Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos,




descargar 0.72 Mb.
títuloMemorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos,
página1/26
fecha de publicación06.03.2016
tamaño0.72 Mb.
tipoMemorias
b.se-todo.com > Economía > Memorias
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   26



MEMORIAS DEL ORATORIO






PRESENTACIÓN
Memorias del Oratorio (1873-1879)

Entre los trabajos póstumos de Don Bosco el más sugerente y valioso, desde el punto de vista pedagógico, es Memorie dell’Oratorio di S. Francesco di Sales dal 1815 al 1855. El manuscrito autógrafo de estas Memorias se conserva en el Archivo Salesiano Central de Roma (Via della Pisana, 1111).

1. Redacción, publicación y difusión. El manuscrito fue redactado en el período comprendido entre 1873-1875 y completado en los años 1877-1879. De entrada, Don Bosco afirma: «escribo para mis queridísimos hijos salesianos, con prohibición de dar publicidad a estas cosas, tanto antes como después de mi muerte». La primera edición del manuscrito original fue preparada por Eugenio Ceria en 1946,1 doce años después de la canonización del autor. Pero la publicación no estaba destinada «exclusivamente» a los miembros de la Sociedad Salesiana, sino al público en general. En 1951, el pedagogo A. Auffray hizo la traducción francesa: Quarante années d’epreuves (1815-1855).2

Hasta ese momento, sin embargo, las Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco –y sin duda con su explícita aprobación– uno de los colaboradores más cercanos, Giovanni Bonetti, las había utilizado para la redacción de su «historia del Oratorio», publicada por entregas en la revista Bollettino Salesiano (1879-1886).3 En 1991, Antonio da Silva Ferreira –del Instituto Histórico Salesiano– publicó una edición crítica del manuscrito original. Es el texto que, en versión castellana, se recoge en este volumen.

La primera traducción española se publicó en 1955, en una obra de carácter antológico –Biografía y escritos de San Juan Bosco– preparado para la Editorial Católica (BAC) por Rodolfo Fierro Torres. La segunda edición de la misma apareció en 1967. En 1978 el escrito –con el título Memorias para el Oratorio y para la Congregación salesiana– fue incluido en otro volumen de la BAC: Obras fundamentales de San Juan Bosco. La traducción, en este caso, es de Basilio Bustillo. Nuevas ediciones del libro, sin cambios apreciables en el texto, aparecieron en 1979 y 1995. La traducción castellana de B. Bustillo fue publicada como libro autónomo por la Editorial CCS de Madrid en 1987.

En Iberoamérica no sólo se han difundido ampliamente los citados volúmenes, sino que en el año 1988 se publicó en Bogotá el texto de las Memorias, traducido por Eliecer Salesman, con este largo y –como se verá enseguida– inadecuado título: Autobiografía de San Juan Bosco. Memorias del Oratorio: datos autobiográficos desde su nacimiento hasta sus 40 años de edad, de 1815 a 1855, escritos de 1873 a 1875 por mandato expreso del Papa Pío IX (1988).4

Las diferentes traducciones españolas –dejando a un lado determinadas imprecisiones–, ciertamente han contribuido a dar a conocer el escrito inédito de Don Bosco en los países de lengua castellana. Pero todas han quedado superadas por la edición crítica de 1991. Este hecho, ya de por sí, justifica que se haya considerado necesario ofrecer aquí una nueva traducción del texto crítico.5

2. «Memorias del futuro». Pocas líneas más arriba se ha hecho constar que resulta inadecuado traducir el título Memorie dell’Oratorio di S. Francesco di Sales por Autobiografía de San Juan Bosco. La razón es muy sencilla. Don Bosco, al ponerse a redactar el documento, no habla de «mis Memorias», sino de «Memorias del Oratorio». No se propuso escribir la «biografía» propia, sino narrar los orígenes de su obra. Sin que esta precisión suponga negar, en lo más mínimo, la importancia del escrito para acercarnos a la persona y realizaciones del autor. Aun desde una óptica biográfica el escrito tiene gran interés, siempre que se coloque al autor en una perspectiva más amplia. Las «Memorias del Oratorio de S. Francisco de Sales son un excepcional documento de pedagogía experiencial, referida a los años 1815-1854 y, más concretamente, a las primeras iniciativas del oratorio festivo y del incipiente internado de Turín» (Braido, 1999, 135-136).

Con expresión sugestiva y certera –aunque parezca paradójica– se ha dicho que el escrito podría titularse «Memorias del futuro». La intención narrativo-evocativa –contar lo que pasó– está ciertamente presente en el relato. Sin embargo, esa intención resulta netamente superada por la preocupación de definir el sentido de una experiencia educativa global. Don Bosco habla con frecuencia de sí mismo, de su trayectoria personal, pero no ha querido dejar a la posteridad su autobiografía. En el centro de la narración está siempre su obra, el Oratorio, en sus orígenes y en su desarrollo.

Los hechos acaecidos en el pasado se llenan de sentido desde las realizaciones logradas en el presente; lo que ha pasado se enlaza con orientaciones ideales, que se transforman en un programa de acción y norma para el futuro: «Antes de ser libro de historia del pasado –enriquecido con toda la experiencia acumulada en casi treinta y cinco años de trabajo educativo sacerdotal– las Memorias son el resultado de una reflexión coherente, que desemboca en una espiritualidad y en una pedagogía: el “sistema preventivo” se expresa en ella en la forma más extensa y completa» (Braido, 1985, 169).

Vale la pena, para esclarecer esta cuestión, reproducir otro largo pasaje de un estudio sobre este tema, en el que P. Braido ahonda en algunos juicios ya aludidos, a la par que apunta elementos nuevos.

«Los hechos descritos y las cosas que se narran son realidades vividas; pero, probablemente, no con la plenitud de significados y la visión orgánica que les confiere la conciencia actual del autor, llegado a la madurez en sus proyectos y realizaciones. Cuando escribía, Don Bosco estaba ya por los 58-60 años y desempolvaba hechos pasados en el horizonte de metas alcanzadas y en función de orientaciones y directrices para el futuro. Es natural que, al rehacer la crónica de sus primeras experiencias pastorales y educativas, se interfieran entre sí y se superpongan continuamente tres planos cronológicos y psicológicos: los hechos y las intuiciones de entonces, la madura conciencia de su significado en un presente que los ve precisados ampliados y enriquecidos a través de difíciles –más claros y completos– desarrollos posteriores, y en un futuro que se debe garantizar y organizar. Desde un punto de vista puramente histórico esto puede crear problemas. Pero desde el punto de vista de una reconstrucción fiel y completa del “sistema” de acción religiosa, social y educativa, en sus elementos definitivos, constituye incluso una enorme ventaja. Las Memorias se distinguen abiertamente de una “crónica familiar” para convertirse en un documento reflejo, sintético y programático».6

Las consideraciones reproducidas encuentran un respaldo documental convincente en las noticias e indicaciones de Don Bosco. Al principio de su obra afirma que personas de autoridad le habían animado varias veces a «poner por escrito las memorias concernientes al Oratorio de San Francisco de Sales»; sin embargo, no se decidió a aceptar la invitación, porque tendría que hablar «con demasiada frecuencia» de su persona. Finalmente, «la orden de una persona de suma autoridad» –probablemente el papa Pío IX– le empujó a tomar la pluma y a comenzar el trabajo, convencido de que las «cosas menudas y confidenciales» que debía exponer «pudieran servir para iluminar o ser de utilidad» tanto a los colaboradores de Valdocco, como al círculo más amplio de los miembros de la Sociedad salesiana.
3. Finalidad del escrito: norma, visión religiosa y entretenimiento. En los párrafos introductorios, Don Bosco se pregunta «para qué podrá servir este trabajo». Él mismo formula una respuesta: «Servirá de norma para superar las dificultades futuras, aprendiendo del pasado; servirá para hacer conocer que fue Dios mismo quien guió todo en cada momento; servirá a mis hijos de ameno entretenimiento, cuando puedan leer las cosas en las que intervino su padre, y las leerán con más gusto cuando, una vez llamado por Dios a dar cuenta de mis actos, no esté ya entre ellos».

A partir de esta declaración de intenciones, cabe destacar de nuevo el valor de las Memorias del Oratorio: «Merecen una atención especial por la excepcional importancia que les atribuye Don Bosco, quien –como declara resumidamente en las páginas de introducción– no las entiende principalmente como una autobiografía o como “historia”, sino sobre todo como evocación “teológica” de los orígenes y de los primeros pasos del “oratorio” en forma de proyecto y de norma» (Braido, 1990a,7.

Los diferentes elementos –norma de conducta y lección del pasado, visión religiosa y ameno entretenimiento– se entrelazan con frecuencia en el relato. Se puede decir, sin más, que las Memorias del Oratorio «reconstruyen en una síntesis histórica, teológica, programática y paradigmática, la experiencia central de Don Bosco» (Braido, 1990, 257).

Existen en el escrito –corregido muchas veces por su autor– algunas imprecisiones, ligeros cambios en el orden cronológico de algún acontecimiento, subrayados enfáticos de determinadas tensiones con los responsables de la administración pública o de personas con quienes no compartía la ideología o modo de actuar. Sin embargo, esas sombras no llegan a afectar al interés e importancia de la exposición; es más, en varios casos aparecen sugerencias y orientaciones que se traducen en interesantes orientaciones pedagógicas. Es decir, lo que hace más problemático el valor histórico, eso mismo potencia y dilata el valor ideal del “mensaje” que Don Bosco trata de transmitir. Tanto, que las Memorias del Oratorio acaban por convertirse, tal vez, en el libro más rico de contenidos y de orientaciones “preventivas” –en evidente clave de restauración– que Don Bosco escribió: un manual de pedagogía y de espiritualidad “narrado”, con una diáfana perspectiva “oratoriana”. El colegio-internado aparece de modo muy esporádico» (Braido, 1985, 169).

Al llegar aquí y en un segundo momento, se comprende mejor que sus seguidores no hayan tenido muy en cuenta la advertencia de no dar publicidad al escrito. Las orientaciones y temas destacados en las Memorias no sólo interesan a los «socios salesianos», sino a cuantos se ocupan de la educación. Y de eso, probablemente, se dio cuenta a su vez el autor, si –como se ha recordado y al final de su vida– consintió que se dieran a conocer muchas páginas del manuscrito en la revista Bolettino Salesiano.


MEMORIAS DEL ORATORIO

DE 1815 A 18258

exclusivamente para los Salesianos


Memorias para el Oratorio y para la Congregación Salesiana
Muchas veces me han exhortado a poner por escrito las memorias concernientes al Oratorio de San Francisco de Sales y, pese a no poder negarme a la autoridad de quien me lo aconsejaba, nunca me he decidido a ocuparme de ello, sobre todo, porque debía hablar de mí mismo demasiado a menudo.9 Ahora se añade el mandato de una persona de suma autoridad, a la que es imposible oponer ningún tipo de dilación; por tanto, me decido a relatar en este escrito pequeñas noticias confidenciales que pueden iluminar o ser de alguna utilidad para aquella institución que la divina Providencia se dignó confiar a la Sociedad de San Francisco de Sales.

Ante todo, debo dejar sentado que escribo para mis queridísimos hijos salesianos, con prohibición de dar publicidad a estas cosas, tanto antes como después de mi muerte.

¿Para qué puede servir, pues, este trabajo? Servirá de norma para superar las dificultades futuras, tomando lecciones del pasado; servirá para dar a conocer cómo Dios mismo guió siempre todos los sucesos; servirá de ameno entretenimiento para mis hijos, cuando lean los acontecimientos en los que tomó parte su padre y, con mayor gusto, cuando –llamado por Dios a rendir cuenta de mis actos– ya no esté entre ellos.

Disculpadme si encontráis hechos expuestos con demasiada complacencia y quizá aparente vanidad. Se trata de un padre que se deleita hablando de sus cosas a sus hijos queridos; quienes, por su parte, gozan al conocer las pequeñas aventuras del que tanto los amó y siempre, así en los asuntos pequeños como en los grandes, se afanó trabajando por su provecho espiritual y material.

Presento estas memorias divididas en décadas, es decir, en períodos de diez años, porque en cada uno de los señalados tuvo lugar un notable y sensible desarrollo de nuestra institución.

Cuando, después de mi muerte, hijos míos, leáis estos recuerdos, acordaos de que tuvisteis un padre cariñoso que, antes de abandonar el mundo, os ha dejado las presentes memorias como prenda de cariño paternal. Y con el recuerdo, rogad a Dios por el eterno descanso de mi alma.

Diez años de infancia – Muerte del padre – Penurias familiares – La madre viuda
Nací el día consagrado a la Asunción de María al cielo del año 1815,10 en Morialdo,11 aldea de Castelnuovo de Asti. Mi madre se llamaba Margarita Occhiena, de Capriglio;12 mi padre, Francisco.13 Eran campesinos que ganaban honradamente el pan de cada día con el trabajo y el ahorro. Mi buen padre, casi únicamente con su sudor, proporcionaba sustento a la abuela, septuagenaria y achacosa, a tres niños –el mayor de los cuales era Antonio14, hijo del primer matrimonio, el segundo José,15 y el más pequeño Juan,16 que soy yo– y, además, a dos jornaleros del campo.

No tenía yo aún dos años, cuando Dios misericordioso nos hirió con una grave desgracia. Un día, mi querido padre –en la flor de la edad, pleno de robustez y muy deseoso de educar cristianamente a sus hijos–, al volver del trabajo a casa empapado en sudor, entró incautamente en la bodega, subterránea y fría. Por causa del enfriamiento sufrido, al atardecer, se le manifestó una fiebre alta, precursora de un fuerte constipado. Todos los cuidados resultaron inútiles y, en pocos días, se encontró al final de la vida. Confortado con todos los auxilios de la religión y después de recomendar a mi madre la confianza en Dios, expiraba el 12 de mayo de 1817 a la edad de treinta y cuatro años.17

No sé qué fue de mí en aquella luctuosa circunstancia. Sólo recuerdo, y es el primer hecho de la vida del que guardo memoria, que todos salían de la habitación del difunto, en tanto que yo quería permanecer en ella a toda costa.

—Ven, Juan, ven conmigo, repetía mi afligida madre.

—Si no viene papá, no quiero ir, respondí yo.

—Pobre hijo, añadió mi madre, ven conmigo, tú ya no tienes padre.

Dicho esto, rompió a llorar. Me cogió de la mano y me llevó a otra parte, mientras lloraba al verla llorar. Ciertamente, con aquella edad no podía comprender la gran desgracia que significaba la pérdida de un padre.

Este hecho sumió a toda la familia en una gran consternación. Había que mantener a cinco personas. Las cosechas del año, nuestro único recurso, se perdieron a causa de una terrible sequía; los productos alimenticios alcanzaron precios fabulosos. El trigo se pagó hasta 25 francos la hemina18; el maíz, a 16 francos. Varios testigos contemporáneos me aseguraron que los mendigos pedían con ansia un poco de salvado con el que alimentarse cociéndolo con garbanzos o judías. Se encontraban en los prados personas muertas, la boca llena de hierbajos con los que habían tratado de aplacar el hambre rabiosa.

Muchas veces me contó mi madre que dio de comer a la familia mientras tuvo con qué hacerlo; después, entregó una cantidad de dinero a un vecino, llamado Bernardo Cavallo, para que fuese a buscar alimentos. Aquel amigo se dirigió a varios mercados, pero no pudo encontrar nada ni tan siquiera a precios exorbitantes. Tornó al cabo de dos días, hacia el anochecer y con todos esperándole; pero cuando dijo que volvía sin nada y con el dinero en el bolsillo, el terror se apoderó de nosotros ante el temor de las funestas consecuencias del hambre en aquella noche, pues habíamos tomado un alimento escasísimo en ese día. Mi madre, sin perder la calma, fue a pedir prestado algo para comer a los vecinos, pero no encontró a nadie que pudiese ayudarla.

—Mi marido, recordó ella, me dijo antes de morir que tuviera confianza en Dios. Venid, pues, pongámonos de rodillas y recemos. Tras una breve oración, se levantó y dijo:

—En casos extremos se deben usar remedios extremos.

A continuación y con la ayuda del mencionado Cavallo, fue a la cuadra, mató un ternero y, haciendo cocer una parte a toda prisa, logró mitigar el hambre de la extenuada familia. Días más tarde pudo proveerse de cereales que, a precios elevadísimos, se consiguieron traer de pueblos lejanos.19

Imagínese cada uno cuánto tuvo que sufrir y trabajar mi madre durante aquel calamitoso año. Sin embargo, a base de un esfuerzo infatigable y una tenaz economía, sacando partido de los recursos más pequeños y con alguna ayuda verdaderamente providencial, se pudo salvar aquella crisis de víveres. Estos hechos me los contó en numerosas ocasiones mi madre y los confirmaron vecinos, parientes y amigos.

Pasada aquella terrible penuria y alcanzada una mejor situación económica en casa, alguien propuso a mi madre un partido muy conveniente;20 pero ella respondió enseguida:

—Dios me dio un marido y me lo quitó; al morir, me dejó tres hijos y sería una madre cruel si los abandonase en el momento en que más me necesitan.

—Le replicaron que los hijos serían confiados a un buen tutor que se ocuparía cuidadosamente de ellos.

—El tutor, respondió la generosa mujer, es un amigo; yo soy la madre. No los abandonaré nunca, aunque me ofrezcan todo el oro del mundo.

Su mayor preocupación fue instruir a los hijos en la religión, enseñarles a obedecer y ocuparlos en cosas propias de su edad. Desde muy pequeño, ella misma me enseñó las oraciones; apenas fui capaz de unirme a mis hermanos, me arrodillaba con ellos por la mañana y por la noche y, juntos, recitábamos las oraciones y la tercera parte del rosario. Recuerdo que me preparó para la primera confesión y me acompañó a la iglesia: comenzó por confesarse ella misma, me encomendó al confesor y, después, me ayudó a dar gracias. Siguió asistiéndome hasta que me juzgó capaz de hacer dignamente la confesión yo solo.

Mientras tanto, había alcanzado los nueve años. Mi madre quería enviarme a la escuela, aunque la distancia me dejaba perplejo, ya que estábamos a cinco kilómetros del pueblo de Castelnuovo. Mi hermano Antonio se oponía a que fuera al colegio.21 Se adoptó una solución intermedia. Durante el invierno frecuentaba la escuela del cercano pueblo de Capriglio, donde pude aprender los rudimentos de la lectura y escritura. Mi maestro era un sacerdote muy piadoso que se llamaba Giuseppe Lacqua,22 quien fue muy amable conmigo, ocupándose con mucho interés de mi instrucción y, sobre todo, de mi educación cristiana. Durante el verano contentaba a mi hermano trabajando en el campo.


  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   26

similar:

Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos, icon6. taller para empezar a profundizar un aspecto de la vida de don bosco 27

Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos, iconPreguntas sobre don bosco

Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos, iconAccion de tutela – derechos fundamentales a la salud y a la vida...

Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos, iconCon la distinguida visita internacional del monje budista, cientifico,...
«Felicidad: una guía para el desarrollo de la habilidad más importante de la vida» y «¿Por qué meditar?». Recientemente publicó,...

Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos, iconP1: En el marco de resultados para el bienio 2014/15 se exponen 36...

Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos, icon2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo...
«Vaya con cuidado porque son locos de remate». Llego a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de...

Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos, iconLos años 20 fueron los años del cine mudo. Uno de los actores más...

Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos, iconLa terapia con glucocorticoides (GS) es uno de los temas más importantes...

Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos, iconEs indudable que la agricultura moderna se basa fundamentalmente...
«extinción masiva» de especies--, no cabe duda de que la erosión genética es uno de los mayores problemas contemporáneos

Memorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya durante la vida de Don Bosco -y sin duda con su explícita aprobación- uno de los colaboradores más cercanos, iconConocer a plenitud la naturaleza y las razones de causalidad de las...




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com