Ética ( Hacia una versión moderna de los temas clásicos )




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ÉTICA ( Hacia una versión moderna de los temas clásicos )
Leonardo Polo

(tomado de http://www.leonardopolo.net)

PRÓLOGO

Este libro procede de un curso de Licenciatura dictado en la Universidad Panamericana de México en 1992. Su primera edición (1993) corrió a cargo de la Facultad de Filosofía de esa Universidad en colaboración con Publicaciones Cruz O., S.A. de C.V. He de expresar mi gratitud a la Dirección de la Facultad, a la profesora Virginia Arizpe, así como a sus colaboradores David Ezequiel Téllez y Héctor Velázquez, que hicieron posible la edición mexicana de este libro. Asimismo agradezco al Dr. Miguel Bastons ideas sobre la acción humana.

Me he decidido a publicarlo en España para facilitar su difusión en nuestro país, y he aprovechado esta ocasión para introducir algunas correcciones y eliminar imprecisiones, que se explican por su procedencia oral. De todas maneras, el planteamiento inicial no ha sido modificado.

Actualmente se publican muchos libros de ética. También en España. No se trata de una simple moda, sino que ello obedece a exigencias cruciales de nuestra situación histórica. En muchos ámbitos, como la empresa, la economía, la política, la investigación científica - especialmente en biología -, etc., aparecen problemas cuya solución no puede encontrarse al margen de la ética.

Las consideraciones aquí recogidas responden en gran parte a la misma preocupación de fondo. Pero este libro no se dedica a resolver problemas éticos singulares, sino a mostrar las dimensiones centrales de la ciencia moral y a destacar su unidad sistémica.

Por la atención que en él se presta a los asuntos de la vida práctica, este libro forma un grupo con otros varios: Quién es el hombre (Rialp, Madrid 1991; 2ª ed. 1993; tr. ital.: Vita e Pensiero, Milán 1992; ed. peruana: Universidad de Piura, 1993); Presente y Futuro del Hombre (Rialp, Madrid 1993); Sobre la existencia cristiana (EUNSA, Pamplona 1996); La persona humana y su crecimiento (EUNSA, Pamplona 1996); Antropología de la acción directiva (AEDOS/Unión Editorial, Madrid 1997). A estos libros seguirá en breve La voluntad y sus actos.

No es ésta mi primera colaboración en la tarea editorial emprendida por AEDOS, cuyo objetivo es estudiar y difundir las enseñanzas de la Iglesia en el campo de la teología moral, recogiendo las aportaciones de expertos en las ciencias humanas interpeladas por ese Magisterio. Por su parte, el enfoque filosófico de los asuntos morales se distingue del teológico y, en cierto sentido, es previo a él, de modo similar a como la gracia supone la naturaleza. Por la misma razón corresponde a la filosofía moral aportar los materiales que la teología ha de iluminar desde la Revelación, teniendo en cuenta ante todo la elevación del hombre al orden sobrenatural. En estas páginas he procurado mostrar que ninguna dimensión del actuar humano es ajena a la ética. Si no fuera así, la gracia no alcanzaría a informar enteramente la conducta del hombre en este mundo. Por ello he estudiado la ética in statu nascente, tanto desde el punto de vista de la constitución del cuerpo humano, como en el de la iniciación espiritual de su actividad voluntaria.

No comparto la opinión de A. Maclntyre según la cual hoy existen tres versiones rivales de la ética. Aunque la argumentación de este autor es brillante, su planteamiento se mueve en un plano empírico y psicologista. Sin duda es interesante estudiar distintos modos de percibir lo ético y poner de relieve hasta qué punto son incompatibles. Sin embargo, dicha incompatibilidad sólo puede deberse a la parcialidad de los puntos de vista, es decir a la desintegración de la unidad sistémica de la ética. Dicha unidad es lo que en este libro he procurado mostrar. Las versiones rivales de que habla Maclntyre son, en el fondo, lo que aquí llamo ética sólo de normas (racionalista), ética sólo de bienes (hedonista) y ética sólo de virtudes (estoicismo).

Hago constar mi agradecimiento a Fernando Fernández, Presidente de AEDOS, por incluir esta obra dentro de su propósito editorial y por haber decidido esta nueva edición.
Capítulo I

EVOLUCION Y APERTURA EN EL HOMBRE

Ética y legalidades humanas

Desde los Griegos la ética ha ocupado un lugar muy importante en la historia de la filosofía; pero la ética no es solamente un patrimonio de Occidente: aparece en todas las grandes culturas, porque los problemas humanos a los que ella responde son universales y su solución también está basada en una inspiración global. Por eso, aunque las formulaciones aplicables o de detalle a veces son dispares, hay un fondo común más o menos desarrollado. Los grandes principios rectores de la conducta son compartidos por toda la humanidad y son formulados en cualquier ámbito social, aunque como rama de la filosofía la ética es efectivamente un invento griego. Concretamente, Aristó­teles es el primer sistematizador de la ética.

Sin embargo, en el momento actual asistimos a lo que podríamos llamar una cierta descomposición de la ética; o al menos, una falta de aplicación. Por una parte, hay oscurecimientos en la conciencia moral de muchos grupos humanos, pero sobre todo falta la integración ética en la vida, lo que en gran parte es debido al descubrimiento de otro tipo de legalidades; en especial, las legalidades científicas, con las cuales se ha podido emprender el gran pro­greso técnico que es característico de los últimos siglos. Ello implica una pluralidad de normas, de pautas de conducta que compiten entre sí, de modo que la ética a veces es relegada en favor de otras regularidades de la vida social. Piénsese, por ejemplo, en las llamadas leyes económicas1. Aunque no son tan abundantes ni tan estables como pretenden ciertos economistas que no han reflexio­nado sobre los fundamentos de la ciencia que cultivan, se acude a ellas para tomar decisiones a la hora de corregir las disfunciones de la dinámica social.

En la vida humana intervienen otras regularidades descubiertas en nuestro siglo. Por ejemplo, la biología ha adquirido carácter científico al sentar una serie de leyes, más o menos bien conocidas, presididas por la noción de código genético, que seguramente es hoy la idea directriz de la investigación biológica.

Sin duda, al hombre le afecta la legalidad económica; pero no exclusivamente, sino también ese descubrimiento de la biología, que está adquiriendo un carácter practico muy acusado. Lo que se suele llamar ingeniería genética es una tecnología cuya influencia en la vida humana puede ser muy intensa. Piénsese, por ejemplo, en la fecundación in vitro, y sus implicaciones morales. Y eso no es más que una parte de lo que se puede hacer.

Todo ello da lugar a que a veces la ética se refugie en formulaciones rutinarias y adopte una actitud defensiva, residual o parcial en lo que a la conducción de la vida humana se refiere, porque se supone que el hombre está sujeto a otras reglas más decisivas, como son las que rigen los intercambios de productos, bienes y servicios; o bien, porque se capta que la manera de ser de los individuos obedece a su dotación genética. Con otras palabras, ha aparecido el peligro de que la ética se transforme, como diría Nietzsche2, en "moralina", es decir, en una serie de reglas extrínsecas sujetas a una hermenéutica desde instan­cias más profundas, es decir, como remedios someros o sujetos a sospecha, carentes de justificación intrínseca.

Lo primero que conviene evitar es que la ética se sale de esas otras reglas sociales, o biológicas, porque en esas condiciones no se entiende ni lo ético ni lo que dichas reglas son. El hombre es un ser complejo y unitario, abierto hacia afuera y desde dentro, que retorna a su intimidad y se trasciende: en este ir y venir se forma (se forja). Nada hay en él que se pueda considerar neutral desde el punto de vista ético, porque ninguna regla anónima, simplemente racionalizada, es capaz de explicar ese co-existir que integra lo externo en lo interno y otorga lo interior a lo exterior, de acuerdo con el cual se forja, como digo, lo humano.

Se suele afirmar que los negocios son los negocios; y hay que responder: los negocios no son los negocios, sino que los negocios son negocios si son éticos. Y si no lo son, no son negocios, sino malos negocios; pues no hay una autonomía de la actividad económica; si se acepta esa autonomía, el ser humano se aliena: arranca de sus propias raíces tanto al negociar como al negociante. Justo lo que tiene que ver con la radicalidad de la acción humana es ético. La ética no es una cataplasma, no es moralina: sin la ética las otras regularidades diluyen al ser humano. Y no pasan de ser (tales independizadas regularidades) sino aplicaciones incoherentes de un uso secundario de la libertad.

No se debe decir que el hombre está dominado por leyes. Sí se puede decir es que cuando el hombre actúa da lugar a ciertas legalidades que se dan precisamente en cuanto que actúa. La ética es el estudio de la acción, en el despliegue del ser humano en tanto que ser vivo espiritual y corpóreo. Toda otra legalidad está vinculada a las legalidades constituyentes del ser humano, es decir, no está separada de la moral. Estas legalidades tienen que ser asumidas por la consideración ética, y abrirse desde ella.

Si lo formulamos de esta manera, si enfocamos la ética como la dimensión intrínseca del ser humano dinámicamente considerado, entonces se evita la superficialización o parcialización de lo ético: esa alternancia u oscilación entre lo que es ético y lo que no lo es. Necesitamos un estudio de la ética que dé razón del actuar humano, que nos haga ver de qué manera surge una legalidad, una regula­ridad que tiene que ver con lo más elemental y lo más profundo del ser humano, y con su ascender las escaleras del ser. La ética es la ciencia antropológica que siempre hay que tener en cuenta, aquella de la que no se puede prescindir o dejar en suspenso. Una ciencia sin la cual el hombre se hace ininteligible, se deshumaniza.

Etica y economía

La ética abarca e interesa al ser humano en todas sus dimensiones. No es un adorno, un añadido sobrevenido al hombre en tanto que actúa, sino que configura (y eso es lo que habrá que ir mostrando) la entraña misma de su actuar. Todo lo que el hombre hace tiene que ver con la ética . No cabe un estudio completo de la acción humana si no es en términos morales.

Esto es claro. Hay muchas formas de estudiar la conducta humana; la conducta privada, individual, y la conducta en las organizaciones. No es ociosa la pluralidad de ciencias acerca de estos asuntos: psicología, sociología, etc. Pero ninguna de ellas es abarcante o nos lo enseña todo acerca del actuar humano; sólo la ética es capaz de lograrlo.

La economía es un cierto modo de estudiar el actuar humano. Es una ciencia acerca de la conducta, pero no una ciencia completa, sino muy reducida, que logra sentar leyes para cierto tipo de actividades humanas. Esas leyes son pocas, y, además, con ellas no se agota el sentido de la acción.

La economía formula leyes que se refieren a los inter­cambios, según las cuales se puede determinar más o menos cuál será la evolución de los precios, etc., todo ello basado en que la asignación de los recursos disponibles se puede hacer de distintas maneras. Según se asignen los recursos se pueden alcanzar unos resultados u otros. Las leyes económicas destacan que las pretensiones de lograr determinados objetivos son inconsistentes, debido al modo de asignar los recursos3.

En general, la ciencia económica puede decir: si asigna los recursos de esta manera, no logrará los objetivos que pretende, o bien hay formas mejores o más adecuadas de asignar recursos, y otras peores. La averiguación no es peque–a. Pero es claro que hay elementos integrantes de la actividad humana que la economía no tiene en cuenta. La economía dice: supuesto que se asignen los recursos de una determinada manera, el resultado estará de acuerdo o no con lo que se pretende. Las pretensiones humanas, los fines, los objetivos no son una cuestión económica sino un supuesto suyo. Ahora bien, la finalidad es una parte integrante de la actividad humana; el hombre no actúa si no es por algún fin. Esa finalidad la ciencia económica no la estudia en directo ni da ninguna ley acerca de ella. La economía advierte que según se asigne de una manera los recursos, se alcanzará un fin u otro, pero acerca de si debe alcanzar ese fin o no, la economía como ciencia no tiene nada que decir. El economista como ser humano pensará lo que quiera, pero la ciencia económica no puede decir nada acerca de los fines del hombre4.

La ciencia económica establece unas leyes que suponen que el hombre pretende resultados, y señala cómo alcan­zarlos asignando medios. También la motivación es una parte integrante de la acción, respecto de la cual los economistas adoptan un postulado: "el agente económico actuará siempre por motivos racionales buscando la optimi­zación de su esfuerzo". Pero esa idea de agente económico movido por objetivos como la satisfacción de sus nece­sidades o la obtención de lucro, de ganancias, aunque la asuma el economista (asunción que no responde entera­mente a la realidad), no es justificable por la ciencia económica. No hay ninguna legalidad económica que conduzca a lograr ese tipo humano. En primer lugar, no es una idea verdadera; y en segundo lugar, en todo caso es una convención, un postulado, abstracto o incompleto, pues la experiencia muestra que no siempre los hombres actúan movidos por los mismos motivos ni tratan de lograr los mismos fines, y sobre todo que no suelen limitarse a los que el economista le atribuye. Acerca de si esos motivos son buenos o malos, adecuados o no, de si aparecerán siempre, etc., el economista no puede decir nada.

Ética y psicología

Se podría pensar que hay que complementar la economía con la psicología. Correspondería a la psicología elaborar el elenco de las necesidades y motivaciones. Sin embargo, la articulación de esa psicología con la economía no es segura, pues la psicología no es capaz de fijarlo de un modo enteramente científico. Basándose en criterios empi­ristas es posible fijar los móviles de la conducta de acuerdo con niveles de "deseidad": la satisfacción de ciertas necesidades es previa a la de otras de nivel superior. Como se suele decir, primum vivere, deinde philosophari: hay que estar vivo para poder hacer otras cosas; la necesidad elemental es sobrevivir. Aunque tampoco esto es del todo exacto. El hombre puede actuar de muchas maneras, alterar la importancia relativa de sus objetivos y los modos de satisfacer necesidades. Precisamente por eso, si la relación de la psicología con la economía da lugar a planteamientos con pretensiones deterministas, sus conclusiones son bastante resbaladizas.

La ética aprovecha mejor que la ciencia económica los datos de la psicología, pues no les impone restricciones. Pero, a la vez, los considera como un material por orga­nizar. En este sentido la psicología es una ciencia subor­dinada a la ética .

Etica y sociología

La sociología tampoco es capaz de aclarar por completo el actuar humano. Entre otras cosas, porque la sociología suele aceptar un postulado que científicamente es válido, pero al mismo tiempo establece los límites de dicha ciencia. Quizá quepa hacer sociología de otra manera, pero hoy se hace suponiendo que la dinámica social depende de factores que llaman endógenos. Esto es aceptar un presupuesto metódicamente útil pero parcial. La dinámica social depende de factores endógenos, esta determinada por los pasos sucesivos entre fases estáticas. La evolución social se entiende desde tipos ideales (Max Weber). Cada uno de los estadios de la sociedad surge de los anteriores entendidos a manera de condiciones iniciales. Esto sólo puede sentarse a parte post, es decir, hay que referirlo al pasado. Además, dada su complejidad es muy difícil establecer los factores endógenos de la sociedad actual. Por otra parte, dicho postulado no es enteramente cierto, aunque se pueda tener en cuenta (como se pueden tener en cuenta las leyes económicas o ciertas investigaciones psicológicas), porque las inflexiones históricas no se pueden explicar tan sólo por una dinámica endógena: eso es una pretensión contra la historia. Pensar que la sociedad acontece como los procesos naturales no es más que la confesión de la limitación del enfoque de esta ciencia. Hay un factor extraordinariamente importante, la libertad humana, que no siempre se ejerce de la misma manera, ni con la misma intensidad. Pero la libertad es un factor exógeno respecto de cualquier proceso o dinamismo natural, porque inter­viene en él y lo modifica desde ella misma. La libertad incide en los procesos, pero no es consecuencia de ninguno de ellos. Pensarla como endógena a la sociedad es incurrir en ambigüedad, pues la libertad nace en el interior de cada hombre.

Los sociólogos que niegan la libertad o prescinden de ella lo hacen porque no cabe en su método (si la incluyeran, éste les fallaría). No se debe hablar de un desarrollo natural de la libertad; sostenerlo es no haberla investigado a fondo. La libertad humana crece o se desvía y debilita en relación con lo otro, pero siempre en sus propios términos, y esto último muchos sociólogos lo ignoran. Por eso tienen que prescindir de ella y lo que afirman (una dinámica social solamente endógena) es unilateral. La libertad influye extraordinariamente en el curso histórico, abre y cierra líneas temporales. Hay tiempos abiertos por la libertad y tiempos cerrados por la libertad.

Cualquiera que sea la ciencia positiva que se ocupe de la actividad humana, la considera siempre de una manera parcial. La única que realmente la considera por entero, teniendo en cuenta lo decisivo, sin establecer postulados, aunque dejando implícitas algunas de las dimensiones humanas (que si se piensa un poco más, aparecen y completan lo averiguado), es la ética . Con todo, no siempre el pensamiento ético tiene en cuenta todas las dimensiones de la acción humana. Pero en ese caso cae en reduccio­nismos, como pasa con las otras disciplinas. Ahora bien, si el estudioso de la ética dirige su atención hacia la averiguación de los factores olvidados, advierte que esos factores entran coherentemente en relación con el plantea­miento global de la ética . Esto no se puede decir de las otras ciencias humanas, que para constituirse han de prescindir de factores pertinentes; esas ciencias están en situación de penuria explicativa, y, por tanto, se subordinan a la ética .

La ética es la consideración científica más ajustada de la actividad humana. Desde la ética se ve, mejor que desde la psicología o la sociología, la economía o la biología, la índole del dinamismo humano, de la conducta humana. No es que la ética , insisto, lo considere todo, que sea una antropología completa. Pero su planteamiento es coherente con una antropología completa, porque, aunque sea de modo indirecto, tiene en cuenta los factores radicales; entre otros, la libertad, que es la dimensión más importante del ser humano y la más característica. Aunque no la estudie a fondo, o no haya una teoría ética de la libertad en sentido riguroso que agote los significados de ella, sin embargo, la ética conecta directamente con la libertad humana. Sin la libertad humana la ética sería imposible o se formularía mal. Ya veremos algunos planteamientos éticos insuficientes por este motivo.

Para exponer la relación de la ética con las otras ciencias que se ocupan del mundo humano, debemos arrancar de la ética misma, es decir, estudiar la ética simplemente como ética . Debemos mostrar lo que acabo de decir: que la ética no es un a–adido a un dinamismo humano suficientemente constituido por otros factores. No cabe considerar con rigor el dinamismo humano sin atender a lo que le es intrínseco. Por eso, el estudio de la acción humana ha de detectar lo ético en su arranque y en su acabamiento. Las otras ciencias del hombre progresan en la medida en que su estatuto metódico se hace más flexible y amplio, de acuerdo con su carácter subordinado.

Para empezar, procede mostrar la ética in statu nascens; es decir, surgiendo con y del ser humano. Este es el planteamiento filosófico más riguroso. Si exponemos la ética de acuerdo con los manuales o como una doctrina suficientemente constituida, transmitida de modo estático, nos costará más reconocer que la ética no le viene al hombre de fuera, sino que lo ético es intrínseco al ser humano: desde lo biológico a lo más alto en el hombre, lo espiritual.

Acudir a Aristóteles ayuda a ver la ética en su génesis, puesto que Aristóteles es el primero que con suficiente coherencia la ha formulado Así. Como él mismo dice en la Etica a Nicómaco, no es un tratado, una disciplina cons­truida en abstracto, sino que hay que ver cómo surge lo moral en el hombre, y cómo se despliega5. No hay que ver la ética in actu signato, como si ya supiéramos todo acerca de ella, o como si gozara de un estatuto objetivo separado. Hay que atender a cómo surge, pues la ética es nativamente humana, y a cómo la vivimos, pues no hay nada en el hombre que no tenga que ver con ella. Un desarrollo teórico no es el tipos de la ética , a la que se capta donde realmente está: en el hombre cabal.
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