Publicados por primera vez en español, este libro recoge cuarenta y dos relatos escogidos por el propio autor, historias que posteriormente se convertirían en




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—Y un cuerno —dijo el hombre que ocupaba la cama—. No ha hecho Dios mejor anestésico local o general ni ha hecho mejor consuelo que eso que hay en la garrafa. Y la pierna no es de Jackson ni de Stuart ni de Rafe ni de Lee. Es mía. Esto es culpa mía; lo empecé yo, así que digo yo que lo puedo terminar cortándola como la quiera cortar.

Pero el médico aún estaba mirando a Jackson.

—En fin, señor McCallum —dijo—. Usted es el de mayor edad.

Pero fue Stuart quien respondió.

—Sí —dijo—. Termine de una vez. ¿Qué necesita? Supongo que agua caliente.

—Sí —dijo el médico—. Sábanas limpias. ¿Tenemos una mesa grande que se pueda traer aquí?

—La mesa de la cocina —dijo el hombre que los había recibido cuando llegaron—. Entre yo y los chicos…

—Un momento —dijo el hombre desde la cama—. Los chicos no van a tener tiempo de ayudar —los volvió a mirar—. Anse, Lucius —dijo. De nuevo le pareció al inspector que respondían como si fueran uno solo.

—Sí, padre.

—Este caballero de allá empieza a impacientarse. Más valdrá que os pongáis en camino. Ahora que lo pienso, no necesitáis equipaje. En un día o dos os darán los uniformes. Llevaos el camión. No habrá quien os lleve hasta Memphis y traiga el camión de vuelta, así que lo dejáis en la Compañía de Piensos Gayoso hasta que podamos mandar a alguien a recogerlo. Me gustaría que os alistarais en el viejo Sexto Regimiento de Infantería, que era el mío. Pero supongo que eso es demasiado esperar, así que os tendréis que conformar con estar en el regimiento al que os destinen. Seguramente no importará mucho. A mí el Gobierno me trató bien en mis tiempos, y hará lo propio con vosotros ahora. Os alistáis en donde os digan, en donde os necesiten, y obedecéis a vuestros sargentos y oficiales hasta entender cómo tiene que ser un soldado. Obedecedles, pero no os olvidéis de quiénes sois, y no aceptéis nada de nadie. Ahora ya os podéis marchar.

—¡Espere! ¡Un momento! —dijo el inspector de nuevo a voz en grito; de nuevo dio un respingo y fue a ocupar el centro de la habitación—. ¡Protesto! Lamento mucho el accidente del señor McCallum. Lamento mucho todo esto. Pero esto ya no está en mis manos, como tampoco está en las suyas. La falta de que se les acusa, no haberse inscrito en el registro conforme dicta la ley, ha dado lugar a la correspondiente denuncia, y se ha emitido la correspondiente orden de detención. No es posible evadirse así como así. Es preciso completar el curso previsto de la acción legal antes de que se pueda dar ningún otro paso. Tendrían que haber pensado en esto cuando los chicos no acudieron a inscribirse. Si el señor Gombault se niega a dar cumplimiento a la orden, yo mismo me encargaré de que se cumpla y me llevaré conmigo a estos hombres a Jefferson para que respondan a la denuncia que se ha cursado. Y debo advertir al señor Gombault, debo avisarle de que se le convocará por despreciar la ley.

El ayudante del fiscal se dio la vuelta, las cejas boscosas de nuevo erizadas e hirsutas, y habló con el inspector como si fuera un niño.

—¿Usted aún no se ha dado cuenta de que ni usted ni yo iremos a ninguna parte durante un buen rato?

—¿Cómo? —exclamó el inspector. Miró los rostros graves que una vez más lo contemplaban con distanciamiento, con aire especulador—. ¿Esto es una amenaza? —exclamó.

—Oiga, aquí nadie le está haciendo lo que se dice ningún caso —dijo el ayudante del fiscal—. Ahora, cállese un rato, estese callado un rato y ya verá como no pasa nada y dentro de un rato podemos volver a la ciudad.

Y se volvió a detener y quedó quieto mientras los rostros graves y contemplativos de los demás lo libraron una vez más de esa mirada impersonal e insoportable, y vio a los dos jóvenes acercarse a la cama e inclinarse y besar uno por uno al padre, en la boca, y darse la vuelta como un solo hombre y salir de la habitación, pasando por delante de él sin mirarlo siquiera. Y sentado en el vestíbulo, a la luz de las lámparas, junto al viejo ayudante del fiscal, cerrada ya la puerta de la habitación, oyó arrancar el camión, lo oyó meter marcha atrás, doblar y salir por la carretera, y oyó morir el ruido del motor a lo lejos, cesar, dejar la noche aquietada y calurosa —el veranillo indio en Mississippi— llena de los últimos y estrepitosos cantos de las cigarras del verano, como si también éstas, a su manera, estuvieran al tanto de la inminencia del frío, de la llegada próxima de la estación del frío y de la muerte.

—Me acuerdo del viejo Anse —dijo el ayudante del fiscal con placidez, con tono de conversador curtido, un tono como el que emplea un adulto al dirigirse a un niño que no conoce—. Lleva ya quince o dieciséis años muerto. Tenía unos dieciséis cuando estalló la antigua guerra, y fue a pie por todo el camino, hasta Virginia, para tomar parte en ella. Podría haberse alistado y haber combatido aquí mismo, en la puerta de su casa como quien dice, pero su madre era una Carter, así que a él no le iba a servir otra cosa que ir a pie hasta Virginia para combatir allí; fue a pie hasta una tierra que antes jamás había visto y se alistó en el ejército de Stonewall Jackson y fue hasta Chancellorsville, en donde los chicos de Carolina mataron a Jackson de un tiro, por pura equivocación, y así llegó hasta la mañana misma, ya en el 65, en que la caballería de Sheridan bloqueó la ruta que conducía de Appomatox al Valle, por donde podrían haber encontrado la salida ansiada. Y volvió a pie hasta Mississippi justo con lo que llevaba encima cuando marchó también a pie, y se casó a su regreso y construyó la planta baja de esta casa, esta planta hecha con troncos sin desbastar, en donde ahora nos encontramos, y empezó a tener hijos, Jackson y Stuart, y Raphael y Lee y Buddy.

»Buddy tardó en llegar al mundo, tanto tardó que tuvo tiempo de verse en la otra guerra, en Francia. Ya le ha oído contar lo que pasó allí. Con dos medallas se volvió, una norteamericana, la otra francesa, y no hay quien sepa aún cómo es que se las concedieron, qué es lo que hizo exactamente. No creo que llegara a contárselo a Jackson, ni a Stuart, ni a los demás. Apenas había tenido tiempo de regresar, con los números en el uniforme y las franjas que señalaban sus heridas en combate, y las dos medallas, cuando encontró a una chica, la encontró nada más llegar, y al cabo de un año nacieron los gemelos, la viva imagen del viejo Anse McCallum. Si el viejo Anse hubiera tenido unos setenta y cinco años menos, los tres podrían haber pasado por trillizos. Me acuerdo muy bien de los dos, dos criaturas exactamente iguales, como dos cervatillos sin cornamenta aún, que correteaban de acá para allá de día y de noche con una jauría de perros de caza hasta que tuvieron ya edad de echar una mano a Buddy y a Stuart y a Lee con la granja y la desmotadora de algodón, y a Rafe con los caballos y las mulas, cuando se dedicaba a la cría y al adiestramiento, y los llevaba a Memphis para venderlos allí, hasta hace unos tres o cuatro años, cuando fueron a estudiar para peritos agropecuarios durante un año, y a aprender más cosas sobre las vacas de raza Hereford.

»Eso fue después de que Buddy y los demás dejaran de cultivar algodón. De eso también me acuerdo. Fue cuando el Estado empezó a inmiscuirse, a entrometerse en el modo en que un hombre ha de cultivar sus propias tierras y recolectar el algodón. Se estabilizaron los precios, se dio uso a los excedentes de producción, se proporcionó a los agricultores consejo y ayuda, igual daba que los quisieran o no. Quizá se haya fijado usted en los chicos que están ahí mismo esta noche: es posible que le parezcan unos tipos más bien curiosos. Aquel primer año, cuando los agentes del condado se esforzaban por explicar a los agricultores en qué consistía el nuevo sistema, vino aquí el agente y trató de explicárselo a Buddy y a Lee y a Stuart, a explicarles cómo habían de reducir las cosechas, aun cuando el Estado pagaría a los agricultores la diferencia, de modo que en realidad iban a estar mejor así que si se empeñasen en sacar adelante los cultivos por sus propios medios.

»“Ah, vaya, pues muchas gracias”, dice Buddy. “Pero la verdad es que no necesitamos ayuda. Haremos con el algodón lo que hemos hecho siempre; si no sacamos una buena cosecha, no se apure, que será asunto nuestro y será nuestra pérdida, ya lo volveremos a intentar.”

»Así que no quisieron firmar ningún papel, ninguna tarjeta, nada. Siguieron a lo suyo y cultivaron el algodón como siempre habían hecho, como les había enseñado a hacer el viejo Anse; era como si no fuesen capaces de creer que el Estado tuviese la intención de ayudar a quien fuese, tanto si quisiera como si no, de creer que el Estado estaba resuelto a interferir con lo mucho o lo poco que cada quisque pudiera sacar en limpio trabajando como una mula en sus propias tierras, cosechando el algodón y luego desmotándolo en su propia desmotadora, como habían hecho siempre, y llevándolo cada quisque a la ciudad para venderlo a su manera, llevándoselo hasta Jefferson antes de descubrir que no era posible venderlo porque, en primer lugar, habían cultivado y desmotado demasiado, y, en segundo lugar, porque no tenían la tarjeta necesaria para vender la cantidad que les hubiera sido adjudicada. Así que se lo llevaron de vuelta a la granja. En la desmotadora no cabía todo lo que llevaron de vuelta, así que una parte hubo que ponerla bajo el establo donde tenía Rafe las mulas y el resto lo dejaron aquí mismo, en el vestíbulo, aquí donde estamos sentados, por donde tuvieron que pasar durante todo el invierno para acordarse, la próxima vez, de que no se les pasara el plazo de rellenar las tarjetas y firmar lo que fuera preciso firmar.

»Sólo que al año siguiente tampoco rellenaron ningún papel. Era como si no fuesen capaces de creerlo, como si aún creyesen en la libertad y en el derecho de cada cual a ganar o a perder según la capacidad de cada cual, según la firmeza y la voluntad que pusiera en su trabajo, garantizado todo ello por un Gobierno que el viejo Anse una vez intentó partir en dos, por más que fracasara, y de buena fe reconoció que había fracasado y que además apencó con las consecuencias, y que ese mismo Gobierno además dio a Buddy una medalla y cuidó de él cuando estuvo lejos de su tierra, en tierra extraña, y además herido.

»Así que recolectaron aquella segunda cosecha. Y tampoco la pudieron vender a nadie, pues no tenían ni tuvieron nunca las tarjetas de adjudicación. Esta vez construyeron un cobertizo en especial para guardar todo el algodón, y recuerdo que en aquel segundo invierno Buddy vino una vez a la ciudad a ver al abogado Gavin Stevens. No para pedirle asesoría legal sobre cómo pleitear con el Gobierno, ni para ver de qué manera venderle a nadie el algodón, aun cuando tarjeta no tuviesen, sino sólo para ver de averiguar el porqué. “Yo estaba por la labor de ir adelante y firmar lo que fuese”, dice Buddy. “Si ésa había de ser la norma, pues adelante. Pero lo hablamos despacio, y Jackson no es agricultor, pero trató al padre durante mucho más tiempo que cualquiera de nosotros, y dijo que el padre hubiese dicho no, y a mí me da que al final hubiese tenido toda la razón.”

»Así que ya no siguieron cultivando algodón; algodón tenían de sobra, les iba a durar una temporada larga. Me parece que eran veintidós pacas de algodón en total. Fue entonces cuando se dedicaron a la cría de vacas de la raza Hereford, con lo que dedicaron los algodonales del viejo Anse a pastos, porque eso es lo que él hubiese querido que hicieran si la única forma de cultivar algodón era hacer caso de lo que dijera el Gobierno sobre el cuánto se podía cultivar y el cuánto se podía vender, y el dónde, y el cuándo, y entonces pagarles encima por el trabajo que no habían hecho. Sólo que cuando ya no cultivaban algodón el joven agente del condado también se acercaba hasta aquí a medir la cosecha de los pastos, para poder pagarles también por eso. Aunque lo cierto es que nunca llegó a medir una sola cosecha de las que aquí se cultivaron. “Bienvenido, eche usted un ojo a lo que hacemos”, le dijo Buddy. “Pero no se le ocurra dibujarlo en su mapa.”

»“Pero si es que por esto podrían obtener un dinero”, les dice el joven. “El Gobierno está deseoso de pagarles por haber plantado todo esto.”

»“Nuestra intención es ganar un dinero con todo esto”, le dice Buddy. “Cuando no podamos ganar algo, ya probaremos con otra cosa. Pero no con nada del Gobierno. Eso se lo da usted a los que lo quieran recibir. Nosotros ya nos las apañaremos.”

»Y eso viene siendo todo. Las veintidós pacas de algodón, huérfanas las veintidós, ahora están allí almacenadas, en el edificio de la desmotadora, porque allí ahora hay sitio de sobra, ya que no se usa para nada. Y los chicos crecieron y fueron un año a estudiar para peritos agropecuarios, y a aprender más cosas sobre las vacas de raza Hereford, y luego volvieron con todos los demás, con estos lugareños tan curiosos que viven aquí sin meterse en nada ni liarse con nadie, mientras el resto del mundo se iba llenando de bonitas luces de neón que lucían encendidas de noche y de día, de dinero fácil de ganar, rápido de ganar, dinero que se iba esparciendo por todas partes, de modo que cualquiera pudiera echar mano al menos de un puñado, y mientras todos los hombres tenían ya un automóvil nuevecito y reluciente, o bien lo habían usado y gastado y lo habían tirado, y les habían entregado uno nuevo a estrenar antes de terminar de pagar el primero que tuvieron, y por todas partes se echaba mano de todo lo que repartían al buen tuntún la Administración de Ajustes Agrarios y la Administración del Progreso de las Obras Públicas y otra docena de organizaciones con siglas de tres o cuatro letras, otras tantas razones para que nadie diese un palo al agua. Entonces va y resulta que llega esto del reclutamiento obligatorio, y resulta que estos lugareños tan curiosos no van a firmar la inscripción tampoco, y va y viene usted desde Jackson, nada menos, con su papel firmado y sellado y en orden, y acá que venimos los dos y de aquí a un rato ya volveremos a la ciudad. Cada cual se las apaña como puede, ¿no?

—Sí —dijo el inspector—. ¿Supone usted que ya podemos volvernos a la ciudad?

—No —dijo el ayudante del fiscal con el mismo tono afable—, todavía no. Pero de aquí a un rato sí podremos, no se apure. Claro está que perderá usted el tren. Pero ya tomará otro mañana.

Se puso en pie, aunque el inspector no había oído nada. El inspector lo vio marchar por el vestíbulo y abrir la puerta del dormitorio y cerrarla nada más entrar. El inspector permaneció sentado en silencio, aguzando el oído para captar los sonidos de la noche, atento a la puerta cerrada, hasta que llegó el momento en que se abrió y volvió el ayudante del fiscal, que traía algo en brazos, envuelto en una sábana embadurnada de sangre, llevándolo con gran cautela.

—Tenga —le dijo—. Sujétemelo un instante.

—Está lleno de sangre —dijo el inspector.

—Pues claro. ¿Y qué? —dijo el ayudante del fiscal—. Ya nos lavaremos cuando hayamos terminado —el inspector tomó el fardo y se quedó parado, con el fardo en brazos, al tiempo que miraba al viejo ayudante del fiscal ir por el vestíbulo y desaparecer y regresar al cabo con un farol encendido y una pala—. Vamos, venga —dijo—. Ya no falta nada para que hayamos terminado.

El inspector lo siguió por la salida de la casa y así atravesaron el terreno, llevando en brazos con suma cautela el fardo ensangrentado, pesado, destrozado, en el que le pareció que aún acertaba a distinguir algo del calor de la vida, mientras el ayudante del fiscal caminaba a grandes zancadas por delante de él, el farol golpeándole la pierna, la sombra de sus zancadas enorme al abrirse y cerrarse en tijeretazos sucesivos sobre la tierra, su voz resonando aún por encima del hombro.

—Sí, señor. Un hombre se las apaña como buenamente puede y va y viene y ve un montón de cosas, un montón de tipos, lugareños, gente que se ha metido en un montón de situaciones distintas. Lo malo del caso es que hemos tomado por costumbre confundir las situaciones con las personas. Fíjese en usted, ahora mismo —dijo en el mismo tono afable, un tono de conversación llana—. Usted tiene las mejores intenciones. Usted ha venido y se ha terminado por liar con la maraña de las reglas, los reglamentos. Eso es lo malo que nos pasa. Hemos inventado, se lo digo yo, tantísimos alfabetos y tantas reglas y recetas que ya no atinamos a ver nada más; si lo que vemos no encaja en uno de los alfabetos, en una de las reglas, estamos perdidos. Hemos terminado por ser como esas criaturas que los médicos podrían haber creado en un laboratorio, criaturas que han aprendido a despojarse de los huesos y de las entrañas y pese a todo seguir vivas, mantenerse indefinidamente con vida, con vida acaso para siempre, sin siquiera saber que los huesos y las entrañas las han dejado atrás. Nos hemos despojado de la columna vertebral; hemos decidido poco más o menos que un hombre ya no tiene necesidad de columna vertebral; tener columna vertebral es una antigualla. Pero el surco en que estaba la columna vertebral sigue estando en donde siempre estuvo, y la columna vertebral también se ha mantenido con vida, y algún día volveremos a colocárnosla en su sitio. No sé bien del todo ni cuándo ni cuánta torsión hará falta para que lo entendamos y lo terminemos de aprender, pero será algún día.
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