Presentación del texto: Capítulo 4 de “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro” de Edgard Morín






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fecha de publicación25.01.2016
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Presentación del texto: Capítulo 4 de “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro” de Edgard Morín

Lucila Z.
En “Enseñar la identidad terrenal” Edgar Morin se pregunta cómo pensar los problemas de nuestro tiempo. Para desentrañar esta pregunta comienza planteando que estamos en la “era planetaria” y dentro de esta era en la “fase de la mundialización” que implica el surgimiento del mundo como objeto donde los hombres están atrapados. Este mundo es complejo y en su complejidad se hace difícil de atrapar, de volver inteligible. El esfuerzo por encontrar una idea que explique esa complejidad, que revele el “problema vital”, opaca el verdadero problema que está conformado por un conjunto complejo de conflictos, múltiples y diversos, imposibles de asir desde una perspectiva única. Morin plantea que la dificultad de comprender el mundo esta allí dónde el modo de pensamiento atrofia las posibilidades y los horizontes que permiten analizar la complejidad, la relación todo-partes. Ante este panorama nace la necesidad de un pensamiento policéntrico conciente de la unidad/diversidad.

La “era planetaria” comienza con las aspiraciones de conquista del Globo por parte de las naciones Europeas, alrededor del año 1492. Morin plantea al respecto que esta era se abre y desarrolla en la violencia y por ella: guerras, muertes, explotación, opresión, son aspectos del aporte de la civilización Europea al resto del mundo. En este mundo es que se desarrolla la técnica, la comunicación, la industria, el desarrollo, todo aquello a lo que se llama “progreso”. Según Morin el mundo se vuelve un todo que esta cada vez más presente en cada una de sus partes. Esto genera junto a la esfera de confort una esfera de miseria absoluta, de opresión y sumisión a las transformaciones globales. La “mundialización”, según Morin, es realidad unificadora, cada persona se encuentra de alguna forma conectada con la otra, pero su contracara es la balcanización: la afirmación de identidades nacionales se efectúa según este autor como reacción ante la homogeneización civilizacional.

A su vez, el desarrollo técnico tiende a suprimir las diversidades culturales. Morin plantea que el desarrollo entendido solamente de forma técnico-económica es insostenible y surge la necesidad de generar una noción más compleja de “desarrollo” que abarque los aspectos morales, intelectuales, éticos.

La modernidad ha puesto en el centro de la escena la idea de progreso. Esta idea tenía como meta la evolución del bienestar humano, pero los estragos que ha causado sobre los hombres demuestran que algo ha fracasado. El autor plantea que la modernidad definida de esta forma ha muerto.

Ante este vacío propone colocar la esperanza en las contracorrientes que, considera serán la posibilidad de una nueva creación en el tercer milenio: la “ciudadanía terrestre”.

Estas contra corrientes son herederas del siglo XX y pueden cambiar el curso de los acontecimientos. La contracorriente ecológica, la contracorriente cualitativa, la contracorriente de resistencia a la vida prosaica utilitaria, la contracorriente de resistencia al consumo estandarizado, la de la emancipación para con el dinero, la contracorriente que alimenta la pacificación de almas y mentes.

Antes estas posibilidades se alzan ciertas condiciones previas, por ejemplo, que la técnica y la ciencia explote sus aspectos emancipadores superando las fuerzas de esclavitud. También se erigen posibilidades como las fuentes del amor humano, o las capacidades cerebrales del ser humano. Esta esperanza no esta depositada en una certeza científica, depende solo de la toma de conciencia de los seres humanos, por eso transformar el pensamiento es una de las metas a alcanzar.

Morin plantea que la identidad y la conciencia terrenal deben ligarnos a la Tierra considerada como Patria. Todos los seres humanos comparten una identidad genética, cerebral y afectiva que atraviesa las diversidades culturales. Es necesario asumir la identidad de humanos del planeta y comulgar con la Tierra. No solo se tratar de dominarla, sino de comprender, acondicionar, “estar-ahí” en el Planeta. Debemos tener conciencia antropológica, ecológica, cívica terrenal y espiritual.

El mundo debe ligarse y comprender la sabiduría de vivir unidos, la “simbiosofía”. El objetivo es transformar la especie humana en humanidad y la educación juega un rol fundamental, educación que debe aspirar a la conciencia de la humanidad, la solidaridad de todos para todos.

Pensarnos habitantes del mundo entendido como Patria depende de la educación, pero no sólo de ella. Considero que emerge inmediatamente la pregunta acerca del momento donde estamos inmersos, acerca del espacio y tiempo donde nos pensamos y pensamos esa transformación. Las contracorrientes culturales existen, pero me parece necesario plantearnos la marginalidad en la que subsisten, y a que se debe esa marginalidad. No creo que sea posible apelar a una toma de conciencia, como si el trabajo de hormiga en los márgenes de la sociedad, en una escuela cada vez más devaluada, en un mundo cada vez más individualista, sea posible de generarla. Morin es conciente de que estamos atravesados por el mercado, por las relaciones económicas, por el individualismo, pero creo que no les presta la atención suficiente, por lo menos en este texto. Me parece a veces que peca de ingenuo, aunque estoy segura de que es conciente de ello y que probablemente ciertos aspectos estén desarrollados en otros escritos.

El tema de la técnica también me parece que merece más atención, dado que es un peligro real y plantear simplemente la ambivalencia de la técnica me deja sabor a poco. Las aristas sobre esta cuestión son infinitas, por ejemplo, pensar una ética de la técnica por fuera de la lógica del mercado, pensar la detención del desarrollo técnico, pensar el alcance de esas técnicas. ¿Es posible la detención del avance técnico cuando esta regido por el mercado y los intereses personales? ¿En qué manos esta realmente esa posibilidad? ¿Debemos entusiasmarnos ante las tecnologías o debemos mirarlas con desconfianza como forma de rebelión? ¿En el mundo “mundializado” que alcance tendría esa rebelión? ¿Y las contracorrientes?

La comunión con el mundo me suena a Heidegger, el “estar-ahí”, pero no se si esto alcanza para confiar o pensar una educación para ser habitantes del plantea, todos con todos, sino que también me pregunto de qué forma nos pensamos como humanos, atravesados por la cultura, seres culturales, qué principios son los que se erigen como metas más allá de lo marginal, qué banderas llevamos adelante en esa solidaridad que se perfila tan lejana. Me cuesta decir que la modernidad ha muerto, la modernidad pensada como fé en la humanidad, el humanismo. Tampoco estoy segura de que la idea de progreso infinito haya muerto, sí se ha visto refutada, pero no por ello debemos arrojar todos los valores que esa época ha erigido.

Abandonar la idea de una explicación única para el mundo es un proceso que no debería acabar por acunar cualquier idea que explique ese mundo, creo que ahí esta el peligro ya que es cierto que no existe hoy idea rectora, pero también es cierto que ante la falta de ella pueden surgir cosmovisiones aberrantes que no debemos permitir aún creyendo en un pensamiento policéntrico y acéntrico. No se me ocurre de qué manera puede darse esa identidad con la Patria Tierra, creo que en ese aspecto el texto deja interrogantes pero no plantea propuestas. Propuestas políticas, un norte claro, un camino que, aunque modificable, abierto, permeable, todos deberíamos tratar de trazar y que a su vez no sea marginal. Entiendo que en la educación esta el camino para pensarnos, para plantearnos estas temáticas, para descubrir cual es el camino que nos lleva a ser partes y todo. Una educación comprometida con la realidad histórica, social, política, que no abandone la lectura crítica del mundo, que no abandone la idea de lucha integral, la idea de generar en el mundo entero esos lazos solidarios, pero que tampoco sea indiferente a los obstáculos que la época impone.

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