstruirla mientras los muros aún estaban heridos por el fuego, para luego como si tal cosa volver la espalda y largarse porque sabía que los hombres que nunca tuvieron nada que dar a la nueva iglesia, nada que no fuese el trabajo de sus manos, allí estarían al día siguiente en cuanto saliera el sol, e igual al día siguiente, y así durante todos los días que fuese preciso. Así que nada se había perdido, nada en absoluto; ninguna importancia podía tener el incendio, como no la tenía que hubiera desaparecido el viejo ropaje de cristianar que utilizaba Whitfield. Llegamos entonces a casa. Mamá se había marchado con tantas prisas que la lámpara se quedó encendida, y vimos a papá en donde estaba, en medio de un charco, chorreando, con un corte en el cogote, donde se le reventó el barril, con el agua mezclada con la sangre chorreándole hasta la cintura.

—Quítate esa ropa, que estás empapado —dijo mamá.

—No sé si sí o si no —dijo papá—. Se me ha notificado públicamente que no soy quién para tratar con esos blancos, así que públicamente notifico a los blancos y a los metodistas también que no son quiénes para tratar conmigo, y que el demonio se lleve al que vaya el último.

Pero mamá ni siquiera le hizo caso. Cuando volvió con una palangana llena de agua y una toalla y el frasco de linimento, papá ya se había puesto la camisa de dormir.

—Tampoco quiero nada de eso —dijo—. Si no valía la pena reventarme la cabeza, tampoco vale la pena ponerme un parche.

Pero ella no le hizo ningún caso tampoco en eso. Le lavó la cabeza y se la secó y le puso el vendaje y salió, y papá fue a acostarse.

—Pásame el rape, después sales y me dejas en paz —dijo.

Pero no me dio tiempo a hacerlo cuando volvió mamá. Le trajo un vaso de ponche caliente y se acercó a la cama, y papá volvió la cabeza y se quedó mirándolo.

—¿Qué es eso? —dijo.

Pero mamá nunca le llegó a contestar, y se sentó en la cama y soltó un suspiro largo y estremecido que oímos todos, y pasado un minuto tanteó con la mano buscando el ponche y se quedó con él en la mano, respirando hondo, antes de darle un buen sorbo.
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