Vivimos creyendo que somos libres, y de esta forma intentamos no pensar en lo que ocurre de verdad: nuestra vida, y por lo tanto nuestras decisiones, están




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fecha de publicación10.03.2016
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Vivimos creyendo que somos libres, y de esta forma intentamos no pensar en lo que ocurre de verdad: nuestra vida, y por lo tanto nuestras decisiones, están determinadas en un altísimo grado por la sociedad que nos rodea, con la que convivimos día a día, la que nos hace ser como somos.

Y es que no somos más que un ingente número de células, las cuales dictan nuestras necesidades vitales, pero no nuestras decisiones. Si una persona no tuviera contacto con ninguna otra desde su nacimiento, únicamente respondería a la llamada del hambre, a la de la sed o a la del sueño. En cambio, si fueran dos personas, una de ellas tomaría a menudo las decisiones por el otro, no por otro motivo que sus propias necesidades. Y así es como funciona nuestra sociedad, pero a mayor escala.

Habrá gente que piense que ese hipotético humano aislado tomaría decisiones por sí mismo, como guarecerse en una cueva o en otra, o escoger un camino u otro. Pero todas esas decisiones estarían determinadas por la cueva que fuera más cálida o por el camino por donde hubiera más probabilidades de encontrar alimento.

Volviendo a nuestra tesis, la sociedad dicta lo que debemos de hacer, pero también como debemos de ser. No gozará de la misma felicidad una persona con una infancia traumática que alguien con una vida feliz y alegre. El primero vivirá marcado toda su vida, pero lo importante a destacar en este ejemplo no es que ese hombre o esa mujer se encuentren deprimidos, sino que no han sido felices debido a lo que ha pasado a su alrededor, a lo que otras personas han hecho; él o ella no han decidido por si mismos estar tristes o estar alegres, han sido arrastrados por la fuerza invisible pero poderosa de la sociedad.

Y es cierto que esa persona puede intentar ser feliz, pero la única forma que tendrá de hacerlo será borrando su memoria, y esto nos abre otro gran interrogante: si somos las mismas personas si no tenemos recuerdos. Muchas veces deseamos “formatear” partes de nuestra memoria, olvidarnos sin más de lo malo del pasado, en un acto narcisista por nuestra parte, con el que únicamente deseamos llegar a la plena felicidad. Y es que para alcanzar la máxima alegría vital necesitamos desprendernos de lo que la sociedad nos impuso durante nuestra vida y crearnos una nueva vida, a imagen y semejanza de lo que dictan nuestros deseos. Pero no caemos en la cuenta de que nuestros deseos también están influenciados por la sociedad.

Cuando somos niños soñamos con ser médicos, abogados o ingenieros. Pero nadie desea ser técnico-reparador de lavadoras o diseñador de bombillas. Y si seguimos las reglas de la estadística, tendría que haber la misma proporción de niños interesados por las últimas profesiones que de los propios profesionales. Entonces, ¿por qué los niños siempre eligen los trabajos que encabezan este párrafo o similares en importancia o en retribución salarial? Pues no se debe a otra cosa que a lo último. Las personas de hoy en día hemos dejado de guiarnos por nuestras necesidades fisiológicas, como hacían nuestros antepasados cavernícolas, y hemos centrado nuestra sociedad en varios pilares, entre los cuales se encuentran la fama y el dinero.

A la gente de mi edad se la suele hablar de estudiar en la universidad lo que uno desea o de desempeñar la profesión que es dueña de su vocación. Pero si echamos un vistazo a las carreras con mayor nota de corte, veremos la realidad ante nuestros ojos: una descompensación total entre unas ramas y otras. Se puede ganar dinero siendo médico o siendo arquitecto, se puede alcanzar la fama siendo médico o siendo arquitecto, pero nadie se hace de oro siendo fisioterapeuta o profesor de psicomotricidad en una guardería.

Esto mismo puede parecer que sirve de argumento contra la tesis principal de esta disertación, debido a que de todos es sabido que hay miles de fisioterapeutas o profesores de psicomotricidad en este país. Pero no nos podemos dejar engañar por esto: estos miles de personas que desarrollan estas profesiones no han decidido por si mismos ser lo que son, sino que han elegido su vida en base a varias posibles razones, que van desde una mayor facilidad para finalizar los estudios a una posible influencia de su familia en su decisión, pasando por un apoyo por parte de diversos círculos cercanos a la profesión en cuestión debido al interés del propio sujeto en cierta actividad.

Y es que otra forma que tiene la sociedad de influir en nuestras vidas y en nuestras decisiones son las amistades. Estas te animan o te desaconsejan en ciertos ámbitos, pero lo hacen inconscientemente para influir sobre ti, ya que desean lo mejor para ti, o lo mejor para ellos. Pero esto también ocurre de forma inversa.

Al igual la sociedad ejerce una fuerza sobre nosotros, nosotros también ejercemos una fuerza sobre ella. Es más, formamos parte de la sociedad, así que debemos ser parte activa en ella. Controlamos a los que están a nuestro alrededor, no por otra razón que conseguir el máximo beneficio para nosotros a la vez que intentamos que sea positivo para el otro, pero eso no es siempre posible. De ahí derivan los conflictos sociales, porque todos queremos vivir en un mundo mejor, pero nadie quiere desprenderse de sus privilegios.

Después de todo este derroche de influencia social sobre nosotros, puede parecer que un pequeño reducto de nuestras decisiones responde a nosotros mismos. Pero recordemos que no somos más que una ingente cantidad de células, y que nuestro índice de encefalización nos permite realizar simples tareas sin que nadie nos haya enseñado, pero somos incapaces de realizar un ensayo como el que estoy escribiendo ahora mismo sin haber sido antes instruidos en cómo llevar a cabo semejante ardua tarea. Esto se debe a que somos productos de una sabiduría acumulada desde el principio de la humanidad, que se podría traducir en que somos influidos además de por la sociedad actual por todas las demás que han habitado en este planeta.

Por esta cuestión, nos encontramos tan contaminados por la sociedad que no se puede decir nunca que no estamos influidos por nadie, porque, aunque sea inconscientemente, lo estamos. Nuestra mente es un enigma que los neurólogos intentan descifrar, pero todos somos conscientes de que si nos gusta un color más que otro se debe a experiencias personales, aunque no se recuerden, que influyen en nuestra vida. Y puede alguien pensar que esto no es cierto, que decidimos nuestro color favorito, pero si cuando lo hiciésemos lo hiciéramos por nosotros mismos, responderíamos a las reglas del azar, y entonces habría una proporción perfecta entre colores y gente a la que les gusta ese color. Y todos sabemos que eso no es cierto, y si lo fuera las modas no existirían.

Entonces, ¿qué es eso que no deja que la sociedad nos controle totalmente sino que lo haga en un altísimo grado, como dice el principio de esta disertación? Pues la respuesta es muy fácil: nuestro código genético. Parece paradójico que una combinación de bases nitrogenadas, desoxirribosa y ácido fosfórico, todos materiales inertes, sean los causantes de que seamos más altos o más bajos, de que podamos ser daltónicos o asmáticos, o de que no vayamos a vivir más de veinte años. Así de cruel es la naturaleza. Y así de fuerte, ya que no hay forma de que la sociedad interfiera en nuestro ADN, pero este si puede influir en la sociedad.

Aunque antes de continuar se precisa aclarar una cosa, nuestro código genético condiciona nuestra vida, pero no la predestina. Lo que sí nos puede predestinar es la sociedad. Puedes nacer padeciendo hemofilia, o puedes tener una copia extra de tu vigesimoprimer cromosoma, lo que hará que tengas síndrome de Down. Pero con esfuerzo y un importante apoyo social técnicamente conseguirás integrarte en la sociedad, aunque desgraciadamente todos conocemos la realidad.

Solo hay una razón por la que nuestro código genético puede variar: la mutación. Aunque pueda sonar a ciencia-ficción, las mutaciones son procesos que no necesitan de hecatombes nucleares o de polémicas antenas de radio, simplemente precisan un error de transcripción por parte de nuestro ARN mensajero. Gracias a estos errores debemos la existencia de la evolución. Estos fallos en el organismo son uno de los causantes del cáncer, por ejemplo, el cual puede cambiar drásticamente el rumbo de una vida, de forma vital pero también de forma social. Y es que existe rechazo social a ciertas enfermedades, el cual, valga la redundancia, es otra forma por la cual la sociedad influye en nosotros, esta vez combinada con el ADN.

Después de este repaso por las posibles formas que puede adoptar nuestra tesis inicial y las preguntas que se desarrollan a partir de esta, creo conveniente terminar con lo que podía ser el resumen de esta composición: vivimos determinados tanto por la sociedad como por nuestro código genético, y estos no dejan espacio a que seamos nosotros mismos, a que elijamos por nosotros mismos, a que seamos libres.

Porque el código genético es el camino, y la influencia de la sociedad son los pasos, pero no debemos olvidar que es nuestra vida, que debemos disfrutarla, y que es la única que vamos a tener. Y aunque pueda parecer que está todo escrito sobre nuestro futuro, el mayor logro de la sociedad es que parezca que nosotros mismos tomamos nuestras propias decisiones.

Bemol


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