Ética ( Hacia una versión moderna de los temas clásicos )




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Inteligencia y finalización por la especie

La aparición de la inteligencia es más originaria que la diferencia entre la evolución por adaptación y la evolución por cerebralización (inversión de la relación con el medio, construcción de instrumentos); esa diferencia es muy importante, pero la diferencia entre el animal inteligente y los otros lo es todavía más. La biología puede explicar el surgimiento de especies nuevas; la humanización no se puede explicar así, porque la inteligencia trasciende la especie. Por ser la inteligencia propia de cada ser humano, no se transmite genéticamente; el origen de la inteligencia es divino. Ahora bien, por ser el hombre un animal, es generado. La relación del padre y la madre con su hijo es un tipo de reproducción transido de sentido ético. La generación de un ser humano tiene una dimensión biológica inmediatamente trascendida: tanto los padres como el hijo son seres inteligentes. Las relaciones integrantes de la institución familiar son posibles por ello.

La inteligencia no es sólo un factor especificante, sino un factor diferencial más decisivo —desde el punto de vista de la definición aristotélica—. Por eso, por un lado, afianza la especie biológica humana, y por otro va más allá de ella. No es una propiedad de la especie, sino que reside solamente en cada uno. Por tanto, el hombre, desde el punto de vista de la humanización, no es una especie explicable por el proceso de hominización.
Se presenta así el hombre como un ser superior a su especie. Ser superior a su especie quiere decir, ante todo, que en él hay algo que es superior a su corporalidad viviente. La inteligencia es lo hegemónico (el noûs es lo hegemónico, decía Aristóteles26, es decir, lo autárquico en cada uno; el noûs no deriva del bíos. Por eso, el noûs no es una cuestión evolutiva). La teoría de la evolución trata de explicar cómo aparecen las especies, y si tiene éxito lo logrará. Pero sería un error extrapolar a la vida del espíritu los resultados que su metodología permite abordar.
¿Cómo aparece una especie viva? Es un gran problema, pero es abordable. ¿Cómo aparece la vida en general? Este ya no es un problema evolutivo, como es claro, y habría que afrontarlo de otra manera. La teoría de la evolución no puede explicar cómo surge la vida por primera vez, sino solamente cómo aparecen especies vivas diferentes. Tampoco puede explicar la inteligencia, pues la inteligencia no se reduce a la determinación genética de una especie, sino que comporta una peculiaridad completamente distinta, a saber, que los individuos sean superiores a su especie. Esta tesis se puede expresar de la siguiente manera: el ser humano no está finalizado por su especie.

Todos los animales —incluidos el habilis y el erectus, suficientemente originales desde el punto de vista de la evolución— están finalizados por la especie: es decir, sólo actúan en función de la supervivencia específica (los que funcionan por adaptación, todavía más). Es bastante notable, y hay indicios suficientes en la paleontología, que el habilis y el erectus se comportaban tecnológicamente también a favor de la especie, es decir, que su rudimentaria vitalidad productiva era puesta en común. Es un dato suficientemente claro a partir de los yacimientos (probablemente carecían del sentido de la propiedad).

El individuo humano no se agota en ello: no se limita a ocuparse de mantener la especie a través de su vida, sino que tiene su propia existencia a su cargo. Su existir activo está en sus propias manos. Así describe Aristóteles la libertad: ser libre significa ser dueño de los propios actos, y esto significa ser causa sibi, causa para sí27. Hay una teleología humana, y correlativamente una legalidad humana cuyo cumplimiento depende de su libertad, en tanto que la libertad del hombre es una característica de cada ser humano según la cual cada uno tiene que desarrollarse alcanzando fines. Dichos fines son distintos del puro mantenimiento de la especie. Insisto, el hombre no está finalizado por la especie, pero eso no significa que no esté finalizado, sino que vive entregado a su propio dominio, a su propio albedrío, como sugiere Calderón de la Barca28.
El hombre tiene que regular su vida de acuerdo con leyes que no se cumplen de suyo (como las leyes endógenas de que hablan los sociólogos o las leyes psicológicas puramente dinámicas). Son leyes de otra índole, que el hombre puede cumplir o no cumplir. Ahí tenemos una dimensión de la ética: el hombre es un ser capaz de normas éticas. El puesto del hombre en la escala de los seres vivos abre un hiato entre el sujeto racional y la especie humana. En ese hiato se sitúa la normatividad ética, que rige las relaciones intersubjetivas y controla el dominio del sujeto sobre su dotación esencial.

Libertad y legalidad

La normatividad ética es, por así decirlo, natural en el sentido de que es propia del ser humano y surge de su carácter racional y libre. Pero no es natural en el sentido de las leyes físicas que puede seguir una partícula material o de las leyes biológicas de una especie animal. No es nada de eso: son leyes que rigen el actuar de manera no determinista, y que el hombre puede conculcar: seguirlas o no. Pero no por ello son menos profundas o menos ancladas en el ser. El cumplimiento libre no se confunde con el azar.
Sería, por tanto, un error, pensar que son leyes en sentido lato, leyes que el mismo sujeto se da, convencionales o no vitales. La verdadera legalidad sería entonces una legalidad como la que formula Newton en la mecánica racional, o las leyes según las cuales funciona el instinto; las leyes morales no lo serían en sentido estricto, porque se pueden conculcar, no rigen en el sentido de que sean inevitables: no sujetan enteramente o de manera inexorable al ser humano. Son leves inherentes a la naturaleza humana, pero no tienen un carácter automático. Son leyes, si se quiere, que expresan un deber ser, porque no son leyes empíricas. Pero, insisto, este carácter de la normatividad moral no atenúa su importancia. Aunque se conculquen, las normas éticas obligan. Por obligatorias, son existentes (en modo alguno irreales); rigen el vector de finalización del sujeto no específicamente finalizado29.
La existencia de esta normatividad obligatoria es exclusiva del hombre. A partir de la normatividad ética se pueden formular otros sistemas de leyes que también son peculiares del hombre: por ejemplo, las costumbres o las normas jurídicas. También el derecho y las costumbres en su carácter cambiante, la constitución de distintas maneras de conducirse de acuerdo con la cultura o la civilización, son exclusivos del hombre; no hay ningún animal que tenga costumbres y derecho. El derecho y las costumbres culturales son normas derivadas de las normas éticas. Llamamos normas éticas a las leyes más peculiares del ser humano, más exclusivamente suyas, porque su cumplimiento es libre. Y como corren a cargo de la libertad, no son mecanismos, sino que la libertad puede decidir no cumplirlas. En cuanto que derivadas, las normas de conducta citadas no son tan inseparables de la libertad.
El homo sapiens sapiens lleva a su última posibilidad la característica de no adaptarse al ambiente, sino de especificarse de otra manera, y llega incluso a no subordinarse a la especie en sentido teleológico. El individuo humano sobresale por encima de la especie: es persona y queda abierto a unas leyes cuya adhesión no implica necesidad automática, sino que puede cumplir o no cumplir. Las normas éticas, en tanto que no son leyes físicas ni psicológicas que dependan de la biología animal, son leyes del ser libre para ser libre. De manera que si estas leyes no existieran, o un ser humano se empeñara en decir que no hay normatividad ética, o que tal normatividad no se explica por su carácter de ser personal libre, sino por convención o tradiciones culturales, o por acuerdos o pactos30, entonces él mismo se limitaría a la condición de mero animal, se aceptaría reducido a ese nivel. Si las normas éticas no son normas de la libertad, entonces son naturales en el sentido biológico o puras convenciones, y no se pueden tomar en serio, lo que es gravísimo para el ser que va más allá de la finalización por la especie.
Uno de los grandes problemas de que se ocupa la mecánica cuántica es la aparición de las leyes físicas. Ello depende, en principio, de la energía de los fotones. Por ejemplo, la gravedad aparece en cierto momento; seguramente antes existía, pero no hacía notar su efecto. La gravedad empieza a funcionar cuando la energía de los fotones disminuye, y esa disminución es correlativa con la expansión del universo. Al expandirse el universo, según los físicos cuánticos, la frecuencia de los fotones disminuye, varía su energía y se pasa a un universo en polvo en el que ya hay núcleos, y a partir de los núcleos se forman los átomos. Los átomos más pesados se forman después y no existen en todo el universo, sino en algunas regiones suyas.
Todo esto es una explicación bastante válida (con algunos puntos oscuros). ¿Cómo aparecen las leyes naturales? Según una historia que empieza con el big bang31; una historia o un tiempo anterior a la evolución biológica, la cual supone la existencia de átomos pesados. Lo cierto es que estas leyes no pueden ser incumplidas, sino que según cierto estado energético aparecen unas leyes, y según otro estado energético aparecen otras. Es decir, son leyes que expresan estados energéticos distintos; son leyes naturales, pero no son leyes de la libertad: rigen el despliegue temporal de realidades diferentes de la biografía humana.
Si para la explicación de las leyes propiamente humanas apelamos a instancias distintas de la libertad, negamos su índole de leyes morales. El cuerpo del animal está formado por átomos pesados, por ejemplo, átomos de carbono, y eso lo aleja de ciertos estadios de la temporalidad del universo contemplada desde la teoría del big bang (que es una teoría que se formula bien en términos de mecánica cuántica). No se puede decir que, por ejemplo, cuando el animal tiene miedo, sus átomos pesados se hacen ligeros (de helio, por ejemplo). Pero la libertad abre un ámbito diferente, que no tiene nada que ver con lo físico; con todo, ahí aparece una normatividad que comporta una oposición o alternativa: cumplir la norma o no cumplirla. Desde aquí se formulan dos series de nociones que son enteramente originales: es la ética la que las descubre y tienen ese mismo sentido. Por una parte, las nociones de bien y de mal. Bien y mal no se puede decir de otras regiones de la realidad: no se puede decir que sea mala la explosión de una supernova, a no ser que abusemos de las palabras. De una manera traslaticia se puede hablar de una buena mesa o de una mala mesa, o de que existe un buen clima o un mal clima, pero son acepciones secundarias. Donde realmente aparece su original sentido es en la ética: bien y mal son nociones estrictamente éticas que sólo se captan si se es libre. El ser humano es un ser personal, capaz de entender su destino y el camino que conduce a él.
Por otra parte, el cumplimiento de las leyes morales comporta que el hombre es susceptible de varios estados, a los que llamaremos estados interiores: son las virtudes (el incumplimiento de esas leyes da lugar a los vicios). De acuerdo con dichos estados, la libertad conecta con la naturaleza del hombre. Virtudes y vicios son estados internos que siguen a la acción práctica, no como resultados o consecuencias externas, sino como modificaciones intrínsecas de la capacidad de realizar acciones. Así se muestra, una vez más, que la ética no es adjetiva o adventicia.

Libertad y norma moral

Solemos decir buena salud o mala salud. Pero también nos damos cuenta de que buena salud o mala salud no es algo que tenga que ver con la libertad: ahí bueno o malo no es una opción que esté en mis manos, como lo está realizar una buena o mala acción. Originariamente, la alternativa bueno y malo es ética. Insisto en que se trata de ver las grandes dimensiones de la ética in statu nascente. La ética surge porque el hombre tiene que conducir su propio existir. Ese conducirse, en cuanto sujeto a una alternativa que sólo puede venir de la libertad, nos permite hablar de una peculiar normatividad: la norma moral; de una peculiar diferencia que llamamos bien y mal, y de una modificación del sujeto moral que son las virtudes y los vicios.

Primaria, estricta y propiamente, decimos bueno y malo de lo que hacemos según las decisiones libres. Esto está en estrecha relación con la existencia de una norma primaria: haz el bien, no hagas el mal; si haces esto, bien; si no lo haces, mal. Hacer el mal, lo que no conviene, es opuesto a hacer el bien. Bienes, males; normas cumplidas, normas conculcadas. Todo esto pertenece al ámbito de la libertad; si no, no hay normas morales ni bien ni mal; habrá lo agradable o lo que contraría. Aunque el animal percibe esas situaciones de agrado o inconveniencia con su estado biológico y las estima como convenientes e inconvenientes, es decir, por alcanzar o por evitar, ese sentido de bueno y malo no es lo bueno y lo malo moral. Lo bueno moral es lo debido y lo malo es lo no debido; pero no en cuanto que me acontece, sino en tanto que tengo la posibilidad de decidir cumplirlo y hacerlo, o no cumplirlo y no hacerlo.
Muchas veces nos encontramos en la vida en situaciones que nos parecen malas, pero nos damos cuenta de que si esas situaciones no dependen de nosotros, no son malas en sentido moral, aunque mucho nos perturben, sino según fortuna o suerte, acontecimientos cuya regularidad nos es ajena. Es bueno que haya encontrado un tesoro; pero no es un bien que se derive de una decisión libre que se traduce en una acción y está presidido por una recomendación normativa como "hazlo"; o una prohibición normativa: "no lo hagas". De esto, todos, hablando en general, tenemos experiencia. Tenemos experiencia y discernimiento respecto de otras maneras de emplear la palabra bueno o malo, y de otras maneras de hablar de normatividad. Sabemos que existen leyes que están en estrecha relación con el hecho de que somos libres; si no lo fuéramos, no tendría sentido decir que hay normas que obligan, pero que son conculcables. Y la noción de bien (o mal) que se dibuja en estrecha correlación con ello también es original.
El hombre es un ser que tiene que resolver problemas inherentes a su propio existir, que tiene su propio existir en las manos, un ser no finalizado por una determinación finita, sino que tiende infinitamente. Nosotros llevamos nuestro existir a cuestas, hemos de sacarlo adelante; no tenemos ninguna dotación previa según la cual podamos descansar en nuestro acontecer temporal, como descansa un animal, o como descansa un astro. El astro está reclinado en su órbita, aunque esta expresión sea retórica - la retórica aquí sirve para resaltar que el astro no hace nada desde sí; si lo hiciera, podría salirse de la órbita -, porque el astro no es libre. Pero el hombre es un ser problemático en su existencia. La existencia no es el puro acontecer temporal del movimiento; la existencia es yo mismo en mi libertad. En este sentido estoy fuera de las leyes que funcionan sin más. Soy un ser abierto a otro ámbito, y no es que eso me deje sin norma alguna, sino que precisamente porque el hombre actúa libremente, aparece lo que es debido. Si es debido hacer o no hacer, hay unas normas: "haz esto", "no hagas esto otro". E inmediatamente aparece la distinción entre bien y mal.
La norma moral indica obligatoriedad, un deber - se suele distinguir entre el ser y el deber ser -; es obligatoria, pero no de forzoso cumplimiento. Esto no disminuye la importancia de la norma moral ni la hace inferior a las indefectibles, sino todo lo contrario. La norma moral comporta obligación, y obligación viene de ligar, una vinculación que puede ser aceptada o no.
Hay que distinguir: hay cosas buenas y malas, pero la acción no es buena o mala de esa manera, sino en cuanto que tiene relación con el cumplimiento de la norma. Dicha distinción constituye una dualidad que se abre directamente ante nuestras decisiones. No se puede decir que esto sea propio de las cosas, porque ellas no se eligen a sí mismas; en cambio, la acción sí. La acción es buena o mala también de acuerdo con una característica que le es propia, y es que de ella se siguen unos logros y unas consecuencias que pueden ser o no ser, según se ejerza la acción. Hay algo más allá de nuestras acciones a lo que ellas apuntan y que puede ser logrado o no. Esto es propio del ser humano. Piénsese en eso que se llama los futuribles, lo que pudo haber sido y no ha sido. Nosotros somos capaces de abrir futuros, de abrir líneas de tiempo, de hacer que acaezcan según nosotros decidamos. Esto está más allá de la probabilidad en sentido cuántico. Aunque se ha hablado de una cierta libertad de las partículas (parece que no funcionan de manera determinista), al final la probabilidad se vierte de manera determinista en una serie de ecuaciones32. "Algo puede pasar, "algo puede no pasar" está en nuestras manos. Si ponemos una decisión, tendrá lugar una serie de acontecimientos, y si no, no.
La alternativa del bien y el mal es intrínseca a la acción, pero también va más allá de la acción: buenas consecuencias, malas consecuencias. La distinción es bastante neta en lo que respecta al acontecimiento futuro que depende de que pongamos una acción u otra. El futuro, por tanto, no puede ser previsto desde una determinada situación del agente humano; lo que vaya a venir después no es estrictamente necesario, sino que la acción abre diversos caminos; en los que no se recorren están los futuribles.
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