Publicados por primera vez en español, este libro recoge cuarenta y dos relatos escogidos por el propio autor, historias que posteriormente se convertirían en




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—Por Dios que digo que si él y todos los demás juntos creen que me van a impedir arrimar el hombro en mi propia iglesia y trabajar en ella como el que más, mejor que sea otro quien lo intente —dio otro sorbo del ponche. Y luego dio un trago largo—. Pirómano —dijo—. Unidades de trabajo. Unidades de perro. Por Dios que… ¡vaya diíta que llevo![*]

Los altos[4]

Pasaron por delante del oscuro edificio de la desmotadora de algodón. Vieron al cabo la casa con las luces encendidas y el otro coche, el coupé del médico, detenerse entonces a la entrada, y oyeron los aullidos y ladridos del sabueso.

—Ya hemos llegado —dijo el viejo, el ayudante del fiscal del distrito.

—¿Y ese otro coche? ¿De quién es? —preguntó el joven, el forastero, el inspector estatal de la oficina de reclutamiento obligatorio.

—Del doctor Schofield —dijo el ayudante del fiscal—. Cuando le llamé por teléfono para anunciar que veníamos, Lee McCallum me pidió que le dijera que acudiese cuanto antes.

—¿Me está diciendo que usted les avisó? —dijo el inspector—. ¿Les llamó por teléfono para decirles con antelación que yo iba a venir con una orden de detención contra esos dos insumisos? ¿Es así como cumple usted las órdenes del Gobierno de Estados Unidos?

El ayudante del fiscal era un hombre magro, limpio, que mascaba tabaco, que había nacido y había vivido toda la vida en el condado.

—Tenía entendido que era su intención detener a esos dos chicos, los McCallum, y llevarlos de vuelta a la ciudad —dijo.

—¡Pues claro que lo era! —dijo el inspector—. Y ahora usted les ha dado aviso, les ha dado una posibilidad de huir. Seguramente haga usted incurrir al estado en un gasto innecesario al tener que emplear al ejército en la persecución de los prófugos. ¿Ha olvidado usted que su juramento y lealtad le obligan a acatar la disciplina?

—No, no lo he olvidado —dijo el ayudante del fiscal—. Pero sepa usted que desde que salimos de Jefferson he intentado decirle algo que no debería usted olvidar. Mucho me temo, sin embargo, que harán falta todos estos McCallum para que se le grabe en la cabeza con toda claridad… Aparque tras el otro coche. Primero, intentemos ver si está muy malherido el que dice estarlo, sea quien sea.

El inspector se detuvo detrás del otro coche, apagó el motor y desconectó los faros.

—Esta gente… —dijo, pero en el acto pensó: «Pero es que este viejo que ya chochea y que no para ni un momento de mascar tabaco en el fondo es uno de ellos, a pesar del orgullo y del honor de su cargo, lo cual bastaría para que fuese de otro modo». Así que no lo dijo en voz alta, y sacó la llave del contacto y salió del coche, y cerró la portezuela con llave y antes aún subió las ventanillas, pensando: «Estas gentes que no saben andarse sin mentiras y que ocultan la propiedad de tierras y casas y negocios para hacerse merecedores de puestos de trabajo de beneficencia,[5] empleos con los que no tienen ninguna intención de cumplir su deber, amparándose en sus derechos constitucionales para no tener que trabajar, y que echan a perder el trabajo mismo con subterfugios transparentes y mezquinos, con tal de hacerse acreedores a un colchón gratis que luego piensan vender a quien sea, que prescindirían incluso del empleo si de ese modo pudieran recibir comida y alojamiento gratuitos en la ciudad, así fuese una ratonera de pordiosero, y que, siendo agricultores, declaran en falso sin ningún empacho, con tal de proveerse de préstamos para comprar simiente que luego no han de sembrar, y que a veces ni siquiera compran, y que reaccionan con ruidosos vituperios cuando encima se les sorprende in fraganti. Y cuando va y resulta que un Gobierno que tantas amenazas aguanta armado de paciencia les pide una sola cosa a cambio de tanta prodigalidad, una sola cosa, y es que anoten sus nombres en una lista de servicio selectivo, van y se niegan en redondo».

El viejo ayudante del fiscal había seguido adelante. El inspector lo siguió, atravesando una recia cancela, sin pintar, en un cercado de listones de madera, por un camino ancho, enladrillado, entre dos hileras de cedros viejos, desastrados, hacia la desordenada sucesión de dependencias, también sin pintar, de una casa de dos plantas en cuyo vestíbulo, abierto, relucía una suave luz de lámpara, y cuya planta baja, según percibió entonces el inspector, era de troncos sin desbastar.

Vio un salón que colmaba la luz de las lámparas más allá de una galería recia y sin pintar, que recorría toda la fachada de troncos, bajo la cual apareció el mismo perro que habían oído ladrar y aullar, un sabueso de gran tamaño, ruidoso, que se cuadró con las cuatro patas igualadas ante ellos, a punto de lanzar un bramido, hasta que una voz masculina le habló desde el interior de la casa. Siguió al ayudante del fiscal al subir las escaleras de la galería. Vio entonces al hombre de pie en la puerta, esperando a que se acercasen, un hombre de unos cuarenta y cinco, alto no, pero sí robusto, con un rostro curtido, sosegado, con manos de jinete, que lo miró una sola vez, con sequedad y con dureza, y que no lo volvió a mirar, pues se dirigió al ayudante del fiscal.

—Qué tal, señor Gombault. Adelante, pase.

—Qué tal, Rafe —dijo el ayudante del fiscal—. ¿Quién es el herido?

—Buddy —dijo el otro—. Resbaló esta tarde y la muela le pilló la pierna.

—¿Es grave? —dijo el ayudante del fiscal.

—A mí me lo parece —dijo el otro—. Por eso mandamos llamar al médico en vez de llevar a Buddy a la ciudad. No hemos podido detener la sangría.

—Lo lamento —dijo el ayudante del fiscal—. Le presento al señor Pearson —una vez más, el inspector se encontró con que el otro lo miraba, los ojos castaños aquietados y corteses en el rostro curtido, la mano que le tendió fuerte, dura, aunque se la estrechase sin fuerza, con frialdad. El ayudante del fiscal seguía hablando—. De Jackson. De la oficina de reclutamiento —y acto seguido añadió, de manera que el inspector no apreciase el menor cambio en su tono de voz—: Tiene una orden de detención contra los muchachos.

El inspector no apreció el menor cambio en ninguna parte. La mano floja se retiró sin más del contacto con la suya, el rostro sosegado no dejó de mirar al ayudante del fiscal.

—¿Quiere decir que hemos declarado la guerra?

—No —dijo el ayudante del fiscal.

—Ésa no es la cuestión, señor McCallum —dijo el inspector—. Lo único que se les había exigido era que se inscribieran en el registro. Era muy probable que sus números no salieran esta vez. Según la ley de la media, era muy probable que no les tocase. Pero es que se han negado a inscribirse en el registro… o, en todo caso, no lo han hecho a su debido tiempo.

—Entiendo —dijo el otro. No estaba mirando al inspector. Éste no hubiera sabido a ciencia cierta si miraba al ayudante del fiscal, aunque sí le habló a él—. ¿Quiere ver a Buddy? El médico está con él.

—Espere —dijo el inspector—. Lamento mucho el accidente de su hermano, pero es que yo… —el ayudante del fiscal lo miró un instante contrayendo las cejas grises e hirsutas y uniéndolas, erizadas, con algo a la vez cortés e impaciente en la mirada, de modo que durante ese instante el inspector percibió en el viejo ayudante del fiscal la misma cualidad que había detectado en la breve mirada que le dedicó el otro. El inspector era un hombre de inteligencia superior a la media; empezaba a tener conciencia de que allí se cocía algo ligeramente distinto a lo que había contado con encontrar. Pero llevaba desde años antes trabajando en obras de beneficencia y amparo de los necesitados, a cargo del Estado, tratando casi en exclusiva con las gentes del campo, así que aún creía que conocía bien a los lugareños. Por eso miró al viejo ayudante del fiscal, pensando: «Sí, está hecho de la misma pasta que estas gentes a pesar del cargo, de la autoridad y la responsabilidad, lo cual tendría que bastar para que fuese de otro modo». Y volvió a pensar: «Estas gentes, estas gentes…»—. Tengo la intención de tomar el tren nocturno de regreso a Jackson —dijo—. Ya tengo hecha la reserva. Cúmplase la orden de detención y así podremos…

—Venga por aquí —dijo el ayudante del fiscal—. Vamos a tener tiempo de sobra.

Así pues, los siguió —otra cosa no pudo hacer— echando chispas y rebullendo por dentro, tratando de recuperar el dominio de sí mismo en el corto trecho del vestíbulo por el que cruzó, para así tener el dominio de la situación, porque se dio cuenta de que si fuese posible dominar la situación a él correspondería dominarla; que si se resolviese el expediente de su partida con los detenidos tendría que ser él, y no el viejo ayudante del fiscal, quien lo llevase a efecto. Había acertado en su suposición. El viejo funcionario, que ya chocheaba, no sólo era en el fondo uno más de aquellos lugareños, sino que aparentemente, para colmo, se había dejado corromper por completo y había retornado a su pereza de antaño, a su indignidad inherente, a su pereza inalterable, por el mero hecho de entrar en la casa. Así que siguió sus pasos por el corredor hasta llegar a un dormitorio, momento en el cual miró en derredor no sólo con asombro, sino también con algo muy semejante al espanto. La habitación era grande, de suelo pelado, sin pintar, y además de la cama constaba tan sólo de una silla o dos, y de alguna otra pieza de mobiliario antiguo. Sin embargo, al inspector le pareció tan llena de hombres tremendos, hechos en el mismo molde que el hombre que los había recibido en la casa, que las propias paredes parecían a punto de combarse. Y pese a todo no eran de gran tamaño, altos no eran, y no era vitalidad, ni era exuberancia, pues no hicieron ningún ruido, limitándose a mirarle en silencio allí donde se quedó, plantado en la puerta, con rostros que ostentaban el sello casi idéntico del parentesco, un hombre delgado, frágil incluso, de cerca de setenta años, ligeramente más alto que los demás, un segundo también de cabellos canos, pero por lo demás idéntico al que los había recibido en la puerta, un tercero de la misma edad que el que los recibió, aunque con algo más de delicadeza en sus facciones y algo trágico y siniestro en esos mismos ojos oscuros; los dos jóvenes de ojos azules, absolutamente idénticos; por último, el hombre de ojos azules que ocupaba la cama, sobre el cual se inclinaba el médico, que podría haber sido cualquier médico de ciudad, con su atildado traje de ciudad, todos ellos vueltos con sosiego, en silencio, a mirarlos a él y al ayudante del fiscal en cuanto entraron. Y más allá del médico vio los pantalones rajados del hombre que ocupaba la cama y vio la pierna expuesta, sanguinolenta, destrozada, y se puso malo sólo de traspasar la puerta y quedar sujeto a las miradas inflexibles, sosegadas, calladas, mientras el ayudante del fiscal se dirigió al hombre que ocupaba la cama, que fumaba una pipa cuya cazoleta estaba hecha con una mazorca y, en la mesilla, una garrafa grande, anticuada, recubierta de mimbre, como la que había usado antaño el abuelo del inspector para guardar el whiskey.

—Bueno, Buddy —dijo el ayudante del fiscal—. Esto tiene mala pinta.

—Sí, y fue mi maldita culpa —dijo el hombre que ocupaba la cama—. Toda enterita ha sido mía. Stuart no dejó de advertirme: con el bastidor que estaba empleando para echar el grano en la muela…

—Eso es verdad —dijo el segundo en edad.

Los otros siguieron sin decir nada. Miraban constantemente y en silencio al inspector, hasta que el ayudante del fiscal se hizo a un lado.

—Éste es el señor Pearson. De Jackson. Tiene una orden de detención contra los chicos.

—¿Para qué? —dijo el hombre desde la cama.

—Para el asunto del reclutamiento, Buddy —dijo el ayudante del fiscal.

—Ahora no estamos en guerra —dijo el hombre desde la cama.

—No —dijo el ayudante del fiscal—. Es una ley nueva. No se han registrado.

—¿Y qué va a hacer con ellos?

—Es una orden de detención. Está firmada, Buddy.

—Eso significa que irán a la cárcel.

—Es una orden de detención —dijo el ayudante del fiscal. El inspector vio entonces que el hombre que ocupaba la cama lo miraba atentamente a la vez que fumaba su pipa.

—Ponme un poco más de whiskey, Jackson —dijo.

—No —dijo el médico—. Ya ha tomado demasiado.

—Ponme un poco más de whiskey, Jackson —dijo el hombre que ocupaba la cama. Siguió fumando su pipa y mirando al inspector—. ¿Y usted dice que viene de parte del Gobierno? —le dijo.

—Sí —dijo el inspector—. Tendrían que haberse registrado. Eso es todo lo que se les había exigido. No lo hicieron —calló de pronto, mientras los siete pares de ojos lo contemplaban y el hombre que ocupaba la cama seguía fumando.

—Hubiéramos seguido estando aquí —dijo el hombre de la cama—. No nos íbamos a largar pitando —volvió la cabeza. Los dos jóvenes estaban uno junto al otro a los pies de la cama.

—Anse, Lucius —dijo.

Al inspector le pareció que respondieron como si fueran uno solo.

—Sí, padre.

—Este caballero ha venido desde Jackson nada menos que para decirnos que el Gobierno os está esperando. Supongo que lo más rápido para alistarse será ir a Memphis. Id arriba y haced el equipaje.

El inspector se sobresaltó y dio un paso al frente.

—¡Un momento! —exclamó.

Pero Jackson, el viejo, le impidió seguir hablando.

—Un momento —dijo también, y en ese momento no miraban al inspector. Estaban mirando al médico—. ¿Y qué hay de su pierna? —dijo Jackson.

—Mírala —dijo el médico—. Poco le ha faltado para amputársela. No hay tiempo que perder, y ahora no se le puede trasladar. Necesitaré que mi enfermera me ayude y necesitaré algo de éter, siempre y cuando no haya tomado ya tanto whiskey que no soporte la anestesia. Uno de ustedes puede ir a la ciudad en mi coche. Llamaré por teléfono…

—¿Éter? —dijo el viejo desde la cama—. ¿Para qué? Acaba de decir que está prácticamente segada. Podría afilar yo uno de los cuchillos de carnicero que tiene Jackson y acabar yo solito, sólo me hace falta un trago, o dos. Adelante. Acaba de una vez.

—No creo que pudiera resistir usted otro shock semejante —dijo el médico—. Lo que dice no lo dice usted. Lo dice el whiskey que ha bebido.

—Y un cuerno —dijo el otro—. Un día, en Francia, íbamos corriendo a través de un trigal cuando vi que la ametralladora barría el trigo sembrado, e intenté saltar la ráfaga como quien salta cuando alguien le sacude con una traviesa de una cerca a la altura de la cintura, aunque no lo conseguí. Me quedé tirado en tierra y cuando empezó a caer la noche aquello sí que dolía, sólo que más o menos entonces algo me dio en la parte de atrás del casco, ¡clang!, como cuando se pega un martillazo en un yunque, así que no me enteré de nada hasta que recuperé el conocimiento. Estábamos un montón de los nuestros apilados como los venados que se desuellan delante de un puesto médico de campaña, sólo que al médico le debió de llevar mucho, mucho tiempo examinarnos uno a uno, a todos, y para entonces aquello sí que dolía que no vea, doctor. Esto de aquí no me ha dolido de veras, lo que se dice dolor de consideración, desde que eché mano de la garrafa. Así que usted siga, doctor, y remate la faena. Si ayuda le hace falta, Stuart y Rafe le podrán echar una mano en lo que sea. Ponme un trago, Jackson.

Esta vez el médico levantó la garrafa y examinó el contenido del licor.

—Aquí falta ya más de un cuarto —dijo—. Si se ha ventilado un cuarto de whiskey desde las cuatro de la tarde, mucho dudo que pueda aguantar la anestesia. ¿Cree que podrá aguantar si termino ahora del todo?

—Sí, doctor. Remate la faena. La he arruinado, mejor será quitarla del todo.

El médico miró en derredor a todos los demás, los rostros idénticos que lo miraban.

—Si lo tuviera en la ciudad, en el hospital, con una enfermera que lo vigilase, seguramente esperaría a que se le pasara el efecto del primer shock y a que el whiskey dejara de hacerle efecto. Pero ahora no se le puede transportar y tampoco puedo detener la hemorragia, y aun cuando tuviera aquí éter o un anestésico local…
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