Programa: Doctorado en Sociología




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Capítulo 1

1.1 Introducción

El sonido implica movimiento. El mundo está en movimiento. El mundo es sonido. El ser humano está rodeado por fenómenos sonoros que, al captarse, lo ponen en comunicación con su medio. Para los animales, el sonido es fuente primordial de información, pues los condiciona para desplazarse, buscar el alimento, huir del peligro, sobrevivir y perpetuar la especie. En el hombre, el sonido permite la realización de conductas no sólo reflejas o instintivas, sino también intelectuales. Esto se realiza fundamentalmente por la modulación de los sonidos que el ser humano transforma en símbolos lingüísticos. Los sonidos sin lenguaje llevan a la realización de hechos precisos frente a situaciones concretas. El lenguaje permite la evolución del pensamiento y la posibilidad de abstracción.

Nada de esto es posible si el oído no funciona o funciona defectuosamente. Más aún, el oído es la puerta de entrada y el punto de partida de la comunicación lingüística oral, pero no debemos olvidar que es básicamente por medio del oído como puede adquirirse el gran código comunicativo: el lenguaje escrito. La mejor demostración de lo anterior se encuentra en el hecho bien conocido de que un niño que nace ciego pero con su audición intacta, puede aprender a hablar y tiene acceso a la lectura y a la escritura; por el contrario, un niño que nace sordo no puede aprender a hablar ­a menos que reciba un tratamiento especializado-, con lo que le resultará imposible integrar el aprendizaje de la lectura y de la escritura. Es así como el carácter distintivo humano por excelencia, el lenguaje, está profundamente limitado en el sordo, en sus
formas oral y escrita, por lo que quien se encuentra en esta situación afronta una condición que lo coloca en abierta desventaja en relación con sus semejantes.


1.1.2 Análisis retrospectivo

La verdadera historia de la raza humana se inició con el hallazgo de los signos vocales. Cuando el hombre pudo balbucear obtuvo la posibilidad de alcanzar el pensamiento abstracto, al igual que pasar de la simple captación sensorial a la contemplación ilimitada de infinito. Con el lenguaje, descubrió su mundo interior, se adentró en el medio y pudo abrir brecha en los senderos de la aventura intelectual. No fue el fuego, ni la rueda, ni los utensilios primitivos los que permitieron el avance del hombre. Es cierto que mientras más perfeccionados fueron los instrumentos se obtuvieron mejores resultados, pero también lo es que pudieron compartirse
experiencias, con más detalle, conforme se desarrolló el lenguaje.

El hombre destacó entre las especies por el uso inteligente de la mano, por la posición erecta y por la oposición del pulgar, pero principalmente por la transformación de la comunicación primitiva en el medio sutil y refinado que es el lenguaje. Con este gran instrumento fue posible modificar costumbres, fortalecer conocimientos, establecer alianzas y perfeccionar el pensamiento. Pero nada de esto habría sido posible sin la participación de las complejas funciones que realiza el aparato auditivo.

Si preguntamos en cualquier auditorio qué se prefiere perder, la vista o el oído, la mayoría contestará sin duda, que el oído. Pero esa mayoría responde con palabras, las cuales adquirió precisamente gracias al mecanismo sensorial auditivo. La vista y el oído son las dos grandes puertas de ingreso de la información para el ser humano y ninguna de éstas predomina sobre la otra; cumplen funciones diferentes pero complementarias. La vista nos informa de cosas concretas que se proyectan en una dimensión básicamente espacial y tiene límites como la distancia y la oscuridad. El oído está abierto a los estímulos las 24 horas del día y recibe información en una dimensión básicamente temporal. Después de este fundamento sería mejor preguntar a quien ha carecido de esos dos sistemas sensoriales, cuál de los dos preferiría poseer.

En 1952, Hellen Keller, la maravillosa mujer sorda y ciega dio la respuesta en una visita que realizó a nuestro país. Expresó que podía imaginar las cosas que a su vista estaban vedadas, porque mediante el tacto sentía las formas, la consistencia y el tamaño de múltiples objetos. Agregó que sabía lo que eran los colores porque vivía en el negro e imaginaba el blanco como el color opuesto a su condición; el azul era la brisa fresca de la mañana; el verde, la consistencia tierna de las hojas y de los pétalos de plantas y flores; el rojo el calor de la mano de un niño entre las suyas. Sin embargo, aclaró que nunca había podido imaginar cómo era el canto de un pájaro o la risa de un niño.

El oído es un instrumento básico para la comunicación. Es inútil hablar del oído, de sus enfermedades y de los mecanismos que las determinan, o hacer consideraciones acerca de su identificación, diagnóstico y tratamiento, si no pensamos en la consecuencia funcional de la audición que es el lenguaje. Es inútil intentar definir con exactitud cuánto oye un niño si no pensamos en sus consecuencias comunicativas, tanto en las dificultades de recepción como en la posibilidad de expresión. Hablar significa accionar mecanismos intelectuales, de memoria, selectivos, decisivos y volitivos que matizan, filtran, modulan y permiten la transmisión final de impulsos nerviosos a los órganos expresivos del lenguaje. Es así como el papel extraordinariamente complejo que se realiza en el sistema nervioso central y en los campos psicológicos superiores para expresa una idea, permite la contrapartida aferente que origina la comunicación.

La trascendencia del exclusivo mecanismo lingüístico del hombre tiene implicaciones familiares, laborales y sociales que deben ser estudiadas desde diferentes puntos de vista. De aquí la importancia y la complejidad de la comunicación por medio del lenguaje.

Los problemas de lenguaje son múltiples y hay una gran variedad de facetas en los trastornos de la expresión oral. Recordemos, a título de ejemplo, las diferencias que existen en la recepción y expresión del lenguaje en niños con menor o mayor grado de dificultades auditivas de acuerdo con el registro cuantitativo de las pérdidas auditivas periféricas. No es lo mismo un problema superficial, que uno medio o profundo de audición, ni tampoco que este problema se presente antes, durante, después o mucho después del logro del lenguaje. Tampoco es lo mismo hablar de un niño sordo de nacimiento, que de un adulto que ha perdido la audición. Este último tiene la ventaja de haber adquirido el lenguaje, aunque carga con la enorme desventaja,
fundamentalmente psicológica, de sentir la privación de algo que antes disfrutó. Por el contrario, el niño sordo no sufre tanto como el adulto la ausencia del sonido porque no puede comparar su situación con otra anterior, pero tiene la enorme desventaja de la incapacidad para integrar su lenguaje o desarrollarlo normalmente, debido a su carencia sensorial.

Frente a esta situación se impone, en primer término, tratar de evitar que el daño aparezca, y si esto no fue posible, identificar el problema. Una vez que se confirme, es necesario cumplir, de manera precisa y concreta, un programa de diagnóstico. Éste puede realizarse en los servicios especializados que existen en nuestro medio, los cuales deben estar bien equipados en lo humano y en lo instrumental para obtener resultados útiles y prácticos. Cabe anotar que el equipo multidisciplinario dedicado a la atención del niño sordo no puede detenerse en el diagnóstico: es necesario pasar al aspecto concreto del tratamiento.

En nuestro medio, el objetivo fundamental del tratamiento debe tender al establecimiento del lenguaje oral, para que el sordo pueda comprender la palabra hablada y adquirir los mecanismos necesarios para la expresión.

La adquisición del lenguaje permite realizar una secuencia de eventos acústicos que obedecen a reglas lingüísticas perfectamente delimitadas. En condiciones normales, el oído analiza y transmite el lenguaje, con lo cual se logra la identificación lingüística en los niveles superiores del sistema nervioso central. La ausencia o el deterioro de la función auditiva limita el aprendizaje de la correcta expresión y es así como se correlacionan los mecanismos de ingreso y egreso del fenómeno comunicativo. Oír es hablar. Quien no oye antes de adquirir el lenguaje, no lo desarrolla; quien oye mal, hablará mal; quien oye poco, hablará poco. La interrelación entre audición y lenguaje es absoluta. Resulta obvio que la identificación temprana de los problemas auditivos lleva a la habilitación o a la rehabilitación, oportunas, con lo que se adquieren o recuperan las funciones ausentes o limitadas y se permite la mejor incorporación o
reincorporación social, humana y afectiva de quienes padecen estos problemas.

Cabe destacar que el aprovechamiento de la enorme maleabilidad de la corteza cerebral del niño para el aprendizaje, y fundamentalmente para el aprendizaje por medio de una metodología especial, es lo más importante: mientras más temprano se detecte el problema, mayores posibilidades de reincorporación integral tendrá quien lo padece.

Desde el punto de vista psicológico, la seguridad que da a los padres saber que están en el camino correcto, disminuye la angustia, la sensación de vacío, la inseguridad y la frustración, actitudes que pueden repercutir en el desarrollo del niño.
Además, la posibilidad de un ajuste temprano a los auxiliares auditivos eléctricos permite una mejor aceptación por parte del propio niño como elemento integrador de su esquema corporal y favorece la adquisición del lenguaje mediante la metodología Auditiva-Verbal.

Esta metodología toma al lenguaje como la clave del éxito de la enseñanza del niño sordo. Mientras más rápido se comunique oralmente un niño, con mayor facilidad podrá tener acceso al desarrollo del pensamiento y a las posibilidades de evolución intelectual.

Ahora bien, antes de comenzar con cualquier tipo de metodología dentro del trabajo rehabilitatorio, necesitamos confirmar el diagnóstico en un centro especializado. Cada vez son menos los casos en los que no se puede integrar un diagnóstico muy preciso, por lo que se puede informar a los padres con exactitud cuál es la causa de la sordera de su hijo. No obstante, tanto o más importante que el diagnóstico es el programa de habilitación que el niño debe cumplir con sus padres. Si la mayor dificultad del niño estriba en la recepción de información acústica y lingüística. Es primordial dársela por cualquier medio posible, pero sobre todo, dados los adelantos tecnológicos de los que ahora disponemos, por medio de la audición residual, sea a través de la amplificación auditiva tradicional o a través de los implantes cocleares. En resumen, un niño sordo requerirá de un diagnóstico temprano, de una eficaz y oportuna adaptación de prótesis auditivas o implantación coclear, de un programa de rehabilitación Auditiva-Verbal guiado por terapeutas competentes y de la participación perseverante, comprensiva, paciente y amorosa de sus padres. Es así como en un trabajo integral, habrán de sumarse en beneficio del niño las habilidades y conocimientos de los padres, los médicos y los terapeutas.


1.2 Similitudes y diferencias entre el normoyente y el sordo

Es importante comparar el desarrollo de un niño normoyente con el de un niño sordo. Desde los primeros días de nacido, el niño oyente reacciona ante ciertos sonidos de manera refleja. En cambio, el niño sordo no reacciona ante el ruido, pero esta ausencia de respuesta no es captada de inmediato por sus padres. Éstos empiezan a inquietarse cuando el niño, ya más maduro, no responde de acuerdo con lo esperado.

A los dos o tres meses de edad, el niño oyente fija su mirada en los labios del adulto
que le habla y esboza movimientos labiales con o sin emisión de voz; el niño sordo, a
esa edad, presenta características similares. A los tres o cuatro meses existen ruidos
que tienen significación propia para el niño oyente: sabe bien si alguien entra a su
habitación, si se le está preparando el biberón o si la madre lo llama, más adelante,
distingue los ruidos familiares: la campana, el grifo del agua, la llave de la cerradura de
la puerta que se abre. En la misma edad, el niño sordo es indiferente a los ruidos del
medio. A los cuatro o cinco meses el niño oyente comienza a distinguir la entonación
de la voz de los adultos: será distinto el llamado del regaño; la mímica que acompaña a
algunas palabras es una información complementaria que el niño recibe y cataloga en
su corteza cerebral. El niño sordo de esta edad, percibe poco las entonaciones de los adultos, aunque por lo general, los restos auditivos que tiene, es lo que más le facilita, la percepción de los suprasegmentos. Capta la expresividad de los gestos y la acentuación mímica; por ejemplo, disgustos, alegrías o las llamadas de atención. A los cinco o seis meses el niño oyente comienza a balbucear y emite numerosos sonidos al azar; oye al adulto y tata de imitarlo. Repite sus vocalizaciones y les añade otros elementos sonoros. El resultado es una selección de sonidos que poco a poco se aproxima a los modelos del sistema fonético de la lengua materna. En ese momento el niño abandona algunos sonidos extraños que emitía al azar y que no pertenecen a su sistema fonético o fonológico, y produce otros que se van cargando de significado. En la misma edad, el niño sordo que en ocasiones balbucea de manera similar al oyente, lo hace de una manera sensiblemente menos rica; no comprende los juegos vocálicos
del adulto y sus sonidos no evolucionan ni concuerdan con los modelos del idioma materno; tampoco significan nada para él las tonalidades de la voz de los adultos. A partir de los 10 o 12 meses el ni o oyente comprende palabras familiares: "mamá", "papá", "leche", "calle", "pasear", al igual que rdenes simples como: "dame", "ven", "párate", "siéntate". El ni o sordo de la misma edad no comprende las palabras ni las órdenes sencillas, a menos que estén ligadas a la mímica y a los gestos; por ejemplo, ofrece un juguete porque el adulto extiende la mano para pedírselo. Al año de edad, el niño oyente amplía considerablemente su comprensión e incrementa su vocabulario; empieza la asociación de dos o tres palabras; pero la parte fundamental de la estructura del idioma se consolida más tarde., entre los tres y los cuatro años y medio.


El niño sordo tiene, al año de edad, una evolución lingüística muy pobre y sin consecuencias comunicativas específicas. Si nadie le presta particular atención las emisiones sonora que había hincado se detienen y el niño empieza a sumergirse en el silencio, a manifestarse ajeno a la palabra y a los ruidos y a no mostrar ningún interés por ellos.

La diferencia esencial con el adulto ensordecido radica en que en el niño sordo la audición, mediante la cual germina y florece la comprensión y después la expresión del lenguaje, se afecta desde su nacimiento o antes de adquirir el propio lenguaje.

Hoy sabemos que la identificación y el diagnóstico se pueden hacer muy tempranamente y que la amplificación digital o la muy amplia restauración del canal auditivo con los implantes cocleares, permite hoy en día que los niños sordos aprendan a escuchar reciban imiten y adquieran cada vez mas integralmente sus propios recursos expresivos.
1.3 Receptores sensoriales y niveles psicológicos de la audición

Los órganos de los sentidos son para el ser humano los mediadores entre las necesidades internas y las circunstancias externas. Se les divide en sentidos "cercanos", como el olfato el gusto, y el tacto y en sentidos "lejanos" como la vista y el oído. Los primeros reciben información por medo de los llamados exteroreceptores; es decir, los receptores situados en una particular condición de la superficie del cuerpo humano. Los segundo reciben información mediante los telerreceptores; es decir, aquellos sistemas sensoriales que permiten la captación de hechos que suceden a distancia. Los órganos de los sentidos tienen como misión fundamental mantener al serhumano en contacto con el medio. No obstante, el olfato, el gusto y el tacto son más primitivos e inmaduros que la vista y el oído. Como prueba de esta afirmación encontramos que en el hombre primitivo la dependencia de esos sentidos era mayor que en el hombre del siglo XXI. Además, un sujeto afectado en sus facultades mentales tiene el olfato como principal sentido para explorar lo que le rodea, un recién nacido, cuyo sistema nervioso es inmaduro, también se relaciona con el medio básicamente por medio del tacto, el gusto y el olfato.

La vista y el oído son sentidos bidimensionales, pero el oído analiza más parámetros temporales y secuencias que la vista, y ésta, más parámetros espaciales que el oído.

Visión
Audición
Unidireccional.
Multidireccional.
Ausente en el sueño.
Presente en el sueño.
Interrupción de contactos con el medio
Contactos ininterrumpidos.


Ausencia con párpados cerrados.
Siempre abierto.
Función ocasional de alerta.
Función de alerta constante.
Campo visual frontal.
Escenario auditivo envolvente.
Concentración de la atención al
Aumento de la atención con cerrar los ojos.
"apertura" mayor del oído.
Los estímulos permanecen.
Los estímulos son pasajeros.
Sentido espacial.
Sentido temporal.
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