Traducción del inglés de Fernando Mora y David González Raga




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La fuente de la sensación visceral


La capacidad de percibir este tipo de sensaciones subjetivas tiene un origen evolutivo. Las regiones cerebrales implicadas en las sensaciones viscerales son mucho más antiguas que las delgadas capas del neocórtex, el centro del pensamiento racional que se halla situado en la parte superior del cerebro. Los presentimientos, por su parte, se asientan en una región mucho más profunda, en los centros emocionales que rodean el tallo cerebral y, más en particular, en la anatomía y ramificaciones nerviosas de una estructura en forma de almendra denominada "amígdala". Esta red de conexiones —a la que a veces se la conoce con el nombre de "amígdala extendida"— llega hasta el centro ejecutivo del cerebro situado en los lóbulos prefrontales.

El cerebro almacena los diferentes aspectos de una experiencia en distintas regiones cerebrales (la fuente de la memoria está codificada en una zona, las imágenes en otra, los sonidos en una tercera etcétera) y la amígdala, por su parte, es el lugar en el que se almacenan las emociones que nos suscita una determinada experiencia. De este modo, toda experiencia que haya despertado en nosotros una determinada reacción emocional —por más sutil que ésta sea— parece quedar codificada en la amígdala.

Así pues, en tanto que almacén de todos los sentimientos ligados a nuestras experiencias, la amígdala nos bombardea de continuo con este tipo de información, de modo que, siempre que aparezca alguna preferencia —ya sea la de pedir risotto en lugar de lubina o la sensación de que debemos renunciar a participar en un negocio—, nos hallamos invariablemente ante un mensaje de la amígdala. Del mismo modo, los circuitos nerviosos ligados a la amígdala —especialmente los nervios conectados con las visceras— nos proporcionan una respuesta somática —una "sensación visceral"— de la decisión que debemos tomar.

Como ocurre con el resto de elementos de la inteligencia emocional, esta capacidad va consolidándose a medida que acumulamos nuevas experiencias. Como decía un empresario de éxito que participaba en una investigación realizada en la Universidad de California del Sur: «Hay personas que tienen esa sensación cenestésica... Y creo que los jóvenes tienen menos intuiciones que los adultos debido a su menor acumulo de experiencias... Es como si su estómago les dijera algo y se produjese una reacción química en el cuerpo, espoleada por la mente, que tensase los músculos de la región abdominal, como si su estómago dijera: "Hummm, esto no me parece bien"».

La expresión clásicamente utilizada para referirse a este tipo de sensibilidad que nos orienta es la de sabiduría y, como podremos comprobar, la gente que ignora o desdeña los mensajes procedentes de este almacén vital suele terminar lamentándolo.

El abogado que no podía tomar decisiones


Antonio Damasio, neurólogo de la Universidad de Iowa, tuvo un paciente que era un brillante abogado al que hacía pocos años se le había diagnosticado un pequeño tumor en los lóbulos prefrontales. La intervención quirúrgica destinada a solucionar el problema resulto todo un éxito, salvo que el cirujano seccionó accidentalmente las conexiones nerviosas que conectaban los lóbulos prefrontales con la amígdala, un hecho cuyas consecuencias fueron tan sorprendentes como trágicas porque, si bien no parecía experimentar ninguna deficiencia cognitiva, no sólo era incapaz de seguir desempeñado su trabajo sino que acabó abandonándolo, divorciándose e incluso perdiendo su casa.

En un determinado momento, el abogado solicitó la ayuda de Damasio, que se quedó desconcertado al descubrir que, según los primeros exámenes neurológicos realizados, todo parecía perfectamente normal. Pero cierto día se dio cuenta de que, al formular al paciente la sencilla pregunta: «¿cuándo tendremos nuestra próxima cita?», su paciente se perdía en todo lujo de detalles acerca de los pros y contras que tenía cada una de las posibles horas en que podían concertar la cita durante las dos próximas semanas, sin poder llegar a decidir cuál sería el momento más adecuado.

Entonces fue cuando Damasio se percató del verdadero problema de su paciente, que no parecía tener sensación alguna de sus pensamientos y, en consecuencia, carecía de preferencias al respecto. La conclusión que extrajo Damasio de este hecho fue que nuestras mentes no están organizadas como un ordenador que pueda brindarnos una pulcra copia impresa de los argumentos racionales a favor y en contra de una determinada decisión, basándose en todas las ocasiones anteriores en que hayamos tenido que afrontar una situación similar. En lugar de ello, la mente hace algo mucho más elegante, calibrar el poso emocional que han dejado las experiencias previas y darnos una respuesta en forma de presentimiento o de sensación visceral.

Esta sensación acerca de lo que es correcto y de lo que es incorrecto—una sensación, por otra parte, arraigada en lo más profundo de nuestro cuerpo— forma parte del continuo trasfondo de sentimientos que impregnan nuestra vida. Porque, del mismo modo que hay una corriente continua de pensamientos, también existe una corriente continua de sentimientos. La noción de que existe un "pensamiento puro", es decir, una racionalidad ajena a los sentimientos, no es más que una ficción, una ilusión basada en nuestra falta de atención hacia los estados de ánimo sutiles que nos acompañan a lo largo de toda la jornada. El pensamiento y el sentimiento se hallan inextricablemente unidos y, en consecuencia, albergamos sentimientos sobre todo lo que hacemos, pensamos, imaginamos o recordamos.

Pero aunque este sustrato emocional sea muy sutil, no debemos concluir por ello que carece de importancia. Con ello no estoy diciendo, obviamente, que debamos sopesar los hechos atendiendo exclusivamente a los sentimientos, sino tan sólo que debemos tenerlos en cuenta. La conexión con nuestros sentimientos nos proporciona una información esencial que puede resultar vital para navegar adecuadamente a través de la vida. Esta sensación de "corrección" o "incorrección" es capaz de indicarnos si lo que estamos haciendo se ajusta o no a nuestras preferencias, a los valores que nos guían y a nuestra sabiduría vital.
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