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UNIVERSIDAD DE CHILE

INSTITUTO DE ESTUDIOS INTERNACIONALES

ECONOMÍA POLÍTICA GLOBAL1


APUNTES DE CLASE AÑO 2012



Armando Di Filippo

armando.difilippo@gmail.com

www.difilippo.cl

PARTE I: CAPITALISMO Y DEMOCRACIA EN LA ERA GLOBAL
Sesión 1

El capitalismo: sus rasgos definitorios. La noción de capitalismo. El capitalismo globalizado del siglo XXI / página 4
Sesión 2

Capitalismo y democracia un bosquejo histórico. Capitalismo y democracia en la América Latina de postguerra / página 18.
Sesión 3

Democracia: aspectos procedimentales y sustantivos. La noción liberal de democracia. La noción republicana integral de democracia /página 32
Sesión 4

Valor económico, capitalismo y justicia. Introducción. El liberalismo económico. El marxismo. El utilitarismo neoclásico. El libertarianismo. Las teorías unidimensionales y el concepto de justicia./ página 49
Sesión 5

Valor económico capitalismo y justicia. Segunda visión (multidimensional) del valor económico. Vínculos entre las nociones de libertad, necesidad y poder. Poder y necesidades humanas/ página 59
PARTE II: LA TEORIA DEL COMERCIO INTERNACIONAL
Sesión 6

Adam Smith. Introducción a sus ideas. La teoría del valor de Adam Smith. La teoría del comercio internacional de Adam Smith /página 71.
Sesión 7

David Ricardo. Introducción a sus ideas. La teoría del valor de David Ricardo. La teoría del comercio internacional de David Ricardo / página 75.
Sesión 8

Carlos Marx. Introducción a sus ideas. La teoría del valor de Carlos Marx. La teoría del comercio internacional de Carlos Marx /página 80.
Sesión 9

La escuela neoclásica (competencia perfecta). Introducción. La teoría del valor neoclásica. La teoría microeconómica neoclásica. La teoría del comercio internacional neoclásica/ página 87.


Sesión 10

La escuela neoclásica (competencia imperfecta). Introducción. Teoría del valor y los mercados con asimetrías de poder económico. Competencia monopolística, economías de escala y comercio internacional /página 101.
Sesión 11

John Maynard Keynes. Introducción a sus ideas. Keynes y su economía política del comercio internacional / página 115.
PARTE III ECONOMÍA POLÍTICA GLOBAL
Sesión 12

Economía Política global: Una síntesis de diversas corrientes. Introducción. La visión liberal. En enfoque neorrealista El realismo crítico. El enfoque del sistema mundo. El estructuralismo latinoamericano /página 143.
Sesión 13

La visión centro-periferia hoy: La visión centro-periferia en el “Estudio”. Las grandes etapas históricas. La CEPAL cincuenta años después. La visión centro-periferia a fin de siglo /página 196.
Sesión 14

Globalización capitalista y democracia. Visión sistémica aplicada al sistema internacional. Transnacionalización corporativa y crisis financieras /página 207.
Sesión 15

El sistema global y la visión centro-periferia: La visión centro-periferia y el proceso de globalización. Una visión multidimensional. ¿Es útil todavía la visión centro-periferia? Gestación de las reglas de juego en la postguerra /página 217.
Sesión 16

Integrar América Latina: dos visiones diferentes: Marco conceptual. Los lenguajes de la integración. Círculo virtuoso “integración democracia en la Unión Europea. El tema central de la supranacionalidad. Integración, capitalismo, democracia /página 238.

PARTE I: CAPITALISMO Y DEMOCRACIA EN LA ERA GLOBAL
SESIÓN 1:

El capitalismo: sus rasgos definitorios. La noción de capitalismo. EL capitalismo globalizado del siglo XXI.


  1. El capitalismo: sus rasgos definitorios

El sistema capitalista global y las corporaciones oligopólicas transnacionales (CT) que operan como sus agentes principales, son uno de los temas centrales abordados en este libro. La visión cognitiva y valorativa sostenida por su autor rechaza el dogma ortodoxo de que los mercados se autorregulan consiguiendo espontáneamente posiciones de eficiencia y estabilidad a largo plazo. Por oposición la evidencia histórica y empírica más reciente sugiere que los mercados globales no se autorregulan, no logran eficiencia, ni equidad, ni sostenibilidad ambiental. Las CT que son sus agentes principales operan fuera de los cauces regulatorios de los sistemas políticos nacionales o supranacionales y generan estructuras de mercado que sólo reflejan las posiciones de poder de las partes contratantes.
Para lograr proveer a los sistemas económicos dominantes con mínimas condiciones de eficiencia, de equidad y de sostenibilidad es necesario que los mercados globales sean regulados por el poder político de los estados democráticos concertados a escala planetaria con tal fin. La asignación autoritaria y compulsiva de los recursos impuesta por las economías de planificación centralizada, ha sido también una experiencia fallida de postguerra. En ambos casos, el de la ortodoxia de mercado actual y el de las economías autoritariamente planificadas de postguerra, lo que faltó fue la acción de sociedades democráticas dotadas con mecanismos de representación y participación ciudadana que aseguraran aquellas condiciones de eficiencia, de justicia social y de sostenibilidad ambiental en el funcionamiento de los mercados. Esas condiciones exigen la presencia de poderes políticos que encaucen, estimulen, regulen y ajusten el funcionamiento de los mercados, compensando las asimetrías actuales de poder que están atentando gravemente contra la existencia misma de las democracias occidentales e impidiendo la supervivencia de las regiones más pobres del planeta.
El título de este libro ha tratado de sintetizar en tres palabras “poder, capitalismo, y democracia”, la dramática interacción entre los principios, valores, prácticas e instituciones del capitalismo y las de la democracia, así como los juegos de poder que emergen en dicha interacción.
Este trabajo intenta establecer mínimos marcos teóricos e históricos que den cuenta de la naturaleza de estos dos subsistemas en las sociedades contemporáneas, y sugerir la urgente necesidad de un fortalecimiento de las formas democráticas que encaucen y pongan límites a las reglas de juego del capitalismo y al despliegue arrollador de sus jugadores principales que, en esta era global, son las CT.
En este marco global, el presente capítulo se aboca a explorar esquemáticamente al capitalismo desde el ángulo de los rasgos que lo caracterizan. Esta exploración desde un inicio propone algunas nociones englobadoras que permitan una consideración conjunta de las peripecias del capitalismo y de la democracia, en la era contemporánea.
La primera noción englobadora es la de poder, cuyos contenidos conceptuales se profundizan en una de las partes de este libro, y la segunda es la noción aristotélica de justicia, tanto la distributiva como la conmutativa, que atraviesa transversalmente los análisis relativos al capitalismo y a la democracia.
El capitalismo es un subsistema económico de mercado movido por la lógica del capital, cuyo primer rasgo más específico es el de convertir en mercancías no solamente los productos del trabajo humano, sino también los factores y condiciones de la producción. Todos estos factores de la producción quedan subordinados al poder del capitalista que controla el dinero y las fuentes del conocimiento tecnológico con el objeto de producir bienes, lucrar, y expandir el capital.
Un segundo rasgo específico del capitalismo es su racionalidad instrumental de tipo eficientista, apoyada en el cálculo económico mediante la aplicación de métodos contables y la confección de balances. Hasta que todos los factores estratégicos de la producción no se convirtieron en mercancías poseídas por personas jurídicamente libres y, adquirieron un precio de mercado, no había sido posible adjudicarles un precio, y por lo tanto expresar su valor contabilizable a través de un balance. La posibilidad de cálculo preciso, fue el fundamento de un comportamiento más racional por parte de los propietarios del capital. Esta racionalidad de carácter instrumental fue puesta al servicio del lucro y la acumulación de capital, de manera que este último (el capital) puede ser definido como un poder adquisitivo general contabilizable, capaz de constituir y controlar el poder productivo crecientemente eficaz, conferido por el dominio de la técnica.
Un tercer rasgo específico del capitalismo es el mecanismo de la competencia como medio para regular el proceso general de asignación de recursos. Las formas de la competencia dependen en alto grado de la estructura de los mercados que en el curso de la historia del sistema se ha a caracterizado por una incontrastable prevalencia de las formas oligopólicas y oligopsónicas. Las formas ideales o “perfectas” de los mercados capitalistas fuertemente difundidas y legitimadas por los modelos de la teoría académica dominante, suponen que ninguna de las partes contratantes posee poder suficiente para influir significativamente sobre los precios o cantidades que se transan. Dicho de otro modo, los mercados ideales presentados por dichos modelos ignoran las asimetrías de poder que pueden sesgar indebidamente el proceso de asignación de recursos. Por oposición los mercados reales que han existido históricamente han estado siempre atravesados por dichas asimetrías.
Un cuarto rasgo específico que acompañó el surgimiento del capitalismo fue su capacidad remodeladora de las sociedades contemporáneas a través de la emergencia de la estructura de clases que le es propia. Las clases sociales fundamentales estudiadas por los economistas clásicos y Marx, están constituidas por los propietarios de los recursos productivos estratégicos que se transan en los mercados. Ellos son los terratenientes que perciben rentas, los financistas que perciben intereses, los propietarios del capital que perciben ganancias, y los propietarios de capacidad humana de trabajo que perciben salarios. Los tratados de economía política de los clásicos (Smith, Ricardo y Malthus) fueron estructurados sobre esas bases que luego aprovechó Marx para elaborar sus teorías de la explotación, de la plusvalía y de la lucha de clases.
Un quinto rasgo específico del capitalismo es el creciente poder de los propietarios de capital sobre todas las restantes clases sociales. La estructura de poder generada por el capitalismo se funda en haber disociado a las formas productivas precapitalistas (dominios feudales y gremios medievales por ejemplo) y haber convertido en mercancías a todos los factores y condiciones de la producción. La primera condición para poder producir en las sociedades capitalistas es disponer del capital requerido para adquirir en el mercado dichos factores y condiciones de la producción. Quienes controlan dicho capital, poseen un monopolio del poder productivo que excluye a los propietarios de algún factor productivo particular si no disponen del capital para acceder a los restantes recursos requeridos. Aunque sea obvia, esta condición es la más importante, no basta con ser propietario privado de factores productivos aislados (recursos naturales, conocimientos técnicos, capacidad humana de trabajar, etc.). Para poder producir es necesario acceder a la propiedad del capital.
El capital es ante todo un poder adquisitivo general que puede ser expresado y medido en dinero. En consecuencia la fuente generadora de ese dinero (el capital financiero, el crédito) es un punto de partida, para la expansión del capital productivo. El capital financiero fue en los principios de la banca moderna una forma de convertir riqueza en capital. La riqueza (por ejemplo tierras y otros valores inmobiliarios que se usan como garantías reales) aparece como la principal fuente a partir de la cual los banqueros privados fueron creando crédito, es decir cantidades de poder adquisitivo susceptibles de ser convertidas en capital productivo. Paralelamente algunos grandes poderes financiero-bancarios europeos privados se especializaron en financiar las actividades públicas de los estados y administrar sus monedas. El primer banco central que cumplió ese tipo de funciones se fundó en Inglaterra a fines del siglo XVII para servir a la Corona Británica.
El capital es, ante todo, un poder adquisitivo que, ejercido en los mercados, permite crear poder productivo. Cuando el capital adquiere medios de producción para producir bienes y revenderlos se convierte en capital productivo.
Por lo tanto no basta con ser propietario de riqueza para alcanzar poder productivo si esa riqueza no se convierte primeramente en capital productivo. Por ejemplo los grandes hacendados que detentaban el poder en las sociedades precapitalistas, terminaron por ingresar a las reglas de juego del capitalismo arrendando, vendiendo o dando en garantía partes de sus tierras para acceder al poder adquisitivo general. Sólo premunidos de dicho poder pudieron adquirir los otros factores productivos (herramientas, trabajadores libres, etc.) que les permitiera hacer producir esas tierras. Pero al aceptar esas reglas, ellos mismos se convirtieron en empresarios capitalistas. Aún más, esos grandes hacendados si querían acceder a bienes de consumo que no podían producir en sus propias tierras también debían acudir al mercado y por lo tanto disponer de poder adquisitivo general. Sin ese capital-dinero no sólo habrían sido incapaces de producir sino también incapaces de expandir y diversificar su consumo.
En resumen todos los propietarios de riqueza, para poder adquirir lo que necesitan, deben vender o arrendar sus recursos en el mercado para acceder al dinero en que dicho poder cristaliza. El dinero es la objetivación y medida del poder adquisitivo general que, traducido en capital, convierte a los capitalistas en la clase poderosa del orden capitalista.
El sexto rasgo específico del capitalismo, es la existencia de una clase social desposeída de cualquier forma de riqueza, y separada de sus medios de producción y de vida que sólo cuenta con su capacidad humana de trabajo. Aquí aparece quizá el nexo más importante entre el capitalismo y la democracia, pues esa clase social es jurídicamente libre y no forma parte de las relaciones sociales esclavistas y serviles que caracterizaron los sistemas económicos previos al surgimiento del capitalismo. La existencia de esta clase de ciudadano “libres” (por oposición a “esclavos” o “serviles”) está sujeta sin embargo al mecanismo más generalizado de dominación del capitalismo consistente en la creación de escasez a través del control monopólico de los medios de producción y de vida requeridos tanto para producir como para consumir.
Obviamente este rasgo es central en la teoría de la explotación y de la lucha de clases formulada por Marx sobre la base de la teoría económica clásica. Pero no solamente Marx, sino otros teóricos o historiadores liberales como Max Weber2 reconocieron el carácter esencial de este mecanismo de dominación. Este mecanismo es compatible con los criterios de la justicia conmutativa sobre los que funciona el capitalismo pero no lo es con los criterios de la justicia distributiva sobre los que aspira apoyarse el proceso democrático. Así el punto de partida sobre el que funciona el sistema capitalista es la desigualdad social.
Aún así, el desarrollo del poder productivo capitalista ha requerido crecientes calificaciones de los trabajadores asalariados que contribuyeron a mejorar sus condiciones de vida. La expansión del progreso técnico inherente al crecimiento del poder productivo del trabajo, ha ido mejorando las condiciones de vida de muchos asalariados que poseen grados mayores de educación, dando lugar al surgimiento de clases medias, constituidas por servidores públicos, profesiones liberales, etc. cuyos ingresos son remuneraciones a ese patrimonio de conocimientos especializados que la teoría académica convencional denomina (de manera inexacta) “capital humano”.
Un séptimo rasgo específico del capitalismo es que creó dos procesos paralelos e interdependientes, de un lado promovió la expansión de la producción de bienes de uso aumentando la productividad media del trabajo y el producto por habitante, y, del otro, promovió la producción de valores de cambio sujetos a la lógica del capital industrial y financiero. El ciclo de la producción de bienes de uso quedó controlado por el ciclo del capital productor de bienes de cambio. Los capitalistas partían con dinero, adquirían factores productivos, controlaban la técnica productiva, generaban un producto adicional, lo revendían con ganancias, y así lograban dicho doble efecto: por un lado aumentaban su capital (poder adquisitivo real aplicado a la producción de valores de cambio) expresado en unidades monetarias y por otro lado aumentaban el producto social expresado en unidades físicas de valores de uso.
Esta dualidad del orden capitalista, asociada a las nociones aristotélicas de valores de cambio y valores de uso fue puesta de relieve por los clásicos y Marx que la utilizaron para formular sus diferentes versiones de las teorías del valor. En el caso de Marx esta distinción se asocia con sus nociones de trabajo abstracto productor de valores, por un lado, y, trabajo concreto productor de valores de uso por otro lado.
También Thorstein Veblen partió de esa dualidad del capitalismo para distinguir dos tipos humanos característicos de la civilización capitalista: los hombres de negocios que controlaban el poder pecuniario medido por el valor de cambio y los técnicos e ingenieros que subordinados a los primeros promovían el productivo de la técnica aplicado a la producción de bienes utilizables (valores de uso). El pensador estadounidense fundador del institucionalismo sugirió que los ciclos del capital expresados en valor no representaban los ciclos productivos expresados en unidades física o técnicas.
Después de la irrupción del marxismo la teoría del valor trabajo fue sustituida por las teorías utilitaristas-marginalistas del valor promovidas por las corrientes neoclásicas (escuelas de Lausanne, de Cambridge, y austriaca). En los modelos de competencia perfecta bajo condiciones de equilibrio general estable desaparece la categoría de la ganancia, siendo sustituida de alguna manera por la remuneración al trabajo empresarial. Desaparece así también el principal incentivo y razón de ser de la existencia del capital. También se elimina cualquier referencia a las clases sociales y a las condiciones de desigualdad social que están en la base del funcionamiento de orden capitalista. Con sus modelos estilizados de “teoría pura” estas corrientes blindaron la ciencia económica y la desvincularon de las otras ciencias sociales. Han cumplido una importante función legitimadora del subsistema económico capitalista.
Un octavo rasgo específico del sistema capitalista, derivado de las distinciones anteriores, es que disocia la estructura de las capacidades y necesidades humanas (expresada en concretos valores de uso) de la composición de la demanda (expresada en unidades de poder adquisitivo). La primera depende de las condiciones particulares históricamente determinadas del desarrollo humano y la segunda depende de la distribución del ingreso personal o familiar. Esta distribución a su vez depende de la distribución funcional del ingreso correspondiente a las formas concretas asumidas por la estructura de clases (rentas de la propiedad inmobiliaria, intereses del capital financiero, salarios del trabajo, y ganancias del capital productivo). Cuanto más desigual es la distribución de la propiedad de los recursos económicos estratégicos (de la tierra, de los recursos financieros, de las calificaciones humanas, del acceso a formas productivas más eficientes), mayor es la desigualdad en la distribución del ingreso personal y familiar. Los salarios del trabajo son el único ingreso de esta clasificación funcional que implican al mismo tiempo, de un lado, una retribución a la propiedad (distribución funcional) y, del otro lado un ingreso pagado a personas naturales (distribución personal). Esto es debido a que la propiedad de la capacidad o fuerza de trabajo, sea éste calificado o no, es una cualidad personal. Dicha propiedad no puede enajenarse disociadamente del esfuerzo desplegado por el portador personal de la misma. Por oposición, lo que caracteriza a las otras formas de propiedad es que ésta no está indisolublemente vinculada a personas concretas y es transferible a través de los mercados.
Un noveno rasgo específico del capitalismo es su naturaleza intrínsecamente dinámica, caracterizada por una permanente (aunque cíclica) expansión de su poder productivo, que lo convierte en un “juego de suma positiva”, donde al menos teóricamente todos los participantes en el juego de mercado pueden estar ganando al mismo tiempo. Este proceso expansivo se inició a fines del siglo XVIII con la Revolución Industrial Británica.
Hasta el inicio de la era contemporánea las economías de mercado carecían de ese mecanismo de auto reproducción expansiva que caracteriza al capitalismo. Es cierto que hubo crecimiento en otras fases históricas anteriores, pero sólo con el capitalismo la expansión del poder productivo pasó a formar parte de la naturaleza íntima de los sistemas económicos contemporáneos.
Un décimo rasgo específico del capitalismo, quizá el más importante desde el punto de vista de las normas éticas que hasta entonces habían regulado los mercados es la legitimación a escala social del afán de lucro. Este punto es esencial y será desarrollado con cierto detalle.
La justificación ética del afán de lucro derivó directamente de su capacidad para general crecimiento económico. Según la “regla de oro” del liberalismo económico, el afán de lucro de los productores que implicaba un comportamiento egoísta en la esfera del mercado daba como consecuencia una presunta mayor prosperidad y bienestar generales. Por lo tanto la justicia (entendida, en su acepción antigua y medieval) como la virtud practicada respecto del prójimo había perdido su razón de ser en la esfera de los mercados, porque la “torta” de la producción crecía para todos, y potencialmente al menos podría lograr erradicar la pobreza. Queda así justificado el egoísmo de los productores ejercitado en los mercados al posibilitar gracias al mecanismo del lucro el aumento permanente de la masa de productos a distribuir.
Si el producto crecía a un ritmo suficientemente alto era posible que todos mejoraran sus niveles de vida (reducción de la pobreza absoluta) aunque la distribución de la riqueza y del ingreso se tornara más desigual. Aparentemente todos ganaban y mejoraban sus condiciones de vida, aunque las distancias por estratos sociales aumentaran más y más. Los límites para la continuación de éste proceso están dados por la sustentabilidad del medio ambiente. Pero nadie pensó en ese tema hasta fines del siglo XX.
Durante las eras antigua y medieval cuando el producto social no crecía (o lo hacía imperceptiblemente) se consideró al lucro y al interés como categorías intrínsecamente pecaminosas. Aristóteles, introdujo la distinción entre valores de uso y valores de cambio, pero subordinó el uso de los segundos a las exigencias de obtener los primeros. Su noción de crematística necesaria o natural era propia de aquellos agentes (desde humildes artesanos hasta importantes señores de la tierra) que vendían para comprar, siendo su objetivo la obtención de valores de uso concretos, fueran estos bienes de subsistencia o artículos de lujo. Por oposición comprendió que existía también una crematística lucrativa propia de los mercaderes, que llegaban al mercado con dinero y compraban para volver a vender, con el objeto de lucrar y acumular. Los prestamistas por su parte no requerían dar un rodeo comercial o productivo, simplemente entregaban dinero hoy para obtener mayor cantidad de dinero mañana. En una sociedad sin crecimiento económico el dinero era considerado estéril y solicitar el pago de un interés por los préstamos implicaba una reprobable usura.
Estas actividades eran consideradas pecaminosas y contrarias al orden natural porque los sistemas económicos eran, para todos los fines prácticos, lo que hoy denominaríamos “juegos de suma cero”, en donde lo que unos ganaban sólo podía provenir de lo que otros perdían. En efecto, el producto social global no crecía o lo hacía de manera imperceptible acompañando en el mejor de los casos al crecimiento de la población. Por eso en materia de transacciones de mercado un precio justo era aquel que permitía dejar a cada parte con un valor equivalente al que habían cedido, y esa equivalencia posibilitaba reproducir el sistema económico de la misma manera que en ciclos anteriores, asegurando una convivencia equilibrada de todas las partes contratantes. Este tipo de precio justo, implicaba la vigencia de lo que Aristóteles denominaba justicia reparadora o conmutativa.
En la época antigua, medieval, e, incluso en la época moderna y contemporánea (hasta el advenimiento de la macroeconomía keynesiana) no existían métodos de medición del producto social o de su tasa de crecimiento ni por lo tanto adecuadas compilaciones de datos requeridos para tal fin. Por lo tanto la verificación de la justicia conmutativa suponía (con bastante fundamento antes de la Revolución Industrial) que el producto no crecía y el precio justo no podía ser compatible con la persecución sistemática del lucro por parte de los mercaderes y de la usura por parte de los prestamistas. Al final de cada transacción cada parte debía estar en condiciones de reiniciar el ciclo de producción y de cambio. En esta esfera de los contratos voluntarios, regía una igualdad aritmética referida al valor de cambio de los objetos intercambiados, independientemente de la jerarquía social de los contratantes.
Es por eso que las contribuciones de Aristóteles a la ciencia económica se inscriben en el marco de su teoría de la justicia, y en la esfera de los intercambios la justicia conmutativa (también se llamaba reparadora) debía compensar los excesos en más o en menos de cada relación de intercambio a través de los criterios del precio justo. Durante el período medieval se siguieron aceptando estos preceptos, consolidados e integrados orgánicamente a la doctrina católica por el aristotélico-tomismo. Esta visión del justo precio continuó hasta el surgimiento de los profundos cambio éticos y morales que se introdujeron en la era moderna (reforma religiosa, descubrimiento de América, y formación de los estados nacionales). Aquellos mercaderes y prestamistas que siempre ganaban en el comercio o en el crédito eran considerados inmorales porque se dedicaban exclusivamente a hacer dinero sin límites aparentes.
El mercado caía en la órbita de la filosofía moral porque la justicia del intercambio exigía que ambas partes de cada transacción lograran mantener el patrimonio inicial, y la justicia consistía en dar a cada uno “lo suyo”, lo que le pertenecía antes y después de cada operación de mercado para seguir interactuando económicamente. Una consecuencia de este juego de suma cero, (denominado reproducción simple por Marx y corriente circular por Schumpeter) era que cualquier injusticia reiterada en el intercambio implicaba una actitud pecaminosa socialmente condenable. La justicia conmutativa era para Aristóteles una virtud practicada respecto del prójimo, y la ética personal no podía diferir de la ética de los mercados.
Esta visión de los sistemas económicos cambió radicalmente a partir de la Primera Revolución Industrial, que dio origen al nacimiento del capitalismo entendido como sistema económico específico. El funcionamiento de los mercados dejó de ser un juego de suma cero y pasó a ser un juego de suma positiva. La ciencia contemporánea de la economía política nació en ese momento de la mano de Adam Smith.
Para Adam Smith, considerado el padre fundador de la ciencia económica contemporánea, los dos términos esenciales de este nuevo juego de suma positiva eran de un lado el incremento de la productividad laboral, y de otro lado el crecimiento de los mercados. Este era el proceso visible y mensurable que podía retroalimentarse de manera expansiva, pero los mecanismos que lo iban posibilitando eran la división técnica y social del trabajo. La división técnica del trabajo (que ocurría en el interior de las empresas) generaba más oferta por trabajador ocupado, y requería mercados más expandidos para colocar dicha oferta. Y la división social del trabajo (expansión de los mercados) generaba una demanda que estimulaba el aumento de la oferta y exigía aumentos de la productividad laboral. Una de las modalidades más importantes de la división social del trabajo era el libre comercio internacional, y de allí la importancia de la teoría de las ventajas absolutas del comercio elaborada por Adam Smith.
El capitalismo no sólo disoció la ética personal (altruismo, virtud practicada respecto del otro) de la ética del mercado (egoísmo, actitud competitiva respecto del otro). También subordinó la “crematística natural” a la “crematística lucrativa”. Los productores que son protagonistas del sistema ya no venden para comprar producir y consumir, sino que compran para lucrar y acumular más capital.
Por lo tanto el principio de la igualdad de las contraprestaciones sobre el que se asentaba la noción premoderna de la justicia conmutativa ya no es aplicable en una sociedad donde el crecimiento económico genera un excedente social que es apropiado bajo la forma de lucro o ganancia. En las sociedades sin crecimiento regía la teoría del valor trabajo cristalizado en los bienes que se intercambiaban, lo cual era coherente con una sociedad estática, donde los términos de intercambio debían dejar a las personas en condiciones de reiniciar el ciclo productivo, que se reproducía sin modificaciones.
En una sociedad con crecimiento del producto y lucro de las empresas, donde las posiciones y situaciones de las partes contratantes son claramente asimétricas y cambiantes no existe una igualdad de contraprestaciones que pueda determinarse en cada transacción particular. Los precios dependen de las cantidades ofertadas y demandadas, y a nivel de la economía en su conjunto la composición de la demanda de bienes de consumo final depende de la distribución del ingreso personal. Así la justicia del mercado depende de la justicia distributiva que impera en la sociedad considerada en conjunto.
Un undécimo rasgo específico del capitalismo, es que las personas se identifican por su condición de propietarios (persona-cosa), o dicho más asertivamente la condición de persona participante del sistema depende de la condición de propietario. Para los neoliberales recalcitrantes como Hayek, por ejemplo, la única justicia válida es la conmutativa, donde las personas se identifican solamente por las cosas que transan (incluido el dinero). La distribución del poder, de la honra, de la educación, se hace en función del poder adquisitivo previamente detentado y pueden, en grado significativo comprarse en el mercado. Así por ejemplo Nozik define la libertad humana en términos de propiedad tanto de si mismo como de los objetos que se poseen. Por lo tanto en las instituciones del capitalismo la justicia distributiva de la sociedad está predeterminada por las estructuras de la propiedad, y expresada en términos cuantitativos en los mercados.
La justicia conmutativa se funda en una relación mercancía-mercancía y los hombres se relacionan entre si mediados por las mercancías que poseen. La condición de propietario que es una relación hombre-cosa predomina sobre la condición de persona. El mercado es ciego a las condiciones personales que son cualitativas únicas e intransferibles.
Por oposición, la justicia distributiva en su original sentido aristotélico se funda en una relación persona-persona, en que los hombres se relacionaban entre sí de acuerdo a las dignidades que reconocen en sus congéneres. Esas dignidades o merecimientos socialmente reconocidos e institucionalizados son algo cercano a lo que, hoy denominaríamos derechos humanos y ciudadanos legalmente vinculantes. El reconocimiento que los otros miembros de la comunidad hacían de esas dignidades les generaba compromisos u obligaciones correlativas. Esta manera de concebir los derechos (que en el mundo antiguo estaba reservada sólo para los ciudadanos, excluyendo a los esclavos, las mujeres, los extranjeros, etc.) implicaba reconocer simultáneamente las obligaciones y deberes que les eran correlativos. Para que ciertas personas detentaran derechos vigentes o efectivos era necesario que otras personas asumieran obligaciones o deberes que eran correlativas de esos derechos.
Un último rasgo destacable del capitalismo es que el desarrollo de su poder productivo ha generado dos efectos desigualizantes, el primero ha sido el crecimiento y centralización del poder de mercado detentado por las empresas bajo formas de monopolio y oligopolio, y, el segundo ha sido una tendencia a la concentración de la propiedad y por lo tanto de la distribución funcional y personal del ingreso.
Merece destacarse la esfera eminentemente política donde se debaten los preceptos y criterios de lo que debe entenderse por la justicia distributiva. Volviendo a Aristóteles, a diferencia de la justicia conmutativa que mira a las cosas y no a las personas, la justicia distributiva mira a las personas y a sus merecimientos. Para los griegos los derechos ciudadanos no se identificaban con los derechos humanos, pues los esclavos por ejemplo, aunque eran seres humanos no detentaban la condición de ciudadanos. Por el contrario, la democracia contemporánea aspira a extender los derechos y obligaciones ciudadanas a todos los seres humanos. El principio de igualdad está en el fundamento de la ciudadanía democrática moderna y contemporánea.
Lo importante de la teoría aristotélica de la justicia radica en la afirmación de que el régimen político determina los criterios de justicia distributiva. Una vez que dichos criterios forman parte de las instituciones políticas y han arraigado en las instituciones culturales ellos se reflejarán en los criterios de la justicia conmutativa que opera en los mercados.
Si los criterios políticos de la democracia predominan sobre los criterios económicos del mercado, la condición de ciudadano prevalece sobre la condición de propietario. En un sistema político democrático donde los ciudadanos sean libres e iguales estará operando una forma de justicia distributiva que debe terminar prevaleciendo sobre las formas de la (in)justicia conmutativa que ha prevalecido en las sociedades capitalistas contemporáneas.
El capitalismo globalizado del siglo XXI

El capitalismo del siglo XXI se caracteriza por la transnacionalización del gran capital financiero y productivo. Por lo tanto las expresiones capitalismo internacional y capitalismo transnacional no son sinónimos. El capitalismo internacional se encuadraba en el interior del sistema de relaciones internacionales promovidas y reguladas por los estados nacionales, en tanto que el capitalismo transnacional supone un nuevo sistema de relaciones transnacionales que parcialmente escapa al control de los estados nacionales.
La expresión capitalismo globalizado incluye esta distinción y acentúa el carácter mundial de esa transnacionalización. Los actores protagónicos del capitalismo transnacional son las corporaciones transnacionales cuyas actividades productivas de bienes o servicios se localizan en múltiples regiones del planeta. Esta forma de capital se distingue de las que estudiaron los teóricos del imperialismo (Hobson, Hilferding, Lenin, etc.) en que incluyen procesos productivos y productos que podríamos denominar globales.
Todos estos procesos en la estructura de la propiedad y en el manejo del capital a escala transnacional no tienen precedentes en la historia del capitalismo. El capital así denominado imperialista de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX incluyó sin duda corrientes importantes de capital pero estaban orientadas a promover un cierto tipo de comercio.
La estructura principal de ese comercio consistió en la exportación de bienes primarios desde las regiones periféricas o coloniales hacia los países desarrollados a cambio de manufacturas que éstos vendían a dichas regiones periféricas. Digamos que, en esos tiempos, las inversiones internacionales tenían objetivos “reales” y estaban al servicio de un comercio internacional del tipo centro-periferia. Los centros industriales exportaban manufacturas a las periferias a cambio de los productos primarios (minería, agropecuaria de clima templado y agricultura de clima tropical) que aquellas les vendían.
A diferencia de aquellos procesos, el comercio de productos globales es, en grado importante del tipo intraindustrial e intrafirma. Una fracción muy alta de ese comercio tiene lugar entre los propios centros industrializados, o entre éstos y las economías emergentes del Asia. Otra parte de ese comercio tiene lugar con los países periféricos, pero se trata de un tráfico mucho más diversificado de piezas, partes y componentes de los productos globales.
Los productos globales pueden ser bienes materiales o servicios. Si son bienes materiales se elaboran a través de cadenas y sistemas de valor localizados en diferentes continentes y naciones (incluyendo productos tales como computadores, teléfonos celulares, automóviles, indumentaria, etc.). Si son servicios también forman parte de cadenas similares extendidas igualmente por el mundo (tarjetas de débito y de crédito, call centres, servicios bursátiles y financieros, etc.).
Otro rasgo específico del capitalismo global del siglo XXI es que depende crucialmente de las TIC. Estos productos y procesos (como los ejemplificados anteriormente) no existirían si esas tecnologías no los hubieran posibilitado. Es cierto que la producción transnacional de automóviles o indumentaria se refiere a productos históricamente preexistentes pero lo nuevo está en los procesos productivos y en las cadenas y sistemas de valor transnacionales que los posibilitan. Sin las TIC la globalización del capitalismo no sería técnicamente factible. En el eje norte-norte esa globalización se expresa en la cantidad de fusiones y adquisiciones entre empresas del mundo desarrollado, y, en el eje norte-sur las CT aprovechan los menores costos (laborales, ambientales, laborales y energéticos) de la producción en regiones periféricas, instalándose frecuentemente en zonas francas industriales, comerciales y financieras (maquiladoras, call centres, paraísos financieros y fiscales, etc.).
Un tercer rasgo del capitalismo del siglo XXI que fue desarrollándose desde la segunda mitad del siglo XX es la disociación entre la propiedad del capital y la gestión de las empresas capitalistas. Ya Joseph Schumpeter se lamentaba de la desaparición del empresario innovador o del gran capitán de industrias (como James Watt a fines del siglo XVIII o Henry Ford a comienzos del siglo XX), y John K. Galbraith daba cuenta unos años después de las nuevas formas de organización de la gran corporación que el denominó tecnoestructuras. La disociación entre propiedad y gestión era un hecho muy bien conocido y establecido a fines del siglo pasado y constituyó el preámbulo del cambio hacia las formas actuales de las CT.
Este cambio significó transferir el poder decisorio empresarial a los ejecutivos de la alta dirección. Las más grandes corporaciones transformaron sus capitales a paquetes accionarios que se cotizan en bolsa. Los compradores y tenedores de dichas acciones se desentienden de la gestión de la empresa, y los ejecutivos que rigen las corporaciones deben contentarlos compensándolos con adecuados dividendos accionarios. Mientras los accionistas no protesten y pretendan sustituirlos, el poder que detentan estos ejecutivos es enorme. Sus principales lealtades son en primer lugar con ellos mismos (auto-adjudicándose altísimas remuneraciones) y en segundo lugar con sus accionistas, lo que los induce a la necesidad de producir dividendos accionarios en plazos cortos.
Los flujos de capital de las corporaciones transnacionales se instalan o transitan por los sistemas económicos nacionales tratando de crear sus propias estructuras, mecanismos y procesos. Las estructuras son las reglas técnicas y sociales del juego. Las reglas técnicas se refieren a los procesos productivos (y los instrumentos en que estos se materializan) controlados por sus departamentos de investigación y desarrollo, y las reglas sociales se fijan a través de organismos intergubernamentales y privados transnacionales. Los organismos intergubernamentales incluyen a agencias como el FMI o el GATT, y los organismos privados transnacionales abarcan a otras organizaciones que como Moody´s o Standard and Poors forman parte integrante del capital transnacional y reciben sus fondos de las propias corporaciones que evalúan.
El capitalismo del siglo XXI no sólo ha transnacionalizado las corporaciones sino que también ha internacionalizado las economías nacionales que se han tornado más abiertas, privatizadas y desreguladas. Las autoridades gubernamentales han perdido herramientas fiscales para controlar la economía, y se han desprendido de las empresas públicas que controlaban. La inversión pública se ha reducido como componente de la inversión total, en tanto que la inversión privada-transnacional tanto la directa como la financiera ha aumentado su proporción.
La globalización del capital financiero actual, tiene un altísimo contenido especulativo, como lo demuestra el hecho de que los flujos de capital financiero anuales son un múltiplo creciente de los flujos reales de bienes y servicios. Los movimientos abruptos de flujos de capital que entran y salen de un país pueden hacer colapsar sus tipos de cambio y sus reservas monetarias, como efectivamente ha ocurrido en múltiples economías de Asia y América Latina durante los últimos treinta años. A partir de 2008 también los centros desarrollados de occidente se han tornado vulnerables a estos manejos.
Los nuevos mecanismos y “productos” financieros contribuyeron a generar situaciones de crisis al conferir falsas imágenes de seguridad a operaciones crediticias que pueden ser altamente riesgosas. Por ejemplo, los, así denominados credit default swaps son básicamente contratos en los que se asegura el pago de ciertos instrumentos financieros en caso de impago por parte del emisor. Normalmente estos seguros se aplican a deuda pública, deuda privada y títulos hipotecarios.
Son los bancos, los fondos de cobertura3, las grandes aseguradoras, etc., los que venden estos seguros a otros operadores financieros que los adquieren a cambio del pago de una prima mediante la cual se aseguran la devolución de sus inversiones en caso de impago del emisor.
Lo que caracteriza a estos y otros mecanismos financieros es su complejidad y falta de transparencia, incluso hasta para los propios operadores que los manipulan cotidianamente. Su única motivación es el afán de lucro a corto plazo con independencia de cualquier reparo en materia de responsabilidad social empresarial. El dogma de la autorregulación es el fundamento sobre el cual pretende justificarse este inescrupuloso ejercicio especulativo.
En el siglo XXI este tipo de prácticas ha alcanzado niveles de habitualidad y aceptación gubernamental que posibilitan a los especuladores financieros obtener sus ganancias a partir del control de los ahorros provenientes de la economía real.
Los mecanismos y procedimientos del capital financiero producen curiosos efectos sobre la estructura de propiedad del capital. Por ejemplo los fondos de inversiones que administran los recursos previsionales y de salud de los trabajadores son invertidos en diferentes tipos de activos privados y públicos que se cotizan en bolsa. La propiedad del capital ya no es la fuente de poder y estos accionistas asalariados son en realidad una fuente institucionalizada de ahorros que es controlada y gestionada por los representantes del capital productivo y financiero transnacional. Como estos fondos de inversiones operan transnacionalmente, sucede además que los ahorristas de los fondos de pensiones o de los institutos de salud previsional de un país periférico pueden ser “propietarios” de acciones correspondientes a CT del mundo desarrollado. Este es un clarísimo efecto social de la globalización del capital financiero.
Una de las claves estratégicas del creciente dominio del capital financiero sobre el capital productivo consiste en la fusión de banca comercial o de depósitos con la banca de inversiones. El negocio de la banca comercial consiste en pagar por el dinero que depositan sus clientes y cobrar por los créditos que concede. La diferencia entre lo que cobra y lo que paga es la ganancia de la banca comercial. A esto se le añaden normalmente otro tipo de operaciones como las tarjetas de crédito, transferencias, avales, comisiones por fondos de inversión y planes de pensiones, intermediación bursátil, etc. La banca comercial opera con personas o con micro, pequeñas o medianas empresas, cuidando ahorros personales y familiares, proveyendo capital de trabajo, etc.
Por oposición el negocio de la banca de inversión se concentra en las grandes CT, y en los mecanismos financieros que utiliza el gran capital productivo. Esta vinculado a las formas oligopólicas de competir, se dedica a introducir nuevas empresas en las prácticas bursátiles, a diseñar y ejecutar ofertas pública de adquisición de valores bursátiles, a gestionar fusiones y/o adquisiciones entre empresas, y a transar bonos públicos y privados cotizables de todo tipo cotizables o no en bolsa. Sus clientes son siempre personas físicas o jurídicas que controlan grandes montos de capital.
De un lado, los beneficios de la banca comercial forman parte de la habitualidad de los negocios cotidianos de cualquier sistema económico e incluyen muchas de las operaciones las así denominadas MIPYME (micro, pequeñas y medianas empresas). Por otro lado, los beneficios de la banca de inversiones derivan de las operaciones, generalmente bursátiles, del gran capital transnacional de los bonos públicos emitidos por los gobiernos.
En las economías europeas y otras del mundo en desarrollo se han diferenciado y separado las actividades y las responsabilidades de la banca de inversiones respecto de la banca comercial.
La fusión de la banca de inversiones y la banca comercial o de depósitos dio lugar a una estructura financiera que, en Estados Unidos condujo a la gran crisis de los años treinta. Tras ese colapso de enormes repercusiones en la esfera real, el gobierno de F.D. Roosevelt promovió la Banking Act, o Ley Glass-Steagal. Esta ley determinó la separación entre la banca de depósito y la banca de inversión. Se crearon medidas regulatorias para controlar las posiciones monopólicas y oligopólicas en todos los mercados y evitar la competencia desleal entre empresas (Ley Sherman). Finalmente se prohibió que los banqueros pudieran participar en los consejos de administración de las corporaciones industriales, comerciales y de servicios no financieros.
La ley Glass Steagal fue derogada en 1999 por la Financial Services Modernization Act o ley Gramm-Leach-Bliley. Este retorno a la situación previa a la crisis del año treinta, fue el preludio de las formas del capital financiero transnacional propias del siglo XXI, que desembocaron en la crisis recesiva de 2008.
El capitalismo occidental ha perdido competitividad en este mundo globalizado que los grandes centros de occidente han contribuido a crear. Las corporaciones transnacionales ya no pueden competir produciendo en sus propios países industrializados por sus altos costos laborales y ambientales y para sustraerse a esas costosas regulaciones aprovechan zonas francas comerciales industriales y financieras sujetas a normas extraterritorializadas. También intentan participar de bajos costos laborales y ambientales instalándose en los propios países asiáticos que compiten contra las economías occidentales. Los países desarrollados ya no controlan a sus transnacionales sino más bien se nota la tendencia opuesta. El capital transnacional cabildea (ejercita el lobying) en los parlamentos de las naciones occidentales, intenta reducir el pago de tributos, limitar los costos de la seguridad social, y disminuir los derechos laborales.
Las economías centrales de occidente han perdido control sobre sus propias corporaciones transnacionales que se resisten a cumplir con las obligaciones tributarias, laborales y sociales más exigentes del mundo desarrollado.
Cabe preguntarse si los movimientos democráticos de occidente podrán encausar el comportamiento del capital transnacional imponiendo las regulaciones adecuadas y las cargas tributarias requeridas para evitar el derrumbe completo de los estados benefactores. Si serán capaces de promover la inversión pública requerida para orientar los procesos productivos hacia energías limpias y sustentables y hacia el fortalecimiento de las infraestructuras técnicas y sociales. Si lograrán revertir la creciente desigualdad en la distribución del ingreso y la riqueza.
En Estados Unidos las fuerzas que apoyan al capital transnacional agrupadas detrás del partido republicano, se enfrentan a un partido demócrata que recién ahora está reaccionando muy tímidamente con propuestas de regulación y de redistribución del ingreso.
La otra gran batalla entre el capital financiero transnacional y los defensores de los derechos y necesidades humanas básicas se está librando hoy en Europa Occidental. Hasta ahora la contienda está siendo perdida por los movimientos democráticos de protesta ciudadana. Los gobiernos conservadores de Alemania, Francia e Italia bajo el argumento de defender la existencia de la moneda común están pretendiendo equilibrar las cuentas fiscales a través de la disminución del gasto social e infraestructural. El resultado ha sido que Europa se hunde en la recesión y la desigualdad social.
En suma, el capitalismo se ha globalizado y los movimientos democráticos están fragmentados en el interior de sus respectivas fronteras nacionales. A medida que las fuerzas democráticas se van debilitando la desigualdad social y la pobreza arrecian. Pero estamos lejos de presenciar el fin de la historia.
Un rasgo esperanzador en este cuadro puede radicar en las propias TIC. En efecto los movimientos ciudadanos de protesta están haciendo uso de las nuevas tecnologías a través de las redes sociales y concertándose, nacional y transnacionalmente, con estrategias de resistencia pacífica pero firme. Nuevas formas de expresión política global parecen estar gestándose.
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