Recursos Naturales: Dra. Graciela Bazán




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Hoja Geobiológica Pampeana XXV(2013), N° 8


Lunes 26 de agosto de 2013

HOJA GEOBIOLÓGICA PAMPEANA

Órgano del Consejo Profesional de Ciencias Naturales

(Fundado el 12 de marzo de 1989 por el Dr. Augusto Pablo Calmels)

Editores responsables: Dr. Augusto Pablo Calmels y Lic. Olga C. Carballo

Corresponsales, Biología: Lic. Julio R. Peluffo

Geología: Dr. Eduardo E. Mariño

Recursos Naturales: Dra. Graciela Bazán

http/www.region.com.ar/hoja geobiológica pampeana

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CHARLAS GEOMORFOLÓGICAS

1.- La terminología geomorfológica y su método de estudio

I.- Introducción.

Cuando debe procederse a describir las geoformas, suele hacérselo de diversas maneras, teniendo en cuenta la finalidad que se persigue y, sobre todo, el auditorio al cual está dirigida la descripción. Como este escrito está destinado a estudiantes o docentes de geología o de geografía, debe enfatizarse primeramente el conocimiento de las descripciones empíricas. Su familiarización con ellas les será muy provechosa para el trabajo de campaña, en el cual suele ser una ayuda muy importante la información proporcionada por los pobladores de la región que se estudia. Pero tanto el geólogo como el geógrafo deberán traducir luego el resultado de sus estudios, y es en este estadio del trabajo investigativo cuando tendrá que valerse de otro tipo de descripción para redactar sus informes científicos. En efecto, dirigido a profesionales que conocen la estructuración de la geomorfología y que deberán hacer uso de la información que en él se rinda, el informe científico deberá estar redactado empleando las descripciones explicativas.

Paralelamente, dado que para llegar a las descripciones explicativas se requiere conocer acabadamente los procesos generadores de las geoformas y la evolución que ellas han experimentado a lo largo de su existencia, nos referimos al método científico, cuyos pasos o etapas es necesario recorrer, en forma ordenada y sistemática, para lograr que el estudio realizado tenga un verdadero carácter científico y proporcione a quien lo utilice un auténtico conocimiento geomorfológico del área en cuestión, donde pueda reconocerse, de manera relativamente fácil, cómo ha evolucionado esa porción de relieve y cuáles han sido los agentes y procesos geomorfológicos que han llevado a cabo esa transformación.

2.- Descripciones empíricas y explicativas de las geoformas.

Las descripciones empíricas son aquellas que implican el empleo de expresiones sencillas para expresar las geoformas observadas, despreocupándose por completo de la causa que las ha producido. Los nombres se han basado, por lo común, en las características de la observación inmediata: forma, tamaño, aspecto, color, etc. El relieve así descripto encierra una cantidad de detalles y de aspectos difíciles de precisar correctamente por cuanto no establecen una relación precisa entre los diferentes factores que lo han originado. La descripción podrá ser perfectamente comprendida, pero el destinatario se preguntará a cada rato sobre las razones de tales hechos: sobre el motivo de la formación del valle, la causa de los abarrancamientos, la razón de la elevación de un cerro, etc. Es por esa circunstancia de constituir descripciones poco profundas que en los trabajos geomorfológicos debe seguirse el método que emplea las descripciones explicativas.

Las descripciones explicativas, por su parte, son aquellas que emplean términos de carácter mucho más preciso que los términos empíricos y suministran una idea genética de la geoformas estudiada, la cual debe ser una preocupación constante del geomorfólogo dado que constituye lo fundamental del objetivo geomorfológico.

Dos ejemplos serán suficiente para entender la diferencia que existe entre estos dos tipos de descripciones:

  1. Descripción empírica: “En las proximidades de la desembocadura del río Negro, el litoral atlántico argentino circundante presenta un relieve de lomas de escasa elevación…”.

  2. Descripción explicativa: En las proximidades de la desembocadura del río Negro, el litoral atlántico argentino circundante presenta un relieve de dunas de escasa elevación…”.

  1. Descripción empírica: “En la extremidad oriental del lago Nahuel Huapí se encuentra gran cantidad de escombros de anguclastos de variadas dimensiones…”.

  2. Descripción explicativa: En la extremidad oriental del lago Nahuel Huapi se encuentra gran cantidad de restos de morenas, constituidos por guijarros aplanados y estriados…”

Es fácil darse cuenta que el vocablo “lomas”, en el primer ejemplo, es empírico y sólo proporciona una idea de relieve ondulado. En cambio, cuando se lo reemplaza por el vocablo “dunas”, en la descripción explicativa, se ha conseguido agregar la idea de que dicho relieve ha sido originado por la acción del agente eólico. Lo mismo ocurre en el segundo ejemplo con los vocablos “escombros” y “restos de morenas”, involucrando éste su génesis glaciaria.

En el primer ejemplo, el vocablo “lomas” implica tanto una colina como el vocablo “dunas”, pero nada más que una colina; en cambio, el vocablo “dunas”, además de significar una colina, permite saber además que está integrada por granos de arena que, desde el ambiente de playa han sido transportados y acumulados por la acción del viento en el dominio continental.

De forma similar, son numerosos los vocablos que se emplean para las descripciones geomorfológicas explicativas por comprender implícitamente, además del aspecto exterior del relieve, la relación que éste guarda con los agentes y procesos morfogenéticos. Citaremos algunos, incluyendo entre paréntesis su génesis; circo (glaciario), roca fungiforme (eólica), pedestal (eólica), valle (fluvial), artesa (glaciaria), domo de exfoliación (meteorización), cono de talud (remoción en masa), drumlin (glaciaria). arrecife (orgánica), etc.

No obstante lo que se ha dicho con referencia a las descripciones explicativas, podría sostenerse que la mejor descripción es aquella que proporciona conclusiones estructurales sobre la región. Un ejemplo referido a la Puna de Atacama podrá ilustrar convenientemente esta sugerencia:

“En el sentido geomorfológico, la Puna de Atacama es un desierto de altura con algunas características bien notables: acumulación de detritos por desmoronamiento, intensa meteorización física, fanglomerados, rocas pulidas por la acción eólica, cantos rodados facetados. La vegetación es pobre y raquítica y los grandes salares (sebkas) imprimen un sello particular al paisaje; en la Puna jujeña, donde son numerosos, se destaca la cuenca de Salinas Grandes-Guayatayoc como uno de los más importantes…”

Con esas pocas palabras se consigue tener conocimiento de una vastísima y típica región elevada de nuestro país, donde se han destacado las características fundamentales de su relieve y el ambiente climático (desértico) en el cual se encuentra situada.

Cuando se quiere vincular directamente el paisaje con los fenómenos morfogenéticos de diverso carácter que lo han producido, se vuelven necesarias algunas expresiones derivadas de la endodinámica para completar el bosquejo evolutivo del paisaje en cuestión. Para ejemplificarlo, continuaremos con características referidas a la Puna de Atacama en nuestro país:

“El relieve primitivo de la Puna argentina experimentó un fuerte plegamiento. La acción concomitante y posterior de los procesos erosivos, rebajó las irregularidades hasta transformarlo en un paisaje casi completamente horizontal (peniplanicie) que con posterioridad fue fracturado y algunos de sus bloques fueron elevados a gran altura…”

3.- Origen de los términos geomorfológicos.

Es sumamente variada la manera en la que los términos geomorfológicos se han ido incorporando a la literatura específica. Algunos de ellos fueron originariamente nombres derivados de los lugares en los cuales se describían o abundaban tales tipos de relieves o geoformas. Ese es el caso, por ejemplo, de los términos siguientes: géiser (de Geysir, lugar de Irlanda), volcán (de Vulcano, volcán de las islas Lípari), meandro (de Meandro, río de Asia Menor), hamada (de Hamadah, desierto de piedra), monadnook (del monte Monadnook), etc,

Los términos precedentes, al igual que muchos otros, derivan de lugares ciertamente típicos para esa clase de geoformas, por lo que se ha vuelto indispensable adoptarlos en nuestro idioma, con lo que se lo ha enriquecido notablemente en términos específicos para indicar diversos aspectos del relieve.

Por otra parte, existen vocablos aceptados universalmente en geomorfología y que proceden del idioma de un determinado país. Tal es lo que ocurre con las palabras árabes:barkhan (barján = duna o médano con forma de media luna), y ued (uadi = curso de río seco) y hamada (hamada = desierto de piedra). Del escandinavo proceden numerosos sustantivos geomorfológicos como esker, fiordo, osar para esignar formas glaciarias. El idioma español ha contribuido con: cuesta, sierra, arroyo, cañón, playa, cuchilla, bajada y muchos otros. Pertenecen al eslavo los vocablos más característicos para las geoformas cársticas: dolina, polje y otros. El vocablo tómbolo, que designa una pequeña duna formada en las barras costeras de arena, procede del italiano. Las palabras col (cuello), arète (arista), cirque (circo), nevé (neviza), etc,, derivan del idioma francés.

4.- Los tipos de razonamientos en geomorfología.

La geomorfología se ocupa de describir, clasificar e interpretar las geoformas, Para ello, y tratándose de una ciencia natural, se exige al investigador gran minuciosidad en la observación y sentido cabal de las comparaciones. No puede negarse que es una ciencia joven, pero ya ha experimentado algunos cambios de problemática y, por lo tanto, tiene una Historia, aunque ciertamente simple cuando se la compara con ciencias más antiguas, como la Física o la Biología, por ejemplo. Pero debe partirse del hecho que la Geomorfología es una ciencia desarrollada y en pleno progreso.

4.1.-El realismo.- Por un lapso bastante largo los hombres han estado convencidos de que los paisajes que observaban a su alrededor eran el resultado de una creación divina. Este realismo se imponía fácilmente al espíritu profano en razón de que la Naturaleza aparece como inmutable en la escala de una vida humana. Los acontecimientos catastróficos naturales (terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones, etc.), sólo tienen lugar en determinadas regiones y no llegan a modificar de manera completa a los paisajes exteriores; son simples retoques que, si bien revisten el carácter de catástrofe, no llegan a comprometer la estabilidad general. La civilización occidental ha vivido hasta una época relativamente moderna con una concepción de la Naturaleza que heredara de los griegos y latinos y fuera completada con matices del cristianismo, concepción que pone énfasis sobre la armonía de la Naturaleza, su equilibrio y su ritmo.

4.2.- El catastrofismo.- En el deseo de explicarse de alguna manera los fenómenos naturales, el hombre llegó a creer que se debían a acontecimientos súbitos ocurridos sobre el relieve. A ello fue llevado luego de tomar conciencia de las erupciones volcánicas, los terremotos, etc., que parecían transformar de repente la superficie de la Tierra. La fantasía popular, acompañada a menudo por la ignorancia, condujo a adjudicar a las catástrofes o cataclismos, los cambios operados en el relieve. Así surgió el catastrofismo en el cual se enroló el propio Cuvier, fundador de la Paleontología, y su dispersión incluyó el dominio de otras ciencias, como por ejemplo la Biología. Tal razonamiento surge de las siguientes palabras de Cuvier;

“Dejaron detrás de sí, también en regiones del norte, los esqueletos de grandes cuadrúpedos que fueron hallados empotrados en el hielo y preservados hasta el día de hoy con sus pelos, piel y carne. Fue solamente en una vez y en el mismo instante, cuando dichos animales perecieron y cuando las condiciones glaciarias entraron en existencia…” “Este cambio fue rápido. Instantáneo y no gradual y lo que es tan claro es el caso de esta última catástrofe, no es menos real que la que le precedió La dislocación y el volcamiento de los antiguos estratos muestran, sin duda alguna que las causas que los llevaron a la posición que ocupan actualmente fueron súbitas y violentas; y en igual modo el testimonio de la violencia de los movimientos que influenciaron las aguas se ve en las grandes masas de escombros y de cantos rodados que se encuentran en muchos lugares intercaladas entre capas de roca firme…” “La vida sobre la Tierra en aquellos tiempos, fue alcanzada a menudo por estos horrorosos acontecimientos. Los que habitaban las agua perecieron cuando los fondos marinos se transformaron súbitamente en tierra firme; los que vivían sobre la tierra firme fueron englobados por los diluvios; todas las razas fueron extinguidas dejando nuevas trazas de su existencia, que actualmente son difíciles de reconocer, incluso por el naturalista. Las evidencias de estos acontecimientos, tan grandes y terribles pueden ser claramente observadas por cualquiera que sepa leer la historia de las rocas”.

4.3.- El uniformitarismo.- Con posterioridad a Cuvier, no faltaron quienes pensaron que todos los cambios, hasta los más insignificantes que tienen lugar actualmente sobre la superficie terrestre, resultaban suficientes, si se prolongaban por un tiempo bastante largo, para provocar resultados de gran magnitud. Estas ideas, que pululaban en Alemania hacia el final del siglo XVII, fueron sistematizadas y expuestas por el escocés Hutton en el siglo XVIII y, sobre todo, por Playfair, quien en 1802 publicó su Ilustraciones de la Teoría huttoniana de la Tierra, considerada, aun hoy en día, como una obra clásica de la geología mundial.

Tanto Hutton como Playfair concebían y desarrollaban la idea de una evolución del relieve, cuyo agente estaba dado por un proceso observable: el escurrimiento de las aguas de lluvia concentradas en los ríos.

4.4.- El actualismo.- Las ideas que sobre el relieve terrestre había proporcionado el pensamiento uniformitarista y que se encontraban bastante dispersas, fueron reagrupadas y sistematizadas por el geólogo inglés Charles Lyel bajo el nombre de actualismo o Teoría de las causas actuales. La idea es relativamente simple: el relieve terrestre ha evolucionado siempre bajo la acción de fuerzas erosivas del mismo tipo que las que actúan bajo nuestros ojos y que son fáciles de estudiar. Esta manera de interpretar las cosas, presenta un doble interés:

a) Por un lado, el actualismo presenta una ventaja: evita los excesos de imaginación e invita a un estudio minucioso de la realidad. Además, por primera vez se pone de manifiesto una idea referente a la transformación del relieve, a un cambio de los paisajes. Es cierto que se trata de una idea todavía débil, puesto que no trata de precisar el punto de partida ni las modalidades de esa evolución, pero idea fecunda, de todos modos, porque constituye una ruptura fundamental con relación al cándido realismo.

b) Por otro lado, el actualismo presenta un inconveniente: dicha teoría es sólo valedera en la medida en la cual los procesos erosivos constituyen una constante; en el caso contrario se falsea la explicación de las geoformas y se cometen errores de razonamiento tan graves como los que son propios del realismo.

4.5.- la sistematización del actualismo.- Hacia el final del siglo XIX, William Morris Davis sintetizó las ideas dispersas referentes a la geomorfología y configuró un cuerpo de doctrina que consiguió reunir a la vez, por lo menos aparentemente, la coherencia y el rigor, la claridad y la simplicidad. El éxito alcanzado por Davis fue muy grande y sus ideas proporcionaron, durante cerca de medio siglo, la base obligatoria de toda investigación geomorfológica. No faltaron investigadores, como Penck, Baulig y algunos otros que llegaron a modificar ligeramente algunos aspectos de la teoría de Davis, pero sin salirse del mismo esquema global que aquél bosquejara.

Veamos en qué consisten los grandes lineamientos del sistema expuesto por Davis y completado por sus discípulos. En lo general, se desenvuelven alrededor de un pequeño número de nociones.

Primeramente un dato: el relieve, de preferencia montañoso. Las aguas de las lluvias fluyen y se concentran para originar los torrentes que atacan a la montaña o relieve montañoso. A este estadio de juventud, caracterizado por la impetuosidad de los ríos, le sucede un estadio de madurez en el cual los torrentes dejan el lugar a los ríos, encargados de excavar, ampliar y regularizar los valles. Al cabo de un tiempo, más o menos largo de acuerdo con las características de la región, el relieve es reducido, los gradientes se han suavizado y los ríos fluyen lentamente en valles de barrancas apenas marcadas; es el estadio final de la evolución: la vejez o senilidad. Para ese entonces, la antigua montaña, o relieve montañoso, se ha vuelto una peniplanicie, de altitud muy próxima al nivel del mar. El conjunto de esta evolución es designado ciclo de erosión. Pero un nuevo movimiento tectónico provoca la formación de una nueva montaña, o eleva simplemente la peniplanicie y se tiene un relieve rejuvenecido: los ríos vuelven a adquirir su impetuosidad y excavan gargantas que disectan la peniplanicie. Ha comenzado un nuevo ciclo que volverá a repetir las etapas del anterior.

No es fácil suponer que esto sea tan sencillo…Cualquiera se dará cuenta que, en esta concepción, la actividad erosiva depende únicamente de una sola variable: la importancia del relieve o, lo que es lo mismo, del valor de los gradientes.

Entrado ya en el siglo XX y sin descartar la problemática general de esta teoría, se introdujeron dos ajustes: por un lado Baulig puso de relieve un nuevo factor de rejuvenecimiento: las variaciones del nivel marino en función de las glaciaciones cuaternarias, lo que se ha denominado eustatismo o, más precisamente, glacioeustatismo. De esa manera, sugiere que cada descenso del nivel marino provoca la aparición de una ola de erosión creciente, mientras que cada ascenso origina un aterraplenamiento.

Por otro lado, W. Penck sostuvo la posibilidad de movimientos tectónicos suficientemente seguidos o próximos como para impedir la formación de una pediplanicie, de donde surgió su esquema de las superficies de erosión escalonadas de piedemonte, por él denominadas como Piemonttreppen.

Se comprende fácilmente que para todos estos investigadores la evolución del relieve se explicaba por las causas actuales (actualismo) a las cuales debe sumarse el factor tiempo (que también intervenía en el actualismo).

La problemática surge de la propia teoría: antes de estudiar una región, el investigador considera que el relieve se organiza con relación a la red hidrográfica, de donde surgen tres centros de interés:

  1. las superficies de erosión o peniplanicies, término ineludible de la evaluación del relieve; hay que preocuparse por valorar las superficies de erosión aprovechando todos los testimonios (por ejemplo rellanos, aunque estén alejados unos de otros, situados a alturas parecidas) que permitan reconstituir dichas superficies, teniendo presente que regularmente han sido labradas por olas de erosión posteriores; esa preocupación por encontrar superficies de erosión puede llevar a multiplicarlas, a veces de manera abusiva y artificial;

  2. la red hidrográfica, responsable de la disección de las antiguas superficies de erosión y cuyo trabajo tiende a modelar nuevas peniplanicies; debe procurarse por entero definir las particularidades de esta red: meandros y anomalías (capturas, sobreimposiciones, antecedencias, etc.);

  3. las geoformas estructurales mayores, que están en relación con la estructura, conocida por el trabajo de los geólogos, y que son suficientemente netas (escarpas de fallas, plegamientos, cuestas, etc.); no obstante, éstas son geoformas de segundo orden y se verán reducidas a aplanamientos en el transcurso del ciclo de erosión; además, están relacionadas al ciclo porque se ponen en evidencia mediante la erosión diferencial a expensas de una superficie de erosión.

Como puede apreciarse, se trata de una problemática sin sorpresas, la cual es aplicada sistemáticamente en todas las regiones estudiadas, sin prejuicio de tener en cuenta las características particulares de cada una de ellas. Por más que el geomorfólogo trabaje a conciencia sobre el terreno, sólo podrá ver lo que el campo de su problemática le permite ver. Sus descuidos no se deben a una elaboración insuficiente de los métodos y de las técnicas, sino más propiamente de una insuficiencia de la teoría.

Una teoría científica puede ser pasible de críticas cuando puede ser reemplazada por otra teoría que la contiene y la sobrepasa. Para el caso de la teoría davisiana, sin embargo, que tiene todavía en la actualidad numerosos partidarios entre los geólogos y geógrafos no especializados en geomorfología, es necesario tomar conciencia que corresponde a una doctrina precientífica, mucho más próxima a la pseudociencia del siglo XVIII, bajo sus peores aspectos, que a la ciencia de la segunda mitad del siglo XX. La crítica más ampliamente desarrollada que conocemos la hemos encontrado en los trabajos del destacado geomorfólogo francés J. Tricart, cuyas traducciones, efectuadas por nosotros, se encuentran en la Biblioteca central de la UNS. Tales críticas pueden ser ordenadas en varios planos:

  1. el antropomorfismo. En todo momento, el razonamiento davisiano se apoya sobre comparaciones que son tomadas de la vida humana. Así Davis asignó a la noción de ciclo la denominación de “cycle of life” (ciclo de vida). Sin ajuste perfecto, la evolución del relieve no es fundamentalmente diferente de la de un ser humano; las mismas etapas se encuentran en ella con caracteres semejantes, de donde surgen expresiones tales como “juventud”, “madurez”, “senilidad”. Pero el relieve tiene la prerrogativa de poder rejuvenecerse y comenzar otra vez, en cierto modo, una nueva vida. Los ríos más activos y potentes capturan a los que son menos favorecidos… Esta frecuencia de imágenes, analogías y metáforas evita el tener que definir seriamente las nociones que se tienen entre manos.

  2. el catastrofismo. La evolución del relieve es interrumpida por un fenómeno tectónico brusco, de duración limitada con relación a la duración del ciclo de erosión; este fenómeno toma el aspecto de un verdadero cataclismo, perturbando desde el exterior el desarrollo normal de la evolución del relieve. Los movimientos tectónicos no son una componente de la evolución de las geoformas, sólo se inscriben en un conjunto de factores que desempeñan un papel perturbador. Puede verse que, aun cuando en apariencia la doctrina davisiana reposa sobre la idea de evolución y de transformación, en realidad es notablemente estática, ignorando completamente el concepto de equilibrio dinámico.

  3. la introducción de juicios de valor. El concepto de erosión “normal” debe ser descartado, porque por definición toda erosión es normal. El empleo de este calificativo confirma que los primeros geomorfólogos davisianos que han forjado esta expresión tenían conciencia de que existían otros tipos de erosión. Sin embargo, se negaban a situarlos en un mismo nivel y sólo los consideraban como “accidentes”. En algunos escritos muy posteriores es posible encontrar idénticas afirmaciones, como es el caso de Birot (1955) cuando en su “Les méthodes de la morphologie” habla de los “agentes especiales como el viento o el hielo”. No se trata de otra cosa que de un abuso del idioma por parte de los investigadores que juzgan como aberrantes a los hechos que no encuadran en el sistema de valores por ellos elaborado.

  4. un ejemplo de círculo vicioso. Lo encontramos en la distinción de rocas duras – rocas blandas, concepto simple y evidente. Ni Davis ni sus discípulos definieron alguna vez lo que entendían por ello. Cuando se tiene un relieve, las partes deprimidas están formadas por rocas blandas y las partes salientes lo están por rocas duras: las primeras son blandas puesto que son erosionadas, las segundas son duras puesto que resisten. Nadie desconoce, por la experiencia cotidiana, que la caliza y el granito son rocas duras y que la arena y la arcilla son rocas blandas. El sentido común viene en apoyo de ello y la idea se ha llegado a imponer de tal forma que suele ser empleada hasta por los estudiantes, sin tener noción del dominio que abarca.

  5. la erosión como noción precientífica. Se trata de una palabra de uso frecuente en los artículos, tratados o manuales específicos, que es comprendida por todo el mundo y se la utiliza para muchos propósitos, y aun fuera de todo propósito. Esta noción, tan evidente y simple como trivial, es en realidad la prueba de una mentalidad precientífica, fuertemente arraigada en el espíritu de los geomorfólogos. La palabra en sí adquiere un sentido geológico a partir del siglo XVIII adjudicándosele una acción de desgaste. Con posterioridad los geólogos, más tarde los geomorfólogos, la emplean a diestra y siniestra, llegándose a convertirla en la palabra maestra de toda vulgarización en estos dominios. Posiblemente su éxito está vinculado a su carácter vago e impreciso, el cual permite incluir en ella lo que se quiera.

Todavía, es frecuente encontrarla calificada por un adjetivo, y así se lee “erosión normal”, “erosión diferencial”, “erosión lineal” opuesta a “erosión areolar”, “erosión glaciaria”, “erosión desértica”, “erosión rápida” o “erosión lenta”. Es fácil darse cuenta que estos epítetos no se excluyen el uno al otro sino que, muy a menudo, se incluyen; tal es lo que ocurre, por ejemplo con la erosión diferencial, es decir la erosión que actúa en función de las diferencias de dureza de las rocas (dureza ¡¡¡nunca definida!!!) es característica de la erosión normal. De ese modo se vuelve posible hablar de una erosión “normal”, “lineal” y “diferencial” al mismo tiempo. Dejando de lado el hecho de que esto no significa gran cosa, se constata que la magia del verbo prevalece sobre el rigor científico.

No es raro, por otra parte, que para hacer comprender la idea de pediplanicie se diga que la erosión “acepilla” un relieve transformándolo en una superficie…de erosión. Es superfluo decir que la expresión “la erosión acepilla” no significa nada, de todos modos evoca la imagen de un carpintero acepillando una mesa. La comparación comporta la adhesión por su evidencia y disponen recurrir a un razonamiento científico. Sin contar la recurrencia al antropomorfismo que esto significa, se comprueba que la erosión: se ha erigido en una entidad, vacía y hueca, pero sagrada.

Las críticas a este término pueden organizarse en torno a dos grandes ideas;

1°) El concepto de erosión deriva de un antropomorfismo simplista: la evolución del relieve, al igual que la vida humana, es una lucha incesante. El aire y la tierra libran un “combate implacable” y, como en todo combate, es necesario un vencedor: “el aire vence a la piedra”, se llega así a una concepción de la Naturaleza que es humana. Quedaría por agregar la conclusión que se impone después de la formación de la peniplanicie: “…y el combate cesó por falta de combatientes”.

Pero hay más: la utilización de palabras tales como “arcadas” y “pilares naturales”, “pirámides”, etc. pone en evidencia el deseo de asimilar el relieve a una arquitectura cuyas formas estructurales mayores constituyen la armazón, y las superficies de erosión el término final de referencia,

2°) El razonamiento científico es muy discutible. El cuidado por lo pintoresco es la señal de un espíritu que busca en la ciencia una distracción y una diversión. Es muy común ver que los manuales nunca olvidan señalar la existencia de chimeneas de las hadas o marmitas de los gigantes, geoformas relativamente raras, pero “juegos y curiosidades de la Naturaleza” al fin de cuentas susceptible de interesar al profano y al turista y arrastrar al lector a la leyenda. No cabe duda que ello contribuye a alertar la imaginación a expensas del razonamiento.

Toda noción vaga oscurece el problema. No es raro encontrar lo siguiente: “La erosión, cuando tiene campo libre…” sin poder saberse lo que ello significa. ¿Acaso puede sugerir que, en caso contrario, encuentra obstáculos a su trabajo?

En una definición de erosión se encuentra la siguiente frase: “así como el movimiento siempre se adueña de la inercia, el aire y el agua siempre se adueñan de la piedra”. Ejemplo palpable de la insuficiencia del razonamiento y de su carácter seudocientífico: un principio de Física general es transpuesto, pura y simplemente, a otra ciencia en lugar de crear una nueva noción luego del estudio del fenómeno poco conocido.

Son muy comunes los casos en que la erosión es considerada como un fenómeno negativo, en el sentido de arranque de los materiales de la corteza terrestre y destrucción progresiva del relieve. Y con esa acepción se ha difundido en el lenguaje corriente. En medicina, el término designa una lesión de la piel de orden patológico. En el inconsciente colectivo, la erosión designa también un mal y en tal sentido llega a hablarse de “la erosión del tiempo”.

En síntesis: designar con el término erosión el conjunto de los fenómenos que caracterizan la evolución de las geoformas sólo constituye un abuso del lenguaje. Con mayor precisión, al referirse a la génesis de las geoformas, deben tomarse en cuenta tres procesos fundamentales:

1°) La meteorización, o modificación de la parte superficial de las rocas bajo la acción de procesos variados, predominando los de naturaleza química (descomposición). Los materiales que derivan de la meteorización pueden quedar in situ y constituyen entonces las formaciones eluviales o eluvios; contrariamente, los materiales meteorizados pueden deslizarse a lo largo de pendientes por una pequeña distancia y sin experimentar notable emoción bajo la acción del escurrimiento o de procesos periglaciarios, hablándose entonces de formaciones coluviales o coluvios.

2°) El transporte, que supone una abración o arranque (rapción), o erosión en sentido estricto. Los agentes productores de transporte son los ríos, aunque también puede ser realizado por los glaciares, el viento o las coladas de fango. Por sí mismo, el transporte no modifica las geoformas, si bien permite que se produzca la acumulación en una región más o menos alejada de la región que ha sido denudada.

3°) La acumulación, contrapartida de la abración. Una gran parte de los materiales que son quitados al relieve terrestre alcanza al océano, teniendo lugar allí los fenómenos de sedimentación, pero otra parte de ellos se deposita sobre los continentes y colmata las cuencas y fosas de subsidencia, originando geoformas acumulativas: morenas, terrazas, glacís de acumulación, etc.

Cuando se habla sistemáticamente de erosión, se pone el acento sobre uno solo de los aspectos conducentes a la evolución de las geoformas, por lo que designar al conjunto de los fenómenos con el término de “erosión” constituye una deformación del lenguaje. Es conocido por todos que, cuanto más amplia es la extensión de una palabra tanto más insignificante es su valor científico. Tiene mayor acierto hablar de morfogénesis o procesos morfogenéticos, sin entrar a juzgar sobre la naturaleza de estos procesos, o bien precisar correctamente cuáles son los procesos actuantes en el caso que se considera. Si sólo se pone énfasis en el aspecto negativo de la erosión, puede llegarse a contrasentidos del siguiente tipo: “la destrucción del relieve por la erosión es un hecho inevitable”. En efecto, bajo la acción de la gravedad, todo relieve está “condenado” a la destrucción, pero todo es cuestión de escala: el geomorfólogo se ocupa, no de lo que ocurrirá dentro de algunos millones de años, sino que procura comprender el relieve actual de la Tierra. Esto lo conduce a interesarse fundamentalmente en el Cuaternario, período relativamente corto en la escala de los tiempos geológicos, en el transcurso del cual no ha sido arrasada ninguna montaña.

4.6.- La nueva Geomorfología.- Hacia 1950 se opera una transformación en el pensamiento geomorfológico de varios países, y esa transformación tiene lugar bajo el signo de la Geomorfología climática, con frecuencia considerada como antagónica de la Clásica Geomorfología estructural. Esta controversia sobre la importancia respectiva que tienen los diversos procesos que contribuyen a la génesis de las geoformas tiene su importancia, puesto que ha contribuido a rechazar antiguos conceptos, precisar otros no del todo convenientes y crear conceptos nuevos que entrañan una revolución problemática geomorfológica.

Es que toda ciencia evoluciona cuando tropieza con alguna dificultad. Y la Geomorfología no ha hecho excepción a esta regla universal. En la Geomorfología davisiana se dirigía la atención sobre la variable mayor: la estructura; el clima constituía una constante uniforma y homogénea. Pero a partir del momento en el cual se considera al clima como una variable, se tiene necesidad de revisar las ideas. De esa revisión surge una mutación inevitable en la armazón conceptual de la Geomorfología. De lo dicho se desprende que “comprender la nueva Geomorfología consiste en estudiar la manera en que el factor climático ha pasado desde el papel pasivo de constante al papel activo de variable”.

Sin embargo, cuando se admite que los principales caracteres de una región resultan del clima, hay obligación de averiguar la importancia y el papel exacto de los cambios de clima. ¿En qué medida los climas fríos cuaternarios relacionados con las glaciaciones, o los climas cálidos del final del Terciario, han participado en la elaboración del modelado actual? Todo geomorfólogo está obligado a esclarecer la noción de escala, a revisar la noción de tiempo y a cuantificar los fenómenos estudiados. Quienes están en este movimiento de cambio, deben deshacerse de muchas de sus ideas de la juventud heredadas del sistema davisiano.

No es posible detallar el total de las ideas nuevas que se han incorporado al campo de la Geomorfología moderna, razón por la cual sólo se desprenderán algunos conceptos que sostienen los razonamientos por su aplicación a numerosos casos particulares.

a) La noción de escala.- Las geoformas son numerosas y es necesario hacer distinción entre ellas: por ejemplo, repartirlas en tipos. Pero aquí surge la imposición de hacer resaltar la exacta importancia relativa de unos tipos con relación a otros. Para ello, se vuelve imprescindible tener en cuenta la noción de escala. Frente a ella, el geomorfólogo podrá adoptar una de las dos actitudes siguientes: 1°) reducir las diferencias buscando términos de transición, con la intención de establecer una serie continua, o 2°) aceptar la existencia de las diferencias como un fenómeno frecuente, con todas sus consecuencias, es decir:

a.- que el cambio de escala introduce un cambio de problemática, y

b.- que un hecho de escala superior no es el resultado de la yuxtaposición o simple adición de hechos pertenecientes a escalas inferiores.

El empleo sistemático del concepto de escala evita caer en la oposición fácil Geomorfología estructural – Geomorfología climática – Geomorfología litológica. En efecto, a la luz de la acción de escala, es posible comprobar que la oposición Geomorfología estructural – Geomorfología climática estaba apoyada sobre el estudio de familias de geoformas de escalas diferentes: las geoformas mayores (el relieve) se explicaba por la estructura, en tanto que las geoformas menores (el modelado) dependía de los procesos morfogenéticos que estaban bajo la dominación del clima. Pero este razonamiento es muy discutible, porque las geoformas “climáticas” dependen, al igual que todas, de las particularidades de la estructura, aunque en una escala inferior en lo que respecta a los fenómenos estructurales. Los procesos morfogenéticos son incapaces, por sí mismos, de crear geoformas; y lo mismo ocurre en Geomorfología litológica: una masa calcárea no permitirá el desarrollo de geoformas cársticas si una fracturación intensa no facilita la penetración de las aguas y la aparición de fenómenos de disolución. En otras palabras, las geoformas llamadas “estructurales” están en relación con fenómenos que ocupan un cierto lugar en la escala de los accidentes naturales estructurales, aunque existen fenómenos estructurales de escala superior e inferior que son tan importantes como aquellos.

b) La noción de umbral.- Esta noción implica la idea de discontinuidad. Para un geomorfólogo de la primera mitad del siglo XX, la eficacia del escurrimiento era directamente proporcional a su intensidad: cuando la cifra de las precipitaciones se duplicaba, el resultado era una erosión dos veces más importante. En esto no se toma en cuenta que si la cantidad de lluvia es débil, si el tapiz vegetal es denso, o si el gradiente es moderado, el escurrimiento está desprovisto de toda consecuencia: las aguas se escurren sobre la superficie del suelo, o de la roca, sin ejercer trabajo de excavación alguno. Sin embargo, cuando se transpone un cierto umbral, el escurrimiento se vuelve un proceso morfogenético: se insinúan cárcavas, luego los abarrancamientos entallan el suelo y el agua que se concentra en ellos acarrea materiales. El umbral crítico, es decir la cantidad de lluvia necesaria para iniciar un abarrancamiento, es función de la densidad del tapiz vegetal y del valor del gradiente.

Las consecuencias de la aplicación de esta noción de umbral son muy variadas:

1°) La atención debe ser dirigida a los fenómenos extremos: todo chaparrón no tiene automáticamente consecuencias morfogenéticas;

2°) Todo sistema morfogenético no es obligatoriamente eficaz: caso de las actuales regiones templadas;

3°) Variaciones muy débiles de uno de los factores que intervienen en la evolución del relieve, pueden modificar totalmente los procesos morfogenéticos, cuando estas variaciones tienen lugar alrededor de un cierto valor-umbral .

c) La noción de herencia.-Desde el momento que se acepta acordar importancia a los paleoclimas, la idea de estadio de evolución del relieve es desplazada para reemplazársela por la de herencia o impronta. El geomorfólogo no se ocupa ahora de describir un momento de una evolución, cuyo punto de partida y su término son conocidos, sino que trata de valorar complejos de geoformas que se suceden en el tiempo. Las geoformas recientes están inscriptas en las geoformas antiguas (paleogeoformas), lo que implica dos consecuencias:

1°) Las geoformas antiguas están fijas, o sólo han experimentado remociones menores que no modifican su aspecto general, y

2°) Existe un decrecimiento de los fenómenos exteriores de erosión desde el Terciario (de lo contrario las paleogeoformas habrían desaparecido), que va desde una alteración en gran escala a una disección, la cual, en el Cuaternario, está cada vez más localizada.

La noción de herencia es, pues, indispensable para comprender la geomorfología de las regiones templadas. En efecto, el modelado de estas regiones tiene una originalidad incontestable en comparación con las otras grandes regiones climáticas del planeta. Los geomorfólogos davisianos, partiendo de una explicación por las causas actuales atribuían esta originalidad al clima actual y a la erosión fluvial que de ella resulta. Sin embargo, las regiones templadas deben la integridad de su modelado prácticamente a la acción de los paleoclimas. Su originalidad no proviene de la acción de un sistema morfogenético particular de estas regiones desconocido en el resto del mundo, sino de la sucesión de sistemas morfogenéticos que, tomados cada uno por separado, han actuado sobre muchas otras regiones. Así, la geomorfología de las regiones templadas obtiene su sello de una combinación de paleoclimas única en su tipo, pero cada una de las componentes es común.

d) Dinamización y dialectización.- En la consideración de los problemas planteados por la existencia de las geoformas, dos actitudes son igualmente falsas;

1°) El cándido realismo: nada cambia, porque no se ve cambiar nada, y

2°) El evolucionismo davisiano: todo evoluciona lentamente pero con seguridad, siempre en el mismo sentido, según un proceso simple, fijado desde toda la eternidad, semejante a sí mismo en el transcurso de los períodos geológicos, creador incansable de las mismas geoformas.

Ya se ha visto que siempre están en actividad procesos múltiples a menudo contradictorios. Aun cuando nada se mueve, algo ocurre. De ese modo, un suelo, por ejemplo, resulta de un equilibrio entre dos procesos opuestos: un proceso morfogenético, que tiende a destruir el suelo, y un proceso pedogenético, que tiende a recrear dicho suelo.. Dado que la pedogénesis es un proceso muy lento y como los suelos subsisten, cabe concluir que la morfogénesis es inferior, o por lo menos igual, a la pedogénesis; por lo menos en un principio ha debido ser netamente inferior a la pedogénesis para que el suelo haya podido constituirse. Es posible extraer de aquí dos conclusiones:

1°) Las geoformas resultan de un equilibrio dinámico y no estático. La idea de dinamización es particularmente fecunda en geomorfología. La contrapartida de la idea de equilibrio dinámico es la de las rupturas de equilibrio. En una región dada la morfogénesis no es continua. Cuando se llega a un estado de equilibrio dinámico entre las condiciones estructurales, litológicas, climáticas y biogeográficas, la morfogénesis cesa, o toma caracteres nuevos. Podría decirse que cuando un conjunto estructural es sometido a un sistema morfogenético, la geoforma que resistirá mejor a ese sistema es precisamente la que dicho sistema morfogenético creará. Una vez creada esa geofoma no se modificará más mientras que las condiciones que la han originado no cambien. Ahora bien, las únicas condiciones que han podido cambiar en un período reciente (los últimos milenios) son las condiciones climáticas, al punto que, en las regiones templadas, la morfogénesis ha sido en gran parte interrumpida.

Pero las geoformas creadas tienen un carácter irreversible: una geoforma creada por determinados procesos, continúa existiendo cuando los procesos han desaparecido de modo que los nuevos procesos trabajan sobre bases impuestas. Así, en las regiones templadas se constata una inadaptación general de los ríos a sus valles, como acontece con el río Negro en la Argentina: el río corre recostado sobre su barranca septentrional en algunos lugares y todavía, con frecuencia, esta es una impresión equivocada porque el río está separado de la barranca por algunos metros o algunas decenas de metros. Sus aguas no pueden alcanzar la parte baja de la barranca sino en épocas de crecida, en los casos más favorables y su eficacia es muy poca. Sin embargo, esto no significa que la morfogénesis se haya detenido totalmente, sino que ha adquirido caracteres nuevos con relación a los períodos de formación del antiguo valle. El río tiene una capacidad erosiva muy débil, que sólo permite la evolución de los meandros de la planicie aluvial mientras que el modelado de los meandros encajonados supone una potencia de excavación incomparablemente mayor.

2°) Dos factores opuestos, pero ligados el uno al otro, constituyen un complejo dialéctico, y la geomorfología ofrece muchos ejemplos de estos complejos, tal como es el caso del complejo morfogénesis-pedogénesis, del cual hemos hablado precedentemente y en escalas muy variadas: estructura-clima; potencia-carga; procesos físicos- procesos químicos; etc.

e) Conclusión.- Se es proclive a considerar frecuentemente que los conocimientos se acumulan gradualmente, completándose unos a otros en una especie de filiación ininterrumpida. No obstante, la geomorfología, ya ha avanzado lo suficiente como para que se intente distinguir en ella problemáticas sin relaciones entre si: la noción de ruptura debe substituir a la idea de una continuidad en su desarrollo. Así, para el geomorfólogo que se dedica a geomorfología climática (aun cuando esta designación no es correcta para definir el nuevo tipo de geomorfología) muchos de los trabajos antiguos cuya finalidad era investigar ciclos de erosión, tienen muy poco valor.

Los conceptos que integran las problemáticas geomorfológicas, por regla general están en relación con los otros dominios del conocimiento. Pero, además. La geomorfología es una ciencia que ha aparecido recientemente y tiene una historia muy corta; nunca ha tenido una posición dominante y ha quedado descartada del movimiento científico, ignorada de los otros investigadores y, a menudo, utilizando un conjunto de conceptos envejecidos o perimidos. Es fundamentalmente por esas causas que no posee umbrales epistemológicos netos: no ha tenido el reemplazo de una problemática por otra, ni en la escala del investigador aislado ni en la escala de conjunto de los investigadores que se han desplazado por caminos diferentes. Entre 1950 y 1960 coexistieron varias geomorfologías con problemáticas diferentes relacionadas entre sí; empero, no se reconocían como diferentes. No siempre se llegó a comprender la amplitud de las divergencias o, tal vez, no se quiso comprenderlas.

5.- El método científico

Todo estudio científico de geomorfología debe constar con la explicación de los agentes y procesos responsables de la génesis del relieve actual de la superficie de la Tierra. Tales explicaciones adoptan la forma de una hipótesis, o de una teoría y pueden llegar a transformarse en leyes. En el desarrollo de una teoría pueden distinguirse cuatro etapas o pasos que no pueden separarse uno de otro, aun cuando a continuación los tratemos independientemente.

5.1.- Observación de los hechos naturales.- El primer paso en el desarrollo de una teoría consiste en adquirir una serie de datos concretos, los cuales pueden ser clasificados inicialmente para facilitar su posterior interpretación. De esa manera, cuando se posee el relieve de una región representado convenientemente por un plano topográfico, se podrá evitar la tarea de obtenerlo expeditivamente para volcar en él las particularidades del relieve. Si se carece de tales mapas, es conveniente levantar un plano topográfico expeditivo en el cual se hagan constar los principales aspectos geomorfológicos.

Sobre su base topográfica adecuada, se volcarán los datos geológicos de los elementos que constituyen el paisaje (espesor de capas, naturaleza, inclinación o buzamiento, rumbo, etc.), utilizando los métodos del relevamiento geológico y muestreos sistemáticos para la determinación de las características litológicas por medio de técnicas de laboratorio. Por otra parte, resulta siempre muy conveniente adelantar sobre el terreno una breve descripción geomorfológica.

5.2.- Formulación de una hipótesis para explicar los hechos observados.- Una vez concluida la labor correspondiente a la primera etapa, debe procurarse relacionar los datos obtenidos, de forma tal que pueda vislumbrarse la posible conexión evidente entre ellos, Así, por ejemplo, mediciones correctas de rumbo y buzamiento permitirán determinar que afloramientos rocosos distantes pertenecen a una misma estructura (anticlinal, sinclinal, etc.). Sin embargo, no faltan ocasiones en que se poseen datos que permiten la formulación de más de una hipótesis para explicar la realidad observada. Cuando se está frente a estos hechos deben aventurarse todas las hipótesis posibles para dar un mayor margen de seguridad a la obtención de la hipótesis correcta. De lo contrario, pueden introducirse errores de concepto que luego resultará muy difícil deshacerse de ellos.

Como es fácil reconocer, estos pasos corresponden al método inductivo, que toma los hechos particulares, o de detalle, para remontarse a los acontecimientos generales que son los responsables del paisaje observado.

5.3.- Deducción de los hechos observados.- Despejada la hipótesis que se cree verdadera, debe procederse a tratar de producir su desarrollo, procurando averiguar los efectos o consecuencias que su producción acarrea sobre las geoformas descriptas.

Por el hecho de partir de lo general para llegar a procesos particulares, se emplea aquí el método deductivo, el cual requiere un notable esfuerzo mental y sólidos conocimientos específicos para llegar a entrever acontecimientos que suelen ir más lejos del área en estudio y simultáneamente, otorgan considerar todas las relaciones de causa a efecto.

La experiencia aconseja que esta etapa se desarrolle conjuntamente con el registro de las observaciones en el mismo escenario de los hechos y no en el gabinete, para evitar que la posterior representación mental del relieve pueda conducir a la enunciación de hechos que no concuerdan con la realidad y, por lo tanto, son completamente falsos.

5.4.- Deducción final y discriminación de las hipótesis.- La última etapa del método científico consiste en determinar cuáles de los hechos deducidos resultan ciertos frente a la realidad. Si en la deducción de una hipótesis se llega a que en su desarrollo exige la producción de algún hecho que en la investigación no se registra, esa hipótesis debe ser desechada. De esa manera se irán descartando las hipótesis que no se ajustan a los hechos observados, o hipótesis falsas y sólo se conservará aquella que resista a la discusión posterior.

Una vez verificada y comprobada, la hipótesis puede ser considerada como una teoría, es decir un hecho establecido y controlado, y se puede aplicar a gran número de fenómenos relacionados entre sí, es decir que es válida para una determinada estructura.

Finalmente, el geomorfólogo que desarrolla una investigación empleando el método científico expuesto, se puede dejar de efectuar una cuidadosa distinción entre los hechos observados realmente y los hechos que, mediante razonamientos, han sido deducidos.

Si se quiere que nuestra ciencia geomorfológica ocupe el lugar que se merece, junto a las demás disciplinas científicas, los geomorfólogos tendrán que profundizar en los avances que día a día se producen en aquéllas y ajustar cada vez más su problemática al estudio integral de los procesos que operan sobre la superficie terrestre. Para ello, deberán armonizar sus métodos y técnicas con los más modernos progresos de las ciencias conexas, cuyo desarrollo no puede desconocer. Pero este tema será objeto de una de nuestras próximas “charlas”.

1ª edición, Bahía Blanca, 1975.

2ª edición, Santa Rosa. 2013.

Prof. Dr. Augusto Pablo Calmels

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Dijo RICARDO TROTTI: “La idea de la democracia no es que sólo haya consenso y disenso sino que también se cultive la virtud de la tolerancia. La democracia exige para su perfección la tolerancia del disenso, pero sin avasallamientos ni encasillamientos”.

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Dijo JORGE LUIS BORGES: “Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno”

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Dijo BALTAZAR GRACIÁN MORALES: “EL más poderoso hechizo para ser amado, es amar”.

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