Tesis sobre la crisis del sistema de regulación de la forma de la mercancía




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5.

La crisis de todo el sistema político y económico, que alcanzó sus límites históricos, se extiende más allá de las esferas funcionales visibles, hasta las profundidades de la "privacidad" –no sólo en el sentido de que crecen el desempleo estructural en masa, la nueva pobreza y la pérdida de rumbo político, sino también como decadencia de la propia forma del sujeto. Hoy es difícil reconocer esto, así como la crisis en general y su concepto, porque la crítica social ("de izquierda") fue incapaz hasta ahora de pensar por encima de la forma de la mercancía, debido al simple hecho de que confundió la progresiva formación y "revelación" del sujeto bajo la forma de la mercancía con su decadencia. Una auténtica paradoja. De modo que ahora ya no logra descifrar históricamente la efectiva crisis terminal y la efectiva ruina del sujeto, sino que tan sólo descubre en ésta lo ya conocido, o sea, el eterno retorno de un capitalismo siempre igual.

Esta observación vale también para la más avanzada (y en muchos aspectos trascendente ya al sistema) teoría de izquierda de Horkheimer y sobre todo de Adorno. La reducción decisiva y fechada de esta concepción puede resumirse así: el proceso en el que el individuo, el sujeto bajo la forma de la mercancía, se vuelve idéntico a sí mismo fue confundido con su progresiva decadencia, pues el ascenso del sistema productor de mercancías fue confundido con su decadencia. El punto culminante, o sea, el punto de una superación considerada como "perdida" o fracasada habría de ser señalado entonces, erróneamente, en algún punto de la curva ascendente de la modernización, en verdad aún no concluida, fuese 1848 o 1918 (o en cualquier punto intermedio), en vez de concebir el nivel sólo hoy alcanzado (que para Adorno y Horkheimer era todavía futuro) de la socialización mundial negativa, de las fuerzas productivas, de la forma de la crisis y de la crisis del sujeto como tal cima, después de la cual el sistema productor de mercancías de la modernidad, o bien será superado (lo que sólo ahora es posible), o bien se precipitará al abismo.

Lo que en Adorno era todavía una tragedia teórica se transforma en muchos adornianos –y gestores del expolio de la Teoría Crítica– en farsa teórica. Adorno aún pudo, en lo relativo a la superación supuestamente negativa, estatal y "falsa" del capital, lanzar su "mensaje en la botella"; sin embargo, no existe mensaje en la botella de un mensaje en la botella. Toda actividad práctica y teórica de una crítica social que ya no alega para sí una razón histórica específica y sólo puede desembocar en una elaborada imprecación pública, es superflua como una papada, representando así poco más que un escapismo intelectual. Si, según propia confesión, todo se halla sustancialmente dicho desde hace mucho tiempo, entonces insistir en la conversación se vuelve sospechoso y tal vez más íntimamente familiar a la ideología criticada de lo que nunca se aceptará. El "politicismo negativo" seudorradical –por así decir, la resignación radicalizada (que incluso se enorgullece de su pretendido "realismo negativo")– es sólo complementario del "politicismo y el realismo positivos", de la manera como éstos se constituirán desde los socialistas académicos de izquierda, pasando por el ala izquierda de la socialdemocracia, hasta llegar a los miembros del Partido Verde que integran el mainstream de izquierdistas y ex izquierdistas. Los restos actuales del radicalismo adorniano de izquierda (además de otros) no se reconocen a sí mismos: no analizaron su propia situación histórica, ya que, con su instrumental teórico vuelto obtuso, no son capaces de tomar conocimiento siquiera del sistema productor de mercancías en las últimas décadas.

La fallida superación teórica de la forma de la mercancía social se revela también en Adorno por el hecho de que él (aunque no inequívocamente) no encuentra su referencia positiva en la superación explícita de la forma de la mercancía como tal, sino en una imagen utópica o hasta ideológica del pasado, en el agente de la circulación (más o menos secretamente idealizado) con la subjetividad enfática de la antigua burguesía culta; y, por tanto, en una "razón circulante" idealizada y en una falsa hipostatización de la democracia. Es desde la Revolución Francesa que la izquierda se arrastra detrás de ese concepto ideológico de la democracia, en el que la lógica de la circulación de las mercancías aparece como arquetipo de la comunicación discursiva en la esfera de la política. En última instancia, se trata del reino "ideal" de la producción total de mercancías, reducido a circulación, en vez de a su vil realidad. Digámoslo abiertamente y en contra de su sacralización por la izquierda radical: "en última instancia", Adorno permanece como un demócrata radical burgués, aferrado a un equivocado concepto de razón derivado de la esfera de la circulación, que no va más allá de la forma de la mercancía con coherencia (aunque va más lejos que la mayoría de sus posteriores discípulos). Habermas no "traicionó" el nivel de reflexión adorniano, sino que más bien, con su "razón comunicativa" (de la que la forma de la mercancía es claramente la raíz), lo puso de manifiesto, con formulaciones menos crípticas que las de Adorno. De esta manera no se supera históricamente la mortífera "abstracción real".

Este dilema básico de Adorno y de los adornianos trae consigo otros dos. Primero, la individualidad y la subjetividad burguesas no son criticadas en cuanto fetichistas, sino que su evolución histórica es medida por su ideal falso e ideologizado. De ahí deriva aquella confusión entre "coincidir con el propio concepto" y decadencia, donde incluso el concepto de "decadencia" deriva ya de aquel patrón ideológico. En vez de llegar a la crítica del carácter fetichista de la subjetividad en cuanto tal, a partir del análisis del desarrollo histórico del sujeto, se quedan en la lamentación de las posibilidades perdidas del sujeto, concebido de modo enfático e ideológico. La célebre falta de vergüenza de decir "yo" [alusión a una frase de Adorno en Minima Moralia, § 29 – N.T. port.] forma parte de la estructura del yo deducida de la forma de la mercancía en general, y no sólo de su "ocaso", como se concibe erróneamente aquello que en verdad es el histórico "coincidir con el propio concepto" de este "yo" fetichista.

En segundo lugar, la razón de la supuesta decadencia es fundamentalmente malinterpretada. Como el falso concepto enfático del sujeto está ligado a la circulación, el desarrollo real aparece como creciente sujeción de la esfera de la circulación al estatismo y, por tanto, a la esfera política. Justamente por eso la Teoría Crítica se adapta tan perfectamente al énfasis politicista de la historia del ascenso capitalista hasta mediados del siglo XX (deslices "economicistas" ocasionales no invalidan esta tendencia básica de la Teoría Crítica). La diferencia en relación a los otros politicismos de izquierda y de derecha reside únicamente en el carácter negativo del politicismo adorniano; junto al reino idealizado de la circulación, la también idealizada "democracia discursiva", en cuanto estructura política, es concebida como dominada e invalidada precisamente por obra del presunto dominio estatal sobre la circulación, ¡que llega a su "supresión"! (Una nueva muestra de este análisis "democrático" superficial, recibida con júbilo por los radicales de izquierda, se puede encontrar en Agnoli).

Como ya fue dicho, tal error teórico en estos autores es comprensible históricamente a la luz del impacto del nacional-socialismo (y también de la Unión Soviética estalinista); pero el desarrollo de posguerra desmintió rápidamente este paradigma. Bajo las alas de la pax americana, estamos ahora frente al triunfo de la circulación (competencia) y de la democracia, que se precipitan desde su apogeo rumbo a la crisis histórica terminal de la forma de la mercancía social. No es de asombrar que una teoría ideológica (desde hace mucho tiempo banalizada, en comparación con la de Adorno) que mantiene el concepto de un predominio estatal latente o manifiesto sobre la circulación y la democracia, y que ve alejarse cada vez más su falso objetivo idealizado, ya no sea capaz de explicar esta realidad. De la misma manera que no deja de suspirar por las posibilidades del sujeto, en vez de criticarlo radicalmente en su carácter fetichista, así también se preocupa por la "razón circulante" y la democracia, en vez de someterlas a una crítica radical como elementos de la constitución basada en la forma de la mercancía.

Si, de este modo, no podemos descifrar los límites históricos absolutos del sistema productor de mercancías en el plano de la ecología, de la "sociedad del trabajo" (acumulación de capital) y de la globalización (disolución de las economías nacionales cohesionadas), tampoco somos capaces de descifrar la verdadera crisis del sujeto, que sólo se torna patente con la crisis de la propia forma de la mercancía. Esta crisis se manifiesta, por un lado, como crisis del sujeto político, pues la función reguladora de la "política" comienza a agotarse, y de ahí como crisis y decadencia de la "esfera pública burguesa"; por otro lado, ella aparece también en el reverso oscuro del sujeto, a saber, en los aposentos ocultos e íntimos de la "privacidad" en la forma de la mercancía. No es por casualidad que la identidad de la crisis de la "esfera pública" y de la "privada" asuma la forma de una crisis fundamental de la relación entre los sexos. Del mismo modo que los otros supuestos hasta ahora tácitos y obvios del sistema productor de mercancías, como la naturaleza biológica, el "trabajo" y la nación, también el supuesto de la "feminidad" comienza a emitir sonidos estridentes de trastorno, a causa del desarrollo del sistema.

Tales supuestos, claro está, nunca fueron absolutamente tácitos, pues la contradicción interna del sistema productor de mercancías estaba siempre presente. Pero cum grano salis se puede hablar de supuestos tácitos, en la medida en que la formación del "trabajo" y de la nación, así como la domesticación de la mujer y de la naturaleza (por lo demás, ideológicamente equiparadas) provocadas por la forma de la mercancía, sólo hoy se vuelven en gran medida insostenibles y empiezan a perder el fundamento de su "obviedad" construida a lo largo de los siglos. En lo concerniente a la relación entre los sexos, se pone en evidencia el carácter "estructuralmente masculino" de la subjetividad en la forma de la mercancía. A pesar de que Horkheimer y Adorno, en la Dialéctica de la Ilustración, tocan este punto (aunque una vez más en formulaciones crípticas), no logran en última instancia ir más allá de la "masculinidad" construida bajo la forma de la mercancía, precisamente porque no van más allá del concepto fetichista del sujeto y de la "razón circulante". No es sorprendente que los actuales adornianos de extrema izquierda ignoren por completo los tramos críticos correspondientes de su maestro y poco tengan que decir, en términos teóricos, sobre la crisis manifiesta de la relación entre los sexos –lo que también se revela en una relación un tanto desdeñosa para con el feminismo (ya que prefieren aprender la dura realidad con los guantes puestos). La teoría feminista, por el contrario, cuando se refiere a Adorno y Horkheimer, percibe muy bien este problema.

No es nada extraño que la "razón circulante" y las conexas esferas "pública" y "privada" se muestren estructuralmente masculinas, desmintiendo su carácter abstracto, universal y aparentemente asexuado. En el sentido histórico y estructural, la universalidad abstracta sólo lo es, de verdad, como contexto de vida masculino. El sujeto masculino de la mercancía es privado en cuanto sujeto circulante del dinero, que persigue sus intereses monetarios; y "público" como sujeto político, que se refiere discursivamente a los "asuntos generales". Pero, por detrás de esa fachada de lo "público" y de lo "privado" estructuralmente masculina, se abre un espacio completamente diferente, en el cual todos los momentos de la reproducción no aprehensibles bajo la forma de la mercancía son "separados" (Roswitha Scholz). Este espacio aparece como potencia completamente diversa de lo "privado", y se sitúa más allá de la "esfera privada" del sujeto monetario masculino. "Esfera privada I" es la esfera interior al contexto de vida masculino; "esfera privada II", la esfera posterior del espacio sereno y acolchado de la "feminidad", más allá de la competencia y de la esfera política. Desde la perspectiva del contexto de vida femenino, que está circunscrito a este espacio de la "esfera privada II", la "esfera privada I" de los hombres y la esfera política aparecen, inversamente, como lo "externo"; ambos son "esfera pública", en oposición al rincón privado sexuado del que "la mujer" es responsable.

La emancipación de la mujer en términos burgueses y en la forma de la mercancía, de la manera en que ocurrió en las dos últimas décadas, no desmiente esa relación básica, sino que más bien la hace patente, la pone en crisis y se revela, así, como momento central de la propia crisis. Una vez más, las mismas fuerzas productivas que, en su forma determinada por la forma de la mercancía, destruyen los fundamentos naturales, suprimen el "trabajo" como sustancia de la acumulación del capital y disuelven la cohesión de las economías nacionales, destruyen también la relación entre los sexos centrada en la forma de la mercancía, en la medida en que conducen al distanciamiento del papel femenino, a la actividad remunerada para las mujeres y a la "masculinización estructural" de la "identidad" femenina. De tal modo, involuntariamente, se arranca una piedra decisiva a la constitución en la forma de la mercancía, lamentándose irracionalmente tal éxito como "decadencia de la familia", de la educación, etc. La función hasta ahora en gran parte tácita y separada de la "esfera privada II" deja de funcionar. En este punto, es indiferente si las mujeres se concentran como los hombres, igualmente ávidas de "yo" y listas para la competencia, alrededor de la "esfera privada I", hacia la cual afluyen en cantidad cada vez mayor, o si "sólo" se doblan bajo la doble carga, en suma, bajo la contradicción estructural de una existencia duplicada en la "esfera privada I" y en la "esfera privada II". El resultado es el mismo: el espacio separado de reposo y apoyo "detrás" de la competencia económica y política se desmorona en ruinas.

La política puede actuar sobre este plano de la crisis tan poco o menos que sobre los mecanismos funcionales económicos. La emancipación de la mujer por la vía de la forma de la mercancía no resuelve el concepto ideal de la igualdad circulante, pero hace explícita su contradicción fundamental como crisis sistémica. La disolución en parte ya manifiesta del contexto de vida femenino pone indirectamente en cuestión el contexto conjunto de la "esfera pública" estructuralmente masculina, tanto en la esfera económica como en la política. Por eso, no es sólo combatida por los representantes del sistema de manera abierta o vacilante, y no choca únicamente con la línea de resistencia de un comportamiento diario masculino cada vez más brutal, sino que tampoco cuenta con ningún favor por parte de algunos adornianos tardíos de la extrema izquierda. Un proyecto teórico que se mantiene adherido a la "razón circulante" tiene que aferrarse también a su carácter estructuralmente masculino. Es otro punto en que el seudorradicalismo tentacular no llega a la crítica radical de la forma de la mercancía y de su dominio estructural masculino, pero sí a la queja nostálgica de la familia burguesa ideal (como ya enseñaba el apóstata "izquierdista" Claus Leggewie: son también perfectamente posibles, desde esa perspectiva, variantes de izquierda de tinte ideológico "radical"). La imagen un tanto melíflua y distorsionada de la madre, como surge esporádicamente en Horkheimer y Adorno, señala en esa dirección. En la hora H, se corre el riesgo de que los adornianos de extrema izquierda (y quizás incluso algunas adornianas decididamente no-feministas) se revelen no sólo como demócratas mediocres, sino también como mediocres "hombrecitos" y "mujercitas", y la "conciliación con la naturaleza" podría, al fin, encontrar cobijo –a título de biologismo sexualmente fetichista– en la elegante sala de estar de una Teoría Crítica no superada, prolongada más allá de su tiempo.

Los nietos de la Teoría Crítica, así como el resto de la izquierda, no logran trascender su "estar a la izquierda" inmanente al sistema y terminan proclamando cada vez más, ante la crisis (negada) del sistema y su evolución, el peligro de la disolución de la democracia en un nuevo fascismo o en una nueva forma de "dominación total". Ni dejan de proponer, como de costumbre, la versión adorniana del "mal menor": defensa de la "razón circulante" y de la democracia contra el supuesto totalitarismo inminente, en vez de hacer frente a la democracia y a la forma de la mercancía en cuanto tales. El "politicismo negativo" podrá invertirse fácilmente en positivo y alinearse en el "frente unido de todos los demócratas". También en este sentido la tragedia del original retorna como la farsa de la copia. De tal modo, se comprueba definitivamente la ausencia de historia en este pensamiento adelantado de "izquierda", que se agota en principios dualistas eternamente recurrentes, incapaz de establecer una relación adecuada entre estructura e historia.

La "dominación total" fue un estadio preparatorio de la democracia y no su contrario, en una constelación histórica destinada a regresar. No será de nuevo la "política" la que efectuará un presunto control sobre la "economía" o una presunta suspensión totalitaria de la circulación, sino precisamente lo contrario: estamos ante el fin catastrófico de la política. La pérdida progresiva de la capacidad de regulación política indica la extinción de la capacidad de reproducción económica, social y de "los géneros" del sistema productor de mercancías. En su fin histórico no está la renovación de la "dominación total", como retorno de una forma pasada del ascenso, sino antes bien la descomposición, después de la barbarie secundaria, de la civilización basada en la dominación. La guerra caótica entre bandas y la efímera "economía de pillaje" en las regiones perdedoras del planeta son premonitorias de una forma diferente de barbarie, diversa a la que era inherente a la dominación civilizada. Los ropajes de esta última no le sirven de parámetro. A pesar de que desde el legítimo punto de vista del sentimiento moral inmediato las atrocidades no difieran entre sí, se trata con todo de algo distinto, en el contexto de la economificación y la estatización y en el de la inconsciente eliminación de la economía y del Estado. Teóricamente, no se puede decir nada más de esta última, pues no existe un cuadro social de referencia para ello.

Justamente por eso, sin embargo, no es el antifascismo lo que está en el orden del día, producto o no de la reflexión adorniana, sino la crítica radical de la democracia de la economía de mercado. No hay una "razón circulante" para defender, puesto que ella misma se convierte en barbarie, y esto en un sentido teórico más profundo y coherente que el señalado en la Dialéctica de la Ilustración. Es por eso que la violencia de las bandas no se contrapone a la democracia, sino que se mezcla con las acciones del aparato democrático, mientras que el escenario abierto de la "política" se transforma en el teatro posmoderno de la simulación. Tanto Berlusconi como Reagan, Collor de Mello o Tapie no son los heraldos, ni mucho menos los portadores de una nueva ofensiva totalitaria, sino un fenómeno "pospolítico", como constataran con razón Paul Virilio y otros. El totalitarismo sustancial de la modernidad es el de la forma de la mercancía y, por tanto, el de la propia democracia. Luego, el fin de la civilización en la forma de la mercancía y de ahí el fin de la "política" son efectivamente la "superación falsa y negativa" del sistema, aunque en modo alguno estatista. Así que, al fin, Adorno tiene parcialmente razón, aunque en un sentido completamente diferente del que pretenden sus nietos teóricos.

 




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