Pequeños agricultores y grandes patrimonios agroindustriales. El caso de la costa sur del ecuador. 1




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PEQUEÑOS AGRICULTORES Y GRANDES PATRIMONIOS AGROINDUSTRIALES. EL CASO DE LA COSTA SUR DEL ECUADOR.1

Germán Carrillo García2
A partir de la segunda mitad del siglo XX se iniciaron en Ecuador transformaciones de carácter radical en todos los ámbitos. El país se insertó en la órbita internacional tras la Segunda Guerra Mundial. Las Reformas Agrarias de 1964 y 1973, en el marco de la Revolución Verde, cambiaron los escenarios y los actores de un país profundamente rural, cuya dependencia del monocultivo de cacao desde 1870, y de banano desde 1948 definió la trayectoria socieconómica del país. La modernización del campo dejó atrás, en buena medida, el gamonalismo serrano y las aparcerías en la costa para ir adecuando las relaciones laborales y sociales al sistema capitalista. Las economías campesinas se resintieron de un modelo de desarrollo ajeno a su racionalidad y, pronto, el campesinado, que había luchado por la tierra, conformó un nuevo proletariado rural en las modernas explotaciones agrícolas. Ciertos grupos de campesinos y campesinas se mancomunaron en torno a cooperativas agrícolas, lo que de una u otra manera abriría posibilidades para su supervivencia. El estudio de caso de la organización campesina UROCAL (Unión Regional de Organizaciones Campesinas del Litoral) es representativo de los cambios introducidos en el mundo rural ecuatoriano, especialmente en la costa austral del Ecuador. 


  1. Fundamentación y metodología.

Los motivos que indujeron la investigación fueron clarificando los objetivos de la misma. Por un lado, la escasa literatura científica sobre las regiones costeñas del Ecuador ameritaba su investigación. Por otro, la relevancia de la cooperativa objeto de estudio, a partir de su trayectoria histórica, desvelaba parte de la historia contemporánea del país andino y en buena medida una historia agraria del litoral. Como además, el estudio perseguía reevaluar el papel de pequeños agricultores y su grado de cooperación y viabiliadad, dentro de la nueva y compleja economía de mercado.

Como parte del proceso metodológico de la investigación, se llevó a cabo un trabajo de campo sobre el territorio donde se desarrolló históricamente la UROCAL, esto es, poblaciones de las provincias de Guayas, Azuay y El Oro, a partir de testimonios representativos de diferentes actores sociales que formaron parte de la génesis de la cooperativa; así como actuales representantes de la misma, es decir, agricultores, ingenieros agrónomos, economistas, miembros de ONGs, académicos, entre otros, se delimitó la problemática, tanto histórica como actual del agricultor costeño. Se procedió, además, al vaciado archivístico y hemerográfico en diversas instituciones universitarias y equipos de investigación, entre los que sobresalen, la Universidad Andina Simón Bolívar, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), el Sistema de Investigación de la Problemática Agraria en el Ecuador (SIPAE), vinculado a la Universidad Central del Ecuador; el Centro Andino de Acción Popular (CAAP), y el Centro de Educación y Capacitación del Campesinado del Azuay (CECCA), entre otros.

Tras la revisión historiográfica se evidenció que los estudios sobre el mundo rural ecuatoriano han sido poco prolijos en relación a la historia agraria costeña. Esta escasez bibliográfíca sobre un territorio definido históricamente por cultivos de enclave desde el siglo XIX, especialmente de cacao, banano, café y caña de azúcar, suscitó una serie de interrogantes que fueron desbrozando el terreno y abriendo surcos al paso de la investigación.

Los vacíos historiográficos, sumados al peso de la sociología en los estudios sobre el sector rural del país, y la relevancia de las investigaciones sobre el indigenismo, cuyo territorio histórico se halla en los pisos altos de la cordillera andina, en comparación con las investigaciones desarrolladas sobre las planicies litorales, indicaban un campo exploratorio, en algunos casos por definir y en otros por sistematizar de forma global.

A este respecto, conviene citar los trabajos llevados a cabo por Manuel Chiriboga Vega, John Uggen, Luciano Martínez Valle, Hernán Ibarra, Crawford de Roberts, Osvaldo Barsky, Silverman, Andrés Guerrero, Carlos Larrea, Steve Striffler, entre algunos más citados en la investigación e indicados en la bibliografía de este trabajo.


  1. Hipótesis.

Como hipótesis general sostenible y constatada, el campesinado ecuatoriano del último medio siglo ha vivido una serie de cambios y aceleraciones radicales, afectadas en lo económico, social, cultural y político. A esto anterior contribuyeron las Reformas Agrarias de 1964 y 1973, sancionadas por sendos gobiernos militares; aunque en buena medida las reformas consagraban realidades que de hecho ya se habían dado o estaban en proceso de consolidación. Esto es, años antes, en 1948, con el boom bananero, bajo el gobierno del liberal Galo Plaza Lasso (1948-1952), Ecuador entraba en la orbita de las relaciones internacionales del capitalismo posbélico, y por tanto se reeditaban los debates en torno al desarrollo y modernización rural. Una reedición que provenía, en cierto modo, de finales del siglo XIX, de la época dorada de la dominación oligárquica, entre 1880 y 19143.

Pero, si el lapso reformista agrario liberó de las ataduras serviles, a las que me referiré más adelante, al campesinado y propició la entrega de tierras a partir de la división de haciendas y plantaciones4, pronto se verían frustradas las reivindicaciones clamadas por aquél corolario tan en boga en esos años: “la tierra para quien la trabaje”, que por rebeldía y justa reclamación, desconocía el difícil terreno al que se iban a someter a estos campesinos liberados de las aparcerías. Pronto, la doctrina productivista de la Revolución Verde iba a poner en entredicho el carácter distributivo de la tierra. Aspectos cruciales para sostener la producción agraria iban a ser otros, tales como la tecnología, el asesoramiento de ingenieros agrónomos, insumos químicos para la agricultura intensiva, financiación, etc. En suma, para poner en marcha las tierras obtenidas a partir de las reformas, se hacía necesario un conocimiento del mercado e inversiones económicas: ambos aspectos estaban muy lejos de las posibilidades de la gran masa de campesinos.
Por tanto, y tras cuatro décadas del fin reformista, atravesadas por múltiples programas de desarrollo rural inducidos por la burocracia estatal o por las instituciones financieras internacionales, el grueso de la producción y comercialización está en un puñado de manos de grandes patrimonios agroindustriales, quedando dominada la agricultura restante de pequeñas unidades agrícolas excluidas del modelo mercantilista; con los múltiples efectos derivados de este proceso, entre ellos la proletarización del agricultor; la migración hacia las ciudades y la pérdida del vínculo antroposocial, como apuntaba Edgar Morín5, hacia la tierra. Un vínculo perdido y constatado en el campesino; éste ya no quiere ser nombrado como tal, sino como productor, y cuando es trabajador agrícola en una gran explotación, “siempre está de paso...hacia otra ocupación”. La historia del cooperativismo desarrollado en esta investgación pone de relieve la diversidad de agricultores de base mancomunados, así como los problemas permanentes a los que se haya sometido el campesinado en la nueva economía desregulada de mercado. Las políticas implementadas recientemente por el gobierno de Alianza País, podrían cambiar la situación del campo ecuatorino.


  1. Historia rural costeña: entre los “oligarcas del cacao” y los holding del banano.

A lo largo de toda la cordillera andina tenían sus dominios los gamonales6, los señores de las haciendas, desde los cuales explotaban a ingentes poblaciones indígenas, a través de un complejo sistema de relaciones personales y paternalistas, cuya figura representativa fue el huasipungo7, el indio sometido al gamonal; un régimen de semi-esclavitud que consistía, esencialmente, en la apropiación del trabajo de la familia indígena y toda la comunidad representada en el ayllu; como además se desprendía una amplía tipología de servidumbres encarnadas en arrimados, yanaperos, partidarios, entre otros.

En la región de la Costa, durante el periodo cacaotero, entre 1870 y 1925, gobernaron los “oligarcas del cacao8”, como llamara Andrés Guerrero a las familias propietarias del litoral. Sobre estas explotaciones, se practicaba una agricultura de plantación dirigida a los mercados internacionales; lo que motivó que las relaciones sociales de producción se sostuviesen sobre aparcerías de diverso tipo abarcando el pago en salario, en especie o combinando ambas modalidades, dependientes del tipo de cultivo, tal es el caso del redimidor, precarista y finquero, entre otros9.

En la investigación abordamos la historia del territorio circundante a la actual parroquia guayense de Tenguel. Aquí el cultivo de cacao dio paso al banano, a partir de 1934, durante el primer mandato, de los cinco que ostentó, el populista José María Velasco Ibarra. En esta temprana fecha se llevaron a cabo prospecciones en el litoral por parte de la compañía norteamericana United Fruit, bautizada como mamita Yunai10 por el escritor Carlos Luis Fallas, en su novela homónima, y así nombrada por los campesinos entrevistados.

Las compañías bananeras, de diversa procedencia, chilenas, norteamericanas, etc., practicaron una agricultura de contrato11, lo que de una u otra manera exoneraba a la compañías de responsabilidades laborales.

El colapso del cultivo de cacao a partir de los años veinte, propició la entrada del banano como alternativa productiva. Sin embargo, la United Fruit, también operó directamente, “como dueña y administradora” en la conocida hacienda Tenguel, al sur de Guayaquil12, cercana al caserío azuayo de Shumiral, donde germinó la UROCAL, como colonia agrícola hacia 195613. De esta manera llegaba a Ecuador un tipo de agricultura que transgredía cualquier tipología conocida. Se instalaban unas relaciones laborales que Steve Striffler definió como fordistas: El trabajador de la Compañía tenía derecho a una vivienda, un buen salario, disfrute de clubes deportivos, y otras ventajas laborales y sociales inusitadas para aquellas fechas14. No obstante, esto fue una isla, Tenguel, en medio de la situación general del territorio costeño.

El testimonio de un veterano líder de la UROCAL nos traslada a un pasado idealizado a través del recuerdo de su padre como trabajador de la compañía bananera: “se vivía mejor que ahora, los trabajadores tenían un salario, casa, club, etc., es decir, la comida asegurada y un bienestar que no se ha vuelto a alcanzar15”.

Pero la enfermedad del banano daría fin al boom iniciado en 1948, y hacia finales de la década cincuenta la producción declinaba y los trabajadores de la Compañía eran expulsados.

Limítrofe al norte de Tenguel se halla el recinto azuayo de Shumiral. En este lugar se produjeron olas de conflictividad entre campesinos reaccionarios a la Gran Compañía bananera. Entre este campesinado se formó, junto a diversos movimientos sindicales, tales como la Federación Ecuatoriana Indígena o la Confederación de Trabajadores del Ecuador y diversos colectivos de ex-trabajadores de la United Fruit, la Colonia Agrícola Shumiral, hacia 1956, según reza el único documento de archivo hallado a este respecto. Entre los campesinos de esta formación se hallaban abuelos y padres que años después consolidarían la UROCAL. En este pueblito pudimos entrevistar a campesinos de la UROCAL, cuyas historias narradas en el calor del trópico, nos trasladaba a otra época, en la que la gran compañía había desarrollado su actividad productiva.
Bajo aquel contexto histórico se inició la discusión sobre la necesidad de llevar a cabo una reforma agraria en Ecuador; pero Reformas Agrarias y Revolución Verde en la modernización e integración del campesinado a la vida nacional. Así lo expresa Pierre Gondard:

“Reforma Agraria y Colonización surgieron de dos constataciones. La primera resaltaba que había tierras demasiado cargadas de hombres y muchas tierras llamadas ‘baldías’ aunque no lo fuesen realmente, pero con tan pocos habitantes... y que contaban tan poco... Se las podía, se las debía colonizar. En este sentido, se dibujaba un cuadro ideológico similar al que fundamentó las prácticas de la segunda expansión colonial europea, en el siglo XIX: integrar a la modernidad y a la economía tierras desoladas cuyas sociedades, cuando se sabía algo de ellas, eran calificadas de ‘atrasadas16’”.
El reformismo agrario tuvo escaso impacto sobre las estructuras rurales ecuatorianas, puesto que más que afectar la propiedad de la tierra, impulsó una agricultura capitalista. Se viabilizó al mercado haciendas que se modernizaron, pero excluyeron a las unidades campesinas con pequeñas fincas, sin crédito, ni asesoramiento técnico. Lo que produjo en pocos años que aquellos campesinos y campesinas liberados de las ataduras de los gamonales serranos y de los terratenientes costeños pasaran a formar parte como trabajadores agrícolas en las modernas explotaciones. La progresiva tecnificación de los agronegocios provocó excedente de mano de obra, un subempleo importante, acompañado de una pluriactividad emergente hasta la actualidad; un capital humano que no pudo absorber el escaso desarrollo industrial del país.
En este contexto histórico, los campesinos y campesinas de la Colonia Agrícola Shumiral, fueron desarrollando una intensa actividad comunitaria, aunque no exclusiva. Los movimientos campesinos abarcaban amplias tierras y poblaciones litoralenses, desde Puerto Inca, hasta El Guabo..., en la ruta costanera que transcurre desde Machala, hasta Guayaquil; tierras irrigadas por los ríos Gala, Chico, Tenguel, Villa, Guanachi, Siete...; hasta los pueblos enclavados en las estribaciones andinas azuayas de Mollepongo, tales como Rica Encillada o Muyuyacu, entre el río Cañar y Jubones; y en cuyo piedemonte se halla Shumiral.

Las posibilidades de ampliar la frontera agrícola en estas fértiles tierras y la demanda de mano de obra en las plantaciones de banano, atrajeron sucesivas olas migratorias provenientes de diversas zonas del país. Así quedo reflejado en los documentos consultados:

En esta zona costeña vivimos familias de Azuay, Loja, El Oro, Cañar, Guayas, Manabí, Esmeraldas, Zamora... miles de personas han sido trabajadores de las grandes haciendas,... y que con su trabajo han convertido la zona en una próspera región17”.

Estos pueblos y sus moradores dependían, en gran medida, de solidaridades y “lazos de vecindad18” para hacer frente al Estado, y años después, cuando Ecuador reiniciase el periodo democrático, en la década de 1980, con las políticas de ajuste, estos “no lugares, o espacios del anonimato19”, (Marc Auge 1992), se enfrentarían a la nueva economia de mercado, con todas las consecuencias para estas economias campesinas20.
Durante la década de los setenta, UROCAL llevó a cabo tímidas experiencias productivas y comerciales, principalmente a partir del cultivo de cacao, lo que posibilitaría la continuidad de estos pequeños agricultores mancomunados. En este proceso seminal jugaron un papel esencial diversas organizaciones y agencias del desarrollo, tales como la Central Ecuatoriana de Servicios Agrícolas (CESA); el Fondo Ecuatoriano Populorum Progressio (FEPP), Agro Acción Alemana, además de un grupo de voluntaristas españoles, conocido como grupo Pucará, liderado por el cura ecuatoriano Hernán Rodas, fundador del Centro de Educación y Capacitación del Campesinado del Azuay (CECCA), Relaciones y acontecimientos ampliamente desarrollados en la tesis.
Así, concluía esta etapa histórica entre el boom bananero y las reformas agrarias. De aparceros, precaristas y trabajadores semiasalariados, pasarían, por un breve lapso temporal, a ser propietarios, para después engrosar las filas del proletariado rural, muy visible en los pueblos y ciudades del litoral ecuatoriano.
A partir de la década ochenta, los grandes patrimonios empresariales de la fruta tropical iban a acumular grandes cantidades de tierras; asimismo y como efecto de su expansión, diversificaban e invertían su capital, lo que de una u otra manera, provocaba la exclusión del campesinado con escasos fundos, la agregación asalariada en las modernas plantaciones, la migración masiva hacia las ciudades, y un crecimiento de la pluriactividad al interior del sector rural. Progresivamente, los mercados rurales se transformaron en un apéndice de la economía mundial; y es en este momento cuando la agricultura empresarial, bajo unas condiciones favorecidas por las mismas políticas neoliberales, formó “islas de prosperidad” en medio de amplias franjas de campesinos sin tierra, que de forma mecánica se convirtieron en una nueva clase de proletariado rural. Una transformación del sector rural que, arrastrando problemas estructurales, sufría un proceso creciente de diferenciación radical entre la agricultura empresarial y la propiamente campesina21.
Las reformas agrarias fueron sustituidas por proyectos de “desarrollo rural” impulsados por el Banco Mundial, en coalición con el Banco Central del Ecuador, fundaciones públicas y privadas. En la investigación se han desarrollado ampliamente los programas de los que se benefició la cooperativa agraria, especialmente el denominado Fondo de Desarrollo Rural Marginal puesto en marcha a partir de 1978, dirigido a las economías más deprimidas; programa del que la cooperativa obtendría financiación para desarrollar sucesivos proyectos agrarios y sociales. Por otro lado, se constató que con la adquisición de créditos se crearon importantes desigualdades, conflictos e intereses opuestos entre los campesinos mancomunados a la UROCAL.

A este contexto desfavorecedor para el campesinado, se sumaban una serie de hechos coyunturales cuyos efectos conllevarían la casi desaparición de la UROCAL. A los problemas expuestos, se añadía un reflujo en la producción de cacao, base económica de la cooperativa, sobre todo ante la prioridad que el gobierno daba a los agroexportadores con el fin de equilibrar la balanza deficitaria provocada por la deuda externa. A todo ello se sumó la catástrofe provocada por el huracán El Niño en el invierno de 1982 a 1983, que afectó severamente los cultivos del litoral, así como a la recurrencia de la actividad extractiva minera en la zona, derivada precisamente de las brechas abiertas en la tierra por las aguas torrenciales. Hechos que provocarían la caída de la producción agraria y la reconversión obligada, en cierto modo, de campesinos a mineros de buena parte de los asociados a la UROCAL.

La consecuencia inmediata, tras la catástrofe climática y sus consiguientes problemas, estuvo marcada por el desaliento y la incertidumbre entre los agricultores coaligados. Había que reactivar las huertas para sobrevivir. Esta coyuntura desfavorable trajo consigo la búsqueda de alternativas productivas que se materializarían a partir de la década siguiente.
En la década noventa se consolidaba la economía global, cuya manifestación más clara en el campo ecuatoriano estaría marcada por el gobierno conservador de Sixto Durán Ballén, que el 2 de junio de 1994 sancionaba la Ley de Desarrollo Agrario. Los beneficiarios de esta nueva etapa iban a ser los grandes patrimonios productores-exportadores de fruta tropical, en cuyas plantaciones signaba la precariedad laboral y salarial, de los trabajadores agrícolas. Entre estos holding de la fruta destacaban, entre otros, la transnacional Dole, anterior Standard Fruit Company, que operaba en el país desde 1955, Grupo Noboa, Grupo Quirola, Reybanpac y Grupo Wong. La agricultura practicada por estos agroexportadores se fundamentaba, además, en la explotación intensiva de la tierra y un alto nivel de insumos químicos.

Así describía Betsy Salazar, activista social desde los años sesenta en el país y ligada a programas de la cooperativa UROCAL durante los años setenta, los agronegocios del banano; además apuntaba la dirección tomada por el actual gobierno de Alianza País:

“Los holdings de los grandes productores–exportadores, convertidos en oligopolios, habían sometido a sus trabajadores a deplorables condiciones laborales y, a los pequeños y medianos productores, a perjudiciales condiciones de precio y de provisión de insumos para cultivo, embalaje y transporte. Concentrados estos holdings en alrededor de una docena de familias terratenientes, habían optado por convertirse en sociedades anónimas radicadas en países refugio de defraudadores tributarios, los mal llamados ‘paraísos fiscales’. Han acumulado así grandes fortunas que les han servido para condicionar políticas públicas y presionar legislaciones en anteriores gobiernos sumisos a sus desmesuradas ambiciones. Los grupos familiares más representativos de estos holdings, citando nombres sólo de sus principales empresas son: Bananera Noboa, Reybanpac -grupo Wong- y Grupo Quirola (...) Actualmente, rige en el país un gobierno que, entre otras políticas positivas, en lo que se refiere a la producción y comercialización de bananos, ha puesto énfasis en exigir a las bananeras la supresión del trabajo de menores de edad, regularizar la seguridad social y las mejoras salariales a los trabajadores, proveerles protección en el manejo de pesticidas, exigir que el uso de éstos no contamine la salud humana y el ambiente. Desde los órganos de poder público se mantienen rigurosos controles para que estas disposiciones se cumplan22”.
A partir de diversos contactos con organizacones no gubernamentales, la UROCAL, iniciaba en 1994-95 relaciones con el denominado “comercio justo”, y pronto iniciaría timidas exportaciones de banano orgánico a mayoristas alemanes. No obstante, se generó toda una problemática debido a varios factores: a) dificultades en la adecuadción de las fincas a los estándares exigidos por la agricultura orgánica; b) la diversidad de familias campesinas asociadas –tierra, agua, créditos, infraestructuras, etc.–, reprodujo desigualdades entre los asociados, como también disputas entre los antiguos líderes de la cooperativa y los emergentes. Para aquéllos la lucha política y la reivindicación de la tierra, debía proseguir puesto que las Reformas Agrarias no solucionaron problemas estructurales, y los programas de modernización agraria posteriores, no mejoraron las condiciones generales de las poblaciones rurales. Para los nuevos lideres de la cooperativa, el mundo había cambiado, 1989, según los testimonios, suponía el “fin de una era”, y por tanto había que dejar atrás la “guerra fría” y las luchas de los setenta. No obstante, UROCAL participó recientemente (2010) en la Ley de Tierras, junto a otras organizaciones rurales, asumiendo un programa reformista claramente diferenciado de los programas anteriores de desarrollo rural.

Pero la cooperativa se vio afectada por problemas inducidos por la progresiva inclusión de los grandes patrimonios agrícolas en la producción orgánica. Este hecho concedía una serie de ventajas comparativas con las que no podían competir los pequeños productores asociados. Los testimonios de los agricultores de la UROCAL signaban una direción en el “comercio justo” que no beneficiaba al pequeño productor: se otorgaba el sello de “comercio justo” a los grandes patrimonios agroindustriales, lo que entraba en contradicción con el código deontológico de buenas prácticas laborales y ecológicas requeridas para la concesión de las certificaciones.

Progresivamente, desde la década noventa hasta la actualidad, la UROCAL se ha consolidado en el sector rural litoralense a través de la producción y comercialización de banano y cacao orgánicos; un periodo no exento de profundos y complejos problemas desarrollados en la investigación.

El contexto generado por el gobierno de Rafael Correa podría sentar las bases para re-definir el crecimiento económico y social en el país; un modelo de desarrollo donde los pequeños agricultores no estén sometidos a las implacables reglas de la economía de mercado23.

En nuestra opinión, el cooperativismo agrario supone una oportunidad de repensar la agricultura tradicional orgánica, así como los problemas estructurales en el agro ecutoriano. Conviene trascender la vía productivista o economicista y profundizar en los aspectos políticos, sociales y ecológicos, de cara a un futuro sostenible.

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