Biblioteca virtual de ciencias sociales de america latina y el caribe, de la red de centros miembros de clacso




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BIBLIOTECA VIRTUAL DE CIENCIAS SOCIALES DE AMERICA LATINA Y EL CARIBE, DE LA RED DE CENTROS MIEMBROS DE CLACSO

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Coronil, Fernando. Naturaleza del poscolonialismo: del eurocentrismo al globocentrismo. En libro: La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas. Edgardo Lander (comp.) CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina. Julio de 2000. p. 246.

Disponible en la World Wide Web: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/lander/coronil.rtf


Naturaleza del poscolonialismo: del eurocentrismo al globocentrismo 1
Fernando Coronil 2


2 Profesor de antropología e historia, Departamento de Antropología, Universidad de Michigan.

Resulta sorprendente, particularmente desde la experiencia latinoamericana, que el creciente campo académico de estudios postcoloniales en los centros metropolitanos se haya destacado básicamente por trabajos sobre el colonialismo norte-europeo en Asia y Africa. A pesar de que la colonización europea en las Américas involucró a España, Portugal, Francia, Holanda e Inglaterra y fijó parámetros para su expansión posterior en Asia y Africa, ésta aparece sólo de una manera tangencial en el campo de estudios postcoloniales. Latinoamérica y el Caribe, como objetos de estudio y como fuentes de conocimiento sobre el (post) colonialismo, están ausentes u ocupan un lugar marginal en sus debates y textos centrales. Esta exclusión también ha conllevado una notable ausencia del imperialismo en los estudios postcoloniales, asunto central para los pensadores latinoamericanos, quienes desde la independencia en el siglo diecinueve han prestado especial atención a las formas persistentes de sometimiento imperial postcolonial. ¿Están relacionadas entre sí estas dos ausencias, la de las Américas y la del imperialismo? Ambos silencios dicen mucho sobre las políticas del conocimiento occidental e invitan a explorar la manera como la teoría se difunde y a discernir cómo se establecen nuevas modalidades de colonización del conocimiento en diferentes regiones y disciplinas académicas. En este artículo no quiero explicar este silenciamiento de las Américas, sino más bien confrontarlo a través de una discusión sobre las transformaciones del capitalismo al inicio de un nuevo milenio.


En sus confesiones San Agustín sugirió que es sólo al final de la vida que uno puede aprehender su significado. El discurso de moda acerca del fin de la Historia, del socialismo, hasta del capitalismo -o al menos la anunciada desaparición de su conocida forma industrial y el nacimiento de una era post-industrial basada en la informática y en la desmaterialización de la producción- sugiere que el nuevo milenio está generando fantasías inspiradas en una creencia similar. Coincidiendo con el fin del socialismo como alternativa real de futuro, o al menos con la desaparición del socialismo realmente existente en muchos países, el orden capitalista aparece en el nuevo milenio como la única forma de sociedad viable y por lo tanto como el horizonte posible para sueños de realización personal y esperanzas de redención colectivas.


De todas estas fantasías milenarias, el discurso sobre la globalización de las instituciones financieras y corporaciones transnacionales evoca con una fuerza particularmente seductiva el advenimiento de una nueva era. Su imagen de la globalización trae a mente el sueño de una humanidad no dividida entre Oriente y Occidente, Norte y Sur, Europa y sus Otros, ricos y pobres. Como si estuviese animada por un deseo milenario de borrar las cicatrices de un pasado conflictivo o de lograr que la historia alcance un fin armonioso, este discurso promueve la creencia de que las distintas historias, geografías y culturas que han dividido a la humanidad están siendo unidas en el cálido abrazo de la globalización, entendido éste como un proceso progresivo de integración planetaria3.


Está de más decir que los discursos sobre la globalización son múltiples y distan mucho de ser homogéneos. Los relatos más matizados impugnan la imagen estereotipada de la emergencia de una aldea global popularizada por las corporaciones, los Estados metropolitanos y los medios de comunicación. Estas versiones alternativas sugieren que la globalización no es un fenómeno nuevo, sino más bien la manifestación intensificada de un viejo proceso de comercio transcontinental, de expansión capitalista, colonización, migraciones mundiales e intercambios transculturales. De igual manera sugieren que su actual modalidad neoliberal polariza, excluye y diferencia, aun cuando genera algunas configuraciones de integración translocal y de homogeneización cultural. Para sus críticos, la globalización neoliberal es implosiva en vez de expansiva, conecta centros poderosos a periferias subordinadas. Su modo de integración es fragmentario en vez de total. Construye similitudes sobre la base de asimetrías. En resumen, unifica dividiendo. En vez de la reconfortante imagen de la aldea global, ofrecen, desde diferentes perspectivas y con diferentes énfasis, una visión inquietante de un mundo fracturado y dividido por nuevas formas de dominación4.


Manteniendo un diálogo con estas fantasías milenarias acerca de una armonía global así como con los relatos que las confrontan, quiero sugerir que la actual fase de globalización implica una reconfiguración del orden mundial capitalista y una reorganización concomitante de la cartografía geopolítica y cultural de la modernidad. A pesar de que yo también me siento atraído por el deseo de ofrecer una interpretación sobre el capitalismo al final del milenio, exploraré su vida no tanto haciendo un recuento de su biografía desde la perspectiva del presente, como sugiere San Agustín, sino más bien discerniendo su actual configuración y especulando acerca de su futuro a la luz de su oscuro pasado. Este breve bosquejo será muy selectivo, para pintar con pinceladas amplias una imagen de la dinámica actual del capitalismo.
Para evocar esta imagen tal como aparece durante el inicio de un nuevo milenio, estableceré algunos vínculos entre el pasado colonial en el que el capitalismo evolucionó y el presente imperial dentro del cual la globalización neoliberal ha logrado establecer su predominio. No es necesario decir que asumo ciertos riesgos al hablar del capitalismo en singular, como si fuera una entidad homogénea y delimitada, en vez de un proceso complejo que adquiere diversas configuraciones en distintas áreas. Ante el peligro de diluirlo en su diversidad, prefiero correr el riesgo de ofrecer lo que puede que no sea más que una caricatura del capitalismo, con la esperanza que al menos nos ayude a reconocer sus características esenciales y su emergente configuración.


A través de una discusión sobre la cambiante relación del capitalismo con la naturaleza, quiero ofrecer el argumento de que la globalización neoliberal implica una redefinición de la relación entre el Occidente y sus otros, lo que lleva a un cambio del eurocentrismo a lo que aquí llamo "globocentrismo." En otro artículo me he referido al "occidentalismo" como un "conjunto de prácticas representacionales que participan en la producción de concepciones del mundo que 1) dividen los componentes del mundo en unidades asiladas; 2) desagregan sus historias de relaciones; 3) convierten la diferencia en jerarquía; 4) naturalizan esas representaciones; y 5) intervienen, aunque sea de forma inconsciente, en la reproducción de las actuales relaciones asimétricas de poder" (1999: 214). Estas modalidades de representación, estructuradas en términos de oposiciones binarias, oscurecen la mutua constitución de "Europa" y sus colonias, y del "Occidente" y sus postcolonias. Ocultan la violencia del colonialismo y del imperialismo detrás del embellecedor manto de misiones civilizatorias y planes de modernización. En vez del eurocentrismo de los discursos occidentalistas anteriores, el cual opera a través del establecimiento de una diferencia asimétrica entre el Occidente y sus otros, el "globocentrismo" de los discursos dominantes de la globalización neoliberal esconde la presencia del Occidente y oculta la forma en que éste sigue dependiendo del sometimiento tanto de sus otros como de la naturaleza. En este artículo, mi esfuerzo de explorar la relación cambiante del capitalismo con la naturaleza intenta ayudar a desmitificar las modalidades emergentes del dominio imperial que ocultan el persistente sometimiento y explotación de los seres humanos y de la naturaleza.

I. La naturaleza y el occidentalismo


Reconocer el papel de la naturaleza en el capitalismo expande y modifica los referentes temporales y geográficos que enmarcan las narrativas dominantes de la modernidad. Marx afirmó que la relación entre capital/ganancia, trabajo/salario y tierra/renta del suelo "engloba todos los secretos del proceso social de producción." (1971: vol. III, 754). Como si quisiera evocar simultáneamente un misterio celestial y su solución terrenal, llamó a esta relación "fórmula trinitaria". Sin embargo, pocos analistas, incluyendo a Marx, han aplicado esta fórmula a la resolución del enigma del papel de la "tierra" en el capitalismo. Viendo al capitalismo desde Europa, Lefebvre es excepcional al tomar en cuenta este olvido y especular acerca del papel de los agentes sociales asociados con la tierra, incluyendo el Estado, en la aparición del capitalismo europeo (1974)5.


Una visión del capitalismo desde sus bordes permite confrontar este olvido. Al enfocar la relación constitutiva entre el capitalismo y el colonialismo, esta perspectiva ayuda a modificar la comprensión convencional de la dinámica y la historia del capitalismo en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, ofrece una mayor comprensión del papel de la naturaleza en el proceso de la formación de riqueza; segundo, amplía los agentes del capitalismo no sólo dentro de Europa, sino en todo el mundo.


Incluir la tierra en la dialéctica capital/trabajo nos permite reconocer que el proceso de la creación de riqueza implica un intercambio transformativo entre los seres humanos y el mundo natural del cual forman parte. Desde esta perspectiva, se puede apreciar más ampliamente el papel de la naturaleza como una fuerza generadora de riqueza y de modernidad, sin reducirla, como hace la economía convencional, a un factor de producción. Aun desde una perspectiva marxista existe la tendencia a descontar el significado de su materialidad como fuente de riqueza, y verla sólo como una condición necesaria para la existencia del capital, una limitación para su crecimiento, ó una fuente de entropía6. El mismo Marx, quien reconoce el rol de la naturaleza en la creación de la riqueza, no desarrolla cabalmente esta idea en sus análisis de la producción capitalista y expresa cierta ambivalencia al respecto. Por una parte, basándose en Petty, él dice en una sección del Capital que ha recibido poca atención, que la riqueza debe ser vista como la unión del trabajo, "el padre", y la naturaleza, "la madre" (Capital 1967:43). Sin embargo, en otra sección que ha recibido mucha atención, Marx sostiene que las propiedades físicas de las mercancías "no tienen nada que ver con su existencia como mercancía" (1967:72). Desde mi punto de vista, la materialidad de las mercancías es inseparable de su capacidad para constituir y representar la riqueza. Como unidad de riqueza, la mercancía encarna tanto su forma natural como su forma de valor. A pesar de sus diferentes modalidades, la explotación capitalista implica la extracción del trabajo excedente (plusvalía) de los trabajadores así como de las riquezas de la tierra (Coronil 1997:56-66). La explotación social es inseparable de la explotación natural, de distinto sentido pero fundamental relevancia.
Como para Marx "tierra" significa "naturaleza" en su materialidad socializada en vez de en su existencia material independiente, traer a la naturaleza al centro de la discusión ayuda a reubicar a los actores sociales directamente asociados con sus poderes. En vez de restringir estos agentes a lores feudales en vías de desaparecer, o a terratenientes en decadencia (el énfasis en El Capital), éstos pueden ser ampliados para abarcar las poblaciones e instituciones que dependen de la mercantilización de lo que he llamado bienes "intensivos de naturaleza", incluyendo los Estados que poseen recursos naturales o que regulan su comercialización. Esta visión más amplia dificultaría reducir el desarrollo del capitalismo a una dialéctica binaria entre el capital y el trabajo que se realiza en los centros metropolitanos y que se extiende hacia la atrasada periferia. Reconocer que la "fórmula trinitaria" implica no una dialéctica binaria entre el trabajo y el capital sino una dialéctica triple entre el trabajo, el capital, y la tierra, ubica el desarrollo del capitalismo dentro de condiciones evidentemente globales desde el inicio. De igual manera, hace más visible una gama más amplia de relaciones económicas y políticas y ayuda además a conceptualizar la división internacional del trabajo como una división simultánea de la naturaleza.


Esta inclusión de los distintos agentes mundiales involucrados en el desarrollo del capitalismo ayuda a desarrollar un relato descentrado de la historia. Desde tiempos coloniales, la "periferia" ha sido una fuente principal tanto de riquezas naturales como de trabajo barato. La cuestión ahora es ver si esta situación ha dejado de ser, o si se manifiesta bajo distintas condiciones.
Una visión "aterrizada"7 que complementa la reconocida importancia del trabajo con el descuidado pero inescapable papel de la naturaleza en la formación del capitalismo, al ampliar sus agentes y hacer más compleja su dinámica, descentra las concepciones eurocéntricas que identifican la modernidad con Europa y relegan la periferia a un primitivismo pre-moderno. Integrar la "tierra" a la relación capital/trabajo ayuda a comprender los procesos que le dieron forma a la constitución mutua de Europa y sus colonias. En vez de una narrativa de la historia construida en términos de una oposición entre una Europa moderna que ha triunfado por su propio esfuerzo, y una periferia sumida en medio de su atrasada cultura, este cambio de perspectiva nos permite apreciar más cabalmente el papel de la naturaleza (neo) colonial y del trabajo en la mutua formación transcultural de las modernidades metropolitanas y subalternas (Ortiz 1995; Coronil 1995;1997).


Este enfoque del rol de la naturaleza en la formación del capitalismo converge con el esfuerzo de interpretar su historia desde los bordes en vez de desde sus centros. Desde esta perspectiva el capitalismo parecerá más antiguo y menos atractivo8. Podremos ubicar su "nacimiento" y evolución, no en Europa, en donde la historiografía dominante lo ha restringido, sino en las ya globalizadas interacciones entre Europa y sus otros coloniales. Esta trayectoria más larga requiere que se rescriba su biografía para dar cuenta de su dinámica global y su violencia intrínseca. Como si se descubrieran las capas sumergidas de un palimpsesto, recuperar esta historia traerá a la superficie las cicatrices del pasado, escondidas por el maquillaje de las historias siguientes, y hará más visibles también las heridas ocultas del presente.


Un enfoque que privilegia la relación constitutiva entre el capitalismo y el colonialismo nos permite reconocer los papeles fundamentales que el trabajo y la naturaleza colonial han jugado en la formación del mundo moderno. Desde esta perspectiva, el capitalismo aparece como el producto no sólo del ingenio de empresarios e inventores europeos, de la racionalidad de los Estados metropolitanos, o del sudor del proletariado europeo, sino también de la creatividad, el trabajo y la riqueza natural bajo el control de los europeos en sus territorios de ultramar. En vez de verlo como un fenómeno europeo auto-generado que se difunde al resto del mundo -la historia común de su nacimiento dentro de las entrañas de una sociedad feudal, su crecimiento dentro de los límites de Europa, y su expansión en el extranjero- la modernidad capitalista aparece como el resultado desde sus inicios de transacciones transcontinentales cuyo carácter verdaderamente global sólo comenzó con la conquista y colonización de las Américas.
Las colonias de Europa, primero en América y luego en Africa, le aportaron mano de obra, productos agrícolas, y recursos minerales. Igualmente, le presentaron a Europa una variedad de culturas en contraposición a las cuales Europa se concibió a sí misma como el patrón de la humanidad -como portadora de una religión, una razón y una civilización superiores encarnadas por los europeos. A medida que la noción española de "pureza de sangre" dio paso en las Américas a distinciones entre razas superiores e inferiores, esta superioridad se plasmó en distinciones biológicas que han sido fundamentales para la auto-definición de los europeos y siguen presentes en los racismos contemporáneos9. De la misma manera como las plantaciones de las Américas, operadas por esclavos africanos, funcionaron como factorías proto-industriales que precedieron aquellas establecidas en Manchester o Liverpool con mano de obra europea asalariada (Mintz 1985), las colonias americanas prefiguraron las establecidas en Africa y Asia durante la era del alto imperialismo.


Desde esta perspectiva, el colonialismo es el lado oscuro del capitalismo europeo; no puede ser reducido a una nota a pie de página en su biografía. La "acumulación primitiva" colonial, lejos de ser una precondición del desarrollo capitalista, ha sido un elemento indispensable de su dinámica interna. El "trabajo asalariado libre" en Europa constituye no la condición esencial del capitalismo, sino su modalidad productiva dominante, modalidad históricamente condicionada por el trabajo "no libre" en sus colonias y otras partes, tal como el actual trabajo productivo de los trabajadores asalariados depende del trabajo doméstico, "no productivo" de las mujeres en la casa. En vez de percibir la naturaleza y el trabajo de las mujeres como "regalos" al capital (ver una crítica de Salleh 1994:113), deben ser vistos como confiscaciones del capital, como parte de sus otros colonizados, como su lado oscuro. ¿Cuál es el lado oscuro de la globalización?
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