La crisis que estamos padeciendo?




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Sal Terrae 97 (2009) 521-551

¿Qué revela de nosotros

la crisis que estamos padeciendo?

Pedro José Gómez Serrano*


«El problema no son los ricos,

sino la cantidad de candidatos»1.
En la experiencia humana es fácil constatar cómo los momentos difíciles sacan de nosotros lo mejor y lo peor. Las adversidades de la vida ponen a prueba la calidad de las amistades, de las relaciones de pareja, de los vínculos familiares, del compañerismo..., pero también la solidez de nuestros valores y la mayor o menor distancia que existe entre aquellos que proclamamos públicamente y aquellos que se encuentran efectivamente enraizados en nuestra personalidad. Los periodos de crisis constituyen una especie de «prueba del algodón» con respecto a nuestra autenticidad, y fácilmente «nos ponen al desnudo». Por eso puede ser bueno que, cuando el paso del tiempo ha permitido captar y divulgar las principales causas inmediatas de la crisis internacional, nos preguntemos como creyentes qué revela este acontecimiento del mundo en el que vivimos y de nuestra participación en su dinámica.

Como si de una cebolla se tratara, que en su superficie muestra los fenómenos económicos de todos conocidos y en los que no vamos a detenernos ahora2, procederemos a ir observando –con una mirada que desea ser evangélica– las sucesivas capas de la crisis, considerándolas una oportunidad reveladora de la configuración profunda de la sociedad actual y una llamada posible a la conversión. Al tiempo, sensibles a la tragedia en la que viven en estos momentos tantos de nuestros hermanos, no estaría de más que la sencilla «autopsia de la cebolla» que vamos a efectuar generara en nosotros –como ocurre habitualmente en la cocina– las lágrimas que todo sufrimiento debería causar en quienes tienen un corazón humano y el deseo de hacer todo lo posible para que las cosas cambien.

Lo que la crisis revela tiene, a mi modesto entender, dos dimensiones claramente diferenciables: la que podríamos identificar como los «fallos técnicos en el mecanismo económico» y la que se refiere a los «fallos humanos». Ambas dimensiones remiten a la necesidad de cambiar o convertir profundamente tanto al «sistema» como al «sujeto». No olvidemos que el progreso o retroceso del Reino de Dios afecta dialécticamente a los dos planos: el personal y el estructural3. Y una precisión introductoria final: puesto que he querido multiplicar las aproximaciones a la crisis, el desarrollo de cada una de ellas tendrá que ser prácticamente telegráfico. El artículo viene a ser algo así como un guión para hacer un examen de conciencia, que reclama del lector un diálogo activo en el caso de que se sienta vitalmente implicado por la –amable– provocación.

En concreto, nos vamos a ir preguntando, progresivamente, por lo que los recientes acontecimientos nos enseñan del funcionamiento del mundo de las finanzas, del código genético del sistema económico capitalista, de los valores dominantes en la cultura actual, de algunas tendencias inscritas en la naturaleza humana y de la relevancia de la fe para afrontar con lucidez, solidaridad y esperanza el desafío actual.

1. Lo que la crisis revela del sistema financiero
Para los profanos en el campo de la economía me parece oportuno iniciar esta reflexión señalando la necesidad que tiene cualquier país de disponer de un sistema financiero ágil, eficiente y seguro para impulsar el desarrollo económico. La función esencial del sistema financiero consiste en canalizar los recursos de las personas o entidades que en un determinado momento tienen ahorro, hacia aquellas que no lo tienen pero que necesitan recursos para llevar a cabo inversiones productivas o ciertas actividades de consumo que reclaman más fondos de los que poseen en ese momento. De este modo, quienes ahorran obtienen cierta «recompensa» por no consumir todo lo que ganaron y ponerlo a disposición de quienes lo necesitan en forma de intereses, y quienes usan el ahorro pueden acometer proyectos que impulsen la actividad económica y que no habrían podido afrontar con sus propios fondos. La diferencia entre lo que los bancos pagan a los ahorradores por sus depósitos (tipo de interés pasivo) y lo que cobran a los clientes a quienes conceden préstamos (tipo de interés activo) se denomina «margen de intermediación» (los bancos hacen de intermediarios entre ahorradores e inversores o consumidores), que es el grueso de los ingresos de las entidades financieras. Cuando el sistema financiero de un país funciona bien, los ahorradores tienen sus ahorros asegurados y obtienen una remuneración por ellos, y los recursos del país se dedican a aquellas actividades potencialmente más rentables.

Ahora bien, la crisis actual ha puesto de relieve que a los sistemas financieros les amenazan diversas dolencias que conducen reiteradamente al desastre. No olvidemos que desde el siglo XVII, cuando en los Países Bajos se produjo la «crisis de los tulipanes» –una burbuja financiera que permitió que se pagaran 100.000 florines por 40 bulbos, en la insensata creencia de que los precios de esta planta aumentarían indefinidamente–, este fenómeno se ha repetido de forma recurrente4. A mediados del siglo XIX, el estallido de otra burbuja inmobiliaria redujo los precios de las casas de Madrid al 50%. Mas recientemente, el crac del 29, la gran depresión de los años 30, las quiebras posteriores a la denominada crisis del petróleo, la crisis de la deuda externa de los países subdesarrollados en los años 80, las crisis financieras de las economías emergentes a finales del siglo pasado y comienzos de éste o el desplome bursátil en los Estados Unidos de las empresas «punto com» (de nuevas tecnologías de la informática y las telecomunicaciones), que se produjo por las mismas fechas, han mostrado claramente la vulnerabilidad intrínseca del sistema financiero.

Y, como todos hemos podido comprobar, la quiebra de los bancos y otras empresas afines tiene consecuencias de enorme alcance para el conjunto de la economía. Por una parte, porque los bancos no operan prestando su dinero (que es utilizado para poner en marcha el negocio y crear los establecimientos, oficinas, equipos y fondos necesarios para su funcionamiento), sino «el dinero de los otros»5. De tal modo que la quiebra de cualquier banco arrastra en su caída a miles de ahorradores y empresas, así como a otras entidades financieras con las que forma una tupida red de interdependencias. El fenómeno tiende a realimentarse en un efecto de «bola de nieve» que va contaminando cada vez a más entidades. Y, en la época de la globalización, la «epidemia» traspasa fácilmente las fronteras nacionales, como hemos tenido ocasión de observar recientemente. Pero, por otra parte, a ello hay que añadir que toda la actividad bancaria se asienta sobre la confianza de todos los agentes involucrados en ella, ya que, si el miedo hiciera reclamar sus depósitos a todos los clientes de un banco, éste quebraría irremediablemente, porque, como es natural, no tendría esos recursos en sus cajas fuertes, ya que su misión es, precisamente, prestárselos a quienes los necesitan para que lleven a acabo alguna actividad económica. De tal modo que el pánico financiero puede acabar con el banco más sólido y saneado y, si se extiende, destrozar la economía de un país que, sin el lubricante del «crédito», se colapsaría sin remedio.

¿Qué defectos del sistema financiero ha revelado esta crisis? Podemos enumerar varios someramente:

 En primer lugar, se observa que, cuando los tipos de interés son demasiado bajos –algo que los gobiernos persiguen para «alimentar» la inversión y el consumo, que son las fuentes del crecimiento económico y de la generación de empleo–, los ahorradores –que ven que los bancos no les dan nada por su dinero– tienden a buscar instancias alternativas donde colocar sus recursos, aunque resulten más arriesgadas, ya sea invirtiendo en bolsa, en viviendas o en nuevos instrumentos financieros (opciones, futuros, etc.) que, por falta de espacio, no puedo describir aquí.

 Del mismo modo, el bajo precio del dinero –que abarata el coste de los créditos– alienta a los bancos a concederlos con poca prudencia y a recomendar a sus clientes que realicen operaciones de inversión más arriesgadas en las que pueden entrar ellos mismos como participantes. Ni que decir tiene que la entrada masiva de compradores en operaciones de riesgo dispara la cotización de estos productos, ya sean las acciones de Telefónica o los pisos en Alcorcón (pongamos aquí el equivalente americano sin que varíe el argumento).

 Peor aún, en este tipo de «negocios redondos» entran empresas y particulares que no tienen liquidez, pidiendo prestado a los bancos a bajo interés, esperando ganar mucho en poco tiempo. Esto es lo que los economistas denominan «apalancamiento», porque, al igual que con una palanca, se pueden elevar grandes pesos con poca fuerza, en la economía con pocos recursos propios alguien puede participar en operaciones muy cuantiosas que, además, tengan un alto riesgo.

 Lo razonable sería que, teniendo en cuenta la particular naturaleza del ámbito financiero y los riesgos inherentes a este tipo de actividades, los gobiernos realizaran una rigurosa labor de vigilancia que garantizara la seguridad de las operaciones y la solvencia de las entidades. Pero lo cierto es que, en esta crisis, se ha producido una negligencia generalizada: los bancos concedieron créditos hipotecarios muy arriesgados (los conocidos como NINJAS)6; trasladaron a otros bancos unos paquetes opacos de hipotecas de difícil cobro; las empresas encargadas de valorar esas operaciones lo hicieron a la ligera; los legisladores relajaron los criterios de valoración contable; y los gobiernos y los bancos centrales fueron notablemente permisivos, porque esta situación favorecía el crecimiento económico y porque la continua «innovación financiera» va más rápida que el desarrollo de mecanismos para controlarla.

 Finalmente, este comportamiento condujo a que el ahorro prefiriera ir al circuito financiero o inmobiliario, en lugar de fortalecer el aparato productivo (la economía «real», como señalan los periodistas). La especulación permitía hacer ganancias rápidas. Por poner un ejemplo: entre 1995 y 2005, el precio de la vivienda en USA aumentó un 10% cada año, el doble del nivel de los beneficios de las empresas no financieras, que se situó en un 5%7.

A la postre, la financiarización de la economía y el auge de la especulación conllevan dos problemas serios de «riesgo moral». El primero es que los gobiernos no pueden permitirse que las entidades financieras quiebren, por el peligro global que ello comporta; pero si transmiten la idea de que salvarán a los bancos cuando éstos se encuentren en situación de riesgo, estarán enviando estímulos a sus directivos para que actúen con poca prudencia, porque, si les salen bien sus operaciones, ganan ellos, y si les salen mal, el Estado les sacará del precipicio. El segundo problema ético para los gobiernos radica en que quienes participan en el mercado financiero son unos (parte de las clases altas y medias), pero quienes acaban resultando perjudicados principalmente por esta dinámica son otros: las clases medias y bajas, que dependen en mayor medida de los servicios públicos. Los tres billones de dólares que, hasta ahora, han comprometido los gobiernos de los países desarrollados para salvar el sistema financiero internacional no irán a parar a otros usos socialmente más necesarios. Por no hablar de la Ayuda al Desarrollo, que se reducirá por tercer año consecutivo y que no asciende a la treintava parte de esa cantidad, a pesar de que el desafío de la pobreza mundial deja pálido el problema económico del Norte. Y, como estamos viendo, la contracción del crédito no afecta ahora sólo a los especuladores, sino al conjunto de empresas y trabajadores autónomos que nada tuvieron que ver con el fenómeno, o a países que se han visto contaminados por este nuevo tipo de «gripe económica» sin responsabilidad alguna en su génesis. De donde se deduce la necesidad de reformar profundamente los organismos reguladores internacionales, buscar respuestas coordinadas a esta situación y supervisar de un modo mucho más riguroso el conjunto del sistema financiero, para que esté al servicio de las necesidades más sanas de la economía.

2. Lo que la crisis revela del sistema capitalista
La magnitud de la crisis ha puesto en circulación de los medios de comunicación social expresiones que habrían resultado impensables hace sólo un par de años. Así, el presidente francés, Nicolás Sarkozy hablaba hace pocos meses nada menos que de «refundar el sistema capitalista»8; y otros, más audaces, se han preguntado si nos encontrábamos ante una crisis en el sistema o ante una crisis del sistema9. ¿Qué cabe decir al respecto?

Lo primero es señalar que la crisis ha venido a recordarnos abruptamente algunas tendencias profundas del sistema económico en el que «vivimos, nos movemos y existimos». El capitalismo ha demostrado ser un sistema enormemente poderoso en cuanto a la capacidad de promover el crecimiento económico, ampliar el número de bienes y servicios disponibles, estimular el uso eficiente de los recursos, adaptarse a cambios sociales y económicos de todo género con gran flexibilidad, potenciar la innovación científica y su aplicación al campo de la producción, el intercambio y el consumo. La combinación entre la propiedad privada de los medios de producción (que otorga a sus titulares el derecho a organizar la actividad económica y a retener los resultados –positivos o negativos– de la misma), las relaciones sociales de producción de corte salarial (en las que el trabajador vende su fuerza de trabajo a cambio de una retribución pactada de antemano), la búsqueda del mayor beneficio como motor de la actividad económica (que depende sobre todo de las reglas del juego, y no tanto de la mayor o menor avaricia de los empresarios) y la utilización de la competencia en el mercado como modo de regulación fundamental de la actividad económica han demostrado ser capaces de alentar y coordinar multitud de iniciativas y esfuerzos económicos individuales y colectivos cuyo resultado, en los países desarrollados, ha sido un enorme aumento del crecimiento económico y del bienestar social de la mayor parte de la población, así como la capacidad de financiar el Estado de Bienestar.

Al mismo tiempo, las deficiencias de este sistema están también a la vista: crecimiento desigual de la economía mundial, que ha generado un centro próspero que vive al margen o a costa de una periferia entre empobrecida y marginada; sucesión de periodos de estabilidad y crecimiento con otros de graves turbulencias y recesiones; profunda desigualdad en la distribución de la renta a nivel nacional e internacional; concentración del poder económico en reducidas élites; una tendencia natural a la explotación (de los trabajadores, de los consumidores o del medio ambiente); propensión recurrente a facilitar las prácticas especulativas; etc. Suelo señalar a mis alumnos que el capitalismo está aquejado de tres graves patologías oftalmológicas: el daltonismo –porque es un sistema que sólo detecta el «color del dinero» y, en consecuencia, desatiende todas las necesidades humanas que no estén respaldadas con capacidad de pago–, la «falta de visión lateral» (como la que padecen los conductores que han consumido alcohol), ya que la obsesión por el crecimiento y la rentabilidad impide ver el enorme colectivo de víctimas que quedan a la vera del camino y que para el sistema sólo son «daños colaterales» (parados, pobres, poco productivos, subdesarrollados, excluidos, etc.); y, por último, la miopía, que impide distinguir con nitidez las consecuencias del modelo de desarrollo a largo plazo, debido a la obsesión por alcanzar resultados a corto plazo (las empresas tienen que alcanzar resultados «ya»), lo cual conduce a que la «racionalidad económica» resulte «ecológicamente irracional».

Desde una perspectiva cristiana, el capitalismo resulta profundamente cuestionable, tanto por sus desoladores efectos globales –someramente enunciados– como por sus propios fundamentos: la defensa del propio interés, la competencia extrema, la obsesión por el crecimiento, el dominio de unos pueblos sobre otros o de unas clases sobre otras, el predominio de la preocupación por las necesidades materiales, etc. No hace falta ser un experto en Doctrina Social de la Iglesia para darse cuenta de lo mal que casan aquellos principios con los que emanan de esta última: el destino universal de los bienes, la prioridad del trabajo sobre el capital, la preferencia de la cooperación sobre la competencia, el derecho inalienable a llevar una vida digna, la opción preferencial por los pobres, la prioridad del valor de la solidaridad sobre el del consumo, la defensa del bien común frente al interés particular10... Hace falta «mucha fe» para creer, sin más, las célebres palabras de Adam Smith que legitiman moralmente el capitalismo: «Ningún individuo se propone, por lo general, promover el interés público, ni sabe hasta qué punto lo promueve; únicamente considera su seguridad, sólo piensa en su ganancia propia; pero en este, como en otros muchos casos, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones. Mas no implica mal alguno para la sociedad el que tal signo entre a formar parte de sus propósitos, pues al perseguir su propio interés promueve el de la sociedad de una manera más efectiva que si esto entrara en sus designios»11. No parece que la situación actual avale el idílico matrimonio entre el egoísmo individual y el bienestar colectivo que describía este padre del liberalismo.

Y, si bien es cierto que todos los males no pueden ser atribuidos en exclusiva al «sistema» mismo y sus normas –ya que también influyen en el resultado final del proceso el papel de los gobiernos, el acierto de la política económica, la acción de los agentes sociales (sindicatos y organizaciones empresariales) y el mismo comportamiento de los ciudadanos, que somos ahorradores, trabajadores, empresarios y consumidores–, también lo es que el «rostro humano del capitalismo» sólo ha aflorado cuando la política ha regulado inteligentemente el comportamiento de los mercados, ha puesto límites a su lógica interna y ha creado mecanismos correctores que han redistribuido los ingresos, han igualado las oportunidades de los individuos y han protegido a los sectores sociales más vulnerables.

Queda clara, así mismo, la necesidad que tiene el sistema de reproducir en forma ampliada el circuito producción-consumo y su misma fragilidad. Como la tecnología eleva continuamente las capacidades de producción de las empresas y como nada garantiza que la capacidad de la demanda crezca al mismo ritmo y, menos aún, que esté equitativamente repartida, existe el riesgo de que, si este circuito se detiene en algún momento, se inicie un círculo vicioso que reduzca el consumo, la inversión y el empleo, tal y como ocurre en estos momentos. Lo que conduce a la identificación de los límites físicos, sociales y económicos del capitalismo: la posibilidad de sobrepasar la capacidad ecológica del planeta, la amenaza derivada de mantener fuera del bienestar a tres cuartas partes de la humanidad y el riesgo de que la producción y el consumo se desajusten radicalmente, generando situaciones masivas de paro e inequidad. Si no somos capaces de gestionar con algún acierto estos límites, generando mayor sostenibilidad ambiental (frenando el deterioro de la naturaleza), social (reduciendo drásticamente el abismo Norte-Sur) y económica (mediante modos más acertados de reparto del trabajo y de los ingresos) –algo que jamás hará el capitalismo por su propia lógica–, nos enfrentamos a un panorama global extraordinariamente amenazador para todos.

Llegados a este punto, resulta oportuno preguntarse si –con esta crisis– el capitalismo va a caer, y si será sustituido por otro modo de articular la economía más justo y solidario. Al fin y al cabo, este sistema es histórico: tuvo un inicio y puede tener un fin. La cuestión entra de lleno en el terreno de lo opinable e incluso de la futurología. A pesar de ello, me gustaría hacer algunas consideraciones al respecto, formuladas a partir de mis modestos conocimientos de economía y encontrándome, a nivel personal, claramente entre quienes tienen poca simpatía por este sistema económico, por considerarlo culturalmente pobre, socialmente injusto y ecológicamente peligroso.

No creo, sinceramente, que estemos cerca del final del capitalismo, por varios motivos. En primer lugar, porque carecemos de un modelo teórico global alternativo. El análisis detenido del fracaso del sistema comunista no sólo puso de relieve su carácter totalitario y alienante en lo político, sino deficiencias económicas de enorme calado: rigidez burocrática, notable falta de eficiencia en el uso de los recursos, incapacidad para generar estímulos significativos para el trabajo, la iniciativa o la creatividad, imposibilidad técnica de planificar procesos productivos crecientemente complejos, divorcio entre la producción y las demandas y necesidades de la población, ausencia de innovación científica y técnica aplicada al sector civil, caída de la productividad de una fuerza de trabajo poco motivada, etc.12 La apelación a consignas puramente ideológicas (el éxito de la revolución, el valor de la solidaridad, etc.) o al miedo, en contextos dictatoriales, tienen efectos temporales limitados. A medio y largo plazo, la inercia, la corrupción y la pasividad parecen haber afectado a la mayor parte de la población.

Muy distinta de la concepción del «hombre nuevo proletario» es la visión antropológica del liberalismo económico, que, aunque no desecha totalmente el dinamismo cooperativo o solidario, tiende a considerar que su vigencia se circunscribe al campo de la proximidad (amigos, familia...) y que, en el ámbito económico, el mejor modo de incentivar el esfuerzo consiste en alinearlo con el propio interés. Lo cierto es que conocemos las potencialidades y límites de la iniciativa privada, así como los de la acción del Estado (que no deja de presentar luces y sombras muy marcados) e incluso los del ámbito del tercer sector (entidades sin ánimo de lucro, cooperativas, empresas de inserción, ONGs, voluntariados, etc.) que, junto a intuiciones que apuntan a un mundo más digno, no deja de poseer profundas debilidades técnicas y sociales. Hoy por hoy, no disponemos de un sistema alternativo sino, todo lo más, de unas experiencias que permitirán ir ensayando su búsqueda y que se tornarán más plausibles en la medida en que los efectos de la crisis afecten a más personas.

Pero hay otro motivo, aún más evidente, para sospechar que al capitalismo le queda recorrido, y es el que se refiere al hecho de que, en el campo económico, no basta con tener una solución teórica a los problemas, sino que resulta igualmente necesario disponer de la fuerza social suficiente para impulsarla. En esto la Economía no se parece a la Matemática. En ésta, el conocimiento teórico de las relaciones lógicas insertas en un problema lleva a su efectiva resolución; en la economía, por el contrario, la configuración de sus reglas de funcionamiento y la consolidación del conjunto de instituciones que modelan el modo en el que producimos y repartimos el producto depende directamente de intereses de grupos sociales concretos, que defenderán con uñas y dientes sus posiciones de poder. Y no pensemos aquí sólo en la fuerza de las grandes corporaciones transnacionales, en la de los gobiernos de las grandes potencias o en la correspondiente a los organismos multilaterales, sino también en los intereses de todos los ciudadanos de los países económicamente desarrollados (trabajadores y consumidores) que nos beneficiamos de esta situación, que no deseamos cambiar nuestro estilo de vida y que no nos aventuramos a participar en experiencias económicas de corte alternativo. Lo que nos sitúa directamente en el nivel siguiente del análisis.

Aunque antes de entrar en la dimensión cultural de la crisis deseo aclarar que el diagnóstico anterior con respecto a la durabilidad del capitalismo no implica indiferencia alguna con respecto a la forma o «versión» que adopte y a las posibilidades existentes de configurarlo de un modo más humano y que, llegado el momento, pueda superarlo. En concreto, no son equiparables los modelos de capitalismo norteamericano, alemán japonés, español o sueco, por no hablar del brasileño, el coreano, el argentino o el nicaragüense. Son tan abismales sus diferencias en términos de eficiencia económica, equidad social y respeto al medio ambiente, que me parece de la mayor urgencia ética investigar el modo en que puede caminarse hacia modelos económicos más inclusivos que aborden también, y sobre todo, las desigualdades internacionales «mientras» dure el capitalismo; o, más bíblicamente, entre el «ya» y el «todavía no» del nuevo sistema (que tendrá, por cierto, sus propias contradicciones). Existe un campo de enorme interés en la búsqueda de mecanismos reguladores del mercado (y del Estado) que faciliten la creación de una sociedad más justa. Coincido aquí con el punto de vista que defendía hace poco el extraordinario economista y creyente Luis de Sebastián –catedrático emérito de ESADE y tristemente fallecido por sorpresa el pasado mes de mayo–, cuando intentaba ofrecer una «reflexión de inspiración cristiana sobre la crisis económica»13.
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