2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1




descargar 1.28 Mb.
título2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1
página14/51
fecha de publicación26.10.2016
tamaño1.28 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Economía > Documentos
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   51

Otra conquista de aquella época fue el permiso de mi padre para ir solo a la matine de los domingos en el teatro Colombia. Por primera vez se pasaban seriales con un episodio cada domingo, y se creaba una tensión que no permitía tener un instante de sosiego durante la semana. La invasión de Mongo fue la primera epopeya interplanetaria que sólo pude reemplazar en mi corazón muchos años después con la Odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Sin embargo, el cine argentino, con las películas de Carlos Gardel y Libertad Lamarque, terminó por derrotar a todos.

En menos de dos meses terminamos de armar la farmacia y conseguimos y amueblamos la residencia de la familia. La primera era una esquina muy concurrida en el puro centro comercial y a sólo cuatro cuadras del paseo Bolívar. La residencia, por el contrario, estaba en una calle marginal del degradado y alegre Barrio Abajo, pero el precio del alquiler no correspondía a lo que era sino a lo que pretendía: una quinta gótica pintada de alfajores amarillos y rojos, y con dos alminares de guerra.

El mismo día en que nos entregaron el local de la farmacia colgamos las hamacas en los horcones de la trastienda y allí dormíamos a fuego lento en una sopa de sudor. Cuando ocupamos la residencia descubrimos que no había argollas para hamacas, pero tendimos los colchones en el suelo y dormimos lo mejor posible desde que conseguimos un gato prestado para ahuyentar los ratones. Cuando llegó mi madre con el resto de la tropa, el mobiliario estaba todavía incompleto y no había útiles de cocina ni muchas otras cosas para vivir.

A pesar de sus pretensiones artísticas, la casa era ordinaria y apenas suficiente para nosotros, con sala, comedor, dos dormitorios y un patiecito empedrado. En rigor no debía valer un tercio del alquiler que pagábamos por ella. Mi madre se espantó al verla, pero el esposo la tranquilizó con el señuelo de un porvenir dorado. Así fueron siempre. Era imposible concebir dos seres tan distintos que se entendieran tan bien y se quisieran tanto.

El aspecto de mi madre me impresionó. Estaba encinta por séptima vez, y me pareció que sus párpados y sus tobillos estaban tan hinchados corno su cintura. Entonces tenía treinta y tres años y era la quinta casa que amueblaba. Me impresionó su mal estado de ánimo, que se agravó desde la primera noche, aterrada por la idea que ella misma inventó, sin fundamento alguno, de que allí había vivido la Mujer X antes de que la acuchillaran. El crimen se había cometido hacía siete años, en la estancia anterior de mis padres, y fue tan aterrador que mi madre se había propuesto no volver a vivir en Barranquilla. Tal vez lo había olvidado cuando regresó aquella vez, pero le volvió de golpe desde la primera noche en una casa sombría en la que había detectado al instante un cierto aire del castillo de Drácula.

La primera noticia de la Mujer X había sido el hallazgo del cuerpo desnudo e irreconocible por su estado de descomposición. Apenas se pudo establecer que era una mujer menor de treinta años, de cabello negro y rasgos atractivos. Se creyó que la habían enterrado viva porque tenía la mano izquierda sobre los ojos con un gesto de terror, y el brazo derecho alzado sobre la cabeza. La única pista posible de su identidad eran dos cintas azules y una peineta adornada con lo que pudo ser un peinado de trenzas. Entre las muchas hipótesis, la que pareció más probable fue la de una bailarina francesa de vida fácil que había desaparecido desde la fecha posible del crimen.

Barranquilla tenía la fama justa de ser la ciudad más hospitalaria y pacífica del país, pero con la desgracia de un crimen atroz cada año. Sin embargo, no había precedentes de uno que hubiera estremecido tanto y por tanto tiempo a la opinión pública como el de la acuchillada sin nombre. El diario La Prensa, uno de los más importantes del país en aquel tiempo, se tenía como el pionero de las historietas gráficas dominicales —Buck Rogers,Tarzán de los Monos—, pero desde sus primeros años se impuso como uno de los grandes precursores de la crónica roja. Durante varios meses mantuvo en vilo a la ciudad con grandes titulares y revelaciones sorprendentes que hicieron famoso en el país, con razón o sin ella, al cronista olvidado.

Las autoridades trataban de reprimir sus informaciones con el argumento de que entorpecían la investigación, pero los lectores terminaron por creer menos en ellas que en las revelaciones de La Prensa. La confrontación los mantuvo con el alma en un hilo durante varios días, y por lo menos una vez obligó a los investigadores a cambiar de rumbo. La imagen de la Mujer X estaba entonces implantada con tanta fuerza en la imaginación popular, que en muchas casas se aseguraban las puertas con cadenas y se mantenían vigilancias nocturnas especiales, en previsión de que el asesino suelto intentara proseguir su programa de crímenes atroces, y se dispuso que las adolescentes no salieran solas de su casa después de las seis de la tarde.

La verdad, sin embargo, no la descubrió nadie, sino que fue revelada al cabo de algún tiempo por el mismo autor del crimen, Efraín Duncan, quien confesó haber matado a su esposa, Ángela Hoyos, en la fecha calculada por Medicina Legal, y haberla enterrado en el lugar donde encontraron el cadáver acuchillado. Los familiares reconocieron las cintas color azul y la peineta que llevaba Ángela cuando salió de casa con su esposo el 5 de abril para un supuesto viaje a Calamar. El caso se cerró sin más dudas por una casualidad final e inconcebible que parecía sacada de la manga por un autor de novelas fantásticas: Ángela Hoyos tenía una hermana gemela exacta a ella que permitió identificarla sin ninguna duda.

El mito de la Mujer X se vino abajo convertido en un crimen pasional corriente, pero el misterio de la hermana idéntica quedó flotando en las casas, porque llegó a pensarse que fuera la misma Mujer X devuelta a la vida por artes de brujería. Las puertas se cerraban con trancas y parapetos de muebles para impedir que entrara en la noche el asesino fugado de la cárcel con recursos de magia. En los barrios de ricos se pusieron de moda los perros de caza amaestrados contra asesinos capaces de atravesar paredes. En realidad, mi madre no logró superar el miedo hasta que los vecinos la convencieron de que la casa del Barrio Abajo no había sido construida en tiempos de la Mujer X.

El 10 de julio de 1939 mi madre dio a luz una niña con un bello perfil de india, a la que bautizaron con el nombre de Rita por la devoción inagotable que se tenía en la casa por santa Rita de Casia, fundada, entre otras muchas gracias, en la paciencia con que sobrellevó el mal carácter del marido extraviado. Mi madre nos contaba que éste llegó una noche a su casa, enloquecido por el alcohol, un minuto después de que una gallina había plantado su cagarruta en la mesa del comedor. Sin tiempo de limpiar el mantel inmaculado, la esposa alcanzó a taparla con un plato para evitar que la viera el marido, y se apresuró a distraerlo con la pregunta de rigor:

—¿Qué quieres comer?

El hombre soltó un gruñido:

—Mierda.

La esposa levantó entonces el plato y le dijo con su santa dulzura:

—Aquí la tienes.

La historia dice que el propio marido se convenció entonces de la santidad de la esposa y se convirtió a la fe de Cristo.

La nueva botica de Barranquilla fue un fracaso espectacular, atenuado apenas por la rapidez con que mi padre lo presintió. Después de varios meses de defenderse al por menor, abriendo dos huecos para tapar uno, se reveló más errático de lo que parecía hasta entonces. Un día hizo sus alforjas y se fue a buscar las fortunas yacentes en los pueblos menos pensados del río Magdalena. Antes de irse me llevó con sus socios y amigos y les hizo saber con una cierta solemnidad que a falta de él estaría yo. Nunca supe si lo dijo en chanza, como le gustaba decirlo aun en ocasiones graves, o si lo dijo en serio como le divertía decirlo en ocasiones banales. Supongo que cada quien lo entendió como quiso, pues a los doce años yo era raquítico y pálido y apenas bueno para dibujar y cantar. La mujer que nos fiaba la leche le dijo a mi madre delante de todos, y de mí, sin una pizca de maldad:

—Perdone que se lo diga, señora, pero creo que este niño no se le va a criar.

El susto me dejó por largo tiempo a la espera de una muerte repentina, y soñaba a menudo que al mirarme en el espejo no me veía a mí mismo sino a un ternero de vientre. El médico de la escuela me diagnosticó paludismo, amigdalitis y bilis negra por el abuso de lecturas mal dirigidas. No traté de aliviar la alarma de nadie. Al contrario, exageraba mi condición de minusválido para eludir deberes. Sin embargo, mi padre se saltó la ciencia a la torera y antes de irse me proclamó responsable de casa y familia durante su ausencia:

—Como si fuera yo mismo.

El día del viaje nos reunió en la sala, nos dio instrucciones y regaños preventivos por lo que pudiéramos hacer mal en ausencia suya, pero nos dimos cuenta de que eran artimañas para no llorar. Nos dio una moneda de cinco centavos a cada uno, que era una pequeña fortuna para cualquier niño de entonces, y nos prometió cambiárnoslas por dos iguales si las teníamos intactas a su regreso. Por último se dirigió a mí con un tono evangélico:

—En tus manos los dejo, en tus manos los encuentre.

Me partió el alma verlo salir de la casa con las polainas de montar y las alforjas al hombro, y fui el primero que se rindió a las lágrimas cuando nos miró por última vez antes de doblar la esquina y se despidió con la mano. Sólo entonces, y para siempre, me di cuenta de cuánto lo quería.

No fue difícil cumplir su encargo. Mi madre empezaba a acostumbrarse a aquellas soledades intempestivas e inciertas y las manejaba a disgusto pero con una gran facilidad. La cocina y el orden de la casa hicieron necesario que hasta los menores ayudaran en las tareas domésticas, y lo hicieron bien. Por esa época tuve mi primer sentimiento de adulto cuando me di cuenta de que mis hermanos empezaron a tratarme como a un tío.

Nunca logré manejar la timidez. Cuando tuve que afrontar en carne viva la encomienda que nos dejó el padre errante, aprendí que la timidez es un fantasma invencible. Cada vez que debía solicitar un crédito, aun de los acordados de antemano en tiendas de amigos, me demoraba horas alrededor de la casa, reprimiendo las ganas de llorar y los apremios del vientre, hasta que me atrevía por fin con las mandíbulas tan apretadas que no me salía la voz. No faltaba algún tendero sin corazón que acabara de aturdirme: «Niño pendejo, no se puede hablar con la boca cerrada». Más de una vez regrese a casa con las manos vacías y una excusa inventada por mí. Pero nunca volví a ser tan desgraciado como la primera vez que quise hablar por teléfono en la tienda de la esquina. El dueño me ayudó con la operadora, pues aún no existía el servicio automático. Sentí el soplo de la muerte cuando me dio la bocina. Esperaba una voz servicial y lo que oí fue el ladrido de alguien que hablaba en la oscuridad al mismo tiempo que yo. Pensé que mi interlocutor tampoco me entendía y alcé la voz hasta donde pude. El otro, enfurecido, elevó también la suya:

—¡Y tú, por qué carajo me gritas!

Colgué aterrado. Debo admitir que a pesar de mi fiebre de comunicación tengo que reprimir todavía el pavor al teléfono y al avión, y no sé si me venga de aquellos días. ¿Cómo podía llegar a hacer algo? Por fortuna, mamá repetía a menudo la respuesta: «Hay que sufrir para servir».

La primera noticia de papá nos llegó a las dos semanas en una carta más destinada a entretenernos que a informarnos de nada. Mi madre lo entendió así y aquel día lavó los platos cantando para subirnos la moral. Sin mi papá era distinta: se identificaba con las hijas como si fuera una hermana mayor. Se acomodaba a ellas tan bien que era la mejor en los juegos infantiles, aun con las muñecas, y llegaba a perder los estribos y se peleaba con ellas de igual a igual. En el mismo sentido de la primera llegaron otras dos cartas de mi papá con proyectos tan promisorios que nos ayudaron a dormir mejor.

Un problema grave era la rapidez con que se nos quedaba la ropa. A Luis Enrique no lo heredaba nadie, ni hubiera sido posible porque llegaba de la calle arrastrado y con el vestido en piltrafas, y nunca entendimos por qué. Mi madre decía que era como si caminara por entre alambradas de púas. Las hermanas —entre siete y nueve años— se las arreglaban unas con otras como podían con prodigios de ingenio, y siempre he creído que las urgencias de aquellos días las volvieron adultas prematuras. Aída era recursiva y Margot había superado en gran parte su timidez y se mostró cariñosa y servicial con la recién nacida. El más difícil fui yo, no sólo porque tenía que hacer diligencias distinguidas, sino porque mi madre, protegida por el entusiasmo de todos, asumió el riesgo de mermar los fondos domésticos para matricularme en la escuela Cartagena de Indias, a unas diez cuadras a pie desde la casa.

De acuerdo con la convocatoria, unos veinte aspirantes acudimos a las ocho de la mañana para el concurso de ingreso. Por fortuna no era un examen escrito, sino que había tres maestros que nos llamaban en el orden en que nos habíamos inscrito la semana anterior, y hacían un examen sumario de acuerdo con nuestros certificados de estudios anteriores. Yo era el único que no los tenía, por falta de tiempo para pedirlos al Montessori y a la escuela primaria de Aracataca, y mi madre pensaba que no sería admitido sin papeles. Pero decidí hacerme el loco. Uno de los maestros me sacó de la fila cuando le confesé que no los tenía, pero otro se hizo cargo de mi suerte y me llevó a su oficina para examinarme sin requisito previo. Me preguntó qué cantidad era una gruesa, cuántos años eran un lustro y un milenio, me hizo repetir las capitales de los departamentos, los principales ríos nacionales y los países limítrofes. Todo me pareció de rutina hasta que me preguntó qué libros había leído. Le llamó la atención que citara tantos y tan variados a mi edad, y que hubiera leído Las mil y una noches, en una edición para adultos en la que no se habían suprimido algunos de los episodios escabrosos que escandalizaban al padre Angarita. Me sorprendió saber que era un libro importante, pues siempre había pensado que los adultos serios no podían creer que salieran genios de las botellas o que las puertas se abrieran al conjuro de las palabras. Los aspirantes que habían pasado antes de mí no habían tardado más de un cuarto de hora cada uno, admitidos o rechazados, y yo estuve más de media hora conversando con el maestro sobre toda clase de temas. Revisamos juntos un estante de libros apretujados detrás de su escritorio, en el que se distinguía por su número y esplendor El tesoro de la juventud, del cual había oído hablar, pero el maestro me convenció de que a mi edad era más útil el Quijote. No lo encontró en la biblioteca, pero me prometió prestármelo más tarde. Al cabo de media hora de comentarios rápidos sobre Simbad el Marino o Robinson Crusoe, me acompañó hasta la salida sin decirme si estaba admitido. Pensé que no, por supuesto, pero en la terraza me despidió con un apretón de mano hasta el lunes a las ocho de la mañana, para matricularme en el curso superior de la escuela primaria: el cuarto año.

Era el director general. Se llamaba Juan Ventura Casalins y lo recuerdo como a un amigo de la infancia, sin nada de la imagen terrorífica que se tenía de los maestros de la época. Su virtud inolvidable era tratarnos a todos como adultos iguales, aunque todavía me parece que se ocupaba de mí con una atención particular. En las clases solía hacerme más preguntas que a los otros, Y me ayudaba para que mis respuestas fueran certeras y fáciles. Me permitía llevarme los libros de la biblioteca escolar para leerlos en casa. Dos de ellos, La isla del tesoro y El conde de Montecristo, fueron mi droga feliz en aquellos años pedregosos. Los devoraba letra por letra con la ansiedad de saber qué pasaba en la línea siguiente y al mismo tiempo con la ansiedad de no saberlo para no romper el encanto. Con ellos, como con Las mil y una noches, aprendí para no olvidarlo nunca que sólo deberían leerse los libros que nos fuerzan a releerlos.
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   51

similar:

2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1 iconRecuerda: forma de presentación grave de la Fiebre q con infartos esplénicos. Recuerda

2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1 iconLos servicios hoteleros son uno de los precursores más importante...

2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1 icon¿Enumera qué conocimientos recuerda sobre: la orgánica, divisiones,...

2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1 iconPréstale un poco de atención a estos puntos porque recuerda, tu familia te espera en tu hogar !

2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1 iconMemorias del Oratorio no permanecieron ignoradas completamente. Ya...
«exclusivamente» a los miembros de la Sociedad Salesiana, sino al público en general. En 1951, el pedagogo A. Auffray hizo la traducción...

2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1 iconLas mascarillas naturales son lo mejor para mantener un cutis bello,...

2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1 iconDecisiones un libro para «darse cuenta»
«Ninguno de nosotros pide nacer, y por lo tanto, uno no puede deberle a alguien por algo que nunca pidió», sino para que ella se...

2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1 iconEssa consiste essenzialmente in uno stato di coscienza diverso da...

2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1 iconPeter salovey & jhon mayer
«la habilidad de las personas para percibir (en uno mismo y en los demás) y expresar las emociones de forma apropiada, la capacidad...

2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1 iconResumen Los problemas ambientales que afronta el planeta tierra afectan...




Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
b.se-todo.com