Recursos Naturales: Dra. Graciela Bazán




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Hoja geobiológica Pampeana Año XXIV(2012), Nº 2


Lunes 27 de febrero de 2012

HOJA GEOBIOLÓGICA PAMPEANA

Órgano del Consejo Profesional de Ciencias Naturales

(Fundado el 12 de marzo de 1989 por el Dr. Augusto Pablo Calmels)

Editores responsables: Dr. Augusto Pablo Calmels y Lic. Olga C. Carballo

Corresponsales, Biología: Lic. Julio R. Peluffo

Geología: Dr. Eduardo E. Mariño

Recursos Naturales: Dra. Graciela Bazán

http/www.region.com.ar/hoja geobiologica pampeana

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INICIACIÓN AL ESTUDIO DE LA GEOMORFOLOGÍA CLIMÁTICA

(Tricart y Calmels) (Continuación)

más complejas, porque han experimentado una importante litogénesis luego que han cesado de ser funcionales. Son calcáreas cuando han sido disueltas y recristalizadas bajo el efecto de la circulación de las aguas de lluvia. Todas estas costras se han formado, salvo en muy raros casos, de costras yesosas en chotts per descensun, por la precipitación de carbonatos aportados por las aguas superficiales que percolan en el material incoherente La vieja teoría de los edafólogos (formación per ascensum, por ascenso de las sales a partir de una capa freática sometida a una fuerte evaporación) actualmente ha sido abandonada: choca con numerosos datos bien establecidos. Estas condiciones genéticas explican el desarrollo de las costras en sitios favorables a la infiltración de las aguas de escurrimiento difuso: derrames, glacís, pie de pendiente. Estas costras calcáreas moldean un relieve inactual y tienden a asegurar su conservación. Pero su resistencia a la movilización mecánica o química, lo más a menudo es muy inferior a la de las corazas intertropicales. Un clima más frío permite un crioclastismo; más húmedo, su disolución.

Las corazas de acumulación relativa resultan de la acumulación del elemento acorazante por lixiviado de los otros elementos. Están formadas, pues, por productos poco solubles, esencialmente alúmina. Son corazas bauxíticas, cuya formación exige condiciones geomorfológicas bien definidas (jirones culminantes de antiguas superficies de erosión disecadas sometidas desde largo tiempo a un fuerte drenaje).

Las corazas de acumulación absoluta resultan de un endurecimiento por un elemento alógeno, por lo tanto relativamente móvil: habitualmente el hierro, a veces también el manganeso. Las silicificaciones de capas de las regiones sahelianas pueden clasificarse igualmente en este tipo.


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Las corazas ferruginosas son, por mucho, las más difundidas y pertenecen, en su mayoría, al tipo de corazas de acumulación absoluta, aunque algunas crestas de cuarcitas ferruginosas o de rocas metamórficas sílico-ferruginosas (itabirita, por ejemplo) llevan corazas de acumulación relativa, engendradas por lixiviado de la sílice. Las corazas ferruginosas de acumulación absoluta caracterizan siempre climas con fuerte evaporación estacional, sudano-saheliano. Hay movilización del hierro durante la estación de las lluvias, gracias a la descomposición rápida de la materia orgánica que proporciona los complejos, durante la estación seca, y la precipitación del hierro. Donde el hierro es muy abundante, por ejemplo al pie de una cornisa de coraza o sobre una pendiente de rocas ricas en hierro, las corazas pueden formarse sobre una pendiente, principalmente por cementación de coluviones. Generalmente, se forman sobre todo en los fondos bajos, inundados en invierno y luego desecados progresivamente. Los derrames endorreicos de ríos nacidos en la selva, como el Níger medio, que no se vuelca hacia el golfo de Guinea sino después del Riss, son particularmente favorables al acorazamiento.

Las corazas de acumulación relativas son así una facies de acumulación química propia de los climas tropicales con estación seca acentuada. Su génesis no tiene nada que ver con la litología del sustrato, sino que está influenciada por el material recibido. Las arcillas se acorazan mal; el hierro forma un barniz en la superficie de los cristales, peptiza la arcilla sin producir coraza. Por el contrario, arenas, cantos rodados y materiales heterométricos, son favorables.


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Los acorazamientos, al igual que los encostramientos calcáreos subáridos, generalmente se producen en momentos determinados de la evolución geomorfológica. En África occidental, J. Vogt, F. Michel, G. Rougerie y J. Tricart han demostrado la existencia de varias fases de acorazamientos en el Cuaternario. En el Níger medio corresponden a los períodos húmedos, que acrecientan los aportes químicos provenientes de la dorsal guineana, mientras que los períodos secos están caracterizados por fenómenos mecánicos. En las cuencas del Senegal y del Gambie, las fases de acorazamiento siguen al emplazamiento de las cuatro formaciones detríticas cuaternarias conocidas (P. Michel): dos sistemas de glacís que se relacionan con la alta terraza, la terraza media y la baja terraza. Consolidaciones locales se producen en los guijarros que forman las “gravas al borde de la barranca”, en la capa de fondo de valle aproximadamente al nivel del fondo de los lechos actuales.

Las corazas son uno de los elementos capitales de la geomorfología de la zona cálida, tan importante como los depósitos periglaciarios en las regiones templadas. Los geomorfólogos, alucinados por las concepciones davisianas, las han ignorado por mucho tiempo, lo que ha hecho que los edafólogos hayan atacado solos su estudio. De ello han resultado, como para los encostramientos calcáreos, muchos procedimientos: se ha querido ver en ellas acumulaciones per ascensum, por lo tanto de origen local, ligadas al sustrato. La introducción de un punto de vista geomorfológico ha sido el origen de progresos decisivos en las investigaciones que se les ha consagrado.

Es sumamente importante la distinción entre corazas bauxíticas, formadas esencialmente por alúmina, y donde el hierro sólo desempeña un papel subordinado, y corazas ferruginosas, en las cuales, por el contrario, el hierro es el elemento característico. Lamentablemente esta distinción no se ha hecho siempre, y todavía se habla a veces de laterita para designar, no solamente los tipos de coraza, sino también la alúmina incoherente de las arcillas lateríticas. Ahora bien, se trata de formaciones cuya elaboración se efectúa en medios geomorfológicos diferentes. Sin embargo, las diversas corazas desempeñan todas el papel de rocas duras frente a la erosión.

c) Suelos y erosión mecánica(1)

La potente erosión química que

  1. El vocablo “suelo” será tomado aquí en el sentido común. Designará conjuntamente los suelos de los edafólogos y las formaciones superficiales (productos de alteración, costras, corazas).

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acompaña a la pedogénesis tiene por efecto modificar fuertemente las propiedades mecánicas de la superficie del planeta. Aquí, rocas coherentes son transformadas en productos de alteración incoherentes; allí, por el contrario, horizontes incoherentes son fuertemente cementados en corazas o en costras. En todas las regiones donde existe una cubierta generalizada de suelos, es esta última la que se encuentra sometida a los agentes mecánicos del sistema morfogenético que obran sobre la superficie topográfica. Dejando de lado las barrancas de los ríos y los acantilados marinos, ella es la intermediaria obligada entre la roca in situ y la erosión. Las propiedades de los suelos frente a la erosión mecánica son, por lo tanto, tan importantes como la de las rocas. Fuera de las zonas desérticas y glaciarias, la naturaleza de las rocas sólo influye directamente sobre la erosión en los abruptos rocosos en el lecho de los cursos de agua, sobre las playas y al pie de los acantilados. En cualquier otra parte, es decir sobre la casi totalidad de las pendientes, el trabajo de la erosión mecánica está regido por las propiedades de los suelos.

Deben considerarse dos casos: suelos coherentes y suelos incoherentes.

  1. Los suelos incoherentes

Este tipo de suelos es el más difundido. Las costras y corazas compactas resultan, con toda verosimilitud, de una evolución de tipo particular.

La resistencia de los suelos incoherentes a la erosión mecánica es mucho mayor que la de formaciones puramente minerales de igual granometría, aun cuando la vegetación, cuya existencia rige la pedogénesis, esté destruida. Los suelos deben esta propiedad a su estructura. En una roca incoherente las partículas están mezcladas las unas a las otras. Sólo pueden presentar, a lo sumo, una orientación predominante y una disposición en estratos.

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n un suelo, la disposición es mucho más compleja. El humus coloidal envuelve las partículas de suelo, las cementa entre sí, las aglutina en agregados y en terrones, caracterizados por una cierta cohesión. La caliza desempeña un gran papel en la formación de agregados estables. Los suelos calcáreos que contienen humus poseen generalmente una buena cohesión y resisten bien a la erosión mecánica. Tales son los chernozems, las rendsinas y los rangers. Es suficiente con recoger un terrón de tierra para darse cuenta de ello: no se deshace en polvo como un puñado de arena, Pero, por otra parte, esta estructura se traduce por una mayor permeabilidad. Mientras que en la roca incoherente los únicos vacíos están constituidos por los intervalos entre los granos agregados unos contra otros, a la manera de bolitas dentro de una bolsa, el suelo está atravesado por innumerables fisuras, hendiduras y canalículos que resultan, ora de la contracción leve bajo el efecto de la desecación, ora del congelamiento, ora de la acción de las raíces y de los animales, o bien de las variaciones de volumen debidas a la migración de ciertas sustancias por lixiviación, y al hinchamiento de otras, principalmente por hidratación. Los cambios incesantes de volumen, que resultan de las reacciones químicas, del crecimiento y de la descomposición de las raíces, impiden al suelo ser tan compuesto como una roca. Porosidad y agregación se combinan para volver al suelo resistente frente a los agentes mecánicos. La porosidad facilita la infiltración y reduce la fracción de agua susceptible de escurrirse, mientras que la agregación aumenta la resistencia de las partículas al arrastre por el agua o por el viento.

Frente al viento, el papel esencial está desempeñado por la dimensión de

los agregados. La granometría más favorable a la deflación eólica está comprendida entre 0,5 y 0,02 mm. Es raro que los agregados tengan una dimensión tan débil, de modo que, por lo general, la presencia de humus refuerza la resistencia a la erosión eólica.

Es así como en Alemania septentrional, los suelos de las regiones arenosas y limosas cultivadas están prácticamente indemnes cuando contienen de 6 a 10 % de humus. Pero en ciertos casos, la proporción de humus es más débil, y los agregados más pequeños pueden ser presa del viento. Tal es el caso de la pradera canadiense, donde la deflación de numerosos suelos está facilitada por el humus, que proporciona aquí agregados demasiado pequeños. Es suficiente con una interrupción de pequeña dimensión de la vegetación para que se ejerza la deflación. Sobre médanos colonizados por la vegetación, las dimensiones mínimas del espacio vacío que permiten una erosión sensible, son del orden de 2,5 x 9 m; sobre suelos más fuertemente agregados, crecen y pueden alcanzar 400 metros y más. Estos datos numéricos son significativos: fuera de la denudación integral por el cultivo, las acciones eólicas sólo pueden ejercerse en los desiertos y en las estepas de vegetación rala y discontinua que los bordea. Esto está confirmado por la rareza de los granos de arena redondeados mate; modelados por el viento en los depósitos jurásicos, cretácicos y terciarios de Europa y de América del Norte. No sólo las plantas se oponen directamente a la acción del viento sino que la presencia de humus en cantidad suficiente en los suelos la hace difícil.

Frente al escurrimiento, las propiedades de los suelos incoherentes difieren más considerablemente. Están regidas por las relaciones de la porosidad y de la agregación. En efecto, los agregados desempeñan un importante papel en la erosión pluvial. Cuando son frágiles, el bombardeo por las gotas de lluvia los disgrega y sus partículas son arrojadas al aire, como bajo el efecto de una explosión. Tomados en la película líquida que recubre el suelo, van a albergarse en los intersticios entre las partículas colmatándolas. El suelo se impermeabiliza, pues, rápidamente y ofrece una superficie unida, sobre la cual el escurrimiento está facilitado, Luego de la lluvia, una vez seco, presenta un aspecto lustroso, de donde procede la expresión “lustre de los suelos”, utilizada por los agrónomos para designar este fenómeno. Son suelos cuyos agregados son los menos estables. La presencia de humus y de caliza impide el lustre, la de cloruros, que dispersan la arcilla, por el contrario, lo facilita. Los suelos salinos son siempre lustrosos y el agua penetra poco en ellos durante los chaparrones. La arcilla, cuando no está dispersa, tiene una cierta cohesión. Cuando los limos y las arenas finas carecen prácticamente de humus, son mucho más sensibles a la erosión pluvial y al escurrimiento que las arcillas.

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os suelos con gley compactos, no permiten una infiltración tan importante como las rendzinas o los suelos pardos, mucho más porosos y de mejor estructura. Los podzoles, caracterizados por un horizonte A2 , fuertemente lixiviado, pobre en humus, en arcillas y en óxidos de hierro, a veces se vuelven compactos por la humedad, y su erosión está facilitada por la insuficiencia de la agregación.

En Ucrania occidental, según A. Macomedov, el escurrimiento sobre suelo cespitoso, bajo el efecto de chaparrones superiores a 40 milímetros, y por lo tanto muy fuertes, es de 1 sobre suelos arcillosos grises pulverulentos, formados antiguamente en la selva. El escurrimiento, que es de 0,4 % en los suelos arcillosos cespitosos, alcanza así 9,6 % en los suelos arcillosos grises pulverulentos cuya estructura es insuficiente. Los suelos más erosionables son los que presentan horizontes superficiales, ya sea compactos o pulverulentos: sobre los primeros, la erosionabilidad proviene de la escasez de las infiltraciones, en los segundos, de la movilidad de las partículas. Los estudios de Fletcher y Beutner sobre la cuenca superior del Gila, en las fronteras de nuevo México y Arizona (Estados Unidos), ponen bien en evidencia la doble influencia de la granometría y del tipo de suelo de origen climático sobre la erosión. En esta región se encuentran dos tipos de suelos: suelos pardos antiguos, elaborados durante una fase húmeda del Cuaternario reciente, y suelos áridos, mucho más pobres en humus y actuales. El coeficiente de erosionabilidad varía de acuerdo con la roca madre, como se muestra en el cuadro siguiente:

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ROCA SUELOS SUELOS

MADRE ARIDOS PARDOS

Cuarcitas 6,8 3,7

Basalto 12,8 3,4

Riolita 10,0 4,8

Caliza 14,8 3,2

Granito 9,9 9,9
El hecho primordial es la erosionabilidad mucho mayor, término medio, de los suelos áridos, menos ricos en humus y poseedores de una estructura menos resistente que los suelos pardos.

En los climas semiáridos, la menor intensidad de la pedogénesis origina suelos menos resistentes a la erosión que bajo los climas húmedos: por este hecho, la erosión de los suelos reviste fácilmente un carácter catastrófico. Otra consecuencia de esta menor intensidad de la pedogénesis es que las diferencias de una roca madre a otra son mucho menores en los suelos pardos que en los suelos áridos. La única excepción parece ser la de los granitos, la cual no está explicada.
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