2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1




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título2002 La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. 1
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Las matanzas no eran sólo por las reyertas de los sábados. Una tarde cualquiera oímos gritos en la calle y vimos pasar un hombre sin cabeza montado en un burro. Había sido decapitado a machete en los arreglos de cuentas de las fincas bananeras y la cabeza había sido arrastrada por las corrientes heladas de la acequia. Esa noche le escuché a mi abuela la explicación de siempre: «Una cosa tan horrible sólo pudo hacerla un cachaco».

Los cachacos eran los nativos del altiplano, y no sólo los distinguíamos del resto de la humanidad por sus maneras lánguidas y su dicción viciosa, sino por sus ínfulas de emisarios de la Divina Providencia. Esa imagen llegó a ser tan aborrecible que después de las represiones feroces de las huelgas bananeras por militares del interior, a los hombres de tropa no los llamábamos soldados sino cachacos. Los veíamos como los usufructuarios únicos del poder político, y muchos de ellos se comportaban como si lo fueran. Sólo así se explica el horror de «La noche negra de Aracataca», una degollina legendaria con un rastro tan incierto en la memoria popular que no hay evidencia cierta de si en realidad sucedió.

Empezó un sábado peor que los otros cuando un nativo de bien cuya identidad no pasó a la historia entró en una cantina a pedir un vaso de agua para un niño que llevaba de la mano. Un forastero que bebía solo en el mostrador quiso obligar al niño a beberse un trago de ron en vez del agua. El padre trató de impedirlo, pero el forastero persistió en lo suyo, hasta que el niño, asustado y sin proponérselo, le derramó el trago de un manotazo. El forastero, sin más vueltas, lo mató de un tiro.

Fue otro de los fantasmas de mi infancia. Papalelo me lo recordaba a menudo cuando entrábamos juntos a tomar un refresco en las cantinas, pero de un modo tan irreal que ni él mismo parecía creerlo.

Debió ocurrir poco después de que llegó a Aracataca, pues mi madre sólo lo recordaba por el espanto que suscitaba en sus mayores. Del agresor sólo se supo que hablaba con el acento relamido de los andinos, así que las represalias del pueblo no fueron sólo contra él, sino contra cualquiera de los forasteros numerosos y aborrecidos que hablaban con su mismo acento.

Cuadrillas de nativos armados con machetes de zafra se echaron a las calles en tinieblas, agarraban el bulto invisible que sorprendían en la oscuridad y le ordenaban:

—¡Hable!

Sólo por la dicción lo destazaban a machete, sin tomar en cuenta la imposibilidad de ser justos entre modos de hablar tan diversos. Don Rafael Quintero Ortega, esposo de mi tía Wenefrida Márquez, el más crudo y querido de los cachacos, estuvo a punto de celebrar sus cien años de vida porque mi abuelo lo encerró en una despensa hasta que se apaciguaron los ánimos.

La desdicha familiar culminó a los dos años de vivir en Aracataca, con la muerte de Margarita María Miniata, que era la luz de la casa. Su daguerrotipo estuvo expuesto durante años en la sala, y su nombre ha venido repitiéndose de una generación a otra como una más de las muchas señas de identidad familiar. Las generaciones recientes no parecen conmovidas por aquella infanta de faldas rizadas, botitas blancas y una trenza larga hasta la cintura, que nunca harán coincidir con la imagen retórica de una bisabuela, pero tengo la impresión de que bajo el peso de los remordimientos y las ilusiones frustradas de un mundo mejor, aquel estado de alarma perpetua era para mis abuelos lo más parecido a la paz. Hasta la muerte continuaron sintiéndose forasteros en cualquier parte.

Lo eran, en rigor, pero en las muchedumbres del tren que nos llegaron del mundo era difícil hacer distinciones inmediatas. Con el mismo impulso de mis abuelos y su prole habían llegado los Fergusson, los Duran, los Beracaza, los Daconte, los Correa, en busca de una vida mejor. Con las avalanchas revueltas siguieron llegando los italianos, los canarios, los sirios —que llamábamos turcos— infiltrados por las fronteras de la Provincia en busca de la libertad y otros modos de vivir perdidos en sus tierras. Había de todos los pelajes y condiciones. Algunos eran prófugos de la isla del Diablo —la colonia penal de Francia en las Guayanas—, más perseguidos por sus ideas que por crímenes comunes. Uno de ellos. René Belvenoit, fue un periodista francés condenado por motivos políticos, que pasó fugitivo por la zona bananera y reveló en un libro magistral los horrores de su cautiverio. Gracias a todos —buenos y malos—, Aracataca fue desde sus orígenes un país sin fronteras.

Pero la colonia inolvidable para nosotros fue la venezolana, en una de cuyas casas se bañaban a baldazos en las albercas glaciales del amanecer dos estudiantes adolescentes en vacaciones: Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, que medio siglo después serían presidentes sucesivos de su país. Entre los venezolanos, la más cercana a nosotros fue misia Juana de Freytes, una matrona rozagante que tenía el don bíblico de la narración. El primer cuento formal que conocí fue «Genoveva de Brabante», y se lo escuché a ella junto con las obras maestras de la literatura universal, reducidas por ella a cuentos infantiles: la Odisea, Orlando furioso, Don Quijote, El conde de Montecristo y muchos episodios de la Biblia.

La casta del abuelo era una de las más respetables pero también la menos poderosa. Sin embargo, se distinguía por una respetabilidad reconocida aun por los jerarcas nativos de la compañía bananera. Era la de los veteranos liberales de las guerras civiles, que se quedaron allí después de los dos últimos tratados, con el buen ejemplo del general Benjamín Herrera, en cuya finca de Neerlandia se escuchaban en la tardes los valses melancólicos de su clarinete de paz.

Mi madre se hizo mujer en aquel moridero y ocupó el espacio de todos los amores desde que el tifo se llevó a Margarita María Miniata. También ella era enfermiza. Había crecido en una infancia incierta de fiebres tercianas, pero cuando se curó de la última fue del todo y para siempre, con una salud que le permitió celebrar los noventa y siete años con once hijos suyos y cuatro más de su esposo, y con sesenta y cinco nietos, ochenta y ocho bisnietos y catorce tataranietos. Sin contar los que nunca se supieron. Murió de muerte natural el 9 de junio de 2002 a las ocho y media de la noche, cuando ya estábamos preparándonos para celebrar su primer siglo de vida, y el mismo día y casi a la misma hora en que puse el punto final de estas memorias.

Había nacido en Barrancas el 25 de julio de 1905, cuando la familia empezaba a reponerse apenas del desastre de las guerras. El primer nombre se lo pusieron en memoria de Luisa Mejía Vidal, la madre del coronel, que aquel día cumplía un mes de muerta. El segundo le cayó en suerte por ser el día del apóstol Santiago, el Mayor, decapitado en Jerusalén. Ella ocultó este nombre durante media vida, porque le parecía masculino y aparatoso, hasta que un hijo infidente la delató en una novela. Fue una alumna aplicada salvo en la clase de piano, que su madre le impuso porque no podía concebir una señorita decente que no fuera una pianista virtuosa. Luisa Santiaga lo estudió por obediencia durante tres años y lo abandonó en un día por el tedio de los ejercicios diarios en el bochorno de la siesta. Sin embargo, la única virtud que le sirvió en la flor de sus veinte años fue la fuerza de su carácter, cuando la familia descubrió que estaba arrebatada de amor por el joven y altivo telegrafista de Aracataca.

La historia de esos amores contrariados fue otro de los asombros de mi juventud. De tanto oírla contada por mis padres, juntos y separados, la tenía casi completa cuando escribí La hojarasca, mi primera novela, a los veintisiete años, pero también era consciente de que todavía me faltaba mucho que aprender sobre el arte de novelar. Ambos eran narradores excelentes, con la memoria feliz del amor, pero llegaron a apasionarse tanto sus relatos que cuando al fin me decidí a usarla en El amor en los tiempos del cólera, con más de cincuenta años, no pude distinguir los límites entre la vida y la poesía.

De acuerdo con la versión de mi madre se habían encontrado por primera vez en el velorio de un niño que ni él ni ella lograron precisarme. Ella estaba cantando en el patio con sus amigas, de acuerdo con la costumbre popular de sortear con canciones de amor las nueve noches de los inocentes. De pronto, una voz de hombre se incorporó al coro. Todas se volvieron a mirarlo y se quedaron perplejas ante su buena pinta. «Vamos a casarnos con él», cantaron en estribillo al compás de las palmas. A mi madre no la impresionó, y así lo dijo: «Me pareció un forastero más». Y lo era.

Acababa de llegar de Cartagena de Indias después de interrumpir los estudios de medicina y farmacia por falta de recursos, y había emprendido una vida un tanto trivial por varios pueblos de la región, con el oficio reciente de telegrafista. Una foto de esos días lo muestra con un aire equívoco de señorito pobre. Llevaba un vestido de tafetán oscuro con un saco de cuatro botones, muy ceñido a la moda del día, con cuello duro, corbata ancha y un sombrero canotié. Llevaba además unos espejuelos de moda, redondos y con montura fina, y vidrios naturales. Quienes lo conocieron en esa época lo veían como un bohemio trasnochador y mujeriego, que sin embargo no se bebió un trago de alcohol ni se fumó un cigarrillo en su larga vida.

Fue la primera vez que mi madre lo vio. En cambio él la había visto en la misa de ocho del domingo anterior, custodiada por la tía Francisca Simodosea que fue su dama de compañía desde que regresó del colegio. Había vuelto a verlas el martes siguiente, cosiendo bajo los almendros en la puerta de la casa, de modo que la noche del velorio sabía ya que era la hija del coronel Nicolás Márquez, para quien llevaba varias cartas de presentación.

También ella supo desde entonces que era soltero y enamoradizo, y tenía un éxito inmediato por su labia inagotable, su versificación fácil, la gracia con que bailaba la música de moda y el sentimentalismo premeditado con que tocaba el violín. Mi madre me contaba que cuando uno lo oía de madrugada no se podían resistir las ganas de llorar. Su tarjeta de presentación en sociedad había sido «Cuando el baile se acabó», un valse de un romanticismo agotador que él llevó en su repertorio y se volvió indispensable en las serenatas. Estos salvoconductos cordiales y su simpatía personal le abrieron las puertas de la casa y un lugar frecuente en los almuerzos familiares. La tía Francisca, oriunda del Carmen de Bolívar, lo adoptó sin reservas cuando supo que había nacido en Sincé, un pueblo cercano al suyo. Luisa Santiaga se divertía en las fiestas sociales con sus artimañas de seductor, pero nunca le pasó por la mente que él pretendiera algo más. Al contrario: sus buenas relaciones se fincaron sobre todo en que ella le servía de pantalla en sus amores escondidos con una compañera del colegio, y había aceptado apadrinarlo en la boda. Desde entonces él la llamaba madrina y ella lo llamaba ahijado. En ese tono es fácil imaginarse cuál sería la sorpresa de Luisa Santiaga una noche de baile en la que el telegrafista atrevido se quitó la flor que llevaba en el ojal de la solapa, y le dijo:

—Le entrego mi vida en esta rosa. No fue una improvisación, me dijo él muchas veces, sino que después de conocer a todas había llegado a la conclusión de que Luisa Santiaga estaba hecha para él. Ella entendió la rosa como una más de las bromas galantes que él solía hacer a sus amigas. Tanto, que al salir la dejó olvidada en cualquier parte y él se dio cuenta. Ella había tenido un solo pretendiente secreto, poeta sin y buen amigo, que nunca logró llegarle al corazón con sus versos ardientes. Sin embargo, la rosa de Gabriel Eligio le perturbó el sueño con una furia inexplicable. En nuestra primera conversación formal sobre sus amores, ya cargada de hijos, me confesó: «No podía dormir por la rabia de estar pensando en él, pero lo que más rabia me daba era que mientras más rabia sentía, más pensaba». En el resto de la semana resistió a duras penas el terror de verlo y el tormento de no poder verlo. De madrina y ahijado que habían sido pasaron a tratarse como desconocidos. Una de esas tardes, mientras cosían bajo los almendros, la tía Francisca azuzó a la sobrina con su malicia india:

—Me han dicho que te dieron una rosa. Pues, como suele ser, Luisa Santiaga sería la última en enterarse de que las tormentas de su corazón eran ya del dominio público. En las numerosas conversaciones que sostuve con ella y con mi padre, estuvieron de acuerdo en que el amor fulminante tuvo tres ocasiones decisivas. La primera fue un Domingo de Ramos en la misa mayor. Ella estaba sentada con la tía Francisca en un escaño del lado de la Epístola, cuando reconoció los pasos de sus tacones flamencos en los ladrillos del piso y lo vio pasar tan cerca que percibió la ráfaga tibia de su loción de novio. La tía Francisca no parecía haberlo visto y él tampoco pareció haberlas visto. Pero en verdad todo fue premeditado por él, que las había seguido cuando pasaron por la telegrafía. Permaneció de pie junto a la columna más cercana de la puerta, de modo que él la veía a ella de espaldas pero ella no podía verlo. Al cabo de unos minutos intensos Luisa Santiaga no resistió la ansiedad, y miró hacia la puerta por encima del hombro. Entonces creyó morir de rabia, pues él estaba mirándola, y sus miradas se encontraron. «Era justo lo que yo había planeado», decía mi padre, feliz, cuando me repetía el cuento en su vejez. Mi madre, en cambio, nunca se cansó de repetir que durante tres días no había podido dominar la furia de haber caído en la trampa.

La segunda ocasión fue una carta que él le escribió. No la que ella hubiera esperado de un poeta y violinista de madrugadas furtivas, sino una esquela imperiosa, que exigía una respuesta antes de que él viajara a Santa Marta la semana siguiente. Ella no le contestó. Se encerró en su cuarto, decidida a matar el gusano que no le daba aliento para vivir, hasta que la tía Francisca trató de convencerla de que capitulara de una buena vez antes de que fuera demasiado tarde. Tratando de vencer su resistencia le contó la historia ejemplar de Juventino Trillo, el pretendiente que montaba guardia bajo el balcón de su amada imposible, todas las noches, desde las siete hasta las diez. Ella lo agredió con cuantos desaires se le ocurrieron, y terminó por vaciarle encima desde el balcón, noche tras noche, una bacinilla de orines. Pero no consiguió ahuyentarlo. Al cabo de toda clase de agresiones bautismales —conmovida por la abnegación de aquel amor invencible— se casó con él. La historia de mis padres no llegó a esos extremos.

La tercera ocasión del asedio fue una boda de grandes vuelos, a la cual ambos fueron invitados como padrinos de honor. Luisa Santiaga no encontró pretexto para faltar a un compromiso tan cercano a la familia. Pero Gabriel Eligio había pensado lo mismo y acudió a la fiesta dispuesto para todo. Ella no pudo dominar su corazón cuando lo vio atravesar la sala con una determinación demasiado ostensible y la invitó a bailar la primera pieza. «La sangre me golpeaba tan fuerte por dentro del cuerpo que ya no supe si era de rabia o de susto», me dijo ella. Él se dio cuenta y le asestó un zarpazo brutal: «Ya no tiene que decirme que sí, porque su corazón me lo está diciendo».

Ella, sin más vueltas, lo dejó plantado en la sala a la mitad de la pieza. Pero mi padre lo entendió a su manera.

—Quedé feliz —me dijo.

Luisa Santiaga no pudo resistir el rencor que sentía contra sí misma cuando la despertaron en la madrugada los requiebros del valse envenenado: «Cuando el baile se acabó». Al día siguiente a primera hora le devolvió a Gabriel Eligio todos sus regalos. Este desaire inmerecido, y la comadrería del plantón en la boda, como las plumas echadas al aire, ya no tenía vientos de regreso. Todo el mundo dio por hecho que era el final sin gloria de una tormenta de verano. La impresión se fortaleció porque Luisa Santiaga tuvo una recaída en las fiebres tercianas de la infancia y su madre la llevó a temperar en la población de Manaure, un recodo paradisíaco en las estribaciones de la Sierra Nevada. Ambos negaron siempre que hubieran tenido comunicación alguna en aquellos meses, pero no es muy creíble, pues cuando ella regresó repuesta de sus males se les veía a ambos repuestos también de sus recelos. Mi padre decía que fue a esperarla en la estación porque había leído el telegrama con que Mina anunció el regreso a casa, y en la forma en que Luisa Santiaga le estrechó la mano al saludarlo sintió algo como una seña masónica que él interpretó como un mensaje de amor. Ella lo negó siempre con el pudor y el rubor con que evocaba aquellos años. Pero la verdad es que desde entonces se les vio juntos con menos reticencias. Sólo le faltaba el final que le dio la tía Francisca la semana siguiente, mientras cosían en el corredor de las begonias:

—Ya Mina lo sabe.

Luisa Santiaga dijo siempre que fue la oposición de la familia lo que hizo saltar los diques del torrente que llevaba reprimido en el corazón desde la noche en que dejó al pretendiente plantado en mitad del baile. Fue una guerra encarnizada. El coronel intentó mantenerse al margen, pero no pudo eludir la culpa que Mina le echó en cara cuando se dio cuenta de que tampoco él era tan inocente como aparentaba. Para todo el mundo parecía claro que la intolerancia no era de él sino de ella, cuando en realidad estaba inscrita en el código de la tribu, para quien todo novio era un intruso. Este prejuicio atávico, cuyos rescoldos perduran, ha hecho de nosotros una vasta hermandad de mujeres solteras y hombres desbraguetados con numerosos hijos callejeros.

Los amigos se dividieron según la edad, a favor o en contra de los enamorados, y a quienes no tenían una posición radical se la impusieron los hechos. Los jóvenes se hicieron cómplices jubilosos. Sobre todo de él, que disfrutó a placer con su condición de víctima propiciatoria de los prejuicios sociales. En cambio la mayoría de los adultos veían a Luisa Santiaga como la prenda más preciada de una familia rica y poderosa, a la que un telegrafista advenedizo no pretendía por amor sino por interés. Ella misma, de obediente y sumisa que había sido, se enfrentó a sus opositores con una ferocidad de leona parida. En la más ácida de sus muchas disputas domésticas, Mina perdió los estribos y levantó contra la hija el cuchillo de la panadería. Luisa Santiaga la afrontó impávida. Consciente de pronto del ímpetu criminal de su cólera, Mina soltó el cuchillo y gritó espantada: «¡Dios mío!». Y puso la mano en las brasas del fogón como una penitencia brutal.

Entre los argumentos fuertes contra Gabriel Eligio estaba su condición de hijo natural de una soltera que lo había tenido a la módica edad de catorce años por un tropiezo casual con un maestro de escuela. Se llamaba Argemira García Paternina, una blanca esbelta de espíritu libre que tuvo otros cinco hijos y dos hijas de tres padres distintos con los que nunca se casó ni convivió bajo un mismo techo. Vivía en la población de Sincé, donde había nacido, y estaba criando a su prole con las uñas y con un ánimo independiente y alegre que bien hubiéramos querido sus nietos para un Domingo de Ramos. Gabriel Eligio era un ejemplar distinguido de aquella estirpe descamisada. Desde los diecisiete años había tenido cinco amantes vírgenes, según le reveló a mi madre como un acto de penitencia en su noche de bodas a bordo de la azarosa goleta de Riohacha vapuleada por la borrasca. Le confesó que con una de ellas, siendo telegrafista en la población de Achí a los dieciocho años, había tenido un hijo, Abelardo, que iba a cumplir tres. Con otra, siendo telegrafista de Ayapel, a los veinte años, tenía una hija de meses a la que no conocía y se llamaba Carmen Rosa. A la madre de ésta le había prometido volver para casarse, y mantenía vivo el compromiso cuando se le torció el rumbo de la vida por el amor de Luisa Santiaga. Al mayor lo había reconocido ante notario, y más tarde lo haría con la hija, pero no eran más que formalidades bizantinas sin consecuencia alguna ante la ley. Es sorprendente que aquella conducta irregular pudiera causarle inquietudes morales al coronel Márquez, que además de sus tres hijos oficiales había tenido otros nueve de distintas madres, antes y después del matrimonio, y todos eran recibidos por su esposa como si fueran suyos.

No me es posible establecer cuándo tuve las primeras noticias de estos hechos, pero en todo caso las transgresiones de los antepasados no me importaban para nada. En cambio, los nombres de la familia me llamaban la atención porque me parecían únicos. Primero los de la línea materna: Tranquilina, Wenefrida, Francisca Simodosea. Más tarde, el de mi abuela paterna: Argemira, y los de sus padres: Lozana y Aminadab. Tal vez de allí me viene la creencia firme de que los personajes de mis novelas no caminan con sus propios pies mientras no tengan un nombre que se identifique con su modo de ser.

Las razones contra Gabriel Eligio se agravaban por ser miembro activo del Partido Conservador, contra el cual había peleado sus guerras el coronel Nicolás Márquez. La paz estaba hecha sólo a medias desde la firma de los acuerdos de Neerlandia y Wisconsin, pues el centralismo primíparo seguía en el poder y había de pasar todavía mucho tiempo antes de que godos y liberales dejaran de mostrarse los dientes. Quizás el conservatismo del pretendiente era más por contagio familiar que por convicción doctrinaria, pero lo tomaban más en cuenta que otros signos de su buena índole, como su inteligencia siempre alerta y su honradez probada.

Papá era un hombre difícil de vislumbrar y complacer. Siempre fue mucho más pobre de lo que parecía y tuvo a la pobreza como un enemigo abominable al que nunca se resignó ni pudo derrotar. Con el mismo coraje y la misma dignidad sobrellevó la contrariedad de sus amores con Luisa Santiaga, en la trastienda de la telegrafía de Aracataca, donde siempre tuvo colgada una hamaca para dormir solo. Sin embargo, también tenía a su lado un catre de soltero con los resortes bien aceitados para lo que le deparara la noche. En una época tuve una cierta tentación por sus costumbres de cazador furtivo, pero la vida me enseñó que es la forma más árida de la soledad, y sentí una gran compasión por él.

Hasta muy poco antes de su muerte le oí contar que uno de aquellos días difíciles tuvo que ir con varios amigos a la casa del coronel, y a todos los invitaron a sentarse, menos a él. La familia de ella lo negó siempre y se lo atribuyó a un rescoldo del resentimiento de mi padre, o al menos a un falso recuerdo, pero a mi abuela se le escapó alguna vez en los desvaríos cantados de sus casi cien años, que no parecían evocados sino vueltos a vivir.

—Ahí está ese pobre hombre parado en la puerta de la sala y Nicolasito no lo ha invitado a sentarse —dijo, dolida de veras.

Siempre pendiente de sus revelaciones alucinantes, le pregunté quién era el hombre, y ella me contestó en seco:

—García, el del violín.

En medio de tantos despropósitos, lo menos parecido al modo de ser de mi padre fue que compró un revólver por lo que pudiera ocurrir con un guerrero en reposo como el coronel Márquez. Era un venerable Smith & Wesson .38 largo, con quién sabe cuántos dueños anteriores y cuántos muertos a cuestas. Lo único seguro es que nunca lo disparó ni siquiera por precaución o curiosidad. Sus hijos mayores lo encontramos años después con sus cinco balas originales en un armario de trastos inútiles, junto con el violín de las serenatas. Ni Gabriel Eligio ni Luisa Santiaga se amilanaron con el rigor de la familia. Al principio podían encontrarse a escondidas en casas de amigos, pero cuando el cerco se cerró en torno a ella, el único contacto fueron las cartas recibidas y enviadas por conductos ingeniosos. Se veían de lejos cuando a ella no le permitían asistir a fiestas donde él fuera invitado. Pero la represión llegó a ser tan severa que nadie se atrevió a desafiar las iras de Tranquilina Iguarán, y los enamorados desaparecieron de la vista pública. Cuando no quedó ni un resquicio para las cartas furtivas, los novios inventaron recursos de náufragos. Ella logró esconder una tarjeta de felicitación en un pudín que alguien había encargado para el cumpleaños de Gabriel Eligio, y éste no desaprovechó ocasión de mandarle telegramas falsos e inocuos con el verdadero mensaje cifrado o escrito con tinta simpática. La complicidad de la tía Francisca se hizo entonces tan evidente, a pesar de sus negativas terminantes, que afectó por primera vez su autoridad en la casa, y sólo le permitieron acompañar a la sobrina mientras cosía a la sombra de los almendros. Entonces Gabriel Eligio mandaba mensajes de amor desde la ventana del doctor Alfredo Barboza, en la acera de enfrente, con la telegrafía manual de los sordomudos. Ella la aprendió tan bien que en los descuidos de la tía lograba conversaciones íntimas con el novio. Era apenas uno de los numerosos trucos inventados por Adriana Berdugo, comadre de sacramento de Luisa Santiaga y su cómplice más recursiva y audaz.

Aquellos manejos de consolación les habrían bastado para sobrevivir a fuego lento, hasta que Gabriel Eligio recibió una carta alarmante de Luisa Santiaga, que lo obligó a una reflexión definitiva. La había escrito a las carreras en el papel del retrete, con la mala noticia de que los padres habían resuelto llevársela a Barrancas, de pueblo en pueblo, como un remedio brutal para su mal de amores. No sería el viaje ordinario de una mala noche en la goleta de Riohacha, sino por la ruta bárbara de las estribaciones de la Sierra Nevada en mulas y carretas, a través de la vasta provincia de Padilla.

«Hubiera preferido morirme», me dijo mi madre el día en que fuimos a vender la casa. Y lo había intentado de veras, encerrada con tranca en su cuarto, a pan y agua durante tres días, hasta que se le impuso el terror reverencial que sentía por su padre. Gabriel Eligio se dio cuenta de que la tensión había llegado a sus límites, y tomó una decisión también extrema pero manejable. Atravesó la calle a zancadas desde la casa del doctor Barboza, hasta la sombra de los almendros y se plantó frente a las dos mujeres, que lo esperaron aterradas con la labor en el regazo.

—Hágame el favor de dejarme solo un momento con la señorita —le dijo a la tía Francisca—. Tengo algo importante que decirle a ella sola.

—iAtrevido! —le replicó la tía—. No hay nada de ella que yo no pueda oír.

—Entonces no se lo digo —dijo él—, pero le advierto que usted será responsable de lo que pase.

Luisa Santiaga le suplicó a la tía que los dejara solos, y asumió el riesgo. Entonces Gabriel Eligio le expresó su acuerdo de que hiciera el viaje con sus padres, en la forma y por el tiempo que fuera, pero con la condición de que le prometiera bajo la gravedad del juramento que se casaría con él. Ella lo hizo complacida y agregó de su cuenta y riesgo que sólo la muerte podría impedírselo.

Ambos tuvieron casi un año para demostrar la seriedad de sus promesas, pero ni el uno ni la otra se imaginaban cuánto iba a costarles. La primera parte del viaje en una caravana de arrieros duró dos semanas a lomo de mula por las cornisas de la Sierra Nevada. Los acompañaba Chon —diminutivo afectuoso de Encarnación—, la criada de Wenefrida, que se incorporó a la familia desde que se fueron de Barrancas. El coronel conocía de sobra aquella ruta escarpada, donde había dejado un rastro de hijos en las noches desperdigadas de sus guerras, pero su esposa la había preferido sin conocerla por los malos recuerdos de la goleta. Para mi madre, que además montaba una mula por primera vez, fue una pesadilla de soles desnudos y aguaceros feroces, con el alma en un hilo por el vaho adormecedor de los precipicios. Pensar en un novio incierto, con sus trajes de medianoche y el violín de madrugada, parecía una burla de la imaginación. Al cuarto día, incapaz de sobrevivir, amenazó a la madre con tirarse al precipicio si no volvían a casa. Mina, más asustada que ella, lo decidió. Pero el patrón de la cordada le demostró en el mapa que regresar o proseguir daba lo mismo. El alivio les llegó a los once días. cuando divisaron desde la última cornisa la llanura radiante de Valledupar.

Antes de que culminara la primera etapa, Gabriel Eligio se había asegurado una comunicación permanente con la novia errante, gracias a la complicidad de los telegrafistas de los siete pueblos donde ella y su madre iban a demorarse antes de llegar a Barrancas. También Luisa Santiaga hizo lo suyo. Toda la Provincia estaba saturada de Iguaranes y Cotes, cuya conciencia de casta tenía el poder de una maraña impenetrable, y ella logró ponerla de su lado. Esto le permitió mantener una correspondencia febril con Gabriel Eligió desde Valledupar, donde permaneció tres meses, hasta el término del viaje, casi un año después. Le bastaba con pasar por la telegrafía de cada pueblo, con la complicidad de una parentela joven y entusiasta, para recibir y contestar sus mensajes. Chon, la sigilosa, jugó un papel invaluable, porque llevaba mensajes escondidos entre sus trapos sin inquietar a Luisa Santiaga ni herir su pudor, porque no sabía leer ni escribir y podía hacerse matar por un secreto.

Casi sesenta años después, cuando trataba de saquear estos recuerdos para El amor en los tiempos del cólera, mi quinta novela, le pregunté a mi papá si en la jerga de los telegrafistas existía una palabra específica para el acto de enlazar una oficina con otra. El no tuvo que pensarla: enclavijar. La palabra está en los diccionarios, no para el uso específico que me hacía falta, pero me pareció perfecta para mis dudas, pues la comunicación con las distintas oficinas se establecía mediante la conexión de una clavija en un tablero de terminales telegráficas. Nunca lo comenté con mi padre. Sin embargo, poco antes de su muerte le preguntaron en una entrevista de prensa si hubiera querido escribir una novela, y contestó que había desistido cuando le hice la consulta sobre el verbo enclavijar porque entonces descubrió que el libro que yo estaba escribiendo era el mismo que él pensaba escribir.

En esa ocasión recordó además un dato oculto que habría podido cambiar el rumbo de nuestras vidas. Y fue que a los seis meses de viaje, cuando mi madre estaba en San Juan del César, le llegó a Gabriel Eligio el soplo confidencial de que Mina llevaba el encargo de preparar el regreso definitivo de la familia a Barrancas, una vez cicatrizados los rencores por la muerte de Medardo Pacheco. Le pareció absurdo, cuando los malos tiempos habían quedado atrás y el imperio absoluto de la compañía bananera empezaba a parecerse al sueño de la tierra prometida. Pero también era razonable que la tozudez de los Márquez Iguarán los llevara a sacrificar la propia felicidad con tal de librar a la hija de las garras del gavilán. La decisión inmediata de Gabriel Eligio fue gestionar su traslado para la telegrafía de Riohacha, a unas veinte leguas de Barrancas. No estaba disponible pero le prometieron tomar en cuenta la solicitud.

Luisa Santiaga no pudo averiguar las intenciones secretas de su madre, pero tampoco se atrevió a negarlas, porque le había llamado la atención que cuanto más se acercaban a Barrancas más suspirante y apacible le parecía. Chon, confidente de todos, no le dio tampoco ninguna pista. Para sacar verdades, Luisa Santiaga le dijo a su madre que le encantaría quedarse a vivir en Barrancas. La madre tuvo un instante de vacilación pero no se decidió a decir nada, y la hija quedó con la impresión de haber pasado muy cerca del secreto. Inquieta, se libró al azar de las barajas con una gitana callejera que no le dio ninguna pista sobre su futuro en Barrancas. Pero a cambio le anunció que no habría ningún obstáculo para una vida larga y feliz con un hombre remoto que apenas conocía pero que iba a amarla hasta morir. La descripción que hizo de él le devolvió el alma al cuerpo, porque le encontró rasgos comunes con su prometido, sobre todo en el modo de ser. Por último le predijo sin un punto de duda que tendría seis hijos con él. «Me morí de susto», me dijo mi madre la primera vez que me lo contó, sin imaginarse siquiera que sus hijos serían cinco más. Ambos tomaron la predicción con tanto entusiasmo, que la correspondencia telegráfica dejó de ser entonces un concierto de intenciones ilusorias y se volvió metódica y práctica, y más intensa que nunca. Fijaron fechas, establecieron modos y empeñaron sus vidas en la determinación común de casarse sin consultarlo con nadie, donde fuera y como fuera, cuando volvieran a encontrarse.

Luisa Santiaga fue tan fiel al compromiso que en la población de Fonseca no le pareció correcto asistir a un baile de gala sin el consentimiento del novio. Gabriel Eligió estaba en la hamaca sudando una fiebre de cuarenta grados cuando sonó la señal de una cita telegráfica urgente. Era su colega de Fonseca. Para seguridad completa, ella preguntó quién estaba operando el manipulador al final de la cadena. Más atónito que halagado, el novio transmitió una frase de identificación: «Dígale que soy su ahijado». Mi madre reconoció el santo y seña, y estuvo en el baile hasta las siete de la mañana, cuando tuvo que cambiarse de ropa a las volandas para no llegar tarde a la misa.

En Barrancas no encontraron el menor rastro de inquina contra la familia. Al contrario, entre los allegados de Medardo Pacheco prevalecía un ánimo cristiano de perdón y olvido diecisiete años después de la desgracia. La recepción de la parentela fue tan entrañable que entonces fue Luisa Santiaga quien pensó en la posibilidad de que la familia regresara a aquel remanso de la sierra distinto del calor y el polvo, y los sábados sangrientos y los fantasmas decapitados de Aracataca. Alcanzó a insinuárselo a Gabriel Eligio, siempre que éste lograra su traslado a Riohacha, y él estuvo de acuerdo. Sin embargo, por esos días se supo por fin que la versión de la mudanza no sólo carecía de fundamento sino que nadie la quería menos que Mina. Así quedó establecido en una carta de respuesta que ella le mandó a su hijo Juan de Dios, cuando éste le escribió atemorizado de que volvieran a Barrancas cuando aún no se habían cumplido veinte años de la muerte de Medardo Pacheco. Pues siempre estuvo tan convencido del fatalismo de la ley guajira, que se opuso a que su hijo Eduardo hiciera el servicio de medicina social en Barrancas medio siglo después.

Contra todos los temores, fue allí donde se desataron en tres días todos los nudos de la situación. El mismo martes en que Luisa Santiaga le confirmó a Gabriel Eligio que Mina no pensaba en mudarse para Barrancas, le anunciaron a él que estaba a su disposición la telegrafía de Riohacha por muerte repentina del titular. El día siguiente, Mina vació las gavetas de la despensa buscando unas tijeras de destazar y destapó sin necesidad la caja de galletas inglesas donde la hija escondía sus telegramas de amor.

Fue tanta su rabia que sólo acertó a decirle uno de los improperios célebres que solía improvisar en sus malos momentos: «Dios lo perdona todo menos la desobediencia». Ese fin de semana viajaron a Riohacha para alcanzar el domingo la goleta de Santa Marta. Ninguna de las dos fue consciente de la noche terrible vapuleada por el ventarrón de febrero: la madre aniquilada por la derrota y la hija asustada pero feliz.

La tierra firme le devolvió a Mina el aplomo perdido por el hallazgo de las cartas. Siguió sola para Aracataca al día siguiente, y dejó a Luisa Santiaga en Santa Marta bajo el amparo de su hijo Juan de Dios, segura de ponerla a salvo de los diablos del amor. Fue al contrario: Gabriel Eligió viajaba entonces de Aracataca a Santa Marta para verla cada vez que podía. El tío Juanito, que sufrió la misma intransigencia de sus padres en sus amores con Dilia Caballero, había resuelto no tomar partido en los amores de su hermana, pero a la hora de la verdad se encontró entrampado entre la adoración de Luisa Santiaga y la veneración de los padres, y se refugió en una fórmula propia de su bondad proverbial: admitió que los novios se vieran fuera de su casa, pero nunca a solas y sin que él se enterara. Dilia Caballero, su esposa, que perdonaba pero no olvidaba, urdió para su cuñada las mismas casualidades infalibles y las martingalas maestras con que ella burlaba la vigilancia de sus suegros. Gabriel y Luisa empezaron por verse en casas de amigos, pero poco a poco fueron arriesgándose a lugares públicos poco concurridos. Al final se atrevieron a conversar por la ventana cuando el tío Juanito no estaba, la novia en la sala y el novio en la calle, fieles al compromiso de no verse dentro de la casa. La ventana parecía hecha aposta para amores contrariados, a través de una reja andaluza de cuerpo entero y con un marco de enredaderas, en las que no faltó alguna vez un vapor de jazmines en el sopor de la noche. Dilia lo había previsto todo, incluso la complicidad de algunos vecinos con silbidos cifrados para alertar a los novios de un peligro inminente. Sin embargo, una noche fallaron todos los seguros, y Juan de Dios se rindió ante la verdad. Dilia aprovechó la ocasión para invitar a los novios a que se sentaran en la sala con las ventanas abiertas para que compartieran su amor con el mundo. Mi madre no olvidó nunca el suspiro del hermano: «¡Qué alivio!».

Por esos días recibió Gabriel Eligió el nombramiento formal para la telegrafía de Riohacha. Inquieta por nueva separación, mi madre apeló entonces a monseñor Pedro Espejo, actual vicario de la diócesis, con la esperanza de que la casara sin el permiso de sus padres. La respetabilidad de Monseñor había alcanzado tanta fuerza que muchos feligreses la confundían con la santidad, y algunos acudían a sus misas sólo para comprobar si era cierto que se alzaba varios centímetros sobre el nivel del suelo en el momento de la Elevación. Cuando Luisa Santiaga solicitó su ayuda, él dio una muestra más de que la inteligencia es uno de los privilegios de la santidad. Se negó a intervenir en el fuero interno de una familia tan celosa de su intimidad, pero optó por la alternativa secreta de informarse sobre la de mi padre a través de la curia. El párroco de Sincé pasó por alto las liberalidades de Argemira García, y respondió con una fórmula benévola: «Se trata de una familia respetable, aunque poco devota». Monseñor conversó entonces con los novios, juntos y por separado, y escribió una carta a Nicolás y Tranquilina en la cual les expresó su certidumbre emocionada de que no había poder humano capaz de derrotar aquel amor empedernido. Mis abuelos, vencidos por el poder de Dios, acordaron darle la vuelta a la doliente página y le otorgaron a Juan de Dios plenos poderes para organizar la boda en Santa Marta. Pero no asistieron, sino que mandaron de madrina a Francisca Simodosea.

Se casaron el 11 de junio de 1926 en la catedral de Santa Marta, con cuarenta minutos de retraso, porque la novia se olvidó de la fecha y tuvieron que despertarla pasadas las ocho de la mañana. Esa misma noche abordaron una vez más la goleta pavorosa para que Gabriel Eligio tomara posesión de la telegrafía de Riohacha y pasaron su primera noche en castidad derrotados por el mareo.

Mi madre añoraba tanto la casa donde pasó la luna de miel, que sus hijos mayores hubiéramos podido describirla cuarto por cuarto como si la hubiéramos vivido y todavía hoy sigue siendo uno de mis falsos recuerdos. Sin embargo, la primera vez que fui en realidad a la península de La Guajira, poco antes de mis sesenta años, me sorprendió que la casa de la telegrafía no tenía nada que ver con la de mi recuerdo. Y la Riohacha idílica que llevaba desde niño en el corazón, con sus calles de salitre que bajaban hacia un mar de lodo, no eran más que ensueños prestados por mis abuelos. Más aún: ahora que conozco Riohacha no consigo visualizarla como es, sino como la había construido piedra por piedra en mi imaginación.

Dos meses después de la boda, Juan de Dios recibió un telegrama de mi papá con el anuncio de que Luisa Santiaga estaba encinta. La noticia estremeció hasta los cimientos la casa de Aracataca, donde Mina no se reponía aún de su amargura, y tanto ella como el coronel depusieron sus armas para que los recién casados volvieran con ellos. No fue fácil. Al cabo de una resistencia digna y razonada de varios meses, Gabriel Eligio aceptó que la esposa diera a luz en casa de sus padres.

Poco después lo recibió mi abuelo en la estación del tren con una frase que quedó con un marco de oro en el prontuario histórico de la familia: «Estoy dispuesto a darle todas las satisfacciones que sean necesarias». La abuela renovó la alcoba que hasta entonces había sido suya, y allí instaló a mis padres. En el curso del año, Gabriel Eligio renunció a su buen oficio de telegrafista y consagró su talento de autodidacta a una ciencia venida a menos: la homeopatía. El abuelo, por gratitud o por remordimiento, gestionó ante las autoridades que la calle donde vivíamos en Aracataca llevara el nombre que aun lleva: avenida Monseñor Espejo.

Fue así y allí donde nació el primero de siete varones y cuatro mujeres, el domingo 6 de marzo de 1927, a las nueve de la mañana y con un aguacero torrencial fuera de estación, mientras el cielo de Tauro se alzaba en el horizonte. Estaba a punto de ser estrangulado por el cordón umbilical, pues la partera de la familia, Santos Villero, perdió el dominio de su arte en el peor momento. Pero más aún lo perdió la tía Francisca, que corrió hasta la puerta de la calle dando alaridos de incendio:

—¡Varón! ¡Varón! —Y enseguida, como tocando a rebato—: ¡Ron, que se ahoga!

La familia supone que el ron no era para celebrar sino para reanimar con fricciones al recién nacido. Misia Juana de Freytes, que hizo su entrada providencial en la alcoba, me contó muchas veces que el riesgo más grave no era el cordón umbilical, sino una mala posición de mi madre en la cama. Ella se la corrigió a tiempo, pero no fue fácil reanimarme, de modo que la tía Francisca me echó el agua bautismal de emergencia. Debí de llamarme Olegario, que era el santo del día, pero nadie tuvo a la mano el santoral, así que me pusieron de urgencia el primer nombre de mi padre seguido por el de José, el carpintero, por ser el patrono de Aracataca y por estar en su mes de marzo. Misia Juana de Freytes propuso un tercer nombre en memoria de la reconciliación general que se lograba entre familias y amigos con mi venida al mundo, pero en el acta del bautismo formal que me hicieron tres años después olvidaron ponerlo: Gabriel José de la Concordia.
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