Tesis sobre la crisis del sistema de regulación de la forma de la mercancía




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3.

Sin embargo, con la conclusión histórica del sistema que se volvió sistema mundial total, sólo se volatilizó el momento enfático de la "política", agotado en cuanto ligado al ascenso del sistema y a partir de ahora rebajado a mera función inmanente. Así pues, al desaparecer la doble función de la esfera política, salta a la vista por primera vez el antagonismo polar de las esferas funcionales "economía" y "política" en que el sistema productor de mercancías debe mediarse consigo mismo. Cuanto más se evaporaba el excedente ideológico de la fase de ascenso y aparecía en su desnudez obscena el yermo fin en sí mismo de la valorización del valor, despojado de su brillante ropaje ideológico, tanto más se hacía patente el carácter dependiente y secundario de la esfera funcional política. La "política" tiende a reducirse de forma cada vez más abierta y unidimensional a la política económica. Del mismo modo que en las sociedades premodernas todo tenía que estar fundado religiosamente, así también hoy todo debe ser fundamentado económicamente. Basta oír cómo el término "economía de mercado" adquiere un tono litúrgico en la boca de todos los idiotas históricos a partir de 1989, desde el presidente norteamericano hasta los ex comunistas rusos, pasando por el Partido Verde alemán. Algo es bueno porque ayuda y es útil "a la economía de mercado", y es loable utilizar todas las cosas muertas y vivas para la economía de mercado.

Y del mismo modo que en los anteriores estadios de formación del sistema el antagonismo izquierda-derecha estuvo representado por legitimistas y republicanos o por socialistas y fascistas, así también éste se halla ahora representado por keynesianos y monetaristas, por radicales del mercado e intervencionistas. El antagonismo izquierda-derecha interior a la política, que antes parecía autónomo y primario en relación con la economía y que oscurecía el antagonismo entre las esferas de la "economía" y de la "política", está ahora completamente "economificado": ambas partes se orientan en términos de "política económica". Esta situación sólo fue plenamente realizada después de 1989. Obviamente no cayó del cielo, pues el proceso social ya se encaminaba en esa dirección, a creciente velocidad, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y fue observado mucho antes. Saber cómo crear nuevos "puestos de trabajo" y fomentar el crecimiento, o saber si la coyuntura debe ser impulsada por la oferta o la demanda, inflama ahora los cerebros en la misma medida en que antes lo hacía la cuestión de saber si sólo los contribuyentes o también los desposeídos tenían derecho a votar, si una guerra era justa o injusta, o cuál sería la mejor manera de servir a la "patria". Resulta claro que los antiguos antagonismos político-ideológicos siguen presentes, pero sólo como envoltorios vacíos, gastados y descoloridos. Incluso el neonazi no justifica ya sus exigencias económicas en nombre de la raza, sino que, por el contrario, basa su racismo en intereses económicos.

La vehemencia político-económica explica también por qué la esfera política como tal no puede desaparecer con el fin histórico de la fase ascendente del sistema productor de mercancías y dar lugar a una "concertación" socioeconómica directa de intereses en la forma de la mercancía. No es la "política" como tal la que desaparece con la conclusión de la afirmación del sistema, sino su doble función y el énfasis aparentemente autonomizado, sus ropajes ideológicos, etc. Lo que permanece, en cuanto inevitable e ineliminable en la base del sistema, es la "política" como función secundaria del proceso continuo de automediación de la forma de la mercancía ahora incontestada, ubicua y total. El hecho de que la política quede como un residuo resulta del carácter fetichista de este proceso. La universalidad abstracta de la modernidad –duplicada en las formas (primaria) de dinero y (secundaria) de Estado–, o sea, la "Volonté Générale" como "dios" sin sujeto de la socialización inconsciente, exige aquellas esferas de automediación. Justamente porque el dios de la forma de la mercancía total no es un efectivo sujeto exteriorizado, sino un producto histórico en las cabezas de las personas, el cual sin embargo les impone todas las acciones históricas, justamente por eso ellas tienen que ejecutar la automediación del sistema sin sujeto, aunque a través de la esquizofrenia de su propio pensamiento y acción; tienen que ayudar al dios quimérico y actuar como el otro de sí mismas. La "política", ahora totalmente desnuda y desencantada, continúa por tanto siendo una esfera funcional imprescindible en el campo del sistema.

La necesidad de la esfera funcional de la "política", descrita aquí en términos teóricos, puede ser también expuesta desde la perspectiva de la acción inmanente. Primero, los diversos intereses que tienen la forma de la mercancía no pueden por sí mismos ser directamente "concertados" hasta asumir formas aceptables. Eso significaría que sujetos de hecho capaces de entender y de querer, conscientes de su sociabilidad, se relacionan comunicativamente y deciden directamente sobre la utilización de recursos sensibles y materiales; sin embargo, en ese caso ya no se trataría de sujetos configurados por la forma de la mercancía. Desde la perspectiva del interés constituido, por el contrario, ninguna decisión es posible cuando faltan las condiciones marginales y la "tercera" instancia. Si la sociabilidad se resolviese en una unilateral institución socioeconómica y todos los portadores de funciones en la forma de la mercancía se encontrasen sólo inmediatamente en cuanto "sindicados" en sus intereses especiales, entonces nada más se podría concertar, ya que no habría una instancia para el criterio común (de la Volonté Générale). Eso sería el regreso a la fuerza bruta y, así, a la rápida disolución de toda la estructura. La "concertación" tiene que ocurrir dentro de un sistema de reglas imperativas (derecho), cuya fijación no puede darse en el mismo plano en el que se desarrolla el conflicto de intereses en la forma de la mercancía; al contrario, debe pasar a través de la esfera funcional opuesta de la "política".

Segundo, la esfera político-estatal no es solamente necesaria como "árbitro" de los intereses en conflicto y de por sí no mediados, sino también como portadora de aquellos recursos que, como infraestructuras, se volvieron condiciones generales de todo el proceso de valorización, sin poder valorizar directamente el dinero. Así, tales agregados no pueden ser abandonados a las furias del interés particular, pues ninguna instancia particular de valorización pondría a disposición voluntariamente dinero suficiente para los faux frais de todo el sistema, y los recursos obtenidos por una simple "concertación" entre los intereses particulares jamás podrían ser atraídos en cantidad suficiente. Tanto como "árbitro" del conflicto de intereses y depositario de la forma jurídica, cuanto como administrador de las infraestructuras, el Estado permanece así imprescindible para el sistema como "capitalista colectivo ideal". En este sentido, la esfera de la "política", como forma de automediación del sistema, no puede desaparecer.

Después de la desmistificación histórica de la "política", se revela hoy su carácter secundario y dependiente, aunque continúe siendo necesaria. La política es una simple forma de mediación de algo que la trasciende, sobre lo cual ella, "como política", no tiene poder autónomo; así, la forma de la mercancía como tal y su ley de movimiento quedan fuera del "libre arbitrio" de los sujetos de la mercancía como también, lógicamente, de la forma "política" de la voluntad, que es sólo una forma derivada. El Estado es la síntesis de los intereses particulares y, por tanto, un "capitalista colectivo ideal", pero no en el sentido de que pueda alcanzarse una meta-voluntad, que tendría a la "economía" como base, sobre la cual podría efectivamente actuar de forma "libre", limitado solamente por la cantidad y por la calidad de sus "medios de poder". Esta fue la ilusión politicista y estatista alimentada durante la historia del ascenso hoy concluido. Si en esta fase la "economía" pudo aparecer como "politizada", hoy por el contrario es la "política" la que aparece forzosamente como "economizada". Con ello se restablece la verdadera relación en el campo del sistema productor de mercancías.

En esta coyuntura, vivimos también la derrota histórica del aparentemente incorruptible paradigma de la izquierda sobre el "economicismo". Su fundamento conceptual es un sofisma elemental: la forma de la mercancía como forma de la totalidad es confundida con la superficial esfera funcional de la "economía", en la cual mercancía y dinero actúan y aparecen inmediatamente de modo empírico; la forma de la mercancía, en la verdad total, aparece entonces reducida como mera "economía", sobre la cual la "política" tendría capacidad de intervención autónoma y decisiva. En rigor, deja de haber entonces un concepto del todo, o sea, la totalidad mediada se disocia conceptualmente en "economía" y "política", que no pueden (al menos de forma coherente) ser reconocidas como esferas funcionales derivadas de algo idéntico y superior; o incluso el propio concepto del todo es distorsionado en el sentido politicista ("capitalismo" como falso concepto del "poder" entendido subjetivamente). De manera irónica, la usual "crítica al economicismo" de la izquierda argumenta ella misma en términos "economicistas", toda vez que atribuye simplemente la forma de la mercancía a la esfera funcional visible de la "economía", en vez de reconocerla como forma de la totalidad que encierra también la esfera de la "política". La oposición entre la "economía" y la "política" ya no puede ser entonces comprendida como el conflicto inherente a la forma de la mercancía y a su constitución fetichista, que resulta del problema de su automediación, sino sólo como oposición exterior y no mediada, que abre el camino (igualmente usual) a la hipostatización de la política por parte de la izquierda.

El verdadero secreto de esta hipostatización es la total incapacidad de todas las tradicionales formas de la "izquierda" para llegar a abordar siquiera el problema de una superación de la forma de la mercancía. En el fondo, la "crítica del economicismo" siempre fue una huida de este problema; así se saltaba rápidamente hacia la "política". En vez de la superación de la forma de la mercancía, que ni siquiera podía ser pensada, surgía una variante cualquiera de regulación "política", que debería ejercer el control político sobre la forma de la mercancía ontologizada y reducida a esfera funcional de la "economía". La hipostatización del concepto de democracia forma parte, generalmente, de esta concepción. El capitalismo, entendido en términos absolutamente reducidos, debía ser superado no por medio de la superación de la forma fetichista moderna, sino por su "democratización" y "politización". Esta campaña politicista de la izquierda, totalmente ideológica e inconsciente con relación a la verdadera constitución del sistema, era complementada por una hipostatización inversa también politicista del poder estatal capitalista, considerado capaz de una autonomía en relación a su "base económica", de una relación instrumental con esta última y de una posición general de mando. La izquierda, así como quería absurdamente superar el capitalismo de forma "política", ignorando el carácter sistémico inmanente de la esfera funcional política, así también infló al adversario, al Estado capitalista y sus depositarios políticos, como meta-sujeto y presunto demiurgo de todo el proceso. Esta imagen de un enemigo "superior" no iba más allá de la superficie funcional, pues la crítica no ahondaba hasta el núcleo del modo de producción capitalista.

La idea de la dirección político-estatal sobre la "economía" (no superada y aún en la forma de la mercancía), sea como un poder revolucionario o reformista del "trabajo", sea como un centro imperialista de mando, deambuló siempre con nuevas variantes por las teorías del movimiento obrero, del marxismo y de la izquierda. Esa concepción englobó a los dos campos del cisma entre socialdemócratas y comunistas; se encontró tanto en Lenin como en Hilferding, aunque bajo formas diversas. En la teoría de Adorno y Horkheimer sobre el "Estado autoritario", acompañada en términos de economía vulgar por las investigaciones de Friedrich Pollock, esa idea alcanzó un nuevo apogeo, aunque con una tónica pesimista. Se juzgó que el Estado había puesto definitivamente bajo su control el proceso de valorización y el mecanismo del mercado, de un modo negativo, "equivocado" y autoritario, y los había transformado en un sistema planificado y jerárquicamente estructurado.

Por más que esa concepción sea comprensible bajo el influjo directo del nacional-socialismo, no deja de constituir un error teórico fundamental. El modo estatal y politicista de afirmación del sistema, entre cuyos depositarios estaba el propio nacional-socialismo, fue confundido con la lógica estructural del sistema y con su perfeccionamiento. El mismo error se halla también en el "obrerismo" de extrema izquierda (Negri y otros), donde ya es, históricamente, menos perdonable; y, por fin, ese mismo equívoco surge aún en el esfuerzo de Habermas y de los teóricos posmodernos (Baudrillard), en los cuales la "teoría del valor" de Marx o incluso el "valor" en general se da como "superado". Estas posiciones no reconocen el potencial de crisis del proceso de valorización o creen devotamente en los simulacros fantásticos del "capital ficticio". Todo el nuevo radicalismo de izquierda más reciente está profundamente enredado en ese paradigma teórico groseramente erróneo, cuyas raíces históricas, en gran parte, es ya incapaz de reconocer.

La crítica de la izquierda al "economicismo", por tanto, sólo se explica por el excedente politicista de la historia de la fase ascendente burguesa; y con ello la propia izquierda (y el "izquierdismo" en general) se revela como un mero elemento de esa fase, como un polo en el interior de la constitución moderna, y no como su crítica. Tal crítica está aún por hacerse y no se la puede formular desde el punto de vista de la izquierda tradicional. La angustia burguesa de la crítica al "economicismo" se explicita a partir del nexo funcional inmanente. La supuesta autonomía de la "política" es desmentida ya por el hecho de que la esfera política no dispone de ningún medio propio de influencia. Todo lo que el Estado hace por intermedio de la política, tiene que hacerlo por medio del "mercado", esto es, en la forma del dinero. De hecho, cada medida y cada institución tienen que ser "financiadas". El problema de la "financiación" hace naufragar toda la autonomía de la "política", inclusive la llamada autonomía "relativa", tan evocada por la izquierda (incluso esa frase hecha fue, la mayoría de las veces, una profesión de fe en la irresuelta crítica de la economía de Marx; en realidad, la izquierda trató siempre la supuesta autonomía de la "política" como absoluta).

La dependencia de la "política" de la financiación de sus medidas y, de tal manera, de la forma del dinero del mercado es absoluta, ya que la esfera política y estatal no puede crear dinero autónomamente. Siempre que el Estado intenta reclamar para sí la competencia para la emisión de moneda, eso ya constituye un momento de colapso del sistema: el funcionamiento de las prensas de la Casa de la Moneda y la producción de "dinero sin sustancia", o sea, la emisión estatal improductiva de dinero, es siempre castigada con la hiperinflación ruinosa para el sistema. Lo absurdo es presentar esa supuesta intervención de la seudoemisión estatal de dinero como "medida saneadora", como intenta casualmente el radicalismo politicista de izquierda. Por el contrario, la inflación es el propio término de rendición de la esfera política en el terreno para ella intangible de la forma de representación del "valor". La quiebra definitiva de la "política" en este terreno, hecho recurrente en la historia, nunca fue, en tal sentido, superada o aplazada mediante medidas políticas, sino siempre y únicamente a través de un avance histórico ulterior de la valorización del dinero, independientemente de toda "política".

Esta limitación del Estado revela la verdadera impotencia de la esfera política; en efecto, éste sería el punto decisivo en el que la autonomía de la "política" y de la capacidad de mando del Estado debían ponerse a prueba. El Estado, por tanto, sólo puede recaudar recursos para financiar todas sus medidas por medio de procesos exitosos de valorización que el mercado media. Su función de recoger los tributos y el autoritarismo conexo lo hacen parecer, al ojo histórica y estructuralmente desarmado, como el comandante de todo el proceso, mientras que, de verdad, es literalmente apenas el "ministro" (servidor) del fin en sí mismo fetichista, a cuyo ciego movimiento permanece irremediablemente entregado. Todas sus deliberaciones, decisiones y leyes, por cuya "configuración" se bate el proceso político, aparecen ridículamente ineficaces cuando su financiación no se ha "ganado" regularmente en el proceso de mercado.

Esto vale, por último, para los propios medios de poder. También los tanques, aviones y sistemas electrónicos militares tienen que ser obviamente financiados antes de ser utilizables; y viceversa, el proceso de valorización, las leyes de mercado y los mercados financieros no se dejan impresionar en lo más mínimo por unidades especiales o especialistas en tortura, por portaaviones o ejércitos en marcha. Así se pone de manifiesto, también en la relación empírica de las dos esferas funcionales, "economía" y "política", la verdadera proporción de pesas que nunca dejó de regir, aunque haya podido ser encubierta momentáneamente por la nube de polvo levantada durante el ascenso del sistema. Solamente por medio de los ciegos impulsos sistémicos de acumulación real se puede crear un espacio de acción para la "política". El carácter de totalidad de la forma de la mercancía relega a la política a una figura funcional subordinada y sometida, lo que aparece como su dependencia de la "economía". No hay un dualismo por resolver entre dinero y poder: el poder sólo puede ser el "ministro" del dinero. Con esto, de hecho, el poder –y también la esfera funcional de la política– queda desenmascarado como la forma fenoménica de la totalidad fetichista, dominado por la forma de la mercancía social. La "política", por su esencia, no puede organizar los recursos humanos y naturales, aunque sea la esfera de la comunicación social directa; tal comunicación, de todos modos, no es "libre" ni abierta, sino que está enclaustrada en la codificación ciega de la forma de la mercancía y de sus "leyes", que siempre se anteponen, como cuasi-leyes naturales inconscientes de la "segunda naturaleza", a todas las leyes jurídicas conscientemente creadas de la esfera estatal y política.

Esta desgraciada circunstancia hace prevalecer sobre todo una corriente que, como "liberalismo" o "liberalismo económico", acompañó desde el principio la historia del moderno sistema fetichista. Su credo es la "libertad de los solventes"; "libre curso para ciudadanos libres", por así decir. El liberalismo fue inicialmente, en correspondencia con el nacimiento revolucionario y "político" del sistema, una avalancha contra los antiguos poderes, en gran parte aún premodernos. Al mismo tiempo, sin embargo, llevaba en sí un impulso "antipolítico", en cuanto antiestatal (de ahí también cierto parentesco del liberalismo radical con el anarquismo, ambos igualmente aferrados a la forma de la mercancía); así, demostró ser el paradójico depositario político del polo contrario a la política en general, o sea, de la esfera funcional "económica" disociada. Por eso el liberalismo, en la fase ascendente con su retórica politicista, traspasó el lema a los politicistas de izquierda y de derecha: a los socialistas y "comunistas", nacionalistas, "conservadores", fascistas, etc. En el interior de la esfera política, que en verdad le era bastante sospechosa, se mantuvo como un cuerpo extraño tan marginado como los antiguos monárquicos y partidos de la nobleza, aunque por razones diametralmente opuestas. Si estos últimos corporizaban los estertores del pasado premoderno, el liberalismo, a su vez, representaba el núcleo "económico real" –en cierto modo, la totalidad oculta de la forma de la mercancía social, que todavía debía afirmarse históricamente en la sociedad; aun así, en la apariencia superficial y en la concepción ideológica, encarnaba el automovimiento de la "economía" contra las instancias de regulación de la "política".

Bajo esta perspectiva, el liberalismo ostentó una posición ideológica central tanto al principio como al final del proceso de modernización –desde la invisible hand en la teoría de Adam Smith hasta el liberalismo tardío de hoy, que se infiltró en todos los partidos. Si el antiguo liberalismo era forzosamente él mismo "político", hoy su paradoja se invierte: representa el criterio "económico" en la "política", y se vuelve el fermento general (ya no limitado únicamente a los partidos liberales) de la economificación de la "política". La "libertad económica" por él propagandizada es, superficialmente, apenas la libertad subjetiva y destructiva de los "solventes"; en rigor, detrás de ella asoma la "libertad" salvaje de la forma fetichista desencadenada, monstruosa y sin sujeto, de la cual el liberalismo es el agente directo en la "política". Su credo completamente "economicista", en el fondo ya formulado por Adam Smith, apunta a la regulación total de todas las cuestiones humanas a través de las ciegas "fuerzas del mercado", lo que es idéntico a la sumisión ciega de todos los recursos humanos y naturales al "dios" fetichista de la valorización del valor, al tautológico automovimiento del dinero.

Naturalmente, también el liberalismo se ramifica en un vasto espectro ideológico. Las posiciones clásicas dejaban a la esfera político-estatal cierta función regulativa externa ("Estado guardián"), y la posición monetarista del neoliberalismo contemporáneo (Milton Friedman) quiere erigir sobre todo al Estado como austero "guardián" de la estabilidad monetaria, sobre cuya base podría actuar la "mano invisible" del mercado. El liberalismo extremista (Hayek, por ejemplo) pretende incluso abandonar el dinero como tal a las ciegas "fuerzas del mercado" y disolver los bancos centrales; en última instancia, desea eliminar la esfera político-estatal en general, a fin de someter directamente todas las funciones y expresiones vitales (hasta la "seguridad") al mecanismo del mercado. En su conjunto y especialmente, claro está, en sus posiciones más radicales, el liberalismo ignora por completo la necesidad funcional y sistémica de una esfera política. La diferenciación objetiva de esta última, en el ciego proceso histórico del sistema, les parece sólo un "error" subjetivo o una viciosa aberración.

Su nítido carácter asocial aflora también a la superficie con la capitulación incondicional a los insensatos criterios del proceso inmediato de valorización. La afirmación ideológica de que el mecanismo del mercado es en sí social y regula la "distribución de recursos" para el bienestar de todos, se convierte rápidamente en abierto cinismo desde el momento en que se sabe que tal cosa no sucede evidentemente en la realidad. Entonces el liberalismo afirma que la creciente miseria debe ser imputada a la escasa voluntad de trabajar de los pobres y excluidos, a la pereza y a la decadencia moral; o, en un discurso pobre de ideas, llega incluso a decir que la pobreza y la miseria existirán siempre y que tal destino debe ser aceptado, ya que el mercado y sus criterios, concebidos como necesidad natural eterna, a pesar de todas las expectativas, no "permiten" nada más a innumerables personas.

Llegado a este punto (documentado, por ejemplo, en los discursos recientes de la británica Margaret Thatcher o del alemán Otto Graf Lambsdorff), el liberalismo se revela como lo contrario exacto de la libertad humana para configurar la propia vida. Antes recursos improductivos y arruinados (o, a la inversa, movilizados de forma destructiva), que "permitir" que sean puestos en movimiento de acuerdo con criterios diferentes a los del mercado. El liberalismo como fuerza determinante conduce así, naturalmente, a todo tipo de guerra civil. Por fin se transforma paradójicamente en su contrario, pues no le queda otra alternativa que ponerse voluntariamente bajo la tutela de cualquier poder armado (sea una banda mercenaria o de gángsters), que se ríe a su costa, sin que él pueda, como resulta claro, acercarse a la comprensión de las leyes del movimiento de la forma de la mercancía sin sujeto y de la mediación del mercado. La inconsciencia de todos los involucrados respecto a los verdaderos motivos y resultados de su propia acción está ya siempre supuesta.

El liberalismo es, abiertamente, el contrario complementario del politicismo, sea de derecha o de izquierda. Contra la crítica siempre infrasistémica de izquierda (y a veces también de derecha) del "economicismo", constituye la franca ideología y propaganda de un "economicismo real". En ello se revela un paradójico enredo ideológico de estas dos posiciones. La crítica de izquierda al "economicismo" tiene su razón relativa –o mejor, su pretexto– cuando combate una concepción en verdad poco sustentada, que defiende una dependencia directa y mecánica de la "política" respecto al proceso económico empírico. Claro que incluso hoy la política no es una variable directamente dependiente, por ejemplo, del PIB, de los precios de importación y exportación, etc. Pero, a la inversa que en la pasada fase ascendente del sistema, este proceso económico empírico está en la actualidad mucho más próximo a la política, al punto de casi paralizarla. La dependencia empírica directa de la "política" con relación a la "economía" jamás se manifiesta, sin duda, de manera que el curso del proceso político reproduzca mecánicamente el curso del proceso económico o lo siga de forma directa. El mayor peso de la esfera funcional económica se muestra en el hecho de que su proceso restringe y estrangula las posibilidades de acción de la "política", lo que puede llevar en la esfera política, por ejemplo, a explosiones irracionales, acciones desesperadas, corrientes regresivas, etc., que obviamente no son un mero "reflejo" especular del "desarrollo económico" empírico.

Fuera de eso, sin embargo, el verdadero error de la crítica al "economicismo" es lo que ella deja de decir, en su ignorancia acerca de la constitución fetichista estructural de la forma de la mercancía total. La crítica al "economicismo" acaba por excluir cualquier crítica a la socialización en la forma de la mercancía o a la forma de la mercancía social como tal, e intenta compensar esta omisión a través de fantasías politicistas. En esta secreta aquiescencia al sistema, entra en contacto con el liberalismo, que de manera igualmente inconsciente hace la misma afirmación de forma inversa. Los críticos del "economicismo" de izquierda o de derecha y los "economicistas reales" liberales unen sus voces en una celebración común del sistema productor de mercancías; los primeros se encuentran con esta amante a escondidas, de manera vergonzante y "crítica del economicismo"; los segundos abiertamente y cantando loas al "economicismo real".

La crisis de todo el campo de referencia es hoy evidente, y se volvió conocida del público como "crisis de la política". A medida que la forma de totalidad de la mercancía se hace manifiesta como principio dominante en el final de su fase de ascenso y a medida que, en consecuencia, el "subsistema economía" impone su dominio estructural sobre el "subsistema política", el cielo político se viene abajo. La política vive su desmistificación económica como distorsión de todos sus parámetros. Aunque todavía existan e incluso surjan partidos explícitamente de derecha (o de extrema derecha), todos los partidos (incluso los de izquierda) basculan hacia la derecha como reacción a la crisis; y aunque el neoliberalismo se presente como ideología específica y los liberales como partido específico, la posición de liberalismo económico y de radicalismo mercadológico se insinúa relativamente en todos los partidos y en todas las ideologías, tanto en la derecha como en la izquierda. El punto decisivo es el abandono creciente de la "política" a los criterios económicos autonomizados. Con ello, además de extinguirse el énfasis histórico de la política, se torna visible la crisis existencial de todo el modo de socialización. La "crisis de la política" crece con la "crisis de la economía" y la de su categoría nuclear, el "trabajo"; la crisis de los "subsistemas" apunta hacia la crisis de todo el sistema de la mercancía, el cual alcanza su límite histórico absoluto en el preciso momento en que deja atrás su fase ascendente, logrando ser idéntico a sí mismo sólo durante un breve momento histórico.
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