Me refiero a cuanto gira, cada año, alrededor de la Primera Comunión de los niños y niñas de nuestras Archidiócesis




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Un gran acontecimiento

en la vida parroquial y familiar

Carta a los responsables de la preparación de los niños

para recibir la primera comunión

Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz

2009

UN GRAN ACONTECIMIENTO

en la vida de los niños,

de la Parroquia y de la familia

CARTA A LOS RESPONSABLES DE LA PREPARACIÓN DE LOS NIÑOS

PARA RECIBIR LA PRIMERA COMUNIÓN

Mis queridos sacerdotes, padres de familia y catequistas:

1.- Motivo de esta carta

Me dirijo a vosotros, de modo extraordinario, puesto que a todos vosotros, sacerdotes, padres y catequistas, os he escrito al comenzar el curso. Así lo vengo haciendo desde que me encuentro entre vosotros y a vuestro servicio pastoral.

La importancia del asunto que deseo compartir ahora con quienes tenéis una responsabilidad directa en la educación cristiana de los niños requiere un tratamiento específico. Me refiero a cuanto gira, cada año, alrededor de la Primera Comunión de los niños y niñas de nuestras Archidiócesis.

Creo que vosotros y yo coincidiremos si afirmo que, para la familia y para la Parroquia, la Primera Comunión es un acontecimiento que destaca en el transcurso de la vida familiar y de la acción pastoral. Padres, catequistas y sacerdotes os implicáis muy seriamente, aunque de formas distintas, en la preparación y celebración de este acontecimiento. No obstante, se observa la necesidad de mayor coincidencia en los aspectos fundamentales. Urge avanzar hacia una más clara conciencia de lo que corresponde concretamente a cada uno en la atención a los niños que aspiran a recibir por primera vez el Sacramento de la Sagrada Eucaristía para lograr la armónica confluencia de las distintas responsabilidades y esfuerzos. Así nos lo advierte la Santa Madre Iglesia: “Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino” (CIC. cn 914). Esta obligación eclesial pide que se arbitren formas de reflexión compartida en abierto y paciente diálogo entre los sacerdotes, los padres, los catequistas, los profesores de religión y cuantos inciden sobre los niños en su proceso educativo.

Yo me siento muy directamente implicado con vosotros en todo el proceso que se inicia con el primer año de catequesis y concluye con la solemne celebración de la Primera Comunión. En ella vuestros hijos, alumnos y feligreses respectivamente reciben por primera vez el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que está y actúa para nuestra salvación en el Santísimo Sacramento del Altar.

PRIMERA PARTE

Ilusión y colaboración ante el acontecimiento

2.- Ilusión y preocupación ante este precioso acontecimiento

La magnitud del acontecimiento familiar y parroquial, que es la Primera Comunión, motiva tanto nuestra ilusión como nuestra preocupación. Lejos de considerar este evento simplemente como una encantadora fiesta infantil de gran eco familiar y social, la Primera Comunión debe ser contemplada, preparada, vivida y recordada como el precioso gesto del amor de Dios que hace resonar, a través de los tiempos, aquellas conocidas y enternecedoras palabras de Jesucristo: “Dejad que los niños se acerquen a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el reino de Dios” (Lc. 18, 16).

El deseo de que sea entendida y vivida de este modo la Primera Comunión de los niños y niñas en el seno de la Parroquia y de las respectivas familias, choca de frente con la repetida y triste experiencia de que, al menos en muchos hogares, no ocurre así. Ello hace que coincidan en mi ánimo de Pastor, de un modo irreconciliable, la ilusión y un inevitable disgusto acompañado de una profunda preocupación pastoral.

La ilusión brota y permanece al considerar la obra que el Señor realiza cada año en un grupo nuevo de niños y niñas, y al pensar en el inmenso bien que podemos hacer a esas criaturas ayudándoles en la debida preparación, en la solemne celebración y en un cuidado seguimiento posterior. El catecismo de la Iglesia Católica, refiriéndose al niño que se acerca por primera vez a la Eucaristía, dice: “Hecho hijo de Dios, revestido de la túnica nupcial (la vestidura blanca que significa la limpieza de alma operada por el Bautismo), el neófito es admitido y recibe el alimento de la vida nueva, el cuerpo y la sangre de Cristo” (CEC. 1244). El Papa San Pío X, en el “Decreto sobre la edad para la Primera Comunión”, lamentando ciertos criterios tendentes a demorar la recepción de este Sacramento, alude a los bienes que la Eucaristía obra en el alma del niño: “Sucedía, pues, que la inocencia de los primeros años, apartada de abrazarse con Cristo, se veía privada de todo jugo de vida interior; de donde se seguía que la juventud, careciendo de tan eficaz auxilio, y envuelta por tantos peligros, perdido el candor, cayese en los vicios antes de gustar los santos misterios” (o.c. 5)

La preocupación, ciertamente muy seria, asoma cuando pienso en el problema que, tanto para los niños como para la vida pastoral de las Parroquias, supone la disociación entre el clima claramente cristiano fomentado en la catequesis Parroquial, y el ambiente excesivamente materializado, poco o nada religioso, que domina en el seno de muchas familias, y que afecta notablemente a los niños.

Siento que muchos padres, manifestándose muy interesados en que los niños reciban la Primera Comunión, den una desproporcionada importancia a los trajes, a los regalos, a los banquetes celebrativos y, en general, a cuanto forma parte de una simple fiesta social. Todo ello va en detrimento del ambiente que necesita el niño para realizar con dignidad y espíritu religioso el solemne acto de su Primera Comunión.

Nuestro Sínodo Diocesano, celebrado en el año 1992, manifiesta ya una seria preocupación por determinados excesos, e invita a su progresiva corrección: “Debe reformarse el contexto actual de las Primeras Comuniones que favorece y fomenta una celebración ostentosa y consumista, como acontecimiento más social que religioso” (Prop. 108). Y, en este mismos sentido se manifiesta en 1995 el Directorio Pastoral de la Iniciación Cristiana de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz: “Hoy es muy frecuente que, con ocasión de la primera Comunión de sus hijos, muchos padres se dejen absorber por compromisos sociales y gastos exagerados y excesivos” (o.c. 105).

Por otra parte, la exagerada magnitud que se da a la dimensión profana y social de esta celebración se ha convertido casi en un requisito aparentemente insoslayable para las familias, y en un motivo de lamentable competitividad social que produce frecuentemente graves trastornos en la economía y en el equilibrio familiar. La presión de la fiesta social desenfocada o desproporcionada, condiciona y domina incluso a familias de un profundo sentido cristiano. Por eso conviene que se propicie, con tiempo, una reflexión debidamente motivada y desenfadada sobre este punto. A ello nos urge el Directorio de la Iniciación Cristiana arriba citado, diciendo: “Se trata de un comportamiento muy arraigado, por lo que es necesario insistir, en los encuentros con los padres, para que pongan empeño en centrar el interés de ese día, sobre todo en la celebración eucarística, poniendo en un claro segundo plano el traje, los regalos y la fiesta social que se ha de caracterizar por la sobriedad y la sencillez” (o.c. 105).

Debe procurarse, pues, con toda paciencia y buen tacto, que los criterios vayan madurando y las actitudes vayan cambiando en el seno de las familias. Sobre todo entre los grupos de matrimonios amigos, capaces de entender el problema, de adoptar la postura correcta, y de iniciar unos comportamientos acordes con lo que venimos diciendo. En este, como en muchos otros asuntos, tiene gran importancia la presentación razonada del problema, y la ayuda entre amigos, apoyada por la misma Comunidad parroquial y lejos de advertencias condenatorias o que puedan parecer humillantes.

3.- Quiero entender, comprender y orientar vuestra situación

Como Arzobispo vuestro, quiero entender y comprender cuanto gira en torno a la Primera Comunión, y cuanto se ha ido asociando a ella, a través de los tiempos, por diversos motivos e influencias.

Entender y comprender equivale a conocer los motivos que inducen a implicarse en cuanto venimos diciendo; y que, contando con elementos indudablemente positivos, queda salpicado y muy condicionado, a veces, por lamentables elementos negativos.

Entender y comprender no significa, en modo alguno, justificar lo negativo, ni siquiera transigir ante ello sin manifestar las razones que puedan ayudar a superarlo.

Entender y comprender, de ninguna forma significa admitir la disociación entre el ámbito religioso-sacramental y el festivo-social indebidamente desproporcionado o paganizado como si se aceptara la equiparación entre lo positivo y lo negativo. De este modo, podría parecer que lo bueno da consciente y autorizada cobertura a lo malo. Si yo actuara así, cometería una falta grave contra la verdad, contra mi deber pastoral, y contra el respeto que merecéis los padres de los niños y niñas de Primera Comunión.

Sin embargo, entender y comprender sí que es compatible con cierta tolerancia en este campo, que dé tiempo a ir construyendo, sin perder tiempo, otros esquemas mentales en las nuevas generaciones. De lo contrario podría producirse la impresión de una dureza y premura, innecesarias e impropias de la Iglesia, en cuestiones que no nacen de la mala voluntad. Posiblemente nazcan de una deficiente formación, o de un silencio indebido por parte de quienes debían haber hablado y dado testimonio sobre el equilibrio entre lo religioso y lo profano en torno a celebraciones sagradas.

4.- Esperanza, interés y colaboración

La esperanza y el interés por conseguir todo cuanto pueda favorecer la debida celebración de este acontecimiento eucarístico infantil y plenamente eclesial, no siempre se ven satisfactoriamente colmadas. No resulta fácil acertar en la preparación de los niños y niñas puesto que, a veces, son muy distintos los niveles de formación y de hábitos religiosos con que llegan a la catequesis, según las familias y los ambientes de procedencia; y ello condiciona seriamente el aprovechamiento de los niños y las niñas.

La catequesis es tarea delicada y compleja porque forma parte de la iniciación cristiana, que no es un objetivo fácil de alcanzar, puesto que requiere en estos tiempos, como nos decía el Papa Juan Pablo II, nuevos bríos, nuevos métodos y nuevos lenguajes. Ello nos compromete a los sacerdotes, a los catequistas y a los padres cristianos en una constante renovación personal y a una actualización permanente de los instrumentos adecuados para conseguir el fin que se persigue en cada momento y en cada ambiente. No estaría de más que, para los niños que desean recibir la Comunión y proceden de familias con poca formación cristiana y con un ambiente religiosamente frío o incluso negativo, se procurara algún miembro de la Comunidad parroquial, más o menos allegado, o capaz de acercarse a la familia, para que ayudara o supliera a los padres en la parte de la catequesis que corresponde principalmente a estos.

La superación de las propias deficiencias en este quehacer, y la corrección de los comportamientos inadecuados o mejorables por parte de cada uno de los adultos, han de movernos a un claro interés por la ayuda mutua; deben comprometemos a todos en una apretada y generosa colaboración personal e institucional entre la Parroquia y las familias, entre los catequistas y los padres, y entre los sacerdotes, catequistas, padres y profesores de religión. La tarea en que estamos comprometidos exige una adecuada programación y un equipo de trabajo bien preparado, decidido y emprendedor. Estoy convencido de que, si esa tarea se mira con realismo, sin idealismos ni pesimismos, se pueden lograr metas progresivamente más adecuadas a las necesidades y más satisfactorias para quienes han de realizarlas.

5.- ¿Por qué la Primera Comunión en edad tan temprana?

Los padres sueñan con ver crecidos y maduros a sus hijos, aunque temen que pierdan el encanto de su más tierna infancia, y lleguen a esas edades difíciles en que la relación familiar se hace más compleja porque van surgiendo los problemas en la mente y en el corazón de los adolescentes y jóvenes.

La Iglesia, que también es madre, puesto que de su seno nacimos a la vida de Dios por el Bautismo, también goza de sentar a la mesa de los adultos a quienes, a pesar de su corta edad, ya disfrutan del uso de razón, de una conciencia que va despertando a la distinción entre el bien y el mal, y de un corazón abierto al conocimiento creyente y a la admiración y adoración del Señor de cielos y tierra.

El niño, cuando llega a la edad del discernimiento, y cuando es capaz de asimilar lo que corresponde al proceso de iniciación cristiana propia de sus años, es considerado por la Iglesia apto para prepararse a participar de la Sagrada Eucaristía en el Banquete del Señor junto con los fieles cristianos adultos. Repito, pues, que es una alegría también para la Santa Madre Iglesia, como lo es para los padres, contemplar a sus hijos incorporados conscientemente a la vida familiar de los hijos de Dios, participando de la Mesa eucarística junto con los mayores. Los niños y niñas aportan a ese encuentro sacramental el encanto, la ternura, la ingenuidad y la limpieza de corazón que dan a la reunión en torno a la Mesa del Señor una frescura y un encanto verdaderamente admirables.

Por otra parte, a pesar de las características tan encomiables que hemos destacado en los niños, que cuentan con la edad y con las condiciones adecuadas para recibir la Primera Comunión, sabemos muy bien que ya apuntan en su alma pequeñas malicias, y claros signos de contagio de los ambientes e influencias no siempre positivas. Podríamos decir que el pecado ya apunta, de alguna forma, en su corazón.

La Iglesia, como una madre amantísima, solícita y responsable de la buena educación de sus hijos, e interesada en que dispongan de los recursos necesarios para su crecimiento integral y para su desarrollo armónico en la virtud, quiere acercar a los niños y niñas a la Mesa del Señor para que participen del pan celestial que es alimento de vida y fuente de fortaleza frente a las tentaciones del maligno y contra las malas influencias del ambiente. Así lo enseña Jesucristo cuando nos dice: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn. 15, 5). “Si no comiereis la carne del Hijo del Hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn. 6, 53). “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn. 6, 54).

Y, como desde el uso de razón o capacidad de discernir entre el bien y el mal, cuanto menos en lo básico, el niño puede pecar, no solo necesita de la fortaleza que le aporta el alimento de la Eucaristía, sino que debe acercarse, también, al sacramento de la Penitencia para reconciliarse con Dios.

El Papa San Pío X, promotor de la Primera Comunión a la tierna edad en que despunta el uso de razón, decía citando al cuarto Concilio de Letrán: “Todos los fieles de uno y otro sexo, en llegando a la edad de la discreción, deben por sí confesar fielmente todos sus pecados, por lo menos una vez al año, al sacerdote propio, procurando según sus fuerzas cumplir la penitencia que le fuere impuesta y recibir con reverencia, al menos por Pascua, el Sacramento de la Eucaristía, a no ser que por consejo del propio sacerdote y por causa razonable creyeren oportuno abstenerse de comulgar por algún tiempo” (Decr. Citado, 2).

Conviene recordar, en este momento, que una adecuada pedagogía del Sacramento de la Penitencia y una correcta celebración por parte de los niños, aconseja que haya una ocasión en que, sin prisas y con los recursos propios de una celebración infantil correcta, se cuide la primera celebración de la Penitencia; en un momento oportuno del segundo curso de la catequesis. Luego, en las vísperas de la Primera Comunión, deberá ofrecerse a los niños la oportunidad de participar en el Sacramento de la Penitencia. Pero, en todo ello ha de procurarse que el niño entienda que la práctica de la penitencia no es algo esporádico en la vida del cristiano, y tampoco una obligación precia cada vez que se vaya a recibir la Sagrada Eucaristía.

SEGUNDA PARTE

Preparación de los niños y niñas

6.- Necesidad de una buena preparación de los niños y niñas

Cuando algo importante se realiza sin la debida preparación, se desvirtúa y se deteriora en la conciencia de quien llega a ello de forma superficial e incompetente, aunque no sea culpable de su propia situación.

La necesaria preparación de los niños, tal como lo indica el proceso de la Iniciación cristiana previa a la Primera Comunión, exige, al menos, un conocimiento de las verdades fundamentales que confiesa o proclama la fe cristiana. Este conocimiento, adecuado a la edad de los niños y niñas, aunque requiere una explicación básica a la altura de sus exigencias y capacidades, no puede ceñirse a lo que podríamos llamar “comprensión” o puro conocimiento intelectual. En las edades a las que nos estamos refiriendo, es muy necesario que se faciliten expresiones concretas y válidas para retener y comunicar las verdades ya conocidas y entendidas a su modo y en su nivel. Podríamos decir que la memorización es el necesario complemento de la explicación de las verdades. Sólo así podrá el niño llegar a poseer con firmeza lo que se le ofrece y enseña.

El Directorio General para la Catequesis, publicado por la Congregación para el clero en el año 1997, dice sobre la memorización en la catequesis: “La Catequesis está vinculada a la de la Iglesia que mantiene viva entre nosotros la presencia del Señor. El ejercicio de la memoria es, por tanto, un elemento constitutivo de la pedagogía de la fe, desde los comienzos del cristianismo...En particular, se han de considerar oportunamente como objeto de memoria las principales fórmulas de la fe, ya que aseguran una exposición más precisa de la misma y garantizan un rico patrimonio común doctrinal, cultural y lingüístico” (o.c. 154).

La tarea de memorización, que sigue ritmos distintos según las personas, desborda generalmente el tiempo destinado a la Catequesis. En ese mismo tiempo el catequista debe animar a la conversión y a la plegaria como ayudas imprescindibles para la interiorización religiosa de lo que el niño va aprendiendo.

Además de las verdades que debe ir aprendiendo el aspirante a la Primera Comunión, ha de familiarizarse con determinadas oraciones que deben grabarse firmemente en la memoria para que no se olviden. Han de convertirse en plegaria de adoración, de alabanza, de arrepentimiento, de súplica y de acción de gracias a lo largo de la vida.

Todo este conjunto de objetivos propios de la Catequesis preparatoria a la Primera Comunión desbordan, como he dicho antes, el tiempo y los recursos de los catequistas. Requieren, por tanto, la colaboración de los padres. Lo que ocurre es que algunos padres no están preparados para ello, o no disponen del tiempo necesario en el momento oportuno. En este caso, deberán buscar la ayuda de algún familiar o de algún amigo que esté capacitado para prestar al niño adecuadamente esta ayuda imprescindible. Hay que procurar que la memorización no resulte odiosa; de lo contrarío produciría el efecto opuesto al que se pretende.

Esta importante tarea de ayuda o suplencia familiar debe comenzar desde el primer día de la catequesis para los niños que llegan sin los conocimientos ni los hábitos religiosos elementales y correspondientes a la infancia. En la búsqueda de esta ayuda es muy importante la colaboración de la comunidad parroquial.

7.- Atención a los niños con alguna deficiencia considerable

En esta carta he aludido repetidas veces a la condición de Madre que constituye una cualidad muy importante de la Iglesia. Esa maternidad es confundida por algunos, equivocadamente, con una actitud de absoluta permisividad para todo lo que cada cual pueda considerar como un derecho, o exponer como un simple deseo que estima legítimo. Nunca la maternidad responsable puede confundirse con la dejación de su esencial deber educativo, tal como necesitan y pueden asumir los hijos singularmente considerados.

Por este motivo, la Iglesia se vuelca en atenciones con todos, procurando ayudar a su promoción personal y cristiana; y, en ello, debe ser fiel cumplidora de los deberes que le incumben por la obediencia a la doctrina católica y a la legislación eclesiástica vigente. Esta es la razón de que, en alguna ocasiones, haya cierta confrontación innecesaria pero, a veces inevitable, entre lo que piden algunas personas, y lo que la Iglesia debe hacer o puede permitir en lo que se refiere a los requisitos concretos para recibir la Primera Comunión. De ello hemos tratado en esta carta.

En este punto de la Carta quiero exponer lo concerniente a los casos extraordinarios que también merecen maternal atención, en nombre de la Iglesia, por parte de los pastores y de los colaboradores. Se trata del cuidado de los niños y niñas que puedan sufrir alguna deficiencia condicionante ante las exigencias básicas de la catequesis preparatoria. Estas exigencias son, en definitiva, las que la Iglesia establece para la recepción del Sacramento de la Eucaristía, y que están indicadas en el curso de esta carta y en el mismo Catecismo que debe constituir el punto de referencia de cada niño y de cada Catequista en el proceso preparatorio.

Sobre ello, dice el Directorio General de la Catequesis elaborado por la Santa Sede: “Toda comunidad cristiana considera como predilectos del Señor a aquellos que, particularmente entre los más pequeños, sufren alguna deficiencia física o mental u otra forma de privación. Actualmente, a causa de una mayor conciencia social y eclesial, y también debido a los innegables progresos de la pedagogía especial, se ha conseguido que la familia y otros ámbitos educativos puedan ofrecer hoy a estas personas una catequesis apropiada, a la que por otra parte tienen derecho como bautizados, y si no están bautizados, como llamados a la salvación. El amor del Padre hacia sus hijos más débiles y la continua presencia de Jesús con su Espíritu dan fe de que toda persona, por limitada que sea, es capaz de crecer en santidad” (DGC. 189).

Esta doctrina ha sido recogida por nuestra Archidiócesis con verdadera fidelidad al pensamiento de la Iglesia, y con evidente caridad hacia los niños y adultos que sufren especiales limitaciones. Por eso, el Directorio para la Iniciación Cristiana, emanado de nuestro reciente Sínodo Diocesano, dice: “A los niños con determinadas minusvalías que puedan ser, en alguna medida sujetos de Iniciación Cristiana, se les prestarán, con especial atención, todos los cuidados necesarios para la misma, teniendo en cuenta al máximo que el Sacramento es un don, un regalo de Dios, y manifestando así la predilección amorosa de la Iglesia por estos hijos suyos” (o.c. 98).

Una vez expuesto el pensamiento de la Iglesia universal, y manifestada la aplicación que de ella hace la Iglesia particular, que es nuestra Archidiócesis de Mérida-Badajoz, conviene señalar unos puntos que faciliten la operatividad más acertada en favor de los niños y niñas a los que nos referimos.

El Papa San Pío X, el Decreto a que me vengo refiriendo en esta Carta Pastoral dice: “El conocimiento de la religión, que se requiere en el niño para prepararse convenientemente a la primera Comunión, es aquel por el cual sabe, según su capacidad, los misterios de la fe, necesarios con necesidad de medio, y la distinción que hay entre el Pan Eucarístico y el pan común y material, a fin de que pueda acercarse a la Sagrada Eucaristía con aquella devoción que puede tenerse a su edad” (o.c. 10, III).

Lo primero que se ha de tener en cuenta es que los niños y niñas con limitaciones o minusvalías constatadas requieren, para alcanzar lo fundamental de estos conocimientos, una atención singular. Por tanto, los padres en primer lugar, deberán asumir la necesidad de un programa especial de preparación para los hijos en estas condiciones.

Esto supone que los padres no deben entretenerse en el comienzo de la catequesis; que han de tomarse en serio, por sí mismos o mediante la ayuda de personas autorizadas y competentes, su aportación al proceso catequético de su hijo o hija tal como el Párroco o el catequista les indique. En caso de que el niño o niña que requiere especiales atenciones catequéticas tenga hermanitos cercanos en edad, que van a recibir la Primera Comunión en fecha próxima, los padres no deben hacer cálculos precipitados respecto de la posibilidad de que ambos reciban juntos la primera Comunión. No se va a exigir los mismos conocimientos y requisitos a los dos hermanos. Pero no se debe prescindir de la preparación básica y posible, razonablemente exigida al niño con minusvalía. Esto podría empobrecer en él o en ella el significado e importancia de la Primera Comunión reduciéndola en ellos a una simple ilusión festiva contagiada por el ambiente familiar, parroquial o escolar; cosa incorrecta..

Considero que es mi deber insistir en la comprensión y colaboración de los padres, ateniéndose a los requisitos manifestados en los documentos que he citado y en las consideraciones que se han expuesto.

Por otra parte, exhorto a los colaboradores en la acción catequética preparatoria para la primera Comunión, a que, en contacto con los padres y con quienes pueden conocer bien las características, capacidades y formas adecuadas de tratamiento de estos niños, estudien y concreten los contenidos básicos que deben aprender, las actitudes fundamentales que deben cultivar, y la forma correcta de ayudarles a adquirir todo ello.

8.- Duración de la catequesis preparatoria para la Primera Comunión

No olvidemos que muchos niños llegan a la catequesis de Primera Comunión careciendo de todo o de mucho de lo que concierne a la educación cristiana básica propia de los primeros años de su infancia. Me refiero al <despertar religioso>, para el que la Iglesia facilita elementos auxiliares, dada la importancia de este preámbulo de la catequesis. Pero éstos elementos auxiliares no siempre son utilizados por los padres o por los demás educadores que inciden sobre la vida y evolución del niño. Es más: algunas veces se dan por supuestos, sin dedicar en el proceso catequético, un tiempo adecuado para su aprendizaje. Esto supone un serio problema al intentar el desarrollo sistematizado que propone el catecismo preparado por la Conferencia episcopal para este fin. Catecismo que debe constituir el apoyo básico para el desarrollo de la catequesis, y que ha de poseer y manejar cada uno de los niños aspirantes a la Primera Comunión.

A este respecto, nuestro Directorio Pastoral de la Iniciación Cristiana hablaba en 1995 de las etapas a recorrer en la catequésis. Y señalaba, como la primera etapa, el hasta los 6 años; a realizar fundamentalmente en la familia, con las ayudas necesarias en casos especiales. Para ello, la Conferencia Episcopal española estableció como material básico, el primer catecismo de la Comunidad, titulado “Los primeros pasos en la fe”. El Directorio cita al Papa Juan Pablo II cuando decía: “El niño pequeño recibe de sus padres y del ambiente familiar los primeros rudimentos de la catequesis, que acaso no serán sino una sencilla revelación del padre celeste, bueno y providente, al cual aprende a dirigir su corazón. Las brevísimas oraciones que el niño aprenderá a balbucir serán el principio de un diálogo cariñoso con ese Dios oculto, cuya palabra comenzará a escuchar después” (CT. 4).

Como segunda etapa, el Directorio citado alude a la iniciación cristiana y sacramental, que sitúa entre los 7 y los 9 años de edad. Tiene como objetivo que el niño asimile los principales elementos de la vida cristiana y se familiarice con las cosas de Dios. En estos dos años debe seguir las pautas señaladas en el catecismo “Jesús es el Señor” al que acabo de aludir.

Consiguientemente, si el niño no ha desarrollado lo concerniente al despertar religioso, deberá dedicar tres años a la preparación de la Primera Comunión.

Si, debidamente probado, consta que realizó de forma correcta lo concerniente al despertar religioso (cosa cada vez menos frecuente), bastará que dedique los dos años que señala el procedimiento catequético propio del catecismo indicado.

Esta diferenciación puede ser motivo de complicaciones, pero es de justicia. Habrá que estimar los procedimientos para una correcta valoración del despertar religioso. De lo contrario, deberá establecerse para todos el período de tres años, como se indica en el párrafo anterior.

Estoy convencido de que, si no se toma en serio y con la debida prudencia por parte de todos lo que acabamos de decir, seguirá el incómodo que ya sufren algunos párrocos por establecer como obligatorios los tres años de catequesis previos a la Primera Comunión, dado el estado general en que llegan los niños a inscribirse para recibir la Eucaristía.

Lo que he manifestado puede llevar a señalar diferencias personales según la situación de cada niño; pero no justifica diferencias en el modo de proceder de las Parroquias por decisión personal del párroco. Esas diferencias no son correctas ni siquiera justas. Teniendo en cuenta la unidad fundamental que deben guardar las instituciones diocesanas, cada parroquia no tiene derecho ni autoridad para establecer sus años de catequesis por encima de lo establecido, legítima y razonadamente, por quien tiene obligación y autoridad para ello.

Es necesario que todos hagamos un esfuerzo por asumir la propia responsabilidad en este punto. Como Obispo, debo decir que éste es el punto por el que más incomodidad y malestar me manifiestan muchos sacerdotes. Crea verdaderos problemas a causa de los agravios comparativos y de los disgustos que, por ello, causan los padres que están más interesados por la fiesta y la edad del niño que por lo que significa para el niño y para su vida cristiana recibir la Sagrada Eucaristía. Me violenta esta situación de libre iniciativa y de individual decisión personal por parte de algunos responsables, porque sobre ello me preguntan en público, poniéndome en el brete de desacreditar a quienes así procedieron sin razón suficiente.

Concluyendo, podríamos decir que los años de la catequesis preparatoria a la Primera Comunión son tres, salvo en los casos en que se constate un adecuada realización del despertar religioso en el niño a la hora de inscribirse en la catequesis.

Para que la temporalización de los tres años de catequesis en la edad de los niños no sea arbitraria y no ocasione conflictos, es conveniente atenerse a lo que dice nuestro Directorio de la Iniciación cristiana (nº 87). En la puntualización de edades, se atiene a lo que dice el Código de Derecho Canónigo.

El despertar religioso, puede preceder al uso de razón. Por tanto cabe como aprendizaje o educación previa a los siete años.

Según el Código de Derecho canónico, “El menor, antes de cumplir siete años, se llama infante, y se le considera sin uso de razón; cumplidos los siete años, se presume que tiene uso de razón” (cn 97 § 2),

El aprendizaje del catecismo asignado para la preparación inmediata a la recepción de la Primera Comunión, corresponderá al tiempo de uso de razón; esto es, a partir de los 7 años. Como el proceso catequético requiere dos años, abarcará los siete y ocho años. La recepción de la comunión corresponderá, ordinariamente al final de los ocho años o a los nueve.

Si el despertar religioso no se hubiese realizado antes de los 7 años, tendría que realizarse a partir de este año con ello se retrasaría la edad en que el niño recibirá la Primera Comunión.

La solución para no retardar innecesariamente la Primera Comunión, cabe comenzar la catequesis con el despertar religioso a los 6 años, y desarrollar el aprendizaje del Catecismo, durante el 7º y el 8º año de edad.

9.- La preparación a la Primera Comunión y la progresiva incorporación a la vida de la Iglesia

Si nos estamos refiriendo a la iniciación cristiana, que cuenta con la progresiva participación en los sacramentos (especialmente de la Penitencia y de la Eucaristía después del Bautismo) no haría falta insistir sobre la progresiva integración en la Iglesia que la misma catequesis debe procurar en el niño. Pero, precisamente porque estamos hablando de la iniciación cristiana, que es inseparablemente iniciación a la vida de la Iglesia y en la Iglesia, no podemos dejar de aludir a la conveniente preparación explícita y a la progresiva vinculación consciente del niño a determinadas celebraciones litúrgicas que le permitan asomarse a lo que, después de la Primera Comunión, deberá ser en ellos una práctica ordinaria. Me refiero, especialmente, a la Santa Misa dominical.

Esta es la ocasión de manifestar que, con un sano criterio ha de concluirse que el día más adecuado para recibir la Primera Comunión es el incluido en el Tiempo Litúrgico correspondiente al Domingo. Es lógico que el primer día en que el niño participa del Banquete Eucarístico, sea el mismo en que la Iglesia celebra, solemnemente, el día del Señor, que es, eminentemente, el día de la iglesia, el día de la Eucaristía, el día de la Comunidad eclesial en la que se integra plenamente al recibir el Sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor.

En la celebración de la Eucaristía, procúrese evitar toda acción que deteriore la vivencia litúrgica acercándole a formas espectaculares o folclóricas. Con ello, a lo sumo se puede conseguir captar la atención de niños y adultos, pero no acercarles más al misterio de la Eucaristía. Debemos cuidar que no se confundan las formas pedagógicas que faciliten la participación de los niños con unas formas de entretenimiento. No olvidemos que esto puede dificultar la participación de los niños en la Eucaristía cuando asistan con sus padres, con catequistas o amigos a una celebración en los Domingos.

Es muy importante considerar que el Papa San Pío X, refiriéndose a la vinculación de los niños a la Eucaristía y a la Penitencia, y teniendo en cuenta lo fáciles que son los niños para las influencias ambientales, especialmente las negativas, dice: “El precepto de que los niños confiesen y comulguen afecta principalmente a quienes deben tener cuidado de los mismos, esto es, a sus padres, al confesor, a los maestros y al párroco” (Decreto citado, 10, IV).

Esta responsabilidad de los adultos vinculados al niño no concluye advirtiendo a los niños cada vez, ni siquiera insistiéndoles o urgiéndoles a que participen en la Penitencia y en la Eucaristía. Habrá que animarles con el propio ejemplo, como padres y como catequistas, sacrificando lo posible para acompañarles a la participación en estos sacramentos, e incluso preparándoles a ellos.

Esta necesidad catequética deberá hacernos pensar en determinadas Celebraciones litúrgicas muy bien preparadas para que los niños y niñas puedan asomarse a la riqueza de la vida eclesial, progresivamente y de forma adecuada a su edad y a sus capacidades.

Dicha práctica litúrgica y piadosa es verdaderamente importante en el proceso catequético. No podemos permitir que se confunda la catequesis con un mero aprendizaje de conceptos y de oraciones, o con una simple llamada a comportarse honestamente según la moral cristiana. Es necesario que se vaya entendiendo, por la oportuna reflexión y por la práctica, que la vida cristiana consiste en un acercamiento fiel al Señor que se hace presente de muchas formas y, especialmente, en las celebraciones del Culto sagrado.

También en este punto es absolutamente imprescindible la colaboración entre todos los implicados en la educación cristiana de los niños. Cantos, ceremonias, intervenciones propias de la participación infantil en los actos sagrados, textos a recitar, explicaciones de la palabra de Dios, etc. constituyen un conjunto no siempre fácil de armonizar. Por este motivo, la iniciación cristiana de los niños debe ser preocupación y colaboración de la familia y de la Comunidad parroquial en su conjunto.

Esta colaboración al interior de la la Comunidad Parroquial, especialmente por parte de los catequistas y de los profesores de religión, y por parte de los padres o de quienes ellos elijan para ayudarles, debe entenderse como importantísima. De lo contrario, no solo quedará incompleta la tarea de iniciación cristiana de los niños, sino que se provocará una separación entre lo que significa la Primera Comunión y lo que esta celebración debe implicar en la conducta cristiana posterior.

El olvido de que es tarea imprescindible educar para la continuidad entre la preparación y celebración de la Primera Comunión y la vida cristiana que ella nos exige y propicia, provoca el triste e incoherente fenómeno del abandono de la práctica cristiana por parte de los niños ya desde el Domingo siguiente a su participación primera en la sagrada Eucaristía.

Es tarea de la Comunidad Parroquial procurar la progresiva introducción del niño en la vida de la Iglesia, especialmente mediante la participación en la Eucaristía dominical, en la oración personal y en la práctica del Sacramento de la Penitencia.

Cuando se explica insistentemente a los niños, como corresponde hacer en la catequesis, lo que significa la Primera Comunión, y cuando se les introduce en el conocimiento de la vida de la Iglesia, pero luego experimentan el abandono de padres, catequistas, etc. en lo que se refiere al acompañamiento cristiano posterior, como si esto ya no fuera tan importante, terminan concluyendo que lo que se tenía que hacer ya se hizo al recibir al Señor aquel día tan precioso; y que ya no están obligados a nada más. Por eso, y con la presión del ambiente hostil a la fe y a la Iglesia en que viven, se van abandonando; y, con el paso de los años, se adentran progresivamente en una vida cada vez más distante de la fe y más alejada de la Iglesia.

La preparación a la Primera Comunión comporta todo un plan de pastoral de seguimiento, que ha de pasar por un claro planteamiento de pastoral de la infancia, de la adolescencia y de la juventud. Y en ello han de sentirse implicados los mismos grupos de personas que antes llamábamos a la colaboración para llevar a buen término la catequesis de Primera Comunión. Esta afirmación no es exagerada, ni debe considerarse utópica. Sería muy importante y fructífero que se constituyera en objeto de reflexión compartida entre catequistas y otros agentes de pastoral de infancia de distintas Parroquias. Vuelvo a insistir en la urgencia de trabajar pastoralmente abiertos a la colaboración y valorándola como corresponde. La inercia de quedarse en lo propio cierra horizontes e impide una sana revisión de lo hecho.

Los tiempos nuevos piden a la Comunidad parroquial, animada por un voluntariado competente y animoso, una acción continuada de atención a niños, adolescentes y jóvenes. Y esta atención comporta la preparación de personas bien elegidas y bien dispuestas, tanto padres, como educadores de diverso rango y dedicación. (Monitores de juventud, promotores de movimientos cristianos juveniles, grupos de padres colaboradores, etc.).

TERCERA PARTE
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