Resumen Con el propósito de intentar acercar al lector a una posible explicación de alguna razón, mediante la cual una persona decide acabar con la vida de otras masivamente de manera meditada o impulsiva en un arrebato que puede estar signado por la furia,




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De víctimas a victimarios: la incidencia del “bullying” en los asesinos en masa




Agustín Romano*


Muchas veces, me pasó que fui agredido y todos los que estaban cerca se reían, disfrutaban de las humillaciones que yo sufría, sin dar importancia a mis sentimientos.
-Wellington Menezes-


Resumen
Con el propósito de intentar acercar al lector a una posible explicación de alguna razón, mediante la cual una persona decide acabar con la vida de otras masivamente – de manera meditada o impulsiva – en un arrebato que puede estar signado por la furia, la venganza o la locura entre otros elementos, es que se presenta el siguiente trabajo, buscando asimismo establecer nexos causales con un fenómeno que cada vez adquiere mayor presencia entre quienes perpetran tales matanzas: el padecimiento de “bullying” como elemento predisponerte y precipitante de los asesinatos en masa.

Se analizarán asimismo las variables bio-psico-sociales que intervienen en los procesos ligados a la posibilidad de convertirse en acosador y acosado así como los factores intervinientes y las características de personalidad de estos últimos para llegar a convertirse en brutales asesinos masivos.

Palabras Clave: Bullying, acosador, víctima, asesinato en masa, centro educativo.

Abstract
In this article, the reader will be led to find some explanation about the reason why a person decides to kill others in a massive way, in a rampage sealed with fury, revenge or madness amongst other factors. This article also pretends to link the mass murders with another phenomenon that increases its presence as a predisponent element between murderers to commit their actions: the bullying.

Besides, social, psychological and biological issues will be considered as important factors that, in their interaction, can lead somebody to become a bully or being a victim of bullying, also considering how this victim and its personality characteristics can turn him into a mass murder.
Keywords: Bullying, bully, victim, mass murder, school, high-school.

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*Licenciado en Psicología. Psicólogo clínico y consultor en Psicología Forense. Director de Interforum Consultores. Perfilador Criminal y victimológico.

Introducción

La decisión de una persona por provocar conmoción – consciente o inconscientemente - tras cometer un crimen violento tal como quitarle la vida a otra persona, cualquiera sea su motivación, es un hecho que moviliza a la sociedad; ni que hablar en los casos en que una persona cometa el mismo tipo de acción criminal, esta vez sobre un grupo numeroso de personas.

Peor aún podría pensarse que sería el caso que esta última situación tuviese cabida en un grupo integrado por personas menores de edad, entiéndase niños y/o adolescentes, que es un grupo etario del cual habitualmente es menos esperable que pueda ser blanco de ataque por parte de un criminal.

Si a esto le sumamos que la posibilidad de quitar la vida a varios jóvenes pueda ocurrir en los centros de enseñanza a donde asisten para educarse; espacios en los que normalmente no se considera que asesinatos masivos puedan ocurrir, ciertamente se podría pensar que se estaría frente a una situación escandalizante que genera alarma pública.

¿Quién podría imaginarse que en un instituto de enseñanza, en un día en apariencia tranquilo, apacible, previsible, rutinario, pueda producirse súbitamente un baño de sangre?

Desafortunadamente, el asesinato masivo ya no es un hecho impensable y constituye un fenómeno que desde hace décadas viene aconteciendo a través de todo el planeta, dejando como resultado una cuantiosa cantidad de víctimas en el camino, entre quienes mueren y quienes quedan sufriendo las pérdidas.

Las vidas de las personas pueden cambiar drásticamente en un instante y de ello la historia ha sabido dar debida cuenta: masacres como la de Columbine y la de Virginia Tech en Estados Unidos de América, o la de Tasso da Silveira, en Río de Janeiro, son tan solo algunos ejemplos que sirven para ilustrar tan terrible probabilidad.

Ante tales acontecimientos, sólo quedan vidas acabadas, desolación, sueños destrozados, silencios infinitos y un sinfín de preguntas, algunas remanentes sin respuestas, de las cuales, la que más hace uso de presencia, es la que lleva a preguntarnos el objetivo de tan cruentos actos: ¿por qué?

¿Por qué una persona decide abrir fuego contra un grupo de personas que se encuentran en situación extrema de vulnerabilidad respecto a su agresor? ¿Qué necesidad busca satisfacer internamente quien lleva adelante la masacre? ¿Cuáles circunstancias y motivaciones le llevaron a tomar tal determinación? ¿Cómo puede ser alguien capaz de ejecutar esas acciones atentando contra la vida de otros seres humanos? ¿Quién tiene la culpa de que ocurran estos hechos? ¿La sociedad? ¿La hiperactividad y drogas antidepresivas? ¿La predisposición genética? ¿Fanatismo religioso? ¿La disciplina que aplican los padres con ferocidad sobre sus hijos? ¿Abuso infantil? ¿La escasa disciplina que ejercen los padres sobre sus hijos? ¿El acceso a violencia a través de medios de comunicación? ¿Enfermedad mental? ¿Los videojuegos con contenidos violentos? ¿La declinación de los valores morales? ¿El acceso fácil y el culto a las armas? ¿Todos estos factores interactuando junto a otros?

Uruguay, si bien en su historia ha tenido hasta ahora la fortuna de no haber padecido un episodio de tales características, no debe dejar de considerar la incidencia que un acontecimiento de la talla antes descripta pueda tener, con las repercusiones que eso generaría para la nación en materia de seguridad pública.

¿Qué sucede en este país en relación a ese tema? ¿Están contempladas las medidas de acción preventivas ante la posible amenaza de ocurrencia de un caso de asesinato masivo? ¿Se procede en prevención de los factores causantes de un hecho de tal particularidad? ¿Con el fácil acceso a las armas por parte de los jóvenes, no es factible que ocurra una masacre como las de Virginia Tech, Columbine o Tasso da Silveira, esta vez en territorio nacional?

Estudios recientes indican que durante esta última década, entre un diez y un quince por ciento de jóvenes en Montevideo solamente, resultan afectados por el “bullying”, un fenómeno que aparece como factor contribuyente en muchos casos al desarrollo de asesinatos masivos; esta tendencia, según destacan los estudios, tiende a incrementarse en el país, al agravarse las formas de relacionamiento agresivas entre jóvenes.

De seguirse agravando la tendencia, ¿qué tan lejos estamos de contemplar episodios de violencia masiva con varios muertos como resultado, en centros educativos de este país?

El “bullying

La vergüenza, el sentimiento de inferioridad, los golpes físicos y emocionales, forman parte de una trama que se escribe con ataques, rechazos y burlas; sus protagonistas –acosados y acosadores – dan nombre a una obra denominada “bullying”.

Bullying” es un término de proveniencia anglosajona introducido en los años setenta por Dan Olweus, un profesor sueco de Psicología de la Universidad de Bergen, Noruega, que lo empleó para designar a la intimidación u hostigamiento que realiza una persona sobre otra; es una forma de acoso y se presenta como un fenómeno que pareciera acrecentarse, cada vez más presente en el medio social, amparándose para desarrollarse, en el silencio de las víctimas.

Se denomina “bully” (“torito” literalmente) a quien atormenta y arremete con un comportamiento agresivo reiterado de manera intencional habitualmente, contra un individuo más débil o que no puede defenderse fácilmente, produciéndose una victimización psicológica fundamentalmente.

Por lo general, el “bully” se caracteriza por ser en su accionar, un sujeto brutal, abusivo y puede proceder de manera solitaria, o por el contrario, acompañado de otras personas que lo escoltan en sus actos de manera complaciente.

El acto que realizan es el de intimidar a otro/s sujetos durante un lapso de tiempo determinado, haciendo uso de la fuerza física tanto como psicológica, apostando así a marcar la relación asimétrica que pretende desarrollar respecto a otro sujeto a quien “atacar”.

Esta práctica, por parte de quien hostiga, es visto como diversión en muchas oportunidades, así también como elemento que le permite pertenecer a un grupo que “celebra” sus actos y los valida (generalmente el “bully” no acosa o abusa en solitario, sino con un público que presencia sus actos como meros espectadores o que incentivan a la violencia, conformándose así el denominado “triángulo del bullying” entre acosador, acosado y espectadores), permitiéndose afirmar una especie de superioridad externa que le permita ocultar o negar una inferioridad interna.

Quien acosa quiere que los demás vean su obra, para reafirmar su poder sobre su víctima, deseando ganarse la reputación de persona fuerte, quizás creyendo que ello lo puede volver más popular entre sus amigos y personas allegadas, pero como se mencionó, el fin primario del acto yace en otro lado.

El hecho de sentirse tan inferiores frente al medio social, hace que los abusadores tiendan a compensar dicha carencia mediante el ejercicio de prácticas abusivas contra aquellos a quienes consideran sujetos pasibles de poder ser dominables, lo cual le permite también poder ocultar sus propios miedos, cuando los demás aprecian que es él quien ejerce el control de una situación sobre otros; situación que en definitiva no puede controlar internamente.

El niño que violenta no es violento por esencia, sino que es una víctima más de la violencia. Influye en él la violencia que recibe a través de su entorno, de los adultos y de la mala educación que pueda haber recibido.

El fenómeno del “bullying” es mayoritariamente apreciado en los centros de estudio, tanto de enseñanza primaria como secundaria, siendo los varones quienes recurren predominantemente a la violencia física y verbal mientras que las chicas tienden a emplear mayoritariamente la violencia a través de la marginación y manipulación de la relación (mayormente, violencia psicológica).

Existen diferentes tipos de “bullying”, entre ellos la manipulación social, que consiste en que se habla mal de una persona entre varios, se pone en duda su reputación, atentan contra otra persona, a veces por chisme o rumor; es una agresión pasiva.

También se puede apreciar el hostigamiento, caracterizado por desprecio, falta de respeto y de la dignidad del otro, y puede ser muy frontal: burla directa. Es un tipo de agresión activa.

Existe una forma de hostigamiento que recibe diferentes denominaciones, tales como “hazing” en inglés, “bizutage” en francés y “novatada” en español, y consiste por definición, en actos tanto físicos como verbales, que degradan a la persona, pudiendo llegar a intimidarles y como consecuencia le lastiman, padeciendo dolor, sea emocional, sea físico; esta práctica emerge como una forma de iniciarse a la pertenencia a un grupo.

Esta forma de hostigamiento se caracteriza por una sumisión a una autoridad y reglas que se aplican durante un tiempo relativamente breve y sin estructura formal; en ella la persecución está plenamente establecida. Tras superar las pruebas de iniciación al grupo, el sujeto acosado no es más perseguido e ingresa al grupo al que desea pertenecer generalmente.

Otro tipo de “bullying” es la intimidación, en la que la persona es amedrentada a hacer algo que no quiere (a veces se disfraza de falso afecto). No se tolera la diferencia, hay prejuicios, puede haber extorsión, amenaza a la integridad física. Generalmente se presenta como un proceder de características mafiosas, aplicable en un colectivo en el cual no existen reglas de convivencias e impera la desorganización, frente a lo cual todo tipo de abuso se hace posible.

Se plantea también la existencia de diversos acosadores, entre los que destacan el acosador inteligente, caracterizado por ser un sujeto que goza de popularidad en el grupo, con el don de manipular a los demás para que cumplan con sus deseos y órdenes, pudiendo llegar hábilmente a camuflar su actitud de intimidación.

También están los acosadores poco inteligentes, que presentan comportamiento antisocial, acosando directamente a su víctima. Por otra parte está el acosador víctima, que es quien acosa a personas más débiles pero a su vez él es débil y es acosado por otro acosador.

Habitualmente, tanto en la primaria como en secundaria, quienes ejercen la intimidación son niños más grandes que aquellos de quienes abusan, y se caracterizan por ser un tanto agresivos, de baja autoestima (la cual pueden compensar – o encubrir – con manifestaciones de alta autoestima como de alguna manera se reflejaba anteriormente), ansiosos, y con escasa tolerancia a la frustración.

Es de observarse también otro elemento que influye y es el que atañe a que no reciben la suficiente atención que merecen o quisieran recibir por parte de sus padres como también de sus educadores en los centros de enseñanza.

Aquí cabe destacar la presencia que hace el círculo de violencia en estos abusadores, que los signa, en tanto habitualmente son chicos que provienen de hogares disfuncionales, puesto que si bien la familia puede estar constituida con todos sus integrantes y que todos tengan su rol asignado, el mismo a veces no se cumple de la manera mejor esperable, en tanto los chicos que son abusadores en su centro de estudios, pueden recibir violencia en sus propios hogares, por parte de otros hermanos mayores en caso de que los tenga, que ejerzan abuso sobre él, así también como por parte de un padre o una madre que constantemente puede rezongarles, insultarles, desmerecerles sus actitudes, descalificándoles y aplicar sobre ellos diferentes tipos de violencia.

Otro elemento a destacar es que suele hallarse que en lo concerniente a la relación con sus padres, suele combinarse permisividad en exceso con carencia de afecto por parte de estos.

Así, los límites podrán ser transgredidos plenamente sin importar lo que de ello derive, aún perjudicando a otro/s.

En la casa, los hijos no pueden en muchos casos enfrentarse, sobre todo físicamente, a esas figuras que para él pueden representar autoridad, como el padre, madre o persona de quien dependen, considerando el hecho de que no tienen la misma fuerza que un adulto, y frente a ello, se desarrolla el denominado círculo de violencia, el cual se emplea en la escuela, o en el instituto de educación secundaria.

Allí seguramente podrá encontrar personas más “débiles” que él, en quienes capta la posibilidad de hacer depositarios de sus desavenencias en el hogar, sus enojos, dolor y frustraciones; sobre estas personas reproduce el discurso que adquiere por parte de su familia; un discurso basado muchas veces en plena violencia, la cual ejecuta en la práctica con sus compañeros de estudios, satisfaciendo así sus impulsos agresivos.

La identificación con el agresor, como fuera descrito por Anna Freud, se luce aquí en todo su esplendor, siendo así que otros pasan a ser depositarios obligados de los mismos sufrimientos que el abusador recibió cuando fue violentado. Claro está que el abusador puede no identificar que está produciendo sufrimiento a su víctima.

El agresor es introyectado y por tanto, el sujeto deja de sentirse como víctima; dicha identificación le sirve como mecanismo defensivo que hace que los aspectos atacados sean proyectados al exterior. De esta manera, el acosador adquiere una sensación de poder y de seguridad respecto a quienes acosa y también respecto a sí mismo, pero en realidad, el asunto no queda allí solucionado, puesto que de todas maneras, sigue siendo tan víctima como siempre lo fue, no llegando a compensar definitivamente su impotencia por el rol que debió ocupar, sólo que ahora, agrega otro elemento a su padecer, y es que alimenta violencia con más violencia.

En base a lo expuesto, cabe destacar que el proceso de elección de sujetos a ser abusados presenta una doble vertiente desde el punto de vista psicológico, tanto consciente como inconsciente.

El abusador no tolera muchas veces que quien elige como víctima de su abuso, a quien tiene enfrente, le remueve sus propios miedos, inseguridades, frustraciones, las cuales no puede soportar, y es así que necesita remediar ese sufrimiento interno, proyectando la agresión en un “objeto” externo que representa lo negativo que posee sobre sí, atacándolo; atacando el reflejo de sí mismo en definitiva.

En otras oportunidades, también ocurre que el discurso que se recibe a nivel familiar, sobre todo en aquellos chicos que reciben un golpe o un insulto por parte de un compañero, es el de que necesita aprender a defenderse, a no dejar que nadie le insulte o le golpee, y ante eso, la opción que le brindan, es la de responder de la misma manera, lo cual constituye otra forma de promover el círculo de violencia.

La consecuencia de estos actos puede derivar en una interpretación de los hechos alterada, errónea, y ello conlleva una distorsión cognitiva que va en detrimento de estos chicos, en tanto muchas veces atribuyen a otro la responsabilidad de los actos que emprenden, no tomando conciencia de la dimensión de los hechos que cometen.

La falla de empatía se torna evidente, al no poder posicionarse en lugar del otro para poder sentir lo que otra persona puede estar sintiendo como consecuencia de la aplicación de violencia sobre ella.

Cabe mencionar que de alguna manera, el desarrollo de las prácticas de “bullying” termina configurando u otorgando en cierto sentido, una identidad al acosador, en tanto sin la comisión de abuso, de esa violencia que fue incorporando a lo largo del tiempo y que con el tiempo aplica sobre otros más vulnerables, muchas veces pierde su “rumbo”, su creencia de que es alguien en la vida, porque eso es lo que aprendió desde hace tiempo.

Se ha empleado recientemente el término de “violencia horizontal”, el cual se relaciona con el hecho de la jerarquía similar que se comparte entre quien acosa y quien es acosado. Por otra parte, se entrelaza el concepto de “violencia vertical descendente”, el cual hace alusión al proceso mediante el cual el abusador ejerce su poder y su maltrato sobre sujetos que considera merecen o pueden ser abusados.

Si bien también existe el concepto de “violencia vertical ascendente”, el cual refiere al ejercicio de poder por parte de personas inferiores hacia personas superiores (por ejemplo, de alumnos hacia docentes), el mismo no es tomado en consideración para los fines de este trabajo.

Los acosados

En cuanto a las víctimas, no ser diferente parece ser la consigna, a riesgo de que, de incurrir en lo contrario, se obtiene un seguro pase a una espiral signada por la violencia en la que, de sostenerse en el tiempo, la acción de los acosadores puede desembocar en consecuencias permanentes que dejen profundas heridas en el psiquismo de una persona víctima de acoso, llegando incluso a destruirles la vida.

Quienes sufren la intimidación, principalmente son aquellas personas vulnerables en las que los abusadores detectan particularidades o situaciones que de alguna manera les pudieron resultar traumáticas o estresantes, como por ejemplo haber sufrido la separación de la pareja parental, así como características de la personalidad, tales como depresión, tristeza, soledad o timidez, con tendencia al aislamiento, entre otras.

Se distinguen habitualmente dos tipos de víctimas; las pasivas y las provocadoras. Las primeras las constituyen quienes son inseguros y débiles físicamente, siendo blanco fácil para el acosador y presentan las características de personalidad descriptas en el párrafo anterior. En tanto las provocadoras, son aquellas víctimas que se caracterizan por tener comportamiento irritante (por ejemplo, chicos hiperactivos) que hacen que quienes los acosan, lo hagan bajo el pretexto de que no soportan dicho comportamiento que les resulta molesto.

Es necesario remarcar que quienes son acosados, son chicos que por sus propias características de personalidad, entre las que destacan inseguridad y ansiedad, no son provocadores de peleas de modo tal que terminen siendo acosados por los abusadores, sino que como se mencionó, los abusadores los eligen como objetivo de acoso porque les despierta aspectos de sí mismos intolerables que al verlos proyectados, se tornan agresivos.

Los ataques e intimidaciones a las que se ven expuestas las víctimas de este tipo de acoso, tienen como destino provocar dolor, sufrimiento, miedo y daño.

Entre las consecuencias del “bullying” mientras este es padecido activamente, se destacan la angustia y sentimiento de desadaptación que puede llegar a sentir quien la sufre, en tanto cada vez más puede ver incrementada la violencia que se ejerce contra su persona por parte del abusador, afectando áreas tan importantes de su vida emocional como la referente a su propia autoestima.

Respecto a la autoestima, cabe mencionar que es un aspecto devaluado tal como se reseñó anteriormente, tanto en quien acosa como quien es acosado, por lo cual se presentan dos caras de una misma realidad, sólo que en diferentes niveles, oficiando uno en una función refleja respecto al otro.

Ambos, acosador y acosado, se complementan mutuamente, y de alguna manera, en un registro inconsciente, quienes son abusados, optan por ocupar dicho lugar, considerando que en muchos casos, no hacen nada por establecer un límite frente al abusador, y permite seguir siendo abusado.

En quienes son abusados entra a verse afectada la propia identidad, en tanto por lo inmanente de la situación a la que se exponen, se atraviesa por procesos en los que la socialización se ve afectada, y se empiezan muchas veces a autoexcluir de sus pares, sintiendo asimismo que existe un rechazo social, considerando que no están a la par del grupo y que frente a ello pierden el sentimiento de pertenencia del mismo, debido a que se sienten perseguidos, no desplegándose la posibilidad de un desarrollo saludable en lo que a vinculación con otros se refiere.

Al ser dominada, la víctima ve neutralizadas sus capacidades, anulándose lo que le es específico, perdiendo sus resistencias y capacidad de oposición.

Cuando las capacidades de defensa del abusado así como su sentido crítico se ven anulados, la consecuencia resulta ser la imposibilidad de que el sujeto pueda llegar a rebelarse ante su padecer. De tal manera, se vuelve incapaz de reaccionar, tornándose cómplice de su situación opresiva, volviéndose un objeto para el abusador.

Claro está que más allá del aspecto inconsciente donde abusado y abusador se complementan, cabe consignar que en el caso de la víctima, no existe nunca un consentimiento explícito para ser abusada. Lo que ocurre es que al anularse su capacidad de reacción y defensa, no puede desarrollar un pensamiento crítico, propio, que le permita no quedar limitado a ser acosado.

Hay otros sujetos abusados que a partir de experiencias de abuso que padecen, aprenden a desarrollar estrategias y emplean herramientas que les son útiles como para emponderarse y lograr poner un freno a la situación que atraviesan respecto al abuso y al o los abusadores.

También están aquellos sujetos que se ligan a un aspecto más destructivo como consecuencia de su padecer, acabando su agonía muchas veces en suicidio, por no encontrar elementos suficientes que les permitan hacer frente a situaciones tan angustiantes que los acosadores remueven en ellos; es así que optan por acabar con sus vidas.

Las víctimas se sienten solas respecto a lo que les pasa, en tanto ni la familia ni los amigos muchas veces llegan a tomar conciencia de la dimensión de los hechos por los que atraviesa la víctima. También ocurren los casos en que quienes están al tanto de las agresiones que sufre un familiar o amigo, optan por mantenerse al margen de la situación, aislando aún más a quien padece el acoso.

La frustración respecto a la ausencia de sentir que pueden ser parte perteneciente de un grupo de referencia, ligado a la exclusión y el rechazo, genera pensamientos y sentimientos de impotencia que redunda en una gran sensación de soledad y desesperanza, hallando en la muerte una forma de poder aliviar su penosa situación.

Por otra parte, como contrapartida y como forma alternativa de canalizar su sufrimiento, podrían citarse los casos en que terminan, por ejemplo, incurriendo en las matanzas que son de pública notoriedad y que de alguna manera responden a que estos sujetos víctimas de “bullying” no pueden dirigir la agresividad tan intensa que sienten contra su propia persona.
Del “bullying” al asesinato en masa: transición fatal

Sentir que se ha perdido todo en cuanto a la posibilidad de desarrollar nuevos vínculos, que se ha sido relegado, que la vida no adquiere nuevos sentidos en tal sentido, que la misma es cruel, que no se es reconocido ni valorado, son factores que conjugados en una misma persona en que las relaciones humanas se ven alteradas, hacen que la agresión contra el mundo que le lastimó sea proyectada, y las formas que pueda llegar a adoptar para manifestarse, puede ser extremada y literalmente, sanguinaria.

La violencia engendra más violencia, reza una vieja frase; ella es considerada como una forma extrema de resolución de conflictos, que aparece cuando el ser humano no puede afrontar por otros medios la salida a una situación problemática; como consecuencia, reproduciendo dicha violencia, la misma se arraiga como elemento resolutivo de instancias problemáticas y es así que el conflicto, más que solucionarse, tiende a agravarse. Si a esto se suma que la violencia es padecida por alguien que a su vez de por sí tiende a ser agresivo, debido a una escasez en el manejo y control de impulsos o que sea una persona tímida, las implicancias pueden ser mucho peores.

Muchas personas que a lo largo de su infancia, y también en parte de su adolescencia se vieron expuestas a sufrir una escalada de hostigamiento por parte de personas abusivas día tras día durante un prolongado período de tiempo, han llegado a convertirse en víctimas de sus propias circunstancias, las cuales les han llevado a protagonizar hechos sumamente violentos.

En varias ocasiones, perciben que la única salida “digna” a su malestar sería ocasionando a otros el mismo tipo de dolor que le hicieron padecer tiempo antes, que le hicieron frustrarse y sentirse maltratado, siendo un feroz ataque la manera en que tanta tensión y bronca acumulada a lo largo de mucho tiempo, estalla; es así, que en un momento empieza a dar rienda suelta a su sed de venganza.

Frente a este fenómeno, se ha dado a conocer un síndrome que en psicología y psiquiatría se conoce desde el año 1972 como Síndrome Amok.

Amok proviene de una palabra malaya, “meng-âmok”, la cual significa “atacar y matar con ira ciega”. El Síndrome es definido por la Organización Mundial de la Salud como “un episodio aleatorio, aparentemente no provocado, de un comportamiento asesino o destructor de los demás, seguido de amnesia y/o agotamiento. A menudo va acompañado de un viraje hacia un comportamiento auto-destructivo, es decir, de causarse lesiones o amputaciones llegándose hasta el suicidio”.

En criminología, se describe a muchos asesinos masivos que padecen de este síndrome, el cual se caracteriza por el hecho de que uno o varios sujetos van acumulando tensión por diversas causas, consecuentemente con preocupación, desolación y hasta depresión. Tras tiempo de tensión acumulada, comienzan a emitir señales de que van a producir un ataque, el cual es anunciado a través de internet o en cartas que escriben. Un día, tras tanta tensión acumulada y habiendo planeado estratégicamente su acción asesina, accede a dar rienda suelta a su rabia y explota de manera salvaje.

Quien padece dicho síndrome, llega a estar armado y comienza a atacar, herir y dar muerte de manera indiscriminada a toda persona que se cruce en su camino, en este caso en consideración, en centros de estudio. El desenlace se produce cuando el sujeto se suicida o es detenido.

Nada justifica per se los actos criminales de estos devenidos asesinos, pero sí es necesario reflexionar acerca de los motivos que subyacen al hecho de que un sujeto pueda llegar a arremeter contra otros con el fin de quitarles sus vidas, y para esto, es necesario considerar la importancia de las secuelas que el hostigamiento y la intimidación a la que durante mucho tiempo se vieron expuestos pueda haber marcado en ellos.

Emergen como factores precipitantes que acaban promoviendo la detonación de otros factores del individuo (factores predisponentes), quien se ha visto sometido a maltrato psicológico y físico eventualmente de larga duración.

No hay causas determinantes ni que aisladas sean por sí suficientes para explicar este fenómeno del asesinato masivo en centros escolares; muchos factores en interacción contribuyen a la creación de un asesino en masa y cabe destacar que en la mayoría de los casos se encuentran al “bullying” cometido por otros compañeros o el abuso infantil como factores presentes al rastrear la historia de estos sujetos.

De todos modos, si bien existen estos factores mayormente presentes en estos jóvenes, es necesario mencionar que muchas víctimas de abuso en la infancia o “bullying” no se dirigen a cometer crímenes horrendos.

El asesino en masa es aquel que asesina a tres o más víctimas, atacando en un mismo lugar o escenario del crimen. Se distinguen habitualmente entre dos tipos de asesinos en masa: el clásico y el familiar.

El considerado en este trabajo sería el clásico, quien se caracteriza por cometer el crimen en un solo espacio y en una sola instancia, la cual puede llevarle de minutos a horas. Suele ser descripto como un perturbado que posee problemas que se incrementan llevándole a actuar contra un grupo de personas que no tendrían incidencia en sus problemas, al menos totalmente, utilizando diferentes métodos para aniquilarles, principalmente empleando armas de fuego.

Del estudio de los casos más renombrados de asesinato en masa en centros de estudio, se observa en lo concerniente a perfilación criminal se refiere, que quienes habitualmente cometen los actos son adolescentes, que portan una gran acumulación de factores de riesgo de larga data.

La adolescencia como etapa vital se signa por varias características, siendo una de tantas que existe, el sentimiento de omnipotencia, el cual no deja de apreciarse por parte de quien comete los crímenes; sentimiento que se manifiesta a través de la particularidad en la que estos sujetos todo lo pueden y logran. Sienten que son invencibles y que sus propósitos serán consumados por una vez y a partir de este momento en sus vidas; esto, sumado al sufrimiento al que se vieron expuestos durante largo tiempo como víctimas de intimidación por parte de otro u otros compañeros escolares en las que fueron objetos de burlas y destratos, los lleva a entender que tienen el derecho de clamar por venganza, de la cual se valen por mano propia.

Siguiendo con lo que al perfil de este tipo de asesinos se refiere, la mayoría de ellos son hombres, siempre teniendo en cuenta que el ámbito en consideración en este trabajo es el académico (primaria, secundaria, universidad).

En su mayoría tienen entre 25 y 35 años de edad, exceptuando quienes abren fuego en instituciones de enseñanza secundaria, siendo alumnos de las mismas. Una gran diferencia entre los adolescentes y los adultos que cometen masacres en centros escolares, radica en que los primeros, casi invariablemente, tienden a comentarles a sus amigos acerca de sus intenciones llegando incluso en ocasiones a involucrarlos en sus planes.

Destaca en ellos el hecho de que establecen como motivo de su accionar, la venganza o la fama, ya que en su vida se han considerado seres insignificantes y con el crimen pasaran a la historia como sujetos notorios, quienes tendrán la última palabra al emprender su masacre. De ello dan cuenta las verbalizaciones expresas que hacen a sus allegados, las cartas que dejan, los videos que graban informando su próxima ordalía.

Por otra parte, existen quienes no dan señales visibles de la atrocidad que cometerán, y arremeten en silencio, pasando inadvertidos hasta que cobran notoriedad por los efectos de su emprendimiento criminal.

La presencia de cierto trastorno de personalidad narcisista que podría denominarse “narcisismo maligno” – un tipo de diagnóstico controversial en tanto suele asociarse en cierta medida con el trastorno de personalidad fronterizo o borderline – hace que este tipo de asesinos encuentre al suicidio como una salida insuficientemente dramática en relación a sus necesidades.

Así, esa necesidad de fama a la que se hacía referencia, entre otros aspectos, es lo que los motiva a emprender su accionar criminal, a la vez que buscan aniquilar a todo aquel que ha provocado profundas heridas en su persona.

Parecería como norma la confluencia de aspectos de una personalidad que podría denominarse como anormal en su desarrollo, conjuntamente a un ambiente social desfavorable; en ese interjuego, estos sujetos plantean una dificultad extrema para establecer relaciones de empatía con otras personas, quienes terminan siendo conceptualizadas como objetos que pueden ser desechados sin ningún inconveniente, deshaciéndose de ellos con total frialdad.

En estos asesinos, cabe consignar además que presentan tendencia al aislamiento social, depresión desde el punto de vista clínico y dificultades de relacionamiento con otros sujetos puesto que se sienten lastimados o agredidos.

A pesar de su soledad y aislamiento, estos asesinos tienden a pertenecer a un grupo de personas que dan vida a sus deseos homicidas, no más sea sólo en el plano de las fantasías.

A estas características debe añadirse elementos de paranoia presentes en ellos, puesto que consideran que los demás les quieren perjudicar; así, el mundo pasa a ser un lugar hostil e inseguro para ellos, la vida no les es justa y los demás tienen la culpa de su padecer. Ante este argumento, desarrollan la idea fija del asesinato como recurso posible de dar solución a la injusticia que sienten se cernió sobre ellos, desatando su furia contra la sociedad por la cual sienten un gran resentimiento, a pesar de que no resulte muy evidente tras su apariencia “normal”.

Suelen ser sujetos con baja autoestima que cuando deciden llevar adelante su accionar criminal, adoptan una identidad poderosa y peligrosa, maligna, como forma de compensar la vulnerabilidad, la inseguridad y amenaza del entorno, que en definitiva les impediría de alguna manera cometer sus actos cruentos. Con los disparos, sienten que ganan la “confianza” suficiente como para poder salirse de esa posición tan vulnerable en la que se hallan habitualmente.

Estos asesinos en masa son seres depredadores, sujetos habitualmente inteligentes que planifican su crimen con deliberado cuidado y aparente falta de remordimiento y emoción. Rinden comúnmente con buenas calificaciones a nivel académico; si son expulsados de su centro de estudios, la causa seguramente no radique en mal rendimiento, sino en problemas de conducta.

Los fracasos a nivel amoroso se presentan como otros de los elementos que destacan en este tipo de perfil, sufriendo muchas veces el rechazo y la frustración consecuente.

Asimismo, se caracterizan también en su mayoría por haber expresado ideas suicidas anteriormente a las masacres, las que habitualmente son desestimadas. Por otra parte, dentro de lo que al perfil de estos sujetos refiere, muchos de ellos tienden a referirle a alguien muy cercano lo que están planeando hacer cuando van a cometer un crimen masivo, o de lo contrario, lo explicitan en cartas o mensajes vía internet, como forma de dejar su legado explícito al mundo, producto de la violencia a la que fue sometido y por la cual entiende debe hacer “justicia”.

Estos asesinos en masa difieren de otro tipo de asesinos, como los que son en serie, puesto que estos últimos buscan víctimas, no específicamente escenarios como los asesinos en masa; además, habitualmente tienen otro tipo de motivaciones, así como también cometen sus crímenes basados en otros procedimientos y características; tampoco tienen motivaciones ideológicas de gran porte como puede ser el caso de los genocidas que actúan en tiempo de guerra principalmente. Para algunos autores, los asesinatos masivos en centros de estudio son una suerte de actos terroristas, sin el mencionado núcleo ideológico, si bien en algunos casos se ha apreciado que los asesinos eran seguidores de determinado tipo de ideología sustentada en obras como “Mein Kampf” de Hitler o escrituras de Nietzsche.

Los asesinos considerados en este trabajo habitualmente son contemplados dentro de una categoría de asesinos masivos conocida como "pseudo-comandos", es decir, gente obsesionada con la parafernalia militar y las armas de fuego, llegando a usar determinado tipo de uniforme (como el militar) para cometer su crimen o se visten de tal forma para grabar un video donde dejarán plasmado su mensaje de destrucción anunciada, tal como el caso del asesino de Virginia Tech.

A su vez cabe destacar que miran reiteradamente escenas de violencia y destrucción de cierto tipo de películas, escuchan determinado tipo de música con la cual se identifican por su letra principalmente (Marylin Manson ha sido uno de los tantos músicos que ha aparecido en la nómina de los más escuchados por este tipo de asesinos), e incluso llegan a recitar citas clásicas de la literatura o películas que sirven para la ocasión (frases sobre el juicio final o destrucción en general); todo dentro del plan de elaboración de cara a la masacre que planifican.

Al momento de asesinar, se despliega todo en el escenario que han montado: los trajes que usan, la adopción de posturas para disparar sus armas, el registro extenso de agravios que hace el asesino y declaraciones que deja por diversos medios para dar a conocer su legado al mundo; esfuerzos en definitiva que buscan como propósito afirmar una identidad grandiosa, la cual entiende que el mundo no puede percibir o le niega.

Es apreciable que el trastorno es demasiado grande en estos asesinos en masa, pero la magnitud de sus actos no llega a ser medible en muchos casos por los mismos, quienes se ven cegados por la furia que los invade y la impulsividad, que en estos casos, no tiene límites.

Tal como si se tratase de una práctica de tiro al blanco, comienzan a disparar sus armas en contra de aquellos quienes entienden que alguna vez le produjeron mucho daño; aquellos que en definitiva no necesariamente fueron quienes le produjeron su tan “doloroso” daño, y en su trayecto destructivo, la vida de muchas víctimas inocentes son arrebatadas en un acto que a simple vista, carecería de total sentido.

Como corolario, estos sujetos acosados devenidos asesinos, luego de cumplir con su mandato autoimpuesto, terminan quitándose su propia vida generalmente, cuando se ven rodeados por las fuerzas policiales.

Considerando lo que dejan visualizar varias historias de este tipo, podría pensarse que su misión ya ha sido cumplida y tras haber experimentado una vida llena de sinsentidos y carencias de considerables dimensiones, la cual no les pudo dar lo que tanto pudieron haber anhelado, creen que es tiempo de partir al verse acorralados; un acorralamiento que puede pensarse desde el plano simbólico como aprisionante, y que resulta extremadamente insoportable, ante lo cual, la salida más rápida, tras dejar un reguero de muerte, termina siendo la de dirigir tanta bronca, frustración y agresión contenida durante tantos años sobre sí mismo.

Lamentablemente, cuando la información de este tipo de tragedias se hace presente, dejan tras de sí un impacto social que podría considerarse efímero, y la indignación que provoca en lo colectivo llega a disiparse con el transcurrir de poco tiempo, muchas veces argumentándose que los hechos de este tipo se multiplicarán con el transcurso del tiempo en tanto es el destino, que marca que la violencia esté instalada cada vez más en la sociedad. Ello lleva a producir resignación sin tomar medidas preventivas ante este tipo de hechos; sólo se genera un espanto a nivel social que se esfuma, una y otra vez, y reaparece cuando otro hecho sangriento de similares características vuelve a acontecer.
Algunos casos de asesinatos masivos

Eric Harris y Dylan Klebold

La adolescencia como etapa de la vida deja huellas importantes en la vida de una persona. Es un momento vital en el que el ser humano comienza a desarrollarse en muchos aspectos a la vez que transita por varios procesos entre los cuales hay desprendimientos; dichos procesos se enmarcan en sucesivos cambios, a nivel social, familiar, académico, sexual, entre otros.

Los adolescentes como tales necesitan identificarse con modelos que les sean familiares, y ser popular en muchos de estos jóvenes marca una tendencia, como estereotipo, a la vez que existe otro fenómeno relativo al hecho de que los adolescentes necesitan pertenecer a un grupo de referencia. En esta etapa puede suceder que los jóvenes se unan a sectas, pandillas y se introduzcan al mundo de las adicciones.

No es menor en importancia el hecho de que en la etapa adolescente, se apuesta a desarrollar el sentido de pertenencia considerando que el joven se encuentra con pares a los cuales le ocurren cosas similares precisamente por la etapa de la vida en que se encuentra, signada entre otras características por la confusión que le es inherente.

Precisamente tanto en escuelas primarias como secundarias, el adolescente puede encontrar un universo de “tribus” a las cuales “afiliarse” en busca de consolidar su proceso identificatorio, pero ¿qué pasa cuando su perfil no encaja dentro de la oferta existente en ese ámbito al cual ingresa y se inserta? ¿Cómo puede llegar a afrontar un adolescente su exclusión, discriminación y rechazo, siendo que a la vez tiene que enfrentar un montón de situaciones conflictivas inherentes a su ser, que lo envuelven en un mar de incertidumbres del cual muchas veces no encuentra la manera de salir? ¿A qué recursos puede echar mano cuando los mismos son escasos o nulos, y la continentación tanto del grupo de pares como de su familia está ausente? ¿Qué consecuencias deriva de ello a lo largo del tiempo?

Para responder estas inquietudes, una de las posibles respuestas se puede hallar a modo de ejemplo en el célebre episodio ocurrido durante el año 1999, en el cual el mundo observó impactado el trágico acontecimiento que ocurrió en una escuela secundaria de Jefferson County, Colorado, Estados Unidos, consistente en el hecho de que dos estudiantes sembraron instancias que transitaron del horror al pánico, entre la población de estudiantes y docentes que se encontraba a su paso y que perecieron como consecuencia de la matanza perpetrada por aquellos.

Eric Harris y Dylan Klebold, de 18 y 17 años de edad respectivamente, ingresaron al recinto estudiantil del cual eran estudiantes, portando consigo dos escopetas, dos pistolas semiautomáticas calibre 9 milímetros, una carabina, 99 bombas de propano y sendos dispositivos explosivos.

Abrieron fuego en diversos sectores del centro de estudios (biblioteca y cafetería), totalizando un total de 13 víctimas fatales, entre los que contaban 12 alumnos y un docente, dejando asimismo un saldo de 24 estudiantes heridos. Ambos jóvenes que perpetraron la matanza, se suicidaron tras el hecho.

En vida, estos adolescentes tenían como antecedente el gusto por internet, dándole un fin destinado a publicar información sobre videojuegos bélicos. Asimismo, tenían un blog en el cual demostraban lo que opinaban respecto a sus amigos, compañeros y padres. Por otra parte, publicaron manuales de fabricación de dispositivos explosivos caseros e instrucciones sobre maneras de causar daño, con los respectivos registros de los problemas que estaban ocasionando.

Con el transcurrir del tiempo, el blog que habían creado sirvió para que Harris pudiera dar a conocer su odio hacia la sociedad, así como las amenazas que efectuaba a profesores y alumnos de la institución académica a la que concurría, siendo algunas amenazas de muerte.

Por un antecedente de hurto de material informático de un furgón por parte de ambos adolescentes, Harris debió incluso asistir a un centro para tomar clases de control de ira. Este joven además tenía cambios de humor repentinos y depresiones. Dylan también sufría de depresión.

Estaban resentidos, enojados en primer lugar con su familia, puesto que ante las señales de alerta que estaban emitiendo y tras el arresto sufrido en una oportunidad, no les fueron puestos los límites necesarios por parte de sus respectivos progenitores, ni les fue prestada la atención necesaria que estaban requiriendo. Así, viven a través de la violencia, en una etapa de su vida muy peculiar como lo es la adolescencia, en la que el ser humano empieza a ser más impulsivo, así también como se demuestran más narcisistas y arrogantes. Es de destacar que ambos jóvenes eran fanáticos del régimen nazi.

Luego de acontecida la masacre, una investigación reveló que el director del centro de estudios era un “bully” sádico con los estudiantes que a su vez eran atletas.

Algunos docentes, entre quienes se encuentran los que presenciaron el acto de “bullying” del devenido director, ex entrenador de los atletas, no intervenían ante los acontecimientos, alegando en algunos casos que ello les habría costado el empleo. Tanto Dylan como Eric fueron atormentados sin misericordia bajo el régimen de su viejo entrenador, al igual que cualquier otro estudiante que estuviese a la par de ellos. Esta información aparecería como otro dato a tener en consideración al momento de buscar factores que puedan brindar explicaciones al por qué de esta matanza.

En relación a la masacre que cometieron, estos jóvenes tenían estrategias delineadas, pensadas; a pesar de lo impulsivo que caracteriza a la adolescencia, este no fue un acto impulsivo, sino premeditado.

Cabe consignar que a nivel psicológico, en lo proyectivo, como sienten que la gente no los quiere, los destruyen, antes de que sean destruidos ellos por los demás; de allí el rechazo y desprecio manifiesto de Harris hacia la sociedad que planteaba en su blog de internet.

Ambos se sintieron violentados por la familia y el medio social; ante eso respondieron y llevaron adelante su matanza. También tenían en claro que no se iban a dejar atrapar por la policía, por lo cual se suicidan.

En declaraciones posteriores al suceso, sus padres pensaban que en su casa nunca había ingresado un arma.

Michael Moore, director del documental “Bowling for Columbine” que hace referencia a esta matanza en particular, refiere que atribuye el episodio a la permisividad de las armas de fuego en Estados Unidos y este punto de vista no debe dejar de ser considerado como un factor de relevancia, en tanto, si se toma en cuenta otro caso que ocurrió en Australia, a partir del cual la legislación fue más severa en cuanto al acceso a armas de fuego por parte de la población, se observó que cesaron las muertes en general por armas de fuego en el ámbito escolar. Sin dudas que la cultura, la situación económica y las características que hacen a una sociedad tiene mucho peso al momento de tomar en consideración este fenómeno y son factores que no deben dejarse de tenerlos presentes para aportar a la explicación de estas matanzas.

Las matanzas en centros de estudio son un fenómeno que ocurre hace aproximadamente cincuenta años en el mundo y es un hecho de que los tiroteos en centros de enseñanza no serían posibles sin la presencia de armas de fuego que sean accesibles y a su vez de fácil adquisición económica, fáciles de cargar y de disparar, capaces asimismo de descargarse varias veces en pocos segundos contra sus objetivos.

Cabe consignar también que muchos países han adoptado medidas pertinentes para que el acceso a armas de fuego se vea restringido, o retrasado al menos, como ha sido el caso de Alemania que tras un año 2002 que dejó un saldo de 17 muertes, optó su legislación por retrasar la edad de 18 a 21 años para poseer armas de fuego.

Importante sería que todos los países tomaran en consideración este tipo de medidas, y Uruguay no es un país que debiera ser ajeno a ello, en tanto conocido es por cifras oficiales, el porcentaje de jóvenes que delinquen con armas de fuego, ante lo cual el acceso a las mismas no se torna dificultoso, y episodios como el de Columbine, fácilmente podrían suscitarse en este territorio.

Seung-Hui Cho

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