Tesis sobre la crisis del sistema de regulación de la forma de la mercancía




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Como muestran cada vez más claramente sus circunstancias y sus desarrollos, la "crisis de la política" no significa sólo la pérdida de su énfasis y de su hipostatización históricas, de manera que ella colabore ahora, en la paz más perfecta, como sistema reducido y desmistificado, correspondiendo así a su verdadera esterilidad funcionalista. Se tornan visibles o entran en la conciencia pública las estructuras que habían formado hasta ahora el telón de fondo tácito de todo el proceso social como "condición de posibilidad" de la política, y que hoy se hacen notar como trastornos de funciones elementales. Estos trastornos, que señalan el colapso histórico del sistema, se manifiestan esencialmente como crisis ecológica, como crisis de la sociedad del trabajo, como crisis del Estado nacional y como crisis de la relación entre los sexos. Y, justamente en estos campos, los telones de fondo tácitos de la "política" ven la luz y emergen del silencio. Los ruidos de la catástrofe social, provocados por su desmoronamiento, se transforman directamente en los gritos de dolor de la "política", cuya función reguladora se desintegra, junto con el mecanismo funcional económico. En la exacta medida en que las bases del sistema, inalcanzables por la "política", pierden su capacidad de funcionar, la esfera política comienza necesariamente a girar en falso.

Desde el inicio del sistema industrial bajo la forma de la mercancía, se lamentó su potencial destructivo en relación con la naturaleza biológica. Esta fuerza destructiva reside en el propio proceso de abstracción operado por la forma de la mercancía, esto es, en la indiferencia del dinero a cualquier contenido sensible. En tanto la forma de la mercancía poseía sólo una existencia periférica dentro de nichos en las constituciones premodernas, el carácter destructivo de esa "abstracción real" (Sohn-Rethel) y de su trato "no-concreto" con la materia concreta del mundo sólo pudo manifestarse de manera dispersa y casual. Pero a medida que la forma de la mercancía se convertía en la forma social de totalidad en la forma del capital, tenía que salir también a la luz su carácter destructivo de la "primera naturaleza". En un primer momento, la crisis ecológica así desencadenada se limitó a ciertos sectores y regiones; ella seguía al proceso de industrialización en la forma de la mercancía. Por tanto es lógico que, con el perfeccionamiento estructural y global del sistema productor de mercancías después de la Segunda Guerra Mundial, se haya vuelto una amenaza directa para la humanidad. Afectados el suelo, el aire, el agua y el clima, el potencial destructivo de la forma de la mercancía total alcanza los fundamentos más elementales de la vida, convirtiéndose así, a partir de los años 70, en una cuestión política permanente.

Pero incluso en la llamada cuestión ecológica, el carácter no autónomo y estructuralmente dependiente de la "política" se hace evidente; más de un cuarto de siglo de debates ecológicos suministró hace mucho la prueba práctica de ese hecho. Por su propia esencia, la política sólo puede resolver problemas funcionales en el interior de la lógica del dinero, pero no los problemas causados por dicha lógica como tal. Como el Estado tiene que financiar todas sus medidas de regulación, esto vale también, claro está, para las medidas ecológicas. Los fundamentos naturales son destruidos por la lógica abstracta del dinero; pero la reparación de los fundamentos naturales, a su vez, cuesta dinero, que primero ha de ser "ganado". Para poder reparar las destrucciones causadas por el dinero, la sociedad, por tanto, tiene que ganar más dinero y provocar más destrucciones. Resulta fácil imaginar que tal círculo se vuelve cada vez más vicioso, en perjuicio de la naturaleza y de los fundamentos de la vida.

Así, es imposible solucionar el problema ecológico a partir de la lógica estructural del sistema. Y como la política no puede ocupar otro espacio funcional que no sea el Estado, debe capitular en última instancia frente al potencial de destrucción ecológica. Entonces pasa a concentrarse en medidas secundarias, que cuesten lo menos posible al Estado, como las intervenciones legales para la "internalización" de los "costos ecológicos" por parte de las empresas; se habla actualmente de "impuestos ecológicos" (en especial, la tasa sobre el consumo de energía). Estas medidas puramente legales, que incluso llegan a aportar al Estado una renta suplementaria, son puestas en ridículo, sin embargo, por la lógica del sistema. En primer lugar, se enfrentan con la competencia internacional. Como el espacio de actuación del Estado y de sus leyes está restringido a la nación, y como los Estados perdedores en el mercado mundial no se vinculan a los acuerdos ecológicos internacionales, el mercado mundial tiene que penalizar los productos más caros en virtud de los impuestos ecológicos con la pérdida de la capacidad competitiva, demostrando rápidamente lo absurdo de esta medida.

Se argumenta que dicho efecto podría ser evitado si el Estado, para compensar los impuestos ecológicos, redujese los costos del trabajo (gastos salariales, aportes a la seguridad social, etc.) y, de esta forma, limitase la elevación de precios de los productos penalizados por el mecanismo de mercado. Sin embargo, ello significaría que sería el propio Estado el que pagase el impuesto ecológico, pues tendría que reducir en otra parte sus ingresos y subvencionar las medidas hasta ahora costeadas por otros (por los "acompañantes sociales"). Pero toda la construcción muestra su carácter ilusorio cuando se afirma que el Estado sería capaz de financiar medidas para la reducción de los costos del trabajo con el impuesto ecológico. Un discurso claramente absurdo, pues el impuesto ecológico debe servir para, en beneficio de la naturaleza, reducir drásticamente el consumo de energía y forzar a la industria a invertir en medidas de reducción del consumo para eximirse del impuesto. En suma, si la medida legal se aplicara, el impuesto ecológico no sería recaudado en cantidad suficiente para poder financiar duraderamente providencias que acompañasen dicho impuesto en términos sociales y de mercado.

Por tanto, el efecto de un impuesto ecológico sobre el consumo de energía es fácil de prever. La gran industria invertirá en medidas de ahorro energético, pero los costos para ello serán repercutidos en los precios, lo que se convertirá en una amenaza en lo que se refiere a la competencia; o entonces dejará de lado esa repercusión de los costos, a causa de la competencia, pero emprenderá una campaña ante el Estado contra la elevación de los costos empresariales. El Estado, a su vez, al reaccionar la gran industria al impuesto ecológico con inversiones para el ahorro de energía, recaudará menos impuestos de lo necesario para financiar la reducción de los costos laborales, lo que lo pondrá en una situación de gran dificultad, y para financiar esta baja los recortará de otro lado, etc. Con todo, si la gran industria prefiere desembolsar el impuesto ecológico antes que invertir en el ahorro de energía, el Estado será capaz de financiar esa elevación de costos con la compensación de los costos laborales acrecentados, pero el conjunto recaerá en un mero juego de suma cero, y el verdadero objetivo no será alcanzado, pues la destrucción de la naturaleza continuará como antes, sólo que con impuesto ecológico. La pequeña industria, por su parte, incapaz ya de asumir los costos de inversión para una drástica reducción del consumo de energía, quedará entonces entre dos fuegos: por un lado sufrirá el impuesto ecológico; por otro, el Estado sólo podrá financiar en pequeña escala las medidas de compensación, en virtud precisamente de las inversiones de la gran industria en el ahorro energético.

Por más vueltas que se le dé, la alternativa es la misma: o bien el impuesto ecológico sobre la energía tropieza con el problema de la financiación, o bien se reduce a un juego de suma cero y no alcanza su objetivo ecológico. En ninguna hipótesis el sistema estructural de la valorización del dinero se deja impulsar por el subsistema de la "política", que constituye su función sistémica. Una "política" ecológica es, por tanto, una contradicción en sí, ya que el remedio es peor que la enfermedad. En general no se arriesga a enfrentar el principio de la valorización del dinero, que constituye el verdadero problema. Esta contradicción en sí no es más que la forma fenoménica de la esquizofrenia estructural de los sujetos en la forma de la mercancía; así, ella se manifiesta, en lo que se refiere a la cuestión ecológica, en cada individuo de la forma de la mercancía, y no solamente en las grandes instituciones estructuradas en la forma de la mercancía. En la crisis ecológica cada individuo ganador de dinero ve el horizonte de sus intereses escindirse dramáticamente. El interés en el dinero producido por el sistema obliga a que se tome parte en la destrucción siempre creciente de la naturaleza, mientras que el interés elemental en la vida y en la supervivencia impone la superación de la lógica del dinero. Sin embargo, este último interés, por esencia, es trascendente al sistema, y sólo se manifiesta en evasivas hipócritas. La infeliz tentativa de limitar por medio del dinero los efectos ecológicos del dinero conduce al absurdo en la misma medida en que se destruyen aquellos recursos naturales que ni los magnates pueden pagar ya con dinero. La "política ecológica", por otra parte, es la falsa coartada de una humanidad que, a través de la esquizofrenia de la forma de la mercancía, se transformó en asesina de sí misma.

La crisis ecológica puede ser aplazada, postergando cínicamente la catástrofe biológica final para los propios hijos y nietos, mientras todavía afluya dinero para las medidas de reparación más urgentes. Pero entretanto la "crisis de la sociedad del trabajo" se superpone a la crisis ecológica. El modo de producción capitalista (el sistema productor de mercancías) se manifiesta como valorización del dinero; éste, sin embargo, no es más que la representación del trabajo abstracto pasado ("muerto"). El capital como dinero que se autovaloriza –un fin en sí mismo absurdo– se basa, por tanto, en el tautológico e incesante gasto empresarial de cantidades abstractas de trabajo. El crecimiento constante es necesario al sistema, ya que el trabajo vivo empleado tiene que revalorizar la masa acumulada de trabajo muerto, o sea que se trata de un proceso de progresión geométrica. Aunque interrumpido periódicamente por "crisis de desvalorización", éstas no logran que se vuelva al nivel anterior de acumulación del capital. En realidad, debido al aumento de productividad exigido por la competencia, el nivel de acumulación alcanzado antes de la crisis de desvalorización es alcanzado nuevamente en períodos cada vez más cortos.

El núcleo del problema reside en el hecho de que, gracias al aumento de productividad, se produce cada vez menos "valor" por producto y por capital empleado, ya que "valor" es un concepto relativo, medido por el respectivo nivel de productividad históricamente creciente del sistema capitalista al que se refiere. Esta tendencia inmanente a la crisis sólo puede ser compensada con la ampliación absoluta del modo de producción como tal, a fin de posibilitar una ulterior acumulación. En la medida en que el aumento de productividad debido a la aplicación de la ciencia supera en términos absolutos la ampliación del modo de producción, ese mecanismo de compensación empieza a fallar. Tal estadio fue alcanzado hoy por la sociedad mundial productora de mercancías. Lo que en el lenguaje de la sociología se denomina "crisis de la sociedad del trabajo", es, en última instancia, el límite histórico absoluto de la propia acumulación del capital. Todo el proceso social, de vida y de reproducción es prolongado de forma cada vez más penosa a través de sustancia-"trabajo" pasada y en vías de pérdida de validez.

Pero la fuente de la forma fetichista capitalista se agota por obra de su propio mecanismo interno. La contradicción fundamental de esta sociedad –que se basa en la transformación incesante de "trabajo" en dinero, aunque por su propio desarrollo haya llegado al punto en que es incapaz de movilizar, de forma rentable, "trabajo" suficiente dentro del patrón de productividad por ella creado– ya no se manifiesta sólo cíclicamente, sino de modo permanente y visible en la superficie, y se convierte en parálisis histórica. Y es aquí donde se hace evidente el absurdo del tradicional extremismo de izquierda, que niega una crisis terminal de la acumulación del capital, pues es incapaz de trascender el paradigma del "trabajo", y se aferra sobre esa base al concepto burgués de sujeto; para él, el capital tiene que ser capaz de "explotar" la fuerza de trabajo ad infinitum.

Esta cuestión hace explícita nuevamente la dependencia estructural y la impotencia de la "política", que no puede intervenir sobre los mecanismos básicos de funcionamiento del sistema. Cuando se seca la verdadera fuente del dinero, la esfera política desfallece, justamente porque no posee ningún medio propio de vida. Por un lado, se consume la riqueza histórica restante, y los retrasados históricos y los últimos en llegar son los primeros alcanzados por la crisis del sistema y lanzados a la ruina. Ya se vio en innumerables casos que ésta no puede ser contenida con medios estatales y políticos. Las "viejas" naciones del fetiche del capital pueden resistir durante más tiempo, en virtud de su mayor volumen histórico de sustancia, aunque también sean alcanzadas por los fenómenos de la decadencia. Como "sustancia" aparece a su vez el trabajo muerto, acumulado bajo la forma de dinero más o menos "sólido" y de reservas competitivas de capitales.

Por otro lado, tanto las economías en colapso como los países capitalistas centrales intentan prolongar la reproducción basada en la forma de la mercancía a través de la creación de "moneda sin sustancia" (crédito y consumo estatal, emisión de dinero). El crédito para ello, esto es, el acceso a una capitalización ficticia de "trabajo" futuro (mercados financieros internacionales, formas derivadas de capital monetario) es dado por el respectivo patrón de productividad. Pero tampoco las diversas formas de "capital ficticio" (Marx) pueden ser ya sustentadas cuando, del mecanismo básico de valorización de la fuerza de trabajo abstracta productiva de capital, deja de afluir la sustancia "real" suficiente. Incluso este problema es eludido por el viejo extremismo de izquierda, fijado en una acepción burguesa de "explotación" en el interior del sistema productor de mercancías. La "crisis financiera del Estado tributario" –ya discutida con la parcial desvinculación estructural del capital ficticio de la sustancia real del trabajo, surgida con la financiación de la Primera Guerra Mundial– entra hoy en una fase terminal, que fue considerada imposible por los politicistas de todas las tendencias. En la mayoría de los Estados de la actual sociedad mundial capitalista, la hiperinflación, el colapso de las finanzas estatales y el fin de la propia autonomía monetaria demuestran ya los límites de la capacidad de acción política en el interior del medio autónomo del dinero. Es sólo una cuestión de tiempo (de mediano o incluso de corto plazo) para que también en las supuestas "monedas estables" centrales se manifieste fenoménicamente la pérdida real de sustancia ya ocurrida y, así, el colapso del sistema financiero mundial.

Ya aquí se muestra que en la práctica la "crisis estructural de la sociedad del trabajo" conduce lógicamente –por medio de la pérdida de sustancia del dinero políticamente no influenciable– a la "crisis estructural de la política". La pérdida básica de funciones de la "economía" se reproduce como pérdida de funciones de la "política", que, en su propio terreno de acción estatal, está cada vez más estrangulada monetariamente. No le queda más remedio que aferrarse a su destino y seguir el curso turbulento o abiertamente catastrófico del trastorno de sus funciones básicas. De un modo banal, el debate político sobre la distribución de recursos se transforma en el debate sobre la restricción de recursos. Según sea la situación de la economía nacional en la crisis planetaria, se llega a la exclusión de sectores enteros o de parcelas enteras de la población. El Estado social se encoge o es liquidado, sectores estatales de infraestructura decaen, las medidas ecológicas son limitadas, la pretensión política de regulación se vuelve cada vez más débil y finalmente amenaza con extinguirse. En este punto, el parpadeo de las últimas luces de la vida política sigue al ciclo económico cada vez más débil, al que desde hace mucho se le superpone la crisis estructural de la valorización del dinero.

Tal como la crisis ecológica y la crisis del "trabajo" y de la valorización del dinero se solapan mutuamente y paralizan la "política", así también a ambas formas de crisis sistémica se superpone la globalización del capital, que rompe los moldes de las economías nacionales habituales, aboliendo más radicalmente aún el espacio de acción de la esfera de la política. Las mismas fuerzas productivas que destruyen estructuralmente, por dentro, el mecanismo funcional estructural del "trabajo" y de la valorización del dinero disuelven también, paso a paso, los moldes nacionales de la "economía" en todos los niveles. A la internacionalización y la globalización de los mercados financieros siguió la internacionalización y la globalización de la propia producción y, asimismo, la de los mercados de trabajo. Estamos cada vez menos ante una importación y exportación de mercancías y de capital entre las economías nacionales; antes bien, la importación y exportación de mercancías son tan sólo formas fenoménicas de un capital total que se globaliza directamente.

El Estado deja de ser el nexo funcional de una economía nacional coherente y su "capitalista colectivo ideal". Así como la pérdida de sustancia del dinero estrangula en el plano monetario la acción estatal y política, también esta última pierde la capacidad de controlar e influenciar la restante acumulación real del capital productivo; finalmente también se le escapa el propio movimiento del "capital ficticio". Acumulación real residual y "capital ficticio": ambos buscan refugio en la "tierra de nadie" estructural (G. Reimann) de los mercados, que actúan fuera de los marcos de las economías nacionales, a pesar de que formalmente todo sea territorio de una nación. El Estado se vuelve rehén de la "cuestión coyuntural" y de los movimientos financieros y especulativos internacionales. Esta pérdida de control, que apenas puede ser disimulada con dificultad, entorpece y debilita los últimos músculos de la "política". El cielo político se viene abajo también en el sentido de que desaparece la distinción clara entre política externa e interna. Ya no hay más "exterior" e "interior" en términos de economía nacional, lo que desorienta a la política, ya que ella es incapaz por naturaleza de seguir esta inversión del sistema de referencias.
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