Teoría de sistemas y sociología: los desafíos epistemológicos del constructivismo




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Teoría de sistemas y sociología: los desafíos epistemológicos del constructivismo

Marcelo Arnold*

A mi maestro Niklas Luhmann (1927-1998), quien hizo de mis dudas admisibles certezas y de mis certezas dudas admisibles.

En este artículo abordamos los principales problemas relativos a la actividad científica en la sociedad contemporánea y la forma en que estos problemas han renovado el interés en las reflexiones epistemoló gicas. También caracterizamos las contribuciones y logros del constructivismo, sus diferentes puntos de vista y los desafíos que presenta esta nueva epistemología a la educación y a las aplicaciones de las ciencias sociales.

Palabras claves: Teoría de Sistemas - Sociología - Epistemología.

In this article we address the main problems concerning the scientific activity in contemporary society and the way in which these problems have renewed the interest in epistemological reflexions. We also tipify the contributions and achievement of constructivism, its diferent focusses and the chanllenges that this new epistemology presents to the education and the applications of Social Sciences.

Key words: Theory of social systems - Sociology - Espistemology.

Introducción

Nadie puede clavar un clavo de hierro con un martillo de lana

(Michel Serres, El paso del Noroeste; 1991:12)

En este artículo indicaremos algunos de los problemas centrales de la actividad científica en la sociedad contemporánea y explicaremos como estos han contribuido a renovar el interés por las reflexiones epistemológicas. Finalmente, tipificaremos los aportes y alcances del constructivismo, sus variedades, diferencias de énfasis y los desafíos que esta nueva epistemología extiende hacia la enseñanza y las aplicaciones de las ciencias sociales.

Para su inicio nuestra exposición relaciona imperativos éticos con científicos. Específicamente declara que si nuestras disciplinas afirman producir conocimientos acerca de lo social y quieren ser tomadas en cuenta por ello, deben estar preparadas para indicar desde donde y cómo producen sus descripciones y explicaciones. Como se aprecia, esta exigencia, que conduce a constructores y no a objetos, hace obligatorio trasladarnos a la más fundamental de nuestras actividades intelectivas, aquella que está a la base de todas nuestras teorías y métodos y con la cual se originan nuestros conocimientos: la epistemología.

Por epistemología nos referimos a un mecanismo poderoso, nada menos que al constructor de la realidad. Efectivamente, todo conocimiento, que esta atado a una observación sobre algo, depende de instrumentos epistemológicos, estos actuando desde las operaciones del conocer producen nuestros mundos. Por eso, como señaló Gregory Bateson, quienes pretenden no tener ninguna epistemología, deberían superar su optimismo (1977:284) Uno de los aportes del constructivismo sistémico consiste en sostener en forma manifiesta tal condicionalidad y extraer de ella sus potencialidades contribuyendo así a su propia explicación.

Si logramos hacer comprensible esta propuesta confío en que serán –como yo lo he sido antes- seducidos e impulsados a problematizar el quehacer de sus actividades y dispuestos a enfrentar directamente la condición de responsables de operaciones constituyentes de las realidades que modelamos, reproducimos o intervenimos y de las que, finalmente, hablamos, escribimos y ciframos.

Dicho en términos constructivistas: nuestras impresiones no provienen del mundo de la realidad, como corrientemente se sostiene, sino que se imponen desde las operaciones de observación que supuestamente le extendemos. Este punto de partida obliga a replantear la transparencia de nuestras miradas e invita a reflexionar problemáticamente sobre ellas. Por cierto, en el conocimiento y aceptación de otras premisas hay riesgos pues, sin poder retornar a su ignorancia, el peso de las nuevas responsabilidades no es menor, como que la misma epistemología ya no es igual después de enunciar sus alcances.

Del cómo es posible qué

Como la unidad mínima de una información es una diferencia y como en las aperturas se obligan los mandatos, siguiendo al lógico británico George Spencer-Brown, trazaremos las nuestras. La inicial invita a reconocer que, porque todo esta relacionado con todo, sólo un corte arbitrario y contingente permite empezar. Desde esa partida es necesario indicar que la epistemología está integrada a la sociedad, al sistema de la ciencia, a las operaciones de indicar y distinguir, y a sus artefactos los conocimientos y las diferencias que contienen.

Entre estas selecciones nosotros tenemos preferencias por la sociedad o el sistema de la ciencia, pero sin las otras referencias nada tendremos para referirmos, como que sin observación no hay conocimientos, ni siquiera de la sociedad, en cuyo caso la epistemología no es problema y la ciencia sencillamente no existe. Dicho en forma sintética, nuestro propósito consiste en explicar cómo la realidad conocida se funde, dinámica y activamente, en resultados de operaciones de observación en la sociedad y cuyos efectos sólo están sujetos a observación cuando, bajo la forma de artefactos, se actualizan como conocimientos, lo que ocurre, únicamente, en una comunicación, como la que ahora tiene lugar. Por eso, aunque el constructivismo pueda proyectarse desde la neurobiología o la sicocognición, su integración, como teoría del conocimiento, solo ocurre en la comunicación de la sociedad. Sólo allí pueden tratarse sus aportes como artefactos que explican la producción de una realidad, qué siempre es social.

Para Luhmann (1999b:119), desde el plano de la ciencia estas selecciones son imprescindibles pues, por ejemplo, cuando se distingue entre los conocimientos ordinarios y los científicos nadie argumenta desde diferencias entre tipos de conciencias o neuronas y sí, por el contrario, se alude a diferenciaciones alcanzadas en la evolución del sistema de la ciencia de la sociedad. Por ello, la explicación constructivista tiene enormes consecuencias para nuestras disciplinas, pues encaja armónicamente con la complejidad en la sociedad contemporánea y se acopla con los mecanismos generales de la diferenciación social.

La relación es lo importante

Pero, ¿de dónde surge la novedad? En el decenio que acompañó al reciente fin de siglo experimentamos desde derrumbes de estados- nacionales y sus sistemas políticos y económicos, hasta, por el efecto Internet, cambios en nuestras disposiciones sobre el tiempo y el espacio. Otro tanto ocurrió en los criterios de aceptabilidad de las explicaciones científicas, sus medios de difusión y en las bases que sustentaron, durante largo tiempo, nuestros modos de investigar. Constatamos, que los supuestos claves acerca de la objetividad, a los que debemos los cimientos de nuestras disciplinas, han perdido su hegemonía, siendo desbordados desde distintos ángulos. Muchos autores, como lo hace Anthony Giddens (1994), ya no aceptan la idea que todo conocimiento deba aludir a una realidad aprehensible por los sentidos y que la aplicación de la metodología y estructura de la mecánica clásica sea el camino para nuestras disciplinas.

Desde este ángulo, mirados desde el presente, muchos hitos del pasado, parecen sincronizarse con nuestras actuales preocupaciones y se rememoran como sus principios. Por ejemplo, se conectan con las objeciones a los fundamentos de la validación del conocimiento científico, por quien fuera una de las figuras del neopositivismo. Así, los constructivistas nos complacemos en señalar que, si bien atraído inicialmente por los postulados empiricistas, Karl Popper, terminó declarando la imposibilidad de probar empíricamente las teorías científicas al destacar que las únicas proposiciones verdaderas son las que no nos permiten verificarlas -criterio de falseabilidad.

Con tal acercamiento, la verdad se transformó en un criterio regulativo del quehacer científico pero, como meta, inalcanzable. Efectivamente, si bien podemos pasarnos la existencia sin encontrar un cisne de cuello blanco, nunca podremos constatar que éstos no existen.

Tampoco se puede evitar mencionar, a partir de los estudios de Thomas Kühn (1962), como el desarrollo de la ciencia apreciado como un ir y venir de paradigmas deja de considerarse como un acercamiento a verdades absolutas. Poniendo su mirada en las condicionalidades históricas y sociocomunitarias de la ciencia, Kühn denunció que ni la razón (racionalidad), ni las sensaciones (empirismo), sustentan los artefactos de la ciencia. Más bien, las producciones científicas se han basado en consideraciones conformadas con la fe de las comunidades científicas que han creído en ellas -¡y en la confianza que en esa fe se tiene en la sociedad!

También fuera de las operaciones de la ciencia y desde otros contextos se despliegan perturbaciones. Por ejemplo, se registran los incrementos en la complejidad societal que acompañan al desenvolvimiento de la modernidad y se calcula como estos conllevan pérdidas de confianza en las explicaciones macros y arrastran consigo a sus tradicionales proveedores científicos, políticos y religiosos. Por eso, es plausible agregar que quizá, la pérdida de razones vinculantes, es decir, el emergente y difuso estilo social y cultural rotulado por Jean F. Lyotard como la postmodernidad (1986) sea decisivo para la emergencia y comprensión de las nuevas preocupaciones epistemológicas.

En este último sentido y cualquiera que sea la explicación, el caso es que la autodescripción de la sociedad contemporánea no se deja reducir por monólogos basados en teorías totalizantes y lo singular deja paso a lo plural, incluso como opción valórica. Por ejemplo, respetemos o no las diferencias, aceptamos, cada vez más, la responsabilidad de decidir en que creer. Esto tiene por proyecciones que la individualidad ya es un estatus social y la noción de sujeto surge como una de sus consecuencias más evidentes, con todas las complicaciones que ello acarrea.

Del encuentro de estas comunicaciones resultan, como es de esperar, nuevos desafíos, aparecen muchas pistas y también prende el desconcierto. Asentadas costumbres y viejas rutinas disciplinarias, no ceden fácilmente paso a renovaciones cuyos rendimientos son, por decir lo menos, dudosos.

Por otro lado, clausurados en sus rituales metodológicos y en la aceptación de sus públicos, los neopositivistas y los neosubjetivistas, como modernos neoilustrados, no atienden los reclamos que se les formulan y sólo muy recientemente han sido remecidos desde los modelos científicos y políticos que admiran, y en cuyas zonas empiezan a configurarse otras formas de operar. Pero, tampoco las síntesis emergentes detienen su evolución. Sus potenciales acuerdos no entran en maduraciones paradigmáticas, permanecen eclipsados, enfrentados entre los diversos intereses y estados de desarrollo que se cobijan bajo sus propuestas. Definitivamente, no estamos frente a un campo consolidado salvo el que queda en nuestras retiradas. Digamos que el centro de nuestra atención, la epistemología está sometida a profundas sacudidas y no se puede asegurar el tipo de acuerdo que se alcanzará.

Despejando a los que sencillamente ignoran los requerimientos de cientificidad, dos culturas coexisten: por un lado los que propugnan y aplican medios para alcanzar la objetividad y, en la otra, los que reflexionan sobre los recursos que aplican cuando producen sus descripciones y explicaciones. Si se quiere, se confrontan dualistas versus monistas y analíticos versus holistas. Para unos la realidad es isomorfa a las operaciones que se aplican para su descripción –externo versus interno o subjetivo versus objetivo-, en tanto los otros desafían: dime que observas y te diré quién eres o, dime quien eres y te diré que observas. Esto quiere decir que en vez de preguntarse sobre las cosas, la nueva epistemología se inte‹rroga sobre los procesos que llevan a su conocimiento.

Los puntos de inflexión para distinguir la ruptura que conduce a reflexionar sobre el quehacer de las ciencias sociales pueden concentrarse en el tema de la objetividad de la realidad. Desde allí se (re)descubren antiguas ideas que sostienen que todo conocimiento surge de experiencias que involucran, mutualmente, a los observadores con sus observaciones. A partir de ese punto, se infiere que los conocimientos científicos no pueden concebirse como reproducciones de la realidad, sino que como resultados de las actividades que los constituyen. Sus artefactos, dependientes de los medios utilizados en su configuración, denuncian a sus responsables; como señaló Kant: sólo conocemos de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas. Entonces: ¿vemos realmente?, en el sentido de recoger con los sentidos lo que esta afuera, o vemos solamente nuestras propias construcciones.

La idea es muy sencilla: todo conocimiento es relativo a las posibilidades del que conoce o, si se prefiere, esta determinado por la estructura de éste. Estas nociones son reforzadas desde muchos ángulos. Por ejemplo, el cibernético Heinz von Foerster (1985), retomando el principio de la codificación indiferenciada de Johannes Müller, demostró que las células nerviosas de nuestros órganos sensoriales sólo codifican los estímulos en su intensidad. Por lo tanto, todas las diferencias que obtiene un organismo cognoscente, es decir, su mundo perceptivo proviene de sus operaciones internas, las que, formando parte de sus sistemas nerviosos ocurren en su clausura. Esto significa que las percepciones están mucho más allá de la estimulación sensorial (¡escuchamos que nos llaman y no sonidos!) y, por eso, entre otras funciones, pueden proporcionar constancias, aunque los estímulos, que aparentemente las originan, están siempre variando. Así se explica que no es posible predecir percepciones, conociendo únicamente las características del estímulo, pues la percepción no trabaja con “originales” sino que con atribuciones. En tal sentido debería aceptarse que el verdadero órgano de los sentidos es el pensamiento del observador.

Para los antropólogos estas formulaciones son las obvias en otras tradiciones cognoscitivas. Sin ir más lejos, en el budismo se sostiene que los seres humanos, por su propia condición, están obligados a vivir en un mundo cuya realidad no pueden confirmar sin su activa presencia, de lo que deducen que, quizá por eso, lo real no sea nada más que una mera ilusión; también la física cuántica nos informa que un observador, con su sola presencia, y una muy mínima intervención, modifica el objeto observado. Por lo tanto: nunca podremos saber de algo sin modificarlo en el acto e incluso al estudiar las modificaciones les agregamos otras. Todo indica que en la acción del conocer, la relación es más importante y que el objeto (la objetividad) es una consecuencia y eso es lo que se requiere explicar.

No obstante estas evidencias, las condicionalidades del conocimiento pasan por invisibles para un observador de primer orden, caen en su punto ciego, pues quien percibe solo percibe los productos de sus actos perceptivos, no los medios a través de los cuales lo hace: no vemos nuestros ojos ni los condicionamientos ideológicos que nos guían, ¡pero sí los de los otros! Así, si bien toda información se presenta como una selección dentro del campo de posibilidades que el mismo observador prediseña, se experimenta, una vez realizada, como propiedad del entorno y, además, reforzada por su envoltura lingüística. Por eso, en los sustantivos -¡y no en los objetos!- residen las fuentes de la eficacia práctica del conocimiento cotidiano y del naturalismo de muchos científicos.

Al reflexionar sobre estos argumentos se advierte que no hay conocimientos sin sus respectivos observadores y que sus rendimientoœs resultan de las operaciones utilizadas para generarlos. Con mayor fuerza, estas consideraciones se aplican para explicar las mismas explicaciones científicas, estas también son operaciones, pero secundarias, dentro de la sucesión recursiva y autosostenida de experiencias de observación. Por eso, los conocimientos científicos no pueden declararse libres de perturbaciones, por el contrario son relativos a las posibilidades puestas en juego, es decir, al trasfondo productor de distinciones de distinciones que, aunque parezcan provenir de la realidad no se extraen de ella pues -¡no tienen correlatos externos! Sonidos, imágenes, texturas y olores se organizan de acuerdo a las reglas de las estructuras de nuestros sistemas nerviosos, del mismo modo la verdad, la belleza, la justicia, las teorías sociales o los precios, por atribuciones procesadas comunicativamente desde las determinaciones estructurales de los sistemas sociales de los que forman parte.

Como variante pragmatista, el perspectivismo trasluce las primeras entradas a las nuevas propuestas. Su postura nos es familiar pues, al explicar nuestras experiencias de selección, enfatiza las limitaciones que se tienen para acceder a cuestiones simples y complejas, por la vía del proceder científico tradicional, especialmente, de las dificultades para hablar del todo desde las partes o estas sobre sí mismas. Estas constataciones impiden autosostener una calidad y estatus de observador incuestionable y han acelerado las pérdidas de los privilegios de la ciencia pues, sí los conocimientos se reciben a través de experiencias: ¿qué tienen de diferentes las de los científicos?

De acuerdo con lo anterior, se entiende que no es casual que al centro del debate científico, las reflexiones epistemológicas ocupen los primeros planos y que se revalorice la hermenéutica, la fenomenología y la etnometodología juntamente con el intenso interés por las metodologías cualitativas. Recordemos que desde estas, siempre se ha reflexionado sobre los procesos de observación y que, por tal motivo, eran excluidas de las ciencias, pues no lograban asirse al universo mecánico y causal predominante en sus paradigmas.

En el transcurso del debate epistemológico contemporáneo han surgido alternativas ofertando nuevos modos para el operar científico. Sus orígenes se encuentran tanto dentro de nuestras disciplinas, como es el caso de la nueva etnografía, la sicología cognitiva o la teoría de los sistemas sociales, como fuera de ellas, especialmente, en los estudios realizados en el campo de una neurofisiología fuertemente estrechada con la cibernética de segundo orden. De tales cruces se nutren las corrientes epistemológicas constructivistas que sostienen que los conocimientos no se basan en correspondencias con algo externo, sino que son resultados de operaciones de un sistema observador, el que se encuentra ¡siempre! imposibilitado de contactarse directamente con su entorno y que, justamente por eso, conocer es una de sus operaciones fundamentales.

Por cierto, nosotros sostenemos, con convicción, que la ciencia debe responder a su primado funcional (producir conocimiento científico) y observar desde posiciones privilegiadas, aunque no encuentre puntos de apoyo externos que le permitan confirmar sus observaciones y menos para mantener la convicción de estar excluido de estas. Por el contrario, incluyendo en su mirada lo que describe, es pura autorreferencia. Por ello, para los constructivistas la actividad científica, lejos de descubrir verdades las produce para quienes quieren atenderlas, esencialmente, para sí misma. Por lo mismo, una de sus preocupaciones más difundidas es proponer criterios para la aceptabilidad y validación de las explicaciones científicas (Maturana; 1995).

Sin embargo, la difusión del constructivismo no está exenta de tergiversaciones que surgen en sus contemporaneidades, especialmente cuando, inevitablemente, se contienen sus aportes en categorías sociales de moda, estableciéndoles correspondencias con los estilos culturales de la new age o las variantes hiperrelativistas de la postmodernidad. Desde tales planos sorprende la simplificación de lo que se comunica como constructivismo y, simultáneamente, la degradación que se provoca en sus rendimientos epistemológicos cuando, tanto sus defensores como detractores, esgrimen argumentos que carecen del nivel de reflexión exigido para la discusión. Por ejemplo, es evidente que los reiterados debates en torno a la tradicional oposición entre subjetivismo y objetivismo o entre el solipsismo y el empiricismo son, por decir lo menos, extremadamente poco significativos. Parece olvidarse que las posturas que se atacan -o defienden- por subjetivistas o anticientíficas, se sostienen en investigaciones empíricas, comunicadas en conferencias y en libros atestados de experimentos.

Como destaca Siegfried Schmidt (1987), el constructivismo no propone un solipsismo ontológico, tan sólo no habla de “la realidad” sino que de “experiencias de realidad”. Por eso, se funda y propone investigaciones, persigue generar conocimiento empírico aceptable en las comunidades científicas e intenta explicar los mecanismos mediante los cuales se comparten las experiencias de la realidad. En realidad, que otra cosa podría surgir de estudios acerca de las coordinaciones neuronales incluidas en la percepción visual de ranas, palomas y salamandras, en la toma de datos con galvanómetros o en los estudios acerca de las operaciones de sistemas sociales parciales, organizaciones formales, movimientos sociales, grupos e interacciones.

Epistemologías constructivistas

No obstante la antigua data de antecedentes a los cuales sus propagadores echan mano, especialmente cuando se remontan a las corrientes filosóficas idealistas, el constructivismo sólo pudo incorporarse recientemente a la comunicación científica como una nueva teoría del conocimiento cuando ideas dispersas hicieron resonancia ante ciertos cambios en la complejidad de la sociedad. De partida, como lo adelantamos, presupone la diferenciación del sistema de la ciencia, que sus comunidades incorporen, sistemática o intuitivamente, las hipótesis acerca del metabolismo celular (autopoiesis), el funcionamiento del sistema nervioso (especialmente del cerebro) y la cibernética (procesos de autoorganización) y las dispongan junto a conocimientos provenientes del relativismo histórico, de las disciplinas de la comunicación, de las teorías de sistemas y de los enfoques culturales y psicocognitivos.

Esto hace que el constructivismo sea un discurso temático, mejor dicho, un lenguaje interdisciplinario donde se ponen en juego intereses divergentes. De cierto modo, para nosotros el constructivismo es la epistemología de la teoría de sistemas, una vez que hizo suyas las nociones de auto-organización y autopoiesis.

No teniendo una presentación monolítica, se pueden reconocer variantes de constructivismos y de hecho bajo su rótulo se integran tradiciones disciplinarias que provienen, no solamente de la filosofía, sino que de la biología, la ingeniería y las ciencias humanas y sociales. Incluso, para estas últimas y considerando sus actuales rendimientos, el constructivismo podría ser tratado como otro punto de partida para la teoría social (Corcuff; 1998), como parte de las estrategias para un cambio personal planificado (Neimeyer; 1996), como uno de los pliegues que acompañan las reformas pedagógicas (Wallner, 1994; Ausubel y Novak; 1978) o como un instrumento para el desarrollo organizacional (Arnold; 2000).




DURAS

BLANDAS

BIOLÓGICAS

  • Constructivismo Radical

  • Teoría de los sistemas

  • autopoiéticos (H. Maturana)

  • Constructivismo radical

  • (Heinz von Foerster)

  • Psicoconstructivismo

  • Epistemología Genética (J.Piaget);

  • Epistemología Natural

  • (G.Bateson, Watzlawick, P. e.o.)

SOCIALES

  • Constructuvismo Operativo

  • Teoría de sistemas sociales

  • (N.Luhmann)

  • Enactivismo (F.Varela)

  • Fenomenólogos/Pedagogos

  • Socioconstructivismo

  • (Schü tz,A;Berger,P. y

  • Luckmann,T.; Ausubel,D.

  • y Novak, J. e. o.)
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