La crisis que estamos padeciendo?




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3. Lo que la crisis revela de nuestra cultura
El capitalismo no es sólo un sistema que ha tenido un extraordinario éxito en la producción de bienes y servicios, sino que también lo ha tenido en la producción de valores, deseos y aspiraciones. A través de los medios de comunicación, la publicidad y la imitación espontánea, el capitalismo se ha convertido en el gran «maestro» o «educador» de nuestra sociedad. A lo largo de las últimas décadas, ha logrado que el «american way of life» se haya convertido en el «everybody way of life». De hecho, la economía necesita que se preserven y desarrollen algunos valores éticos fundamentales: la certeza en el cumplimiento de los contratos; la confianza de los consumidores en la naturaleza de lo que compran o en la respetabilidad de las entidades en las que depositamos nuestros ahorros; la honradez de quienes llevan la contabilidad; la seriedad en el pago de impuestos; la capacidad de proyectar a largo plazo; la disponibilidad al ahorro; el valor de la profesionalidad o del esfuerzo y el trabajo bien hechos; la disposición a trabajar en equipo constructivamente; la ilusión por poner en marcha un proyecto o un negocio; etc.14 Más aún, la economía no funcionaría en absoluto si la cultura vigente no alimentara continuamente nuestros deseos de consumo y, en consecuencia, la disposición a trabajar intensamente. Quienes se han dado cuenta de este fenómeno subrayan, con razón, el poder potencial que tienen los consumidores para orientar la economía en un sentido o en otro, aunque no lo ejerzan15.

Que la economía no es sólo un asunto técnico o practico, sino que afecta «del alma a su más profundo centro», ha quedado de manifiesto en nuestro país cuando hemos constatado cómo se ha producido una «depresión colectiva» aun antes de que la crisis hiciera sentir sus efectos en los campos objetivos del paro, la caída de la actividad o la falta de crédito. Por utilizar una terminología evangélica de corte «inmobiliario» –que viene muy al caso–, podemos decir que el hundimiento de la «burbuja del ladrillo» muestra que buena parte de nuestra sociedad «había construido su casa sobre arena» (Mt 7,24-27). Han venido las lluvias, han llegado los torrentes, y la casa existencial o anímica –además de la economía doméstica de las gentes sencillas– se ha hundido. Por eso podemos afirmar que, más allá de la crisis financiera coyuntural y la de la economía productiva, existe desde hace varias décadas una profunda crisis de valores y de sentido que el bienestar y el entretenimiento tienden a disimular, pero que en ocasiones como las actuales salen a relucir con toda nitidez16.

Los análisis sociológicos de los valores españoles y europeos coinciden en señalar que, tras el cuidado de la salud y el mundo de los afectos (familia, pareja, amigos), los valores materiales y la búsqueda de un nivel de vida creciente predominan netamente sobre los artísticos, filosóficos, intelectuales, sociales, políticos o religiosos. De forma franca, los jóvenes españoles se caracterizaban a sí mismos, hace poco tiempo, con estas palabras: «consumistas», «pensando sólo en el presente», «egoístas» y «con poco sentido del deber y del sacrificio». Por el contrario, parece que los rasgos que menos mencionaban para autodefinirse eran: «maduros», «generosos», «tolerantes», «trabajadores», «solidarios» y «leales en la amistad»17. Y en este terreno cabe hacer también una diferenciación de niveles que ayude a matizar las cosas.

Por una parte, la economía capitalista, aunque necesita, como hemos visto, del mantenimiento de valores humanos que podemos considerar muy positivos, se asienta sobre algunos contravalores «altamente perjudiciales para la salud individual y colectiva» a los que realimenta continuamente: la defensa del propio interés frente a la solidaridad con los más débiles y el cuidado del bien común; el predominio del principio de la competencia sobre la actitud de la cooperación; la inmoderación del deseo a pesar de la limitación física de nuestro mundo; la urgencia de la satisfacción de las necesidades materiales frente al cultivo de las demás facetas de la vida menos rentables (arte, razón, afecto, política, mística), la absolutización del trabajo remunerado con respecto a otras formas de la acción humana y la participación social... A mi modo de ver, la exacerbación de la cultura de la satisfacción y el individualismo posesivo no generan, desde luego, el mejor de los mundos posibles

En segundo lugar, a lo largo del tiempo algunas de las dinámicas propias de la economía se han ido trasladando, imperceptible pero eficazmente, al mundo de las relaciones humanas, contaminándolas con una lógica que no es la suya propia. Desde la costumbre de que la competencia rija el comportamiento empresarial, se va generando, poco a poco, una actitud hacia las demás personas caracterizada por el recelo o la rivalidad. Si los otros son «competidores» frente a mí por el empleo, el bienestar, el éxito, etc., mi predisposición hacia ellos difícilmente facilitará el encuentro amistoso. Desde la afición a las rebajas y las ofertas, nos acostumbramos a buscar relaciones que se distingan por su bajo coste, aunque la calidad deje mucho que desear, aunque «la apariencia y el marketing» primen sobre la consistencia del intercambio personal. Y así, poco a poco, el envoltorio de las personas va teniendo más importancia que el contenido; la imagen más que el corazón. Desde el hábito de usar y tirar las cosas, pasamos con relativa facilidad a usar y tirar a las personas. ¡Cuántas veces las relaciones se establecen y rompen desde perspectivas puramente utilitarias...! Desde la práctica de hacer contratos y perseguir ganancias surge, de forma espontánea, una actitud «contable» que nos lleva a calcular cuántos «gastos» y cuántos «beneficios» me reportan mis vínculos personales, cuáles son «rentables» y cuáles «deficitarios», si los demás «cumplen su parte del contrato» o si yo «soy un primo» porque aporto más de lo que recibo (y esto puede aplicarse al campo laboral, pero también al del matrimonio, las amistades, etc.). Desde la persecución del triunfo económico se nos estimula a excluir a los débiles, a los que cuentan con pocos recursos, a los poco productivos, a todos aquellos que puedan ser un lastre para el logro de nuestras aspiraciones (inclúyase en este apartado a enfermos, ancianos, niños...). Por el contrario, unirse al equipo ganador a tiempo, o conseguir la influencia de quienes ocupan puestos de poder, resulta fundamental para medrar en la competición olímpica de la vida corriente. Sin duda, estos fenómenos no definen la totalidad de las relaciones sociales actuales; pero en la medida en que se extienden, van carcomiéndolas de manera casi inconsciente. La «mercantilización de las relaciones personales» es un fenómeno digno de ser considerado. Se trata, claro está, del tipo de valores de fondo que configuran nuestras sociedades «avanzadas»18.

Por último, está claro que aquí el orden de los factores sí afecta al producto y que la sociedad de la que formamos parte ha jerarquizado sus valores de un modo que, al menos desde la sensibilidad evangélica, resulta completamente desatinado. Dicho de un modo sencillo: lo que el Evangelio considera principal –buscar el Reino de Dios– (es decir trabajar por un mundo justo, fraterno y abierto a la trascendencia) nuestra sociedad lo considera añadiduras, mientras que lo que el Evangelio considera añadidura –preocuparse por lo que vamos a comer o beber y con qué nos vamos a vestir (añádanse aquí las actualizaciones tecnológicas y la sofisticación consumista pertinentes)– se ha terminado convirtiendo para la mayor parte de nuestra sociedad en lo fundamental19. Como he señalado repetidamente, este clima espiritual constituye la mayor dificultad actual para la evangelización.

Añadamos, finalmente, que este proceso cultural ha debilitado mucho la capacidad de los individuos para reaccionar frente a situaciones de crisis, pues en los últimos años se han roto o debilitado muchos lazos familiares, amistosos y organizativos, ante el predomino de la postura del «sálvese quien pueda» sobre la búsqueda de soluciones colectivas a problemas comunes. Con empleo, un buen sueldo y fácil acceso a los servicios públicos, los demás no nos resultan tan necesarios. No por casualidad los mecanismos voluntarios de solidaridad y sus valores (acogida, ayuda mutua, etc.) están tan desarrollados en países cuyos ingresos per capita son bajos. Pero la autosuficiencia pasa también su factura. Ahora muchos se preguntan cómo podrán vivir con menos o como podrán enfrentarse solos a la crisis. Es un dato contrastado en los despachos de Cáritas que las personas que se acercan se encuentran aquejadas de tres heridas: la soledad, la impotencia y la angustia.

4. Lo que la crisis revela de la naturaleza humana
Más allá de la situación sociocultural vigente, la crisis que padecemos nos recuerda algo que todas las tradiciones espirituales subrayan: el enorme poder del dinero. En el Evangelio se habla, no de usar el dinero, sino, mucho más radicalmente, de «servir» o de «amar». «No se puede servir a dos señores» (Mt 6,24), «Es más difícil que un camello entre por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de los cielos» (Mt 19,23-24). El voto de pobreza no deja de tener un profundo significado antropológico: permite liberarse de un tirano que impide servir a Dios y a los hermanos.

Y es que, además de por los «defectos del sistema» anteriormente mencionados, la crisis ha estado causada muy directamente por «fallos humanos». Y, aunque no esté de moda en nuestro entorno, los cristianos debemos recuperar aquí con toda contundencia la conciencia de pecado. El comportamiento irresponsable y egoísta de unos miles de personas está ocasionando un mal extraordinario a millones de inocentes. Puede esto tematizarse de muchas maneras, pero hace unos meses cayó en mis manos un ingenioso artículo de Ignacio Escobar, director del periódico «Público», que se refería a los clásicos siete pecados capitales aplicados al capitalismo y que he adaptado para referirlos, más expresamente, a la crisis financiera actual e ilustrar la enorme capacidad del dinero para atrapar nuestra voluntad y para generar comportamientos muy dañinos20.

Podemos enumerar, efectivamente, los siete pecados capital...istas que la crisis actual ha dejado al descubierto:

a) La lujuria especuladora. Desde las inversiones en bolsa en nuevas tecnologías hasta los contratos de futuro del petróleo (cuyo precio pasó de 40 a 140 dólares en 4 años), pasando por la «inversión en ladrillo» (al doble en 10 años en USA), con ahorro, con apalancamiento o hipotecando la propia casa, muchas personas y empresas se han dedicado a estas actividades impunemente, con tipos de interés muy bajos y ganancias muy altas. Se creó así una euforia psicológica adictiva con estas actividades que ha capturado el deseo de muchas personas, lo que permite hablar de lujuria con propiedad.

b) La pereza de los reguladores. No cabe ninguna duda. Los bancos centrales han sido pasivos en su tarea de prevención y control. Las normas de Basilea-II ofrecían a los bancos comerciales una regulación a la carta. Las empresas calificadoras eran clientes, así como los auditores de las empresas que evaluaban. Algunas administraciones públicas han sido incluso cómplices de la situación, como en el caso de la construcción en España y los Ayuntamientos. Hace falta cambiar profundamente las normas y las actitudes de vigilancia de los organismos nacionales y supranacionales.

c) La envidia de los actores económicos ha jugado un papel crucial en el origen de esta crisis. El deseo de tener también un coche como el de los vecinos, o de disfrutar de unas vacaciones como las de los colegas, o de aprovechar los «chollos» en la construcción, como hacían nuestros conocidos más «avispados», ha generado comportamientos imitativos que muchas familias no se podían permitir o que ponían en riesgo su solvencia económica. Los modelos de éxito que tanto se han divulgado durante estos años estimulaban ese sentimiento malsano y el deseo de poder decir, como en el anuncio: «Yo no soy tonto».

d) La codicia de los directivos. Como indicaba Ignacio Escobar en el artículo citado, «en 1980, un alto ejecutivo estadounidense ganaba de media 42 veces más que un trabajador. Hoy gana 364 veces más: en solo un día, lo que los demás en todo el año. El problema no es sólo la desigualdad social, que también. Lo más preocupante es que se premie a los ladrones. Es lo que pasa cuando la retribución del primer ejecutivo está supeditada al corto plazo de la bolsa y no al largo plazo de la empresa. A la larga, la cotización bursátil también se hunde. Pero suele ser después de que el alto directivo haya vendido sus stock options».

e) La gula de los inversores, reflejada en la búsqueda de una rentabilidad que superaba con mucho la normal (que oscila entre el 5 y el 8% para empresas no financieras). «Lo que es bueno para el directivo puede no serlo para su empresa. Lo que es bueno para el especulador del petróleo no es bueno para la economía mundial. Lo que es bueno para el vendedor de hipotecas subprime no es bueno para el banco que presta el dinero. En todos los fallos del capitalismo que ahora han aflorado hay un elemento común: una distorsión perversa en el sistema de recompensas, donde no se premia al que genera riqueza con esfuerzo, sino al que la obtiene rápidamente, aunque luego la destruya».

f) La ira de los que pagan los platos rotos. Los políticos y la gente corriente tienen la consiguiente y justificada indignación. En palabras de la canciller alemana Angela Merkel, «comprendo que gane mucho quien hace mucho por su empresa y sus empleados; pero ¿por qué se debe ahogar en dinero a los incompetentes?». Ahora tendrán que pagar los ciudadanos, en especial los más humildes y quienes se ganaron a pulso sus ingresos trabajando, los excesos de los acaudalados y la irresponsabilidad de los «jugadores». Ahora que los bancos van mal, escucharemos que no hay tanto dinero para salvar al planeta del cambio climático, ni para financiar los Objetivos del Milenio, ni para acometer mayores políticas de cohesión social.

g) La soberbia del mercado. Como hemos indicado, el capitalismo se asienta sobre la premisa de que la búsqueda del mayor interés individual conduce al mejor resultado posible para la colectividad, y que el mercado, además de premiar a los que lo merecen y penalizar a los que no lo hacen bien, tiende a autorregularse solo. Los líderes del Norte han mirado por encima del hombro a los del Sur muchas veces; pero ahora han fallado «los listos», y la consecuencia de aplicar el discurso neoliberal ha conducido al sorprendente resultado del intervencionismo masivo. Esta crisis muestra que ni el mercado se regula solo ni la persecución del interés particular conduce necesariamente al mejor resultado para la sociedad como conjunto.

Puede que, de ahora en adelante, la crisis saque a la luz otras tendencias de la naturaleza humana, como la del instinto de supervivencia, que puede conducir al rechazo de quienes amenazan nuestra seguridad –por desgracia, mientras escribo estas líneas la prensa se hace eco del aumento del rechazo a los extranjeros en nuestro país, denunciado por numerosa ONGs– o a impulsar alguna modalidad de la solidaridad restringida: sólo con mi familia o con mis compañeros o con mis compatriotas, etc. Ojalá esta difícil situación contribuya, sin embargo, a generar actitudes y comportamientos que también forman parte de la naturaleza humana y que se encuentran profundamente enraizados en el mensaje de Jesús: la capacidad de abrirnos y empatizar con las necesidades de todos, la práctica de compartir, la relativización de la riqueza, la opción por los más pobres, los sentimientos de acogida, escucha y afecto, la lucha por la justicia, el cultivo de la creatividad y la esperanza... No son menos humanas estas actitudes que aquellas otras –mucho más dañinas– que la crisis ha desvelado.

Cuando, en el año 2008, Alan Greenspan, el que fuera durante dos décadas célebre y admirado presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos (su Banco Central), afirmó que «el problema no han sido los mercados e instrumentos financieros, sino la codicia de los inversores», puso de manifiesto que podía ser un economista brillante, pero que tenía un desconocimiento clamoroso de la naturaleza humana. Si alimentamos culturalmente la codicia, no nos extrañe que arrase con todo. La Iglesia tiene por delante una labor social descomunal e impagable: colaborar en la construcción de una cultura de la solidaridad y la justicia que elimine el cáncer de la cultura de la satisfacción.
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