Publicados por primera vez en español, este libro recoge cuarenta y dos relatos escogidos por el propio autor, historias que posteriormente se convertirían en




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Habían salido del terreno colindante a la casa. Subían por una cuesta; ante ellos, el inspector acertó a distinguir otro grupo de cedros, una pequeña arboleda, de algún modo formal, ordenada pese a lo desastrado de los árboles, recortados sobre el cielo estrellado. El ayudante del fiscal se internó entre ellos, se agachó y dejó el farol en tierra y, siguiéndole con el fardo en brazos, el inspector vio un rectángulo de tierra que cercaba un murete bajo de ladrillo. Vio allí dos tumbas, o las lápidas más bien, dos lajas de granito sin adornos, clavadas y derechas en tierra.

—El viejo Anse y su señora —dijo el ayudante del fiscal—. La mujer de Buddy quiso que la enterrasen con su familia. Calculo que aquí, a solas con los McCallum, se hubiera sentido más bien sola —permaneció en pie unos minutos, con el mentón apoyado en la mano; al inspector le pareció exactamente una vieja señora que tratase de decir el sitio idóneo para plantar un arbusto—. Tenían que ir de izquierda a derecha, empezando por Jackson. Pero después de que nacieran los chicos, Jackson y Stuart habían de venir aquí, junto a su padre y su madre, así que Buddy se podría ir un poco más allá y hacer sitio. Así que calculo que por aquí irá bien —acercó el farol y empuñó una pala. Vio entonces que el inspector aún tenía el fardo en brazos—. Déjelo en el suelo —dijo—. No tardaré en abrir la fosa.

—Ya lo sujeto yo —dijo el inspector.

—Tonterías. Déjelo en el suelo —dijo el ayudante del fiscal—. A Buddy no le importaría.

Así pues, el inspector dejó el fardo sobre el cercado de ladrillo y el ayudante del fiscal comenzó a cavar con destreza, con rapidez, sin dejar de charlar con su voz animada, inagotable.

—Sí, señor. Nos hemos olvidado de los lugareños, de la gente. La vida se ha abaratado a más no poder, se lo digo yo, pero de barata la vida no tiene un pelo. La vida posee un valor inmenso. No me refiero a ese ir pasando de un cheque de la Administración de Ajustes Agrarios al siguiente que llegue, sino al honor y al orgullo y a la disciplina que bastan para que un hombre sea digno de preservación, para que posea algún valor. Eso es lo que hemos de aprender de nuevo. Puede que cueste lo suyo, que cueste incluso mucho, que nos vuelvan a enseñar todo eso; puede que fuese la caminata hasta Virginia, porque de allí es de donde era su madre, y el perder una guerra y volver desde allá también a pie, puede que eso fuera lo que le enseñó al viejo Anse. Sea como fuere, parece que él sí lo supo aprender, y tan bien lo aprendió que se lo dejó en herencia a sus hijos. ¿Se ha dado usted cuenta de que todo lo que tuvo que hacer Buddy fue decir a sus hijos que era hora de marcharse, porque el Gobierno les había mandado aviso? ¿Se ha fijado cómo le dijeron ellos adiós? Hombres hechos y derechos que se dan un beso sin nada que ocultar, sin vergüenza ninguna. A lo mejor es justamente eso lo que intento decir… Ea —dijo—. Así ya va bien.

Se movió con velocidad, con agilidad; antes de que el inspector pudiera desperezarse, había levantado el fardo sobre el hueco de la estrecha fosa que abrió y ya lo cubría, lo cubría a la misma velocidad que lo había cavado, para alisar enseguida la tierra rascándola con la pala. Se irguió entonces y elevó el farol: un hombre alto, magro, que respiraba sin alterarse, con ligereza.

—Yo calculo que ya nos podemos volver a la ciudad —dijo.[*]

La cacería del oso

Esto es Ratliff quien lo cuenta. Es un vendedor de máquinas de coser; hubo un tiempo en que viajaba por todo el condado en una carreta ligera, robusta, con un tiro de dos caballos recios, flacos, desparejados; ahora usa un Ford T, en el que también lleva la máquina de muestra en una caja de hojalata, en la trasera, dentro de una funda que tiene forma de caseta de perro y va pintada de tal modo que recuerda una casa.

A Ratliff se le suele ver en cualquier parte sin que a nadie sorprenda: es el único hombre que está presente en las tómbolas para recaudar fondos, en las reuniones de costura de las mujeres; se le ve andar a su antojo entre hombres y mujeres en las congregaciones de los coros que duran un día entero, en las iglesias del medio rural, y se le oye además cantar con una agradable voz de barítono. Estuvo incluso en este campamento de la cacería del oso del que habla ahora, el campamento anual de caza que organiza el comandante De Spain en la llanura aluvial, a unas veinte millas de la ciudad, por más que allí no hubiera nadie a quien de ninguna manera le hubiera sido posible encasquetar una máquina de coser, toda vez que la señora de De Spain sin duda ya era dueña de una, a no ser que se la hubiese regalado a una de sus hijas casadas, puesto que el otro hombre —el hombre llamado Lucius Provine—, con el que se lió en virulento perjuicio de su propia cara y de otros integrantes de la partida de caza, nunca hubiera estado en condiciones de comprarle una para su esposa, ni siquiera queriendo, a menos que Ratliff se la vendiese a plazos y dándole un margen indefinido.

Provine también es nativo del condado. Pero ahora ya tiene cuarenta años, y ha perdido la mayor parte de los dientes y las muelas, y años han pasado desde que, con su hermano muerto y con otro coetáneo también muerto y olvidado, que atendía por el nombre de Jack Bonds, formase la famosa banda de Provine, que aterrorizó nuestra sosegada localidad a la manera, tan poco imaginativa, de los jóvenes asilvestrados que se ponían a disparar las pistolas en la plaza los sábados por la noche, a altas horas, o a abrirse paso con los caballos al galope por las callejas llenas de histéricas señoras que acudían a la iglesia los domingos por la mañana. Los ciudadanos más jóvenes no le conocen de nada, saben a lo sumo que es un hombre alto, al parecer fuerte, sano, que haraganea con aire meditabundo y saturnino allí donde se le permite pasar el rato sin hacer nada, sin que nunca lo acepte exactamente ninguno de los grupos, y que no hace además el menor esfuerzo por garantizar el sustento de su esposa y de sus tres hijos.

Hay otros hombres entre nosotros cuyas familias pasan necesidades, hombres que tal vez tampoco iban a ponerse a trabajar de ninguna manera, pero que ahora, desde hace ya unos cuantos años, no encuentran trabajo. Todos ellos adquieren y conservan cierta respetabilidad actuando en calidad de agentes de venta de los fabricantes de artículos de necesidad más bien secundaria, como son el jabón y los accesorios de aseo para hombres, o los utensilios de cocina, y a los que se ve de continuo por la plaza y por las calles adyacentes, acompañados siempre por un pequeño maletín negro en el que llevan las muestras. Un día, con gran sorpresa para todos nosotros, Provine también apareció con uno de esos maletines, aunque en menos de una semana los agentes del municipio descubrieron que llevaba whiskey en botellas de medio litro. A saber cómo, el comandante De Spain logró sacarlo del atolladero,[6] tal como era el comandante De Spain quien sustentaba a su familia estirando al máximo el dinero que mal que bien ganaba la señora Provine con sus labores de costura y similares, acaso en un gesto a la romana de saludo y despedida de aquella figura destacada que fue Provine antes de que el tiempo le zurrase y se lo llevara por delante.

Y es que hay entre nosotros hombres de mayor edad que recuerdan a aquel matón que era Provine —se da el caso de que además ha perdido, a saber cómo, en algún vericueto de su desaliñado historial, la sabrosa temeridad de su sobrenombre, «el Matón»— veinte años atrás; recuerdan a aquel jovenzano que no tenía el menor sentido del humor, aunque sí era dueño de un irresistible, inexpresado afán de seguir respirando, que tiempo atrás parece que se hubiera extinguido en él, en el mismo que llevó a cabo con espléndido frenesí, que tal vez fuese debido más que nada al alcohol, algunas hazañas espontáneas e insultantes, una de las cuales fue la merienda campestre con los negros. La merienda tuvo lugar en una iglesia para negros que estaba a no mucha distancia de nuestro pueblo. En plena merienda, los dos Provine y Jack Bonds, que regresaban de un baile en el campo, aparecieron a caballo con las pistolas desenfundadas y unos cigarros puros recién encendidos, y tomando a todos los negros uno por uno les aplicaron la brasa del cigarro en aquellos populares cuellos duros, de celuloide, que se gastaban en la época, dejando a cada una de las víctimas marcada con un brusco, tenue e indoloro anillo carbonizado. De éste es del que ahora habla Ratliff.

Pero hay una cosa más que conviene tomar buena nota aquí para terminar de armar el escenario en el que intervendrá Ratliff. Cinco millas más allá del río, contando a partir del campamento del comandante De Spain, y en una zona aún más silvestre, en la jungla de cañaverales que crecía a la orilla del río, entre los gomeros y los robles de agua, existe un montículo de enterramiento de los indios. Aborigen, cobra una altitud notable y resulta honda y oscuramente enigmático, por ser la única elevación de esa clase que hay en la llanura aluvial por la que entorpece toda penetración la espesura de la vegetación. Para algunos de nosotros, aun cuando fuésemos niños y descendiésemos de familias leídas y escribidas, de gente del pueblo y de la ciudad, encerraba connotaciones de sangre violenta, de salvaje y súbita destrucción, como si los alaridos de guerra y las hachas que asociábamos con los indios gracias a las ocultas, secretas noveluchas de medio pelo que nos pasábamos los unos a los otros, no fueran sino manifestaciones triviales y pasajeras de ese poder siniestro que aún habitaba o acechaba por aquellos pagos, tenebroso, algo sardónico, como una bestia oscura y sin nombre que se hubiese adormilado perezosa y con las fauces ensangrentadas, todo ello debido acaso al hecho de que un remanente del que fuese otrora poderoso clan de la tribu de los chickasaw aún vivía allí mismo, acogido a la protección del Gobierno. Ya todos tenían nombres americanos y vivían tal como vivían a su vez los escasos pobladores blancos que los rodeaban.

Pero no los veíamos nunca, puesto que nunca venían al pueblo, ya que tenían su propio poblado e incluso un colmado en donde se vendía de todo. Cuando nos fuimos haciendo mayores caímos en la cuenta de que no eran ni más salvajes ni más analfabetos que la población blanca, y que seguramente su mayor alejamiento de la norma —y esto, en nuestro país, no es desviación muy digna de nota— era el hecho de que fuesen algo más que simples sospechosos de destilar whiskey casero en las ciénagas cercanas al río. Con todo, para nosotros, de niños, eran más bien seres de fábula, y sus vidas recluidas en las ciénagas eran inseparables de la vida de aquel tenebroso montículo de los indios, que algunos ni siquiera habíamos visto jamás, por más que todos hubiésemos oído de su existencia, como si ellos fuesen, por designio de las potencias tenebrosas, los guardianes del túmulo.

Como ya digo, algunos nunca habíamos visto el montículo de los indios, aunque todos teníamos noticia de su existencia, y todos hablábamos de él como suelen hablar los chicos. Formaba tan gran parte de nuestra vida y nuestro trasfondo como la tierra misma, como la guerra de Secesión perdida y la marcha del general Sherman,[7] o como el hecho de que hubiera entre nosotros negros que vivían en competencia económica y que llevaban los mismos apellidos que nosotros,[8] sólo que eran algo más inmediato, más poderoso, más vivo. Cuando yo tenía quince años, junto con un compañero, y por una apuesta, por ver quién era el valiente, fuimos al montículo de los indios un día a la puesta de sol. Vimos a algunos de los indios por vez primera; nos dieron ellos indicaciones y llegamos a lo alto del montículo cuando se ponía el sol. Habíamos llevado útiles de acampada, pero no hicimos una fogata. Ni siquiera nos preparamos dónde dormir. Estuvimos sentados los dos, uno junto al otro, en el montículo de los indios, hasta que hubo luz suficiente para encontrar el camino de regreso. No hablamos. Cuando nos miramos uno al otro con la grisácea luz del alba, teníamos los dos la cara también grisácea, callada, seria, muy seria. Cuando llegamos al pueblo tampoco nos dijimos nada. Nos despedimos y cada cual se fue a su casa y se metió en la cama. Eso era lo que pensábamos o sentíamos sobre el montículo de los indios. Éramos niños, es cierto, pero éramos descendientes de aquellos que leían y escribían y que debieran haber estado por encima de toda superstición y ser impermeables a un temor irreflexivo.

Ahora es Ratliff quien cuenta lo de Lucius Provine y su ataque de hipo.

Cuando volví al pueblo, el primer tío al que me encuentro va y me dice:

—¿Qué te ha pasado en la cara, Ratliff? ¿Es que De Spain se ha servido de ti en vez de azuzar a sus perros para cazar al oso?

—Qué va, chicos —le digo—. Ha sido un puma.

—¿Y qué pretendías hacer con un puma, Ratliff? —dice uno.

—Chicos —le digo—, a mí que me cuelguen si lo sé.

Y era verdad. Pasó un buen rato, cuando por fin me arrancaron de encima a Luke Provine, hasta que por fin me pude enterar. Y es que nunca llegué a saber quién era el viejo Ash, tal como tampoco lo llegó a saber Luke. A lo sumo supe que era el negro del comandante, que echaba una mano con las cosas del campamento. Todo lo que llegué a saber, cuando empezó todo el lío, era que mi intención, o lo que me propuse hacer, fue ayudar a Luke, eso seguro, o a lo mejor al principio sí me propuse pasar un buen rato sin hacerle ningún daño, e incluso a lo mejor pensé en hacerle un favorcito al sacarlo, al sacar a Luke, fuera del campamento, porque… pero sólo quise sacarlo de allí un rato. Y entonces va y resulta que a eso de la medianoche aparece un tío corriendo a tontas y a locas, como un poseso, y llega desde el bosque más asustado que un ciervo acosado por la jauría, y aparece a todo correr en donde se estaba montando la partida de póquer, así que le digo:

—Vaya, contento tendrías que estar. Has huido sano y salvo, te los has quitado de encima.

Y él se para en seco y me lanza una mirada fulminante, de pavor y de asombro; ni siquiera se había enterado de que ya no lo perseguían; y a tontas y a locas va y se lanza a por mí como un granero que se derrumba.

Así acabó, de golpe y porrazo, la partida de póquer. Tres o cuatro fueron necesarios para quitármelo de encima, mientras el comandante se revolvió en su silla con un trío de treses en la mano y aporreando la mesa y despotricando y soltando maldiciones. Claro que gran parte de la ayuda que me prestaron no fue otra que pisotearme la cara y las manos y los pies. Fue como un incendio: son los tíos de la manga de agua los que causan la mayor parte de los destrozos.

—¿Qué infierno condenado significa todo esto? —vocifera el comandante mientras tres o cuatro tíos sujetan a Luke, que se ha echado a llorar como un bebé.

—¡Él me los ha echado encima! —dice Luke—. ¡Es él quien me mandó allá arriba, y lo voy a despanzurrar!

—¿Que te ha mandado dices? ¿Y adónde te ha mandado? —dice el comandante.

—¡A los indios! —dice Luke llorando sin parar. Acto seguido intentó lanzarse de nuevo a por mí, sacudiendo a los tíos que lo estaban sujetando por los brazos como si fuesen muñecos de trapo, hasta que el comandante lo calló en seco a fuerza de improperios y maldiciones. Sigue estando hecho un hombre. No os dejéis engañar ninguno cuando diga que ya no tiene fuerzas para trabajar como antes. A lo mejor es porque nunca le ha dado por llevar de paseo su fuerza y lucirla en uno de esos bolsos negros que van llenos de tirantes rosa y de jabón de afeitar. El comandante me preguntó entonces a qué se debía todo aquel follón, así que le conté que yo sólo quise echarle una mano a Luke para que se le curase el hipo de una vez por todas.

A mí que me cuelguen si no sentí verdadera lástima de lo que le pasaba. Resulta que yo por un casual pasé por allí, así que se me ocurrió que podía acercarme a hacerles una visitilla y ver qué tal se les iba dando la caza, si hubo suerte o no, y me acerqué con la puesta del sol, y el primer tío al que me encuentro resulta que es Luke. No me extrañó, puesto que ésa era por lo común la reunión más concurrida, sólo de hombres, en todo el condado, y eso por no hablar de las comilonas y del whiskey gratis, así que voy y le digo:
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