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EDUCACIÓN SEXUAL

LA SEXUALIDAD HUMANA

Si realizáramos una brevísima tormenta de ideas entre un grupo de ocho o diez personas proponiendo que, sin ninguna reserva, se apuntaran palabras relacionadas con la sexualidad, fácilmente nos encontraríamos con una larga lista de términos dispares y heterogéneos. No sería ésta una ocasión que ilustrase el desconocimiento general sobre la sexualidad sino que resultaría una buena muestra de la complejidad y la diversidad de la sexualidad humana.

Para aproximarnos al concepto de sexualidad puede resultar gráfico entender que la sexualidad de cada persona se articula en el punto de unión, roce o contraste entre dos ejes que componen esencialmente a todo ser humano: su biología y su cultura.

Desde la perspectiva biológica es claro que la sexualidad cumple una misión de supervivencia de la especie humana pretendiendo una única misión: reproducirse a sí misma de manera que nuevos individuos sustituyan a aquellos que mueran. A esto las personas le llamamos paternidad y maternidad y lo recubrimos de importantes e intensas emociones. Lo cierto es que todos nuestros afectos, deseos, temores, experiencias y prácticas en este campo de la vida son equivalentes a otros, en apariencia bien distintos, que se realizan entre diversas especies animales.

La finalidad reproductiva de nuestra sexualidad determina de forma fundamental nuestra morfología. Nuestros órganos reproductivos así como muchos de los aspectos con los que vivimos, disfrutamos y sufrimos nuestra sexualidad están en íntima relación con ésta función reproductiva. La forma del pene y de la vagina tienen definida su complementariedad por esta cuestión, la alta concentración de terminales nerviosos en el glande o el clítoris o la importante cantidad de transpiraciones que generan olores característicos son algunos de los ejemplos de cómo la evolución de los seres humanos, como del resto de los mamíferos, ha rodeado de múltiples atractivos una misión que, por el bien de la especie, debía realizarse con eficacia.

Todo esto genera una realidad que modela y en ocasiones atrapa nuestras conductas sexuales, pero no acaba aquí el condicionamiento de nuestra sexualidad. Se ha dicho que la naturaleza del ser humano es su sociabilidad, su cultura. Igual que determinados depredadores precisan de la sabana para sobrevivir o algunos reptiles necesitan que su medio posea un elevado grado de humedad, las personas garantizamos nuestra supervivencia conviviendo con otras personas, viviendo en sociedad.

La sexualidad es un elemento llave para modelar muchos aspectos de la vida social.

Podemos definir el término cultura como el modo en que una sociedad o grupo de personas se organiza para sobrevivir como tal. Hemos de destacar que la forma en que se realiza la sexualidad de los miembros de cada sociedad tiene repercusiones fundamentales y básicas en muchos aspectos de su organización cotidiana y su supervivencia.

La sexualidad es un elemento llave para modelar muchos aspectos de la vida social. No sólo se trata del número de hijos «adecuado», también resulta importante el modo en el que se permiten las relaciones sexuales, la regulación de la natalidad, la permisividad del aborto o el trato y el rango que se otorgan a la sexualidad de los seres que no tienen capacidad reproductiva (básicamente viejos y niños).

La sexualidad de las personas es organizada, educada y controlada de formas distintas en cada sociedad. No sólo se dictan normas y leyes de manera explícita, sino que también, soterradamente, los modelos sociales configuran los usos y consecuencias de nuestra sexualidad.

Desde lo reproductivo podemos ver cómo las expectativas personales, sociales y profesionales así como la realidad tecnológica han postergado la edad media de la aparición del primer hijo. En nuestra sociedad europea las posibilidades de una mayor experiencia educativa, la dificultad para encontrar empleo estable o los problemas actuales para conseguir vivienda condicionan la forma en la que las parejas actuales «voluntariamente» deciden cuando tener hijos. De igual forma, el número de hijos en la unidad familiar ha descendido en su media permitiendo una mayor promoción social y profesional de la mujer así como un cuidado más rico y dedicado al hijo o a los hijos existentes, por parte de la pareja.

Sirvan estos ejemplos para ilustrar cómo la sexualidad, sus usos y consecuencias se convierten en cuestiones que no son de ninguna manera independientes del contexto social y cultural donde se encuentran nuestros protagonistas. Bien al contrario, la organización y la permisividad sexual están indisolublemente unidas a otras cuestiones sociales independientes sólo en apariencia.

Cada persona posee un cuerpo con unas características y potencialidades para desarrollar su sexualidad y una cultura que las modela, las potencia o las inhibe.

En muchas ocasiones se transmite la idea de que la cultura es exclusivamente, un inhibidor de la sexualidad de las personas. No estamos de acuerdo con esta afirmación. La existencia de anticonceptivos eficaces es un ejemplo concreto de cómo nuestra cultura nos permite independizar nuestra actividad sexual de nuestra capacidad reproductiva ampliando enormemente el desarrollo de sus otras funciones (placenteras, afectivas, comunicativas, etc.).

Si analizamos comparativamente la sexualidad con la nutrición, como un equivalente de supervivencia biológico, quizás podamos ejemplificar con mas claridad la forma en que la cultura puede enriquecer a las personas. Los seres vivos tenemos necesidad de alimentarnos y sobre esa necesidad biológica, culturalmente, tenemos la posibilidad de cocinar y disfrutar de la gastronomía. Lo que en principio es una necesidad básica de aportes de sustancias energéticas pasa a ser un placer en el que se combinan todos los sentidos con la imaginación.

No debemos de perder de vista que junto a la apertura de posibilidades aparecen las presiones para dirigir y controlar las vivencias y elecciones de las personas. Desde la glotonería del carnaval a la vigilia de la cuaresma, de la bulimia a la anorexia.

El símil de la alimentación puede seguir siéndonos útil para hablar de la complejidad de la sexualidad humana. La sexualidad de toda persona está indefectiblemente condicionada y articulada por este doble juego de ejes interconectados, su biología, su cuerpo y su sociedad o cultura.

De la misma manera que en la preparación y degustación de un plato, en la sexualidad aparecen e intervienen todos nuestros sentidos. Y junto al tacto, al olfato o al gusto aparece un eje diacrónico fundamental. De la misma manera que un aroma o un sabor nos devuelve una imagen o una experiencia pasada, una comida familiar o el recuerdo de un ser querido, la sexualidad posee un carácter dinámico y acumulativo fundamental para las personas.

Como en otros campos de nuestra vida, en nuestra sexualidad se van produciendo cambios que tienen conexión con ciertas cuestiones madurativas e indudablemente con nuestras experiencias y aprendizajes. Cada persona tiene una sexualidad peculiar y distinta a la de otras, de la misma manera cada momento de la vida sexual de una persona tiene características distintas. Tener este dinamismo en cuenta posibilita entender con mayor claridad y menor grado de confusión el sexo y además abre la posibilidad de actuar positivamente en el desarrollo de la sexualidad de las personas y posibilita también la educación sexual. La sexualidad humana es un espacio de la vida de las personas en el que actúan y se articulan diversos factores que la condicionan y que, por esta razón, deben de ser abordados desde cualquier proyecto de Educación Sexual que quiera ser eficaz y que no pretenda solamente tranquilizar conciencias.

Ámbitos de la sexualidad

Reproductivo

Supervivencia de la especie

Fisiológico

Liberación de tensiones, producción de placer, biorritmos

Afectivo

Define la identidad de las personas, su estima y valoración

Comunicativo

Permite establecer niveles de relación intensos y profundos

Social

Formas de relación de pareja, relaciones extramatrimoniales, permisividad sexual...

Cultural

Mitos, tabúes, relaciones de consanguinidad, linaje, etc.




LA SEXUALIDAD ES COSA DE: ¿...UNO? ¿...DOS? ¿...TRES?

...uno

El primer ámbito donde la sexualidad tiene sentido y desarrollo es en la esfera individual. Cultura, biología, confluyen y toman forma en cada persona, constituyéndose el individuo, cada persona particular y concreta, en la medida básica para vivir y comprender la sexualidad.

Cada persona posee un cuerpo propio y una sexualidad particular y debemos reivindicar en primer término el derecho de cada uno y cada una a utilizarlos según sus deseos.

Dicho así -quizás resulte brusco para algunos- el ejercicio de la sexualidad es un ejercicio individual y privado en el que cada persona asume su propia sexualidad, con sus responsabilidades y riesgos. Por paradójico que parezca, la educación sexual es una intervención social (promovida por terceros) para conseguir en cada persona una sexualidad autónoma, responsable y respetuosa con los demás.

La representación y valoración del cuerpo es algo que cada persona aprendemos de forma importante en los primeros años de vida. En este sentido baste recordar cómo la Educación Infantil promovida por la LOGSE reconoce como su primer objetivo «Descubrir, conocer y controlar progresivamente el propio cuerpo, formándose una imagen positiva de sí mismo, valorando su identidad sexual...».

Nuestro cuerpo es aprehendido y valorado por cada uno y cada una en función de lo que se nos dice de él y de cómo se nos permite actuar con él. La manera en la que tratemos el cuerpo de nuestros hijos, la forma en que el baño se convierta en un juego o una horrible obligación, cómo enseñemos a nuestros hijos e hijas a controlar esfínteres, nuestra actitud ante la autoexploración de su cuerpo o cómo potenciemos o inhibamos el uso de sus sentidos son variables con las que desde nuestra perspectiva -de padres y madres educadores- influimos en la sexualidad de nuestros hijos e hijas.

Con respecto a lo corporal, una práctica muy unida a posturas restrictivas ante la sexualidad ha sido la negación de la existencia de los cuerpos y su mutilación simbólica. Las lecciones de anatomía de los bachilleres de hace unas décadas sufrían tales movimientos sísmicos al llegar al ombligo que muchas personas no conservan mas que manchas borrosas de la zona pélvica.

Y si todos los cuerpos eran negados, los cuerpos femeninos sufrían malformaciones génicas propias de la más publicitada película de terror fantástico. La ideología dominante, machista y falocéntrica, ha reducido en un sentido general la capacidad sexual de las mujeres a su capacidad reproductiva y es de esta manera como muestra el cuerpo femenino.

Sobre ésta cuestión recomendamos la lectura de «Mas allá de los labios» de Elisabetta L. Leonelli, donde se realiza una revisión exhaustiva del «agujero», revisando la simbología y el control social que se concentra en la representación cultural de la vagina.

Entre muchos padres y madres aflora la preocupación ante las actividades masturbatorias de sus hijos e hijas.

Podemos afirmar que existen actividades autoeróticas desde los primeros días de vida. La succión regular y rítmica del chupete o el pulgar para la obtención de satisfacción es una de las primeras formas de autoestimulación. Muchas personas que se escandalizan al saber que en algunas culturas polinésicas se duerme a los niños varones estimulando rítmicamente sus genitales, no tienen ningún pudor en jugar al «caballito» o al «burrito» con sus hijos. Existen infinidad de formas para estimular placenteramente nuestros cuerpos. Para los bebés, junto a la obtención de placer, este tipo de actividades les proporciona un conocimiento esencial de su propio cuerpo. De la misma forma que necesitan conocer y explorar su entorno físico, precisan del conocimiento de su cuerpo.

La incorporación de las personas al mundo de los adultos requiere una larga cadena de inhibiciones y postergaciones de deseos. Esta es la razón por la que, como padres y madres, limitamos la autoestimulación infantil. Este principio, coherente con nuestro modelo social, no tiene por que ir unido a una consideración negativa o culpabilizadora de la masturbación. La persona que aprendió durante su infancia que estas actividades son reprobables y dañinas, conservará la impresión de que obtener sensaciones placenteras por estimulación de su cuerpo es algo sucio y repugnante. Esta actitud, con toda seguridad, será una traba para disfrutar siempre de su sexualidad.

Durante mucho tiempo nosotros, padres y madres, hemos oído hablar de la masturbación de las personas adultas -adolescentes o no- como algo terrible. Además de sus males -efectos- morales, su práctica tenía consecuencias trágicas que iban de la aparición del acné a la esterilidad, pasando por la ceguera y la calvicie.

Numerosos estudios vienen a contradecir a nuestros tutores y maestros: actualmente es una cuestión generalmente admitida que el autoerotismo es una práctica útil para la obtención de placer y satisfacción personal; también es un recurso para la descarga de tensiones físicas y de ansiedad; junto a todo esto, la masturbación es un instrumento inigualable para el autoconocimiento de nuestros cuerpos y esto es algo que, siendo beneficioso en sí mismo, también nos permite compartir nuestras experiencias con nuestra/s pareja/s.

Cuando se realiza vida sexual en pareja, la masturbación permite una cierta independencia a cada uno de sus integrantes de sus respectivos deseos sexuales. Este planteamiento puede chocar un poco si tenemos asociada la masturbación a la adolescencia o la contemplamos como un recurso menor a utilizar cuando no es posible la sexualidad de pareja. Esta asociación no puede, de ninguna manera, separarse de una concepción social restrictiva de la sexualidad de la que ya hemos hablado. El autoerotismo es una actividad que depende de los deseos de cada persona, independientemente de su edad, su situación de pareja o su sexo.

Cuando, como padres y madres, estamos temerosos de cómo empezarán nuestros hijos su vida sexual con otras personas, la masturbación permite a los jóvenes y adolescentes dar rienda suelta a sus fantasías y deseos salvaguardándose aún de frustraciones y conflictos.

...dos

Si el primer espacio donde tiene lugar la sexualidad es el individual, el personal, este plano se articula inmediatamente y de forma complementaria con el de la pareja. La función reproductiva de la sexualidad humana hace dirigir la conducta sexual humana hacia otras personas. Sobre este condicionante biológico aparecen numerosos usos sociales de la sexualidad que definen las formas en las que se establece la pareja procreadora.

El mero hecho de que nuestro hijo o nuestra hija alcancen edad de emparejarse y de aparearse ya es motivo suficiente para que exista un -pequeño o grande- terremoto doméstico. Y puede que no sea para menos.

Una vez que nuestros hijos e hijas alcanzan la madurez reproductiva y se hacen hombres y mujeres las posiciones relativas de cada uno de los miembros de la familia cambian rápidamente. Esto se acentúa en nuestros tiempos, cuando otros vectores de la mayoría de edad (independencia económica, abandono del hogar materno, empleo, etc.) se retrasan, amplificándose y cronificándose las tensiones y los conflictos intrafamiliares.

Los hijos sienten, junto a una cantidad de cambios físicos manifiestos y desbordantes, cómo empiezan a ser personas distintas para quienes les rodean, ya sean seducibles (posibles novios o novias) o competidores. Al mismo tiempo, no es difícil recordar o imaginar la sensación de un padre o una madre que por primera vez piensa que pueden ser abuelos.

Si hasta aquí estamos hablando de cambios progresivos y sutiles, la aparición del primer novio o novia tiende a concentrar todas estas nuevas sensaciones inquietantes y a menudo angustiantes.

Y es que, realmente, la incorporación al mundo adulto en su faceta reproductiva de un chico o una chica es un paso importante para todos los miembros de una familia. Por ésta razón es importante que nos detengamos a reflexionar sobre los contenidos y el sentido de la educación sexual que realizamos habitualmente. Hablar de embarazos, anticonceptivos y VIH/SIDA es importante pero no lo es menos colaborar en la medida de lo posible para que nuestros hijos e hijas comiencen a asomarse al mundo de la convivencia y la sexualidad adulta compartida.

Para ello debemos considerar necesario hablar de afectos, parejas, vida en común, etc. a nuestros hijos e hijas, no sólo para evitarles sufrimientos y frustraciones -realidades inevitables para cualquier persona en este ámbito- sino también para conseguir que mantengan la calma ante futuras dificultades y puedan sobrellevarlas y superarlas positivamente.

Un ejemplo concreto es el de la primera vez, situación sobre la que se concentran numerosos mitos y fantasmas que alteran y en ocasiones marcan a los jóvenes o adolescentes. Abordar y desbaratar las fantasías y chantajes que acompañan al tabú de la virginidad sobre todo para la mujer, desmitificar las imágenes de los medios de comunicación, admitir que la frustración y el conflicto son ingredientes inherentes pero no inundantes de la vida amorosa, subrayar la tranquilidad que permite el uso de anticonceptivos o darles nuestra propia visión -sin animo de imponerla- de cómo se desarrolla habitualmente, pueden ayudar a los noveles a enfrentar de forma positiva sus primeras experiencias.

Otra cuestión importante en éstos momentos puede ser la de transmitir la visión de la sexualidad como algo dinámico, tal y como comentábamos anteriormente. No existen apuestas ni órdagos en estas partidas que si tienen algo de interesante está en el mismo juego y no en el resultado. La vida es larga y la vida en pareja, como la sexual, pasa por momentos distintos donde cada persona aprende y se enriquece.

Hasta ahora hemos hablado de cómo la primera pareja o la primera experiencia sexual puede conmocionar a una familia. Si añadimos que en ocasiones esto puede ocurrir con personas del mismo sexo que nuestro hijo o hija, la conmoción familiar puede alcanzar el grado nueve de la escala de Richter, el nivel máximo de un terremoto.

La homosexualidad es definida y valorada de distintas formas en función de la cultura en la que se desarrolle.

Algunas sociedades, por ejemplo, constituyen un período socialmente aceptado y en ocasiones obligado de hábitos homosexuales que dan paso posteriormente al establecimiento de familias heterosexuales. En otras ocasiones, como ocurre en algunos sectores de nuestra sociedad, la homosexualidad es repudiada y los homosexuales excluidos.

Existen numerosas teorías que tratan de explicar este hecho y, no siendo éste el espacio para discutirlas, sí es importante subrayar que la homosexualidad no constituye en absoluto un trastorno o una enfermedad. Lo cierto es que resulta difícil hablar de homosexualidad en singular ya que las relaciones sexuales con personas del mismo sexo adquieren diversas formas. Existen, por ejemplo, numerosas personas que a lo largo de su vida han mantenido algún contacto sexual de este tipo, otras mantienen de forma permanente relaciones sexuales con personas del otro sexo y de forma esporádica mantienen relaciones homosexuales, determinadas personas escogen de forma exclusiva a otras de su sexo para desarrollar su sexualidad.

Las relaciones sexuales con personas del mismo sexo adquieren diversas formas.

Por otro lado, la elección de personas de uno y otro sexo para compartir la sexualidad es algo que varía en el tiempo. Es frecuente, por ejemplo, que en la infancia y la adolescencia se realicen juegos, exploraciones y otras actividades de orden sexual entre amigos/as del mismo sexo, esto no es ningún elemento que determine la orientación sexual de nadie. Otra realidad que habla de lo inconsistente de la homosexualidad como etiqueta estigmatizadora la definen aquellas personas que durante una época de su vida mantienen exclusivamente un tipo de orientación sexual, por ejemplo heterosexuales, y en momentos posteriores establecen relaciones de signo contrario. Tristemente una decisión que compete sólo a las personas que la realizan, como es el caso de la elección de pareja y la orientación sexual, da lugar a etiquetas sociales que tienen la capacidad de estigmatizar a sus protagonistas. Debemos evitar cualquier tipo de prejuicio que nos lleve más allá de considerar a cada persona distinta y al mismo tiempo mantener el principio de igualdad en su diferencia. Hacer esto significa respetar la libertad de cada persona para desarrollar su vida sexual y afectiva.

...tres

El número de personas o factores que intervienen y configuran la sexualidad de cada persona puede ser infinito. Con el título de éste apartado queremos detenernos mínimamente a considerar la influencia de los factores determinados socialmente, considerando aquellos que aparecen como un tercero en discordia.

Ya hemos comentado anteriormente, a la hora de acotar nuestra visión de lo que es sexualidad, la importancia de los factores culturales y sociales y cómo la sociedad condiciona tanto positiva como negativamente la sexualidad individual. En algunas ocasiones incluso podemos observar cómo junto al avance promovido por algún nuevo descubrimiento o forma de asistencia aparece un nuevo riesgo de pérdida personal. Esto es fácil de percibir en el cambio producido por la asistencia a los partos en los hospitales. La sustitución de la partera acompañada por familiares y vecinas por los cualificados equipos de matronas y tocólogos ha implicado tanto la disminución del número de fallecidos en los partos como un desplazamiento del protagonismo en los nacimientos, donde las tecnologías han sustituido a importantes aspectos humanos y comunales. La proximidad y el afecto han sido reemplazados por un número importante de instrumentos sofisticados y expertos que recortan de forma importante el protagonismo femenino y en general de la comunidad en los nuevos nacimientos.

En este momento creemos que resulta fundamental profundizar en algunos de los condicionantes que nuestra cultura dominante nos presenta limitando el uso de las elecciones individuales. Al hilo de este comentario, con la intención de subrayar el marco que encabeza éste epígrafe, puede ser ilustrativo recordar el título de un libro de Josep Viçent Marques publicado en los años ochenta: ¿Qué hace el poder en tu cama?.

Y es que aún cuando pensamos que estamos en la más absoluta intimidad con nuestra sexualidad, somos portadores de códigos sociales que operan en nosotros y nosotras independientemente de nuestra voluntad y en ocasiones condicionándola, reproduciendo los esquemas de control social a través de la producción de comportamientos, deseos y fantasías.

Una de las peores consecuencias que tiene la injerencia de los modelos sociales en las formas particulares que la sexualidad toma en cada persona es su importante influencia restrictiva.

Junto a la función propositiva -promover determinados tipos de sexualidad, relación, etc.- está la represiva: tiende a excluir determinadas expresiones y comportamientos de la sexualidad, confiriéndole el calificativo de malignos, perversos o enfermos, cuando éstos no coinciden con su modelo, en todo caso arbitrario. El poder social, con la prevalencia de sus modelos dominantes de sexualidad, actúa limitando y coartando las vivencias y experiencias sexuales de las personas, de todas las personas. Veamos a continuación algunas de ellas.

En primer lugar nuestra cultura trata de imponer la sexualidad de los adultos como la única sexualidad. Los niños y las niñas aparecen, según esta imagen, como ángeles con sexo pero asexuados, entendiéndose que cualquier manifestación de su sexualidad debe ser entendida como una alteración perversa grave que inmediatamente ha de ser reprimida y neutralizada.

Desde esta perspectiva, la dificultad para entender que existen distintas formas de sexualidad entre las personas ha implicado una respuesta de incomprensión y coerción sobre una sexualidad infantil que es radicalmente distinta a la adulta, llena de curiosidad, experimentación y ganas de conocer y conocerse. La incapacidad para entender esto ha generado la condena y el castigo de niños y niñas a quien se les ha entendido como pervertidos, cuya maduración física y psíquica ha sido acelerada peligrosamente.

Esta visión no sólo ha logrado castigar a través de diversos métodos sancionadores y represivos, sino que también ha privado a todos los niños y niñas de una educación que estimulara su desarrollo en este área.

Otra limitación social impuesta a muchas sexualidades individuales es la de restringir la sexualidad adulta a lo genital y lo coital. En este plano, toda conducta sexual que no esté destinada al coito (y de forma más o menos explícita a la reproducción) resulta pecaminosa, perversa, enferma o anormal. Este centramiento en la penetración vaginal omitía otras formas de satisfacción y comunicación afectiva. Por ejemplo, todo el proceso de excitación y juego previo a la penetración (obligada) era entendido como necesario y totalmente desprovisto de interés, casi un entrenamiento (calentamiento) gimnástico.

El tan traído y llevado «Punto G» es otro ejemplo de cómo nuestra cultura presiona hacia la restricción. En las cabezas de muchas personas el citado punto aparece como un botón mágico que una vez pulsado produce las sensaciones más placenteras. Tras esta imagen del mecanismo automático e infalible se esconde una doble negación: se niega la existencia de un cuerpo que es sensible y sexuado desde la cabeza a los pies y al mismo tiempo se niega todo aquello que tiene que ver con la construcción de la sexualidad como un proceso de comunicación y enriquecimiento.

Por último, no por que con esta sintética enumeración finalicemos la lista -bastante extensa- de limitaciones, puede ser importante dedicar un espacio a las restricciones que la cultura opera sobre la circulación y existencia de afectos ligados a la sexualidad. De entre todos los encorsetamientos que nuestra sociedad imprime a nuestros afectos, el eje que más destaca es el vinculado al sexo o más exactamente al género.

El género, masculino o femenino, diferencia las funciones, imágenes y posibilidades que en nuestro modelo social se depositan en hombres y mujeres.

Funcionan de tal manera estos papeles masculinos y femeninos que no resulta difícil escuchar en comentarios coloquiales hablar de fulano «afeminado» o de mengana «machorra» de forma despectiva porque se separan de los modelos genéricos establecidos.

El género, masculino o femenino, diferencia las funciones, imágenes y posibilidades que en nuestro modelo social se depositan en hombres y mujeres.

Centrándonos en el ámbito de la sexualidad, la caracterización del género masculino vendría dada por la actividad, mientras que la pasividad resultaría el atributo más importante del femenino.

En nuestro código social, es el hombre el que debe tomar la iniciativa en la sexualidad de la pareja; él debe estar siempre «activo», disponible, en cualquier momento y situación. Un hombre siempre tiene que «cumplir» y además la pulsión es de tal intensidad que la realización («culminación») sexual no debe ser alterada por ningún estímulo externo.

Como consecuencia de todo ello los hombres de nuestra cultura se ven encerrados en uno solo de los papeles que pueden desempeñar en sus relaciones sexuales y en muchas ocasiones son víctimas de todos estos condicionantes. Víctimas por verse imposibilitados de desarrollar otras actitudes que reporten mayor satisfacción y riqueza en sus experiencias sexuales y víctimas también porque en ocasiones estos modelos de funcionamiento llevan de forma extrema a la aparición de trastornos en su conducta sexual.

La configuración del modelo de sexualidad femenina responde en un alto grado a la complementariedad del modelo masculino. Con toda certeza esto es así porque socialmente es preciso que las posturas de los dos sexos que integran la vida sexual se acomoden y generen el menor número de problemas. Aunque constantemente el precio de esta ausencia de conflictos manifiestos sea asumido en silencio por muchas de las personas que componen uno y otro sexo.

El rol sexual femenino, según este patrón, se puede caracterizar como pasivo, con ausencia de iniciativa, frágil y de alguna forma secundario. La expresión más peligrosa de este modelo, aún por desgracia harto frecuente, es la que entiende que la experimentación de placer es una cuestión exclusivamente masculina y el papel de la mujer es solo para colaborar en él. De forma resumida, ellas son: EL DESCANSO DEL GUERRERO.

La sexualidad femenina aparece como subordinada de la masculina dando como consecuencia un alto coste en frustración y desinterés. Así parece que las competencias de la sexualidad femenina pasan por satisfacer los deseos del otro y en ocasiones esperar a que sea el hombre el que proponga la actividad sexual.

Ante esta situación no es extraño comprender que hasta hace muy poco tiempo la vivencia de la sexualidad de muchas mujeres atrapadas en este modelo de sexualidad fuera un cúmulo de sinsabores y frustraciones que desembocaban en la apatía y el desinterés hacia el sexo. Tristemente aún hoy en día no resulta nada difícil encontrar un elevado número de mujeres que desconocen la experiencia del orgasmo y un número mayor todavía que lo experimentan sólo en ocasiones contadas.

La diferencia de género se convierte en un proceso de dominación y sumisión donde, más allá de la diferencia, se establecen relaciones de poder y de violencia.

En función de la manera en que proyectemos o no éstas imágenes sociales de la sexualidad en los ámbitos familiar y escolar, potenciaremos o limitaremos la repetición de estas pautas sociales entre nuestros hijos e hijas. 
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